CAPITULO II.

ALGO DE LA FRANCIA ALEMANA.

Kehl.—Un portero frances.—Estrasburgo.—La campaña alsaciana.—Una familia francesa en el campo.

Desde Freiburgo hasta Kehl la llanura badense desplega todas sus galas de ricos y variados matices; el viento, al agitar las sementeras, hace aparecer en las rubias ondas de los trigos, cáñamos y linos la ilusion de numerosos lagos de colores diferentes, y las graciosas plantaciones de tabaco le traen al hijo de Colombia que las atraviesa el dulce recuerdo de la patria.

El tren se detuvo en Kehl, pequeño lugar compuesto solo de una calle, destinado principalmente á figurar como aduana fronteriza y puesto militar, guardando la cabeza alemana del gran puente de barcas que une la ribera badense del Rin con la francesa. Estaban entónces construyendo un magnífico puente fijo, de mampostería y hierro, con tarimas levadizas y defendido por fortalezas en ámbos lados, destinado á ligar los ferrocarriles franceses con los alemanes. La obra ha sido terminada en 1861, y pasa por ser el primer monumento de ese género en la parte continental de Europa. Pero ya que la Francia y la Alemania se resolvieron á enlazar sus ferrocarriles sobre las tranquilas ondas del Rin, han tenido buen cuidado sus gobiernos de tomar todas las precauciones necesarias para poder cerrar el paso ó volar el puente el dia en que la maldicion de la guerra venga á protestar contra ese símbolo de fraternidad, ó por lo ménos de armonía, que se ve en el ferrocarril.

Al llegar á Kehl la policía aduanera y militar nos cayó encima, como era natural, puesto que íbamos á entrar á Francia. «Nadie pase sin hablar al portero», decía Larra, y esto en Francia tenia su aplicacion rigorosa[33]. Todos los viajeros hubimos de entregar nuestros pasaportes y equipajes, y dejarnos encerrar en un ómnibus para pasar el puente bajo la vigilancia de un agente de policía. Estábamos ya en territorio frances, sobre la márgen izquierda del Rin, cuando el portero que guardaba la entrada nos interpeló declinando nuestros nombres:

[33] Despues de 1861 se ha suavizado notablemente el régimen de pasaportes, respecto de los extranjeros.

—Señor y señora, UU. no pueden pasar adelante.

—¿Por qué si U. gusta?

—Porque UU. vienen de Suiza, por via de Báden, y su pasaporte no está visado.

—¿Es decir que, habiendo salido de Paris para viajar y volver á Paris, con pasaporte en regla, no podemos visitar á Estrasburgo?

—No; á ménos que UU. traigan el visa necesario.

—¿Y quién lo habría de dar?

—El ministro del país de UU., residente en Estuttgard ó en Carlsruhe.

—Diantre! es decir que para entrar á Francia teníamos que hacer un viajecito léjos de Francia, en busca de un visa?

—Probablemente.

—Pero si en Estuttgard ni Carlsruhe no hay ministros ni cónsules de mi país….

—Eso no es culpa mia.

—Y bien, señor comisario, U. se equivoca. Nosotros tenemos derecho de entrar á Francia, sin visa especial, como cualquier frances.

—¿Por qué?

—Porque conforme al tratado vigente entre nuestro país y Francia, debemos gozar de las mismas ventajas que los Franceses.

—Yo no conozco ese tratado.

—Pero U., señor comisario, tiene obligacion de conocerlo y tenerlo á la vista, puesto que representa á su gobierno en una funcion que afecta á los extranjeros.

—Bah! yo no recibo lecciones ni entiendo de tratados.

—En hora buena, señor comisario. Volveremos á pasar el puente, saliendo de la puerta de Francia; pero U. me dará un certificado de lo ocurrido para quejarme contra U. por medio del ministro de mi país.

La observacion produjo su efecto, porque el comisario tomó un aire de proteccion generosa y me interrogó.

—¿Con qué objeto entran UU. á Francia?

—Con el de conocer á Estrasburgo y visitar á una familia en el departamento.

—Por cuánto tiempo?

—Cuatro dias.

—Bien: pasen UU., y al volver á salir recogerán su pasaporte.

—En hora buena.

El pasaporte quedó, pues, empeñado en representacion de nosotros; nos volvímos al ómnibus, el portero de la Francia rineana quedó muy satisfecho, y seguímos en direccion á Estrasburgo (distante del Rin unos 4 kilómetros) bajo la sombra de una magnífica alameda de olmos centenarios rodeada por ricas y graciosas campiñas.

* * * * *

Estrasburgo es la ciudad mas importante del nordeste de Francia, ya por su comercio y el movimiento agrícola que centraliza, ya por el carácter de plaza fuerte de primer órden, y por sus tradiciones, sus monumentos é institutos como antigua capital de Alsacia. Esta provincia de orígen aleman, conquistada por Luis XIV en 1681, fué dividida en la época de la primera república francesa en dos departamentos: el del Alto-Rin (que tiene por capital á Colmar), y el del Bajo-Rin, cuyo centro político es Estrasburgo. Esta ciudad, que es una de las plazas mas fuertes de Europa, y que es célebre por su historia como ciudad libre del imperio germánico, y por haber sido la cuna de Guttemberg, posee una poblacion fija de poco mas de 76,000 habitantes, y tiene en Francia un rango bien notable.

El departamento del Bajo-Rin, compuesto de tres porciones correspondientes á las antiguas provincias de Alsacia y Lorena y de la «Tierra-alemana», es, por su poblacion (564,000 habitantes), su riqueza, su agricultura y su industria, uno de los mas fuertes departamentos del imperio frances. Es tambien uno de los que contienen mayor número de protestantes é israelitas, y su poblacion corresponde principalmente á la raza germánica. Así, el frances está muy léjos de ser el idioma social, puesto que la gran mayoría popular no habla sino un patué aleman sumamente áspero; si bien es cierto que la lengua francesa se propaga por medio de las escuelas y de los demas establecimientos de educacion.

Y sinembargo de que esa poblacion corresponde principalmente por su sangre al tipo germánico, es muy fácil reconocer allí, al primer golpe de vista, que la sociedad es mucho mas francesa que alemana en sus costumbres, sus aspiraciones y su temple. ¿De qué proviene esta prodigiosa facilidad que tiene el pueblo verdaderamente frances para asimilarse los que están bajo su accion directa y pueden fusionarse con él? Aunque el genio galo entra por mucho en ese fenómeno, basta recordar que ántes de 1789 la Alsacia parecia completamente extranjera en Francia, á pesar de mas de un siglo de anexion, para reconocer que la fusion ó asimilacion que hoy se palpa es el resultado de las instituciones fundadas por la revolucion francesa. Nada establece tanto entre los pueblos estrechos vínculos de familia, como esa comunidad, derivada del principio de igualdad, que los hace fraternizar en la escuela primaria y el colegio, en el ejército, en el pago del impuesto, en el goce de la libertad religiosa, delante de los tribunales y de la urna elecionaria, y en todos los actos de la vida civil. De ahí viene tambien que en ningún país de Europa es tan evidente como en Francia la conciliacion establecida entre cristianos é israelitas, puesto que á estos se les ve en los altos puestos del gobierno y la administracion, en el ejército, en las Cámaras, en la prensa, las academias, los bancos y todos los negocios, como en la vida civil, alternando sobre la base de la igualdad y la justicia con los que en otros tiempos fueron sus perseguidores.

Cuando se nombra á Estrasburgo, desde el primer instante el gastrónomo y el bebedor recuerdan los famosos pasteles de hígados de gansos y la renombrada cerveza, cuyo nombre es casi tan explotado como el del agua de Colonia; y el artista piensa en los primores de la admirable catedral, y en las bellezas de algunos otros monumentos, como el del Mariscal de Saxe, en la iglesia de Santo-Tomas. Ya se comprenderá que siendo yo lego en punto á pasteles y cerveza, habré de abandonar este asunto á plumas que pertenezcan á la especialidad (como se dice en Francia), y que no teniendo en cuanto á bellas artes mas elementos que el sentido comun y el amor por todo lo que es bello y noble, no me creo autorizado para ofrecer al lector una descripcion de las curiosidades de Estrasburgo.

Si esa ciudad tiene monumentos interesantes para el artista, y fortificaciones de gran importancia para el militar, tambien llama la atencion al que resiste á la seduccion de los primeros y la fascinacion de las segundas, á causa del movimiento activo de la poblacion. Esta se agita en los mercados, las calles, los almacenes, los canales que cortan la ciudad, y los ferrocarriles y carreteras, mostrando en todas partes un alto espíritu de industria y comercio; así como en su extensa y variada fabricacion, y en sus cien institutos de enseñanza, beneficencia, crédito, prevision, economía, etc., manifiesta que todos los esfuerzos de la civilizacion tienen cabida con honor en la patria de Guttemberg. En medio de aquellas calles tortuosas, generalmente estrechas y caprichosas, y que en gran parte conservan muchos rasgos de la estructura que fué característica de las viejas ciudades germánicas, se mueve una poblacion laboriosa, áspera en apariencia, de carácter dulce en el fondo, y que vive en un trabajo insensible pero constante de fusion y trasformacion. Debo hacer notar que casi la mitad de los habitantes de Estrasburgo son protestantes.

La catedral que contribuye á su renombre es, como se sabe demasiado, uno de los mas imponentes y curiosos monumentos góticos del mundo. Ni Nuestra Señora de Paris, ni las catedrales de España, ni ninguna de las de Bélgica ó de Alemania (con excepcion de la de Colonia) tiene tanta majestad ni tan soberana seduccion, por sus formas exteriores, como la de Estrasburgo. No obstante la falta de una de sus torres, que jamas ha sido comenzada, esa catedral tiene el poder de clavar al espectador delante de ella y obligarle á que la contemple con asombro, admiracion y recogimiento, como una de las obras mas atrevidas del genio humano, en arquitectura. Comenzada en el año 1015 y completada, en lo que hoy la compone, hácia 1439, sus formas y sus adornos muestran la sucesion de los tres estilos góticos, produciendo un juego singular de construcciones y esculturas. Baste decir, para que se tenga alguna idea de la grandiosidad del edificio, que es el mas elevado del mundo despues de la mayor de las pirámides de Egipto. Mide 355 piés de longitud total, por 132 de latitud, y la torre alcanza la prodigiosa elevacion de 142 metros ó 490 piés sobre el nivel de la plaza. Esa altura se reparte entre la enorme masa de la fachada principal, cuya plataforma se halla á 288 piés, y la torre propiamente dicha, que se eleva 262 piés sobre la plataforma.

Es imposible detenerse al pié del monumento á contemplar las magnificencias de su fachada principal, sin sentirse arrebatado por tan sublime concepcion y por las maravillas de sus esculturas; sobre todo si se recuerda que una mujer, Sabina Steinbach, contribuyó con su admirable cincel á embellecer la obra de su hermano y su padre. Los tres portales de la base, las ligerísimas columnas del segundo y tercer cuerpo, la enorme roseta que se abre en el centro, como una inmensa filigrana de piedra, las esculturas, estatuas y torrecillas que se destacan sobre los relieves del edificio, los arcos tendidos y las preciosidades de los portales laterales y de las capillas, en fin, la gigantesca torre calada, que termina en una forma semejante á la de una mitra aguda, forman el conjunto mas interesante, aun para el viajero que carece de conocimientos artísticos.

Desde arriba, sobre la plataforma, y teniendo encima la torre como un fantasma colosal, se siente uno sobrecogido de terror, al mirar el abismo en cuyo fondo hormiguean como liliputienses los corpulentos hijos de la Alsacia. Pero si se tiende la mirada en derredor, el espectáculo es magnífico, vasto y variado. De un lado la vista recorre las fértiles llanuras alsacianas, ricas y enteramente cultivadas, y va á detenerse en el enjambre de colinas montuosas del Palatinado y la Prusia rineana; al poniente, de otro lado, sigue la línea de los Vosgas, montañas que limitan el departamento hácia el interior de Francia, y la mirada se pierde luego en la direccion del Jura y Suiza. Si se torna la vista hácia el Rin, se ve á lo léjos la bellísima cadena de la Floresta-Negra, como un inmenso crespon de complicadas formas, y se descubren en raros puntos algunos trozos medio escondidos de la blanca cinta del Rin; ó bien, mirando hácia el norte, el ojo se goza en abarcar las vastas y verdes llanuras alemanas que se desarrollan del lado de Darmstad y Francfort.

La catedral de Estrasburgo contiene mil preciosidades en su interior, cuyo mérito se realza con el claro oscuro de la luz vaga que reina bajo las soberbias naves. Las columnas de la nave central, el hermoso y delicado púlpito, las preciosas pinturas en vidrio de las enormes ventanas, y otras obras de arte, y mas que todo el complicado y admirable mecanismo del reloj astronómico de Schwilgué, construido hace veinte años, y tan afamado en el mundo, le ofrecen al curioso amante de la belleza bajo todas las formas asunto para largas horas y aun dias de contemplacion deliciosa.

* * * * *

Habíamos prometido en Paris hacer una visita en su casa de campo al Sr. B——, ilustre químico y naturalista frances, tan sabio como franco y obsequioso, que comenzó su carrera científica con estudios prácticos hechos en la antigua Colombia y otras repúblicas españolas. Así, tan luego como terminamos nuestra rápida inspeccion de Estrasburgo, tomamos el ferrocarril que corta el departamento en direccion á Paris, y seguímos la via lateral que conduce al Palatinado por Haguenau y Weissenbourg. La campaña nos llamaba la atencion por sus extensas y variadas plantaciones, entre las cuales descollaban con mucha gracia las de lúpulo,—«esa viña de los países setentrionales,» como lo llama un escritor frances muy hábil en descripciones. Donde quiera flotaban al viento los racimos de flores verde claro de las plantas que suministran su generoso amargo á la cerveza,—crespas, empinadas sobre sus estacas como pabellones trepadores, formando inmensos muros de verdura; en otras partes agitaban sus espigas magníficos cereales, al lado de enanas plantaciones de tabaco, ó se destacaban en algunos puntos del horizonte las negras pirámides de adobes provenientes de vastos depósitos de turba.

En Haguenau debíamos tomar un coche, ó en su defecto algun har-à-cbancs que nos condujese á Liebfraunberg (en el canton de Woerth), objeto de nuestra excursion, Fuéme preciso dar vuelta á todo el lugar hasta encontrar, despues de mil diligencias, un cochecito de dos asientos algo confortable. Eso me dió ocasion de echar una ojeada sobre las calles de Haguenau, villa de poco mas de 11,000 habitantes (mitad católicos y mitad judíos y protestantes) que tuvo en otros tiempos importancia como una de las ciudades libres de la liga de Alsacia, y ha hecho notable papel en las guerras como plaza fortificada. Fea, no poco desaseada y de triste aspecto, Haguenau indica con sus rasgos la presencia de mas de 3,000 judíos, y tiene algun interes por su movimiento industrial.

Eran las siete de la tarde cuando salíamos de Haguenau para entrar inmediatamente en la magnífica floresta del mismo nombre, de 15,000 hectaras de superficie. Solitaria, cortada por varias carreteras y un ferrocarril, llena de ricos aromas, la floresta nos encantaba con su silencio profundo, interrumpido solo á veces por algun lejano silbido de locomotiva, y sus hermosos y oscuros pabellones, reposando sobre altas columnatas de abetos y pinos, parecian anticipar la noche con sus poéticas sombras.

Daban los nueve y la noche estaba profundamente oscura cuando llegábamos á la pequeña villa de Woerth, todavía distante una hora de la hacienda del Sr. B——, y nos fué forzoso detenernos. Confieso que no lo sentí mucho, porque tuvimos ocasion de observar algunas escenas curiosas que nos dieron una ligera idea de algunas de las costumbres de las poblaciones semi-judáicas que habitan el canton.

La plaza del lugar estaba iluminada con ocasion de la fiesta del emperador, y los israelitas parecian ser los mas satisfechos, sea por la fama que tiene Napoleon III de proteger notablemente á los judíos (banqueros, artistas, escritores, hombres de Estado, etc.), sea porque estuviese reciente la guerra de Italia, que los israelitas de Europa, sobreexcitados por el ruidoso episodio de la familia Mortara, habian aplaudido como un medio seguro de emacipacion para los hermanos de Italia y principalmente de Roma. La turba de vecinos se habia dispersado en pequeños y numerosos grupos; los muchachos daban sus últimos gritos de alegría, y en una de las casas cercanas al albergue donde nos habíamos hospedado (dignificado con el nombre de Hotel del Caballo blanco) se reunian los mas alegres vividores, en posesion de un chirivitil que iba á ser teatro de un baile característico del lugar. Nuestro hostelero, que era un buen hombre, mucho mejor que su hotel y sus alcobas de dormir, nos refirió algunos pormenores que nos dieron idea de la originalidad de aquellos bailes, mas parecidos á una escena de sombras chinescas que a otra cosa. Los convidados se agitaban casi en la oscuridad, en medio de una confusion de los muebles mas heterogéneos, ataviados con los vestidos mas extraños, y bebían y bailaban al compás de la orquesta mas extravagante que se puede imaginar: y todo eso en un estrecho aposento del piso mas alto de la casa.

* * * * *

La mañana estaba fresca y deliciosa cuando atravesábamos, al dia siguiente, las alegres y ondulosas campiñas del canton de Woerth, donde veíamos alternar los pequeños bosques y viñedos de las colinas con los cereales de las planicies, sucediéndose en suaves planos inclinados. En breve trepamos la hermosa colina de Liebfraunberg (Monte de la Vírgen amante) sobre la cual se destacaba la casa del Sr. B——, que conserva en una de sus parles principales las construcciones de uno de esos antiguos conventos ó abadías que la revolucion francesa suprimió é hizo entrar, desamortizando los bienes eclesiásticos, en el movimiento general de los negocios ó de la propiedad territorial.

Los dos dias que pasamos como huéspedes del Sr. B—— y su interesante familia nos fueron sumamente gratos, y aun nos sirvieron para obtener algunas nociones importantes. Con cuánta delicia oíamos al Sr. B——, al recorrer el bosque vecino ó los jardines de la vasta habitacion, hablar entusiasmado de las bellezas del suelo colombiano y de la dulce índole de sus poblaciones. Miéntras que mi esposa conversaba alegremente en los jardines con la ilustrada esposa del Sr. B—— y sus interesantes señoritas, acompañadas de otra amable familia de su parentela, yo procuraba obtener del sabio naturalista, (que de 1849 á 1851 habia tenido puestos notables en los negocios públicos de Francia) algunas nociones sobre la vida de familia en la clase média de la sociedad francesa, sobre las ideas y tendencias políticas de la parte seria y pensadora de esa misma sociedad, sobre las condiciones de la agricultura en Francia, y sobre la aplicacion que los progresos de la agronomía y de la ingeniatura de Europa pueden tener en nuestras comarcas atrasadas del Nuevo Mundo. Como la observacion y el trato con las gentes de buena sociedad me han probado que las opiniones del Sr. B—— predominan en las distinguida clase á que él pertenece, no vacilo en dar á mis lectores un breve resúmen de las reflexiones que me hacia el sabio agrónomo y eminente químico.

«El gran defecto de la sociedad hispano-colombiana, me decia, es el de ser sumamente teórica en todo, olvidando sus propias condiciones y aspirando siempre á las imitaciones sin criterio. ¿Cree U., añadia, que yo habría podido prestar algunos servicios á la química y la agronomía, si no viviese en mi casa de campo, durante seis ó siete meses de cada año, ensayando todas las aplicaciones, sometiendo á prueba los sistemas, observando á la naturaleza en sus actos mas minuciosos? Sin esto, yo no podría ir á dictar mis cursos del invierno en Paris, con la conciencia de decir la verdad, ó lo que mas se aproxime á ella. ¿Por qué no hacen UU. lo mismo en Colombia con sus constituciones, sus leyes y todos sus proyectos de progreso? Miéntras no aprendan á experimentar, observando la naturaleza de las cosas, nada bueno harán. La política es la química de los pueblos: ella tiene sus leyes, sus fuerzas, sus reactivos, sus combinaciones y trasformaciones como las ciencias experimentales. UU., los Colombianos, tienen muy bellas cualidades y un mundo admirable, pero se gobiernan como aturdidos!»

Por via de ejemplo, el Sr. B—— me decia: «¿De dónde les ha venido la idea de imitar á Europa con la construccion de ferrocarriles á la vapor? Los pueblos colombianos carecen del movimiento, la poblacion y los intereses necesarios para alimentar empresas tan costosas, que no dejarán utilidad, como especulaciones, sino de aquí á 50 ó mas años. El combustible adecuado para las locomotivas será siempre muy caro en esas regiones, donde los depósitos de carbon mineral son relativamente reducidos, y en todo caso de costosa explotacion. Pero UU. tienen donde quiera excelentes mulas y caballos, y prados naturales, es decir, los mejores y mas baratos elementos de traccion. Lo que les conviene, pues, es construir ferrocarriles de estilo americano, baratos y sencillos, miéntras estos y el tiempo hacen nacer la necesidad de otros mejores.»

Por ese estilo hacia otras reflexiones el Sr. B——, siempre teniendo en cuenta los condiciones del suelo y de la sociedad de Hispano-Colombia, cuando la conversacion recayó sobre Bolívar. Si en lo anterior se habia mostrado el naturalista, en lo político se manifestó bien el frances, hijo de la sociedad creada por la revolucion de 1789.

«Ah! exclamaba el Sr. B——: es mucha lástima que UU. no hayan sabido comprender á Bolívar ni adoptar su política! El Libertador tenia sus defectos, propios de una organizacion vigorosa y privilegiada, pero comprendia muy bien que un pueblo mestizo ó compuesto de diversas razas, educado por la ignorante España, necesitaba un gobierno fuerte, en que la igualdad tuviese toda su garantía en la autoridad y la ley;—un gobierno que guiase enérgicamente á la sociedad en vez de ser guiado por ella. UU. han querido devorar la fruta peligrosa de la libertad ántes de que ella madurase y de que UU. fuesen capaces de digerirla. Bolívar ha sido el único genio, el único grande hombre que UU. han tenido.»

Tal es la opinion casi universal que los hombres serios tienen en Europa respecto de la política y los hombres de Hispano-Colombia; opinion errónea y evidentemente sofística, pero profundamente arraigada. No espereis que un frances de la nueva escuela piense de otro modo. El Sr. B——es republicano moderado y sinceramente liberal; y sinembargo, él como todos los de su generacion, pensaba que la igualdad no se podia obtener sino por merced de la autoridad, y se mostraba decididamente apegado al régimen de la centralizacion rigorosa y de la reglamentacion excesiva. Es que todavía no ha calado bien en las sociedades esta gran verdad: que la libertad no se adquiere, regular y completa, sino practicando la libertad imperfecta.

Yo le observaba al Sr. B—— que su doctrina, casi universal en Francia, conducia derecho á los mayores abusos y aún al socialismo, cuando en eso tropezamos con unas doce plantas de tabaco que el sabio agrónomo cultivaba para sus experimentos. Notando que el número de plantas era tan reducido, y que todas ellas, rigorosamente reducidas á trece hojas, carecian de señales que indicasen una cosecha anterior, le pedí la explicacion de esas circunstancias.

«El gobierno, me dijo, tiene muy minuciosamente reglamentado el cultivo del tabaco en este y otros departamentos. Solo unos pocos de estos tienen permiso para cultivarlo, aunque muchos otros pudieran hacerlo con gran provecho. La autoridad no concede permiso sino á personas de confianza. El cultivador está obligado á sembrar la planta y coger las hojas en cierto tiempo; no tiene disponibles para el cultivo sino cien dias; le es prohibido dejar á la planta mas de trece hojas, y dejarla en tierra para obtener segunda ó tercera cosecha; el lugar destinado á secar las hojas (el hangar) debe tener cierta forma legal; y la autoridad tiene el derecho de visitar todo, y en caso de contravencion imponer penas y aun destruir lo que es violatorio, y retirar el permiso. Yo mismo, á pesar de las garantías que ofrezco, no he podido obtener licencia para hacer con la planta y sus medios de cultivo ciertos experimentos muy importantes, que implicarían una insignificante relajacion de los reglamentos. El departamento podría ganar mucho con el ensanche del cultivo, pero no se puede.»

«Y bien, le dije al Sr. B—— cogiéndole in fraganti, ¿cree U. que esa reglamentacion es un bien para la Francia?»

«Sin duda que no, bajo el punto de vista de la agricultura, me replicó. Pero ¿qué quiere U. que se haga, si nuestro gobierno tiene una excelente renta con el monopolio del tabaco[34]?» Un frances, por regla general, se detiene en presencia de un hecho como ante una muralla.

[34] Mas de 200 millones de francos, de los ouales solo unos 60 ó 70 representan los gastos.

Nuestras conversaciones en familia con nuestros amigos de Liebfraunberg no eran ménos adecuadas para darnos idea de las cualidades de una parte de la sociedad francesa, la mas sólida, la más influyente en realidad y la mas estimable, Hablo de esa porcion de la clase media en que no figuran ni el banquero (el hombre de Bolsa y de vida agitada y fascinadora), ni el especiero, el confitero y demas entidades vulgares de la bourgeoísie; porcion que se compone de sabios, literatos de conciencia, propietarios y negociantes de vida modesta y regular, en cuyo seno la familia tiene una importancia primordial, el deber preside á todo, la instruccion es una necesidad, la moralidad una condicion esencial de la vida, la moda una extravagancia ridícula, y los goces de la inteligencia los mas dignos de solicitud, así como los del alma.

En esa region de la clase media francesa reinan en las relaciones sociales la cordialidad, la franqueza y la benevolencia, dirigidas por el buen gusto y ese fondo de buen sentido, de razonamiento sólido y claro, que son los distintivos del mundo que no se ha viciado con las intrigas de la especulacion, la vanidad y los delirios de la ostentacion ó la moda, y las indignidades de la vida cortesana. En la clase de que voy hablando, la sencillez es la condicion característica de todos los actos, exentos de los vicios de ciertas aristocracias, y de la vulgaridad, la envidia y la ligereza superficial de ciertas muchedumbres. El calembour maligno, ó indecoroso, ó insustancial cuando ménos, no tiene cabida en la conversacion realmente espiritual y amable de la sociedad á que me refiero. Creo que se sufre un gravísimo error en calificar á los Franceses en general como un pueblo ligero, petulante, novelero y aún vicioso; calificacion que, fundándose solo en la observacion de las clases aristocráticas de mala ley y de las que pertenecen á lo que en Francia se llama el medio mundo, manifiesta una profunda ignorancia respecto de la vida social fuera de Paris, y aún en Paris, en las esferas sanas de la sociedad francesa.

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