ESCENA III

ISIDRA, ROSA y TOÑUELA; al final IGNACIO y ANDRÉS

Isidra.

(Dejando el brasero en el suelo.) ¡Ya está aquí el brasero! ¡Y calienta que es una bendición! ¡Acercarse, hijas, acercarse!... (Rosa y Toñuela se acercan al brasero.)

Rosa.

(Poniendo las manos cerca de la lumbre.) ¡Estoy arrecía!...

Isidra.

También traigo un poquillo de mineral; las noches son largas, y se pone una muy triste cuando está á obscuras.

Rosa.

(Con tono de gratitud.) ¡Por Dios!... ¿Cómo pagar á usté?...

Isidra.

Ya me pagarás, hija; ya me pagarás. Este mundo da muchas vueltas. (Al ver que Rosa hace ademán de levantarse á arreglar el quinqué, la detiene.) Yo misma lo avío. Caliéntate tú, que buena falta te hace. (Isidra se dirige hacia la cómoda, y sigue la conversación mientras arregla el quinqué y lo enciende. Rosa vuelve á sentarse.)

Rosa.

(Con desesperación.) ¡Qué vida, Santísima Virgen, qué vida!...

Isidra.

¡Pensar que todo esto lo ha traído el pícaro genio de tu hombre!...

Toñuela.

Eso no es verdad.

Rosa.

¿Le defiendes?

Toñuela.

Pues claro. Si te vió con quien le da celos, ¿qué iba hacer? Si yo me hubiese atrevido á lo que tú, y Andrés se hubiera portáo como se portó Juan José, más le querría yo desde entonces, y todo lo llevaría á gusto sabiendo que él se jugaba la vida y el pan porque otros ojos que los suyos no me mirasen como él me mira.

Isidra.

(Con ironía.) ¿Sí?

Toñuela.

No era mi hombre, y se me erizó la carne de orgullo cuando le ví ponerse delante de la puerta y decir: «¡El que la desee, que salga á buscarla!» El otro no salió; por supuesto, hizo bien. Si sale, de la puerta no pasa. Había en la cara de Juan José algo que hablaba y que decía: «Al que se la atreva, lo mato.»

Isidra.

Calla, mujer, calla. ¡Paéce que te has pasáo los años leyendo esas historias que tiran por debajo de las puertas á cinco céntimos el cuaerno!

Toñuela.

No sé leer.

Isidra.

Nadie lo diría; que eres pintiparáa á un presonaje de los que salen en esos libros. Bueno que una persona se acalore cuando hay fundamento. Aquella noche no lo había.

Rosa.

Eso digo yo. Paco me invitó á buen hacer. Si á Juan José no se le hubiera subido la sangre á la cabeza, nos habríamos evitáo el disgusto y las resultas, que no son flojas.

Isidra.

Juan José lo echó todo á barato...

Rosa.

¿Y qué ha sucedido? Que á la mañana siguiente le dieron la cuenta y le despidieron de la obra; que durante ocho días hemos ido tirando con lo que había en casa, y que, á la presente, se consumió todo. La lana del colchón á puñáos hemos ido vendiéndola; mis dos pares de enaguas, las sábanas, la colcha y media docena de camisas que teníamos entre los dos, están en la casa de préstamos; su capa no la he lleváo, porque no la toman; de manta nos sirve. Anteayer empeñé mi mantón en diez reales; con ellos hemos pasáo hasta hoy, y hoy náa, un cacho de pan rociáo con aguardiente, y á esperar el maná, porque lo que traiga Juan José, en la frente dejo que me lo claven.

Isidra.

¡Jesús, qué desdicha!

Rosa.

¡Á ver si hay quien la aguante!... ¡Yo no!...

Toñuela.

¡Mujer!

Rosa.

¡Y que esto ocurra por no venirse él á razones!...

Toñuela.

Ocurre, por ser tú ligera de cascos, y meterte á cantar donde estaba Paco, y no haberle paráo á tiempo los pies.

Rosa.

¡Yo!...

Toñuela.

De más hizo Juan José, que se creyó lo que le dijiste, y no te rompió un hueso. (Aparecen en la puerta del fondo Andrés é Ignacio.)

Rosa.

¡Hubiera estáo bien que me pegase!

Toñuela.

Por menos he lleváo yo muchos cachetes.

Andrés.

(Desde la puerta.) ¡Y los que llevarás!... ¡Más efecto os hace á las mujeres un cachete á tiempo, que un sermón de Cuaresma! Entra, Inacio. (Entran Andrés é Ignacio.)