CAPITULO VIII.
LA PRUSIA RINEANA.
Idea general del país.—Coblenza.—El castillo de Stolzenfels.—El Rin abajo de Coblenza.—Colonia;—su catedral;—las fábricas de Juan María Farina.
La Prusia rineana es una de las mas bellas é interesantes provincias de la monarquía prusiana, sea que se la considere bajo el punto de vista topográfico, sea bajo el de las tradiciones, la importancia política, la industria y el comercio. Abarcando las dos riberas del Rin y varias cadenas de montañas, y estando en continuidad con la Westfalia (otra provincia importante de los Estados prusianos), la Prusia rineana, que tiene por capital política á Coblenza, parte límites con Francia, el gran ducado de Luxemburgo, Bélgica, Holanda, Hesse-Electoral, Nassau, Hesse-Darmstad y la Baviera rineana ó Palatinado. Así, una de las tres grandes potencias del Norte es en las orillas del Rin el centinela y defensor de la Alemania respecto del poderoso imperio frances, gracias al célebre congreso de Viena, en cuyo seno se repartieron á su sabor la Europa los soberanos vencedores coligados contra Napoleon.
La Prusia rineana es en realidad la perla de la monarquía fundada por Federico II, ya por su posicion de gran valor estratégico y político y los rios navegables que la surcan, tales como el Rin y el Mosela,—ya por la poblacion singularmente condensada que posee, la importancia de sus centros industriales y comerciales (como Colonia, Aquisgram, Dusseldorf, Elberfeld, Treves, etc.), la actividad y variedad de sus cultivos y la explotacion de sus muy numerosas y diversas minas. Mide el territorio de la provincia rineana de la Prusia 26,782 kilómetros cuadrados, con una poblacion total (en 1858) de 3,046,621 habitantes (113—80 par kilómetro cuadrado) de raza alemana principalmente. Por razón de las religiones, la poblacion se compone de 715,412 protestantes y disidentes, unos 33,000 israelitas, y los demas católicos romanos.
Si en algunos puntos el territorio es árido y triste, donde quiera que las montañas volcánicas hacen sentir su influencia, por regla general el país es muy fértil, y ofrece en todas partes el mas variado aspecto, particularmente del lado occidental del Rin. Pintoresco y muy accidentado en las comarcas surcadas por los montes Vosgas y las cadenas que encierran el curso del Rin, y desarrollándose en hermosas llanuras en la faja intermediaria y del lado de Westfalia, ofrece en las tres zonas perfectamente marcadas (montañas, llanuras, valles y faldas) tres órdenes de vegetacion característica. En las alturas de las montañas se ostentan magníficos bosques de abetos, hayas, encinas, etc., cubriendo un suelo repleto de bancos carboníferos, filones de plomo, hierro, plata y otros metales, y canteras de mármoles y muchas otras piedras de importante explotacion. En las llanuras florecen en vastas plantaciones los trigos, las plantas filamentosas, el tabaco, las papas, el maíz, etc. Por último, en las márgenes del Rin, el Mosela, el Erft y muchos otros rios y riachuelos, medran las excelentes viñas que dan tanto renombre á la provincia. Así, la produccion agrícola y minera es muy considerable y variada, haciendo juego con una fabricacion muy activa y valiosa y un movimiento comercial bien considerable.
En cuanto á la fabricacion, la de la Prusia rineana es una de las mas activas y valiosas de Alemania, y no le cede á ninguna en mérito y baratura. Es notable sobre todo por los tejidos de seda, lana, algodon, lino y cáñamo, la fabricacion de armas blancas y muchos objetos de quincallería, la de máquinas de vapor y muchos aparatos mecánicos é instrumentos de todo género, y la de productos químicos de muy extenso consumo. Esa activa fabricacion está concentrada principalmente en las grandes ciudades, que son numerosas en la Prusia rineana. En efecto, sin contar muchas pequeñas pero industriosas ciudades de 6 á 9,000 habitantes, me bastará citar las mas notables, cuya considerable poblacion indica bien la importancia de todo el país. Tales son:
Colonia, con 110,000 hab.
Elberfeld-Barmen (unidas) 98,000
Aquisgram (Aachen) 56,000
Dusseldorf 48,000
Coblenza 23,000
Bonn 19,000
Treves 17,000
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Coblenza, la Confluentia de los Romanos, que los Alemanes llaman Koblenz, es una de las mas curiosas ciudades de toda la region del Rin, mas no á causa de su mérito interior, sino de su posicion y forma general. Situada entre el Rin y el Mosela, en el vértice determinado por la confluencia, la ciudad tiene la forma general de un gran triángulo, cuyos lados son: la márgen izquierda del Rin, la derecha del Mosela, y la línea de formidables fortificaciones que enlazan los dos rios, con un enorme foso de circunvalacion que, en realidad, hace de Coblenza una isla.
Esa situacion feliz procura á la capital política y militar de la Prusia rineana un doble panorama de magníficos paisajes del lado del Rin y del Mosela, al mismo tiempo que un doble movimiento de vapores, botes mercantes y balsas sobre las bellas ondas de los dos rios. Por todas partes, en los dos valles, se admiran comarcas cubiertas de viñedos y plantaciones diversas, dominadas por graciosas colinas ó montañas vestidas de lujosa y alta vegetacion, y se alcanzan á ver interesantes castillos, pequeñas localidades, numerosas casas campestres, fábricas y líneas de ferrocarriles.
Es bien sabido que Coblenza fué en 1792 el refugio de los príncipes y emigrados franceses que conspiraban contra su patria en el suelo extranjero, obcecados por el egoismo de clase ó casta y el furor de las pasiones políticas. Por desgracia, Coblenza ha tenido muchas imitadoras, en términos que su nombre se ha hecho por antonomasia la designacion precisa de todo centro de conspiraciones análogas á las de 1792. Esta circunstancia me ha hecho meditar con tristeza en las miserias deplorables de los partidos políticos, puesto que en estos tiempos he tenido ocasion de ver que no solo en Europa Lóndres ha sido la Coblenza de conspiradores franceses, y Roma de los conspiradores católicos-legitimistas contra la libertad de Italia, sino que hasta hijos del Nuevo Mundo han venido á mendigar en las capitales europeas asilo para sus maquinaciones traidoras contra la libertad de Hispano-Colombia. Así, Madrid ha sido recientemente la Coblenza de los traidores de Méjico, lo mismo que en Paris forman sus Coblenzas en caricatura los malos ciudadanos de otras de nuestras jóvenes repúblicas, quienes, olvidando que en el suelo extranjero la PATRIA no es un partido, sino una madre comun, posponen la santidad del deber nacional al interes oprobioso de las venganzas políticas.
Coblenza es un conjunto de dos masas de construcciones muy diferentes en su aspecto. La parte antigua, tendida hácia la márgen del Mosela y el vértice de la confluencia, contiene los pocos monumentos dignos de alguna atencion, como la catedral y varias iglesias; allí no hay sino calles estrechas, caprichosas, muy irregulares y sucias, y es en esa parte donde se concentra casi toda la actividad industrial y comercial. La parte nueva, compuesta de calles anchas y regulares, con edificios de buena planta y algunos jardines y plazas limpias y risueñas, se extiende al derredor del Palacio-Real, hácia la márgen del Rin. Los pocos monumentos de Coblenza—plaza esencialmente militar—no merecen descripcion ninguna.
Lo que mas llama la atencion, fuera de las fortificaciones, es el curioso castillo de Stolzenfels, situado á unos cinco kilómetros arriba de la ciudad, sobre un peñasco de 100 metros de altura que domina el Rin, cortado á pico y cubierto de hermosos bosques, al pié de otras colinas montañosas. El panorama que desde allí se contempla es muy bello, pues de un lado se registra el valle del Rin en la parte superior, y del otro, hácia abajo, se abarca el interesante conjunto de Coblenza, los dos rios, el gran puente de barcas echado sobre el Rin, que comunica la ciudad con el arrabal ó pequeña villa de Thal-Elhrembreitstein, y el ferrocarril que penetra á Coblenza por la márgen izquierda del gran rio; y todo eso rodeado por una vasta comarca muy accidentada y pintoresca.
El castillo, cuya fundacion data por lo ménos del siglo XIII, y que fué destruido en 1688 por los Franceses, ha sido completamente restaurado en 1845 por la familia real de Prusia, y hoy es una de sus residencias de verano. Súbese al castillo, de la carretera que gira por la orilla del Rin, por una cuesta en zigzag sombreada por un bosque espeso y delicioso, á cuya salida se llega repentinamente delante de la masa imponente del edificio, cuyas tres torres, altos y gruesos muros y puente levadizo le dan el aspecto de una fortaleza. Sinembargo, el castillo no es sino un museo de historia y curiosidades artísticas de diversos géneros. Muchas de ellas son de mérito notable, y llaman la atencion los frescos de uno de los salones; pero hay poco gusto en la eleccion y distribucion de los objetos, y el viajero que visita el castillo no puede ménos que reirse al ver que las tontas precauciones que le hacen tomar para recorrer los salones y aposentos no corresponden á la sencillez y modestia del mobiliario y de los pavimentos, no obstante que los ciceroni de Stolzenfels se dan aires de mostrar maravillas.
De Coblenza para abajo el Rin es al principio medianamente pintoresco. La márgen derecha aparece estrechada por el cordon de montañas, miéntras que del lado izquierdo se desarrolla una vasta llanura que va á terminar al pié de montes lejanos. Despues el rio vuelve á tener el interesante aspecto de la parte superior á Coblenza. El valle se estrecha tanto, desde un poco abajo de la pequeña ciudad de Andernach, que su cauce lo llena todo, oprimido por los dos cordones paralelos de montañas, generalmente desnudas de grandes árboles, y de una composicion basáltica que las hace muy interesantes y curiosas, á veces imponentes.
En todo el trayecto se reproduce el mismo panorama que he descrito rápidamente en el capítulo anterior, es decir una sucesion primorosa de viñedos escalonados, románticas colinas volcánicas, soberbios castillos y escombros solitarios, pequeñas ciudades de industria activa y valiosa (algunas de ellas fortificadas), numerosas aldeas, unas plantadas á orillas del rio, otras graciosamente trepadas en los pliegues de las montañas, y muchos relieves topográficos que llaman mas ó ménos la atencion.
Entre las pequeñas ciudades industriosas de una y otra márgen, cuya poblacion se eleva de 2,500 á 6,000 almas, merecen particular mencion: Vallendar, situada á la extremidad de un pequeño valle;—Bendorf, notable por sus fraguas que trabajan el hierro;—Newried, capital del principado del mismo nombre;—Andernach, rodeada de fortificaciones considerables y bastante curiosa;—Linz, tambien defendida por murallas de basalto. La mas importante localidad es Bonn, situada sobre la márgen izquierda, bien interesante como centro industrial y comercial, y por la posesion de una buena Universidad concurrida por mas de 1,000 estudiantes, que contiene museos y colecciones de mérito y una biblioteca con mas de 150,000 volúmenes. Esa ciudad ha sufrido como pocas de las del Rin las tristes vicisitudes de cien guerras; pero gracias á su actividad industrial y comercial todo manifiesta en su seno riqueza, bienestar y progreso, á juzgar por el buen aspecto y el aseo de las calles, la elegancia de muchos edificios y el movimiento de las gentes. Despues de Bonn no hay en el Rin (parte alemana) mas ciudades importantes que Colonia, Elberfeld y Dusseldorf.
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Una circunstancia casual nos impidió detenernos en Colonia durante el tiempo que hubiéramos deseado. Apénas pudimos darle un golpe de vista durante cinco ó seis horas, visitando los objetos mas interesantes. Me limitaré, pues, á muy breves reminiscencias respecto de esa ciudad.
Colonia, la vieja Colonia de Agrippina, patria de la madre de Neron, como del admirable Rubens, un tiempo gobernada por Trajano,—antigua capital de la «Germania inferior,»—sucesivamente opulenta y gloriosa, miserable y conquistada,—miembro poderoso de la «Liga anseática,»—ciudad feudal, ciudad-libre imperial, dominada por arzobispos y generales,—presa del imperio germánico, de la república y del imperio de Francia, y aun de los Rusos en 1814;—Colonia, la metrópoli comercial del Rin aleman, es acaso la mas histórica de todas las ciudades alemanas, la que ha pasado en su larga existencia por una serie mas complicada de acontecimientos diversos, la que ha ejercido mas poderosa influencia en las comarcas del Rin, y la que por los numerosos contrastes de su modo de ser ha ofrecido ejemplos mas elocuentes de lo que influyen las instituciones políticas y religiosas sobre las costumbres de los pueblos.
En un tiempo, apestada por las miserias del régimen clerical y estancada en su desarrollo por el régimen del privilegio industrial y comercial, vivió en la degradacion de la mendicidad, ofreciendo el ejemplo inaudito de una ciudad de 40,000 habitantes de los cuales 12,000 eran mendigos; se despedazó con agitaciones y violencias intestinas, por cuestiones de clases sociales y privilegios de corporaciones, y se despobló á causa de su fanatismo católico, en perjuicio directo de los israelitas y protestantes proscritos á millares. Hoy, gracias á la actividad de la industria y del comercio, á la vasta navegacion del Rin, á los ferrocarriles, y á la influencia de instituciones que han enfrenado el fanatismo de otros tiempos, asegurando la libertad á los numerosos protestantes é israelitas de la ciudad,—gracias á eso, Colonia es la metrópoli de la Prusia rineana, y manifiesta haber entrado en la via de la verdadera regeneracion. Ninguna ciudad alemana tuvo mas conventos y mendigos que Colonia; ninguna de las de la region del Rin interior tiene hoy en su puerto tantos vapores y vehículos de actividad económica.
Pero es verdad tambien que ninguna ofrece un contraste tan vigoroso y chocante entre su conjunto ú aspecto exterior y su interior. Vista un poco de léjos, al descender el Rin hácia ella, ó mas bien desde alguna altura vecina, del lado derecho del rio, el panorama es muy interesante. Su configuracion, determinada por el inmenso arco de sus murallas, cuya cuerda es la línea del Rin; la mole estupenda de su catedral; las puntas sobresalientes de las torres de sus 28 iglesias; el singular aspecto de su largo malecon y sus muelles, dominados por edificios modernos de grandes proporciones y separados de las calles por una muralla irregular; su hermoso puente del ferrocarril, y el de barcas, que mide 469 metros de longitud y comunica la ciudad con su arrabal de Deutz, fortificado; el gran movimiento de vapores y botes de vela y remo, y de carros y mercancías, que reina en el rio y los malecones; en fin, la belleza de la fértil llanura que rodea la ciudad: todo eso le da á Colonia un aire que interesa y predispone favorablemente el ánimo del viajero.
Pero al penetrar al interior de la ciudad, detras de la primera calle, todo el encanto desaparece. No se ve donde quiera sino calles asombrosamente inmundas, tortuosas, quebrantadas, estrechas, enredadas en laberinto; casas extravagantes, sin gusto ni armonía ninguna; un populacho activo, industrioso, pero que manifiesta en sus costumbres la incuria de los pueblos que han recibido educacion frailesca. Todo desagrada y fastidia allí, y el viajero acaba por persuadirse de que Colonia no es interesante sino por su catedral maravillosa y sus fábricas de agua de olor ó de Colonia, bautizada siempre con el nombre inmarcesible de «Juan María Farina», el nombre mas cosmopolita del mundo en toda la acepcion de la palabra.
Y aun esos dos objetos, que son las glorias de Colonia, no lo son sino á médias, puesto que, por una parte, la catedral nunca ha sido terminada, y por otra el nombre sacrosanto de Juan María Farina es casi por entero una mistificacion. Es curioso observar cómo los antídotos están siempre al lado de los venenos ó males que deben combatir. Así como el árbol de quina medra en las regiones donde abundan las fiebres, y el guaco y el cedron donde hormiguean las serpientes venenosas, así mismo Colonia, la ciudad clásica de la mugre y la hediondez, es la ciudad clásica de las fábricas de agua fortificante y perfumada.
Sospecho que el ilustre Juan María Farina, inventor del agua tan famosa, viendo que no habia esperanza de que Colonia se limpiase y purificase, resolvió fundar allí de preferencia su establecimiento como un sistema de compensacion muy oportuno.
Por lo demas, es imposible llegar á Colonia sin comprar un frasco siquiera de su agua preciosa, sin perjuicio de la que uno se bebe en los hoteles. La dificultad está en dar con el verdadero establecimiento de «Juan María Farina,» pues hay en la ciudad unas 25 fábricas, casi todas iguales pero enteramente distintas, cuyos productos llevan invariablemente el mismo rótulo, falso testimonio contra el nombre del difunto inventor de 1670. Tengo para mí que en todas partes se fabrican reputaciones como en Colonia, y que mas de cuatro hombres de Estado, publicistas, literatos, banqueros, artistas y otros personajes son los Juan María Farina apócrifos del gobierno, de la política, la literatura, el crédito, las bellas artes y … sobre todo la teología.
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Entre los numerosos edificios religiosos de Colonia ninguno llama la atencion en presencia de esa catedral admirable que los eclipsa á todos. En efecto, es tan imponente y grandiosa aquella construccion, que no obstante la falta de sus torres en la parte superior y la fealdad delas armazones y los materiales que la rodean, con motivo de los trabajos emprendidos para terminarla, produce en el ánimo del espectador una emocion de asombro, respeto y admiracion que no se disipa en muchas horas.
Esa catedral ha pasado por las mas graves vicisitudes. La primera piedra de sus cimientos fué puesta á mediados del siglo XIII, y los trabajos de construccion, despues de una lentitud secular, quedaron suspendidos enteramente en 1509. En el siglo XVIII el capítulo metropolitano degradó torpemente las admirables obras interiores del monumento, verificando modificaciones del gusto mas bárbaro. Durante las guerras de la revolucion francesa la catedral estuvo convertida en almacen de forrajes. Por último, los reyes de Prusia, desde 1820 hasta la actualidad, han tomado interes por hacer terminar la construccion, y actualmente se trabaja en ella con un empeño que hace esperar que al cabo el mundo podrá admirar en su plenitud ese monumento grandioso, que es una de las mas sublimes creaciones del arte gótico. Cuando visitamos á Colonia la catedral estaba colmada de materiales de construccion, y el martillo del obrero ensordecia con sus ecos las inmensas naves del templo.
La leyenda popular cuenta que el diablo, en la época de la fundacion, juró que jamas dejaría terminar la basílica, ni conocer el nombre del arquitecto que concibió y trazó su plan, y eso en venganza de cierta pilatuna jesuitica que diz que le jugaron el obispo y los canónigos á Su Majestad Calientísima el rey de los infiernos. Sea de ello lo que fuere, la catedral es un prodigio, no obstante la falta de sus torres y el deterioro de algunas de sus partes. Mide en su totalidad la enorme longitud de 511 piés de Colonia, y la anchura de 231 piés hácia la entrada. Así como en la parte inferior del edificio la latitud, que es de 161 piés, es igual á la altura del coro, la altura de las torres debia ser igual, según el plan, á la longitud de todo el templo, y la del muro delantero á la anchura de la entrada. Es curioso notar que todos esos guarismos de longitud, anchura y elevacion son divisibles por 7. Renuncio modestamente á describir ese admirable monumento en que todo llama la atencion y asombra. Básteme decir que la fama universal de la catedral de Colonia, que predispone en su favor al viajero, no impide que este se sienta profundamente impresionado al contemplar esa obra sublime del arte religioso y popular por excelencia.
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