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Breve y sumaria relación de los señores, y maneras y diferencias que había de ellos en la Nueva España, y de la forma que han tenido y tienen en los tributos: por el doctor Alonso de Zorita (sin fecha)[866].

Entre estos naturales—dice—había y hay, donde no los han deshecho, tres señores supremos en cada provincia, y en algunas cuatro, como en Tlaxcala y en Tepeaca; y cada uno de estos señores tenía su señorío y jurisdicción conocida y apartada de los otros. Había otros señores inferiores ó caciques. En México y en su provincia había tres señores principales: el de México, el de Tezcuco y el de Tlacopan ó Tacuba. En asuntos de guerra los señores de Tezcuco y Tacuba obedecían al de México; pero en lo demás eran iguales. Aunque en la sucesión de dichos señoríos supremos eran diferentes los usos y costumbres, la más común era por sangre y línea recta, de padres á hijos. No sucedían las hijas, sino el hijo mayor, habido en la mujer más principal de todas las que tuviera el señor, debiéndose notar que se consideraba principal si era una de las señoras de México. Si el hijo mayor, por enfermedad o por otra causa, no podía gobernar, el padre señalaba otro. Si sólo tenía hijas y alguna de ellas tenía hijos, el señor nombraba á un nieto. Los nietos de los hijos eran preferidos á los de las nietas, debiendo siempre entenderse que la madre del heredero fuera mujer principal. Si el señor no tenía hijos ó nietos, era elegido por elección uno de sus hermanos; y si tampoco tenía hermanos, recaía la elección en un señor principal. Cuando faltaba sucesor al señor de México, el elegido por los señores principales era confirmado por los señores supremos de Tezcuco y Tacuba; cuando faltaba sucesor á los señores supremos de Tezcuco ó Tacuba, los señores principales elegían su correspondiente sucesor, que era confirmado por el de México. En algunas partes, en México, por ejemplo, sucedían los hermanos aunque hubiese hijos; mas, acabados los hermanos, tornaba la sucesión por el orden dicho á los hijos del señor. Moctezuma sucedió á dos hermanos suyos que reinaron antes que él. Para la sucesión y para la elección se tenía en cuenta el valor y, en general, las buenas cualidades del elegido.

El elegido era llevado al templo, lo subían por las gradas cogido del brazo dos indios principales y lo cubrían con dos mantas de algodón, una azul y otra negra, en las cuales estaban pintados muchas cabezas y huesos de muertos, para que se acordase que se había de morir como los demás. Últimamente, el ministro le dirigía la siguiente plática: «Señor mío; mirad cómo os han honrado vuestros vasallos, y pues ya sois señor confirmado, habéis de tener mucho cuidado de ellos, y mirarlos como á hijos; y mirad que no sean agraviados, ni los menores maltratados de los mayores. Ya veis cómo los señores de vuestra tierra, vuestros vasallos todos, están aquí con sus gentes, cuyo padre y madre sois vos, y como tal los habéis de amparar y defender y tener en justicia, porque los ojos de todos están puestos en vos, y vos sois el que los habéis de regir y dar orden. Habéis de tener gran cuidado de las cosas de la guerra, y habéis de velar y procurar de castigar los delincuentes, así señores como los demás, y corregir y enmendar los inobedientes. Habéis de tener muy especial cuidado del servicio de Dios y de su templo, el que no haya falta de todo lo necesario para los sacrificios, porque de esta manera todas vuestras cosas tendrán buen suceso y Dios tendrá cuidado de vos.»

Acabada la plática, el señor otorgaba todo aquello y daba las gracias. Todavía se celebraban otras fiestas antes que el señor supremo comenzaba á desempeñar su cargo.

La segunda clase de señores se denominaban tec-tecutcin y eran nombrados por los señores supremos, sólo de por vida, en premio de sus hazañas en la guerra ó en servicio de la república. Dábales el señor supremo sueldo y ración.

La tercera clase de señores tenían el nombre de calpulles (tribu entre los israelitas), y la cuarta de pipiltzin, principales (los que en Castilla llamamos caballeros).

Acerca de la administración de justicia en México, en Tezcuco y en Tacuba había jueces a manera de Audiencia que aplicaban rectamente las leyes. Percibían el salario que les asignaba el señor. «Dicen los religiosos, antiguos en aquella tierra, que después que los naturales están en la sujeción de los españoles, y se perdió la buena manera de gobierno que entre ellos había, comenzó a no haber orden ni concierto y se perdió la justicia y policía y execución de ella, que entre ellos había, y se han frecuentado mucho los pleitos y los divorcios, y anda todo confuso.»[867] Riñendo un español con un indio, como el primero le llamase ladrón, embustero y otras palabras injuriosas, contestó el segundo: «de vosotros he aprendido todas esas cosas.»

Dichos jueces se colocaban al amanecer en sus estrados de esteras, donde permanecían hasta dos horas antes de ponerse el sol; oían los pleitos y daban las sentencias. Las apelaciones iban ante otros doce jueces, los cuales sentenciaban con parecer del señor. Lo más que duraba el pleito era ochenta días. No hacían distinción los jueces entre ricos y pobres, grandes y pequeños: «y porque un juez favoreció en un pleito a un principal contra un plebeyo, y la relación que hizo al señor de Tezcuco no fué verdadera, lo mandó ahorcar y que se tornase a ver el pleito, y así se hizo, y se sentenció por el plebeyo.»[868]

En las provincias y pueblos había jueces ordinarios, que tenían jurisdicción limitada para sentenciar pleitos de poca calidad y para prender a los delincuentes. Cada cuatro meses (el mes era de veinte días) acudían a una junta ante el señor—junta que duraba de diez a doce días—donde se terminaban los pleitos importantes y los asuntos criminales, como también se trataban y resolvían otros asuntos de la república, adquiriendo dichas juntas el carácter de cortes.

Existían cárceles públicas para los delincuentes.

Celebrábanse los matrimonios conforme disponían sus leyes. Los solteros podían tener mancebas: un soltero se dirigía al padre de una joven y la pedía sólo para haber hijos. Cuando tenían el primer hijo, los padres de la joven requerían al mancebo para que la tomase por mujer o la dejara libre.

Las casas de los señores eran grandes y tenían jardines y huertas.

Ricos y pobres, grandes y pequeños criaban, educaban y enseñaban con todo esmero a sus hijos. Dignos son de encomio los consejos que daban los padres a sus hijos.

En carta que Hernán Cortés escribió al Emperador le decía que Tlaxcala era más grande, fuerte y de tan buenos edificios como Granada; que se hallaba abastecida de pan, aves, caza, pescado y legumbres; que había joyerías de oro y de plata, de piedras preciosas, de loza, etc.; que abundaban las tiendas de vestidos y calzado. Por lo que respeta a México también son de Cortés las siguientes palabras: «Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado, y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza, dos veces más grande que la de la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales, donde hay continuamente más de sesenta almas comprando y vendiendo, donde hay todo género de mercadurías que en toda la tierra se hallan, así de mantenimiento como de vitualla, joyas de oro y de plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas. Véndese sal y piedras labradas y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y sin labrar, de diversas maneras. Hay calle de caza, donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra: gallinas, perdices, codornices y abantos, garcetes, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuelas, papagayos, buharros, águilas, alcones, gavilanes, cernícalos y de algunas aves de rapiña; venden los cueros con su pluma y cabeza y pico y uñas; venden conejos, liebres, venados y perros pequeños, que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios, donde hay todas las raíces y hierbas medicinales que en la tierra se hallan, y casas como de boticarios, donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos y emplastos. Hay casas donde dan de comer. Hay hombres, como los que se llaman en Castilla ganapanes, para traer cargas. Hay mucha leña, carbón, braseros de barro, y esteras de muchas maneras para camas y otras más delgadas para asiento, para esterar salas y recámaras. Y todas las maneras de verduras que se hallan, especialmente cebollas, ajos, puerros, mastuerzo, berros, borrajas, acederas, tagarninas, cardos. Hay frutas de muchas maneras, como ciruelas, cerezas, que son semejantes a las de España. Venden miel de abejas y cera, y miel de cañas de maiz, que son tan melosas y dulces como las de azúcar, y miel de unas plantas que en las islas llaman magüey, que es muy mejor que arrope; y de estas plantas hacen azúcar y vino y lo venden. Muchas maneras de hilado de algodón, de todos colores, en sus madejitas, que parecen propiamente a las del Alcaicería de Granada en las sedas, aunque este otro con mucha más cantidad. Venden colores para pintores cuantos se pueden hallar en España, y de tan excelentes matices, cuanto pueden ser. Venden cueros de venado, y son con pelos y sin ellos, muy blancos y teñidos de diversos colores. Venden mucha loza, en gran manera buena: tinajas grandes y pequeñas, jarros, ollas y otras infinitas maneras de vasijas, todas de singular barro y las más vidriadas y pintadas. Venden mucho maíz en grano y en pan, que hace mucha ventaja, así en grandor como en sabor a lo de las islas y Tierra Firme. Venden pasteles de aves y empanadas de pescado. Venden mucho pescado, fresco y salado, crudo y guisado. Venden huevos de gallina y de ánsares, y de todas las otras aves que he dicho en gran cantidad; venden tortillas de huevos hechas. Finalmente, que en estos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en la tierra, que son tantas y de tantas calidades, que, por la prolixidad y por me ocurrir a la memoria y por no saber los nombres, no las digo»[869].

Añade que en dicha plaza se halla una buena casa, especie de Audiencia, donde diez o doce jueces libran todos los casos y cosas que en el mercado acaecen.

Levántanse muchos templos en la ciudad, donde adoran a sus ídolos; residen continuamente en ellos los religiosos, todos vestidos de negro; nunca cortan ni peinan el cabello. Los templos tienen sus torres; en el principal se halla una que es más alta que la de la iglesia mayor de Sevilla.

Pagaban tributos en México los tec-calli, que eran gentes dependientes de los señores llamados tec-tecutcin; los calpulles o chinancalli, que eran labradores de tierras propias; los mercaderes, y los tlalmaites o mayegües, labradores que cultivaban tierras ajenas. No pagaban tributos los teutles ni los pilles, servidores del señor supremo, ni las viudas, ni los hijos solteros, ni los mendicantes, ni los impedidos para trabajar, ni los que se ocupaban en el culto de los ídolos. Pagaban los labradores los tributos en maíz, frígoles, algodón, etc.; los mercaderes en lo que trataban (joyas, ropas, plumas, etc.). Se ignora lo que valdrían los tributos, pero puede asegurarse que era poco.