CAPITULO IV.

LAS CIUDADES BADENSES.

Carlsruhe.—Las ciudades nuevas de Alemania.—Heidelberg;—su Universidad y sus curiosidades.—Los estudiantes de Alemania.—Las ruinas del Castillo.

De Báden-Báden á Carlsruhe, el ferrocarril vuelve hácia la llanura del Rin y va orillando generalmente la línea de la Floresta-Negra, tocando en Rastadt, pequeña ciudad de poco mas de 6,000 habitantes, notable solo como plaza fuerte, por el papel que ha hecho en las guerras franco-alemanas y el que hizo durante la revolucion republicana y unitaria de 1848. Fortaleza federal de primer órden, Rastadt es en la hermosa llanura del Rin un puesto avanzado en prevision de los ataques de Francia; pero el buen sentido hace comprender á los Alemanes que en realidad sus fortalezas sirven mas contra ellos que contra el enemigo. En 1848 el pueblo se insurreccionó en Rastadt y atacó á la guarnicion en la fortaleza. Cuando estaba triunfante en su revolucion democrática y tenia esperanza de asegurar la unidad social y suprema de la Alemania, el ejército prusiano intervino, en virtud del derecho federal, y destruyó la obra del pueblo. Eso era natural, puesto que la Confederacion germánica, en vez de ser una liga de los pueblos, no es mas que la alianza de los príncipes soberanos contra la gran nacion. Rastadt ha sido posteriormente teatro del antagonismo que suele estallar entre las guarniciones de varios Estados alemanes, sobre todo entre las del norte y del mediodía,—antagonismo que revela en parte las contradicciones y la debilidad de la Confederacion.

La llanura se desarrolla con majestad, pero no sin monotonía, salpicada de numerosas villas y aldeas, rodeadas de vastas plantaciones de cereales, tabaco, legumbres, lúpulo y plantas filamentosas y oleaginosas. Del lado del Rin el horizonte es abierto y muy extenso, aunque la mirada se detiene á veces en hermosos bosques que salpican la llanura. Hácia el Oriente se desarrollan las montañas, y el paisaje tiene donde quiera completa ó muy notable analogía con el que média entre Freiburgo y Kehl.

En el centro casi de la llanura, á 7 ú 8 kilómetros del Rin, demora Carlsruhe, capital del gran-ducado de Báden, ciudad enteramente moderna—la mas nueva de las capitales alemanas,—limpia, elegante por sus formas, sólidamente construida, singular en su estilo, interesante por algunos monumentos, pero tambien singularmente monótona y solitaria. Al recorrer sus anchas y hermosas calles, de aspecto casi monumental, el extranjero no se creería en la capital de un Estado relativamente considerable, en medio de 25 á 30,000 habitantes y en presencia de una corte. Tal es el silencio que reina en todas partes, la tranquilidad en que se ven todas las cosas, la seriedad de las gentes. Así, los habitantes de Carlsruhe se muestran fieles á la etimología ó el nombre de su capital, nombre que significa: el reposo de Cárlos, según la voluntad del príncipe que la fundó en el primer cuarto del siglo XVIII, dándole por base ó eje su residencia de retiro. Por lo demas, como el número de católicos de Carlsruhe apénas excede la cuarta parte de la poblacion, hay poco ruido de campanas, todo el mundo es serio, y no siendo la ciudad en nada mercantil ni industrial, sino puramente cortesana y en cierto modo artificial, todo movimiento social parece estar proscrito de allí, al ménos durante el verano.

Carlsruhe parece haber sido una especie de plagio ó caricatura de Versalles. Lo mismo que en la ciudad cortesana de Luis XIV todo indica el ensimismamiento del Rey-Sol, el Rey-Apolo, siempre aspirando á imponer sobre toda cosa su persona, tenerlo todo bajo su mirada soberana, y hacer partir del patio de su palacio todas las calles, carreteras y alamedas, así como de su persona emanaba toda voluntad, toda accion y todo brillo; del mismo modo Carlsruhe tiene su eje, su punto de partida, su ojo vigilante y su gérmen, por decirlo así, en el palacio gran-ducal que sirve de residencia á la corte durante el invierno.

En efecto, Carlsruhe tiene, como es bastante sabido, la forma literal de un abanico. Su eje es una inmensa plaza semicircular en cuyo fondo se destaca el extenso palacio gran-ducal, de estilo sencillo y sin majestad ni particularidad artística ninguna, y dominando, la esplanada que sombrean magníficas arboledas. De allí parten en todas direcciones, rectas ú oblicuas, las grandes calles de la ciudad, que se apartan á medida que avanzan hasta determinar el abanico. Despues, otras calles semicirculares, inmensas y paralelas al semicírculo del eje, cortan y ligan entre sí, de un lado á otro de la ciudad, las calles que parten del centro cortesano, desde el cual, mirando en cualquiera direccion, se ve desarrollarse todo el cuerpo con matemática uniformidad.

A un lado del palacio está el jardin botánico, que por cierto es uno de los mejores de Alemania. Detras se extienden los jardines, los suntuosos bosques, los tesoros de rica vegetacion del magnífico parque. Quisimos visitar el palacio, que estaba solitario, y tuvimos ocasion de notar un rasgo característico de muchos de los Estados alemanes. Un soldado estaba de faccion en la puerta excusada que nos debia dar entrada, y al parecer le habian dejado allí por cumplimiento mas que por guardar ó defender cosa ninguna. Ello es que entramos con franqueza sin que nadie nos dijese palabra; subímos escaleras, llamamos por todas partes, y nadie nos respondió ni se dió á luz. A riesgo de que nos ocurriese un percance, nos echamos á andar y abrir puertas, y entramos á cuantos salones y aposentos hallamos abiertos, sin encontrar alma viviente. El palacio parecia mas bien un inmenso sepulcro que una residencia de corte. Donde quiera reinaban en los muebles y adornos la sencillez, la modestia y la economía. Ningún lujo, ninguna preocupacion de ostentacion artística ó palaciega! Tal parecia como si el palacio fuese una residencia de simples bourgeois alemanes. Confieso que, si bajo el punto de vista artístico quedamos muy descontentos, el espectáculo nos gustó mucho como rasgo indicativo de las costumbres alemanas.

El mejor monumento de Carlsruhe es la Academia, edificio de estilo bizantino, de muy reciente construccion, bien considerable y proporcionado, que contiene los museos ó galerías de pinturas, historia natural y antigüedades y una biblioteca. El Palacio ó Castillo gran-ducal contiene una que cuenta cerca de 100,000 volúmenes. El cementerio de Carlsruhe es uno de los mas hermosos de Alemania, apesar de su aspecto demasiado sombrío.

Apropósito de Carlsruhe, es curioso notar el profundo contraste que hay entre las ciudades alemanas antiguas y modernas. En las primeras, como Nuremberg, Hanóver, Colonia, Mayenza (ó Mainz), Praga, Ratisbona y otras cuantas, se ve donde quiera el estilo enteramente feudal, el sello de los pueblos en accion, de las clases sociales en lucha, del capricho y de las tradiciones de la época feudal. En las totalmente modernas—obra de los príncipes ó gobernantes y no de los pueblos—como Carlsruhe, Mannheim, Darmstad, etc., se encuentra un aspecto general totalmente distinto, sin estilo, ni carácter ni sello alguno. El contraste es todavía mas sensible en las ciudades compuestas de grandes barrios antiguos y modernos, como Berlin, Viena, Hamburgo, Dresde, Munic, Estuttgard y Francfort. En lo totalmente nuevo todo es regular, vasto, uniforme, monótono y sin estilo ninguno; todo es pretensioso, pedantesco, imponiendo la ley de la línea recta en todas direcciones. Esa profunda diferencia se comprende. Las antiguas ciudades eran espontáneas, obra de los pueblos, de la necesidad, y no obedecian á cálculo ni regla. Las modernas, fruto del servilismo imitador del Renacimiento,—de la pedantería ó soberbia de los gobiernos ó soberanos de la escuela fascinadora de Luis XIV,—manifiestan en todo la voluntad del monarca, la tendencia á imponer su persona y su memoria, á deslumbrar á los pueblos con grandes construciones monumentales, estratégicas en gran parte, en cuyas líneas rectas no se ve mas sello que el de la vanidad niveladora, y el símbolo de la obediencia popular pasiva.

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El ferrocarril badense, ántes de salvar el Nékar ó dirigirse á Mannheim, se inclina hácia las montañas, como si fuese á penetrar en ellas por el pintoresco valle de aquel afluente del Rin. En la ribera izquierda, á la salida del valle sobre la llanura y entre dos cordones de montañas cubiertas de rica vegetacion, demora la ciudad de Heidelberg, moderna por sus construcciones, relativamente, pero cuyo orígen remonta hasta la época de los Romanos. Célebre por su Universidad como por las ruinas de su admirable Castillo, Heidelberg seduce al viajero por su aspecto singularmente pintoresco, por las costumbres de su poblacion universitaria y por la hermosura de los sitios casi salvajes de sus cercanías. Para contemplar de cerca el conjunto, ningún sitio mas adecuado que el del gran puente sobre el Nékar—puente de piedra de cerca de 240 metros de longitud—desde cuyo centro se registra un magnífico paisaje.

Sobre la márgen izquierda, la ciudad se extiende al pié de la montaña de Koenigsstuhl, orillando en su longitud el rio, subiendo en plano inclinado hácia la cinta magnífica de verdura que cubre la montaña donde yace el Castillo, y compuesta casi únicamente de dos larguísimas calles paralelas al rio, cortadas por muchas trasversales de aspecto generalmente triste. Arriba se ven las ruinas del incomparable Castillo, dominando con su asombrosa majestad todo el paisaje. Sobre la márgen derecha se destacan numerosas quintas de gracioso aspecto, dominadas por el cordon de cerros que determina la hoya del rio, cubiertos de abetos y encinas en su parte superior y de viñas y hortalizas hácia el pié de las faldas. Por último, el rio desciende por un cauce rocalloso y tortuoso, limpio y cristalino, y soportando en sus ondas algunas barcas y numerosas balsas de maderas.

Heidelberg, como ciudad, no tiene ninguna otra particularidad artística que una casa antiquísima de los mas raros pormenores y formas, resto de la época feudal, que los excursionistas admiran siempre. Lo mas interesante es la Universidad, famosa por sus escuelas de Derecho y Medicina, en la cual siguen sus cursos unos 700 á 800 estudiantes. Es notable el conjunto de institutos de que está dotada la Universidad: su biblioteca, bastante preciosa y considerable, su museos, su jardin botánico, etc. Como la ciudad no cuenta sino unos 15,000 habitantes y es poco industrial y mercantil, su vida principal está en la Universidad, cuyos estudiantes le dan animacion, importancia y alimento económico. Así, en las épocas de vacaciones la ciudad parece silenciosa, ó al ménos pierde muchísimo de su animacion.

Nada mas curioso que ese conjunto de hábitos y costumbres á que da lugar en Alemania la existencia de algunas Universidades. En Lóndres y Edimburgo, como en Paris, Berlin, San-Petesburgo y Viena, las Universidades crean, sin duda, un movimiento que tiene su carácter particular, como el del barrio latino en Paris. Pero en realidad en esas grandes ciudades el estudiante tiene mucho de cosmopolita, se mezcla demasiado al movimiento del mundo, se deja dominar por las exigencias de la moda y pierde mucho de su tipo, casi ahogado ú oscurecido por la grandeza del escenario. En las pequeñas ciudades alemanas que tienen Universidades muy notables, sucede lo contrario. Allí el estudiante se impone, domina como un tipo soberano, absorbente, libre, original, superior á toda influencia, que imprime en cierto modo á la ciudad el sello de sus costumbres. Donde quiera le reconocereis por su fisonomía altiva, pensadora y original, su vestido propio, libre de trabas y de modas, en que la cachucha hace el principal papel; le vereis cantando por las calles, sin cuidarse de nada ni de nadie, con la querida del brazo y la pipa ó el cigarro en la boca; con el cabello y la barba en desórden y creciendo á discrecion; vestido á la diabla; contento, libre, soñador, generoso, extravagante, revolucionario demócrata y dado á las elucubraciones filosóficas; poco dogmático y muy apasionado por las discusiones intrincadas y eruditas, y ya inventando sistemas desde el colegio; buscando desde temprano las agitaciones de la prensa y de los clubs; burlon, pero sin chiste picante; filósofo prematuro, amigo de querellas y asiduo en el culto de la botella ó del jarro de cerveza. Quizás en ninguna parte se puede estudiar á los pueblos mejor que en sus universidades, porque es en esas colonias de la ciencia en embrion donde la sociedad se revela con mas energía en sus aspiraciones mas ardientes, sus instintos mas tenaces y sus aptitudes mas características.

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Me sería imposible hacer una descripcion siquiera sucinta de todos los primores del «Castillo» de Heidelberg, á ménos de escribir muchas páginas que fastidiarían al lector. Aquella ruina extraordinaria no es digna de estudio, en sus pormenores, sino para el artista consumado y el arquéologo. Es en su conjunto y por su significacion general, histórica y social, que el viajero la contempla con pasmosa admiracion y tristeza. Un camino carretero, que serpentea faldeando la montaña, por en medio de magníficos bosques en la parte superior, nos condujo casi hasta la cima, donde se halla el Castillo, á mas de 100 metros de altura sobre Heidelberg y dominando con majestad el abismo de la cuenca del Nékar. Al pasar bajo las inmensas bovedas completamente umbrías del bosque que rodea al Castillo, se siente una especie de recogimiento que prepara el alma á la muda contemplacion de las maravillosas ruinas. Ya se orillan espléndidas terrazas cubiertas de jardines, desde las cuales se tiene un golpe de vista encantador; ya se vaga bajo las espesas alamedas, en un terreno desigual y exuberante de vegetacion, pasando al lado de formidables murallones invadidos por el bosque, de fuentes arruinadas y escombros destrozados, que yacen en la espesura de los tilos, las encinas, etc., como restos de un inmenso cadáver de mármol y piedra.

Al cabo el viajero llega delante de la colosal ruina del Castillo, —enjambre de muros admirables, casi todos sin techumbre, de torres de diversas formas y estilos, de arcos, columnas, restos de estatuas y esculturas primorosas, curiosidades artísticas é históricas, patios diferentes, puentes destrozados, sótanos profundos, balcones y terrazas y laberintos de construcciones de todo género, abrumados por la exuberante vegetacion de árboles gigantescos, coronados de flotantes pabellones de yedra que parecen como la verde mortaja echada por la naturaleza sobre las maravillas del arte para impedir que el tiempo las devore y pulverice…. Donde quiera se ven asomar por entre el follaje de los árboles cien cabezas de mármol, esculturas ó construcciones atrevidas, y admirables relieves y frescos bajo las manchas de la hiedra invasora, como si quisiesen protestar contra el olvido, en nombre de los artistas que grabaron el sello de su inspiracion en cada baldosa, cada estatua, cada piedra y cada monumento de ese enjambre de monumentos que se llama el Castillo.

La historia de esa colosal creacion del arte, que han llamado no sin razón la Alhambra de Alemania, explica perfectamente las circunstancias de su composicion. Era una sucesion de palacios, comenzada por uno de los príncipes ó margraves del país desde principios del siglo XV; cada sucesor fué haciendo agregar una construccion nueva, conforme al estilo de cada época, aunque predominando siempre el italiano, y de ese modo el Castillo era una extraña maravilla, hácia 1680, compuesto de obras que indicaban los progresos del arte en la arquitectura, la escultura, la ornamentacion, etc. El Castillo era al mismo tiempo un conjunto de palacios y una fortaleza, donde se abrigaba la corte de los margraves del Rin y su guarnicion, pudiendo alojar á miles de personas. Durante la guerra atroz de sucesion que hizo Luis XIV al margraviato, por medio del brutal Louvois, de 1688 á 1693, fué destruido ó arruinado casi completamente el Castillo de Heidelberg, como tantos otros de las cercanías del Rin. El cañon implacable del ambicioso rey aniquiló lo que el cincel del artista habia trabajado laboriosamente durante dos siglos y medio. Despues de la guerra, uno de los margraves se propuso reconstruir todo lo arruinado, y lo consiguió, haciendo prodigios de voluntad él y los artistas. Pero la fatalidad parecia pesar sobre aquella maravilla humana: un rayo incendió una de las torres, en 1764; todo el edificio fué al punto devorado por las llamas, en sus partes superiores, y desde entónces no han quedado sino ruinas majestuosas, con los sótanos intactos, las torres y terrazas y casi todos los muros en pié. Solo una parte de la masa del edificio conserva su techumbre, abrigando muchos objetos curiosos.

El espectáculo es tan grandioso y el conjunto de construcciones y primores tan complicado, que no es posible describirlo sin entrar en pormenores detenidos. Lo que el viajero saca en claro de la contemplacion de aquellos prodigios de arte casi aniquilados, es una doble conviccion: primera, que la gloria del artista bien inspirado y hábil es muy superior á la del guerrero que destruye, so pretexto de defender una causa que llama justa, puesto que la conciencia severa del viajero imparcial rinde homenaje de admiracion al artista, dominado por el noble sentimiento de lo bello, miéntras que execra la memoria del rey corrompido y el bárbaro general cuyos cañones convirtieron en ruinas tantas hermosuras; segunda, que en balde las naciones se jactarán de sus progresos hechos en la civilizacion, bajo los puntos de vista del arte, de la ciencia, de la industria, del comercio, etc., si sus progresos en punto á moralidad no han de estar en armonía con aquellos, es decir, si los gobiernos no han de respetar las obras de la civilizacion, renunciando á la salvaje justicia de la guerra que todo lo aniquila.

Es curioso notar que la Francia, el pueblo que desde el siglo XVII ha hecho avanzar mas poderosamente la civilizacion, en el campo de lo espiritual,—de la ciencia y del arte,—es la que con sus guerras inicuas ha destruido mas maravillas ú obras maestras artísticas, en Alemania, en Italia y España, como lo atestiguan tantas ruinas en las comarcas del Rin, algunas en la península italiana, y las del Alcázar de Toledo, la Alhambra y el Jeneralife en Granada, etc., etc. Es que la guerra, careciendo de moralidad y de espíritu creador es el peor enemigo de la civilizacion.

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