CAPITULO XIX

Capitanía general de Guatemala (Continuación).—El presidente Escobedo: los piratas: Albemale y los misioneros.—El presidente Sierra.—Una limosna al rey de España.—Recopilación de Indias.—Los presidentes Alava y Enriquez de Guzmán: reformas.—Nicaragua, Costa Rica, Honduras y El Salvador.—El presidente Barrios en Guatemala.—Expedición al Petén y Lecandón.—El presidente Sánchez de Berrospe.—Gobierno de la Audiencia, de Ceballos y de Cosío.—Costa Rica y Nicaragua.—El presidente Rodríguez de Rivas: terremoto de 1717.—Nicaragua, Costa Rica, Honduras y El Salvador.—Guatemala: gobiernos de Echevers y de Rivera Villalón.—Rivera Santa Cruz.—El arzobispado.—Los presidentes Araujo y Vázquez Prego.—Reformas.—Gobierno de Velarde.—El presidente Arcos.—Los misioneros.—Los presidentes Fernández de Heredia y Salazar: expulsión de los jesuítas.—El presidente Mayorga: terremoto de 1773.—Traslación de la capital al valle de La Virgen.—América Central.—El presidente Gálvez: reconquista de Omoa y de Roatán: colonia española en Trujillo: expedición a Río Tinto.—El presidente Estacherría.

Nombrado (29 octubre 1671) presidente, gobernador y capitán general D. Fernando Francisco de Escobedo, general de artillería, Gran Cruz de la orden de San Juan y bailío de Lora, llegó a Guatemala en febrero de 1672, y como de costumbre, tuvo recibimiento entusiástico. Emprendió en seguida la construcción de un fuerte en el río San Juan de Nicaragua, que se llamó de la Concepción, y cuyo nombre dejó poco después por el del río, esto es, San Juan. El 6 de noviembre de 1674, porque cumplía trece años Carlos II, se celebraron solemnes fiestas reales (corridas de toros, carreras, sortija, estafermo, luminarias, etc.). Mayores y más suntuosos fueron los festejos que se hicieron cuando el Rey tomó en sus manos las riendas del gobierno.

Tiempo hacía que se hallaban amenazados por los piratas los establecimientos españoles de aquella parte de las Indias, hasta que por la metrópoli hubo de ser nombrado gobernador de Jamaica el duque de Albemale, con encargo de exterminar a los corsarios, lo que realizó—según refiere Alcedo—ahorcando a cuantos pudo haber a las manos. Por otra parte, los misioneros llevaron la civilización a las islas de la América Central, y con este motivo ya no tuvieron segura morada los aventureros y piratas.

Entre el obispo D. Juan de Ortega Montañés por un lado, Escobedo y los oidores Roldán y Novoa por otro, se declaró tenaz contienda, acordando el gobierno de la metrópoli que el licenciado D. Lope de Sierra Osorio se encargara del poder de Guatemala y abriese el juicio de residencia (1678). «Muy bien se lo tenían merecido todos—dice Ximénez—y aun mayores castigos, por las iniquidades que habían ejecutado»[336].

Obedeciendo órdenes de la metrópoli, Sierra Osorio convocó una junta con el único objeto de pedir en nombre del Rey algún donativo, pues tanta era la penuria de la corte. Expusieron algunos de los concurrentes la suma miseria a que estaba reducido el reino, acordando servir al monarca con veinte mil pesos, siempre que se les concediese permiso para comerciar con el Perú. Recordaremos que en el año 1680 se publicó la famosa Recopilación de Indias, en la cual se hallan las cédulas, cartas, provisiones, ordenanzas, instrucciones, autos y otros despachos expedidos para el buen gobierno de las colonias, desde el reinado de Carlos I hasta el de Carlos II, en un lapso de tiempo de cerca de ciento sesenta años. También en 1680 se terminó el edificio de la catedral, cuyas obras comenzaron en el de 1669. Suntuosas fueron también las fiestas que se celebraron con motivo del matrimonio de Carlos II con María Luisa de Orleans.

Nombróse presidente y gobernador interino, con encargo de continuar el juicio de residencia de Escobedo, al licenciado D. Miguel de Augusto y Alava, caballero de la orden de Alcántara (1681). Nada digno de contar ocurrió en Guatemala desde el año 1681 hasta el 1683, en que vino a hacerse cargo de la presidencia D. Enrique Enríquez de Guzmán, caballero también de la orden de Alcántara, individuo del Consejo de guerra y de la Junta de Indias y armadas. El nuevo presidente mejoró el estado de los hospitales de la ciudad y protegió las tentativas hechas por los misioneros dominicanos para continuar las reducciones de indios infieles. Entre el gobernador de Soconusco y el Sr. Núñez de la Vega, obispo de Chiapa, ocurrieron serias desavenencias, en las cuales hubo de intervenir y, por cierto, con verdadero espíritu de justicia, el presidente Enríquez y luego el Consejo de Indias. El Rey aprobó las providencias del presidente de Guatemala, terminando la famosa cuestión. Habiendo fallecido por entonces D. Alvaro de Losada, gobernador de Nicaragua, vino a reemplazarle el maestre de campo don Gabriel Rodríguez Bravo de Hoyos. Sobrevinieron en seguida graves disturbios, contribuyendo a ello la torpeza de Rodríguez, a quien sucedió (1693) D. Pedro Jerónimo de Colmenares. Habremos de recordar que la provincia de Costa Rica, a fines del siglo xvii, estaba en completa decadencia, no sin que para ello influyesen las frecuentes correrías de los corsarios. Dichas correrías obligaron a los habitantes a retirarse al interior, abandonando los cultivos de los puntos próximos a la costa. Por lo que respecta a la provincia de Honduras, allí se reunieron en 1689 muchos piratas, dirigiéndose algunos a Trujillo, donde cometieron toda clase de atrocidades. La provincia de El Salvador, a últimos del siglo xvii, hasta bien entrado el siglo xix, estuvo gobernada por un alcalde mayor, dependiente del gobierno central de Guatemala. En el citado año de 1694 era alcalde mayor de El Salvador y San Miguel, D. José de Calvo y Lara, sucesor de D. José Hurtado de Arias.

Continuando la historia de Guatemala, procede que digamos que el general Enríquez de Guzmán dimitió el mando el 1687, viniendo a reemplazarle en enero de 1688 el general D. Jacinto de Barrios Leal, caballero de la orden de Calatrava. Cuéntase que al desembarcar en la costa del Norte fué robado por las piratas. Si en la primera época de su gobierno mostró cierta moderación y prudencia, pronto hubo de romper con la Audiencia, y la causa tuvo origen—según refiere Fuentes y Guzmán en la Recordación Florida—en una centella amorosa, que a un tiempo mismo ardía en el corazón del Presidente y nacía en el del oidor Valenzuela. Habiendo llegado a conocimiento del gobierno de la metrópoli lo que ocurría, se nombró juez pesquisidor al licenciado D. Fernando López Ursino y Orbaneja. Llegó Orbaneja el 25 de enero de 1691 y se encargó en seguida del gobierno, el cual tuvo hasta diciembre de 1694, pues el Consejo de Indias no encontró nada censurable en Barrios Leal. Inmediatamente que volvió al poder, sólo pensó en vengarse de sus enemigos, y para él eran sus enemigos todos los que se pusieron de parte del oidor Valenzuela. En seguida pensó en la conquista del Petén y Lecandón. Entre las personas importantes que consultó para la realización del plan—y por cierto que no fué atendido—se encuentra el famoso cronista Ximénez, que formó parte de la expedición. Poco consiguió Barrios Leal en su difícil empresa, y a su vuelta falleció el 12 de noviembre de 1695.

El 25 de marzo de 1696 hizo su entrada en Guatemala D. Gabriel Sánchez de Berrospe, nombrado gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia. Berrospe, no sólo conquistó y fortificó el Petén, sino acabó de someter la provincia de Lecandón. Del gobierno de Costa Rica se encargó en 1698 D. Francisco Serrano de Reyna. A la sazón, como antes y después, frailes recoletos, procedentes de Guatemala y de Nicaragua, se dirigieron a las montañas de Costa Rica, logrando atraerse a los indígenas mediante la predicación y el convencimiento.

Rotas las relaciones entre el gobernador Sánchez de Berrospe y el obispo Navas, como también entre aquél y el oidor Amézquita, el gobierno de la metrópoli tuvo el mal acierto de nombrar visitador a don Francisco Gómez de Madriz, que llegó a Guatemala en los últimos días del año 1699. Madriz era un hombre inmoral: quería enriquecerse en poco tiempo y para ello no reparaba en los medios más censurables. También dió algunos escándalos, pues requería de amores a no pocas mujeres casadas. A tal punto llegó su desvergüenza, que los vecinos de Guatemala obligaron a Sánchez de Berrospe a encargarse del poder, no obstante su falta de salud; pero Madriz, arrostrando las iras populares, le confinó al pueblo de Patulul. Tampoco hizo caso de la Audiencia, entablándose formal y reñida lucha entre aquélla y el citado pesquisidor. Sucesos censurables se originaron en Guatemala, logrando al fin la Audiencia que el insolente juez abandonase la ciudad. En los últimos días de marzo de 1701 se recibió en Guatemala la noticia del fallecimiento de Carlos II (1.º noviembre 1700) y la sucesión al trono de Felipe V de Borbón.

Habiendo renunciado el gobierno Sánchez de Berrospe (1701), emprendió su regreso a la península en los comienzos de 1702, quedando la Audiencia con el poder, hasta que llegó en mayo de dicho año don Alonso de Ceballos y Villagutierre, de la orden de Alcántara, clérigo ilustrado y hombre tolerante. Al poco tiempo murió el virtuoso obispo Las Navas (2 noviembre 1702) y un año después el gobernador Ceballos (27 octubre 1703). Sucedióle el oidor Duardo.

Don Toribio de Cosío y Campa, caballero de la orden de Calatrava, tomó posesión de la autoridad suprema el 2 de septiembre de 1706. El nuevo gobernador, aunque estaba dominado por el lucro y sólo pensaba en adquirir dinero para volver a su país, era hombre bondadoso. Preocupábale el estado de Costa Rica y de Nicaragua, provincias expuestas siempre a los ataques de los zambos mosquitos. De la primera era gobernador Serrano de Reina, empleo que ejerció unos seis años y que mereció ser condenado por la Audiencia de Guatemala. Le reemplazó, como gobernador interino, D. Diego de Herrera Campuzano (1704) y en propiedad obtuvo luego el cargo D. Lorenzo Antonio de Granda y Balbín (1707), en cuyo tiempo se sublevaron los indios de Talamanca (1709). Granda y Balbín no pertenece al número de los buenos gobernadores de Costa Rica. A su muerte (1712), volvió al país Herrera Campuzano, si bien el capitán general de Guatemala nombró interinamente gobernador a D. José Antonio Lacayo y Briones. Otras insurrecciones en el país fueron sofocadas y castigados sus autores. Acerca de Nicaragua es de sentir el mal gobierno de D. Miguel de Camargo, quien comenzó a ejercer sus funciones el año 1705. Para catequizar a los aborígenes, envió frailes a que predicaran el cristianismo, y como dijesen los misioneros que los indios se valían de ciertas hechicerías, el gobernador por ello castigó a muchos inocentes indígenas y ajustició a algunos. El bondadoso obispo de la diócesis, Fray Diego Morcillo, reprobó los hechos de Camargo y prohibió las misiones, y en su afán de poner correctivo a tantos abusos, hizo dos viajes a la ciudad de Guatemala, para que Cosío y Campa y la Audiencia pusiesen remedio a tantos males. Temiendo ser castigado, Camargo se fugó de Nicaragua, sucediéndole en el cargo D. Sebastián de Arancibia. Tiempo adelante el obispo Morcillo obtuvo el arzobispado de Lima y el virreinato del Perú. A Morcillo sucedió Fray Benito Garret (1711), hombre orgulloso y pedante, que humilló al gobernador Arancibia y menospreció a la Audiencia, cuyo alto tribunal le expulsó de la diócesis (1716).

Continuando la relación de los sucesos de Guatemala, justo será recordar los buenos deseos del gobernador Cosío en favor del país. No pocos disgustos le ocasionó el obispo Alvarez de la Vega y Toledo, trasladado en 1713 de Chiapa a Guatemala. Aplausos merece por haber sofocado una sublevación de los indios zendales, mostrándose el Rey tan agradecido que le prorrogó por dos años más el tiempo de su gobierno y le confirió el título de marqués de Torre Campo.

Sucedió al marqués de Torre Campo en el cargo de gobernador de Guatemala, D. Francisco Rodríguez de Rivas, maestre de campo de los reales ejércitos (4 octubre 1716). Terrible terremoto ocurrió el 29 de septiembre de 1717. Antes lo habían anunciado ciertas señales: el volcán denominado de Fuego empezó a lanzar llamaradas en la noche del 27 de agosto, y poco después se sintió subterráneo ruido y trepidación del suelo. En los días siguientes continuó el volcán arrojando fuego y continuaron los temblores de tierra. Al mismo tiempo se sucedían las funciones religiosas, promovidas por el clero y por las autoridades. El capitán general Rodríguez de Rivas, se portó como debía en aquellos días tristísimos. Pocas fueron las desgracias personales; algunos templos y muchas casas particulares vinieron al suelo. Opuesta conducta que el gobernador siguió el obispo Alvarez de la Vega, que continuaba anunciando males mayores. En todo esto obraba el prelado, ya por el odio que al gobernador tenía, ya porque pensaba que de este modo podría elevar la iglesia de Guatemala a metropolitana. Celebráronse varias juntas para acordar si convenía la traslación de tribunales a sitio más seguro. Opinaba el gobernador que no era conveniente y lo contrario el obispo; los oidores, los individuos del cabildo, los religiosos y los habitantes en general, tampoco se hallaban conformes unos con otros. Intervino en el asunto el virrey de México, haciendo responsable al capitán general del quebranto que sufriese la Real Hacienda, por no haber permitido que pasasen a otro punto las cajas reales y los tribunales. Vino el Rey a terminar el asunto, poniéndose al lado del gobernador Rodríguez. Tiempo era ya de que las autoridades y vecinos se ocupasen en reparar los daños causados en la ciudad, lo que se consiguió en los años 1718 y 1719. En tanto que Guatemala se reponía de sus quebrantos, Nicaragua, Costa Rica y Honduras, vivían en el citado año de 1719 en contínuo desasosiego, temerosas de los ataques de los corsarios. También aguijoneados los gobernadores por el ansia del lucro, cometían toda clase de desaciertos. No les iban en zaga los alcaldes mayores. Por lo que se refiere a la provincia de El Salvador, apenas tenía que temer de los piratas, siendo de igual modo digno de notarse la mayor moralidad en la administración pública. La cultura, el bienestar y la riqueza eran mayores en dicha provincia que en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. En esta última ejercía el cargo de gobernador desde mayo de 1713 don José Antonio Lacayo de Briones, funcionario más cumplidor de su deber que Grande y Balbín, su antecesor. A la liberalidad de Lacayo se debió la fábrica del convento de frailes franciscanos, que se construyó en Esparza. Sucedió a Lacayo (diciembre de 1716), D. Pedro Ruiz de Bustamante, el cual obtuvo la doble investidura de gobernador y capitán general de la provincia; pero el Rey (febrero de 1718) nombró a D. Diego de la Haya Fernández, que tomó posesión a fines de noviembre. Con una actividad digna de alabanza se dedicó por completo a sacar al país de la miseria en que se hallaba, animándole en su obra el capitán general de Guatemala. El gobernador la Haya, defendió su territorio de los corsarios ingleses (1720) y entabló relaciones de amistad con el jefe de los mosquitos. Días tristes fueron para la ciudad de Cartago desde el 16 de febrero de 1723, en que el volcán Irazú comenzó a arrojar materias encendidas al mismo tiempo que se sentían ruidos subterráneos. Ahora, como siempre, el gobernador la Haya cumplió con su deber. En Nicaragua, separado del gobierno en 1721 Arancibia, le sucedió (1722) D. Antonio de Poveda y Rivadeneira, que a su vez también fué separado a fines de 1724, sustituyéndole D. Tomás Marcos Duque de Estrada. Torpe en su mando Duque de Estrada, no pudo impedir que una sublevación popular le arrojase del poder. El capitán general de Guatemala mandó sofocar el levantamiento a Lacayo de Briones, el mismo que antes tuvo el mando de Costa Rica. Apaciguados los ánimos, el citado capitán general llamó a Guatemala al Duque de Estrada y nombró jefe de la provincia al ya citado Poveda (enero de 1727), muerto en la noche del 7 de julio a manos de unos asesinos.

Guatemala iba a tener nuevo gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia. A Rodríguez de Rivas sucedió D. Pedro Antonio de Echevers y Subiza, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Llave Dorada, quien tomó posesión el 2 de diciembre de 1724, celebrándose en su obsequio toda clase de festejos. El residenciado Rodríguez de Rivas resultó culpable por varios hechos, siendo los principales el haber recibido dinero en cambio de títulos de corregidores, alcaldes mayores, etc. Echevers, que comenzó su gobierno atrayéndose las simpatías de sus subordinados, pronto varió de conducta y se hizo odioso a todos. Trataba con poca consideración a los oidores, a los abogados y a los individuos del concejo. Con la Audiencia tuvo enconada disputa. A los nueve años de ejercer el gobierno, le sucedió el brigadier D. Pedro de Rivera y Villalón. Trajo Rivera y Villalón los cargos de presidente de la Audiencia, capitán general y gobernador (22 diciembre 1729). Poco después se le concedió el grado de mariscal de campo (16 septiembre 1730). Hízose simpático desde los primeros actos de su gobierno. En julio de 1726 vino a Guatemala D. Manuel de Castilla, de paso a Honduras, de donde había sido nombrado gobernador en sustitución de Gutiérrez de Argüelles. Para sustituir a Poveda Rivadeneira en Nicaragua fué nombrado el sargento mayor D. Pedro Martínez de Ugarrio (27 julio 1727), y a éste sucedió (mediados de 1728) Duque de Estrada (segunda vez). Alteróse el orden público en el año 1730, tal vez por debilidad de Duque de Estrada. Bartolomé González Fitoria hizo su entrada solemne en León el 13 de julio de 1730, siendo obsequiado con corridas de toros y representaciones dramáticas. Reconocemos que se portó mejor en el gobierno que Duque de Estrada, aunque su administración no se señaló por sucesos notables. Vino a sucederle, últimos de 1735, el capitán D. Antonio Ortiz, y en el mismo año murió en León Fray Dionisio de Villavicencio, obispo de la diócesis. De Costa Rica diremos que el capitán D. Baltasar Francisco de Valderrama sucedió a D. Diego de la Haya (mayo de 1727). Valderrama se atrajo el odio del clero y fué sustituído en la gobernación (abril 1736) por el teniente coronel D. Antonio Vázquez de Cuadra, que murió a fines de junio del mismo año. Sucedióle interinamente el sargento mayor don Francisco Carrandi y Menán, que realizó una expedición contra los indios mosquitos sin resultado alguno. Debió Carrandi ser relevado del mando por el capitán general de Guatemala (1739), reemplazándole D. Francisco de Olaechea. Separado del mando este último, fué nombrado el capitán de infantería D. Juan Gemmir y Lleonart (1740), quien tuvo grandes desavenencias con el cabildo eclesiástico por causa de la posesión del obispo Pardo de Figueroa.

Acerca del capitán general de Guatemala D. Pedro de Rivera y Villalón, importa referir que se dirigió al Rey en solicitud de varias reformas administrativas, acordando Felipe V desestimar lo que se le proponía, y mandó que los alcaldes siguiesen administrando justicia y los oficiales reales continuaran recaudando los tributos. Posteriormente, convencido el monarca de que el gobernador estaba en lo cierto, mandó (24 marzo 1741) que pusiera en práctica las proposiciones que antes hiciera, autorizándole también a emprender guerra exterminadora contra los indios zambos mosquitos, que continuamente hostilizaban las costas de Comayagua y Costa Rica[337]. Si en instrucción pública realizó saludables reformas, fueron mayores las referentes a la hacienda. No es de extrañar, dada la moralidad de la administración pública, que los individuos del ayuntamiento dijesen (18 julio 1741) que nunca había estado mejor el Erario público, ni en lo que respecta a las recaudaciones, ni en lo concerniente a los gastos; que el capitán general Rivera y Villalón, sin embargos y violencias, y sólo con su diligencia y tino, supo patrocinar los derechos del fisco y el aumento de los caudales, satisfaciendo con integridad los sueldos corrientes y las deudas atrasadas, como también remitiendo remesas de dinero al monarca sin necesidad de acudir á préstamos del vecindario.

D. Tomás de Rivera y Santa Cruz sucedió a Rivera Villalón. Tomó posesión el 16 de octubre de 1742. Era Santa Cruz natural de Lima y se atrajo pronto las simpatías de la Audiencia, del cabildo y del pueblo en general. Desde fines del año 1741 gobernaba en Honduras el capitán de infantería D. Tomás Hermenegildo de Arana, sucesor de D. Francisco de Parga. Arana se ocupó con actividad asombrosa a dar vida a la industria de Honduras. Como juez pesquisidor se presentó en Honduras el oidor D. Fernando Alvarez de Castro, hombre que comenzó mostrando mala voluntad al citado gobernador. Desterrado Arana a Esguipulas, Alvarez de Castro se hizo dueño del poder. En aquel tiempo D. José Lacayo de Briones, gobernador de Nicaragua, viéndose amenazado de los ingleses, le pidió auxilio, contestando Alvarez de Castro que no podía en aquellas circunstancias. El, por su parte, persiguió en Honduras a los indios que traficaban con los ingleses de la costa, en tanto que el juez pesquisidor intentó en vano castigar a los defraudadores del Erario público. Falleció poco después y su muerte no fué sentida, por su carácter demasiado enérgico. Cuando el capitán general de Guatemala tuvo noticia del fallecimiento, nombró gobernador provisional al maestre de Campo D. Luis Machado. Terminados entonces los conflictos entre la autoridad civil y la eclesiástica, el capitán Arana y los suyos pudieron volver a sus casas, y todo quedó en paz, turbada en mal hora por el carácter despótico de Alvarez de Castro. Sin detenernos en otros sucesos, hay que registrar una cédula del 23 de agosto de 1745, dada en San Ildefonso, y por la cual fué nombrado el brigadier don Alonso Fernández de Heredia gobernador de Nicaragua y comandante general de dicha provincia, de la de Costa Rica, de las jurisdicciones del Realejo, Subtiaba, Nicoya, Sébaco y demás territorios y costas comprendidas desde el cabo de Gracias a Dios hasta el río Chagres; en la inteligencia de que, por muerte del brigadier, o por cualquier causa que retardara su llegada, debía reemplazarle en sus funciones el coronel don Juan de Vera, y otro tanto se disponía respecto de este último, para que le sustituyese el dicho brigadier en cualquiera de los eventos indicados.[338] En diciembre de 1746 comenzó á gobernar Fernández de Heredia. El Salvador iba progresando poco a poco. El alcalde mayor de la provincia no tenía que temer a piratas y corsarios. La vida de El Salvador se deslizaba más tranquila que la de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El 24 de marzo de 1744, D. Isidro Díaz de Vivar tomó posesión de la alcaldía mayor de El Salvador.

En Guatemala, donde continuaba de capitán general Rivera y Santa Cruz, se celebró con toda clase de festejos la erección de su iglesia sufragánea en metropolitana, siendo a la sazón obispo Fray Pardo de Figueroa (1744). Dos años después se celebraron con toda suntuosidad exequias fúnebres en Guatemala por el fallecimiento de Felipe V (9 julio 1746), cambiándose luego la tristeza en alegría por la elevación al trono de Fernando VI.

El 19 de septiembre de 1747 se nombró capitán general, gobernador y presidente de la Audiencia de Guatemala a D. José de Araujo y Río, tomando posesión el 23 de septiembre de 1748. Rivera y Santa Cruz, en sus últimos tiempos, había tenido la desgracia de caer en desagrado de la Audiencia. Veamos, pues, la política seguida por el nuevo gobernador. Procuró llevar la paz a Honduras y Nicaragua, a Costa Rica y a El Salvador. Vivió en buena armonía con la Audiencia y con el cabildo. Cortó toda clase de abusos y favoreció todo le que pudo a los aborígenes.

Sucedióle, por Decreto expedido en Aranjuez (25 abril 1751), el mariscal de campo D. José Vázquez Prego. En la Habana prestó el correspondiente juramento (10 noviembre 1751), ante el gobernador y capitán general de la isla de Cuba, llegando a Guatemala y tomando posesión de su cargo el 17 de enero de 1752. Persiguió la fabricación y la venta del aguardiente de caña, como lo ordenaba Fernando VI en cédula del 6 de Agosto de 1747. En 1753, el llamado Valle se dividió en dos alcaldías mayores: la de Santa Ana de Chimaltenango y la de Amatitán y Sacatepéquez. Ocupóse Vázquez Prego en la fábrica de obras públicas, especialmente fortalezas para contener las invasiones de los filibusteros. A su fallecimiento (24 junio 1753) se encargó de la capitanía general el letrado Juan de Velarde, el cual, en los diecisiete meses que la desempeñó mantuvo el imperio de la ley.

Don Alonso Arcos y Moreno, mariscal de campo, fué nombrado el 29 de enero de 1754, y tomó posesión el 17 de octubre del mismo año. No se explican los motivos para los largos y desordenados festejos que se celebraron. Todos tenían empeño en obsequiar al Sr. Arcos, y solamente dos religiosos protestaron desde el púlpito de ciertos escándalos. Escandalosos eran en verdad los bailes que se verificaron en diferentes sitios y aun en ciertos monasterios. Mostró actividad en el despacho de los asuntos, si bien cumple referir que era mayor su empeño en asuntos de su propio provecho, citándose como prueba de ello la introducción de 270 fardos, rotulados como equipaje de dicho funcionario y que eran artículos de comercio (1754). Otras irregularidades cometidas por el capitán general le enagenaron las simpatías de sus gobernados. No habremos de olvidar los trabajos de los misioneros en Costa Rica, Honduras, Nicaragua y El Salvador, para traer al camino de la verdad a los indios que aún permanecían infieles. Recibióse en Guatemala la noticia del fallecimiento de Fernando VI, celebrándose sus funerales algunos meses después (16 y 17 de julio de 1760). A su sabor se despacharon algunos poetas, pudiendo servir de ejemplo la siguiente octava:

Fuentes puras los ojos de Fernando

Dos Castalias de llanto están vertiendo,

Y mientras él va su agua derramando

Toda Aganipe se la va bebiendo.

Las musas, que esto ven, examinando

La noble causa que lo está afligiendo,

Dándose al sentimiento por despojos,

Se van a pique ahogadas en sus ojos.

Celebró Guatemala con singular alegría la subida al trono de Carlos III. Murió el gobernador Arcos y Moreno el 27 de octubre 1760, no figurando su nombre entre los mejores gobernadores de Guatemala.

El gobernador interino Velarde dejó el cargo en junio de 1761, a la llegada del Sr. D. Alonso Fernández de Heredia, brigadier de los reales ejércitos y ascendido a mariscal de campo al venir a Guatemala. Antes de reseñar los hechos de Fernández de Heredia conviene decir que Velarde en los dos períodos que tuvo el gobierno dió señaladas muestras de rectitud y honradez. Era Fernández de Heredia hombre arrebatado, vanidoso y poco amigo de la justicia. Se llevó mal con la Audiencia e intervino torpemente en los asuntos de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. La provincia de El Salvador continuaba su vida tranquila, no interviniendo en su administración las supremas autoridades de la colonia. Tal vez sea merecedor de mayores censuras el municipio de la ciudad de Guatemala, cuyas cuentas no se ajustaban a la exactitud y legalidad.

Sucedió a Heredia el capitán de navío D. Joaquín Aguirre y Oquendo; pero, cuando se dirigía a tomar posesión del cargo murió en Zacapa (9 abril 1764). El brigadier D. Pedro de Salazar tomó posesión el 3 de diciembre de 1765 y era opinión general que a los desmayos y tristezas pasadas sucederían días felices para Guatemala. Salazar mostró ser laborioso funcionario. Terminó el castillo que en Omoa se mandó construir para contener las invasiones de los corsarios e hizo otros reparos en obras importantes. Reformas realizó dignas de alabanzas, bien que siempre tuvo a su lado la Audiencia y el ayuntamiento. A fines de junio de 1767 llegó a Guatemala la famosa pragmática por la cual Carlos III arrojaba de los dominios españoles a los hijos de Loyola. Aunque Salazar estimaba a los jesuítas, cumplió lo que se le mandaba, no sin que en Guatemala, Nicaragua, San Salvador, Honduras y Costa Rica la opinión general se mostrara favorable a los discípulos de San Ignacio. Para activar la fábrica del castillo de San Fernando en Omoa, allá marchó Salazar y allá contrajo grave dolencia que le llevó al sepulcro en Guatemala (20 mayo 1771). Encomendóse la residencia al oidor D. Antonio de Arredondo (14 diciembre 1775).

Vino a suceder á Salazar el brigadier D. Martín de Mayorga, cuyo nombramiento se comunicó a la Audiencia (1772) y entró en la ciudad de Guatemala el 12 de junio de 1773. Con verdadero rigor castigó Mayorga a la gente maleante y a los infractores de las leyes. Por entonces anunciaba la voz pública que de un momento a otro se abriría la tierra para tragar a los habitantes de la ciudad, añadiendo otras como profecías igualmente aterradoras. Espantosos sacudimientos de la tierra se verificaron en mayo y junio de 1773, los cuales fueron especie de presagio de la catástrofe del 29 de julio. «Este día—dice el Padre Cadena—, digno de notarse con negros cálculos y el más funesto para Guatemala por haber sido el de su lamentable catástrofe, a las tres y cuarenta minutos de la tarde tembló la tierra.» Todos imploraban el auxilio divino. Los padres desatendían a sus hijos y los maridos a sus mujeres. Los ruidos subterráneos eran seguidos de temblores, cayendo también fuertes lluvias acompañadas de truenos y rayos. Undiéronse muchos edificios, ocasionando varias muertes. La luz del día 30 permitió contemplar en toda su desgracia los efectos de los fenómenos sísmicos. Murieron ciento veintitrés personas, sin contar las fenecidas en los lugares inmediatos y las que sólo fueron heridas o golpeadas. El gobernador general, el arzobispo Sr. Cortés y Larraz, los oidores, los alcaldes, todos cumplieron con su deber en aquel día tristísimo. En los días 4 y 5 de agosto, bajo la presidencia del gobernador, se celebró junta general de las personas principales de la ciudad para acordar la traslación de la metrópoli guatemalteca. Se acordó marcharse cuanto antes al pueblo de la Ermita, lo que verificaron el gobernador general, los oidores, los oficiales reales y los empleados subalternos de las secretarías; también se llevaron las arcas destinadas a las rentas de aduana, tabaco y correos. Después, entre los vecinos, surgió enconada discordia, dividiéndose en dos bandos: uno que quería la traslación, y otro que optaba por el mantenimiento de la capital en el mismo sitio y creía que con los materiales existentes era fácil la reedificación, añadiendo que en toda la provincia no había sitio alguno al abrigo de tamaña calamidad. Triste era, en verdad, trasladar la ciudad que en 1542 se fundó en el delicioso y pintoresco valle de Panchoy. Terrible terremoto acaecido el 13 de diciembre, que acabó de arruinar muchos edificios de la desgraciada población, disipó las esperanzas de los que creían posible la restauración. Todavía insistió el arzobispo y algunos más; pero el asunto estaba resuelto. ¿Dónde se levantaría la nueva capital? Después de muchos proyectos, se acordó establecerla en el valle llamado de la Virgen, como consta en la cédula expedida por Carlos III en el palacio de San Ildefonso (21 julio 1775), y que llegó a manos del capitán general el 1.º de diciembre del citado año. En todos estos asuntos, tan delicados y complejos, mostró su imprudencia el brigadier Mayorga. Por entonces era gobernador de El Salvador el insigne D. Francisco Antonio de Aldama; de Nicaragua, D. Manuel de Quiroga, sucesor de D. Domingo Cabello, y de Costa Rica, D. Juan Fernández de Bobadilla, recayendo después el mando en D. José Perié. Honduras tuvo por gobernador a D. Francisco de Aybar, y luego a D. Juan Nepomuceno de Quesada, natural de la Habana.

El coronel D. Matías de Gálvez, que estaba en Guatemala desde julio de 1778, como segundo comandante del país e inspector de las tropas veteranas y de milicias, fué nombrado gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia (15 enero 1779). El 4 de abril tomó posesión. Alarmante noticia llegó a Guatemala en los últimos días de octubre del año siguiente: los ingleses se habían hecho dueños del fuerte de San Fernando de Omoa, defendido por corta guarnición. Allá fué Gálvez a pelear con los ingleses. Gálvez, ya ascendido a brigadier, era un excelente gobernador. Preocupábale que el gobierno inglés, en guerra con el español, deseaba adueñarse el territorio de los Mosquitos, el río y castillo de San Juan, la ciudad de Granada y el golfo de Papagayos. De la tierra de los Mosquitos sacaba Inglaterra mucha cantidad de caoba y de otras maderas finas, zarzaparrilla, palo de tinta, algodón, cacao, vainilla, añil, azúcar, etc. Justo será recordar la expedición que contra Nicaragua mandó el gobierno inglés (1780). Al frente de una de las fragatas se hallaba Horacio Nelson, que apenas contaba veintitrés años de edad y ya era capitán de navío. El joven marino pudo salvar el banco de arena formado a la entrada del San Juan, subió por el río hasta la isla del Mico, donde después llegaron, transportadas en lanchas, las demás tropas extranjeras. Al siguiente día (9 abril) arribaron a la isleta Bartola, cuyos defensores se portaron bizarramente; pero volviendo a la carga, el capitán Nelson se apoderó de ella. Acerca del castillo de Omoa, ya hemos indicado que cayó en poder de los enemigos, bien porque estaban mandados por Polson y Nelson, y bien porque ellos eran dos mil y nosotros doscientos cincuenta, guatemaltecos en su mayor parte. No todo les salió bien a los ingleses en Nicaragua. Las enfermedades les diezmaron, y nuestro gobernador, aprovechándose del desaliento de ellos, recuperó el castillo (enero de 1781). Poco importa si—como dice algún cronista—el castillo no fué conquistado personalmente por Gálvez, sino por el ejército que él mandó. Terminada la guerra de Nicaragua en los comienzos de 1781, Gálvez volvió a Guatemala, dedicándose con actividad a reformar la administración pública. Fijóse también en las provincias de Honduras, Costa Rica y El Salvador. En seguida emprendió la reconquista de Roatán: el 14 de marzo de 1782 zarpó de Trujillo la escuadrilla, conduciendo cien hombres del batallón de infantería y unos quinientos milicianos. Los ingleses no pudieron resistir el ataque de nuestras fuerzas, presentándose el 17 de dicho mes los comisionados del gobernador inglés al general Gálvez, ofreciéndole la rendición de la isleta, como así se efectuó. La noticia del triunfo obtenido en Roatán se comunicó, mediante una goleta despachada expresamente a España, al gobierno de Madrid (21 de marzo). La agradable impresión que produjo en Gálvez la situación de Trujillo, a su regreso de Roatán, le movió a decir al Rey (17 abril 1782) que aquel puerto era el principal en el litoral del Norte y que las tierras de la costa eran muy fértiles. Vinieron, en efecto, más de trescientas personas de ambos sexos procedentes de Asturias y Galicia, y otras trescientas, poco más o menos, de las islas Canarias. Sin embargo de los buenos deseos de Quesada, gobernador a la sazón de Honduras, el clima malsano y ardiente del litoral echó por tierra los planes del general Gálvez. En el mismo año de 1782, de vuelta de Roatán, se detuvo Gálvez en Trujillo, saliendo luego al frente de la expedición, para Riotinto. La fortaleza de Quepriva fué tomada el 30 de marzo de 1782 y la de Lacriba el 2 de abril. Regresó Gálvez a Trujillo, muy satisfecho por sus campañas de Roatán y de Riotinto, y llegó a Guatemala, donde meses después recibió graves noticias de aquel último punto. Una escuadra inglesa atacó el 22 de agosto del citado año a Quepriva y a La Criba; las tropas de desembarco, apoyadas de buen número de negros, saltaron a tierra y pasaron a cuchillo la guarnición de Quepriva y no hicieron lo mismo con la de La Criba porque hubo de capitular. Gálvez, que por la campaña de Nicaragua se le había conferido el ascenso a mariscal de campo, y por los servicios realizados en Roatán y Riotinto el de teniente general, cuando se disponía recuperar las fortalezas perdidas y reedificar a Trujillo, dejó el gobierno de Guatemala (10 marzo 1783) y pasó con el cargo de virrey a Nueva España.

El 5 de abril hizo su entrada en Guatemala, después de corto gobierno de la Real Audiencia, el brigadier D. José de Estachería. Dedicóse Estachería a adelantar la fábrica de los edificios públicos, figurando en primer término la catedral y en segundo la construcción de una fuente monumental en la plaza mayor de dicha población. Firmada la paz entre España é Inglaterra (septiembre de 1783), pudo dedicarse con mayor tranquilidad a sus edificaciones el capitán general. En el año 1786 celebraron ambas potencias un tratado complementario y en él se estipuló que la Gran Bretaña reconocía la soberanía española en el territorio de Mosquitos, y como consecuencia de tal reconocimiento desocuparía—como lo hizo—los varios establecimientos que en esa faja de tierra poseía.