VI
Tengo dos muchachas amigas, de estas madrileñitas de la clase media, cuerpo corto y cabeza gorda, ojillos ratoniles y color de piso tercero, izquierda ó derecha, con vistas á un patio sucio y obscuro y á una calle más obscura y sucia que el patio. Pues con este físico y el moral correspondiente, hete aquí que les ha dado por todo lo inglés, y hoy vienen á verme acompañadas de una miss de lo más barato y vestidas como no quieran ustedes saber. Cuando me aseguran que han llegado á pie desde su casa y las contemplo incólumes, no puedo por menos de pensar que este Madrid no es aquel Madrid.
Vienen á consultarme sobre lectura de novelas inglesas. Traen dos ó tres tomos de la colección Tauchnitz; yo me esfuerzo por persuadirlas de que la han errado de plano al principio: la colección Tauchnitz no tiene entrada en Inglaterra. A ellas no les cabe en la cabeza que un libro inglés pueda no ser inglés. Les indico los nombres de los novelistas ingleses más en boga—norteamericanos casi todos;—ellas, en cambio, me informan de su nueva vida. Todas las mañanas toman su ducha frío. Así están de roncas y con una tos perruna que debe alarmar á los que llamen á su puerta en estos días de hidrofobia y recogida de perros. Pero ellas no se acobardan. No comprenden como se puede vivir sin ducha. Sus comidas todas á la inglesa, traducidas por una cocinera de á cuatro duros. Un Támesis de te. En sociedad con otras amigas, han alquilado un solar por las afueras, han plantado no se qué hierba, y sobre la verde alfombra tienen su lawn-tennis con su poquito de flirt y una variada exhibición de medias. La mamá cuida mucho de que varíe su color todo lo posible, como dice ella, para que se vea que no son siempre las mismas. ¡Sólo el corazón de una madre tiene cabeza para pensar en todo!
Tienen una colección de perros y gatos para hablarles en inglés, como si la miss no fuera bastante. Procuran indignarse si algún corto de vista las piropea en la calle. El rey Eduardo es para ellas como de la familia. Piensan mudarse hacia la calle del Gobernador ó adyacentes, para recibir bien los humos de la fábrica de electricidad sita en aquel barrio y tener así una sensación londinense.
Toda esto son tonterías sin importancia, pero pensemos que á estas horas son muchos los políticos, los hombres de negocios, los comerciantes, los literatos, hasta los filósofos, atacados de esta última manía nacional. Hay que llamarla de algún modo.
Ya Francia con su París no nos dicen nada; ya sólo creemos, todo lo esperamos de la que fué reina de los mares y aspira á serlo de las tierras. La ballena (por algo es mamífero) pretende ser anfibio.
Pidamos que nuestra suerte sea á lo menos la de Jonás en el vientre del enorme cetáceo: fué devorado, pero salió incólume. Y si algo ha de sucedernos con el cambio de vida, que no pase de dar que reir, ó todo lo más, de una tos perruna, como en mis amigas las madrileñitas cursis, á las que sienta lo inglés como es posible que nos siente á todos. No tenemos físico para ello.
Por fin la lluvia. En Madrid, salvo por razón de salud pública, se recibe como quien oye llover. Pero en esta pobre aldea donde ahora escribo, es una fiesta para todos; la gente canta, baila, todos los ojos se vuelven al cielo y el agua corre por los rostros curtidos mezclada con lágrimas de alegría. Era la ruina y la miseria, y hoy es la esperanza.
En Madrid, los abastecedores cuidan amorosos como padres de no bajar el precio del pan en los años buenos para que no sea tan sensible la subida en los malos. De este modo, nos preocupamos poco de las cosechas. Pero aquí el pan es el verdadero pan de comunión, el pan de vida que es toda la vida. En familia se sembró el grano, en familia se labró la tierra, en familia se recogió el fruto, y en familia se muele el trigo, y en familia se amasa la harina, y en familia se cuece el pan que en familia se come; y el pan, que es casi un adorno en la mesa de los ricos—la última moda es servir muy poco, y lo más chic dejarlo casi intacto, leo en unos avisos del buen tono,—es aquí todo el alimento y su carestía es el hambre para los que muchos días sólo pan comen.
Por eso el más incrédulo ó para rezar ó para maldecir, pero esperando de la súplica ó de la amenaza, vuelve los ojos al cielo cuando pasa la imagen santa en rogativa y mujeres y niños cantan:
¡Virgen, madre nuestra, Virgen del Rosario, envíanos agua para nuestros campos!
y luego, en estrofas de dulce espíritu franciscano, piden por sus ganados también, y la voz de los niños tiembla al cantar: «Los corderitos se mueren de hambre ...» Porque no serán sólo los corderitos, serán ellos también los que tendrán hambre. ¡Oh, madrileños, vosotros no sabéis que la lluvia puede hacer llorar de alegría!
La lluvia, que puede suspender una corrida de toros, es necesaria para que los toros se críen lúcidos y pujantes.
Pensad en esto y os alegrará también la lluvia como á las pobres gentes de la pobre aldea.