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Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos, reales órdenes, ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la nación bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta todo el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté empapelado de leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro bello trozo de literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle algunos comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si para ella no se contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión de sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los organismos sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería verdadera y meritoria colonización.
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una esclavitud de pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras tan reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como suele decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir mientras se muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que más padece y menos grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de tierra en el campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama el campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo y veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió siempre en el y ya lo mira como indiferente ó enemigo.
Sean donaciones de tierras el premio de los buenos servidores del Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso llevan vida inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo cultura social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no pide sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea ó hiere, pide también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto como esos proletarios que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy tasado el terreno, y el sol y el aire aún más tasados. Esos que en un día de fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia el Retiro, hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse de luz para muchos días, ¡como serían felices sobre un pedazo de tierra suyo, donde el sol es el buen padre de la tierra que á su calor fructifica y florece, no el astro avergonzador de la gente pobre con su luz indiscreta que descubre el brillo de la ropa usada y las grietas del calzado viejo!
No me atrevería yo á censurar la prohibición de las capeas en nombre de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de incurrir en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso de sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más activa parte los más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de los casos había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus cargas, en establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán á la Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro, considerando que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de España no tienen mejor uso que servir con sus ventanas de palcos y talanqueras para presenciar con relativa seguridad la gallarda fiesta; considerando que si damos en lavarnos la cara no van á conocernos, vengo en opinar que la orden sería más efectiva, plausible y meritoria, de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria; porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del poder central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se cansen y digan: ¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio? Que nos manden siquiera un cinematógrafo.
Todas las mujeres tienen una edad para parecer más hermosas ó menos feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay géneros de belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la ancianidad. Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos sorprende á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece más ó la mañana ó la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes propios de aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á todas luces, es preciso ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las mujeres. Hay de ellas que sólo parecen bien en invierno, otras que entonan mejor con la suavidad otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las estaciones crepusculares; primavera y otoño, como belleza cansada que se defiende de la luz cruel con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas y castellanas les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal esmerilado. Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor en el invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.
Madrid también es hijo predilecto del sol y necesita de toda su luz para parecer algo. En los días de invierno, con sus tejados parduzcos y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un color de puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos desteñido al mojarse.
Pero al sol es como prisma que rompe la luz en destellos de pedrería. Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los revoques desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos y mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor baratura de las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus colores claros.
Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas en invierno con sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío mucho menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus estolas de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima, con sus caritas anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus ojillos lacrimosos por el frío, esas pobres cursis que tanto deben odiar el invierno, con ellas más que con nadie despiadado, ahora son reinas de calles y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y muselinas y arrogantes sombreros de paja con sus flores vistosas ó su golpe de guindas entre verde hojarasca que la lluvia y el sol no han descolorido todavía.
Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de su primavera. Pero como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para morir? Digamos también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi? Porque todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera y otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real, en las galerías de Palacio en los días de capilla pública ó en las funciones de sociedades de aficionados.
En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos tiros sobre su dos veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella de bailar con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se fíen ustedes del teatro del Norte!
Se atribuye á los celos el arrebato del marido; pero como da la casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público, vaya usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor, antes que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es tan complicada!
De cualquier modo, los matrimonios siempre son ocasión de disgustos en el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto de las obras y para desilusionar al público.
Cuántas veces oye uno durante una representación:—Me parece que la fulana (el nombre de una actriz) engaña á su marido.
—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.
—Si digo en la comedia.
—¡Ah!
Y otras veces lo contrario.
—¡Qué buena es esta mujer para su marido!
—¿Pero usted no sabe ...?
—Ya lo se; si digo en este papel ...
Y con esta confusión de la vida doméstica con la artística se embrolla á cada paso el asunto de las comedias. Los actores no debían tener vida privada y las actrices mucho menos. A lo mejor hay aquello de:
—¿Ve usted aquellos cinco niños tan monos que están en aquel palco?... Son de la que hace de Doña Inés de Ulloa.
Y, en efecto, al llegar la escena del rapto, los chiquitines lloran que se las pelan porque se llevan á su mamita, y las buenas mamás que están en el teatro cuchichean unas con otras ... ¡Pobrecitos! ¡Qué ricos! ¡Lloran porque ven que se llevan á su mamá ...!
Y á un espectador que no esta en el secreto y los manda á la Inclusa desde el paraíso, le advierte uno de la claque, con muy malos modos:
—¡No sea usted bruto! ¿No ve usted que son los niños de doña Fulana?
Y con todo esto, al llegar la escena del sofá, ya el público sólo se interesa porque los niños van á volver á llorar más desesperados, temiendo que con los arrumacos de Don Juan les van á traer otro hermanito de París ... ó de Nápoles, rico vergel, que es de donde se los traerían á Don Juan ...
En fin, que en el teatro como en la política cuando la vida privada no casa con la pública, no hay modo de convencer á nadie, aunque los versos sean de Zorrilla y los discursos de Demóstenes.
Un libro de versos—Alma-Museo-Cantares—simpático como su autor, Manolo Machado; un moro andaluz que, por no saber adónde iba, se perdió en Montmartre y se encontró en Madrid, y en el fué bien hallado, porque su espíritu es de chispero, aunque al cantar su serenata á la luna, su blancura parece envolverle unas veces en el blanco alquicel de los árabes, otras en la túnica blanca de Pierrot.
Es muy convencional la división de géneros en poesía; porque si la poesía lírica es sincera, tiene siempre mucho de dramática; en un solo monólogo nos dice el drama interior del poeta.
Los sonetos ¿no son una tragedia más de Shakespeare? En las poesías de Manuel Machado también podemos seguir los pasos de una interesante acción dramática, por fortuna no trágica. En este caso, ó yo no se leer, ó todo acabará en boda, y la voluntad del poeta, su voluntad, que murió en una noche luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer, resucitará á la luz de otra luna ... de miel. ¿No es eso? Y el poeta nos dirá entonces: que es muy hermoso pensar, pensar intensamente ... cuando se piensa en lo que se quiere.
Una madre con cinco hijas en cuenta corriente, esto es, en espera de colocación, me decía: ¿Ha visto qué idea la de ese joven mejicano? ¡Distinguido, millonario y dedicarse á torero! ¡Mire usted que si le cogiera un toro!
—¡Qué envidia!, digo, ¡qué lástima!, contesto distraído, pensando en las cinco hijas.
Lo cierto es que la gente de dinero es la que arriesga la vida con mayor facilidad y por puro capricho.
¿Es aburrimiento de todo lo que el dinero puede proporcionar, lo que les lleva á buscar emociones en peligros contra los que nada puede el dinero? ¿Es la confianza que da el haber triunfado de todo en la vida por el dinero, la que acaso les hace considerarse inmunes á todo peligro? ¿Ó es, como dice una amiga mía, que el dinero por sí solo es seco como un sustantivo y los que lo poseen buscan á toda costa un adjetivo que lo califique y lo decore?
¡La conquista del adjetivo! No basta tener dinero, hay que llamarse distinguido, intrépido, inteligente; cuando no se puede otra cosa, sportsman. No saben que una vez encasillados en un adjetivo, no hay mayor esclavitud que la de sostenerlo y justificarlo.
—¿Usted sabe, me dice esta amiga mía, la venganza que tomó un cronista de salones de una señora muy distinguida, que en cierta ocasión le hizo un pequeño desaire? Muy sencillo. En una de sus crónicas de sociedad escribió:
«La elegantísima señora de——, que cada vez que se presenta en sociedad luce una nueva toilette ...» Bastó con esto; la elegante señora, que como cada hija de vecino, tenía sus cuatro ó cinco trajes de luces para todas las soirées de una temporada, se creyó desde entonces comprometida á sostener su reputación, y á fuerza de exhibir toilettes, se arruinó en un par de años bonitamente. ¿Qué le parece á usted?
—Que no debe uno preocuparse por adquirir adjetivos ni por sostenerlos.
—Es mi opinión. Por eso verá usted que yo no vivo para la galería; no me verá usted nunca danzar en fiestas de sociedad, ni en funciones benéficas, ni en juntas piadosas ni feministas ... Renuncio á todos los adjetivos.
—¿Se atiene usted al sustantivo?
—Al verbo, amigo mío, al verbo, que es el fundamento de la oración y de la vida ... ¡Vivir, poseer, querer ... gozar ...!
—¡Basta, basta amiga mía! Temo que va usted á traspasar los límites del Diccionario en un rapto lírico.
—¿Pero no esta usted de acuerdo conmigo?
—¡Ya lo creo! Yo tampoco me he preocupado nunca por los adjetivos. Y sobre todo, ya sabe usted lo que dice el Génesis: En principio era el Verbo ... El adjetivo fué después del Paraíso perdido ... ¡Y cuántas, cuántas veces puede perderse el estado de inocencia del Paraíso por querer saber del bien y del mal de un adjetivo!