CAPITULO V.
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CURIOSIDADES.
El Diorama.—La galería Tussaud.—El Palacio de cristal.—El Banco de
Inglaterra.—La Bolsa.—Diversos objetos interesantes.
Entre los monumentos y varias curiosidades que visité durante mi corta permanencia en Lóndres, no olvidaré dos de un género histórico y artístico que merecen atencion, aunque de carácter muy secundario; tales son: el Diorama y la Galería de madama Tussaud.
El Diorama, establecido en el centro de la plaza de Leicester, es un edificio circular, cubierto con una cúpula de cristal, y muy semejante al cuerpo central del Colosseum, aunque mucho ménos grande. Comprende una exposicion de objetos algo curiosos de etnografía, y es al mismo tiempo diorama, panorama y cosmorama.—Allí se dicta todos los dias una leccion de geografía muy útil para los que necesitan nociones elementales. Lo que en el Colosseum presenta el panorama de Lóndres, en el Diorama ofrece en una concavidad circular la imágen en relieve del globo terrestre, con la demarcacion exacta de los mares, los continentes y las islas. El trabajo es ingenioso y muy interesante como elemental.
En la parte baja del edificio se encuentran los mas curiosos grupos de indios, negros, chinos, europeos, etc., con sus vestidos, armas y mil especialidades, que ofrecen el cuadro de la fisonomía de casi todas las razas de la tierra, y una multitud de nociones históricas para instruccion del vulgo ó de las gentes de mediocre educacion. No faltan allí muchas muestras de objetos algo raros en todas las bellas artes, la mecánica, la navegacion, etc., que atraen justamente las miradas del visitante curioso. Aquel establecimiento me pareció no solo un bonito museo, sino un bello instituto democrático destinado á enseñar á las clases pobres, con suma facilidad y baratura, los elementos de la geografía, ciencia tan útil y simpática de por sí, como fecunda en mil resultados para la industria, el comercio, las letras y la política. Sería una gran fortuna que ese instituto-pasatiempo fuese imitado en las principales ciudades de las repúblicas colombianas.
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La Galería histórica y artística de madama Tussaud, tan afamada en el mundo, continúa con toda su popularidad en Lóndres, gracias á la perseverancia de los herederos de la artista original que la fundó. Es una encantadora curiosidad que ningun extranjero debe dejar de visitar y que, léjos de perder su interes, lo aumenta á medida que el tiempo aleja mas á los personajes puestos en escena. Lo describiré rápidamente para que se vea todo el partido que de alli puede sacar el viajero observador.
La descripcion de la localidad es inútil; los salones son como cualesquiera otros, y su distribucion depende solo de la clasificacion de los objetos históricos. Una iluminacion magnífica, un concierto permanente y cierto lujo artístico de decoracion, que hace juego con enormes espejos para aumentar la ilusion,—tales son los accesorios que realzan el mérito de la galería, dividida en cuatro partes. Desgraciadamente las divisiones no están arregladas á épocas históricas, rigorosamente, lo que da lugar á algunos anacronismos. Toda la galería, salvo algunos objetos históricos y mecanismos famosos, se compone de estatuas, de formas perfectamente naturales, ó de bustos ó cabezas, todas fabricadas con cera blanca, imitando con admirable perfeccion las fisonomías, las actitudes, la expresion y cuanto ha sido característico en cada uno de los muchos personajes representados allí.
La perfeccion artística de los bustos y las figuras es tal, que el visitante se siente a veces tentado á saludar respetuosamente á esos personajes de cera ó entablar conversacion con ellos. Por ejemplo, al pasar de un salon a otro, está sentado bajo el umbral un pobre viejo que lee con atencion, sin mirar á nadie; y como es imposible dejar de pisarle y estrujarlo al pasar, porque el hueco es muy estrecho, el buen viejo alza la cabeza y mira con extrañeza al visitante descortes. Este no puede ménos (y á mí me sucedió) que presentarle excusas y pedirle perdon. El viejo lector no responde, vuelve á agachar la cabeza y continúa su lectura. Después viene uno á saber que su hombre es de cera, y que su movimiento muscular es debido á un mecanismo.
Los vestidos, todos conformes a la época y los usos de cada personaje, aumentan la ilusion poderosamente. Aquellas figuras parecen agitadas por una corriente oculta de electricidad nerviosa; sus miradas son vivas y elocuentes; sus sonrisas expresivas, su actitud imita enteramente la vitalidad. Tal parece como si el pensamiento calentase aquellos cerebros de cera y animase sus gestos; y el visitante se impresiona de tal modo, que por momentos cree que la voz va á salir de los labios casi convulsos de aquellos séres artísticos, que tienen el calor, el aliento, la luz y la fascinapion de la vida física y moral.
En la galería, tan presto se ven los personajes en grupos homogéneos como aislados á ciertas distancias. Entre la multitud de personajes aislados, ora históricos, ora contemporáneos, se distinguen principalmente, por su interés ó por el mérito artístico de las figuras:—Guttemberg, meditando en su invento;—Shakspeare, sombrío y burlon al mismo tiempo;—Pedro el Grande, en su traje de carpintero en Holanda;—Newton, ideando su admirable sistema del mundo físico;—Voltaire, con su fisonomia de zorra, su sonrisa irónica y su mirada de apóstol;—Rousseau, pensativo y dulce como la idea de redencion que le dominó;—Walter Scott, con su actitud tranquila, como la poesía risueña que inspiró su gran genio;—Byron, sombrío y lanzando de su ojo de fuego algo como la luz del rayo ó como las revelaciones de un poema terrible. De otro lado se ven figuras de una personalidad especial: aquí Nana-Sahib en gran pompa y fumando en su pipa llena de pedrerías, sentado á estilo oriental; allí O'Connell, en la actitud del orador; mas acá Abd-el-Kader, con su sable de árabe defendiendo la independencia de su pueblo; allá Manín ú otro de los mártires de la libertad que han personificado una causa.
Los grupos son aún mas interesantes por el juego y contraste de las fisonomías y actitudes, y por los hechos históricos que ellos personifican. En una parte los Girondinos, condenados á muerte,—Carlota Corday matando á Marat, ó un grupo de Bobespierre, Danton y otros jacobinos;—en otro sitio, Milton rodeado de sus hijas, dictándoles su admirable «Paraíso perdido;» en el centro de un salon, Napoleon con todos los soberanos y principales ministros de su época imperial; en el de otra sala los monarcas; presididos por Victoria y el emperador Napoleon Bonaparte. En un rincon figuran: Isabel la católica, Fernando, su marido, y el inmortal Colomb; en otro sitio, Lutero enseñando su doctrina, ó Calvino demostrando la justicia del libre exámen.
Los tres primeros salones están literalmente colmados de figuras históricas y de contemporáneos, pertenecientes á todos los géneros de celebridad. La ciencia y la poesía, la navegacion y la filosofía, las bellas artes como la elocuencia y la política, la guerra como la religion, las grandes virtudes como los grandes crímenes y las heroicas expiaciones,—todo está representado allí, para dar una idea general de las evoluciones de la humanidad en su carrera de progreso y luz. Todas las grandes glorias están reunidas en congreso para manifestar la unidad del espíritu humano en sus infinitas manifestaciones, y poner en evidencia el cosmopolitismo histórico de la civilizacion y el contraste perdurable entre el poder y la libertad, la inteligencia y la fuerza.
Pero si la Galería Tussaud es en lo principal una bella escuela de historia, escultura y aún fisiología,—al mismo tiempo que un museo de curiosidades,—el último de sus salones, el salón horrible (The chamber of horrors) es de un interes extremo y un carácter sombrío que impresiona profundamente. ¡Cuántas enseñanzas no encuentra en esa espantosa cámara del crimen y de la expiacion el espíritu del observador atento, que busca las revelaciones de la ciencia física como el elemento mas sólido de las doctrinas de la ciencia social! El salon de los horrores pudiera llamarse la escuela práctica de frenología, pues tal es su verdadera significacion.
La célebre máquina infernal, ideada para aniquilar á Napoleon (ese gran político incorregible); el hacha que decapitó á María Stuardo; la que ejecutó á Cárlos I; la guillotina que degolló á Luis XVI, como á los Girondinos, á los Jacobinos y á Carlota Corday, y todos los instrumentos empleados para perpetrar los mas célebres asesinatos, se encuentran allí perfectamente imitados. La coleccion de cabezas dé los mas famosos bandidos ó criminales es tan variada como perfecta, por la exactitud de imitacion, que revela el gesto, la mirada, el pensamiento, los instintos y los sentimientos de cada individuo;—reproduciendo con absoluta fidelidad todas las protuberancias, los perfiles y las especialidades de cada cabeza y cada faz humana que ha figurado en los fastos del crimen. Por último, en una extremidad de la sala, oscura y medrosa como las escenas sangrientas, está el cadalso revolucionario (levantado por un pueblo febricitante y acosado por mil enemigos implacables) sobre cuyas tablas yacia el tronco de Luis XVI, cerca del noble sacerdote que le acompañó en la hora solemne; mientras que el verdugo (representante de la tiranía) se ostentaba, como una irrision de su destino contraproducente, mostrando á la multitud delirante la cabeza ensangrentada del rey condenado á expiar sus crueles debilidades y los crímenes y vicios de sus predecesores en la obra secular de la opresion….
¿Qué es lo que se aprende en esa galería de la muerte y la iniquidad? ¡Oh! se aprende mucho!… Desde luego, al evocar los recuerdos históricos, se comprende toda la inutilidad de la fuerza, del derramamiento de sangre, como medio político, social ó personal. El mismo instrumento de muerte sirve para el monarca ó el tirano que lo inventó, como para el súbdito oprimido; para el mártir generoso, como para el malvado. La cuchilla, el hacha ó el garrote, establecen entre los mas opuestos extremos la atroz igualdad de la violencia cobarde y sanguinaria…. El instrumento creado por el republicano Guillotin (como un bien relativo) devoró á los republicanos mismos…. La matanza, bajo cualquiera forma, tiene su lógica terrible en la expiacion. El hacha destruye una ó muchas cabezas; jamas una idea, un principio ó un interés social. Así como el individuo se prepara un castigo en el momento de perpetrar un crimen,—los gobiernos y los pueblos labran sus futuras expiaciones con la misma hacha de que se sirven para asesinar en nombre de la ley….
¿De qué sirven la violencia y la venganza, si no destruyen el mal cuando pesan sobre tal ó cual cabeza? De nada. El hacha británica que degolló á María Stuardo y Cárlos I, no destruyó ni el fanatismo católico representado por la una, ni el espíritu de opresion encarnado en el otro. Ahí está la historia probando la inutilidad de esas violencias regias ó populares. La cuchilla que decapitó á la legitimidad en la persona de Luis XVI, no decapitó la tiranía en Francia, puesto que, bajo diversos nombres y formas y á la sombra de otros gobiernos, algun poder opresor, con ó sin el auxilio de la legitimidad anticuada, ha pesado sobre el pueblo frances.
El estudio frenológico á que se presta la Cámara de los horrores es muy interesante como auxiliar de la fecunda ciencia de la legislacion penal. Al ver todas esas fisonomías repugnantes, no puede uno menos que sentir la conmocion nerviosa que acompaña al miedo y al espanto. ¡Qué coleccion de cráneos! Yo iba observándolos, y los clasificaba (sin conocer sus biografías, ni sus nombres siquiera) como asesinos, ladrones, lujuriosos atroces, traidores, etc.; y luego, al ver el catálogo de noticias biográficas, encontraba la confirmacion de mis suposiciones instintivas. La forma de la cara, la estructura de la frente, el ojo, la nariz, la boca, las grandes líneas, los angulas huesosos, las protuberancias, el color mismo de la piel y aún la naturaleza del pelo, contienen mil revelaciones del carácter del hombre. La nulidad ó depresión de los órganos centrales que corresponden á los sentimientos; la exageracion asombrosa de los que revelan los instintos, en la parte posterior del cráneo; y las extrañas formas y sombríos perfiles de la faz y la frente, signos de la manera como obra la inteligencia en el bandido,—todo eso impresiona hondamente al observador de aquella horrible galería.
Me preguntaba si la ciencia de la frenología no es la ciencia de la desesperacion, de la fatalidad, puesto que ella comprueba la infalible relacion de cada órgano con un poder de inteligencia, un instinto y un sentimiento. «Pero no,—me decia al reflexionar un poco: esa noble ciencia de la mecánica del cerebro, al revelar las leyes permanentes que rigen al hombre, no le condena á aceptar un fatalismo cruel. Al contrario, ella enseña el juego, la íntima relacion, el equilibrio y las compensaciones de los órganos, y demuestra que la educacion, modificando, deprimiendo ó acrecentando su desarrollo, puede infaliblemente corregir los defectos naturales de ese misterio de la organización, que tiene tan infinitas combinaciones.»
Y una vez que esta doctrina adquiere la fuerza de la experimentacion, naturalmente se pregunta uno: ¿por qué han creido los gobiernos que el rigor, la penalidad terrible es el remedio seguro para corregir el crimen? ¡Lamentable error, fruto de la barbarie de las sociedades! Si el hombre es educable y perfectible, ¿por qué descuartizarle, en vez de mejorar su condicion, purificarle, y destruir el mayor número posible de los alicientes que estimulan al crimen? Bendigo la fisiología y la frenología,—nobles y audaces ciencias que, revelando los misterios de la estructura del ser humano, están preparando al mundo para vivir en la era de la justicia, la prevision filosófica y la piedad,—renunciando á esas escenas de sangre, de terror y venganza, que constituyen la historia del hombre en su tránsito laborioso de la barbarie á la civilizacion!
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A diez y siete millas de Lóndres, cerca del pueblo de Sydenham, se encuentra el nuevo Palacio de cristal, en el centro de una área de 300 acres, y dominando sobre una colina todo el pintoresco paisaje que se extiende hácia el Támesis, ya en la direccion de Lóndres, ya en la de Greenwich, así como en opuestos sentidos. Un ferrocarril especial ha sido destinado al servicio, y el tránsito desde la estacion de London-Brídge hasta el palacio mismo se hace con suma comodidad en poco menos de media hora.
El panorama que se extiende á la salida de Lóndres, hácia el sud-este, es por lo ménos tan interesante como el del sud-oeste, por la via de Southampton. Por todas partes, durante los primeros minutos, aparece Lóndres como una inmensa fábrica-factoría, bajo el tren en que el viajero ve pasar los objetos con la rapidez del rayo. Las líneas de ferrocarriles se cruzan, enlazan y complican en todas direcciones; los trenes se multiplican, conduciendo viajeros á millares y en incesante movimiento; los cambios de perspectiva son infinitos, ofreciendo los mas variados cuadros.
Se siente una especie de vértigo al ver aparecer repentinamente y esconderse al instante entre nubes de niebla y humo, ó detras de algunas colinas cubiertas de quíntas, pequeñas villas en una serie que parece interminable. En breve Lóndres y sus arrabales y pueblos circunvecinos se pierden de vista en la base, miéntras que sus altas torres y elevadísimas chimeneas humeantes se muestran como suspendidas en el aire sobre un vasto cimiento de niebla. Las innumerables fábricas han quedado atrás, y al movimiento de las gentes y la monotonía melancólica y prosáica de los edificios urbanos suceden el capricho, la variedad, la alegría risueña y la frescura de todo lo que constituye la campiña en Inglaterra, hermosa aún ántes de que el verdor de la primavera haya hecho olvidar todas las tristezas del invierno. Ya se ve como una fantasmagoría la mole romántica de un castillo aristocrático; ya la alegre fachada de una quinta primorosa encuadrada entre jardines, pequeños bosques é invernáculos; ora el campo cultivado con admirable esmero, surcado por canales de irrigacion mas ó ménos considerables ó de pequeña navegacion; ora el prado en que saltan y relinchan los bellos potros ingleses, ó balan en tropel las blanquísimas y corpulentas ovejas; tan presto un tunnel elegante en sus formas y cuyas tinieblas hacen extraño contraste con la escena anterior; y luego, al salir de la caverna artificíal, un vasto parque poblado de pinos y otros árboles de vegetacion permanente, cuyos negros follajes sacudidos por la brisa los hacen parecer de léjos fantasmas que bailan entrelazados sobre vastos salones tapizados de nieve y bajo una inmensa cúpula de niebla.
Al ver en perspectiva el Palacio de cristal, se le tomaría por un palacio chinesco ó un templo de hadas en medio de escombros antediluvianos y mil primores de la Flora moderna, como un punto de alianza entre el mundo primitivo y el contemporáneo. Lagos artificiales; planos inclinados cubiertos de verde musgo y finísima grama; colinas pobladas de bosquecillos caprichosos; miradores y pabellones de cristal de mil colores, alzándose entre limpios jardines; altos plumajes dé agua arrojados por cien bocas de bronce, de los estanques circulares, en juego encantador; y allá en los lagos, ó al pié de las colinas, enormes iguanadones y otros animales antediluvianos, audazmente imitados en metal ó piedra;—he ahí el vasto y caprichoso conjunto que sirve como de cuadro de relieves al enorme y luminoso palacio que se destaca en la cima de la gran colina, como una mansion encantada, aérea, trasparente y multicolora, construida durante la noche por una legion de hadas, al rayo de la luna, y repleta de perfumes y tesoros, para brillar luego á la luz del sol, cuando la niebla se disipa, con todo el esplendor de una suntuosa maravilla.
No ensayaré hacer una descripcion, ni rápida siquiera, de ese admirable monumento de la grandeza británica y del progreso cosmopolita de la civilizacion moderna. Para adquirir una idea completa del Palacio de Cristal, es preciso estudiarlo muy atenta y minuciosamente por lo ménos durante dos semanas sin cesar. Y como mi propósito es solo el de manifestar mis impresiones, toda reflexion crítica sería un plagio ó una pedantesca mentira, no habiendo pasado sino unas seis horas en mirar apenas lo mas interesante y bello del maravilloso monumento. Mas tarde, á virtud de una residencia detenida en Inglaterra, podré describrir pasablemente lo que ahora solo me es dado mencionar.
El exterior del palacio tiene un conjunto de grandeza, originalidad, capricho artístico y noble majestad al mismo tiempo, que fascina, haciendo pensar en la civilizacion asiática. Podría pensarse que el palacio, por sus formas, sus pormenores, sus colores, su arquitectura singular y las inmensas graderías que les sirven de base á sus fachadas complejas, representa la alianza del Oriente, voluptuoso y colosal, con el Occidente, refinado y artístico; ó bien, que está destinado á revelar en su exterior el cosmopolitismo de luz, artes, industria y riqueza, de historia y magnificencias, contenido en la prodigiosa combinación de objetos del interior.
El solo palacio de cristal, asentado sobre una bella colina, ocupa, sin contar sus graderías exteriores, que son inmensas y de un efecto majestuoso, una área por lo ménos de 80,000 metros cuadrados. El edificio, aunque unido, presenta el aspecto exterior de tres palacios, por sus fachadas colosales. Todo reposa sobre columnas gigantescas de hierro, y la cubierta en todos sentidos es de cristales unidos por una inmensa armazón de metal. Aunque las torres, las cúpulas y los minaretes tienen grande elevacion, la de la masa del monumento, sobre su piso bajo, es poco mas ó ménos de 40 metros.
Se compone el edificio de tres pisos de tablas, inclusive el de nivel del suelo, donde se encuentra, una considerable multitud de máquinas y muestras de todo género, que fueron presentadas en la Exposicion de Lóndres de 1851, y que la Compañía empresaria del palacio compró para establecer en su recinto un verdadero museo industrial, artístico y científico. El exámen de los objetos aglomerados en los vastísimos salones del piso bajo exigiría un estudio detenido, durante algunas semanas. Bajo la direccion de un hombre inteligente, el visitante puede adquirir un gran caudal de variadísimos conocimientos, con solo hacerse explicar la procedencia de cada máquina ó aparato, su objeto, la clave de su construccion y su manera de funcionar.
Al subir la grande escalera que conduce al primer piso, la impresion que se experimenta tiene al mismo tiempo mucho de profundo y vago: profundo, porque uno se siente embelesado, lleno de una especie de asombro delicioso, de admiracion infinita hácia tantas maravillas; y vago, porque no se sabe qué admirar mas, si los tesoros inagotables de la naturaleza, ó los prodigios realizados por el hombre, como sabio, ingeniero, artista, viajero, arqueólogo, historiador, etc. Hay allí un cuadro tan complicado y vasto, tan encantador y sorprendente que el visitante no sabe por dónde comenzar ni á qué objetos dar la preferencia.
Repito que no pretendo describir, porque no alcancé ni á medio-mirar la mitad siquiera de los tesoros de arte y curiosidades que en el Palacio de cristal se encuentran. Si el palacio solo es una maravilla de arquitectura, de mecánica y de originalidad ecléctica, cada uno de los objetos del interior es maravilloso en su género tambien. La atmósfera que allí se respira está cargada de perfumes, porque el interior del palacio es como un inmenso jardin aéreo, donde alternan en admirable contraste los arbustos, las flores, las palmas, las lianas, los helechos, los árboles frutales y cuanto hay de mas bello ú curioso en la flora del mundo. El Asia, la América, todas las regiones del globo, tienen allí sus mas primorosos representantes en el arte, la vegetacion, etc., y cada visitante puede estar seguro de encontrar un rincon de su patria, con la misma temperatura, las mismas aguas y cuanto puede producirle una ilusion completa.
Al subir al primer piso nomas se tropieza con un contraste que impresiona mucho: se ve á un lado el estupendo esqueleto de un árbol de la América del Norte,—y al otro una galería de estatuas y bustos de mármol, y cabezas aisladas que son las imágenes de los mas eminentes pensadores y artistas contemporáneos, principalmente franceses. El árbol a que aludo, cuya sola corteza está armada verticalmente, con todas las proporciones que tenia el tronco en su selva del Nuevo Mundo, es el representante de esa fuerza exuberante, salvaje y asombrosa que distingue á la naturaleza americana. El tronco tiene todo el aspecto de una torre sin molduras, y es tan enorme que de él solo saldría el casco entero de un bergantin. Mas de doscientas personas caben en la concavidad del tronco, desde su base hasta la cima. Así es la América en todas sus producciones.
La galería de estatuas, bustos y cabezas es encantadora. Tal parece como si la Europa inteligente, la Francia sobre todo, palpitase allí en esas fisonomías de yeso, que despiden con sus reflejos de la luz que les viene de la techumbre trasparente, no sé qué del rayo luminoso y del calor que agita los cerebros inspirados de Lamartine y Víctor Hugo, de Guizot y Luis Blanc, de Quinet y Michelet, de Jorge Sand y Alejandro Cumas, y de tantos otros pensadores ó escritores eminentes. Muchos de aquellos bustos son evocaciones históricas, porque son las imágenes de Voltaire y Rousseau, de Mirebeau y Danton, de Vergniaud y Chénier, de Chateaubriand, Byron, Walter Scott, Lamennais, Eugenio Sue, Balzac y muchos otros genios que pertenecen á la historia de la política, la filosofía ó la literatura.
Por lo que hace á salones artísticos, el Palacio de cristal contiene admirables cosas. No solo conserva una inmensa porcion de curiosidades que lo hacen rivalizar con los mejores museos de Europa, en lo relativo á antigüedades y artes plásticas, sino que tiene en los muros y artesonados de sus salones, como en los pavimentos, la imitación prodigiosamente fiel de los mas preciosos modelos del arte egipcio, griego, índigo, romano, morisco, gótico y del Renacimiento, que se han conocido hasta ahora.
La perfeccion imitativa es tal que la ilusion es completa. Ya recorre el visitante un salon egipcio que le hace evocar las sombras de los Tolomeos ó de Cleopatra, con sus relieves toscos, sus momias mitológicas, sus extrañas combinaciones de colores, su arte brutal y misterioso al mismo tiempo, pero expresivo, y sus interminables jeroglíficos. Ya penetra en una sala griega, sensual, poblada de recuerdos heróicos, revelando el arte por excelencia, que toma todas sus inspiraciones de la naturaleza, pero que, á fuerza de ser imitativo y plástico, carecia de ese espiritualismo, celeste ó sombrío, poético siempre, que nació con la idea cristiana. Ora, saliendo de los templos artísticos ó salones griegos y romanos, opulentos de tradiciones é historia, se recorren vastas cámaras que pertenecen al estilo gótico, profundamente inspirado, espontáneo, sombrío como una leyenda religiosa, caprichoso como los movimientos de la sociedad en recomposicion, fantástico, solemne en muchos de sus rasgos, revelador y caballeresco. Ora cruza el visitante esas salas-mosáicos, encantadoras, que pertenecen al afeminado pero poético estilo oriental ó morisco, con sus techumbres cuajadas de filigranas, sus mil colores pintorescos, sus caprichos de inspiración, su regularidad de ejecucion, su voluptuoso refinamiento de combinaciones. Aquí está la «sala de los Abencerrajes;» allí la de «las Sultanas»; aún lado.«el patio de los Leones»; al otro «el retrete de Boabdil»; en fin, todos los primores de la Alhambra y los recuerdos de Granada y de la gentil dominacion morisca.
Por último, llaman la atencion dos preciosos salones que imitan la arquitectura interior del Renacimiento,—regular, simétrica, demasiado imitativa, delicada y culta pero sin espontaneidad;—llena de perfiles, de relieves mitológicos, pero exenta de atrevimiento, de verdadera inspiracion, de vida. El tránsito de uno á otro de esos salones primorosamente esculpidos y pintados, de tan magistral imitacion, es inolvidable: la impresion que deja es profunda,—porque es una mezcla de admiracion y tristeza respecto de lo pasado; de santa y silenciosa veneracion tributada al genio de la humanidad misma, y de esperanza suprema en el progreso y el bien del porvenir, que se funda en la idea de la indefinida renovación de las fuerzas vitales de la especie humana.
Allí, en esa serie de galerías admirables (que reproducen el arte cosmopolita, desde la India y la China hasta la Bretaña, y desde el Egipto hasta la patria de los Aztecas ó los Incas)—el visitante cree asistir á una justa literaria mantenida por todos los estilos ideados por el genio de los pueblos; ve pasar en tropel todos los siglos con su cortejo de creaciones propias y mitologías; y quisiera descifrar en los relieves y las inscripciones, en los mosaicos y arabescos, en los inescrutables jeroglíficos y las trasformaciones plásticas, el misterio de la civilización que, conducida por el tiempo, va propagándose ó reproduciéndose como el movimiento del Océano, de onda en onda y de reflejo en reflejo, sin acabar nunca, porque entraña la idea de lo infinito, de lo divino y supremo, de Dios invisible y Creador!
Si muchos de los salones están en el palacio consagrados al culto del arte y de la historia, hay otros, espaciosos como jardines, verdaderos bosques en miniatura, que reproducen los caprichos de esa suntuosa y perfumada arquitectura de la naturaleza, que se llama vegetación. ¡Qué de primores aglomerados allí! Tan presto se cruza un jardín europeo, literalmente cuajado de tesoros de jardinería refinada, donde la rosa y la camelia alternan con mil otras flores educadas con el arte mas minucioso y delicado; como se pasa por en medio de un vasto huerto colombiano, bajo las anchas hojas del plátano, de la caña de azúcar y de las palmas de chontas, hacumas y cocoteros, y rosándose con las cepas de pinas olorosas, las lianas flexibles y aéreas, las parásitas mas bellas, los helechos arborescentes mas elegantes, y muchas plantas de hermosura en extremo caprichosa, que crecen á una temperatura artificial propia y al derredor de anchos estanques de lecho musgoso, donde se agitan los peces de la zona tórrida entre las yerbas acuáticas entretejidas caprichosamente.
Pero hay sobre todo un salón vastísimo, imitando la naturaleza de la India, que produce la mas viva ilusión. Arroyos, fuentes, pequeñas cascadas, peñascos sombríos y musgosos, todo está preparado allí con cuidadosa imitacion, poblado el escenario de las plantas especiales y mas interesantes.
En el fondo reposan la enorme serpiente enroscada al pié del peñasco, en medio de la hojarasca; el terrible león dormido á la entrada de su gruta sombría; la pantera lamiendo tranquilamente á sus cachorros, con la voluptuosidad del calor de aquel clima de fuego, a la sombra del árbol indostánico.
Y a un lado, al través de un bosquecillo de pequeñas palmas, se deslizan cautelosamente seis ú ocho indios armados de sus lanzas, sus cuerdas y sus mazas y dardos, en persecución de un tigre negro, cuyos ojos chispean y en cuyas garras y contracciones musculares se ven las crispaturas del miedo y de la rabia feroz que dominan á ese gran bandido del desierto, cuando se ve atacado y se dispone á destrozar para defenderse.
Los grupos son muy naturales, y tanto que por momentos siente uno el terror de la realidad, creyendo oir entre el tupido bosque el grito salvaje del indio cazador ó el rugido de la fiera acosada. Las actitudes de los indios, su casi completa desnudez, sus miradas astutas, sus rostros mates y cobrizos, sus armas primitivas, todo en fin revela ó finge en esas estatuas de cera, la vida, la pasión, la energía de su modo de ser y de su peligrosa situación del momento.
La India está allí, con su grandeza que asombra, con sus cosas terribles, sus estranguladores, sus mitologías que espantan, sus miserias sociales, su exuberancia física que abruma al espectador nacido en Occidente….
Para hacer mas vivo el contraste, la música de un gran concierto resonó de repente bajo la inmensa bóveda de cristal. Era sábado, dia en que los visitantes pertenecen á la buena sociedad, porque se da en el palacio un gran concierto y la entrada cuesta el doble de los demás dias de la semana. La concurrencia era muy numerosa, y el vastísimo salón de los conciertos particulares estaba colmado. Salí de la India para pasar á Europa, trocando las escenas salvajes por las arias y overturas de la civilización refinada; y á fe que no gané gran cosa con el cambio.
La música inglesa, á juzgar por aquel concierto ruidoso, no es muy delicada ni noble. Había en los acordes del salón no sé qué de vulgar y prosaico, de áspero y poco espiritual, que me desagradaba en extremo, no obstante mi ignorancia del arte musical. El canto era todavía peor. Una señorita Luisa, que estaba muy en boga como cantatriz indígena en aquellos días, hizo el gasto principal, en algunos solos, dúos y tercetos, que el público la estimuló á repetir. La ejecución era correcta, como una factura inglesa; la voz pura y deliciosa por el timbre espontáneo; pero le faltaba el calor de la inspiración, el entusiasmo, la vida. Así es la sociedad inglesa en punto á bellas artes; muy correcta, pero fria, sin expansion ni fuego. Hay no sé qué de parsimonioso en la cantatriz ó el artista inglés, en lo general, que hace pensar, al través de la armonía, en las letras de cambio, los navios mercantes de las Indias Orientales y las fábricas de madapolanes. El pueblo británico es una sociedad de fuerza y grandeza sociales, que no se amalgaman bien con las delicadezas del arte y las inspiraciones fantásticas de la poesía. El público del palacio el dia en que lo visité, era en general muy escogido; y sinembargo, sus mas ruidosos aplausos fueron para un coro vulgarísimo pero extravagante (en inglés, se entiende), que tenia todas las apariencias de los gritos atroces—hip-hap-hurrah!—con que los Ingleses alborotan todas sus diversiones y sus banquetes. La Inglaterra es un pueblo positivo, honrado y calculador, pero de muy mal gusto y de costumbres demasiado prosaicas.
Cuando salí del Palacio de cristal, por necesidad, porque la noche se acercaba, me parecía que una fuerza secreta me retenía, fascinándome y debilitando mi voluntad. Después de penetrar á ese templo colosal del arte, de la historia y de las maravillas diversas de la civilizacion universal, no quisiera uno salir jamas. Se desea seguir viviendo allí con las sombras y los recuerdos de todas las generaciones, y entregar el corazon y el alma á la voluptuosidad de los contrastes y de una admiracion sin limites.
Diez minutos despues de alejarme de aquel monumento que es el orgullo del poder industrial de Inglaterra y el mas noble testimonio de su cosmopolitismo civilizador,—arrastrado en el fondo de un vagón por ese huracán de hierro que se llama locomotiva, sentía esa sensación vaga que nos queda siempre en la memoria después de un sueño magnífico. Me parecía ser el juguete de una ilusión,—de un encantamiento sin nombre ni semejanza, en cuyas sombras, luminosas vagaba la espléndida imagen de Colombia; pero luego, al sacudir el mágico estupor me decía: No! esto es todo verdad;—es la realidad del progreso; es la fotografía admirable de este ser múltiple, imperecedero, divino, conducido por la mano de Dios en su peregrinación al través de los siglos, que tiene por nombre HUMANIDAD, y que va elaborando dia por dia, momento por momento, sobre la faz entera del globo, esa inmensa obra de luz, fuerza, vida y bienestar que nos protege á todos y se llama la CIVILIZACION!…
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Aparte de lo que llevo rápidamente indicado, Londres tiene muchos, muchísimos objetos dignos de estudio atento, porque son del mayor interés para la ciencia, la industria, el comercio y la vida social.
Sus centenares de imprentas y otros establecimientos destinados á la publicidad del pensamiento, merecen mucha atención, por su grandeza, la enormidad de su producción y los brillantes progresos á que han llegado el mecanismo y el arte tipográfico.
Baste decir que hay imprentas, como la del Times, que dan ocupación permanente á millares de escritores, compositores, correctores y empleados de todo género, y cuyas prensas colosales, que tienen las proporciones de un edificio, producen por dia mas hojas impresas que las prensas reunidas de toda Colombia.
La estructura material del Banco de Londres, su administracion, su riqueza prodigiosa y su manera de funcionar, son objetos que por sí solos provocan la atencion y la curiosidad del viajero deseoso de comprender y apreciar las condiciones económicas de la Gran Bretaña. Aturde el pensar nomas en el valor de las transacciones de cada dia que se verifican en el Banco de Londres, sin contar centenares de bancos particulares que gozan de un inmenso crédito y guardan en sus cajas y subterráneos mas dinero del que hay repartido en todo el mundo. Es de esos Bancos que sale la savia que vivifica todas las empresas industriales del globo; y es en los gabinetes de esos banqueros millonarios, como Rothschild, donde se combinan las mas colosales especulaciones de canales, telégrafos, ferrocarriles, minas, etc., para todos los continentes,—ó se resuelven las grandes cuestiones de la política internacional, á virtud de los empréstitos y otras combinaciones.
La Bolsa, edificio monumental, como el del Banco de Inglaterra, no es ménos interesante, ya por su organizacion, ya por el papel complicadísimo que hace en todas las operaciones económicas y los grandes sucesos políticos. La Bolsa de Londres es el termómetro infalible del crédito, de todos los gobiernos y de los grandes bancos del mundo, del movimiento general de la política, de las fluctuaciones de los cambios y del valor de la moneda, así como de la popularidad de las empresas mas notables. Inmenso santuario del crédito, la Bolsa es al mismo tiempo la necrópolis de mil fortunas derrumbadas y consumidas allí, y la cuna de mil otras que se levantan de improviso sobre las ruinas de los imprudentes, los engañados ó los que cuentan demasiado con los caprichos de la suerte. Vorágine para unos,—onda benéfica para otros, la Bolsa—océano del crédito y la especulación—tiene la pérfida movilidad del mar, guardando en su seno inescrutable la vida como la muerte. Dios libre á los pueblos colombianos de esa institución, á pesar de los grandes servicios que puede prestar! Los pueblos republicanos no necesitan para medir su prosperidad y su crédito de otro termómetro que el de la libertad y la opinión.
Los vapores, la Aduana, la Casa de correos, las estaciones de ferrocarriles y telégrafos, los institutos voluntarios y populares de beneficencia, las sesiones del Parlamento, y muchos otros objetos de carácter público, exigen en Londres un estudio detenido y muy concienzudo;—así como sus grandes fábricas, que son el verdadero símbolo de la prosperidad de Inglaterra como país productor y comerciante. Pero ¿cómo investigar todo eso?—Estudiar tales objetos es conocer la Gran Bretaña, y para alcanzar semejante resultado se necesita de años de minuciosa observacion, recorriendo el país en todas direcciones. En tanto que no haya tenido esa fortuna debo confesar mi ignorancia, puesto que apenas he mirado, al pasar, una parte de la fisonomía exterior complicadísima de aquella gran sociedad.
Esto mismo me dispensa de hacer reflexiones generales que resuman el resultado de mis impresiones. No solo pasaría con justicia por un pedante insigne, sino que me expondría á ver contradichas todas mis apreciaciones, que tendrían mucho riesgo de ser equivocadas, faltándome el conocimiento del conjunto como de los pormenores. He dicho hasta ahora cómo he sido impresionado por lo poquísimo que he visto personalmente en Inglaterra. La observacion me dará mas tarde algún derecho para juzgar á esa sociedad que me ha parecido tan grandiosamente contradictoria en el primer momento.
Londres tiene también, como curiosidades artísticas, algunas plazas públicas muy notables, no por lo que son en sí mismas, sino por los bellos monumentos que contienen en su centro. De este género son: la espléndida plaza de Trafalgar, que contiene la estatua monumental de Nelson, cuya elevacion es de 276 piés, las de Jorge IV, sir Charles James Napier, etc.; la plaza de la Bolsa, donde se levanta la magnífica estatua ecuestre de Wellington; la de Cheapside, en cuyo centro está la figura severa y varonil de Robert Peel, el gran reformador inglés; Hyde-Park, donde se ven la estatua de Aquiles y otra de Wellington;—y otros cuantos squares que ostentan estatuas consagradas á hombres mas ó menos históricos.
En general esos monumentos son muy severos y sencillos, pero las estatuas ecuestres ó pedestres son de mal gusto y ejecucion artística imperfecta. La contemplacion de esos monumentos de la gloria de los grandes ciudadanos y de la gratitud ó admiracion del pueblo, me causaba profundo placer, porque en Inglaterra esas demostraciones no son obra de los gobernantes, sino de la espontaneidad de la opinion pública, que discierne el premio con independencia.
Un pueblo que sabe honrar la memoria de sus grandes ciudadanos, eternizándola en el bronce ó el mármol, en las plazas publicas, á la vista de todo el mundo, no puede ser jamas esclavo. Su culto consagrado á la figura inmóvil del patricio, mantiene el fuego del patriotismo, el orgullo nacional legítimo, y el estímulo que impele á buscar la grandeza y la gloria en los actos sublimes de abnegacion, desinteres ó heroismo. Y el día de un conflicto popular, la multitud sabe que su punto de reunion es al pié de la estatua venerada, porque ella le recuerda al ciudadano lo que valen el derecho, la libertad y el honor del individuo y de la patria.
Sin embargo del grandísimo interes que encierra Lóndres, esa capital-nacion, millonaria en todos sentidos, no se siente una impresion penosa al dejarla, Cuando uno llega á los últimos suburbios de la inmensa metrópoli (viniendo de Colombia), experimenta una sensacion inexplicable, en la cual hay como una mezcla de miedo y curiosidad, de ilusion fantástica ó fascinadora y duda, Uno se prepara á no encontrar donde quiera sino grandeza y maravillas.
Al salir de Lóndres con direccion á Paris (de cuyas condiciones se tiene por prevencion una idea muy simpática) el viajero no siente ni alegría ni tristeza, sino laxitud, cansancio ó cierta indiferencia. Lleno de desengaños, lleva la impresion del contraste social que se revela en la suprema opulencia y los mas admirables progresos de la civilizacion, al lado de supremos infortunios, horribles desigualdades, y espectáculos de miseria y degradacion increibles y jamas conocidas en el Nuevo Mundo. Así, al dejar á Lóndres se siente no sé qué alivio, porque se ha librado uno de aquel hormigueo de gentes que desvanece, de aquel inmenso ruido que aturde, y de la fascinacion opresora de tanta grandeza (en lo bueno como en lo malo), que le arrebata al espíritu su libertad de acción y su personalidad.
—El 23 de marzo, á las ocho de la noche, esperaba yo en la vastísima estacion de London-Bridge el momento en que debía partir el tren expreso por el ferrocarril de Dover. Las gentes de la Aduana hacían su oficio, pesando los equipajes, sellándolos, etc., de manera que, desentendiéndome de mi equipaje, pude ir hasta París libre de registros é incomodidades fiscales. Al cabo se oyó el silbido prolongado de la locomotiva;—tomamos nuestros asientos en los mullidos vagones, y partimos como el huracán bajo las sombras interrumpidas de las bóvedas del embarcadero y de los túneles del camino ya léjos de la ciudad, la cual parecía un colosal fantasma, de formas extravagantes é indefinibles.
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CAPITULO VI.
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DE LONDRES A PARÍS.
En el wagon.—Dover.—El paso de Calais.—La entrada á
Francia.—Calais.—Amiens.—Las ceroanias de Paris.
Toda descripcion me seria imposible si pretendiese dar una idea muy somera al menos del paisaje interesante que se extiende a los dos lados del ferrocarril, desde Lóndres hasta Dover. La rapidez de la marcha y la noche me impedian mirar siquiera los objetos exteriores. La luna brillaba con esa triste palidez que le dan á su lumbre las nieblas heladas del mes de marzo; y si de trecho en trecho reverberaba un parque, un pequeño canal, ó los muros blanquecinos de un puente;—ó se destacaban á uno y otro lado las sombras majestuosas de las arboledas, los castillos rurales ó los edificios de algunas poblaciones ó pequeñas ciudades,—la variable escena tenia un aspecto fantástico, mas propio para impresionar al poeta que para ofrecerle nociones provechosas al viajero.
En el interior del coche (wagon) en que iba yo con mi familia, habia un interes de otro género, curioso en realidad, como lo es todo cuadro de costumbres. Los ocho asientos del mullido coche se completaban con un Inglés y una pareja francesa. El Inglés, especie de tonel de dimensiones colosales, roncaba y silbaba como la locomotiva, entregado al mas profundo sueño. Parecia que el movimiento del tren, lejos de incomodarle para dormir, le diese con su andar rápido y vibrante una especie de dulce vaiven. Con todo, de cuando en cuando se despertaba sobresaltado, como si algún resorte le hiciese saltar; y dos veces le oimos pronunciar dormido, las palabras a thousand pounds! (mil libras) con un tono de alegría muy notable. Acaso el buen John Bull soñaba con alguna especulacion ventajosa. Un Inglés hace negocios hasta dormido.
La pareja francesa era uno de esos matrimonios bourgeois que son el término medio entre la vulgaridad y el buen sentido. Como yo hablaba en español con mi familia, ó algunas veces en mal inglés, los dos Franceses creian poder charlar francamente en su propia lengua sin temor de ser comprendidos. La señora, Francesa bastante bella (cosa rara en una Francesa), mostraba los mas vivos deseos de volver á Paris por gozar de los placeres de la moda, que parecían su sola preocupación; en tanto que el marido solo pensaba en futuras especulaciones, profundamente penetrado del espíritu yankee. Por sus disputas extravagantes y grotescas comprendí que venían del interior de los Estados Unidos, donde habían pasado algunos años y hecho fortuna.
El contraste que hacían los dos tipos me interesaba, porque en cierto modo me daba la clave del carácter francés en ambos sexos. El Francés, sumamente elástico por temperamento, aunque conserva en todas parles su espíritu burlón y mucho de su jovialidad superficial y sus rasgos distintivos, se acomoda fácilmente á todas las situaciones. Saliendo de su patria con instintos generosos, se metaliza en los Estados Unidos, si la fortuna le protege, y vuelve Yankee por todos cuatro costados. Un Francés se hace Turco ó Chino, si es necesario, adquiriendo todas las condiciones de la raza ó la sociedad adoptiva, con rara facilidad.
La Francesa, muy al contrario, conserva su personalidad en todas partes. Ella es siempre coqueta (en la acepción inofensiva de la palabra), y lejos de adquirir la altivez de la Inglesa, la austeridad algo gazmoña de la Española, la modestia apacible de la Alemana, ó la petulancia pretensiosa de la mujer de Norte-América,—se mantiene fiel á ese conjunto de ligereza y galantería, de independencia y seducción, de indiferencia aparente y futilidad constante, que constituye el tipo un tanto contradictorio de la Francesa. Por eso, no olvida jamas su preocupación dominante de buscar el placer, tributar culto á la moda, seducir por la gracia, y brillar donde quiera por los atractivos de un espiritualismo de forma (si se me permite la paradoxa) aliado á ese materialismo de las futilezas que tanto provoca á las mujeres en general.
El digno Inglés roncaba aún con toda la energía de un opulento abdómen, y nuestros dos Franceses disputaban todavía con calor sobre sus proyectos de vida parisiense, cuando el tren se detuvo en el embarcadero de Dover. Todo el mundo corrió hacia el puerto, en solicitud del vapor-correo que debia conducirnos á Calais, al través del canal de la Mancha. Eran las once y media, y la luna iluminaba melancólicamente la magnífica escena del pequeño puerto de Dover, en cuyo fondo se destaca, como un inmenso puente de mampostería y madera lanzado hacia las ondas, el muelle que facilita el embarque sobre los vapores. Dover (el puerto Dubris de los Romanos) es una ciudad relativamente nueva, pequeña pero muy bonita, perteneciente al condado de Kent; tiene una población de unos 16,500 habitantes, cuya vida es casi exclusivamente marítima, por sus ocupaciones, y está situada á 43 kilómetros de Calais, y 113 de Londres, siendo su costa la que mas se aproxima á la de Francia. Ademas es una plaza militar, con una extensa ciudadela que data del principio de este siglo; allí mismo tuvieron los Romanos una estación, y mucho mas tarde los Normandos una fortaleza, que fue sorprendida por los republicanos en la época de Cárlos I.
Aparte de la Aduana, que es un buen edificio, y de sus cómodos docks ó canteras para construcciones navales, Dover es interesante por la belleza de sus calles rectas y anchas, sus casas elegantes y su gran establecimiento de trabajo para los pobres, donde se fabrican en gran cantidad velas y cables y otros objetos análogos para la marina mercante. Como el paso de Calais es tan estrecho, y su servicio de vapores y correos tan bien mantenido, el puerto de Dover es quizas el mas frecuentado para las comunicaciones anglo-francesas. Dover es muy notable también por su telégrafo submarino, que lo comunica con Calais, y que fue el primer cable telegráfico establecido en Europa.
* * * * *
Al separarse del muelle el vapor-paquete que me conducía á Francia, sentí una triple sensación profunda, que me mantuvo por mas de una hora sobre el puente, preocupado y en silenciosa contemplacion. Por una singular fortuna, el canal de la Mancha estaba tranquilo y luminoso como un lago terrestre, reposando bajo la luz apacible de la luna. La escena tenia un aspecto de dulce majestad que provocaba á soñar y entregarse á las memorias queridas.
Detrás, al norte, en el fondo del pequeño puerto, se destacaban las sombras gigantescas, abultadas por la optica del mar, de la aduana, los muelles, la estación del ferrocarril y otros edificios del puerto, quedando mas lejos, medio confusas entre los vapores de la noche, las moles de la parte interior de la ciudad. Y á uno y otro lado se extendía la costa británica, como una cinta mortuoria vastísima, de crespón blanco sobre fondo negro, tendida sobre el regazo del mar, cuyas ondas sollozaban de un modo casi imperceptible. La limpia estela del vapor brillaba con un resplandor mate y fosfórico; el cielo tenia una serenidad admirable, cuya hermosura hacia olvidar el frío glacial de la brisa,—y á lo lejos, en todas direcciones, se veian efectos de luz y sombra deliciosos, producidos por la suave ondulacion del mar.
Pero si ese espectáculo impresionaba mi corazón soñador y atraía mi curiosidad de viajero, encontraste de los paises entre cuyas costas navegaba, me produjo, como observador, una profunda preocupacion.
Al norte quedaba Inglaterra; al sur iba á descubrir en breve, la costa de Francia. De un lado tenia un pueblo libre, una tierra de independencia y de individualidad, país clásico de los viajes cosmopolitas, de las empresas universales, de la publicidad, del comercio, de la maquinaria y la marina. Del otro Francia, tierra de gloriosos recuerdos, pero algo versátil; infinitamente simpática, apesar de sus graves defectos;—país clásico de la ciencia y el arte, de la literatura y las heroicas hazañas,—de la omnipotencia social que suprime al individuo. En Inglaterra dejaba la libertad sin la igualdad. En Francia iba á encontrar la igualdad sin la libertad….
Me apartaba de la costa británica sin pesar pero con respeto. La Inglaterra es un país que no inspira simpatías, por muchos motivos, pero que conquista siempre la estimación, ó por lo menos el respeto.
El viajero siente muy bien, al alejarse, que aquella noble isla es el santuario y la esperanza de la libertad del antiguo mundo, y el puesto avanzado de la humanidad en la via del progreso.
Al acercarse uno á la Francia, cuando es republicano de Colombia, fácilmente comprende que, si su espíritu va á encontrar su verdadera patria (porque Francia es el país del pensamiento iniciador y de la actividad literaria), su corazón va á vivir, en cierto modo, en el silencio,—porque la Francia de hoy, modificada en lo moral y político, es un país donde el espíritu subyuga al sentimiento, donde no existe el ciudadano, y el individuo ha abdicado su personalidad en las aras de la comunidad social.
Cien minutos después de salir de la bahía de Dover, entraba el vapor en la estrecha y difícil rada de Calais, inabordable para los grandes buques. El puerto es tan malo y embarazoso, que solo al favor de un inmenso muelle, prolongado muy al exterior de los diques, pueden atracar los vapores para descargar. Después de una larga travesía sobre el muelle, que se hace á pié ó en coche, el viajero penetra á los estrechos salones de la Aduana, pasando sucesivamente, de antesala en antesala, bajo la inspección minuciosa de los guardas, empleados de aduana y agentes de policía.
Un momento distraído por la curiosidad de observar la estructura del edificio (en que la aduana está en combinacion con la estacion del ferrocarril), habia olvidado a la policía francesa, con esa tranquilidad del que nada tiene que temer y está habituado á viajar libremente en Colombia. De repente, una voz imperiosa me dijo:—«Vuestro pasaporte!» Desperté, y disimulando mi indignacion me dije por primera vez: «Ah! estamos en Francia; comencemos á ser sumisos.»—Presentamos los pasaportes, dimos nuestros nombres y pronombres, firmando para que comparasen los caracteres; y despues de sufrir durante cinco minutos las miradas escrutadoras de los cancerberos, la misma voz imperiosa nos dijo:—«Pasad!»
Pasamos bajo el umbral de la puerta crítica, y entramos al imperio frances. Para entrar á Francia no era bastante pisar el territorio frances: se necesitaba ser timbrado, registrado y filiado, ó pasar bajo las horcas caudinas de la aduana y la policía. La Francia, como nacion, no es un pueblo: es una aduana y un puesto de guardia. Al dar el primer paso, por entre filas de guardas y soldados, se comprende que se ha penetrado en una region donde reinan la burocracia y la policía. Y sin embargo, sería injusto (relativamente) si me quejara. Si el extranjero que llegaba solo era sometido á rigurosa inquisicion (sobre todo si tenia nombre italiano), el padre de familia, que no inspiraba desconfianzas iguales, era (en 1858) mucho mejor tratado por los dragones del fisco y de la policía.
Con todo, sería mucha candidez la del viajero que se fiase de esas apariencias. Las cosas están arregladas de tal manera en Francia, que ningun acto del individuo, aún el mas inocente, escapa á la vigilancia de la policía. En 1858 el cónsul en Lóndres, por ejemplo, no extendía el visa, sino despues de un examen minucioso que se le hacia al viajero, sin saberlo este, por un empleado de la policía secreta que lo observaba en silencio, y tomaba nota de la filiacion del individuo. Esa filiacion iba á Francia inmediatamente, y servia en la aduana para verificarla identidad; sin que uno se apercibiese de nada. Despues, al llegar á París, era preciso sufrir un huevo examen escrutador, tomar un coche que la policía conocia, hacer registrar el pasaporte, etc., etc.; y si se cambia de hotel ó habitacion, la policía tiene el informe al instante por medio de los porteros y los criados que son sus agentes secretos, por interes ó por miedo.
Calais es una ciudad antigua, de mucha celebridad histórica, bastante bien edificada en su conjunto, pero muy fea y de calles estrechas y tortuosas. Su poblacion no pasa de unos 14,000 habitantes, y no cuenta de notable entre sus monumentos sino la iglesia comunal, construida durante la dominacion inglesa (de 1347 á 1558), y que pertenece al orden gótico; el Hotel de Ville (casa municipal) y un magnífico faro que fue establecido en 1848. La ciudad es notable por sus fabricas de gasas muy bellas de algodon, que son muy activas, su modesta biblioteca y su escuela de hidrografía. El puerto es interesante por su aduana, sus baños de mar, sus numerosos vapores-paquetes, su telégrafo submarino, sus extensas pesquerías y sus nuevos muelles artificiales.
Calais, es célebre en la historia militar de Francia por el famoso sitio de trece meses sostenido por el heróico Eustache de Saint-Pierre; que hubo de capitular con las tropas de Eduardo III de Inglaterra en 1347; y por haber sido la base de la dominacion ejercida por los Ingleses sobre una parte de Francia hasta las épocas de Juana de Arc y del duque de Guise. Calais es una especie de ciudad militar, apesár de su comercio y sus pesquerías, porque tiene muy considerables fortalezas, que datan desde la edad media, cuyo fundador fué Felipe de Francia, llamado conde de Boloña.
En el trayecto de Calais á París las ciudades mas notables son Lila, Doual, Arras y Amiens. Las tres primeras, que reservo para otra narracion, estaban invisibles cuando tocamos en ellas. Algo nos detuvimos en Amiens, ciudad histórica por mas de un motivo, y tan antigua que remonta a los tiempos anteriores á la conquista romana. Los Romanos la llamaban Samarobriva, y ella fué la capital de la Francia merovingiana, residencia de los primeros reyes francos en la Galia. Amiens tiene algunos monumentos interesantes, sobre todo su hermosa catedral, que fue construida en el siglo XII, y es reputada como uno de los mas bellos monumentos de la arquitectura gótica que posee Francia.
Por su tamaño y poblacion (50,000 habitantes), Amiens es una ciudad de tercer orden en Francia; pero por su carácter de capital de departamento y obispado, sus institutos de enseñanza pública y su activa fabricacion, figura entre las ciudades de segundo orden. Amiens es plaza fuerte respetable, y aparte del papel muy notable que ha hecho en la historia de Francia, es célebre (como se recordará) por el famoso tratado de paz celebrado allí en 1802 entre Francia, Inglaterra, España y la República batava ú Holanda. Tiene también la celebridad histórica de haber sido la patria de Pedro el Ermitaño, predicador de las Cruzadas.
La ciudad tiene en su recinto muchos colegios importantes, de todas clases, una hermosa biblioteca de 50,000 volúmenes y un regular jardín botánico. Posee en el interior y los arrabales muchas fábricas, haciendo una activa producción de gasas y terciopelos de seda y algodón, paños negros de satín, telas finas de lana y otros tejidos de mérito. Fabrica también sustancias químicas, tafiletes, cuerdas, etc., y tiene numerosas tintorerías. Cuenta unas ocho ó nueve imprentas, y es el asiento legal de un consistorio protestante que pertenece a la comunión calvinista. Los alrededores de Amiens son muy bellos por la extensión de los cultivos, las fábricas que se destacan donde quiera en las praderas, las casas de campo pintorescas y variadas, y el vasto panorama que se extiende en todas direcciones casi sin interrupción de inflexiones en el terreno.
Si en las cercanías de Amiens el paisaje es muy interesante por la proximidad del rio dela Somme (que corta el departamento) y cerca del cual pasa el ferrocarril del Norte,—cuando el viajero va acercándose á París pasando por Clermont, entre Beauvais y Compiégne, la campiña toma proporciones mas interesantes. Al sud-este desciende el rio Marne, que se une al Sena cerca de París, desprendiéndose de las aguas de aquel un estrecho canal artificial; mientras que al lado del ferrocarríl corre del nord-este el rio Oise, ya engrosado con el Aisne en Compiegne, angosto y miserable por su volumen (para el viajero colombiano acostumbrado A ver rios enormes), pero muy útil para la navegación interior secundaria y para la irrigacion. El ferrocarril pasa por encima del Oise, y esté rio sigue su curso hacia el occidente para irse á confundir con el Sena abajo de París. El espacio que media entre el Oise y el Marne es vastísimo, y como las colinas son muy raras la llanura forma una especie de horizonte de praderas, campos de cultivo, parques y pequeños bosques, poblaciones rurales, canteras y molinos dispersos en todas direcciones de aspecto muy interesante.
Hácia las cercanías del Oise y de París se ven extensas canteras de piedra de sillería, caliza en apariencia, pero en su mayor parte de una greda arenosa que se presta mucho á facilitar las inmensas construcciones actuales de París. La mayor cantidad de aquellas piedras sale de las canteras en enormes trozos ó moles que, cuadradas en bruto, van á París por medio de canales, ó en carros gigantescos tirados por tres, cuatro ó seis de esos caballos normandos que parecen tener la constitución de la roca, á juzgar por su tamaño, su musculación y su fuerza.
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Los alderredores de Paris son bellísimos, en general, haciendo en ellos un raro contraste los fuertes militares y la enorme muralla de circunvalacion que encierra á Paris, con los mil objetos pintorescos de la campiña y los grupos desiguales de las poblaciones vecinas. El tren pasa cortando la hermosa llanura de Saint-Denis, dejando al occidente la pequeña ciudad del mismo nombre (cuyas torres y chimeneas dominan el horizonte), y penetra luego en la gran metrópoli francesa, al norte, después da cruzar el distrito de la Chapelle, enclavado entre las fortificaciones, hácia Saint-Denis, y la barrera de Paris, como lo está una multitud da pequeñas ciudades ó distritos que son como la continuación ó el inmenso suburbio circular de la capital[1].
La ciudad tiene á su derredor no solo la muralla (con su foso profundo) al nivel del campo exterior, cubierta de bosquecillos de pinos, sino también unos catorce ó diez y seis fuertes de defensa, entre los cuales figura en primer lugar la antigua y famosa fortaleza de Vincennes, la Bastilla exterior de París, de lúgubre memoria para Francia. Todas esas fortificaciones, á excepcion de Vincennes, fueron establecidas, como es bien sabido, por orden de Luis Felipe, obedeciendo á la doble preocupación de defender á Paris de una nueva invasión como la de 1815, y de dar trabajo á los obreros. Despues de haber gastado una enorme suma de millones, ese rey sin previsión no hizo mas que causar un grave daño á Paris y sus alderredores, y al porvenir de la libertad.
En efecto, las fortificaciones, sin ser de provecho positivo bajo el punto de vista militar para la defensa, de Paris, no solo han encerrado la ciudad, embarazando el ensanche de sus suburbios, sino que, en realidad, pueden servir apénas de instrumento para la opresión. Aquellos catorce fuertes son otras tantas ciudadelas que servirán de punto de apoyo a toda tiranía militar, puesto que, cuajadas de soldados, cernirán á Paris en cualquier tiempo en que su poblacion haga algún movimiento en el sentido liberal. Así, los obreros de Paris al trabajar en esas vastas fortificaciones, no hicieron otra cosa que asegurar la clausura de la ciudad, poniéndola bajo el poder de una presión militar.
Tal es siempre el resultado de las fortificaciones. La libertad y la justicia son los mejores baluartes de defensa para un pueblo civilizado; mientras que las ciudadelas son en todo caso los cerrojos que encierran, dominan y esclavizan á las ciudades. Los Ingleses, muy al contrario de sus rivales de Francia, han tenido el buen juicio de comprender que las fortalezas no deben estar al lado de las fábricas, las academias y los monumentos de la civilizacion,—porque hay un poder que defiende mejor que todos los cañones el santuario de una ciudad ilustre y los tesoros del arte, de la industria y del comercio; ese poder es el de los intereses sociales apoyados en la libertad. Lóndres no tiene mas fortalezas que sus puentes, sus vapores, sus ferrocarriles, sus fábricas y monumentos de toda especie. La civilizacion es la mejor garantía de esa inmensa metrópoli de la opulencia. Pero Francia es un país militar por excelencia, y no es extraño que París, la capital del mundo del espíritu, esté rodeada de los instrumentos de la fuerza.
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