CAPITULO X.

LA REGION DEL OBERLAND.

De Berna á Thun.—Una reflexion sobre la civilizacion moderna.—La villa de Thun.—Magnificencias de su lago.—Unterseen é Interlaken.—El tipo de las paisanas.—El Lütschina.—Grindelwald.—Las neveras y sus grutas.—Escenas sociales.—La vida campestre.

Al tomar el tren que debia conducirnos por el ferrocarril que gira de Berna á Thun, atraidos por el interes del Oberland y sus lagos, fuímos agradablemente sorprendidos por un sistema de wagones ó carruajes que no conocíamos aún, y que mas tarde hallamos adoptado en otros cantones suizos, así como en Wurtemberg y otros Estados alemanes. Era simplemente la aplicacion, en pequeña escala, del sistema de comunidad democrática que, como es sabido, existe en los ferrocarriles de los Estados Unidos de América. En Berna los wagones suntuosos de Alemania, llamados de primera clase, no tienen cabida, y casi todas las gentes de buena sociedad entran en los de segunda. Estos son wagones inmensos, con dos filas de asientos arreglados como las bancas de un teatro, separadas por un pasadizo por donde circulan los viajeros y los empleados conductores que mantienen la vigilancia. En vez de los ocho ó diez viajeros que van encerrados en los wagones de Francia, Inglaterra, etc., en Suiza se reunen cuarenta, cincuenta ó mas en un solo carruaje, y el viajero curioso de observar el país puede salir a la pequeña plataforma que se halla entre cada dos wagones y desde allí contemplar con arrebato ú embeleso las magnificencias del paisaje. El sistema de ese viaje en comun tiene la doble ventaja de mantener la vigilancia de los conductores, á fin de que los viajeros no cometan imprudencias, y que no puedan ocurrir desórdenes y crímines como los que han tenido lugar en muchos ferrocarriles de Europa; y la de establecer entre los que viajan cierta familiaridad cortés y pasajera que hace mas entretenido el viaje y permite el cambio de noticias y observaciones instructivas.

Sinembargo, es preciso reconocer que tal sistema sería inaceptable en los viajes largos ó de mas de cinco horas, en los cuales el viajero desea tener independencia y, al sentirse fatigado, reposar con comodidad. La promiscuidad de los grandes wagones no se acomoda en rigor sino á las costumbres democráticas, y bajo este aspecto me pareció perfectamente suiza. Confieso que el incidente, fútil en apariencia, me dió lugar á una reflexion que, en mi concepto, contiene toda la síntesis de la civilizacion. El ferrocarril, el periódico, el buque de vapor, el telégrafo eléctrico, las exhibiciones industriales, artísticas, etc., y los congresos científicos internacionales, son evidentemente los símbolos ó caractéres distintivos del presente siglo, puesto que en el fondo no significan sino libre competencia, comunidad de intereses, publicidad y cosmopolitismo. La universalidad es, pues, la condicion esencial de todas esas manifestaciones del progreso.

Pero es evidente que si la universalidad hubiese de llevar consigo la uniformidad, la civilizacion se hallaría estancada en breve por falta de personalidad en cada uno de los grandes grupos humanos, y que el espectáculo del progreso se haría tristemente monótono. A ese mal se opone la libre accion de los pueblos, felizmente, y es por esto que la libertad de todos los pueblos interesa mucho á la humanidad entera. En efecto, cada pueblo, según su genio particular, sus recursos y las condiciones de su territorio, se sirve á su modo del instrumento universal de progreso, dándole su fisonomía propia y local; y es de la múltiple y simultánea aplicacion de tantas fuerzas desiguales que resulta la grande armonía de la civilizacion. Así, todos los pueblos civilizados tienen periódicos, es decir, un instrumento comun y universal, pero cada cual les da á los suyos un estilo, una forma y tendencia que lo revelan y le conservan su fisonomía propia, su personalidad. Todos viajan por ferrocarriles y en vapores, pero cada pueblo, según su índole y su territorio, adopta el sistema parcial que mejor le conviene, sin que por eso desaparezca ó sufra la armonía general. ¿No es muy interesante y bello este fenómeno? Por mi parte, á despecho de los que vierten tantos improperios contra el materialismo y la indiferencia del presente siglo, admiro y bendigo en él la creacion venturosa de la alianza entre el cosmopolitismo humano y la personalidad de los pueblos, y entre esta y la del individuo.

Que el lector me disimule esta digresion, de que no he podido prescindir ántes de decirle que de Berna á Thun, remotando el risueño valle del Aar central ó sub-lacustre, el viajero se siente subyugado por el encanto indefinible que atesora la Suiza central. El rio serpentea con rapidez como una inmensa y tortuosa veta de lázuli entre festones de graciosa y límpida verdura; las planicies se desarrollan en mil ondulaciones primorosas; las praderas, los bosques y las plantaciones alternan formando como interminables é irregulares tableros de damas; los caseríos, las aldeas y los rústicos cortijos se destacan donde quiera en pintoresca diseminacion; y bajo un cielo de verano, admirablemente sereno en algunos dias y mas azul que el de las regiones bajas de Europa, se contempla con arrobamiento ese mundo de colosos de hielo, semillero de rios y torrentes, de lagos y cataratas, salpicado de formidables torreones de granito levantados por el arquitecto invisible y divino, y ceñido por anchas fajas de vegetacion sombría y terrazas y anfiteatros admirables, que se llama el Oberland bernés.

En dos horas llegamos á la villa de Thun, asentada graciosamente sobre las márgenes del Aar al pié de una montaña ó colosal peñasco que tiene el mas romántico aspecto. No era nuestro ánimo detenernos en Thun, villa que cuenta mas de nueve siglos de existencia, y que no carece de interes por las excursiones á que convidan sus cercanías. Haré notar solamente á propósito de ese lugar, por donde no hicimos mas que pasar, que teniendo apénas 3,400 habitantes (todos reformados) posee una biblioteca de mas de 7,000 volúmenes con numerosos é interesantes manuscritos, excelentes escuelas, un hermoso hospital y otras ventajas análogas. Esto es característico de Suiza, donde bajo las formas de lo pequeño se encuentran donde quiera las mejores cosas de la civilizacion, gracias á las inspiraciones que la libertad ha dado al genio nacional, y al espíritu de emulacion desarrollado por la autonomía federativa y municipal de los pueblos.

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En el puerto del Aar, situado en el centro de la villa, tomamos el vapor que debia conducirnos por el lago de Thun hasta el pintoresco istmo interlacustre donde demoran Unterseen é Interlaken. Despues de algunos minutos de navegacion remontando el rio, por en medio de primorosas quintas y hoteles que orillan y dominan las dos márgenes, penetramos al lago. Confieso que no tenia idea de la suprema hermosura semi-salvaje que se desarrolla sobre el estrecho horizonte de la cuenca del lago. Verdad es que en Suiza se anda de sorpresa en sorpresa. El conjunto parece tener ciertas formas generales que se resumen en montañas y nevados, rios y lagos, cascadas y torrentes, praderas y chalets, risueñas campiñas y graciosas ciudades y aldeas; y sinembargo, no hay dos objetos de esos que se parezcan: la diversidad de aspectos y formas es infinita, y esto es precisamente lo que difunde el encanto en toda la Suiza.

Los lagos de Ginebra y Neuchâtel nos habian parecido muy bellos é interesantes bajo todos aspectos; pero en ellos hay no sé qué de civilizado, de regular y cadencioso, que agrada mucho pero no sorprende. En los lagos de Thun y Brienz la naturaleza es áspera, sombría y de una melancolía grandiosa. Allí se siente el soplo de las neveras mas penetrante; los rumores son mas acentuados; las cuencas de los lagos tienen, permítaseme la expresion, mucho de personal, privativo y soberanamente original. Así como los lagos Leman y de Neuchâtel tienen un aspecto frances, los de Thun y Brienz lo tienen aleman. Se echa de ver, aunque no se supiera, que las aguas del Leman están destinadas á regar un país frances y perderse en un mar meridional ó latino; miéntras que las del Aar, pasando por románticas cuencas, han de llevarle su tesoro al Rin, el gran rio germánico, y al mar del Norte, como símbolo de esa grande y bella raza alemana, soñadora, individualista, profundamente original, semi-salvaje por su carácter y encumbrada y nebulosa por su espíritu.

Mide el lago de Thun, desde su extremo superior en la isla de Wissenau hasta el inferior, donde se destaca entre magníficos árboles el elegante castillo moderno de Schadau, una longitud de 18 ½ kilómetros por 3,606 metros de anchura, y tiene en su mayor profundidad 234 metros. Sus brisas son variables pero generalmente tranquilas; su altura sobre el nivel del mar es de 586 metros, y sus aguas son de un color verde-azul muy hermoso. En el lago de Thun como en el de Brienz se observa el mismo fenómeno de coloracion que en el Leman, aunque en distinto grado. En efecto, ademas de 19 torrentes, casi todos cristalinos, que recibe en sus márgenes el lago de Thun, su caudal se acrecienta por la ribera izquierda con las aguas muy turbias del Kander y el Simmen reunidos, rios algo considerables que descienden, por estrechas gargantas y angostos valles, de las neveras situadas al sur del grupo resplandeciente de Jungfrau. Pero todas esas aguas, turbias como las del Aar en la region superior, pierden su tinta cenicienta al confundirse en el magnífico recipiente de granito que las trasforma en tranquilas ondas de esmeralda azulosa.

El espectáculo es tranquilo, imponente y completamente rústico. No obstante la irregularidad de los contornos, casi se domina toda la extension del lago de un extremo al otro, y el viajero sorprendido que surca las dormidas ondas á bordo de un vapor, por el centro del valle líquido, se siente rodeado por la majestad de una naturaleza pomposa en su conjunto y alternativamente risueña ó severa en sus rasgos. En derredor se alza un cerco de peñascos abruptos, unos escalonados, otros unidos en poderosas cuchillas, altas montañas arrugadas y ásperos y enormes bastiones de titanes. La cuenca es tan cerrada que apénas deja ver un pedazo del cielo, al mismo tiempo que por entre el abra determinada por el valle del Aar se ve la espléndida mole de Jungfrau reverberando como una inmensa urna de plata….

Pero ese poderoso cerco de montañas graníticas que arrancan desde las ondas mismas, donde bañan sus piés para elevar sus crestas y picos á considerables alturas, tiene un aspecto en que todo interesa, en que lo salvaje y rudo se combina con lo gracioso y apacible. Arriba se ve asomar unas veces la calva cabeza de una roca formidable por entre las grandes manchas formadas por los bosques de abetos que remedan las naves sombrías de las catedrales góticas. Mas abajo las faldas aparecen á trechos cubiertas con las alfombras frescas y tupidas de algunas praderas, ó de repente se ve una rambla estrecha y profunda por cuyos agrios peñascales se precipita algun torrente, saltando de roca en roca en luminosos torbellinos de perlas y espumas y regalando á las brisas su eterno concierto de salvajes rumores. En fin, hácia las márgenes se ven donde quiera graciosísimas aldeas, unas trepadas como centinelas del lago sobre el recuesto de alguna loma, otras sobre la ribera misma, adormecidas á los suspiros de las ondas, á la sombra de algun peñasco enorme, en el fondo de un puertecito en miniatura donde se balancean suavemente algunos barquichuelos toldados con telas de color azul.

Ningún ruido se escapa de esas aldeas donde la vida parece deslizarse en eterna paz, en la dulce calma de la humildad que nada ambiciona. Así, es vivísimo el contraste que hacen con aquel silencio sublime los silbidos prolongados y agudos de la válvula del vapor, al acercarse a algun puerto, los ecos de la música, producidos por una pequeña banda de aficionados, y las conversaciones á bordo entre gentes de todos los países y de diversas condiciones, explicando sus impresiones simultáneamente en las lenguas de Cervantes y Voltaire, de Milton y Goethe, de Dante y Camoens, en medio de aquel paisaje que tiene todo el sello de una originalidad, solemnidad y rusticidad eminentemente poéticas….

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Desembarcamos en Neuhaus, á poca distancia de la desembocadura del Aar, y allí tomamos un cochecito que nos condujo en veinte minutos á Interlaken, pasando por Unterseen, situado en el centro del valle de Baedeli, es decir del istmo que media entre los lagos de Thun y Brienz. Unterseen, pequeña villa de cerca de 1,400 habitantes, que despues recorrimos á pié, no ofrece particularidad ninguna, si bien son curiosas algunas de sus viejas casas de madera de un aspecto que el tiempo y el humo de los hogares han hecho casi sombrío. Es en el extremo superior ó el arrabal de Aarmuhle que comienza la porcion del valle verdaderamente bella, donde se halla el grupo de semi-palacios, tiendas graciosas y jardines que se llama Interlaken (Entre-lagos).

Tal parece como si lo que hay de mas culto y elegante entre los excursionistas de Europa se hubiera dado cita para ir á encontrarse durante algunos dias de cada verano en aquel lindo sitio, que parece un pedazo de algunos de esos elegantes arrabales compuestos de palacios y quintas que se ven en los alrededores de Lóndres, Paris y Berlin. En efecto, desde la salida del arrabal de Aarmuhle comienza una hermosa alameda que va á terminar en el puerto de los vapores del lago de Brienz, compuesta de dos filas de magníficos olmos y nogales, detras de las cuales se extienden lustrosas praderas y se destacan formando calle veinticinco ó treinta hoteles de construccion elegante, rodeados de jardines, terrazas y pabellones de verdura; hoteles que alternan en su larga fila con numerosas casitas de artístico aspecto, donde el viajero encuentra tiendas de perfumería y objetos de viaje, armas y una gran profusion de pequeños museos compuestos de vistas de tipos y paisajes, curiosidades alpestres, cristales tallados, juguetes y muebles nacionales trabajados con madera, hueso, marfil, cuerno, etc., y curiosas muestras de los bordados y tocados del país.

Cada uno de esos hoteles está siempre repleto de viajeros que se suceden y renuevan sin cesar, llegando de todas las comarcas de Europa y dispersándose en direcciones diversas; y por la gran alameda como por los jardines y prados vecinos circulan sin cesar los alegres y apuestos grupos de viajeros, ya visitando las tiendas para comprar curiosidades; ya paseando á caballo ó en ligeros cochecitos en solicitud de los admirables paisajes de las montañas vecinas; ya haciéndose recíprocas visitas, yendo al tiro de carabina, ó dirigiéndose por las mañanas á la elegante Casa de conversacion á tomar los zueros medicinales, ó por las noches á bailar, divertirse, y no pocas veces amontonarse, á horas avanzadas, al derredor de la carpeta verde, plaga inevitable de casi todos los sitios á la moda en Europa durante los veranos.

Es curioso ver el contraste que forman allí los acicalados dandys ingleses con los paisanos berneses, y los vestidos encantadores de las hijas del país, llenos de gracia, candor y originalidad, con los ampulosos y espléndidos trajes de seda ó de ricos linones que arrastran allí las leonas de Lóndres y Paris, barriendo el suelo con sus colas pontificales, y ofreciendo al viento de los nevados solitarios materia para trabajar con brio en las monumentales crinolinas. Se ha dicho siempre que los hombres se revelan comiendo y jugando; y en verdad que nada es mas propio para juzgar á las razas europeas, en su conjunto, que uno de esos banquetes ó comidas de table d'hôte que ofrecen los grandes hoteles, sobre todo en Interlaken, á orillas del Aar, en medio de dos preciosos lagos y ante la majestad de las montañas y los nevados del Oberland.

La mesa, muy buena y barata en Interlaken, estaba espléndidamente servida, en el hotel de los Alpes, donde nos habíamos hospedado, y mas de 150 personas teníamos asiento allí. Se hablaba en todos los idiomas y aun en dialectos, pero el inglés y el frances estaban en enorme mayoría.

Los Ingleses sobre todo tienen particular predileccion por Interlaken. Los franceses trataban de política ó referian sus excursiones, riendo con llaneza y hablando ruidosamente y casi todos á un tiempo, pero siempre corteses, galantes y procurando agradar, por instinto y hábito. Los ingleses, ó guardaban un silencio desdeñoso, como si estuvieran fuera de su esfera, ó comian mucho y bebian mas, sin hacer caso de nadie ni preocuparse con ninguna galantería, ó conversaban sobre cosas profundamente insustanciales; pero unos y otros querian ser los primeros servidos en todo caso y ponderaban candorosamente el gusto de todo plato con su inevitable very nice que les sirve para lodo. Es curioso observar que el Inglés en todo país extranjero tiene el privilegio de mirar, with reluctance, todo lo social, y encontrar que toda cosa comible es very nice y todo objeto físico, aun la piedra mas insignificante, very beautiful indeed.

Nada nos agradó tanto en esas horas de banquete ó mesa comun como el gracioso tipo de las mujeres que servian, pues en Interlaken el servicio de la mesa es femenino y esta proscrita la peste de los garçons vestidos de baile, tiesos y ceremoniosos como dandys de cocina. La linda muchacha bernesa que servia la parte de la mesa en que nos hallábamos tenia el tipo mas simpático y se nos grabó mucho en la memoria. Que el lector me permita retratarla, y tendrá idea de las paisanas de Interlaken, semejantes en lo mas notable á las del resto del canton de Berna.

Era la chica una apuesta jóven de 22 á 24 años, sencilla, candorosa y muy servicial, de mediana talla, pelo de un rubio casi amarillento, cara ovalada, fina y sonrosada, ojos de un bello azul oscuro, grandes y tímidos, nariz delicada y preciosa boca. Su complicado y elegantísimo vestido, que era el del país, se componia de una camisa de muselina muy blanca, sin cuello, graciosamente plegada en el pecho, con anchas mangas abombadas hasta la mitad de los brazos; un corpino de seda violeta con ribetes azules, abotonado por delante y muy avanzado hácia abajo, llegando solo hasta la altura de la mitad del pecho y la espalda, y sujeto con unas cadenas de plata en forma de calzonarias; estas se desprendian de los hombros, por dos piezas de seda azul que los cubrian, y caian pendientes hasta abajo de la cintura, sobre enaguas muy plegadas y nada ampulosas, de una especie de muselina de color de castaña, que salian debajo del corpiño. Agregad á eso un lindo chal de listas azules atado al cuello en forma de corbata con el nudo atras, una rosa natural prendida del borde superior del corpiño, un espeso moño de hermosas trenzas ceñido por una ancha cinta negra en forma de corona, dos redes de seda negra en los brazos atadas con cintas arriba de los codos, bajando hasta los puños y dejando ver la redondez y la frescura de esos miembros, y en fin un par de botines calzando sencillamente dos piés enanos: agregad esos pormenores, digo, y tendreis completo el atavío de una paisana de Interlaken.

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Entre las diversas excursiones muy interesantes que se pueden hacer hácia las montañas nevadas, tales como las de Grindelwald, Lauterbrunnen, Kandersteg, etc., escogimos la primera, esperando, no sin razón, encontrar variadas y muy gratas impresiones. El camino, que es carretero, aunque difícil y muy pendiente cuando trepa las montañas, atraviesa el valle, y pasando por delante de tres ó cuatro aldeas rodeadas de bosques y vergeles, casi por el pié de una colina donde se destacan aún las ruinas del castillo de Unspunnen, penetra al estrecho valle del Lutschine, riachuelo que desciende á saltos, atormentado y espumante, por un lecho de grandes rocas y peñascales. En breve el valle se va estrechando entre empinadas y ásperas montañas de salvaje aspecto, donde descuellan cien picos abruptos entre bosques magníficos de abetos, y el viajero contempla con arrebato sucesivamente los soberbios nevados de la Jungfrau [19], del Monch, el Eiger y el Wetterhorn.

[19] La Jóven Doncella: llamado así porque hasta 1811 nadie habla podido escalarlo y hollar sus blanquísimas nieves.

Despues se encuentra la confluencia de los dos riachuelos del mismo nombre de Lütschina, llamado el uno blanca (Weisse), que baja de las alturas de Lauterbrunnen, y el otro negra (Schwarze,) que desciende, por la derecha del Eiger y su base, de las neveras de Grindelwald. Pasamos el ruidoso riachuelo y comenzamos a subir lentamente, por encima de la márgen derecha del Lütschina negro, la cuesta que conduce al alto vallecito objeto de nuestra excursion. Confieso que jamas en mi vida habia experimentado tan suprema felicidad como en aquellos momentos. Tenia delante y en derredor todas las hermosuras de una naturaleza severa, salvaje, grandilocuente por sus rumores y su aspecto, deslumbradora y preñada de infinita poesía; y á mi lado, soñando despierta como y o, la mujer adorada, la compañera y el ángel guardián de mi vida….

El cochero nos parecía invisible; creíamos que alguna fuerza nos arrastraba como por encanto: tal era el embeleso de nuestra completa contemplacion de la naturaleza. A cuántos séres no habrá hecho dichosos la admirable Suiza! Habíamos olvidado enteramente la sociedad y sus pasiones, sus luchas, miserias y pesares, y solo sentíamos nuestras almas empapadas de amor y de ese sentimiento infinitamente religioso que se llama la adoracion de lo bello y lo sublime….

La cuesta caracoleaba por entre lomas y peñascos, en el centro de una angosta garganta formada por colosales y desnudas moles de granito, cercadas en sus bases por bosques seculares de abetos. De trecho en trecho encontrábamos algun rústico chalet solitario aguardando que el otoño hiciese volver sus habitantes, ó veíamos alguna praderita medio escondida en medio de los bosques. En el fondo del abismo bramaba el torrente, sacudiendo su parda y espumante melena, colérico y oprimido, contra cada peñasco que le cerraba el paso para procurarle una caída. Y arriba … un cielo maravillosamente bello, como un lago Leman suspendido en la atmósfera, coronando y arropando las cúpulas de los nevados, que nos parecian los tronos resplandecientes y severos del genio de la Suiza….

Al llegar al onduloso vallecito de Grindelwald la escena cambió notablemente, ofreciéndonos un bello cuadro de contrastes. Nos habíamos apeado del ligero cochecito delante del elegante hotel del Águila (Eiger) de formas enteramente nacionales. Detras de nosotros, en la direccion del lago de Brienz, teníamos una formidable barrera de montañas casi desnudas y de aspecto rudo. A nuestra izquierda se extendia, hácia el N.-E., lo que se llama el valle, que es una sucesion de planos inclinados, ascendentes hácia lejanas neveras, muy accidentados y cubiertos de aldeas y chalets en gracioso desórden, pequeñas praderas y muchas plantaciones de legumbres, árboles frutales y cereales. Al frente se ostentaban como dos gigantes el soberbio nevado del Eiger, al S., redondo en su base, y al N.-E. el Mettenberg, teniendo en medio, en la parte baja, la nevera inferior de Grindelwald, que descendía hasta el fondo del valle, y en la parte superior los nevados Viescherhorner, cerrando el horizonte como una fortaleza colosal de cristal ó de plata. En derredor tentamos el pueblo de Grindelwald, que cuenta casi 3,000 habitantes (todos reformados); y nos halláiamos a 1,550 metros de altura, casi en el centro del valle, que mide 20 kilómetros de longitud y 5 de anchura.

La nevera nos atraía poderosamente con la solemne fascinacion de su hermosura, y la contemplábamos á la distancia de 1,500 metros con infinito encanto. Un guia nos condujo á pié hasta los primeros bancos de hielo. Queríamos ver de cerca la fuente ó salida del Lütschina-negro y penetrar en las grutas de hielo, magníficas alcobas de cristal que la naturaleza fabrica en masa y que los paisanos se encargan de perfeccionar para seducir al viajero curioso. El espectáculo de la salida del grueso torrente es realmente bello. El banco inmenso de hielo, pardo y onduloso, se detiene repentinamente á la vera del valle, formando una alta muralla que parece cortada á pico. Bajo su borde se abre la boca sombría del abismo de misterios que se esconde bajo la montaña de hielo, y por la abertura abovedada sale como una furia el torrente, repentino y atormentado cual si lo vomitase algun gigante abrumado por el peso de la inmensa mole cristalina. Es un rio sin principio visible, rio de torbellinos y borbotones espumantes y de rocas de hielo desprendidas de los abismos interiores, que salta en ondas frenéticas sobre un lecho de pedriscos grises y arenas graníticas, haciendo un ruido ensordecedor que contrasta mucho con la majestad silenciosa de la gran fábrica helada de torrentes.

Comenzamos á trepar lentamente, sobre los bancos de hielo para llegar, por en medio de profundas grietas, hasta la gruta principal abierta en el fondo de una ancha hendedura en forma de callejón. Descendimos y entramos por la boca principal. La cavidad de la gruta era apénas de unos cinco piés de anchura y nueve de elevacion, y seguia un giro tortuoso, en una longitud de 35 metros. Teníamos encima de nuestras cabezas una capa de hielo de 50 piés de espesor, y en el extremo interior de la gruta habian practicado, aprovechando una grieta, un conducto de tres piés de cavidad por donde entraba la luz y se subia, con el auxilio de una escalera de palos, hasta salir el aire libre sobre la superficie de la nevera.

Las paredes y el techo de la gruta tenian una hermosura luminosa increíble; por todas partes se escapaban hilos de agua purísima como cascadillas de perlas sonrosadas, y los muros presentaban colores muy variados, ya el blanco de la esmeralda pálida ó el blanco mate de la nieve, ¡Qué indifinible emocion la que sentímos allí, cogidos de la mano, en aquella atmósfera de la mas deliciosa frescura, bajo esa bóveda de cristal húmedo y tornasolado, aislados del mundo entero y en inefable arrobamiento!… Nuestro guia habia trepado por la escalera para darnos el ejemplo; por eso no pudo percibir si un eco delicioso del interior de la gruta era producido por el rumor de las cascadillas microscópicas, ó por un ósculo de infinito amor que habia saludado aquella mansion de los misterios de la naturaleza…. Cuando salimos á lo alto de la escalera nos parecia que habíamos vivido en cinco minutos diez años de ventura desconocida.

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Una hora despues, cuando reposábamos en el hotel del Águila, comiendo frutas, deliciosa leche, miel de abejas y riquísimo queso auténtico del valle, vímos desfilar sucesivamente por delante del hotel una procesion de paisanos y una carabana de ingleses excursionistas, que nos llamaron la atencion. El contraste vale la pena de una breve descripcion.

La carabana de ciudadanos de la Gran Bretaña se componia de diez ó doce individuos. Bajaban de las altas montañas, á donde habian ido á hacer una excursion, y venían á paso lento, caballeros en enormes y pacientes mulas, montados en sillas del país bastante rústicas y de notables dimensiones. Todos vestían casaca, pantalon, corbata y chaleco negros, como si vinieran de un entierro, y soportaban los picantes rayos del sol con singular filosofía, cubiertos con sus sombreros negros de ala plana y copa encumbrada, enteramente como si anduvieran de paseo por Regent Street ó Hyde Park. Dos ó tres mas cuidadosos de sus personas traían paraguas abiertos; otros dos bajaban armados de grandes anteojos de larga vista, y los demas, completamente dandys, empuñaban flexibles bastoncitos fashionables, con las manos finamente cubiertas con guantes amarillos de cabritilla. Es incuestionable que el tipo inglés se presta mucho á la risa en sus excursiones de todo género; pero tambien es preciso reconocer que en esa filosofía altanera que le distingue aun en medio de los abismos alpinos, el Inglés no manifiesta, en el fondo, otra cosa que dos fuertes y bellos sentimientos: el de la personalidad, que se sobrepone á los usos ajenos, y el de la patria, que le hace tener la ilusion de que al andar por un valle de los Alpes se está paseando en su parque de Inglaterra ó su calle favorita.

La interesante procesion de paisanos salia de la iglesia principal (era domingo) y se dirigia, silenciosa pero de buen humor, hácia una casa donde se iba á celebrar una boda. Mas de trescientos paisanos de uno y otro sexo desfilaron por delante de nosotros, por pares ó en pequeños grupos. Los hombres, en lo general de talla mas que mediana, delgados y bien musculados, eran notables por el mirar franco de sus ojos azules, sus fisonomías rudas pero sencillas, abiertas y simpáticas, y el andar lento y seguro. Vestian todos calzon angosto y chupa de paño burdo, color de castaña ó pardo, sombreros de paja, pintados de negro, de alas angostas y copas monumentales á estilo de cubiletes; y calzaban gruesos botines claveteados ó zuecos de madera bien trabajados. Cada cual llevaba en la boca una enorme pipa de porcelana con pinturas, empatada en una caña negra ó amarilla de un pié de longitud y pendiente del labio inferior sin apoyo ninguno de la mano.

En cuanto á las mujeres, sus fisonomías eran mas dulces y sus vestidos verdaderamente graciosos. Todas tenian cabelleras abundantes de un rubio color de oro, atadas por fuera de las cofias formando enormes roscas, ó pendientes sobre las espaldas en espesas trenzas con grandes lazos de cintas negras. Si el mayor número de las paisanas no llevaban en la cabeza sino sus grandes cofias negras con anchos encajes de punto, muchas tenian coronas de enormes rosas artificiales. Usaban todas corpiño y enaguas de paño negro ó color de castaña, con mangas, pechera y delantal de muselina ó indiana blanca. Así mismo, todas revelaban su benignidad de carácter y su modesto bienestar en sus redondas carnes, sus rosadas mejillas, su risa candorosa y afable y sus ojos azules llenos de dulzura.

Toda esa poblacion de Grindelwald tiene sus habitaciones fijas en el valle, pues á pesar de su altura y de la vecindad de los nevedos está protegido contra muchas borrascas. En el verano cultivan unos los campos, y otros suben á las montañas á cortar maderas ó cuidar los rebaños y fabricar quesos. En el invierno descienden á su distrito y aldeas del valle, y miéntras los mas fuertes se ocupan en bajar de las montañas las maderas cortadas, los demas se encierran en sus casas á trabajar bordados y encajes, fabricar curiosidades de madera, tallar y pulir cristales, etc.

El dia declinaba y era preciso volver á Interlaken: montamos otra vez en nuestro cochecito y emprendímos la bajada, dando un saludo de admiracion al espectáculo prodigiosamente bello y variado que con tanta delicia habíamos contemplado.

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