ESCENA IV

JUAN JOSÉ, ANDRÉS y EL TABERNERO

Andrés.

(Á Juan José.) Bebe. (Alargándole una media copa.)

Juan José.

(Rechazándola con la mano.) No tengo sed. (Queda en silencio, con la cabeza apoyada en la mano.)

Andrés.

¿Qué tienes entonces?

Juan José.

Ya lo he dicho antes. Estoy cansáo.

Andrés.

No es eso.

Juan José.

Lo que te dé la gana. (Con impaciencia y mirando al reloj de pared.) ¡Cuánto tardan!

Andrés.

¡Qué han de tardar, si salen á las siete largas de la fábrica, y necesitan más de un cuarto de hora pa llegar aquí!... Tus celos son los que tienen prisa, y te traen á mal traer. ¡Parece mentira que tú...!

Juan José.

Déjalo estar. No hablemos de ello.

Andrés.

Es pa empezar contigo á trastazos. Estaría bueno que un hombre se acongojase por una mujer. Todas juntas no valen una perra.

Juan José.

¡Qué sabes tú!

Andrés.

Más que tú, que no sabes lo que te pescas porque estás enceláo.

Juan José.

Sí lo estoy, Andrés, y la sangre se me enciende en el cuerpo cuando imagino que Rosa puede dejarme de querer.

Andrés.

¿Y quién te manda imaginarlo?

Juan José.

¡Qué se yo!... Es una idea que se me ha ido metiendo aquí dentro (Señalando la frente.) poco á poco, pero con fuerza, igual que si me la hubiesen claváo á martillazos; y no puedo deshacerme de ella, y me martiriza, y me azuza, y me tiene como sobre carbones encendíos.

Andrés.

Eres un chico de la escuela.

Juan José.

No sé lo que soy; sólo sé lo que me sucede; sólo sé que Rosa no es la misma de antes pa mí. (Con tono sombrío.) Y luego, Paco, ese mozo que no ha tenido más que hacer en el mundo que heredar la parroquia y los dineros de su padre, no la deja ni á sol ni á sombra. Él se figura que no me entero. ¡Sí me entero! (Con acento amenazador.) ¡Que lleve cuidáo!

Andrés.

Serán cavilaciones tuyas.

Juan José.

No lo son, Andrés no lo son. Hace tiempo que le vengo oservando. La otra mañana me fué Rosa á buscar á la obra, y Paco se puso delante de ella y empezó á soltarle requiebros y pasearle por los ojos sus déos llenos de sortijas, y á decirle, mirando pa mí y como en broma. «¡Qué suerte tienen algunos hombres y qué mal ganáa!...» Ella se reía de oirle, y yo... Yo seguía trabajando mientras bromeaba el señorito, y me fijaba en él, y á la vez que en él, en mi blusa remendáa y en su ropa nueva, en el yeso que había en mis manos y en las sortijas que había en las suyas; y sentí... No sé lo que sentía entonces, pero apreté con rabia el mango del palustre y estuve á punto de meterle por el pecho adelante, aquella herramienta manchada con la cal que nosotros amasamos pa que él se luzca...

Andrés.

(Con zumba.) Haberlo hecho, y después, ¡á presidio!... (Con ironía triste.) Tienes una manera de arreglar las cosas, que da gozo.

Juan José.

(Luego de pasarse la mano por la frente como si quisiera desechar un mal pensamiento.) Yo no soy malo, Andrés; no quiero serlo. Y ocasiones de serlo he tenido, muchas, que á quien lo dejan en la calle sin otro amparo que el de Dios, más cerca le ponen del presidio que de la iglesia. No, no quiero; no he querido ser mal hombre nunca; pero en tocante á Rosa, ¡que no la toquen! ¡que no me la quiten, porque seré peor que malo!... (Con desesperación.) ¡Si ella...!

Andrés.

(Interrumpiéndole.) Á eso voy. Si yo sospechase que me faltaba una mujer, ¿sabes tú lo que haría?

Juan José.

¿Qué?

Andrés.

Lo primero, enterarme si era verdad, que á veces, se le meten á uno los infundios en la sesera porque sí, y cree que un cañamón es una bola del puente de Segovia.

Juan José.

¿Y si era verdad?

Andrés.

¡Si era verdad!...

Juan José.

¿Qué harías?

Andrés.

Muy sencillo. Á él nada; porque bien miráo, nadie tiene la culpa de que sea mala la mujer que vive con uno. Á ella sí; á ella, cogerla por el moño y madurarla las costillas con un garrote, y abrirle la puerta y darle dos patáas y ponerla al fresco y quedarme tan fresco.

Juan José.

¡Yo, dejar á Rosa!...

Andrés.

Si te engañaba, ¿por qué no? ¿Has firmáo escritura pa vivir con ella hasta que te entierren?

Juan José.

No hace falta. En las cosas del querer, se firma con éste; (El corazón.) y cuando éste dice «quiero de veras,» firmáo está pa toda la vida.

Andrés.

(Con tono de broma.) ¡Pocas firmas así he puesto yo! Y luego á borrarlas. Ni señal queda. Antes se borra el querer que la tinta.

Juan José.

Será el tuyo, que el mío no. ¡Dejar yo á mi Rosa!... ¡Perderla! ¡Echarla de aquí!.. (Golpeándose el pecho.) No podría; está muy agarráa y... Yo me entiendo; no sé explicarlo, pero me entiendo... Vamos, que si yo dijese, se acabó Rosa; mi corazón, y mi alma, y todo yo, nos habíamos acabáo con ella.

Andrés.

¡Bah! ¡En seguida me destrozaba yo por ninguna!... Ponte en lo peor, en que la pena sea tan grande que no consigas descuajarla de un tironazo. ¡Á distraerse! ¡qué contra!... No se acabó el mundo por eso. Otros quereres hay y á ellos se coge uno hasta que se le pase la basca.

Juan José.

Tú, sí, porque tienes padres, hermanos, familia que te consuele y te saque las malas ideas del cuerpo. Yo no tengo nada. ¿Padres?.... Dios los dé; no sé quiénes fueron los míos, sólo sé que me tiraron á la calle, mismamente que se tira la basura al arroyo, pa que la recoja el trapero. (Con tristeza profunda.) ¡Debe ser tan bueno tener padres!... Lo veo por tí cuando vas á casa de los tuyos, y la pobre vieja de tu madre se alza de su silla y te mira que parece que se te va á comer con los ojos y te dice: «¡Á ser hombre de bien, Andrés!...» Tú te ríes, como si no te importase verla y oirla; pero en la cara se te conocen que no te cojen el gozo en el cuerpo y la alegría en el corazón.

Andrés.

(Con ternura.) Porque ciego por ella; porque se trata de mi madre, y la madre es la sola mujer que no engaña.

Juan José.

Yo no he conocido á esa mujer. Sólo he conocido á la que me recogió junto á las piedras de una cantería pa llevarme en brazos por las calles y compadecer á la gente llamándome hijo suyo. ¡Pa eso me recogieron! Y luego, cuando fuí mayor y pude andar solo, pa que pidiese limosna, con los pies descalzos, y la pidiera bien, y llevase mucha, que si llevaba poca, me ponían maduro á palos.

Andrés.

¡Sí, es desgracia!... (Con tristeza.)

Juan José.

No lo sabes, Andrés; hay que pasarlo. Pidiendo un pedazo de pan pa que lo comieran otros, como ahora lo gano pa que otros disfruten, he vivido yo mucho tiempo. Cariño ninguno. Malas razones y peores hechos. Golpes, no golpes buenos, de los que los padres dan á sus hijos pa que se corrijan, sino golpes de los que da el arriero á su bestia cuando no puede con la carga. Á mí nunca me han dicho al pegarme: «¡Toma, pillastre, pa que te enmiendes!» Á mí, me decían: «¡Toma, granuja, pa que traigas más!» ¡Ya ves qué diferencia! El recuerdo de aquellos golpes, de los que dan los padres, debe saber á gloria; el de los que yo recibía me sabe amargo, y me trae á la boca mucho rencor y muchos odios.

Andrés.

¡Pobre Juan José!

Juan José.

Más tarde, cuando me ví libre de la caena y dije «¡á trabajar!» ¿qué encontré?... De aprendiz, cachetes del maestro y de los oficiales, y una cazuela de sobras en un rincón; después, mucho trabajo y muchas fatigas, y un jornal escaso, ganáo sobre dos tablones mal unidos, tiritando de frío en invierno, abrasándome la piel en verano, afanándome desde la mañana á la noche, pa llegar por la noche á mi casa y encontrarme sólo, sin que nadie viniera á decirme: «¡Descansa hombre, que bien lo mereces!» Así vivía cuando conocí á Rosa. Ella me dió lo que aún no había encontráo en el mundo, cariño. ¿Crees tú, que puedo dejarla, ó conformarme con que me deje?...

Andrés.

Yo...

Juan José.

¡Dejarme ella á mí!... No, Andrés, ¡que no lo haga, que no lo intente!... ¡Si se atreviera á hacerlo!... (Con tono de amenaza.)

Andrés.

¿Vuelves á las mismas?

Juan José.

¡Eso quisiera yo, no volver!... Pero estas cavilaciones mías pueden más que yo, me levantan en peso, y cuando imagino que Rosa me puede abandonar, marcharse con otro, se me pone una nube de sangre delante de los ojos, y... (Con angustia y odio.) ¡Que no suceda, Andrés, que no suceda; porque si sucede, estoy perdío!

Andrés.

Déjate de tontunas, que por la presente no tienen fundamento, y bébete esa media copa. (Alargando la que habrá quedado llena sobre el velador.)

Juan José.

Tienes razón. Más vale callar. (Apurando la copa de un sorbo. Se abre la puerta del fondo y entra por ella Isidra, que se dirige al mostrador.)