ESCENA IV
ROSA, TOÑUELA, ISIDRA, ANDRÉS é IGNACIO
Ignacio.
(Á Rosa.) ¿No ha vuelto ese?
Rosa.
No.
Andrés.
Como si lo viera, vuelve con las manos vacías. Así como así, es fácil encontrar trabajo. ¿Sales de una parte?... Pues aguarda sentáo á que te llamen de otra.
Ignacio.
Y Juan José, menos. Ya has oído al maestro con quien hemos estáo hablando por él.
Rosa.
¿Qué os ha dicho?
Andrés.
Pues nos ha dicho: Juan José es un buen oficial, pero no puedo darle ocupación. ¿Sabéis lo que hizo con Paco la otra noche? Gasta muy mal genio, y no respeta á nadie.
Ignacio.
¿Que no respeta? ¿Por qué no respeta?... ¿Porque no ha querido sufrir que su maestro se burle de él y requiebre á la mujer que vive con él? ¡Peazos le hubiera hecho yo!
Andrés.
No faltó mucho. ¡Negro me ví pa sujetarle! (Á Rosa.) ¡En menudo fregáo nos metiste!
Rosa.
¿Yo?... ¿Dirás que tuve yo la culpa?
Andrés.
¿Pues quién la tuvo? ¿La Cibeles?
Rosa.
¿En qué he faltáo yo? ¿Porque un hombre le diga á una mujer buenos ojos tienes, ya han faltáo la mujer y el hombre? ¿Se ha propasáo Paco conmigo? ¿Le he dejáo yo que se propase? ¡Entonces!... Sólo que Juan José y Toñuela, y tú, os empeñáis en echarme los cargos encima; y yo aquí pa sufrirlo todo: privaciones, desconfianzas... Y si un día me harto y tiro por la calle de enmedio, me pondréis como un trapo. (Llorando más de rabia, que de sentimiento.) ¡Vaya que tiene esto mucho que ver!...
Isidra.
No te apures.
Toñuela.
¡Chica, no es pa tanto!
Andrés.
Ahora unas lagrimitas... Todas las mujeres sois lo mismo. Á creeros, nunca tenéis la culpa de nada. Os dejáis requebrar sin mala intención; dais en cara á un hombre con otro, como quien da una broma; os reís con el que os piropea; le hacéis arrumacos delante del que os quiere, y un día, esos dos hombres, que se han tomáo entre ojos, se disparan, se dicen cuatro desvergüenzas, la emprenden á navajazo limpio; van, el muerto al hoyo y el vivo á la cárcel, y vosotras rompéis á llorar y á decir, con cara de inocentes: ¡Yo no tengo la culpa!... ¡Quién iba á pensarlo!... ¿Verdá?
Rosa.
(Con despecho.) ¡Andrés!...
Andrés.
Si os damos celos, os ponéis moños; si os advertimos, os reís; si os reprendemos, os enfadáis, y si os pegamos, nos llamáis brutos... ¡Brutos!... ¡Más vale ser bruto que...! ¡Como los hombres siguieran mi consejo, no haríais tantas piernas vosotras!
Isidra.
(Bajo á Rosa.) ¡Qué borrico!
Toñuela.
(Á Andrés.) ¡Déjala en paz!
Rosa.
(Á Andrés.) ¡Si Juan José te oyera!
Toñuela.
Si lo oyera, ¿qué?
Andrés.
Quizás que se pusiese de su parte, porque el que media entre un hombre y una mujer, ese pierde. Lo sé de buena tinta.
Ignacio.
¿Tú?
Andrés.
En persona; y no hace veinte días que pasó.
Toñuela.
¿Qué pasó?
Andrés.
Verás. Bajaba yo por la calle de Embajadores, y al desembocar en el Barranco, me veo á uno que le estaba atizando á su mujer, ó lo que fuera, un palizón de órdago. No es que yo me asuste por que se les tiente el traje á las mujeres, pero aquel ciudadano pegaba tan fuerte, y ella soltaba tales quejíos, que me dió lástima y me metí por medio, y sujeté la mano del hombre y le dije: «¡Camará, basta; ni que fuese la señora una caballería!» El sujeto era razonable y se contuvo; ¡pero ella!... ¡Á ella había que verla!... Se puso en jarras, se vino pa mí, arrimó su cara á la mía, como si quisiera tragérseme, y me soltó esta rociáa: «¿Á usté qué, si me pega, tío morral?... ¡Pa eso es mi marido!...» Vamos, que si me descuido, me pega ella á mí.
Ignacio.
Y, ¿qué hiciste?
Andrés.
¡Calcula!... Gritarle al otro: «¡Siga usté hasta que se canse, buen amigo!» y echar por el Barranco abajo, jurando no meterme en jamás en líos de mujeres y de hombres.
Isidra.
Pronto has olvidáo el juramento.
Andrés.
Porque se trata de Juan José. Juan José es un amigo, y no quiero que ni él, ni ésta (Por Rosa.) tengan que sentir. (Se acerca á Rosa.) ¡Déjate ya de lloriqueos!
Isidra.
(Á Rosa.) Claro; no te aflijas ni hagas caso de éste.
Andrés.
Hazlo de ella, que te irá mejor.
Ignacio.
Haya paz; basta de tontunas. (Á Andrés.) Puesto que Juan José se tarda, bajaremos tú y yo á la taberna. Enrique debe estar allí con el recáo de si hay ó no obra, en ese pueblo.
Andrés.
Dios lo haga, porque estamos todos en las últimas. (Á Rosa.) Cuando venga, dile que abajo le aguardamos.
Ignacio.
(Á Andrés.) Anda.
Andrés.
(Á Toñuela.) Tú, vete á aviar y que estés lista pa cuando yo suba.
Rosa.
(Á Andrés.) ¿Cenáis en casa de tu madre?
Andrés.
Y si no cenamos allí, no cenamos. Hay donde escoger. Hasta luego. (Salen por el fondo Toñuela, Andrés é Ignacio. La primera, por el lado derecho de la puerta, y los otros por el izquierdo.)