TERCERA PARTE.

DE PARÍS A MADRID.

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CAPITULO I.

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LA BORGOÑA Y LYON.

Los ferrocarriles.—Melun.—Fontainebleau.—Montereau.—Sens.
Joigny.—Tonnerre.—Dijon.—Impresiones nocturnas,—Panorama de Lyon.

Si se quisiera tener una idea comparativa y completa de la revolucion social que han producido en Europa los ferrocarriles, nada tan adecuado para formarse una profunda conviccion como un viaje de París á Madrid, por la via de Lyon, Marsella y Alicante,—ó un paseó por en medio de las ásperas montañas de la Suiza, á orillas de sus lagos encantadores.

¿Quién hubiera pensado ahora veinte años que la Suiza, que es una colosal montaña dividida por profundos y pequeños valles lacustres, sería surcada en breve por las locomotivas? Y mas aún: ¿quién hubiera pensado que en 1858, desdeñando los mares y los Pirineos, pudiera pasar un viajero de París á Madrid en setenta y dos horas, con mil comodidades y venciendo tan multiplicados obstáculos? Y con todo, los ferrocarriles accortarán aún la distancia. Dentro de dos años las dos grandes vias de Valladolid y Zaragoza, como dos enormes brazos oprimiendo los Pirineos de un lado y otro, ligarán á Madrid con Burdeos, por el occidente, y con Perpignan por el oriente, y entonces las capitales de Francia y España estarán solo á treinta y seis horas de distancia (puesto que ella se mide por el tiempo) y los Pirineos no figurarán sino como un monumento de granito y nieve levantado por la naturaleza para ser un día el mas grandioso, el eterno testimonio de los prodigios de la obra infinita de la civilizacion, en que Dios trabaja como supremo inspirador y artífice, y el hombre se le asocia como un obrero infatigable que recibe su salario en libertad, bienestar y progreso.

Estas reflexiones me hacia el 24 de marzo de 1859, precisamente al año de haber llegado á Paris, al partir del inmenso embarcadero del ferrocarril de Lyon, dando un adios á la metrópoli del mundo intelectual, donde quedaba la mitad de mi vida y el tesoro supremo de mi amor.

Sentíame casi fatigado ya con la vida artificial que se lleva en Paris, donde todo es el resultado de una especie de convención tácita de la sociedad,—donde la moda reina como soberana absoluta, y el corazon no encuentra su espontaneidad ni se siente á sí mismo sino cuando se encierra en el santuario de la familia, huyendo del bullicio fascinador de un mundo que se agita en interminable torbellino. Iba á visitar á España, la vieja y heróica patria de los fundadores de la mía,—la patria de mis abuelos, de mi lengua y de todo lo que nutrió mi espíritu en los alegres días dé la primera juventud.

Un tiempo magnífico, da prematura primavera, convidaba á buscar deleite en la aspiración del aire libre y en esa contemplación inquieta, fantástica en cierto modo, de las campiñas y las pequeñas poblaciones, á que nos conduce la ubiquidad de la locomotiva, haciéndonos pasar con la rapidez del huracan por entre castillos y colinas, bosques y ciudades, y cuanto constituye el poco accidentado pero admirable panorama de la Francia central ó meridional, pues en todas direcciones la opulencia de cultura produce los mismos resultados. La poesía falta, porque donde quiera el arado ha civilizado la tierra hasta el refinamiento; pero si el poeta tiene pocas impresiones que recoger en la carrera, el viajero hallará en todas partes la revelación de un progreso relativamente consolador.

El fuerte de Charenton quedó atras, y los últimos suburbios de Paris se perdían detras de las ligeras inflexiones del terreno, mientras que al oriente se desarrollaba la vasta campiña, despojada de encantos naturales pero rica en pormenores de civilización y cultivo. Al volver un recodo del ferrocarril se descubre un escenario en extremo pintoresco. El Sena, todavía poco importante, porque no ha recibido aun las aguas del Marne, que le aumentan su caudal en las cercanías de Paris, hace allí un arco, dividiendo la pequeña y graciosa ciudad de Melun, reclinada sobre la falda de una colina, cuyos bordes salpican pequeños bosques de pinos y encinas. Nada se alcanza á ver entre los edificios de Melun que llame la atención como objeto de arte; pero la población no solo es risueña como todas las que demoran á orillas de un limpio y murmurante rio, sino que tiene interés bajo el aspecto comercial. Es por allí que descienden á Paris las pesadas barcas de remo, ó tiradas por caballos, repletas de pipas de vino de Borgoña, de trigos y leñas, maderas de construcción y carbon, procedentes de las vastas florestas que en esas llanuras se conservan con el mayor esmero.

De allí en adelante, hácia el sud-este, el horizonte se abre y extiende, sin que lo interrumpan mas que colinas verdes ó amarillentas, aisladas y distantes, siempre redondas y casi todas de formacion caliza ó de arenisca, cuya elevacion varia entre 80 y 200 metros al parecer. Por todas partes se ven hermosas quintas de sencilla y pintoresca arquitectura, rodeadas de sauces y pinos persistentes, ó de álamos empinados y flexibles; donde quiera praderas simétricamente deslindadas, y entables pequeños de cultivos diversos (viñas, trigos ó legumbres) que revelan por su esmerada condicion y sus multiplicados lindes esa maravillosa division de la propiedad territorial tan benéfica para Francia, debida á la gran revolucion que desamortizó los bienes inactivos ó estancados y fundó la igualdad hereditaria.

El tren corta la comarca ondulosa de Fontainebleau, y no permite distinguir ni la ciudad cercana ni el palacio famoso, teatro de los amores y las fiestas voluptuosas de la corte de Luis XIV, como de la abdicacion ó caida primera del orgulloso Napoleon. Apénas, al pasar por entre bosques de encinas y abetos, se ve á un lado la famosa floresta que constituye la especialidad de Fontainebleau, rica en preciosas y aromáticas maderas de ebanistería y construccion, y de una suntuosa hermosura, verde y brillante en la primavera y el estío,—variada y melancólica en el otoño.

Al dejar atras la vastísima floresta se descubren las altas colinas de Montereau, campo de la heróica batalla ganada inútilmente por uno de los mariscales de Napoleon en vísperas de la abdicación de Fontainebleau. Al pié demora la ciudad de Montereau, poblacion algo considerable y de bellísima situacion en la confluencia del Yonne con el Sena, ya engrosado algo por la union de las aguas del Aube. El juego de las colinas con la llanura, los dos rios y la ciudad le dan al paisaje un encantador aspecto de frescura y alegría. Montereau es un punto de escala importante en el comercio interior, tiene algunas manufacturas apreciables y es sobre todo un centro agrícola notable; pero la ciudad carece de interes por su estructura, pues las cuatro ó cinco torres que se destacan sobre el fondo pálido de las colinas son de una arquitectura vulgar.

El ferrocarril sigue costeando la orilla izquierda del Yona (Yonne), rio apacible, lento y silencioso, de bajas márgenes y claras ondas como todos los rios de Francia, que corren por llanuras casi totalmente niveladas. En Joigny, pequeña y pintoresca villa, y punto de escala en la navegacion, se verifica la confluencia del riachuelo Armanzon, con el Yona, que corre paralelo á un canal, como elementos uno y otro de vasta irrigación y de comunicaciones algo lentas pero seguras y baratas. Entre Montereau y Joigny el viajero tiene una bien agradable sorpresa pasando por delante de la ciudad de Sens, que demora á la márgen izquierda del Yona, teniendo á su espalda un bello grupo de colinas. Sens, ciudad de mas de 25,000 habitantes, muy comerciante, agrícola y manufacturera, ostenta en su plaza principal un bellísimo templo en cuya fachada de un gusto delicioso se reposa con placer la mirada, puesto que puede hallar un contraste del arte grandioso con la prosáica agricultura. El monumento, á juzgar de léjos por la magnífica fachada y la torre, pertenece al género gótico de la segunda parte de la edad media, en que el arco pleno y la grande ogiva hacen juego con los grupos de columnas acanaladas y los relieves pacientemente caprichosos.

El curioso observa cómo el sentimiento de lo pintoresco, el instinto comercial y la previsión higiénica han determinado la formacion uniforme de todas las poblaciones del trayecto. Rarísima es la villa ó ciudad, grande ó pequeña, que no reposa sobre la margen de un rio, al pié ó en la falda de una ó mas colinas que la defienden de los vientos helados y violentos del este. Esta homogeneidad de situacion les hace tener mucha semejanza en su aspecto general á las poblaciones que demoran entre Paris y Lyon.

Por otra parte, la industria y la naturaleza del suelo guardan tambien una completa homogeneidad en toda esa vasta llanura cubierta de viñedos, que se llama la Borgoña, y que, teniendo por centro á Dijon, se extiende desde Joigny hasta cerca de Lyon. A veces se descubren á lo léjos grupos de altas chimeneas que revelan un pequeño centro de fabricacion; ya se costea un canal ó un rio donde se arrastran lentamente las barcas que alimentan el comercio de artículos de consumo inmediato; ya las colinas desaparecen del todo, el suelo pierde hasta el mas ligero accidente que lo haga pintoresco, y la inmensa llanura, al parecer desolada, se pierde en un horizonte sin límites donde la vista vaga buscando inútilmente algun objeto en qué reposarse.

A veces tambien ese horizonte se estrecha un poco, de un lado á otro, según el agrupamiento de las colinas, y se ven en sus suaves faldas (protegidas contra los huracanes que suelen llegar desde las montañas del Jura ó de los Vosgas) graciosas poblaciones cimentadas en anfiteatro, en cuyo fondo se destaca algun viejo castillo de la feudalidad, y que ofrecen un conjunto lleno de gracia y capricho; salpicadas de grupos de pinos y otros árboles, y coronadas de cintas de pequeñas florestas cuya sombra parda hace contraste con el azul pálido y las blancas nubes de un magnífico cielo. La Borgoña es en realidad un inmenso viñedo, pues si sus redondas colinas interrumpen de trecho en trecho la llanura, donde quiera se ven las mismas hileras de cepas que la primavera cubrirá de verdura y el verano de generoso licor.

Con frecuencia se destacan al volver un recodo pequeños caseríos miserables, compuestos de chozas negras, deprimidas y desmanteladas, que revelan muy poco bienestar y demasiada incuria. La mayor parte de esas casuchas raquíticas son de adobes ó piedras brutas mal unidas, cubiertas de paja ó de tejas destrozadas, que las lluvias y el viento han agujereado por todas partes.

El campesino de esa comarca tiene una fisonomía poco inteligente y viva, y su pobre vestido de tela azul de algodon, indica que la falta de abrigo aflige en los inviernos á la poblacion rural. El asno, de muy miserable dimension, reemplaza allí al caballo (animal urbano por excelencia en Francia, que, sea dicho de paso, es tratado allí á palos, como casi todos los ciudadanos de vida y obediencia pasiva). Y no solo se hace del humilde y resignado burro un agente de labor agrícola, sino que se le honra con el tiro de las tartanas y ligeras carretas rústicas, ó cabalgándole con descuidada confianza.

Tonnerre es una ciudad bastante considerable (aunque de quinto órden en Francia) por algunas manufacturas, por su gran comercio de vinos y por ser un centro de produccion de ese articulo. Está situada á la margen izquierda del Armanzon, riachuelo de donde parte el canal de Borgoña que liga al Saona con el Sena, permitiendo así el maravilloso paso de una barca al través de toda la Francia, desde la boca del Sena en el canal de la Mancha hasta la del Ródano en el Mediterráneo.

Tonnerre carece de todo interes en materia de monumentos, y despues de perderla de vista, el terreno toma proporciones que lo hacen parecer triste y desolado.

Al pasar por el trayecto de Montbard á Vitteaux el ferrocarril lleva su curso por en medio de ásperas colinas agrupadas como enormes peñascos, algunas perforadas por túneles mas ó menos profundos, cavados en rocas graníticas, de cuarzo esquistoso ó de cristalizaciones siliceosas sumamente duras, sin ninguna estratificación visible, y aglomeradas en masas perpendiculares. No hay en todo el trayecto hasta Dijon ningunas otras colinas de esa formacion, aunque á lo léjos se divisan algunas altas rocas de granito azuloso, que brillan á la luz del sol como lápidas monumentales.

Dijon es una grande y bella, ciudad de cerca de 60,000 habitantes que merece sumo interes tanto como capital histórica, asiento que fué de los antiguos y poderosos duques de Borgoña, como por sus monumentos de arquitectura superior, sus institutos literarios, científicos y de beneficencia, y su movimiento fabril, agrícola y comercial. La ciudad reposa en una llanura abierta por tres lados, teniendo del uno el Ouche, pequeñísimo rio, y del otro un grupo de bellas colinas. Ademas de su vastísimo comercio de vinos, muy baratos (puesto que son los de mayor consumo popular), y algunos bien estimables, tiene varias manufacturas dignas de aprecio. Sus fábricas son muy numerosas, y con especialidad es afamada por las de sombreros de lana y felpas que representan fuertes valores.

Desde la estacion del ferrocarril se alcanzan á ver las flechas y empinadas torres de muchos monumentos importantes. Los mas bellos son (en cuanto puede juzgarse desde léjos por la estructura de las torres y fachadas): 1º la magnifica iglesia de Notre Dame, que data de los siglos XIII y XIV, y ostenta con exquisita pureza toda la majestad y las maravillas del arte cristiano; es una obra maestra y sus atrevidas columnatas superiores son de suma belleza, reposando sobre un pórtico suntuoso de tres grandes ogivas cuajadas de grupos y relieves góticos: 2º la iglesia de San Miguel, que fué construida en los siglos XV y XVI, y manifiesta en su arquitectura mixta ó de transicion (muy hermosa pero sin la severidad de la edad media) el paso que hacia el arte del romanticismo gótico a la elegancia afeminada del Renacimiento: 3º la catedral de San Benigno, tambien de transicion, pero mucho mas antigua, pues corresponde á la época en que la arquitectura pasaba de la sencilla majestad del arte romano á la paciente excentricidad y las angulosidades y relieves del arte gótico, cuyas obras son verdaderas leyendas religiosas escritas en piedra por los pueblos artístas.

Dijon es el vértice del ángulo formado por el ferrocarril de Paris á Lyon, pues la linea, despues de haber seguido la direccion sud-este, tuerce al sur para costear primero el Saona y luego el Ródano, á lo largo de valles pintorescos. Pasa el tren por delante de poblaciones importantes como Beaune, Chalons, Mâcon y Villefranche, centros de produccion agrícola todas. Los vinos de Beaune y de Mâcon son muy estimados, el primero por su mérito, y el segundo por la gran cuantía de produccion variada, que lo adapta á un extenso consumo entre todas las clases sociales.

La noche cubria con sus sombras la inmensa llanura, y no pude tener siquiera una idea general del aspecto del país entre Dijon y Lyon. Solo diré que al pasar por Mâcon, preocupado con un recuerdo grato, me sentí como poseido de cierta veneracion hácia esa comarca interesante. Mâcon es la patria del glorioso Lamartine,—ese patriarca de la poesía en el siglo XIX; y no podia ménos que gozar aspirando las brisas del país inmortalizado por la juventud, la lira sublime, la gloria y hasta los infortunios del Tasso frances. Allí nació y comenzó á soñar, cantar y crecer el divino poeta, y él ha conservado su hogar con una amante veneracion, haciendo de Milly el santuario de las mas puras armonías y de las mas nobles meditaciones.

El tren rodaba entre las sombras con la rapidez del viento, lanzando la locomotiva de cuando en cuando sus silbidos agudos que no despertaban eco en la llanura; y yo, mientras que los demas viajeros dormían á mi lado, fumaba con deleite, dejando vagar mi espíritu en un torbellino de recuerdos de amor y de cavilaciones sobre el porvenir del hombre, al mismo tiempo que, hundiendo la mirada en la sombra interminable que cubría la campiña, buscaba en su seno alguna luz fugitiva ó alguna otra sombra mas pronunciada y vigorosa producida por un edificio destacado aqui ó allá cerca del camino.

De repente pasaba rozándose casi un tren en sentido contrario que, como un dragon enfurecido, lanzaba su aliento de fuego y de vapor para desaparecer al mismo instante. Nada mas fantástico que uno de esos cruzamientos de trenes, sobre todo bajo la bóveda sombría de un túnel, donde el silbido de la locomotiva parece un grito de muerte ó de agonía suprema. Es muy trivial la opinion de que los ferrocarriles han suprimido la poesía de los viajes dándoles un carácter en extremo prosaico. En efecto, si en una estacion, cerca de alguna bella ciudad ó de un rico paisaje, se compara el espiritualismo poético de un monumento cercano, con las pilas de carbon de piedra y los prosaicos vagones, la desventaja es para ese instrumento poderoso de locomocion, que ha hecho del viaje una carrera, un tropel de huracanes y de impresiones que apenas comienzan a nacer cuando ya se disipan como una pesadilla. El ferrocarril, nivelando el terreno y acortando inmensamente las distancias y el tiempo, ha suprimido la peregrinación y el viajero es una especie de Asmodeo que no alcanza á contemplar lo que se le presenta al lado del rápido vagon.

Y sinembargo, creo que los ferrocarriles, suprimiendo en gran parte la poesía de la materia, han creado una nueva poesía, mucho mas vigorosa y fecunda, poesía mixta que pudiera llamarse la poesía del espíritu. Encuentro en la locomotiva que silba y da resoplidos como el viento, y devora el espacio como el rayo, un espiritualismo singular, prosaico si se quiere en sus resultados aparentes, pero infinitamente grandioso en su forma sensible y en sus lejanas ó trascendentales consecuencias. El siglo XIX, que en apariencia es el de la industria ó la especulacion, me parece en realidad el mas poético, por sus creaciones fantásticas y fecundas al mismo tiempo, como el ferrocarril, el telégrafo y tantas otras maravillas.

¿Cuál es la preocupacion, la tendencia dominante en el pensamiento del poeta?—un triple ideal que, teniendo por objetos cardinales á Dios ó el infinito, el Hombre ó el sentimiento, y el Espíritu como soberano del mundo, lo resume todo en la noción de lo bello, lo bueno, y lo justo. ¿Y á qué resultados pueden conducir las maravillas de la ciencia y la industria? En mi concepto el ferrocarril, como instrumento de comunicacion activa, de baratura y de fecundidad universal, es un elemento de luz, de religion, de paz, de bienestar, de igualdad en la vida, de fraternidad entre los hombres y los pueblos, y de predominio del pensamiento ó la idea sobre la fuerza física. Esa máquina de hierro que, animada por el espíritu del hombre, devora las distancias, reduciendo los días á minutos y haciendo los minutos dias, me parece una inteligencia en accion. Las ruedas, las válvulas, los frenos, los resortes, la caldera y toda la maquinaria de la locomotiva son la imagen de la musculacion y de los órganos del hombre; y el fuego que produce el vapor y el movimiento maravilloso, es una hoguera encendida con una chispa del fuego divino del progreso, que arde constantemente en el cerebro y el corazon de la criatura humana. El ferrocarril ha espiritualizado y cristianizado el mundo, como el navío-vapor, el telégrafo y el diario, porque ha fundado la ubiquidad del sér, la fraternidad ó mancomunidad de los intereses, y la omnipotencia del espíritu sobre la materia.

Si Lyon, la segunda capital de Francia, es en extremo interesante bajo el punto de vista industrial, agrícola y comercial, no lo es ménos por su topografía y su valor artístico, moral y arqueológico. Allí encuentra el viajero la vida confortable de Paris y al mismo tiempo cierta espontaneidad provincial con las bellezas típicas del medio día; y el que busca objetos de observación y estudio halla un vasto campo donde recoger agradables impresiones é instructivas nociones. Acaso no hay en Francia una ciudad que revele mejor que Lyon el paso sucesivo de las razas y las dominaciones que en esa nacion han figurado, y el contraste vigoroso de los escombros ó monumentos de la vieja civilizacion con las maravillas de la época presente.

La situación de Lyon es admirablemente feliz para el comercio interior y exterior, y su variada topografía la apropia para lo útil igualmente que para lo pintoresco. Dos pequeñas montañas ó colinas y dos magníficos rios le sirven de base, determinando su estructura y su fisonomía. Las colinas son las de Fourières y la Croix-Rousse; los ríos el Ródano y el Saona. Al norte se alza la colina redonda de Groix-Rousse, que es el remate de una cadena de colinas rocallosas; al occidente domina el horizonte otro cordon de colinas cuyo centro es la de Fourvières (asiento que fué de la ciudad romana anterior á Neron); y al oriente y el sur se extiende una vasta y magnífica llanura de admirable panorama.

El Ródano desciende del nordeste, por el lado oriental y el pié del cordon rocalloso que termina en Croix-Rousse. El Saona, que nace en las llanuras de Epinal, y viene del norte, engrosado con las aguas del Doubs, procedente de las montañas del Jura, y que se le une en Verdun,—desciende por entre las colinas de Fourvières y Vaise; corta en dos porciones la ciudad de Lyon en la parte occidental, y va á reunirse al extremo meridional con el Ródano. Aunque la antigua Lyon no se componía sino de las construcciones establecidas en anfiteatro y desordenadamente en las faldas de Fourvières y Croix-Rousse y sobre las márgenes del Saona, la nueva Lyon se compone de elementos diversos adquiridos por aglomeraciones sucesivas.

La ciudad ha ido extendiéndose en todas direcciones hasta tocar con los distritos vecinos de las colinas, abarcar toda la angosta lengua de tierra que desde Croix-Rousse se prolonga al sur hasta la confluencia de loe rios, y confundírse al fin con los distritos importantes y muy nuevos de la Guillotière y Broleaux, tendidos en la llanura á la márgen oriental del Ródano. A virtud de ese ensanche progresivo, Lyon tiene en su totalidad una población de 390,000 habitantes fijos, dividida en tres partes desiguales y variadas por el Ródano y el Saona.

Antes de buscar los pormenores de interés en Lyon quise darme cuenta del conjunto, subiendo á las colinas para tomar el golpe de vista; y puedo asegurar que, en su género, no he hallado jamas en Europa ni Colombia un cuadro tan magnífico y soberbio como el que allí se ostenta á los ojos del viajero. Trépase á la címa de Fourvières por entre las horribles y sucias callejuelas del viejo Lyon, llegando al anfiteatro pintoresco del jardín de Fourvières por una serie de escaleras interminables que pasan de algunos centenares y hacen de la ascension una verdadera empresa. Atravesando en calles espirales el jardín, y un puente de madera echado sobre altas rocas, se llega al observatorio astronómico y la iglesia de Nuestra Señora de Fourvières, cuyo alto campanario es el mirador mas precioso que conseguirse puede.

Al encontrarme en ese campanario, cerca del cual pasa el ferrocarril por un famoso túnel, me sentí pasmado de admiracion.

El panorama es inmenso y de una variedad encantadora. Al oriente veía la vasta llanura, cortada por algunas bajas colinas que dan asiento á una multitud de poblaciones, entre ellas Grenoble (al sud-este), y que, surcada por el alto Ródano, es la base de un extenso cultivo, principalmente de moreras, trigos y viñas. Al norte registraba el valle del Saona y las ricas llanuras de la Borgoña, en dirección á Mâcon. Al occidente llanuras y colinas también hacia la ciudad fabricante de Saint-Étienne, de fabuloso progreso; y al sur contemplaba con encanto el valle del majestuoso Ródano, de imperceptible descenso, extendiéndose por Vienne, Válence y Avignon hácia el Mediterráneo.

Por todas partes campos cultivados primorosamente, ciudades y pueblos, casas; campestres, anchurosos caminos carreteros, numerosísimas barcas en los rios, viejos castillos feudales sobre las cimas escarpadas de los cerros; y todo cubierto por un cielo magnífico, muy de extrañar en el mes de marzo aun.

Pero nada me producía tan profunda sensacion como el contraste del espectáculo lejano con el que tenia á los piés. Al oriente cerraban los Alpes el horizonte con su corona inmensa de blanquísimas nubes, levantándose desde la llanura en escalones sucesivos y en perspectiva, para terminar como titanes de nieve con sus cabezas brillantes hundidas en el éter, distinguiéndose entre ellas, muy lejana, la mole grandiosa del Monte-Blanco, ese rey de los Alpes que tiene por cortesanos á todos los reyes y los viajeros de Europa. Aquella cadena de montañas, unas azulosas, otras brillantes por sus nieves, tenian uña majestad arrobadora que yo, con mi corazón de Colombiano, comprendía perfectamente y contemplaba con amor.

Pero al pié veía la vasta ciudad, cuya cabeza es una inmensa roca y cuyas arterias son los dos hermosos rios, atravesados por quince ó diez y seis puentes, que son como las venas ligadoras. Aquí, casi bajo mis plantas, la ciudad romana y gótica, triste, sucia, sombría, en laberinto inexplicable, pero llena de misterio, de tradiciones y monumentos típicos. Al frente, sobre la izquierda del Ródano, hacia la llanura, la Guillotière y Broteaux, barrios anchurosos, cortados en ángulos rectos por calles de una regularidad matemática, con grandes muelles y vastos cuarteles, prolongándose hacia la campiña en un arco de fortalezas y casas de campo. Y por último, en medio de los dos rios, la parte aristocrática y opulenta de Lyon, irregular, fea y repugnante al pié de Croix-Rouese, pero luego elegante, suntuosa, rejuvenecida y llena de animación hacia abajo, hasta su límite en la confluencia de los rios, al sur de la espléndida estacion del ferrocarril, que pudiera llamarse el Palacio de las locomotivas.

Al mirar hacia arriba, al este, creía contemplar á Colombia, con sus cordilleras prodigiosas y su salvaje grandeza, no obstante que los Alpes me parecían apenas un remedo humilde de los gigantescos Andes. Pero mirando hácia abajo, hallaba á Europa, con sus tradiciones romanas y góticas, sus prodigios de arte, su animación industrial y comercial, sus grandes progresos de locomocion, y sus lamentables contrastes de opulencia y miseria. La contemplacion de aquel panorama desconocido me hizo meditar durante largas horas, y creo que nunca olvidaré las impresiones allí recogidas.

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