XII
El gobierno con las Cortés y los empresarios de género chico con sus teatros, siempre se proponen lo mismo al empezar el verano: no cerrar ó cerrar lo más tarde posible.
Los empresarios siquiera procuran refrescar la vista del público con su golpe de cortinajes blancos y macetas de permanente verdor, repartidas por el vestíbulo y los pasillos del teatro. Cuentan además con la fantasía de autores y escenógrafos, para transportar á los espectadores á una de esas playas de ensueño cómico-lírico en que todas las bañistas lucen carnes de color de rosa—todos los rosas marítimos, desde el salmón al coral, sin olvidar el salmonete ni la langosta cocida,—visten de raso, impermeabilizado sin duda, calzan sandalias con tacones Luis XV, y no prescinden de corsé, pendientes, sortijas, colorete, etc. Y no es cosa de lamentar la impropiedad; desde muy antiguo, los poetas se permitieron con Galatea toda clase de licencias al presentarla alegre y bulliciosa por la ribera arenosa ...
¿No nos dijo por ella el poeta en sus quintillas clásicas?
¿Qué pasatiempo mejor orilla al mar puede hallarse que escuchar al ruiseñor, coger la olorosa flor y en clara fuente bañarse?
Pasatiempos algo más difíciles de hallar á orillas del mar que puede serlo el ver por esas playas á una bañista moderna, más bulliciosa que Galatea, vestida como una tiple de juguete cómico-lírico veraniego.
¡Así dispusiera el gobierno de estos recursos teatrales para retener á su público durante el verano! Pero cualquiera detiene á nuestros legisladores para estudiar y discutir leyes de tanto peso y abrigo, con billete gratuito por todas las líneas, y, el que más y el que menos, con dos ó tres sirenas en casa llamándole hacia el mar con voz, ya acariciadora y mimosa, como de hija, ya terrible y conminadora, como de mujer ó de suegra, y todas ellas mostrándole, no sólo un nuevo mundo como á Colón, sino muchos mundos, tal vez viejos, pero llenos de cosas nuevas que descubrir y que enseñar por esas playas y casinos.
Como hay autores cómicos que no empiezan á escribir una obra hasta tener apuntado el suficiente número de chistes con que amenizarla, hay señoras que hasta no contar con buen número de toilettes no empiezan á planear su viaje; de otro modo, tampoco tendría chiste. Después, según la ropa, se piensa en un sitio ó en otro.
Yo se de un padre de familia que este año ha decidido dar la vuelta al mundo con su mujer y sus hijas, según dice, por economía.
—¡Pero, hombre!—le argumentan los amigos.—¿Por economía? Si le costará á usted un dineral el viaje.
—No lo crean ustedes. Como estaremos poco tiempo en cada sitio y sólo vamos de touristas, mi mujer y mis hijas se contentan con llevar el preciso equipaje. Y no saben ustedes lo que esto significa. Un verano me las lleve á Cercedilla con la idea de hacer economías, y como la misma gente se reune catorce veces al día, y porque no creyeran que estábamos allí por economizar ... ¡Aquello era una representación de Frégoli diaria! En fin, tanto cambiaban de vestidos y tan de pies á cabeza, que yo no entraba una vez en casa que no me las encontrara en camisa ... ¿Pero por qué os desnudáis tanto? les decía; vais á resfriaros ...
—Si no nos desnudamos, papá; nos vestimos.
¡Respuesta de una gran filosofía! Porque, en efecto, las mujeres no se desnudan nunca, se visten siempre; si alguna vez en su vida puede parecer que sólo se trata de desnudarse, no lo crean ustedes: es por el gusto de vestirse luego ... y vestirse algo mejor, si es posible.
Lo que más siente el público—¡oh buen público, lector de folletines y espectador de melodramas!—cuando no parece el autor de un crimen, no es que éste quedé impune y pueda ser un peligroso ejemplo para animar á más de cuatro indecisos que no han encontrado todavía su senda por el mundo; lo que el público siente, es la desilusión de su curiosidad no satisfecha. Como si un periódico de gran circulación cortara su gran novela de crímenes en lo más interesante, y los fieles lectores quedaran sin saber lo que fué de Emma, después de encerrada en el subterráneo del castillo, ó de la condesa, después de hipnotizada por el barón, para sugerirle la idea de robar el Banco de Londres, ó cualquier otra friolera.
¡Ah! si la conciencia pública se manifestara con sinceridad, cuántas veces en casos de crimen misterioso se votaría con general satisfacción un plebiscito concediendo, no sólo el perdón, sino hasta una pension vitalicia y algunas condecoraciones, al criminal, con la única condición de presentarse á descifrarnos la charada y no dejarnos en la duda de como y porqué fué el crimen.
No faltarían personas distinguidas que le invitaran á sus comidas y soirées para oírselo referir de viva voz. ¡Esta pícara hipocresía social nos priva de los mayores placeres y hasta de algunas buenas obras! Porque, ¿quien sabe si un criminal, por empedernido que fuera, al verse así halagado y considerado por las gentes, no acabaría por ser el hombre más sociable y más adaptado del mundo? Acaso acabaría en filántropo. No sería el primer caso que conocemos, y no de criminales misteriosos precisamente, sino muy notorios, aunque impunes.
¡Los altos designios de la impunidad son tan respetables! ¡Cuántas veces una condena prematura por un crimencito de tres al cuarto, puede privar á la humanidad de un gran bienhechor, á la sociedad de un hombre agradable!
Cuando llegan de algunas provincias tristes lamentaciones por los perdidos fueros y andan esos regionalistas—como ciertas mujeres que culpan siempre de todas sus desgracias al que las perdió, como ellas dicen—maldiciendo todavía del señor rey Don Felipe II ó Don Carlos II ó Don Felipe V—según regiones,—que fueron también la causa de su perdición primera con quitarles sus fueros y privilegios, bueno sería que los madrileños, tan despreocupados de nuestra historia, indagásemos si en algún tiempo tuvimos también algún fuero ó siquiera fuerillo ó ventajilla de que ampararnos ahora ante el nuevo impuesto que nos amenaza, digno de los mejores tiempos feudales.
Nuestro alcalde quiere ejercer con los madrileños algo así como el llamado por los franceses, con más delicadeza de frase que entre nosotros, le droit du seigneur. ¡Y cuánto más seguras que en el antiguo derecho de pernada, serán las primicias de la verdadera flor de azahar, tratándose de que en Madrid trabajemos todos! ¡Cuántos brazos vírgenes de toda faena!
Pero como los madrileños, no en balde gatos, somos de natural rebeldes á imposiciones, tendrá que ver de lo que seremos capaces antes de someternos á esa prestación personal. Los sablistas y pedigüeños ya tienen un motivo oratorio más con qué conmovernos: «¡Dos días sin comer y mañana al tajo; tengan compasión!» No faltarán tampoco funciones teatrales con el objeto de redimir á un padre de familia, del azadón, del pico, y ¡qué se yo! Habrá quien sea capaz ... hasta de trabajar por primera vez en su vida sólo por reunir la cuota necesaria á redimirse del trabajo.
Pero no hay que alarmarse demasiado; si ello llegase á ser ordenanza municipal, ya sabemos á lo que todo quedará reducido: á que los días de elecciones vayan á trabajar al tajo todos los electores de oposición.
Entre la infinidad de compras, precursoras del viaje veraniego, las mujeres no olvidan los libros. En Madrid no hay vagar para la lectura: el periódico, la revista ilustrada, lo que basta para saber lo que pasa por el mundo. Pero en estos días la librería á la moda se anima con el charloteo femenino:—¿Qué novedades hay? ¿Qué novelas pueden leer estas niñas? Algún libro de versos ...
Ya es la gran dama que presume de intelectual y consulta catálogos y elige por sí misma, y en el mismo paquete une á Nietzsche con Bourget, y á Tolstoï con D’Annunzio, sin olvidar algún estudio histórico sobre algún personaje del siglo xviii, con preferencia alguna favorita del Rey Sol ó del Bien Amado. Hay que documentarse, nadie sabe lo que puede ocurrir en este mundo. Ya es la madre de severos principios que lleva de antemano anotados los libros que recomienda ó permite el Padre Dulce, de la Compañía. Ya es la institutriz que elige ante todo los libros de su gusto, muy convencida de que las señoritas no han de leerlos, y para ella todos serán pocos en muchas ocasiones cuando para una institutriz de buen tono no hay libro bastante interesante si ha de absorber su atención por completo ni bastante voluminoso si ha de ocultarla discretamente todo lo que sucede á su alrededor.
Ahora son unas muchachas bullangueras, de esas que quisieran á cada momento, sólo con pasar, exteriorizarse todas, y hablan y ríen, pensando tanto en que las oyen, que apenas piensan lo que dicen. A la rebatiña de palabras unas con otras, no suben á tranvía, ni hacen corro en la calle con amigos, ni entran en tienda sin dar noticia de su nombre, y parentescos, y relaciones, y gustos y disgustos ...
—Yo, como no puedo resistir á los hombres tontos ...
—Yo, como me vuelvo loca por la horchata de chufas ...
—Yo, como no soy como Fulanita ...
Y á propósito, traje cortado, hilvanado y cortado á la medida de Fulanita en menos tiempo que un luto.
Estas revuelven la librería, con un comentario para todos los libros, sin desatender por eso, desde la vidriera, á cuántos pasan por la calle.
—Mira ... Becquer. ¡Qué preciosidad! ¡Es mi poeta!
—¿Has leído esto?
—Es muy aburrido, una lata ... ¡Pero como va esa criatura! ¿Habéis visto?
—¿Quién, quien?
—Juanita.
—¡A ver, á ver!
Se precipitan á la puerta. Risas. Comentarios al traje de Juanita; del traje pasan á la piel. Vuelven á los libros.
—¿Habéis elegido ya?
—¿Qué decidís?
—Yo, éste.
—Yo, estos dos.
En un aparte furtivo, una de ellas señala un libro.
—¡Fijaos!
—¡Qué horror!
Es un libro de que oyeron hablar, como de tantas cosas; un libro que ellas sólo pueden conocer así, por el forro, como tantas cosas. Pero sus ojos acarician el libro cerrado y por su frente pasan adivinaciones que se traslucen en un reir nervioso.
—¡Qué tonta! ¿De que te ríes ahora?
—¿Y tu?
Entra un criado de casa grande, entrega á un dependiente una larga lista de libros. El dependiente busca, reune; entre ellos va el libro. Sale el criado. Ellas, casi á coro:
—¿Para quien son esos libros, sabe usted?
—Para la duquesa de——.
—¡Fulanita!
Lanzan el nombre propio y familiar, para que se entere el dependiente de que la duquesa es cosa muy suya. A continuación, traje de corte y gran gala para la duquesa y algunos allegados.
Es un rato muy divertido el que puede pasarse en la librería á la moda, en estos días en que tantas bellas y graciosas mujeres acuden á proveerse de literatura.
Yo las deseo á todas que el primer libro abierto ruede días y días por mesas y sillas y mecedoras de terrazas de hotel ó de balneario, con un pico doblado, nunca más allá de las veinte primeras páginas. Será la mejor señal de que el veraneo ha sido agradable para ellas. Que la lectura sea el refugio de vuestras institutrices y señoras de compañía. Cuando hayáis leído todos los libros del mundo, no seréis más bonitas y acaso seréis tan ignorantes. Los libros no enseñan nada cuando, al leerlos, aún podemos preguntar: ¿Será verdad esto? ¿Será así?
Y cuando podemos decir, al leerlos: ¡Qué verdad es esto! ¡Así es!, ya es tarde; la vida nos ha enseñado más que todos los libros, y tampoco pueden ya aprovecharnos de nada.
Las autoridades de algunas regiones de Francia infestadas de lobos, acordaron en una ocasión conceder á los cazadores una cantidad, bastante apetitosa, por cada lobo presentado. Y sucedió ... ¿Que todo el mundo se dió á cazar lobos en aquellas regiones?, dirán ustedes. De ningún modo; á lo que se dieron fué á criarlos como á hijos y á cuidar por todos los medios de que no acabara la casta, para ir cobrando; hasta que las autoridades, más que paternales, maritales siempre, en esto de ser las últimas en enterarse, cayeron en la cuenta de que no es el mejor modo de acabar con los lobos el convertirlos en fuente de ingresos saneados para mucha gente.
He aquí un sucedido que debieran tener en cuenta esas autoridades que se sirven de confidentes, delatores y todo linaje de soplones, para descubrir y cazar malhechores de cualquier especie. Por natural ley económica, la demanda crea la oferta. Paguen ustedes por descubrir anarquistas y los anarquistas no se acabaran nunca y las confidencias se irán complicando como novelas por entregas, y con todo esto les sucede á las autoridades celosas lo que á esos maridos, celosos también, que acuden á una agencia de informaciones para que le averigüen si su mujer le engaña, y al cabo de gastarse muy buenos cuartos, confidencia va, confidencia viene, acaba por enterarse de que precisamente el que trata de pegársela con su mujer es el director de la agencia.