CAPITULO V.

DE HEIDELBERG A FRANCFORT.

Mannheim y el Rin.—El gran ducado de Darmstad; su gobierno y sus condiciones generales.—La ciudad capital.—Una familia típica.

Despues de visitar á Heidelberg continuamos nuestra excursion directamente hácia Darmstad. Sinembargo, diré dos palabras acerca de Mannheim puesto que esta ciudad es una de las mas importantes del gran-ducado de Báden, y que tuvimos ocasion de visitarla, diez meses despues, al hacer nuestro segundo viaje de Paris á Alemania, por la via de Metz y Espira.

Mannheim, situada casi sobre la ribera derecha del Rin y la izquierda del Nékar, en el vértice de la confluencia y haciendo frente á Ludwigshafen, no llama la atencion sino por su fría y monótona regularidad, que justifica enteramente lo que he dicho acerca del contraste que ofrecen en Alemania las ciudades modernas comparadas con las antiguas. Fundada en 1606 por uno de los antiguos Electores del pais, Mannheim tuvo la desgracia de ser fortificada desde su orígen, es decir, de ser una tentacion para los enemigos en las guerras internacionales. Así, las de Luis XIV le fueron funestas, y un general frances muy expeditivo la destruyó completamente. Reedificada ya del todo en 1794, fué luego presa de Franceses y Austríacos sucesivamente. Gracias á esas tristes aventuras la experiencia sirvió de algo; las fortificaciones fueron demolidas y reemplazadas por hermosos huertos, jardines y paseos; y hoy la ciudad, libre de cuidados artificiales, crece en poblacion, se ensancha sin embarazo, y sus habitantes no piensan sino en el comercio de su puerto, en el movimiento de sus ferrocarriles y de la navegacion de los dos ríos, y en el desarrollo de las artes pacíficas.

Mannheim posee de 25 á 28,000 habitantes que, si no tuviesen negocios en qué ocuparse con actividad, lindos y numerosos jardines en las cercanías, y agradables paseos en las riberas de los rios y en el magnífico parque del palacio gran-ducal, deberían morirse todos de tedio, al vagar por aquellas calles anchísimas, rectísimas y tristísimas, orilladas por hileras de casas absolutamente iguales y cortadas invariablemente en ángulos rectos. La ciudad contiene todos los establecimientos y objetos públicos que distinguen á una localidad populosa y civilizada; pero todo carece allí de distincion á causa de la fría uniformidad de todas las construcciones. El palacio gran-ducal, que contiene una considerable biblioteca y colecciones artísticas generalmente mediocres, no es notable como monumento sino por la inmensidad de su fachada, que mide una longitud de mas de 560 metros.

Por lo demas, Mannheim es un centro notable de produccion agrícola (en la cual figuran principalmente los granos, el cáñamo, el lino, el tabaco y el lúpulo, que pueblan las llanuras vecinas), y contiene algunas manufacturas importantes de tejidos de lino, cáñamo y lana.

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Como el ferrocarril que gira entre Heidelberg y Darmstad va orillando la base occidental de la cadena de montañas llamada de Odenwald, que cubre una parte notable de la banda superior del territorio de Hesse-Darmstad, el paisaje tiene en todo el trayecto un aspecto completamente análogo al de las comarcas badenses de que he hablado. Las llanuras se extienden hácia el Rin con gran lujo de vegetacion y esmerado cultivo, y las montañas presentan siempre un conjunto gracioso por las formas y melancólico por las tintas oscuras de sus espesos bosques.

El gran ducado de Hesse-Darmstad, que ocupa el 9° rango en la Confederacion Germánica, es uno de los ménos considerables de los Estados secundarios. Su territorio, que en la parte superior comienza en la línea del Nékar, se divide en dos porciones desiguales, una limítrofe de Báden, Franconia, Francfort, Hesse-Electoral y Nassau, y la otra sobre la márgen izquierda del Rin. Montañoso en parte, y en parte enteramente llano, sobre las márgenes del Rin, ese teritorrio contiene una extension superficiaria de 8,405 kilómetros cuadrados y en 1858 contaba 854,300 habitantes (de ellos 450,000 protestantes), lo que da la proporcion, muy poco comun, aun en Europa, de mas de 101 habitantes por kilómetro cuadrado.

El gran-ducado de Hesse-Darmstad que, como el de Báden y los demas del Rin central, hace parte del Zolverein aleman, ha pasado por todas las vicisitudes que las guerras entre Alemania y Francia, y sobre todo las de Napoleon, hicieron pesar sobre los Estados alemanes mas expuestos al choque. Puede decirse que la verdadera constitucion del gran-ducado no data sino de 1806, época en que el príncipe del electorado anterior, bajo los auspicios de Napoleon, agrandó sus dominios á expensas de otros pueblos y figuró como miembro de la efímera «Confederacion del Rin». Pero el gran-duque supo hacer su negocio, volviendo á tiempo sus armas contra el emperador frances, y gracias á eso obtuvo sus ventajas en la gran partija que, bajo el nombre de restauracion, hizo el Congreso de Viena en 1815.

En 1820 quedó organizado el gran-ducado con el carácter de monarquía constitucional, dotado de instituciones relativamente liberales que la revolucion desarrolló en 1849. Pero la reaccion general de 1851 puso coto á las mas importantes libertades, y desde entónces el gobierno de Darmstad ha figurado en el grupo de los numerosos Estados coligados en la Confederacion contra el progreso de las ideas democráticas, mostrándose perseverante en esa guerra que casi todos los príncipes alemanes hacen á los pueblos que con tanta paciencia los toleran.

Sinembargo de la mezquindad con que gobiernos como los de Hesse-Cassel, Hesse-Darmstad, Nassau y otros se oponen al movimiento liberal que agita al pueblo aleman, no por eso creo que merezca absoluta censura la resistencia que esos pequeños Estados manifiestan respecto de las tendencias unitarias. En mi concepto, el partido democrático aleman ha comprometido mucho la causa de la democracia al empeñarse, contra la lógica y la conveniencia, por hacerla solidaria del unitarismo. Nada mas sano, progresista y ventajoso que hacer de la Alemania una verdadera Confederacion, es decir, un cuerpo de Estados completamente autónomos en su gobierno interior, pero ligados por principios comunes de ciudadanía y derecho público,—aduanas, diplomacia, ejército y marina comunes y un presupuesto nacional. Eso implica una combinacion parlamentaria y gubernamental en que estén representadas la unidad social é internacional del gran pueblo aleman y la autonomía de los diversos gobiernos.

Pero de esa organizacion, que sería lógica, realmente democrática y fecunda, en lugar de la extravagante complicacion actual de tantos Estados antagonistas y gobiernos enemigos de los pueblos,—de esa combinacion á la unificacion completa, aunque disimulada, la distancia es muy grande. La democracia nada puede ganar en Alemania, ni en ningún país del mundo, con la centralizacion unitaria, puesto que los pueblos son siempre mas libres á medida que fiscalizan y tocan mas de cerca los intereses de su administracion y los actos de sus gobernantes.

Por otra parte, la Alemania perdería inmensamente con la centralizacion política, bajo el punto de vista moral, intelectual y económico. El habitante de Estuttgard ó de Munic en nada se parece al de Hamburgo ó Lubeck, ni el de Viena al de Colonia. Cada grupo aleman tiene su índole propia, su método particular de creacion ó de accion, en filosofía y literatura, en punto á ciencias y bellas artes, y en asuntos de administracion y economía. El dia que toda la Alemania se viese sometida al nivel de la unidad, todos ó casi todos sus grupos, absorbidos por Viena ó Berlin, perderían su tipo particular, su originalidad y espontaneidad de accion; el pueblo aleman dejaría de ser lo que es: uno de los mas grandes pueblos del mundo,—el mas estudioso y erudito, el mas fecundo en ideas nuevas é investigaciones originales; el iniciador por excelencia de cuantas verdades se encarga Francia de someter á criterio rigoroso para simplificarlas y vulgarizarlas, despues de lo cual Inglaterra las somete á la prueba definitiva de la experiencia; y tambien, permítaseme decirlo, uno de los pueblos mas sanos, de instintos mas dulces y candorosos, y el mas modesto de cuantos ocupan la primera línea en el movimiento de la civilizacion.

Que el lector me perdone esta digresion, apoyada en las observaciones que he hecho en toda la Alemania, y volvamos a ocuparnos únicamente de Darmstad. La poblacion del gran-ducado es notablemente vigorosa, laboriosa y honrada. Las sectas religiosas gozan allí de libertad, se toleran y son numerosas. La gran mayoría pertenece á la iglesia luterana; los católicos apénas componen la cuarta parte de la poblacion total, en seguida figuran por su número los calvinistas, y luego los judíos, que pasan de 28,000.

Aunque hay algun movimiento fabril en el país, la agricultura es la base general de su riqueza, produciendo maderas en las montañas, excelentes vinos en las márgenes del Rin, y en las llanuras toda clase de cereales (mucho maíz), tabaco, plantas filamentosas, lúpulo, papas, frutas, etc. El país es fértil y rico, y la poblacion parece estar bien distribuida.

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Darmstad, la ciudad capital, que cuenta unos 33,000 habitantes (de los cuales poco mas de 2,500 son católicos) es curiosa por la diferencia muy marcada que presentan las dos partes de que se compone: la vieja, que data de algunos siglos, sin rango de ciudad, y la nueva, cuya ereccion fué terminada apénas en 1830. Tanto la parte nueva como la vieja están fortificadas,—mediando entre la ciudad y sus murallas un vasto espacio que apénas está hoy cubierto de jardines, pequeños parques y paseos, generalmente graciosos y agradables.

Es al traves de la parte moderna que circulan los viajeros al dejar la estacion del ferrocarril, concibiendo desde luego la mejor idea al penetrar por la hermosa calle del Rin en direccion á la plaza Luisa y el Palacio-viejo. Pero en breve la ilusion se disipa, porque el viajero se apercibe de que se halla en medio de un inmenso tablero de damas de la mas fastidiosa y monumental monotonía. Donde quiera calles enteramente pulcras, anchas como plazas, tiradas rigorosamente á cordel y cortadas como á compás en porciones absolutamente iguales, con los mismos pavimentos, el mismo aspecto, el mismo silencio y la soledad mas soñolienta que se puede imaginar. Donde quiera casas de igual altura, con puertas, ventanas, techos, piedras y colores matemáticamente iguales en todo y por todo; de manera que cada cuadra parece una sola casa, y que al volver cada esquina cree uno haber comenzado á recorrer de nuevo la misma calle que acaba de transitar. Tal parece como si cada ventana abierta remedase un bostezo de la ciudad, y cada puerta cerrada el sueño profundo de los 33,000 habitantes de aquella capital-cuartel. Realmente, Darmstad es tan fastidiosa en su parte nueva, que el recorrer sus calles dan ganas de acotarse con toda franqueza, sobre los baldosas de una acera, á dormir el sueño eterno de los justos, con la esperanza de despertar, por via de compensacion, en medio de un carnaval italiano.

La ciudad no carece de monumentos interesantes, como el Castillo ó Palacio-viejo, la iglesia de los católicos y la columna y los edificios de la plaza Luisa. Una de las cosas que hacen mas estimable á la Alemania, como pueblo literato y artista, y muy interesante para el viajero, es la profusion y riqueza de sus museos, sus bibliotecas, sus universidades y aún los magníficos parques y jardines de las ciudades, casi todos de estilo inglés. Así, cuando falta todo movimiento industrial y comercial, como sucede en Darmstad, siempre se encuentra en los palacios y otros edificios públicos algo que, ademas de agradar é instruir al viajero, le da una idea bastante clara de la índole literaria ó artística y la ilustracion del pueblo aleman, la mas vasta en Europa, la mas cosmopolita, y la mas sólida bajo ciertos aspectos.

El Palacio-viejo es un vasto edificio rodeado de jardines, que ademas de ser habitado por el príncipe heredero contiene: la biblioteca nacional, compuesta de mas de 115,000 volúmenes, cerca de 100,000 folletos y unos 500 manuscritos, de los cuales algunos son preciosos y de gran mérito por sus trabajos artísticos y la riqueza de sus adornos en piedras preciosas; el museo de pinturas (unos 750 cuadros generalmente mediocres, aunque no faltan unos 40 de bastante mérito); el museo de historia natural, rico y bien acondicionado; en fin los museos de antigüedades, medallas y monedas.

La iglesia de los católicos, situada en una eminencia, dominando varias calles espléndidas, es un monumento curioso por su forma circular, que le da el aspecto de un teatro, y su falla de torres y fachada ostentosa, cosas singulares en una iglesia católica. La inmensa rotunda que le sirve de techo, apoyada sobre un círculo de columnas muy considerables, tiene un aspecto grandioso. Baste decir que esa rotunda mide 75 metros de diámetro, lo que es enorme, y 41 de elevacion.

Por último, la plaza Luisa, aunque triste y solitaria, llama la atencion por los edificios que la encierran (entre ellos el Palacio-nuevo del gran-duque y el Colegio, ámbos notables por su sencillez) y sobre todo por su extraña columna acanalada, de gres rojo, que tiene mas de 44 metros de altura y está coronada por la estatua colosal del gran-duque Luis Iº, que fué el fundador de la nueva Darmstad.

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De Darmstad á Francfort la via es generalmente desapacible, girando al traves de llanuras bien cultivadas pero monótonas. Poco ántes de llegar á Francfort el tren se detuvo delante de una pequeña localidad rodeada de jardines y huertos, donde tienen sus casas de campo muchos de los opulentos banqueros y negociantes de la activa capital de la Confederacion. Al continuar el tren su ruta entró á nuestro carruaje un sujeto vestido con mucha sencillez, á estilo americano, alto, robusto y de fisonomía franca. Llevaba sobre las rodillas un gran canasto con magníficas uvas de varias clases que acababa de hacer coger en sus jardines para ofrecer á su familia. En breve, al oirnos hablar en español, nos dirigió la palabra, con cierta mezcla de familiaridad y respeto, diciéndonos con acento perfectamente yankee: «Cabaliero, ers Ursted y su seniora espanioles?»

Respondímosle que éramos hispano-colombianos, y como su provision de lengua castellana no era muy abundante, nos preguntó si hablábamos inglés. Al ver que podia entenderse con nosotros en su lengua y que éramos hijos del Nuevo Mundo, se manifestó muy amable, nos regaló hermosos racimos de uvas, y, como si fuésemos amigos viejos, nos trató con la mayor cordialidad. Luego luego nos dió cuantos preciosos informes podian importarnos acerca de Francfort, con explicaciones muy interesantes, y nos ofreció mil pequeños servicios. Al salir del tren, se apresuró á conducirnos al mejor hotel y recomendarnos muy particularmente á la consideracion del hostelero y sus sirvientes, y luego nos pidió permiso para volver despues de algunas horas á visitarnos.

Como no conocíamos por experiencia el tipo yankee de buena calidad, nuestro amigo improvisado nos parecia por lo ménos muy singular, y aunque no nos ocurrió ningún pensamiento de desconfianza ofensiva, no obstante que sabíamos que en los ferrocarriles, los hoteles y los teatros de Europa es muy fácil dar con insignes caballeros de industria, no podiamos explicarnos la excesiva obsequiosidad de nuestro desconocido amigote, inmerecida de nuestra parte, sino suponiendo en él un carácter excéntrico en notable grado.

Tres horas despues Mr. D** llegó en su hermoso coche delante del hotel, y entró á suplicarnos que le permitiésemos presentarnos á su familia y que tomásemos el té en su casa. Era imposible no aceptar invitacion tan galante, y ademas nuestra curiosidad estaba vivamente excitada. Mr. D** nos llevó en su coche á su casa, amueblada con elegante lujo, y nos presentó á su familia, compuesta por el momento de una bella señorita, una señora amable y llena de sencillez en su porte, su trato y sus atavíos, y dos señoras mas de su parentela, poco mas ó ménos análogas en sus fisonomías y maneras. Despues de los cumplimientos de ordenanza la conversacion se hizo en breve familiar; cada cual, excepto la modesta señorita, nos hacia cien preguntas llenas de inocente curiosidad respecto de la naturaleza de nuestro país, las costumbres de nuestra sociedad, etc., etc. Luego tuvimos la sencilla explicacion de las bondades de Mr. D**: por una parte, su carácter personal era naturalmente obsequioso, ademas de lo que en ello influian los hábitos y la índole de la buena sociedad setentrional de los Estados Unidos; por otra, le movia un sentimiento de gratitud muy singular. Durante un viaje hecho á Méjico, algunos años antes, habia recibido servicios de hospitalidad muy generosos en ese país, concibiendo un afecto profundo por la sociedad hispano-colombiana. Así, al vernos, habia creido poder corresponder indirectamente las finezas de que habia sido objeto, mostrándose amable con dos colombianos desconocidos. Había para mí no sé qué de profundamente típico en ese espíritu de personificacion de las razas que parece dominar al Yankee de raza pura. Diré tambien que la circunstancia de haber conversado en inglés con Mr. D**, particularmente mi esposa, influyó mucho en nuestro favor. Mr. D** era nada ménos que uno de los mas fuertes propietarios de los valiosos ferrocarriles de Francfort, y sinembargo no hacia la menor ostentacion de su riqueza.

En cuanto á su familia, su carácter era tal que mas tarde, mediante la observacion, pudimos convencernos de que era típico de la buena sociedad femenina de Alemania. Las señoras hablaban tres lenguas de primer órden, mostraban en todo muy buen sentido, un sentimiento natural de sencillez y candor, una conciencia pura, pero muy poco persuadida de la importancia de su sexo, un espíritu de hospitalidad sincera, afectuosa y sin ostentacion, mucha curiosidad de los cosas sociales, y sobre todo una exquisita benevolencia de inclinaciones y de afectos de familia. Mas tarde diré lo que pienso, en general, de la mujeres de Alemania y de las costumbres del país.

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