VII

Me entusiasman esas personas que, sea cualquiera el asunto de que se trata, son siempre de la opinión contraria. No hay que decir si admiraré á D. Miguel de Unamuno. Por eso no pude por menos de abrazar al amigo que después de leer las noticias de los últimos atentados de Barcelona, exclamó con el mayor aplomo, sin dejó alguno de ironía:

—¡Qué agradable debe ser la vida en Barcelona!

Y como advirtió pronto la airada protesta de los otros amigos y mi conformidad, que debió parecerle todavía más alarmante—no se tiene en vano la reputación de mefistofélico,—no quiso esperar más para exponer sus razones.

—Sí, señores; agradable agradabilísima: porque cuando en todas partes y para todo el mundo y desde muy antiguo, ha sido una de las más intolerables molestias del trato humano el curioseo y fisgoneo de toda casta de vecindades, vecinos de barrio, de calle y de casa, hay que admirar la discreción y poca curiosidad de los vecinos en Barcelona, cuando es allí posible que por tanto tiempo y tan continuadamente puedan existir gentes dedicadas á la confección y colocación de explosivos sin haber tropezado todavía con un vecino curioso investigador de vidas ajenas. Y esto, cuando todos deben estar vigilantes como policías, con la indignación y la alarma naturales ante la repetición de atentados que á todos amenazan. Ó ¿creen ustedes en cavernas, lugares subterráneos y recónditas guaridas en una ciudad como Barcelona?

—Luego, ¿usted cree?...

—No creo nada. Sólo pienso que en este caso, como en el de muchos enfermos crónicos, parece que el enfermo acaba por encariñarse con su enfermedad que le coloca en una situación interesante. Creo también, cuando se habla de anarquismo, que por algo es la industrial Cataluña famosa en imitaciones de todo género de productos, y no estará de más la sabida advertencia: Se méfier de contrefaçons.

—¿Entonces?...

—¿No les parece á ustedes como á mí, que para anarquismo es poco y para separatismo sería demasiado?

Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué por lo menos de solidaridad.


Entre los colores que la moda femenina ha impuesto en esta temporada, hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el color de humo es adorable. Couleur fumé, digámoslo en francés, que es el lenguaje de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya que en modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.

Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las mujeres: el género sastre, vestimenta práctica para la calle, que es democrática, y tanto quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases, sino que pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue Watteau masculino, y la falda redonda, troteusse, femenina, son una verdadera entente cordiale de sastres y modistos.

Pero en la casa, en los salones, en el teatro, triunfa por contraste en la toilette de las mujeres, lo dulcemente femenino. Nunca más delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No es exacto; envueltas apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y encajes y telas flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al pastel, inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían de pie, según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso señorío que podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis generaciones. Estos de ahora son gala de una noche, efímeros como flor ó mariposa, no admiten reformas ni composturas, sus telas diáfanas, no se cortan, se cortiquean; no se cosen con aquel fuerte pespunteado de la clásica costura española, se hilvanan ó se prenden de alfileres. Un pisotón es bastante para destrozar una de estas envolturas de ensueño que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad es la mejor defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa, y ahora, con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas partes. De la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus acorazados; con el automóvil triunfa también el humo, porque el automóvil pasa pero el humo queda. Si el siglo xix pudo llamarse de las luces, ¿no puede llamarse este siglo xx el de los humos? Los humos de aquellas luces que no brillaron tanto como había derecho á esperar.

Yo os digo que hay trajes de mujer que son una verdadera obra de arte; pero si un traje de estos es además de color de humo, ¡oh! entonces ya es filosofía.