XIII
¡Por qué se veranea? ¿Por huir del calor? Las mismas ó mejores razones habría para huir del frío en invierno. Y aún el huir del calor sería un motivo si los que veranean fueran á los polos ó á la América del Sur, á empalmar invierno con invierno; pero la mayoría va á lugares en donde el calor, cuando aprieta, no es menor que en Madrid, aunque exornado con mosquitos, pulgas, orfeones y otros alicientes. En esos días de calor excepcional—los fondistas y patronas del norte siempre le llaman excepcional—tienen los veraneantes el consuelo de pensar como aquel espectador de toros en tendido de sol: ¡Si aquí estamos así, como estarán los de enfrente con el resistero! Suele suceder que los de enfrente estamos más frescos y más comodos, pero no es cosa de telefonear ó telegrafiar para que rabien los de fuera, ya que se han gastado su dinero. Ellos, en cambio, tienen días muy frescos; tan frescos, que casi siempre van acompañados de ventiscas ó chaparrones, y hay que pasarlos encerrado en casa ó en el cuarto de una fonda y con los balcones cerrados; de modo que ... ¡fresco perdido!
¿Se veranea por cambiar de vida? Nada de eso; el ideal de todo veraneante es encontrarse con el mayor número de gente conocida y hay que ver con qué exclamaciones de júbilo se saluda á los que van llegando, aunque sólo se los conozca de vista. ¡Dicha completa si la tertulia reunida es la habitual de Madrid, sin faltar un amigo! Y si la compañía que actúa en el teatro es también madrileña y representa las mismas obras que en Madrid nos aburrieron; y si en la Plaza de Toros ocupamos localidad equivalente á la de Madrid y alrededor se sientan los mismos aficionados con los mismos comentarios y las mismas gracias, y en el redondel vemos á los mismos toreros las mismas faenas.
De San Sebastián á Zarauz, de Zarauz á Biarritz, no se oye otra pregunta: ¿Qué gente conocida hay? ¿Hay mucha gente conocida? Y se va de un punto á otro para averiguarlo, y se pondera la excelencia de un sitio, no por sus propias excelencias, sino porque esta cerca de otoros sitios y es excelente base de operaciones: Nosotros preferimos esto—dicen muchos—porque se esta cerca de todas partes. Y hay quien dice con frase gedeónica: Nosotros lo pasamos muy bien aquí ¿sabe usted? porque nunca estamos aquí.
A todas horas van por esas carreteras los automóviles, lanzados como en montaña rusa, trayendo y llevando gente conocida. Y esa es toda la psicología del veraneo: ¡Movimiento, movimiento!
Es gente de tan pocos recursos propios, que la soledad y el reposo les llevaría al suicidio por aburrimiento.
En su cerebro sólo suena algo, como en los cascabeles, cuando se agitan. Todo para que en Madrid pensemos al leer las crónicas de los corresponsales: ¡Como se divierten por allí! Mientras los de allí dirán al leerlas: ¿Pero será verdad que nos divertimos tanto?
¡Y Madrid es tan delicioso en verano! En primer lugar deja uno de ver á mucha gente desagradable. La temperatura es la natural; calor de verano, fresco de verano—nada de excepcional como en el Norte.
La salud pública es excelente, como en ninguna estación del año; la prueba es que casi todos los médicos veranean muy descuidados; verdad que esto puede ser causa ó efecto. En la Exposición del Retiro se da uno la satisfacción, por poco dinero, de proteger el Arte y la Industria juntamente, y lo demás se nos da por añadidura. En Parisiana, con un poco de imaginación, se figura uno estar en la terraza de algún casino de playa á la moda, con su música de tziganes y su teatrillo. Y aún queda la Bombilla para darnos la ilusión de que no nos ve nadie, aunque al otro día le diga á uno todo el mundo: ¿Conque anoche en la Bombilla? ¡Ya esta usted bueno! Y queda el boulevard para darnos la ilusión de un paseo provinciano, y queda ... del Prado al Hipódromo para pasear en simón con neumáticos, con tanta poesía como en góndola veneciana, amores propios de la estación ... Y en fin, lo que dice un diputado, retenido en Madrid por la discusión de los azúcares: ¡Si en Madrid se pasa el verano como en ninguna parte! Yo no tengo prisa por que se cierren las Cortés; he mandado fuera á la familia.
—No siga usted—le atajé en seguida.—Usted lo entiende. Si sigue usted en Madrid y la familia fuera, pasará usted el gran verano. Créame usted; lo que sofoca no es el calor, es la familia. Y si los senadores y diputados dan en mandar á la familia por delante, ya verá usted como no hay tantas prisas porque se cierren las Cortés, y cuando se cierren, todavía se harán algunos los remolones.
Para los que se presenta mal el año, es para esos jóvenes que veranean en un pueblecito modesto y al regresar quieren hacernos creer que han estado en todas partes y han alternado con la mejor gente; porque este año no basta con tener la cara tostada como por el aire del mar, para darse tono, hay que traer unos cuántos chichones y otros cuántos cardenales bien repartidos, para demostrar que se ha cultivado los sports de moda y con alternativa.
Permitida la fabricación y la venta de armas, no sólo de las que puede considerarse como de caza entre las de fuego, ó como utensilios de trabajo entre las blancas, sino de otras muchas que visiblemente no pueden tener mejor uso y destino que el de mojar, según tecnicismo, más tarde ó más temprano, ¿no es una contradicción ó contracción, mejor dicho, que la autoridad proceda á impedir el uso de lo que no impidió la adquisición?
Un navajón tamaño de esos que vemos, ornato de escaparates, con sus arabescos y lemas en la hoja, para mayor gala; un puñalito de esos del precioso saca y mete, como cantan en una popular zarzuela, ¿para qué pueden servir sino es para solucionar á un prójimo, en un abrir y cerrar de muelles, el pavoroso problema la eternidad? ¿Se supone que sólo los compra el coleccionista de armas para colocarlos en una panoplia, ó el extranjero para llevarse un recuerdo más de España, con la pandereta, el abanico, el par de castañuelas y el de banderillas? Y si sólo estos pueden ser los usos materialmente inofensivos de estas armas, ¿no es hora de atajar la superproducción? Y si tales armas tienen otra utilidad que no adivino, ¿no debe por lo menos equiparárselas con las medicinas peligrosas y no despacharlas sino con receta garantizada por algún doctor en medicina social?
No son juguetes que pueda manejar cualquiera, pero mientras cualquiera pueda adquirirlos, despojarle luego de una propiedad que adquirió legalmente es ... por lo menos un contrasentido, y los contrasentidos siempre desprestigian. ¿Que las autoridades tienen el deber y el derecho de prevenir? Ya lo creo; pero antes de registrar el bolsillo del transeúnte que compró el arma, debe registrar el bolsillo del fabricante que la vendió.
¡El acero tiene aplicaciones tan útiles! Además, á la larga, no habría pérdidas para nadie. Cuando esas preciosas navajas de muelle y esos puñales primorosos escasearan en el mercado, los coleccionistas y los extranjeros los pagarían como curiosidades arqueológicas.
Entre tanto, ese procedimiento antipático del cacheo es ... lo de siempre: poner emplastos á los granitos en vez de purificarnos la sangre.
En Valencia se ha vuelto loco un toro y en Córdoba se ha vuelto loco todo un público. Los dos han hecho lo mismo: embestir con cuanto se les ponía por delante. El público se puso en tal estado de indignación por la mansedumbre de los toros. La locura del toro esta más justificada: fué de indignación por la fiereza de los hombres. Se vió acosado, acorralado, enchiquerado, y pensaría: ¿Pero qué va á ser esto? Y decidió morirse, dispensándonos un favor; porque si tanto se indigno con los preliminares, si hubiera llegado á la lidia, ¿qué de cosas no hubiera ido mugiendo de nosotros á los elíseos pastos? ¡«Azafrán», «Azafrán»! Tu sangre de toro sería excelente, pero no era sangre española; los españoles nos dejamos lidiar hasta el fin. Además, nunca te perdonarán los aficionados sus ilusiones defraudadas. ¡Lo que hubiera hecho ese toro en la plaza! Menos mal que á los pocos días pudimos consolarnos, diciendo: ¡lo que han hecho esos animales en la plaza!
El caso es que veamos siempre bravura, ó en los toros ó en los toreros ó en el público.
Esta vez sí que nos han dado una buena lección los catalanistas, y no hay que ofenderse por ella, porque si es verdad que nuestra policía les parece deficiente, no hay que decir que han acudido á ellos mismos para suplir la deficiencia. Se conoce que entre los cráneos superiores no se da la protuberancia policiaca, y así lo han reconocido con modestia al buscar un policía del mejor género inglés, tan acreditado en esta especialidad. Así esta bien, y lo bueno debe buscarse donde lo haya mejor. ¡Y ojalá en todo y siempre hubiéramos hecho lo mismo por aquí y otro gallo nos cantara ó no cantara ninguno!
Los lujos hay que pagarlos, y este se paga bien y tampoco hay que censurarlo; de este modo se puede exigir méritos en justa relación con el precio; la verdad, pedir un Gorón ó un Sherlock Holmes por treinta ó veinticinco duros al mes que cobrarán algunos de nuestros modestos policías, es como pedir primores culinarios á una cocinera con tres duros de salario y uno para la compra. La creencia en ultraterrenas recompensas esta muy debilitada en los espíritus modernos, para que nadie haga apostolado de servirnos por nuestra linda cara. Todos sabemos lo que podemos exigir, poco más ó menos, según lo que pagamos á nuestros servidores particulares; sólo cuando se trata de servicios sociales, nos creemos en el caso de pedir gollerías. Por mil libras esterlinas y gastos de mise en scene, los barceloneses ya tienen derecho á quejarse si M. Arrow no les deja aquello hecho un Paraíso terrenal.
En todas las grandes capitales quedan todos los años más de uno y más de dos crímenes impunes; en Madrid, aunque quedaran por docenas, no tendríamos razón para extrañarlo. Con los sueldos mezquinos de nuestra policía, el personal escaso, y ese ocupado de continuo en velar por existencias preciosas ¡quien lo duda! y que aún debieran estar mejor guardadas, pero con personal aparte, lo admirable es que Madrid sea, y no lo duden ustedes, una de las capitales en que menos sucesos ocurran. Descuenten ustedes muchos de esos timos del portugués y de los perdigones, que nos hacen pensar: ¿pero es posible que todavía haya gente tan cándida por el mundo? Y, en efecto, muchas veces el dinero se perdió en el juego ó se gasto en la aventurilla escabrosa, y el cándido forastero necesita que salga en los periódicos la noticia del timo para justificarse con la parienta que le sacará los ojos si otra cosa creyera. Del mismo modo hay muchos robos y atracos de la más pura auto-sugestión, y las culpas son siempre para la policía, que no diré yo que sea perfecta, ni mucho menos, á poco que se piense en como esta pagada. Aquí, donde para ser lógicos, ya que hay maestros con cinco duros al mes, necesitaríamos policías con cinco mil al año. En cambio, si tuviéramos maestros con cinco mil duros al año, acaso nos bastara con policías á cinco. Para la gente pobre, ya se sabe, al cabo del año lo que no va en alimentos, se va en botica, y la verdad ¡con cinco duros de alimentación espiritual, todo debía ser poco después para remedios!
Esperemos esa segunda lección de los catalanistas. ¡Un maestro de escuela con mil libras esterlinas de sueldo! Eso sería ... como el título de la última obra de Mark Twain: «Better than Sherlock Holmes»; traducido para que no lo entienda míster Arrow y no quieran entenderlo sus importadores: «Mejor que Sherlock Holmes».
¿Qué especie de curiosidad ha llevado á la vista del juicio de Soleilland á tanta Eva, aunque en lo corporal vestidas por Doucet, Redfern ó Paquín, en lo espiritual sin la menor hoja de parra para encubrir su desvergüenza?
¿Era como una tardía manifestación de protesta que pudiera significar: ¡Ah, estos hombres! He aquí un crimen que cualquiera de nosotras hubiera podido evitar á tiempo?
¿Era la figura simpática del criminal, divulgada por la fotografía, la que acaso les hacia creer en una probable inocencia, demostrada por alguna revelación imprevista en el transcurso del juicio?
¿Ó era este mismo picante contraste entre el físico y el empleo, que dicen por allá, lo que constituía la mayor atracción de Soleilland?
¡La psicología femenina es tan poco complicada como complicada es su fisiología!
De todos modos, en estos tiempos de apacible vulgaridad, sin sacudimientos pasionales, un criminal de cualquier género siempre inspira admiración más ó menos disfrazada. Las mujeres lo disfrazan todo de curiosidad.
Por este sentimiento no será extraño que leamos muy pronto en los avisos particulares de algún periódico de París: «Señora del gran mundo, otoño espléndido, desengaños sentimentales. Desearía ser violentada. Todos los días, entre dos luces, se hallará sola en el Bosque de Vincennes». Lo peor es que no se hallaría sola; para una que se anunciara, hay que pensar en las que acudirían por curiosidad á ver quien era ella y á ver lo que pasaba, aunque las confundieran con la del anuncio y las dieran un buen susto; un susto de esos que se recuerdan siempre en confidencias con las amigas: ¡Para susto el mío! ¡Todavía no me ha salido del cuerpo!
¡Oh, Soleilland, Soleilland! La cabeza te cuesta; pero cuántas lindas y soñadoras cabecitas se han estremecido por ti, como si las acariciaras con tu mano estranguladora, tu mano de asesino, fría como el cuchillo de la guillotina.
Por si no bastaba con el uso muy extendido de las máquinas, han dado las mujeres en escribir con una letra tan impersonal, tan sin carácter como letra de imprenta. Esa letra á la moda, toda líneas rectas, que hace parecer una carta como plana de finos palotes, y todas las cartas iguales, se presta, como los antiguos mantos en nuestras comedias del siglo xvii, á todo género de confusiones y enredos teatrales. ¡Cualquiera sabe qué mano pudo escribir, cuando todas escriben del mismo modo!
Yo no se lo que dirá la grafología de ese carácter de escritura que, ante todo, muestra la falta de carácter de la escribidora. ¡Destruída la emoción de percibir sólo por el sobrescrito si la carta que llega á nuestras manos es la carta esperada entre todas!
Confiad un poco más en nuestra discreción y en nuestra lealtad. ¡Oh, mujeres! Escribid de ese modo á los indiferentes. No hagáis á los que os aman que recuerden con pena aquellas divinas cartas de mala letra y peor ortografía, pero cuyo estilo era una mujer, no todas las mujeres, cualquier mujer, como estas de ahora que, en letra y estilo, parecen copiadas de un solo modelo epistolar para uso de señoras y señoritas que no quieren soltar prenda y siempre pueden tener el recurso de renegar de lo que escribieron: ¡Esa carta no es mía! ¡Es de Fulanita! Pensad que Fulanita es también vuestra amiga y la comprometéis por salvaros.
Con la letra y la ortografía de antes podía escribiros las cartas vuestra cocinera; vosotras tampoco os comprometíais, nosotros nos divertíamos más, y alguna vez la cocinera podía hacer su suerte.
—¿A dónde va usted este verano, marquesa?
—A mis baños, como siempre.
—¿Con el marqués?
—No; el va á los suyos. Ya sabe usted que todos los veranos nos separamos por incompatibilidad ... de humores.
En la playa.
Doña Patro, á quien han recomendado los baños de mar para adelgazar, se presenta en la playa con un amplio traje que borra todos sus contornos. Su ilusión de haber disminuido desde el año anterior es completa; porque el bañero, que es el mismo de otras temporadas, no la reconoce á pesar de las buenas propinas.
A la media hora del baño, ceñido ya el traje y entregada por completo á las olas, dejando fuera de la línea de flotación una enorme boya natural, el bañero, asaltado por un recuerdo imborrable, exclama: ¡Perdone usted, doña Patro! ¡Qué habrá dicho usted! ¡Hasta ahora no la había conocido!
Doña Patro se sumerge de golpe como para ahogarse.