CAPITULO VII.
EL RIN.
Cástel.—Mayenza.—Las riberas del rio.—Una hija de la pérfida Albion, á bordo de un vapor y en tierra.
Al volver de Wiesbáden á la márgen derecha del Rin, descendimos del tren en Cástel ó Kastel, pequeña localidad que sirve de cabeza al puente de barcas echado sobre el rio, llenando una funcion análoga, respecto de Mayenza, á la que corresponde á Kehl respecto de Estrasburgo. Así, Cástel no es en realidad sino un arrabal fortificado ó dependencia de Mayenza, cuyo destino es proteger el puente, facilitar el cobro de peajes y ofrecer al mismo tiempo un embarcadero para los vapores y barcas que navegan el Rin y para el ferrocarril que conduce á Francfort. Nos apresuramos, pues, á pasar á Mayenza, ciudad de 38,000 habitantes, que es la capital del territorio que el gran-ducado de Hesse-Darmstad tiene sobre la márgen izquierda del Rin.
Toda la importancia de Mayenza, bajo el punto de vista de la historia y la filosofía social, se resume en dos palabras: fortificaciones é imprenta, que representan el genio destructor de la guerra ó los conquistadores, y el genio creador de Guttemberg, ese divino conquistador de la soberanía perdurable del pensamiento. En efecto, en Mayenza todo hace recuerdar los horrores de la guerra, todo tiene el sello amenazante de las preocupaciones belicosas; al mismo tiempo que en el seno de tantas fortificaciones reinan el nombre y la memoria de Guttemberg y sus compañeros de fecunda labor. Si á las formidables fortificaciones de triple circunvalacion, y la casa y estatua de Guttemberg, agregamos la muy notable catedral de Mayenza, tendremos que sus tres objetos verdaderamente importantes caracterizan vigorosamente el conjunto de las evoluciones de la sociedad europea desde los tiempos de la edad feudal hasta hoy. La catedral, de estilo gótico-romano, ó la Religion;—las fortificaciones, ó la Guerra de conquistas, emancipacion y regeneracion;—la humilde casa y la estatua de Guttemberg, ó la Curiosidad ó insaciabilidad del alma, aspirando á conocerlo todo, vulgarizar la verdad y establecer el cosmopolitismo de las ideas: tales son, en definitiva, los grandes rasgos de las evoluciones humanas despues del advenimiento del cristianismo.
El orígen de Mayenza data de ántes de la era cristiana, aunque, á decir verdad, esa ciudad fuerte ha sido tantas veces medio destruida y reconstruida, por causa de las luchas sucesivas de los bárbaros, del feudalismo primitivo, del imperio germánico y de las guerras europeas ó franco-alemanas, que casi no se puede fijar una fecha exacta para indicar la edad de la patria adoptiva de Guttemberg. La historia conserva grandes tradiciones de la vida política y militar de Mayenza, cuyo papel ha sido tan notable, particularmente en las guerras de la gran Revolucion francesa. Es digno de notarse que, así como en esa ciudad vivió el hombre que debia revolucionar con la imprenta la vida del espíritu humano, fué de allí que surgió tambien, en 1247, esa célebre Liga del Rin que echó las bases de la destruccion del vandalaje permanente de los señores feudales.
Echado un golpe de vista sobre las fortificaciones, que describen un inmenso y triple semicírculo; sobre las calles de la ciudad, generalmente sucias y de aspecto análogo al de las que ofrecen las ciudades flamencas; sobre el largo malecon de la orilla del Rin, encerrado estúpidamente entre el rio y una fila de murallas inútiles, y sumamente desaseado; y sobre el palacio gran-ducal, donde se hallan reunidos algunos museos mediocres y una considerable biblioteca, rica en manuscritos alemanes de los llamados incunables, no queda mas que ver que la catedral y la bella estatua de Guttemberg. Esta es una obra de bronce muy notable, ejecutada conforme á un modelo del célebre Thorwaldsen.
La catedral es un monumento extraño por sus formas exteriores y sumamente curioso por las interiores y las esculturas y antigüedades que contiene. No he visitado talvez una catedral de interior tan sombrío como el de la de Mayenza, cuya historia relata muchas vicisitudes. Esta catedral carece de fachada, y al observar su conjunto no parece sino una masa informe de piedra pintada. En su interior presenta en cada una de sus extremidades un coro ó especie de bóveda romana, que parece cada uno corresponder á una iglesia distinta. Los estilos son bien diversos, aunque del género gótico en gran parte, entre los dos cuerpos, ligados por una inmensa nave; y todavía es mayor la diversidad entre los seis campanarios que coronan la construccion, pintados de diverso modo, según los estilos, que indican las vicisitudes seculares por las cuales ha pasado el monumento.
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Eran las dos de la tarde cuando partíamos de Mayenza, á bordo de un hermoso vapor que, descendiendo el Rin, debia conducirnos hasta Coblenza. Llegaba el momento de satisfacer nuestra ardiente curiosidad de contemplar, siquiera de paso, las admirables riberas de ese rio, entre Mayenza y Colonia, donde la naturaleza, el tiempo y la industria humana han amontonado sobre las rocas volcánicas de un revuelto cordon doble de montañas, cien viejos castillos feudales, monumentos de una civilizacion romántica, de una época de recomposicion social; numerosas ciudades, villas y aldeas, llenas de tradiciones, donde hoy florecen la Industria y el comercio de la Prusia rineana; paisajes encantadores que el arte y la poesía han imitado y cantado mil veces, y vastos y caprichosos viñedos cuyos productos generosos son el orgullo de la Alemania.
Desde lo alto de una colina que domina á Mayenza y sus fortificaciones habíamos contemplado con delicia el vasto panorama que se desarrolla sobre las dos márgenes del Rin, particularmente desde la confluencia del Main hácia abajo. En el puerto del embarcadero la escena, aunque muy reducida, tenia interes por lo pintoresco del conjunto y de los pormenores. Los vapores y las numerosas barcas del rio; el movimiento giratorio de una parte del inmenso puente de barcas (555 metros de longitud) al darles paso á los buques; la actividad mercantil que reinaba en los malecones de ámbas riberas, y el extenso y curioso agrupamiento de 17 casitas-molinos flotando sobre las ondas y en constante movimiento, ofrecian, junto con la mole desigual de la ciudad, un cuadro curioso y lleno de animacion.
A bordo del vapor que nos conducia se hallaban mas de cien personas de todas condiciones, en su mayor parte alemanes, ó excursionistas extranjeros. Como el buque era cómodo y la excursion entretenida, todo el mundo manifestaba buen humor, salvo uno ó dos pares de ingleses taciturnos y seriotes, aburridos hasta de las riberas del Rin al comenzar á verlas. Entre ellos se hallaba una buena señora, hija legítima de Albion, que venia de Roma y se dirigia á Inglaterra, Anglicana ortodoxa, pero llena de ese candor que distingue á casi todos los ingleses excursionistas, contaba con entusiasmo que le habia besado el pié á Pio IX y que este patriarca la habia tratado con la mayor dulzura. Roma, con sus venerables ruinas de quince ó mas siglos, le parecia la mejor cosa del mundo, despues de la reina Victoria, eso sí.
La raza inglesa tiene la singularidad de ofrecer en su tipo dos caractéres enteramente contradictorios: la suprema astucia en la especulacion y la política, y la suprema candidez en la inocencia. Tal parece como si el pueblo inglés hubiera nacido del matrimonio de la «pérfida» Albion con algun genio predilecto del Limbo. Ello es que nuestra compañera de viaje pertenecia completamente al tipo candoroso, y que apesar de sus 65 noviembres hablaba como una criatura inocente. No sabiendo hacerse entender suficientemente en frances, ni ménos en aleman, se nos acercó á hablarnos en inglés, rogándonos que le pidiésemos á un sirviente del vapor un vaso de limonada. Ella, mezclando el inglés con el frances, habia pedido une glass de limonade, y como el criado habia tomado la palabra inglesa glass (vaso) por la francesa glace (helado), la habia perseguido con un helado de limon que la buena señora no queria de ningún modo.
Para que se tenga idea de la inocencia de la excelente inglesa, que en realidad era un tipo, recordaré solo, entre muchas ocurrencias que tuvo hasta separarse de nosotros en Brusélas, estas dos singularidades: A bordo del vapor nos dijo que, como viajaba sola y en los viajes se solian encontrar hombres atrevidos con las señoras, se ponia bajo mi proteccion hasta que llegásemos á Brusélas. Así, la pudibunda hija de Albion no se daba por notificada de sus 65 años y sus venerables arrugas, puesto que les tenia miedo á los Lovelaces. Por la noche, al instalarnos en un hotel de Coblenza, la señora preguntó cuál era el número de su cuarto. Un criado le respondió en frances: Numéro cinq; pero nuestra insular, confundiendo el sonido de la palabra cinq con el de cent, se fué derecho al número 100, que en todos los hoteles es el distintivo característico de cierta localidad que no se puede nombrar. En el momento en que la señora quiso entrar á esa localidad, suponiendo encontrar allí su equipaje, salia un individuo alojado tambien en el hotel. Nuestra inocente señora dió un grito y se quedó pasmada; pero luego bajó las escaleras gritando que un monsieur se habia metido al cuarto de ella, cosa que naturalmente le parecia muy irregular. Averiguado el caso, la honestísima señora descubrió que en lo sucesivo no debia penetrar al número 100, y que tal localidad no podia servir para dormir ni hacer la toilette.
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Desde Mayenza hasta Bingen el aspecto del Rin no es muy interesante. Las riberas son planas, donde quiera pobladas de grupos de álamos y otros árboles, y matorrales de gramíneas, en la proximidad de las aguas. El rio lleva un curso perezoso y muy amplio, dividiéndose en numerosos brazos que abarcan islotes desiertos, llanos y enteramente verdes, que parecen pequeños bosques flotando á flor de agua. El vasto paisaje se compone de cinco términos ó decoraciones sucesivas. En el primero están el rio y sus orillas mismas; en el segundo, la línea de localidades y puertos, donde se ve un considerable movimiento de mercancías y trasportes, y la doble cinta que describen el ferrocarril y el camino carretero que giran de cada lado; en el tercero, interminables viñedos, monótonos y tristes por su regularidad, cubriendo extensos planos inclinados ó faldas de pequeñas colinas; en el cuarto, las lejanas montañas del Taunus, de tinta oscura, cubiertas de bosques de pinos, abetos y encinas; por último, el inmenso pabellon de un cielo de color azul pálido y vago, que parece reflejar las brumas de la vieja Alemania.
Antes de llegar á Bingen no es notable entre los objetos artificiales de las riberas, sino el castillo de Johannisberg, trepado sobre una alta colina y rodeado de su preciosa corte de viñedos, cuyo orígen se debe, según dicen, á la industria de dos frailes. Bien sabido es que el famoso vino que allí se produce no es regalado ó vendido por su opulento propietario, el duque de Metternich, sino para el consumo de soberanos y príncipes, ó de esos reyes de los cofres que se llaman banqueros, capaces de pagar á 27 ó 30 francos la botella del delicioso licor.
En Bingen, pequeña ciudad comerciante de 6,000 habitantes, situada sobre la márgen izquierda en la confluencia de un riachuelo, el Rin se estrecha violentamente por en medio de una garganta profunda de colinas rocallosas, en parte desoladas, y casi totalmente cubiertas de viñedos que trepan hácia las cimas en vastos anfiteatros de muros rústicos, cuyos escalones, sirviendo para contener la tierra vegetal y los sarmientos, que tienden á derrumbarse, forman el mas curioso conjunto de construcciones rurales que se puede ver en tamaña escala. Esas viñas, junto con el producto de los bosques opulentos de las montañas, constituyen la verdadera y mas preciada riqueza agrícola del Rin,—rio tan generoso por sus ondas como por los vinos que ofrece al soñador aleman para deleitarse con sus caprichosas fantasías.
Es en Bingen que comienza la extraordinaria region de las montañas vólcanicas, y donde el Rin adquiere ese carácter prodigiosamente romántico que lo hace provocar la curiosidad de todos los viajeros. Donde quiera se destacan, sobre colinas revueltas de lava petrificada, castillos estupendos de titánico aspecto,—Bastillas seculares de la feudalidad casi muerta en el mundo, pero todavía muy resistentes en Alemania; ó ruinas monstruosas y sombrías, pero imponentes aún,—osamentas destrozadas de diez generaciones de tiranos y bandidos nobles, petrificadas sobre el lecho volcánico que los propietarios escogieron en armonía con su terrible mision. No se puede contemplar esos escombros y esas moles todavía intactas, que han abrigado á tantos tiranuelos, sin estremecerse de horror al pensar en las tradiciones de iniquidad que allí se anidan, y en las duras pruebas por las cuales ha tenido que pasar, en su interminable peregrinacion de la civilizacion, ese Cristo de todos los siglos que se llama el PUEBLO…. Cuánto no ha debido pesar sobre las muchedumbres el yugo de hierro de esas generaciones de tiranos, cuando todavía hoy las ruinas de sus guaridas casi inespugnables tienen el poder de impresionar al viajero y llenarle, si no de admiracion, de un sentimiento de temor semejante al que se experimenta en presencia de la caverna de un tigre ó ante la mirada fascinadora del boa!…
El conjunto de los mil paisajes del Rin, desde Bingen hasta Coblenza, es generalmente triste y grandioso al mismo tiempo. Unas veces se ve aparecer de repente, á la vuelta de un recodo del rio, alguna ruina colosal y de formas extrañas, ó algun castillo feudal cuyo aspecto de ciudadela inexpugnable contrasta con el pálido color de los viñedos que cubren las faldas de las lomas; otras, se destaca la mole de algun peñasco formidable, severo, imponente, dominando un abismo y como amenazando precipitarse sobre el rio y cubrir gran parle de su estrecho cauce; ó se pronuncia un raudal que, violentando el movimiento de las ondas, parece querer cerrar el paso al navegante.
Pero tambien de trecho en trecho el paisaje pierde mucho de su romántica desolacion, animado por escenas locales ó fugitivas. Ya se pasa delante de una graciosa villa ó aldea, situada sobre la orilla misma del rio, al pié de una alta colina rocallosa coronada por un castillo, ó medio enclavada en el fondo de alguna garganta profunda y bajo la sombra de algun pequeño bosque de oscura tinta; ya se ve un pequeño pueblo medio empinado sobre una falda y literalmente rodeado de sarmientos, como un alegre Baco; ya en fin, se encuentra un enjambre de vapores y botes remolcados y de grandes balsas de maderas, que le dan al rio el aspecto mas pintoresco y variado.
En el trayecto del Rin de que voy hablando todo es interesante de algun modo: la estructura de las localidades es generalmente caprichosa y manifiesta mucha originalidad; cada uno de los 20 ó 25 castillos, intactos ó en escombros, que decoran las orillas, guarda las mas interesantes tradiciones de la Alemania rineana en su mayor parte, y las anécdotas y leyendas abundan en las descripciones de los anticuarios. Así, cuando se llega á Coblenza, ciudad que ha hecho tan gran papel en la política y la guerra, el viajero se siente bajo la influencia de mil diversas impresiones que le preparan el ánimo para saciar mas y mas su curiosidad.
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