CAPITULO III.
AMBÉRES.
Aspecto general de la ciudad.—Comercio y bellas artes.—Carácter múltiple de Ambéres.—Sus calles, monumentos, museos y curiosidades. —Jardines y paseos.
Aunque en Bélgica se encuentran reunidas y armonizan todas las manifestaciones del progreso, sinembargo, cada comarca y cada ciudad tiene ciertos rasgos que le son característicos. Asi, por ejemplo, es en Ambéres, en Ostende, y en las ciudades vecinas á las fronteras de Francia que se hallan las mas notables construcciones militares, símbolo de las luchas provocadas por la ambicion ó el egoismo de los gobiernos. En Lováina, Lieja, Gante y Brusélas está concentrado el movimiento universitario. La minería tiene su terreno inagotable en el sur y el sud-oeste, como la agricultura mas esmerada y valiosa se ostenta en las llanuras flamencas. La fabricacion tiene sus principales centros en Gante, Lieja y Verviers, así como la pesca marítima se radica en Ostende. Por último, es en Ambéres donde, por una singularidad curiosa, se manifiestan con mas energía las fuerzas comerciales y artísticas del pueblo belga.
Ambéres, en efecto, es una vasta ciudad, curiosa bajo todos aspectos, donde todo interesa y llama la atencion: la estructura de los edificios y las calles, como el tipo, la lengua y las costumbres de los habitantes; el movimiento activo del comercio y de la navegacion del Escalda, como el mérito de admirables obras maestras, monumentos y museos; el aspecto de las formidables fortificaciones de la ciudad, como el de sus vastos diques de un lado, y del otro sus alegres campiñas, que hacen contrastar los símbolos de la guerra con los de la paz y la fecundidad.
El aspecto general de Ambéres—ciudad tan célebre por su historia comercial y militar, artística y civil—es interesante y notablemente curioso. La masa de construcciones interiores está comprendida entre la ribera derecha del Escalda y un inmenso arco irregular formado por la línea formidable de las murallas y fortificaciones, defendidas por vastos y profundos fosos. Al S.-O. ó la parte superior del rio, están la Esplanada de armas, la Ciudadela y el Arsenal militar, dominando el muelle. Al N-E. ó la parte inferior, se extienden los Diques «grande» y «pequeño», que abrigan un gran número de buques mercantes de vapor y de guerra y están rodeados por vastos almacenes de depósito. Allí se ve una red complicada de carriles de hierro, por los cuales giran los carros que sirven para el embarque y desembarque de las mercancías, entre los diques y la estacion del ferrocarril que comunica á Ambéres con Malínas. Al poniente de la ciudad, cerca de las fortificaciones y fuera de su angulosa línea, se hallan, al lado de un pequeño arrabal, la estacion del ferrocarril y el primoroso Jardin Zoológico, perla y orgullo de Ambéres.
Al subir sobre alguna de las torres de las numerosas iglesias de la metrópoli brabantina, se contempla en su conjunto un magnífico panorama que interesa mucho cuando sus pormenores son observados con atencion. Si se tiende la mirada del lado del Escalda, se ve en primer término la línea inmensa de los muelles de la márgen derecha, donde reina un gran movimiento de marineros, carreteros, comisionistas, corredores, etc., ocupados en la carga y descarga de centenares de vapores y buques de vela atracados á los muelles, y en las diversas operaciones propias del comercio y la navegacion. El Escalda, corriendo por un lecho arenoso y fangoso, de bajas orillas cubiertas de juncos y otras gramíneas, experimenta la accion poderosa de las mareas, que lo hacen subir y bajar de nivel muy notablemente. Si el rio es majestuoso por su caudal, su anchura y sus ondulaciones, é interesante por el gran número de buques que lo surcan, alimentando la masa principal del comercio marítimo de Bélgica, la comarca que se desarrolla del lado de la márgen izquierda tiene un aspecto melancólico que impresiona mucho. Allí se extiende una inmensa llanura, triste y uniforme, pero admirablemente cultivada y salpicada por algunas poblaciones, que tiene su límite en el bajo Escalda, del lado de la Zelanda. Tornando la vista hácia el interior de Bélgica se contemplan las llanuras del Brabante y Limburgo, donde la agricultura, la ganadería y la horticultura reinan sin competencia; siendo notable el gracioso conjunto de casas campestres, quintas, huertos, jardines y magníficas alamedas que rodean á Ambéres, formándole como un arco de verdura. Allí todo indica gusto y esmero en el cultivo, adelanto y perfeccion en los métodos de labor, y bienestar en la clase média que posee quintas ó casas campestres, y entre los agricultores.
Al observar el interior de la ciudad todas las construcciones presentan un aspecto que contrasta mucho con la frescura y lozanía de las campiñas circunvecinas: Ambéres, cuya poblacion no baja de 109,000 habitantes, y que en el siglo XVI llegó á contar hasta 200,000, es un vasto enjambre de cuadras enteramente desiguales é irregulares, calle y callejuelas tortuosas, estrechas, dislocadas en laberintos extravagantes, casi todas húmedas y sucias, muy mal empedradas y de aspecto por lo comun triste y vetusto. Donde quiera plazas irregulares, orilladas por magníficos monumentos, y casas de antiquísima planta, muy curiosas por su estructura, aunque carecen de la grada original y pintoresca de las construcciones holandesas, ó del sombrío romanticismo de las antiguas casas alemanas. Por todas partes se alzan torres de diversas formas, principalmente góticas, sobre iglesias que merecen casi todas el nombre de museos religiosos. Por todas partes hormiguea una poblacion inquieta, laboriosa y honrada, que llama mucho la atencion por la energía de su lenguaje, áspero y expresivo, la singularidad de su tipo de raza, el liberalismo de sus ideas, el sentimiento de orgullo con que mantiene su patriotismo y sus tradiciones, y la elasticidad particular con que se presta á las mas variadas manifestaciones de la civilizacion.
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El comercio y las bellas artes, como he dicho, son las principales demostraciones de la historia y de la actividad actual de Ambéres. En otro tiempo, bajo el reinado de Cárlos V, esa ciudad fué el emporio del comercio en el norte de Europa, gracias á su magnífico rio, visitado entónces todos los dias por inmensas flotas mercantes, y á causas políticas y económicas que luego han desaparecido ó han modificado profundamente su accion. Pero la dominacion de los Españoles, que ha sido funesta en todas partes, arruinó la prosperidad de Ambéres y el Brabante, como del país flamenco. Las proscripciones perpetradas por el fanatismo religioso, la opresion política y civil, las absurdas leyes fiscales y económicas y los actos de pillaje ejecutados en los tiempos de guerra—política sombría que personificó tan terriblemente en los Países-Bajos el odioso duque de Alba,—diezmaron la poblacion de Ambéres, estancaron la industria y el comercio é hicieron de esa opulenta ciudad casi una ruina. Mas tarde, la pérdida de la libre navegacion del Escalda (consecuencia del tratado de Munster, de 1648) completó la decadencia de Ambéres. Hoy, aunque embarazada la navegacion por los peajes que cobra el gobierno holandes en el bajo Escalda, Ambéres ha recobrado gran parte de su antigua opulencia, gracias á la concentracion que allí se verifica respecto de casi todo el comercio marítimo de Bélgica.
Y á la verdad, la prosperidad comercial de Ambéres en la actualidad, es mas sólida y vale mas que la que alcanzó en el siglo XVI, puesto que esta se basaba en el monopolio y las mas viciosas instituciones, miéntras que la que hoy se palpa se funda en la libertad y la actividad espontánea de los pueblos. A este propósito haré una observacion que me parece pertinente. Los filósofos están divididos en el mundo en dos categorías: unos que, tomando la historia por punto de partida, pero la historia viciosamente comprendida, creen que el progreso tiene límites, que la civilizacion es una serie de evoluciones que se repiten en su espíritu esencial, aunque varían en sus formas,—lo que en definitiva no es mas que la teoría Vico. Según esos filósofos, las sociedades actuales que han llegado á un gran refinamiento de civilizacion, están destinadas á comenzar en breve su período de decadencia, á arruinarse y perecer tan luego como completen su evolucion limitada de progreso.
La segunda escuela filosófica, la escuela jóven, que tiene fé en la perfectibilidad humana y la perpetuidad del bien, y que toma por punto de partida la naturaleza del hombre mismo y de la Creacion entera, en lugar de los sofismas de la historia,—esa escuela, digo, cree que las sociedades no decaen ni perecen por virtud de una ley ciega y fatal, sino por causas lógicas cuya influencia puede conjurar la voluntad humana. Y cree, tambien que, cuando esa decadencia y esa ruina aparecen, no son en realidad sino fenómenos del progreso humano, en virtud de los cuales los pueblos que abrigan en su constitucion un principio falso y nocivo, que son incapaces de producir la fórmula de la justicia y la verdad, son arrastrados por la ola irresistible del tiempo para dar lugar siempre á una sociedad mas sana y justa, á una civilizacion que se acerque mas al ideal de la humanidad.
Así, puede decirse que ningún pueblo está destinado de un modo absoluto á una alta civilizacion ni á la decadencia, la ruina y la trasformacion completa. El que tome la via de la libertad y la justicia, y tenga siempre valor para solicitar el grande ideal, vivirá progresando y modificándose sin violencia, hasta la consumacion de los siglos. El que no sepa comprender, solicitar ni realizar ese ideal, perecerá en el comun naufragio de la historia de los incapaces, á reserva de reaparecer transfigurado y rejuvenecido bajo las nuevas formas que la civilizacion irá creando…. Ambéres me pareció la confirmacion patente de esta filosofía del progreso con que se ha fortificado mi espíritu.
La civilizacion, que por lo comun se manifiesta en un sistema de compensaciones, ha debido muy nobles triunfos al genio de los ambaréses, en el ameno campo de la mas sublime de las bellas artes. Cuando Ambéres, por la decadencia de su antiguo comercio, parecia condenada á la oscuridad, surgió casi de repente en su seno una falange de hombres inspirados que, fundando la escuela brabantina en la pintura (llamada impropiamente escuela flamenca, por ampliacion) debia inmortalizar á los hijos de la antigua metrópoli comercial, prestando servicios eminentes al arte de Rafael. Las provincias de Flándes y Brabante habian sobresalido en ciertas industrias estrechamente ligadas con las artes del dibujo, tales como el bordado, la platería y joyería y la fabricacion de encajes y tapices. De ahí el hecho natural de que el dibujo, y con él la pintura, tomasen en aquellas provincias un vuelo muy notable desde la edad média.
Ya desde principios del siglo XV los célebres hermanos Huberto y Juan Van-Eyck habian creado en Gante y Brujas la escuela flamenca, feliz iniciadora de la independencia, la originalidad y el espiritualismo científico del arte; y Hemling y otros cuantos habian seguido mas ó ménos fielmente las huellas de los maestros. A su turno el Brabante habia entrado en el movimiento artístico, pero sin dar á sus producciones un carácter particular y bien determinado. El arte se resentia mucho de la imitacion italiana ó del giro que le habian dado las escuelas flamencas y holandesas. Fué del fin del siglo XVI al principio del XVII que Ambéres sintió surgir de su seno la pléyade inspirada que debia procurarle tanta gloria. Entónces aparecieron sucesivamente los grandes maestros cuyas obras embellecen los preciosos museos de Europa. De los obradores de Pedro Breughel, Van-Veen, etc., salieron casi en la misma época: Pedro Pablo Rubens, el maestro soberano (de 1577 á 1640); David Teniers (de 1582 á 1647); su hijo del mismo nombre, que le superó con mucho, sobre todo en la pintura de género ó de interior (de 1610 á 1694); Van-Dyck, el admirable discípulo de Rubens (de 1599 á 1641); Jordaens, que tanto se esforzó por imitar las mas voluptuosas creaciones del mismo maestro (de 1594 á 1678); en fin, los dos Seghers ó Zegers, Gaspar de Craeyer, Roose, Neefs, Snyders, Brill y otros notables, hasta Juan Erasmo Quellyn, que falleció en 1715, época en que el noble arte brabantino hubo de correr la misma suerte que el de casi todas las escuelas, decayendo bajo la presion que ejercieron sucesivamente las costumbres cortesanas de los tiempos de Luis XIV, la Regencia y Luis XV.
Es visitando el interesante museo de Ambéres, y sobre todo la catedral y las principales iglesias, que se puede admirar el alto grado de atrevimiento, originalidad, energía de expresion, riqueza de colorido y verdad imitativa a que llegaron los tres grandes maestros: Rubens en la pintura histórica, religiosa y de fantasía; Van-Dyck, en el retrato y la composicion religiosa; Teniers el jóven, en la pintura de cuadros domésticos maravillosos, llamada de género. Verdad es que las mas numerosas y mejores obras de Van-Dyck, en cuanto a retratos, se encuentran en Inglaterra, en el Castillo de Windsor: pero hay bastantes en Bélgica, y sobre todo en Ambéres, para dar idea del mérito de ese artista eminente. En cuanto á Rubens, cuya fecundidad y laboriosidad fueron prodigiosas, aunque su genio y su pincel están muy bien representados en todos los museos de Europa, Bélgica conserva los mejores, particularmente en el género religioso, del cual ofrece pruebas admirables la catedral de Ambéres.
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No pretendo fatigar al lector con apreciaciones especiales respecto de las obras artísticas de Ambéres,—apreciaciones que parecerían pedantescas de mi parte. Así, me limitaré á hacer una rápida mencion de los monumentos y objetos que mas llaman la atencion.
Entre la Plaza-Verde, donde se alza en medio de arboledas la hermosa estatua del admirable Rubens (quien, como se sabe, fué tan hábil artista como magistrado y diplomático) y la Gran-Plaza, donde se halla el Palacio de la ciudad (edificio notable, aunque bien inferior á otros de su clase en Bélgica); entre esas dos plazas, digo, se levanta con majestad la mole sombría de la catedral, monumento magnífico, sin rival, por su tamaño y su hermosura, en toda la region de los Países-Bajos. Mide 117 metros de longitud por 65 de anchura, data en su principio de 1352, y su arquitectura, que es de estilo gótico sencillo, imponente y grandioso, no encanta ménos en su recinto que en su admirable torre principal, la cual, sobre tener la enorme altura de 123 metros, embelesa al que la contempla, por la extraordinaria ligereza de sus formas y el atrevimiento y la perfeccion de sus primorosos calados, con justicia comparados á encajes.
En el interior, el golpe de vista es soberbio, al situarse uno en frente al coro. Dividida la catedral en siete naves sostenidas por seis órdenes de columnas (estructura única entre todas las catedrales) parece una selva de mástiles de piedras trepando hácia el cielo con la ligereza de cien enormes lianas. De resto, el interes del visitante se concentra en los colosales cuadros de Rubens, suspendidos á los dos lados del coro, que representan la Ereccion de la Cruz y el Descendimiento, y otro del mismo artista dominando el altar mayor, que manifiesta la Asuncion de la Vírgen. Si en lo relativo á vírgenes no he hallado nunca nada que me parezca superar las creaciones divinas de Rafael, Corregio y Murillo, en lo que toca á la representacion de Cristo parece imposible producir obras mas grandiosas y mas llenas de religion, ciencia y soberana poesía que las dos mencionadas de Rubens.
Despues de la catedral son muy interesantes, entre los monumentos religiosos: la iglesia de San-Jacoto, que mide cerca de 100 metros de longitud y la mitad de anchura, notable por su abundancia de cuadros de pintura y monumentos sepulcrales magníficos, y su gran riqueza de mármoles y ornamentacion; la iglesia de San-Cárlos, construida por los Jesuitas á principios del siglo XVII, enteramente análoga á las del mismo orígen en otros países, notable por su magnífica torre y su excesivo lujo de ornamentacion ó aparato; la iglesia de San-Pablo, rica tambien por sus adornos y cuadros interiores, y curiosa por un patio que tiene al lado de su entrada lateral, donde está representado el Calvario por estatuas de piedra distribuidas en medio de rocas y escombros artificiales; en fin, la iglesia de San-Andres, notable solamente por su magnífico púlpito de madera esculpida, objeto en que sobresalen sin rival muchas de las iglesias de Bélgica.
Aparte de muchos otros monumentos secundarios, pero todos históricos, que llaman la atencion en Ambéres, lo mas importante, despues de lo que llevo mencionado, es el Museo de pinturas. Su gran valor consiste en su especialidad, pues aunque contiene algunos cuadros de las escuelas extranjeras, se compone principalmente de obras nacionales y holandesas. Son muy numerosas las obras maestras reunidas allí, debidas al poderoso genio de Rubens, al sombrío pincel de Rembrandt, al fielmente imitativo de Van-Dyck, al admirablemente gráfico y chistoso de David Teniers (jóven), y al delicadísimo de algunos pintores en miniatura al óleo, en que abundan los museos flamencos, holandeces y brabantinos.
Si en su recinto es interesante Ambéres, fuera de sus fortificaciones ofrece á la vista del viajero objetos importantes. En su primoroso Jardin Zoológico, uno de los mas bellos y mejor surtidos y mantenidos en Europa, los Amberéses han probado su particular aptitud para esa clase de establecimientos. Si exceptuamos los jardines de ese género que hay en Paris y Lóndres, se puede asegurar que ninguno otro de Europa es comparable á los que en Bélgica y Holanda están consagrados á la botánica y la zoología. Y todavía, bajo el punto de vista de lo pintoresco y agradable, los de estos dos países son superiores á todos los demas.—Los Belgas y los Holandeses tienen el buen gusto de combinar la música y los goces sociales con el interes de la ciencia, lo que hace que, como mas adelante manifestaré, aquellos jardines sean en Ambéres, Brusélas, Amsterdam, Rotterdam, etc., escenarios interesantes y agradables bajo todos aspectos.
Adelante del Jardin zoológico de Ambéres se extienden campiñas muy bien cultivadas, y se prolongan magníficas alamedas, orilladas por casas campestres, jardines, huertos y pequeños parques pertenecientes á los ricos negociantes de la ciudad. El vasto y pintoresco arrabal que existe allí está destinado á hacer parte de la ciudad, tan luego como estén demolidas las actuales fortificaciones.—Cuando visitamos á Ambéres (no en 1859 sino en 1860, despues de recorrer la Holanda) habian comenzado los inmensos trabajos de las nuevas fortificaciones, cuya línea semicircular, alejándose bastante de la ciudad, le dejará desahogo y facilidad para ensancharse. La cuestion de esas fortificaciones agitaba mucho á la opinion belga en 1859, y la prensa, el Parlamento, el Gobierno y los hombres del arte se preocupaban muy seriamente con su solucion. Ambéres se sentia como estrangulada por sus murallas y fortificaciones, sin poder salir de su viejo carapacho de guerra, porque las necesidades sofísticas de la política exigian la subsistencia de ese elemento de defensa nacional.
El patriotismo se mostraba alarmado por los temores, fundados ó infundados, de nuevas conquistas de parte de Francia, temores que acababa de despertar la guerra de Italia. Se queria que en caso de invasion el gobierno belga contase con un refugio seguro en Ambéres, y para eso se creia indispensable mantener las antiguas fortificaciones, ó en caso de demolerlas construir otras nuevas y mas formidables. La segunda opinion triunfó, y el pueblo belga se impuso un sacrificio de cerca de 50 millones de francos, imputables al capítulo miedo y desconfianza, que hace tan gran papel en los presupuestos europeos. Es curioso notar cómo la amenaza y el miedo se ligan en Europa para mantener esta deplorable guerra de presupuestos y tarifas que se hacen con encarnizamiento los gobiernos! Todo se encadena de manera que los gestos y aun la reserva calculada de cada soberano producen su contragolpe en los demas Estados.
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