CAPITULO VIII.
EL CANTON DE FRIBURGO.
La diligencia suiza.—Los tres lagos hermanos.—Morat.—Geografía del Canton;—su historia;—sus instituciones.—Panorama de Friburgo.—Sus monumentos y curiosidades.—La hermita de la Magdalena.
Estábamos listos para continuar nuestra excursion, dirigiéndonos de Neuchâtel á Berna por la via de Morat y Friburgo, cuando el clarin del postillon nos avisó que la diligencia iba á partir. En Suiza el servicio de postas y diligencias por las carreteras está monopolizado por los gobiernos federal y cantonales, según la naturaleza de la via. Cada canton tiene sus carreteras y trenes propios de diligencias, que giran de frontera á frontera ó combinadas por tratados. Como los trayectos que hay que recorrer de unas ciudades á otras son tan cortos, las diligencias se suceden y renuevan en cada capital, y los vehículos (como lo requieren las fuertes ondulaciones de un territorio tan montañoso) son mucho ménos incómodos y voluminosos que los que se usan en España, en Italia y otros países.
Ninguno de los rasgos característicos de la diligencia española, esencialmente barbara, se encuentra en la de Suiza. Dos ó tres hermosos caballos indígenas, fuertes, robustos y pacientes, componen el tiro, y los atavíos son ligeros y graciosos. El postillon sobre todo es un tipo curioso por su actitud y uniforme oficial, en que parecen amalgamarse el militar y el arlequín. Un pantalon estrecho, de paño azul con franjas amarillas, que llega hasta las rodillas y se ajusta bajo dos grandes botas charoladas; un chaleco de paño amarillo ó rojo, sobre el cual va una chupa de cola microscópica, forrada con anchas solapas y con puños de color rojo y enormes botones de metal reluciente; un sombrerito de charol ó fieltro, de copa larga, estrecha y puntiaguda y con adornos; un larguísimo foete, y un clarin terciado al costado, componen el vestido y los arreos del príncipe de la diligencia suiza. Ese curioso uniforme, que provoca á reir, contrasta con el aire militar y seriote del rechoncho personaje, quien desde lo alto de su trono ambulante se anuncia al llegar á las localidades ó salir de ellas, y en las estaciones de relevo, con los toques agudos de su clarin y los prolongados traqueteos de su foete que producen extraños ecos en las montañas y los bosques de la via.
Por lo demas, el postillon suizo, que comprende que su individuo es un funcionario público, se hace notar por su amabilidad, su inteligencia en la conduccion del vehículo y la regularidad de todos sus actos, exentos de brutalidad. El funcionario suizo es así en todas las escalas: atento, comedido, lacónico, íntegro y fiel á su consigna. Hay en su regularidad y precision algo que recuerda al soldado (porque en Suiza todo el mundo está obligado al servicio militar); como hay en su porte comedido algo que mantiene el tipo del ciudadano libre, educado por el principio de la igualdad.
La carretera, despues de salir de Neuchâtel por un arrabal poblado de bellas quintas y alegres jardines, costeando la ribera del lago en direccion al N., tuerce al N.-E., atraviesa el rio Thiele (arteria de reunion entre dos grandes vasos del organismo hidrográfico del país), corta el estrecho istmo pantanoso que média entre los lagos (de Neuchâtel y Biena) y comienza á remontar, en direccion al E., una sucesion de planos inclinados y colinas montuosas, casi despuntando el extremo septentrional del lago de Morat. Excepto en la parte llana del istmo, expuesta siempre á inundaciones, el cultivo de la viña es casi exclusivo en las riberas poco elevadas de esos lagos. El horizonte es allí extenso y melancólico, sobre todo á la luz crepuscular de la tarde, que produce en los tres lagos un reflejo suave, cuya poesía incita á dejar vagar el espíritu en el mundo de los ensueños dulcemente tristes.
Los tres lagos, que tienen entre sí mucha analogía de aspecto, son navegados por vapores, barcas y faluchos. El de Biena (Bieler-See), casi todo contenido en territorio bernés, tiene la particularidad de su graciosa isla de San-Pedro que ilustró con su residencia el inmortal utopista Juan Jacobo, en 1765. La longitud del Biena no excede 14 kilómetros por 3-1/2 de latitud, con 434 metros de altura sobre el nivel del mar y 70 de profundidad. Risueño por el color de sus aguas y el aspecto de sus riberas pintorescas tapizadas de viñas, en cuyo fondo se destacan, como suburbios caprichosos de algunas localidades, numerosos grupos de bonitas casas campestres, el lago es sinembargo severo y majestuoso en la region inferior de su cuenca, por el soberbio semicírculo, abrupto como un inmenso y colosal baluarte, que forman las montañas del Jura del S.-O. al N.-O. El lago de Morat (ó Murten-See), separado del de Neuchâtel apénas por una montaña y algunos planos ondulosos, mide solo 7,795 metros de longitud, 3,186 de latitud, 52 de profundidad y unos 23 kilómetros de circunferencia. En él son riberanos solamente los cantones de Friburgo y Vaud. Al abarcar con la mirada el conjunto de los tres lagos, no se puede ménos que notar la íntima fraternidad que los enlaza en un sistema. Tal es el carácter del mayor número de los lagos de primer y segundo órden que se encuentran en Suiza. Unos engendran á otros, multiplicando la vida y los encantos de la naturaleza. No es de extrañar que el pueblo suizo imite con sus instituciones y costumbres la variedad y la fraternidad de la naturaleza. Allí todo es diverso, y sinembargo todo armoniza y se enlaza como los grupos admirables de los Alpes y el juego primoroso de su hidrografía.
Es sobre la márgen derecha ú oriental del lago Morat que demora la villa ó pequeña ciudad del mismo nombre (de unos 1,800 habitantes), construida sobre una colina en su parte superior. La parte baja ó riberana es industrial y mercantil. La alta tiene un aspecto curioso y original, por sus calles de arcadas macizas, oscuras y pesadas, sus casas de estructura antigua, semi-feudales, y sus fuentes de historia secular, análogas á las de Neuchâtel. Morat es de orígen antiquísimo y muy ligado á tradiciones heróicas, y célebre por la famosa batalla que ganaron en sus cercanías, en junio de 1476, los confederados de Berna, Friburgo, Basilea y otras comarcas, contra el poderoso ejército de Cárlos el Temerario,—batalla que aseguró la independencia de esos pueblos respecto de los duques de Borgoña. Una columna de piedra erigida en 1822 por la república friburguesa consagra en el centro mismo de su campo la memoria de esa batalla, de tan fecundos resultados para los Suizos.
Morat es el centro de la minoría de reformados que hay en el canton de Friburgo. La noche cubrió con sus vagas sombras el paisaje (porque la luna estaba velada por espesas nubes) cuando atravesábamos aquella comarca, donde la diligencia rodaba por entre tupidos bosques de hayas y praderas y mieses. Buen trabajo nos costó el hacernos abrir un hotel en Friburgo, á las diez de la noche, cuando bajamos de la diligencia. En esa ciudad, donde los jesuitas y los frailes han impreso su profunda huella, todo tiene en las costumbres como en los edificios el tipo de lo feudal y monacal. Se trabaja poco y se duerme bastante, y en todos los pormenores de la vida se encuentra el sello de lo vetusto y la autoridad del hábito.
—El canton de Friburgo, que es el 8° de la Confederacion, por su poblacion y extension territorial, cuenta hoy mas de 106,000 habitantes [18], y su área contiene 1,435 kilómetros cuadrados. Su territorio, cuya longitud es del S.-E. al N.-O., se halla contenido entre los de Berna y Vaud y dividido en tres porciones muy desiguales. La masa principal, de área continua, está surcada en su centro por el bello y pequeño rio Sarina, casi de extremo á extremo, y arranca desde los contrafuertes ó terrazas ásperas de los Alpes berneses. Las otras porciones, muy pequeñas, están enclavadas en el territorio vaudense, y una de ellas es tambien riberana del lago de Neuchâtel. Exceptuando la comarca montañosa que se extiende hácia el Oberland bernés, el territorio de Friburgo (cuya hoya del Sarina va á confundirse con la del Aar) se compone de planicies ondulosas y entrecortadas, estrechos vallecitos y una complicada sucesion de bajas colinas pobladas de alegres y tupidos bosques (pinos, abetos, hayas, etc.) y de planos inclinados cubiertos de prados naturales y sementeras. Es un país admirablemente pintoresco, donde toda la grandiosidad de las regiones montañosas está reemplazada por la gracia de las ondulaciones y la belleza suave de una vegetacion intermediaria.
[18] En 1851 tenia 99,801, de los cuales eran católico-romanos 87,753 y los demas reformados ó calvinistas.
El Sarina y el Broya, los rios principales, son apénas navegados por pequeños botes, balsas y canoas. El comercio de tránsito es considerable; no faltan en el Canton algunos establecimientos industriales (molinos, aserríos de madera, cervecerías y tenerías) y es notable la produccion de sombreros de paja indígena ó italiana, muy elegantes y ligeros. Con todo, el Canton es principalmente agrícola. Aparte del cultivo de granos, legumbres, tabaco, frutas y plantas filamentosas, y el corte de maderas, la riqueza principal consiste en las viñas, las crias de ganados (de muy buena calidad) y la fabricacion de los excelentes y afamados quesos de Gruyères y otras clases.
La poblacion friburguesa se compone de dos razas, mas ó ménos mezcladas, que se sirven de los dos idiomas respectivos, aunque degenerados. El frances es la lengua oficial; pero el que hablan las gentes en el uso familiar es tan vicioso como su aleman. En realidad ninguna de las lenguas domina totalmente, pues el dialecto aleman llamado welsch predomina en las ciudades de Friburgo y Morat y sus campiñas y distritos, miéntras que el dialecto frances llamado romanche es el del resto de la poblacion, particularmente en las ciudades y villas. En cuanto á las razas, aunque su orígen se presta á discusiones, como el de todas las razas europeas, la latina ó franco-suiza (75 p. 100) y la germánica (25 p. 100) están allí reunidas, pero fraternizan y se han mezclado tanto que, aunque el canton de Friburgo es el que demarca la geografía de las dos razas en Suiza, en una línea que gira desde las montañas de los Grisones hasta las del Jura en Berna, es muy difícil determinar la zona en que terminan las razas que pueblan los cantones del Tesino, Valles, Vaud, Ginebra, Neuchâtel, Friburgo y parte de los Grisones y Berna, y la que ocupa los demas cantones de la Confederacion.
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Se puede decir que toda la historia del canton de Friburgo (Villa-libre) está, como la del de Ginebra, concentrada en la capital. Las épocas de los Romanos y Bárbaros no han dejado en el país sino tradiciones oscuras ó tristes. Fué en el siglo XII que, bajo la autoridad superior del imperio de los Francos, á la cual estaba sometido el país como parte de la Borgoña trasjurásica, los duques de Zaehringen resolvieron crear un sistema de ciudades libres que resistiese á la ambicion y las depredaciones de los nobles salteadores llamados señores feudales. Con tal fin fué fundada Friburgo en 1179, con privilegios especiales de ciudad libre, pero feudataria del imperio, como su nombre lo indica, bajo una constitucion análoga á la de Colonia. La poderosa ciudad de Berna nació de la misma aspiracion, siendo de notarse la semejanza de posicion de Friburgo y Berna, ámbas ocupando inexpugnables penínsulas formadas por rios profundos y dotadas de fuertes medios de defensa estratégica.
Hasta la mitad del siglo XV Friburgo estuvo dominada primero por sus fundadores y despues por el imperio germánico, sucesor del de los Francos, y principalmente por la casa de los Habsbourg. Así figuró en las guerras contra Berna y los Confederados Suizos. Aquella casa le devolvió su libertad; pero en breve cayó Friburgo, como insolvente, en manos de los condes de Saboya, sus acreedores. La guerra emprendida por Cárlos el Temerario dió lugar á que Friburgo se aliase con los patriotas suizos y recuperase su independencia con la victoria de Morat. En 1481, agrandada con diversas adquisiciones, entró á figurar como Canton de la Confederacion, y posteriormente ensanchó su territorio á expensas de los vecinos, por medio de conquistas locales ó pactos amigables.
El régimen aristocrático dominó enteramente en Friburgo hasta 1798, época en que la intervencion francesa favoreció la revolucion democrática. La coalicion europea restableció en 1814 el estado anterior, pero las revoluciones de 1831 y 1847 (sobre todo la segunda) aseguraron el triunfo de la república democrática. Con todo, no se debe tomar á la letra esta calificacion, pues hay bastante diferencia entre el liberalismo ó la democracia relativa de Friburgo y el radicalismo de Ginebra, Vaud, Neuchâtel, etc. El partido aristocrático ha hecho vanos esfuerzos por recuperar el poder, es verdad, y el Canton, que hasta 1847 habia sido uno de los mas retrógrados de la Confederacion (como Lucerna, donde todavía dominaban los Jesuitas), es hoy una de las fuerzas del liberalismo.
El gobierno es popular representativo y los poderes funcionan con independencia, aunque el Ejecutivo y Judicial emanan del Gran Consejo legislativo. Esa fórmula que hace nacer toda autoridad y eleccion del cuerpo legislativo (único representante directo) es tan general en Suiza que se la encuentra en casi todos los cantones, aun en los que difieren en sus instituciones fundamentales de otro género. En Friburgo la duracion de los períodos legales es bien considerable. Las mas importantes libertades, la igualdad legal, la seguridad personal, están garantizadas á los ciudadanos.
Apesar de los doce años ya trascurridos desde que se inauguró el régimen liberal, el canton de Friburgo me pareció uno de los ménos adelantados de la Suiza central y occidental, particularmente en lo relativo á instruccion pública é industria. La mayor parte de la Confederacion mantiene todavía los gremios ó corporaciones industriales privilegiadas, y esto contrasta mucho con la libertad política y el genio emprendedor de los Suizos. Pero allí donde ese mal se ha ligado con el de la ignorancia ó una educacion viciosa, mantenidas por las instituciones aristocráticas y monacales, como ha sucedido en Friburgo, la fisonomía social, triste y aletargada, contrasta mucho con el risueño aspecto de la naturaleza.
La larga dominacion que los Jesuitas ejercieron en Friburgo, hasta 1847 ó 48, léjos de propagar la instruccion en el pueblo la concentró en un estrecho círculo, entretuvo á las masas en la mas deplorable ignorancia, y solo sirvió para mantener en auje las ideas de la casuística, el espíritu aristocrático, la rutina en todo, el culto de lo superficial en religion, el monopolio de la luz, y principalmente el de la riqueza. Friburgo es acaso (relativamente) el canton que ha tenido mas conventos (16 ó 17), y es casi el único en donde he encontrado mendigos y gentes ociosas, desaseo, incuria y muy poco espíritu de empresa. ¿Será que las instituciones monásticas llevan consigo, como consecuencias forzosas, los hábitos de mendicidad, pereza, rutina y humillacion y el estancamiento de las aspiraciones libres y elevadas?
Entre las instituciones de Friburgo hay una muy curiosa que no he hallado en ninguna otra nacion de Europa: la ley obliga á todo propietario de casa ó edificio á asegurarla contra incendios y otros accidentes, y el Gobierno cantonal es el asegurador que especula con el monopolio de la empresa. Esa institucion que, bien comprendida, ampliada y aplicada de otro modo sería fecunda (porque en el fondo hay una grande idea), tal como existe en Friburgo no es sino un monopolio socialista y del peor socialismo posible. Por lo demas, las rentas del Canton, que se equilibran con los gastos, alcanzan á unos 90,000 pesos anuales, producto de las aduanas (pues en Suiza cada canton tiene las suyas), de los bienes cantonales, los impuestos indirectos y sobre las bebidas, los sellos, correos y peajes, y el monopolio de la sal y la pólvora. De toda aquella suma no se invierten 2,000 pesos en favor de la instruccion pública, que está bajo la direccion de la autoridad! Pero en compensacion el Canton, que es pobre, ignorante y atrasado, tiene la ventaja de que le canten responsos y maitines 325 clérigos seculares y 450 frailes y monjas distribuidos en 17 conventos…. El guarismo no es tan pequeñito para 106,000 habitantes, que ocupan apénas un área de 1,400 kilómetros cuadrados.
Por fortuna, despues de 1847, se ha trabajado en las vias de comunicacion, aunque no en grande escala, y el ferrocarril que se está concluyendo de Losana á Berna, pasando por Friburgo,—obra de una compañía franco-suiza,—desarrollará notablemente la riqueza y prosperidad del Canton.
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El panorama de Friburgo, contemplado desde el lado opuesto del Sarina, hácia la via que conduce á Berna, es admirablemente pintoresco y gracioso. Allí falta el doble marco de las montañas y los lagos que les da su interes principal á Ginebra, Neuchâtel y otras ciudades. El encanto está todo en la situacion, los relieves, los contornos el aspecto propio. Me detendré á describir á Friburgo porque pocas ciudades ofrecen tan extraño contraste como esa entre sus formas generales y sus rasgos interiores. Situada á 628 metros de altura sobre el nivel del mar y de 60 á 90 sobre el fondo del vallecito del Sarina, la ciudad ocupa la planicie ondulosa de una colina que, rodeada en mas que semicírculo por su lindo rio, tiene, por sus colosales barrancas abruptas, todo el aire de una estupenda fortaleza. En la planicie misma el terreno se levanta hácia el N. N.-O. en otras colinas, produciendo una demarcacion notable en la ciudad, en términos que en muchos puntos las callejuelas que ligan los dos barrios altos (el Bourg ó la Villa y las Plazas ó planicies) no son otra cosa que escaleras pendientes, estrechas y del mas extraño aspecto.
Pero la ciudad, sintiendo la atraccion del rio y su valle, ha derramado en cierto modo sus edificios y sus extravagantes callejuelas sobre uno de los flancos de la colina peninsular, y descolgándose así por medio de un barrio suspendido sobre el abismo, casi aéreo, en que cada casa parece un relieve del peñasco calizo,—el barrio del Auge,—Friburgo ha llegado al fin, asentada sobre su roca y con la cabeza en las colinas secundarias, á sentar un pié sobre las playas del Sarina; creando así el barrio moderno y de la industria,—la Villa-nueva. Por tanto la comunicacion entre los barrios altos y el bajo, entre la cima y el fondo del abismo, no tiene lugar sino por una via, en extremo curiosa, que luego describiré.
Desde el sitio que he indicado como el mejor para contemplar á Friburgo, se admira un paisaje encantador. Al frente se destaca la masa de la ciudad, sin perspectiva de calles, porque los edificios están como amontonados sobre el borde de la barranca, cual si quisiesen todos mirarse, por los huecos de sus innumerables balcones y ventanas, en las ondas azules y trasparentes del fondo del abismo, y aspirar las brisas de las campiñas de la márgen derecha. Al pié de la ciudad, arrancando desde la orilla izquierda, trepa el cordon de sólidas murallas y torreones antiguos, como un enorme brazo que Friburgo extiende desde sus alturas para cerrar la puerta á todo escalamiento. En las suaves colinas que coronan el barrio de las Plazas se alza el grandioso Pensionado (edificio que perteneció á los Jesuitas) asentado sobre su terraza de verdura, y detras se destacan el Liceo, la hermosa torre de la Catedral (cuyo juego de campanas da sus conciertos grátis á cada hora) y las humildes torres de algunas otras iglesias.
En el Bourg la cintura de edificios parece formar un segundo baluarte, como si el de la enorme roca no fuese bastante,—baluarte de formas caprichosas, cuya desnudez contrasta con los huertos llenos de verdura que yacen en el fondo del valle y trepan hácia la mitad de la barranca. Allí caracolea el Sarina (dominando por un soberbio puente colgante), límpido, murmurante y risueño. En el fondo tambien se alcanza á ver, en el vértice del ángulo que forma el rio, el extremo de la Villa-nueva, donde arrojan sus columnas de humo algunas fábricas y se hallan los molinos y las tintorerías. Levantando la vista sobre las colinas del E. S.-E., que dominan la márgen derecha del rio, se ven sobre alfombras de grama los mas alegres bosquecillos y huertos, y senderos caprichosos cavados en las peñas, y luego se extienden hasta perderse en el horizonte lejano de los Alpes berneses, bajo un cielo sereno y dulce, lustrosas praderas donde pacen los ganados de cria y alegres campiñas donde medran las mieses y numerosos grupos de árboles frutales.
Si se mira la península ó roca de Friburgo por el lado opuesto, es decir situándose en la parte superior del rio, el aspecto es enteramente distinto. La ciudad se presenta allí sin solucion de continuidad pero con muy extrañas formas. Es un torrente de casas extravagantes que se desploma desde la cima, como si fuese una catarata de peñascos en lugar de ondas y chorros de agua. En el fondo del valle, que mide á lo sumo 300 metros de latitud, las calles de la Villa-nueva son irregulares, caprichosas, húmedas, de formas modestas ó vulgares. Allí no encontrais sino tenerías, molinos, tintorerías, etc.; pero eso tiene vida, tiene la alegría del valle. Arriba, en todo el flanco de la enorme roca, no se ve sino un palomar habitado por hombres, que parece estar siempre á punto de derrumbarse de un momento á otro. La calle del Camino-corto (si es permitido llamar calle aquel desfiladero) es el centro y la via principal de ese barrio. Desde el borde de la barranca, dominado por la Torre-maldita, hasta el fondo del valle, desciende una cuesta ó callejuela sumamente empinada y compuesta de varios centenares de escalones al aire libre, paralelos á un pasadizo análogo de madera. Ambos forman un caracol de encrucijadas violentas, orilladas por casas y casuchas del mas sombrío, revuelto, sucio é inextricable aspecto. De trecho en trecho desembocan otras callejuelas trasversales mas estrechas, que son otros tantos desfiladeros escalonados sobre el abismo. Los techos de las casas correspondientes á la callejuela mas baja sostienen literalmente los cimientos de la inmediatamente superior, esta apoya á los de mas arriba, y así sucesivamente hasta la cima. De ese modo se produce un laberinto de construcciones empatadas unas en otras, y el barrio entero no es otra cosa que una estratificacion discordante, ó un monton de peñascos artificiales habitados como cavernas.
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Friburgo posee unos 10,400 habitantes, de los cuales cerca de 600 son reformados y los demas católico-romanos. Sus barrios altos son verdaderamente curiosos bajo el punto de vista artístico, en términos que la ciudad es una de las mas interesantes de Suiza, en ese sentido. Me detendré solo á bosquejar ó mencionar los monumentos mas importantes.
Desde luego llama la atencion en el Bourg la Catedral ó iglesia de San-Nicolas, edificada de 1183 á 1500,—monumento de algun mérito interior y muy notable en el exterior por su magnífica torre única, aislada sobre el gran portal. Esa torre, de un estilo gótico severo y grandioso en sus formas superiores y que mide 117 metros de altura, es por sí sola un monumento. Es muy notable la portada, cuyos bajos relieves representan el juicio final, cuadro tan favorito de las iglesias de la edad média. El juego de campanas de la torre, de muy variadas sinfonías, es acaso el mejor de Suiza. Pero el interes principal para el viajero está en el admirable órgano de la iglesia, obra del artista Aloys Moser, que no tiene rival en Europa, ni en los famosos órganos de Berna y Harlem. Consta nada ménos que de 7,800 tubos, con 64 registros, y sus proporciones son tan enormes que algunos de los tubos miden 10 metros de longitud.
Nada mas curioso y romántico que un concierto nocturno de ese coloso de plomo. Todos los viajeros y curiosos que quieren oirlo compran sus billetes para cierta hora, de modo que la catedral se convierte en una sala de concierto. En Suiza, como en Bélgica y otros países, los sacristanes especulan mucho con las curiosidades de las iglesias, lo mismo que en Alemania especulan los príncipes y reyes con sus ricos palacios, los pasaportes y las casas de juego.
Eran las ocho de la noche cuando entramos al templo, que se hallaba en absoluta oscuridad. En breve los curiosos ocuparon les asientos; cerráronse las puertas y unos cien espectadores aguardábamos el gran concierto. Los tibios rayos de la luna penetraban horizontalmente por las altas ventanas ogivales, quebrándose en las rejas de alambres y proyectando sobre el inmenso órgano y los arcos, relieves y concavidades de las naves un juego magnífico de sombras irregulares y cintas de luz pálida y suave. Bello contraste con las tinieblas del fondo de la catedral, vasto sepulcro de piedra donde se sentia el reprimido murmullo de los espectadores invisibles! Aquella escena tenia no sé qué de profundamente misterioso y solemne, como una iniciacion masónica ó de iluminados.
De repente estalló un coro de rumores cavernosos que hizo estremecer el aire, despertó los ecos mas severos en la mole cóncava de piedra y nos obligó á todos no solo á enmudecer sino á suspender la respiracion. La montaña de plomo comenzaba á llenar con su voz múltiple todos los senos de la montaña artificial de piedra. El concierto infinito, remedo de todas las interjeciones, los gritos y lamentos de la Creacion, habia comenzado. Durante una hora la inmensa arpa metálica nos hizo oir todos los ecos, los rumores, los cantos, las sinfonías, las detonaciones de esa arpa viviente de millones de cuerdas siempre vivas y vibrantes, que se llama Naturaleza. Tal parecia como si escuchásemos el sublime, el inefable concierto del Sinay.
Ya percibíamos la armonía de coros de voces infinitamente finas, infantiles, como si cantasen cien querubines invisibles desde las profundidades áereas de un mundo beatífico; ya sentíamos la queja lastimera, el gemido amante y profundo, el susurro vago, casi imperceptible, como un soplo del zéfiro. Ora dominaba los ecos el canto religioso de toda una comunidad de monjas ó frailes, que parecia comenzar en el coro mismo y luego alejarse en un interminable claustro; ora el canto de guerra, de caza, de victoria, de muerte, de alegría, de esperanza, de tristeza,—todo alternativa ó simultáneamente y en admirable armonía. Tan presto oíamos el silbido lúgubre del viento, el zumbido de los árboles azotados por la borrasca, el ruido del agua al caer sobre las hojas en tenue lluvia ó en violento aguacero, el estruendo del torrente y la cascada, como la voz del ave que canta, gime ó arrulla, el grito del águila sobre las altas rocas, los indefinibles rumores del bosque umbrío, la vibracion metálica del aire desgarrado por el rayo, los rugidos del huracan y el estallido del trueno retumbante.
Unas veces las voces y los ruidos aturdian como si estallaran sobre los tímpanos; otras se alejaban repentinamente ó iban suavizándose por grados hasta desvanecerse cadenciosamente en un eco vago, infinitamente lejano, como si el sonido se perdiese entre los pliegues invisibles del cielo, en los desiertos y abismos del Océano ó en las profundidades recónditas de una selva americana sin fin. Durante un minuto dominaba sola, como un himno divino, una voz de tenor ó de soprano; luego otra de contra-alto, de mezzo-soprano, de barítono, de bajo profundísimo, ó la explosion de un coro de millares de acentos. Ya se sentia la vibracion clarísima de la cuerda ó de la flauta; ya la del clarin, de la corneta-piston, del tambor ó del estrombon.
Todo lo que la voz humana puede remedar lo remedan aquellas 8,000 gargantas de plomo, animadas por el alma misteriosa de la armonía y el soplo del aire espiritualizado por la magia del artista. Todos los rumores, ecos, acentos, gritos, detonaciones y voces que la naturaleza puede producir en sus mas sublimes y poéticas manifestaciones,—eternos conciertos de vida y trasformacion ofrecidos á Dios,—surgen con todo el vigor onomatópico posible de aquel enorme pulmon metálico que no cesa de respirar torrentes de armonía, multiplicando sus himnos como el Océano multiplica las secretas leyendas de la Creacion que se agita en su seno; y llegando á veces á tan maravillosa pureza de sonidos, que parece como si cada tubo estuviese recitando un verso, un salmo, ó pronunciando distintamente una plegaria, imprecacion ó sentencia.
No léjos de la Catedral vive todavía, en el centro de una plazuela, sostenido por pilastras de piedra y barras de fierro, un venerable anciano de cuatro siglos, que es el monumento mas querido de los Friburgueses. Es un tilo sembrado el dia de la victoria de Morat, en honor del acontecimiento y del combatiente que llevó primero la noticia. Con cuánto amor se sientan al pié del venerable tronco, casi cadáver ya, los hijos de la multitud! Bello y poético culto tributado á la vida, cuatro veces secular!
Cerca de la plazuela muestra su sombría cabeza la Torre-maldita, donde se guardaban los instrumentos de tortura, verdadera irrision de aquel árbol, símbolo de victoria y emancipacion. Muy cerca tambien están: la Casa de la ciudad, el hotel ó Palacio del gobierno cantonal y la graciosa iglesia de Nuestra-Señora. Ese templo y los demas que existen en los barrios altos se distinguen por su estilo del Renacimiento, sumamente recargados en su interior de mármoles, dorados, relieves y mil adornos que tanto abundan en todas las iglesias donde los Jesuitas han puesto la mano. Como su sistema consiste en deslumbrar y seducir con exterioridades, decoraciones y cosas de aparato, que hacen de cada templo un teatro religioso y de las ceremonias del culto verdaderas representaciones,—sistema muy eficaz sobre el espíritu curioso del infante, la mujer y el anciano, y que pervierte el sentimiento religioso,—los Jesuitas prodigan siempre en sus iglesias los mármoles, dorados y adornos, las decoraciones y banderolas de colores vivos, las pinturas muy animadas, en fin todo lo que tiene colorido y brillo, lo que atrae, seduce y somete el sentimiento religioso á la fascinacion artística, excluyendo la meditacion, evocando lo mundanal y favoreciendo la táctica de la casuistica. No hay país de Europa que yo haya visitado donde estas observaciones no hayan sido confirmadas sin excepcion: en Francia como en España, en Suiza como en Bélgica, en Austria y en toda la Alemania. Es preciso reconocerlo: el Jesuita es un animal muy hábil para su negocio. Por eso, nada hay que él deteste tanto como la sencillez elocuente, sombría, desnuda y solemne de las catedrales ó iglesias góticas.
El Pensionado y el Liceo son los mas notables monumentos modernos de Friburgo. El primero es un edificio inmenso y regular que tiene al mismo tiempo las proporciones de un palacio real y el aspecto y las formas interiores de un convento. Allí tuvieron su colegio los Jesuitas hasta su expulsion en 1847. Al recorrer los vastos corredores, las soberbias escaleras y los innumerables salones y aposentos del edificio, no puede uno ménos que admirar el talento y la prevision con que la tenaz Compañía sabe establecer donde quiera su residencia y hacerla seductora para la tierna juventud y la infancia. Hoy están en completo abandono el teatro, el salon de música y otros locales que estaban destinados al placer. El inmenso palacio está desierto, y apénas se encuentra en él una pequeña fábrica de sombreros de paja. Los pájaros negros han hecho su nido en otra parte: acaso en otro extremo del mundo. ¡Extraña asociacion que no sabe suscitar sino la admiracion fanática ó el odio!
El Liceo cantonal, especie de Universidad para estudiantes externos, hace honor á Friburgo. En la parte baja se dictan cursos sobre todas las materias profesionales. En los pisos superiores del vasto edificio se encuentran: una hermosa biblioteca de 30 á 40,000 volúmenes, un rico y bien ordenado museo de historia natural, algunas muestras de escultura y varias colecciones muy interesantes de mineralogía, numismática y antigüedades.
Pero los mas grandiosos monumentos de Friburgo, los que revelan el espíritu de la época, son sus dos puentes colgantes, gigantescos en todo, que dominan los abismos del Sarina y su afluente vecino. El primero, construido en cuatro meses en 1834 y emprendido por una compañía particular, se compone de dos cables principales de fierro, apoyados en las extremidades contra hermosos pórticos de órden dórico. Esos cables de formidable potencia sostienen todo el peso de la obra y su resistencia fué ensayada con pruebas increibles. Mide el puente de un pórtico al otro 287 metros de longitud, con 7 de latitud y 55 de elevacion sobre el valle del Sarina. El peso del material empleado en fierro y madera es de 200,000 kilógramos y los cables pueden soportar uno de 240,000. La obra, que costó cerca de 370,000 francos, no solo hace mucho honor al ingeniero y á Friburgo, sino que ha sido de gran utilidad para la vida de la ciudad y su comercio. Baste decir que los carruajes que ahora atraviesan el valle en dos minutos, gastaban en otro tiempo una hora en bajar y subir desfiladeros para pasar de un lado al otro del rio.
El segundo puente, construido en 1840, domina otro abismo: el profundo vallecito del Gotleron, riachuelo que baja al Sarina, despuntando casi la Villa-nueva, por entre un enjambre de molinos. La longitud de ese puente (que no tiene relacion directa con la ciudad) es de 210 metros nomas; pero su elevacion alcanza 97 metros sobre el fondo del vallecito. Si me detengo en estos pormenores no es por manía de hacer descripciones. Repito que no escribo sino para los Hispano-colombianos, y por eso quiero ofrecerles en todo ejemplos provechosos. Friburgo, ciudad pobre de 10,000 habitantes, ha gastado en dos puentes colosales (que son de los mas bellos de Europa en su género) mas de 600,000 francos; y los gobiernos de Hispano-Colombia, con fuerzas enormemente superiores, dejan vegetar en la inaccion á los pueblos por falta de obras semejantes, en tanto que gastan millones y millones en soldados y en tener á sueldo las rebeliones de cuartel ó de sacristía.
Y cosa extraña y que entristece!—esos admirables puentes colgantes no son otra cosa que plagios fecundos que el ingeniero de Europa hace de los puentes que nuestros indígenas inventaron hace siglos. Pero el europeo reemplaza las fuertes pero poco durables lianas con el hierro, el bambú con la tabla de abeto, y el árbol que sustenta el puente con el poderoso estribo de calicanto donde agarra el cable; y la invencion se civiliza y ennoblece. ¿Y qué hacemos los Hispano-colombianos respecto de los europeos? Olvidamos sus grandes invenciones ó aplicaciones útiles, y solo pensamos en plagiar las paradas militares, hacer con nuestros dictadores caricaturas de soberanos, y remedar las modas, el lujo, las vanidades y los vicios de las sociedades europeas.
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A distancia de hora y media de Friburgo visitamos un monumento extraño, de las mas curiosas formas: la ermita ó gruta de la Magdalena. Ella prueba que el hombre, cuando no tiene humor ni fuerza para destruir, se suele entretener por lo ménos en crear estorbos ó cosas inútiles. Despues de atravesar risueñas campiñas regularmente cultivadas, descendimos del coche para bajar á pié por un sendero montuoso, entre bosques de avellanos y hayas, hasta la cima de un enorme peñasco de caliza estratificada, abrupto y severo, que domina la márgen derecha del Sarina. Es en el seno de ese peñasco que se encuentra la gruta.
Desde hace algunos siglos álguien, muy tonto y desocupado, se entretuvo en cavar la gruta sobre el borde del abismo. Un solitario mas tenaz, piadosamente ocioso, ensanchó la obra y la completó, hácia fines del siglo XVIII, trabajando con solo un compañero por espacio de veinte años. Juan Dupré de Gruyères (así se llamaba el romántico arquitecto) convirtió así la gruta, por sustraccion de materia, en una ermita monumental. Un estrecho pasadizo abierto en un relieve de la roca da entrada del bosque de hayas que cubre el terreno al interior de la ermita, por una cavidad que tiene los honores de puerta. Allí vive un pobre viejo, cuyo dialecto aleman incomprensible equivale á la mudez; pero sus gestos son expresivos. Su vida consiste en hacerle á cada curioso la misma explicacion, presentarle un viejo registro para que firme y recibir la propina.
Todo en el interior es triste, romántico y curioso. Los dos zapadores de la roca ó artistas en arquitectura negativa lograron, á fuerza de inaudita labor de demolicion, practicar en el corazón de la peña una iglesia de 20 metros de longitud, 11 de latitud y 7 de altura, con su campanario que mide 22 metros de elevacion. Ademas, una cocina con su chimenea de 29 metros que arroja el humo en medio del bosque superior, un refectorio, una gran sala, sacristía, dos gabinetes, varias celdas, algunas ventanas que dan vista al enorme abismo y las campiñas circunvecinas, una caballeriza, en fin un sótano donde se encuentra un manantial de agua deliciosa. Qué de trabajo empleado allí!
Es curioso ver en todos los muros interiores innumerables y embrolladas inscripciones escritas por los viajeros ó visitantes, unas reducidas á la simple firma (entre las cuales noté el nombre de Alejandro Dumas y de otros hombres célebres), otras exornadas con versos, sentencias y exclamaciones en todos los idiomas. Algún español hubo de visitar la ermita, porque en un muro alcancé á ver cierta interjeccion característica. Al asomarse por alguna de las ventanas se descubre al frente un bellísimo paisaje, pero se siente vértigo al sondear con la mirada el abismo. El Sarina se desliza en el fondo, limpio y silencioso, á mas de 100 metros de profundidad.
Si en el primer momento no puede uno ménos que hacerse la reflexion que he apuntado sobre la inquietud del espíritu del hombre, al salir de la ermita y aspirar de nuevo el aire embalsamado del bosque y las praderas, sabiendo ya que la obra se debe al trabajo paciente y prodigioso de un solitario, infatigable en cavar durante veinte años, tambien se dice uno con orgullo y consuelo: Si el genio humano y el trabajo pueden producir una obra tan notable en lo inútil, qué no han de producir cuando los inspira una idea fecunda y una gran necesidad de creacion!
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