CAPITULO XXVII

Gobierno del Río de la Plata o de Buenos Aires.—D. Pedro de Mendoza hasta Arias de Saavedra (4.ª vez).—Saavedra derrotado por los uruguayos.—Introducción de negros—Funciones religiosas.—Enemiga del cabildo a los abogados.—Gobierno de Góngora.—La Universidad en Buenos Aires.—El oidor Pérez de Salazar.—El gobernador Céspedes.—La Audiencia.—Gobierno de Dávila.—El gobernador La Cueva es excomulgado.—Canonización de San Fernando.—Desgracias en el país.—Gobierno de Abendaño, de Múxica, de Cabrera, de Laxis, de Ruiz de Baigorri, de Mercado y de Martínez Salazar.—La Audiencia.—Gobierno de Garro, Herrera y Prado.—La colonia del Sacramento.—El gobernador Zabala: sus hechos más notables.—Cambio de posesiones entre Portugal y España.—Conducta de los jesuítas.—Los gobernadores Salcedo, Ortiz de Rosas y Andonaegui—El gobernador Ceballos.—Virreinato de Buenos Aires.—Los virreyes Ceballos, Ortiz, marqués de Loreto y otros.—Los virreyes Malo de Portugal, Avilés y del Pino.—Derrota de nuestra flota.—Los ingleses toman a Buenos Aires.—Liniers.—Gobierno de Tucumán.

Conviene no olvidar que después de la fundación de Buenos Aires por D. Pedro de Mendoza en la orilla derecha del Río de la Plata (2 febrero 1536) y de su gobierno; después de Juan de Ayolas, fundador de la Asunción, muerto por los salvajes, y después de otros gobernadores, fué nombrado Juan de Garay, quien echó los cimientos de Buenos Aires (11 junio 1580), pues la que fundara Mendoza había sido despoblada. Habremos de recordar también que si en el último cuarto del siglo xvi se sucedieron en el Plata siete gobernadores españoles que nada hicieron para conquistar el Uruguay, en los albores del xvii apareció Arias de Saavedra, que comenzó a gobernar en agosto de 1600; pero la Cédula confiriéndole el mando en propiedad es del 18 de septiembre de 1601. Antes se había distinguido como protector de los indios pacíficos y fué severo con los enemigos de España. Como hijo de la Asunción (hoy capital del Paraguay) amaba a su tierra, y como gobernante español era fiel a la metrópoli. A la cabeza de unos 500 soldados partió de la Asunción hacia las tierras uruguayas. Los indios se prepararon a la lucha y se dirigieron a encontrar al enemigo, decididos a no consentir la entrada en territorio patrio. Siguieron su camino los españoles, importándoles poco los preparativos de los indígenas. Halláronse en frente unos de otros. Murieron—según relación de los historiadores—los 500 soldados, pudiendo sólo escapar Saavedra para ser portador de la derrota. En un cuarto de siglo los indígenas uruguayos se habían preparado para resarcirse de las desgracias que les habían ocasionado Zárate y Garay. El gobernador, con ruda franqueza, escribió a la corte declarando su impotencia para dominar el Uruguay, y aconsejando que las armas espirituales, la predicación y las dulzuras de la fe harían efecto en la condición áspera de aquellos indios. Examinó el Consejo de Indias la indicación de Saavedra, y Felipe III, en 5 de julio de 1608, aprobó la conquista pacífica.

Consta oficialmente que unos dos años antes, siendo gobernador y capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata el Sr. Hernandarias de Saavedra, solicitó el cabildo de Buenos Aires al Rey se sirviera «darle licençia para meter trescientos negros para el sustento desta tierra...»[542].

Pasados algunos días, habiendo fallecido el conde de Monterrey, virrey del Perú, la Audiencia de la Plata asumió el gobierno[543].

El cabildo de Buenos Aires, en agradecimiento a las once mil vírgenes, por cuya intercesión Dios había librado de la plaga de la langosta a la ciudad y sus términos, acordó que desde el día de San Lucas (18 octubre 1607) hasta el de las once mil vírgenes (21 del mismo mes y año), se hiciesen procesiones solemnes con la asistencia de todos los conventos[544].

Asunto de capital interés debió ser la introducción de negros en Buenos Aires, por cuanto algún tiempo después el cabildo comisionó al padre Juan Romero, Rector del Colegio de Jesuítas, que marchó a España para que insistiera con el Rey sobre dicho asunto[545] y sobre otros. Tiempo adelante, esto es, el 21 de julio de 1610, volvió el cabildo á suplicar a Su Majestad que permitiese importar negros para emplearlos en los trabajos agrícolas, por cuanto era grande la escasez de indios[546]. Acordóse en la sesión del 7 de febrero de 1611 que se fundase un Hospital y una Ermita dedicados a San Martín, patrón de la ciudad, en el lugar elegido por Juan de Garay, fundador de Buenos Aires[547]. Al mes siguiente, mejor pensado el asunto, se dispuso que se hicieran dichos edificios «en el camino que va al Riachuelo desta ciudad, donde esté más cerca del comercio, etc.»[548].

Escribió D. Diego Martín Negrón al Rey (30 junio 1610), haciéndole saber que en aquellas provincias había a la sazón 300.000 naturales y 12.000 reducidos a la fe, y que habiendo consultado con los religiosos más graves del país acerca de la persona más apta para desempeñar el cargo de protector general de los indios, contestaron que se confiriese dicho título a su antecesor Hernando Arias de Saavedra, quien lo aceptó de muy buena gana. Posteriormente, en la sesión celebrada por el cabildo el 21 de diciembre de 1611, se trató de asunto asaz importante. Hacía veinte años largos que para acabar con las hormigas y ratones, tan abundantes en la ciudad, se echaron suertes con el objeto de elegir un Santo que fuese abogado contra aquella plaga, prometiendo celebrar la fiesta de aquel hijo de Dios. Pero ¿qué Santo era éste? Unas personas decían que cupo la suerte a San Bonifacio y San Sabino, otras que a San Saturnino. En esta duda, y como la plaga iba siempre en aumento, se acordó por el cabildo echar de nuevo suertes. En efecto, se metieron varias cédulas o papeletas en un sombrero, conteniendo una el nombre de San Saturnino, otra los de San Bonifacio y San Sabino, doce con los respectivos de los doce Apóstoles, y algunas más con otros Santos. Un niño, que se llamó para el caso, extrajo una de las cédulas, donde estaban los nombres de San Simón y San Judas, acordándose entonces que fuese «voto a Dios Nuestro Señor de guardar la fiesta del dicho día todos los años desde el que viene, que será la primera, y de hacer decir en la Iglesia Mayor una misa cantada con su proçesion, la qual se pague la limosna de los propios de cabildo ó de limosna que para ello se sacare»[549]. ¿Acabaron los Santos Simón y Judas con las hormigas y ratones? Las actas del cabildo de Buenos Aires guardan silencio sobre el particular.

Por carta del Rey fechada en San Ildefonso el 15 de octubre de 1611, y por otra del virrey D. Juan de Mendoza, marqués de Montesclaros, tuvo noticia el cabildo del fallecimiento de la Reina D.ª Margarita, mujer de Felipe III, el 3 del citado mes, celebrándose con este motivo honras en la Iglesia mayor[550].

No habremos de pasar en silencio un hecho que prueba la ignorancia de aquellos tiempos. Corrió la noticia de que pensaban venir a Buenos Aires y ejercer su profesión de abogados D. Diego Fernández de Andrada, vecino de Santiago del Estero; José de Fuensalida, morador en Córdoba, y Gabriel Sánchez de Ojeda, residente últimamente en Chile. Reunido el cabildo el 22 de octubre de 1613, el regidor Miguel del Corro, teniendo en cuenta que donde había abogados no faltaban pleitos, trampas y marañas, propuso, porque así convenía al bien común, que no se admitiesen ni recibiesen en la ciudad. La proposición de Miguel del Corro fué aceptada por el cabildo, dándose «aviso a los dichos tres letrados, donde quiera que se les alcanzase, que no vengan a esta ciudad sin orden de S. M., señor virrey o Real Audiencia»[551].

Por entonces (25 marzo 1614), el arzobispo de la Plata se quejó al Rey de la conducta del presidente de la Real Audiencia, «quien se entrometía a querer gobernar espiritual y temporal so color de buen celo, alabando como se merece su persona en lo demás...»[552].

Desde el Real sitio de San Lorenzo (7 septiembre 1614), fué nombrado por cuarta vez gobernador de Buenos Aires D. Hernando Arias de Saavedra. Era digno de ocupar cargo tan elevado y se atrajo generales simpatías, aunque—como después veremos—tuvo también enemigos que le persiguieron con saña. En esta época de su mando, como en las anteriores, pudo contener a los indios fronterizos que, sin respeto alguno, penetraban en el gobierno de Buenos Aires. Acordóse en el cabildo celebrado el 10 de junio de 1615, escribir al virrey del Perú dándole noticia de haber tomado posesión del gobierno de las provincias de la Plata Hernando Arias de Saavedra[553]. Desde que Negrón dejó el gobierno hasta el nombramiento de Hernandarias, carecen de interés los hechos que se sucedieron.

Veinte días después de la citada comunicación al virrey del Perú, volvió a tratarse del asunto de la esclavitud, asunto que tenía preocupados al cabildo y al pueblo de Buenos Aires. Se acordó escribir al Rey y al Real Consejo de las Indias para que se les conceda «algunas liçençias de esclavos para sustentar nuestras haciendas de labranças y estançias porque de otra suerte será la total destruçión deste puerto y ciudad»[554].

Temeroso el gobernador Hernando Arias de un ataque al puerto por la escuadra holandesa, dispuso que se tomasen algunas medidas para la defensa, despachándose también «una chalupa a la isla de Maldonado y puertos a tomar lengua de lo que oviere»[555].

Preocupó de igual modo al cabildo que la peste que a la sazón diezmaba al Perú se propagase a las provincias de la Plata. En su virtud, y, para librarse de ella, se tomó el acuerdo de hacer dos procesiones, una a Santo Domingo y otra a San Francisco[556]. Ya en el camino de las procesiones, no había de faltar la que en el día de San Simón y San Judas se mandó hacer a los patronos de la plaga de ratones y de hormigas, como también, además de las funciones religiosas, se acordó correr toros y jugar cañas en el día de San Martín, patrón de la ciudad[557].

Las alteraciones y levantamientos de los indios, los cuales llegaron al extremo de hacer cautivos a varios españoles, obligaron al gobernador Arias a salir de Buenos Aires con algunas fuerzas para dirigirse hacia el Norte de la provincia[558]. Volvió el gobernador después de castigar a los revoltosos, renunciando luego el cargo (8 julio 1617)[559].

Noticia importante llegó de Madrid. El Rey, con fecha 16 de diciembre de 1617, dispuso dividir en dos el gobierno del Río de la Plata: el del Río de la Plata (Buenos Aires), y el de Guayra ó Paraguay (Asunción)[560]. Del primero nombró gobernador a D. Diego de Góngora, caballero del hábito de Santiago[561], y del segundo á Don Manuel Frías.

Dos días después de tomar posesión del cargo, el cabildo dió la noticia al virrey y Real Audiencia del Perú[562]. Poca benevolencia manifestó el cabildo con el ex-gobernador Arias de Saavedra, por cuanto al tener noticia que se disponía marchar a la ciudad de Santa Fe, se trató de exigirle fianza por el tiempo de su residencia, no sin afirmar que había hecho agravios y daños a la ciudad[563]. Hasta tal punto llegó la enemiga al ex-gobernador, que el cabildo escribió al Rey, al Consejo Real de las Indias, al virrey Príncipe de Esquilache y a la Real Audiencia de la Plata, para que lo antes posible se mandase la persona encargada de tomar la residencia a D. Hernando Arias[564]. En el mismo cabildo se dispuso rogar al Rey que procurase la pronta llegada de un obispo para la provincia de Buenos Aires, siendo tiempo adelante nombrado D. Pedro Carranza. Cada vez era mayor el enojo entre el cabildo y Hernando Arias, indicándolo así lo acordado en la sesión del 1.º de julio de 1620[565].

En el cabildo del 9 de marzo de 1621, el gobernador D. Diego de Góngora dió la grata noticia de que el Rey había despachado cédula y carta al obispo Carranza, haciéndole saber que Su Santidad había beatificado á San Isidro de Madrid, con cuyo motivo se dispuso que se celebrasen procesiones y otras fiestas en señal de regocijo[566].

Conviene no olvidar que con fecha 4 de mayo de 1621 Fray Pedro de Carranza, obispo del Río de la Plata, escribió al Rey dándole cuenta de su llegada al puerto de Buenos Aires (9 de enero), del estado indecente en que halló el edificio de la Catedral, de la poca paz que reinaba en el país, de la rectitud del gobernador Góngora y de la necesidad de poner Audiencia, no sin olvidar la conveniencia de que los gobernadores fuesen personas de experiencia y temerosos de Dios[567].

Suceso interesante registraremos en este lugar: el papa Gregorio XV, con fecha 8 de agosto de 1621, dió un Breve fundando la Universidad y Academia de la ciudad de la Plata en el Colegio de la Compañía de Jesús, noticia que se recibió con mucha alegría en todo el país argentino, y que—como era de esperar—contribuyó mucho a la mayor cultura de aquella parte de América. La alegría del mes de marzo se convirtió en tristeza en el mes de junio. La peste tenía afligida a la ciudad; pero se halló un medio para evitarla, cual era, como otras veces, tomar por intercesor y abogado a algún santo. Este santo debía ser San Roque[568]. Tratóse de hacer una ermita; pero como la cofradía de los bienaventurados San Sebastián y San Fabián tenía acordado construir otra para los citados últimos santos, dispusieron los de San Roque pedir que la imagen de este santo se colocase en la ermita de aquéllos, si bien las cofradías debían ser dos, una de San Sebastián y San Fabián, y otra de San Roque[569]. A tal punto llegó a amedrentar la peste a la población de Buenos Aires, que el cabildo, recordando que en los dos últimos meses habían fallecido más de 1.000 personas, requirió al gobernador para que no abandonase a Buenos Aires con la excusa de hacer una visita a las provincias; mas, si a pesar de ello «quisiere salir a la dicha bisita, este cabildo lo contradise una y dos y tres besses y protesta que, si en este puerto sucediere algún daño, sea por quenta, costa y riesgo de su merced...»[570]. Aproximábase el 16 de agosto, día de San Roque, y en el cabildo del 9 de agosto de 1621, se tomó el acuerdo de hacer en aquel día «prossesion y fiesta con bisperas y misa cantada y sermon en la Iglesia Catedral»[571]. Tratóse en el cabildo del 15 de septiembre de 1621, del recibimiento que debía hacerse al obispo Fray Pedro de Carranza[572], y en el del 15 de noviembre de dicho año se acordó, ya que en aquella fecha nada se hizo «por estar la tierra enferma», celebrar fiestas de toros y cañas[573].

Recibióse la noticia de la muerte de Felipe III en Buenos Aires (comienzos de febrero de 1622)[574], celebrándose con tal motivo suntuosas exequias, como también juegos de cañas, corridas de toros y luminarias con ocasión de la jura de Felipe IV. A los pocos días se dirigió el Rey al cabildo, diciéndole que todos los enemigos de la Corona de España estaban armados contra ella en Italia, Flandes y Alemania, mientras los corsarios holandeses, turcos y de otras naciones, con gran número de bajeles, realizaban muchos y continuos robos en las costas de estos reinos y carrera de las Indias, «y asimismo como por estar mi patrimonio Real tan exausto y consumido que por nengun caso se puede sacar del sustancia conque acudir a el remedio de tan grandes y peligrosos daños, a sido forzoso valerme de mis buenos y leales basallos, pidiéndoles un donativo y empréstito tan cuantioso como lo requiere la nesesidad y ocasión presente...»[575].

Llegó a últimos de 1623 D. Alonso Pérez de Salazar, oidor de la Audiencia de la Plata, con el propósito de tomar la residencia a los gobernadores D. Diego Marín Negrón y D. Hernán Arias de Saavedra[576].

Después de sucesos poco importantes, ocupó el gobierno (septiembre de 1624)[577], D. Francisco de Céspedes, natural de Sevilla. En su tiempo se realizaron grandes y necesarias fortificaciones en el puerto de la ciudad de Buenos Aires. Luego (12 febrero 1625) recibió Céspedes carta del Adelantado del Río de la Plata, gobernador de la provincia de Tucumán, ofreciéndose y poniéndose gustoso a sus órdenes[578]; también tuvo aviso de que una escuadra holandesa, compuesta de 40 velas, se hallaba sobre Pernambuco, aviso que también se comunicó al virrey de Chile a fin de que estuviesen preparados a la defensa[579]. No fueron cordiales las relaciones entre el gobernador Céspedes y la Audiencia de la ciudad de la Plata, dándose el caso de que D. Diego Martínez de Prado, juez comisario de dicha Audiencia, se presentó en Buenos Aires, disponiendo que el gobernador saliese de la ciudad hasta averiguar si eran verdaderas o falsas las denuncias[580]. Céspedes, durante su ausencia, nombró como su teniente y justicia mayor a Pedro Gutiérrez, diciendo entonces el citado señor juez, que si Céspedes no podía usar de los oficios de gobernador y capitán general, menos podría nombrar teniente[581]. El cabildo tampoco se puso al lado de Céspedes. La Audiencia de la ciudad de la Plata nombró a Diego Martínez de Prado «para conoser de los essesos y delitos que se an cometido contra la Real hacienda por el Sr. D. Francisco de Céspedes, gobernador, y sus ijos y contra otras personas de esta ciudad...»[582]. Es de advertir que ya (13 enero 1628) Martínez de Prado había dado orden de poner en prisión a Céspedes[583], y pocos días después, en el cabildo de 21 de febrero del citado año se leyó una carta de Hernán Arias de Saavedra, anunciando que la Real Audiencia le había nombrado para continuar las comisiones de que estaba encargado Martínez de Prado[584]. Inmediatamente publicó Arias de Saavedra que fuese repuesto en su cargo Francisco de Céspedes, siendo de creer que en la visita de aquél a Buenos Aires nada encontró censurable en la conducta del gobernador. Así debió ser, por cuanto en el cabildo del 24 de octubre de 1629, el procurador general de la ciudad, D. Diego Ruiz de Ocaña, hizo notar que Céspedes consiguió pacificar las provincias del Uruguay y demás convecinas, como también los despoblados que hay hasta Córdova, Tucumán y Santa Fe. Del mismo modo «en las cosas tocantes al servicio de S. M. y buen cobro de su hacienda Real he procedido con el celo, cuidado y diligencia de fiel y legal ministro», señalándose por las acertadas disposiciones que dió «para la defensa de la tierra y ofensa del enemigo.» Por todo ello se acordó pedir al Rey la continuación de Céspedes en su importante cargo[585]. Sin embargo, las opiniones acerca de la conducta del mencionado gobernador no estaban conformes, pues, desde Buenos Aires (8 octubre 1630), escribieron al Rey una carta los Padres Fray Francisco Barreto, Fray Luis de Herrera, Fray Gabriel Arias y Fray Tomás de Solorines—carta ratificada por Gabriel de Peralta, gobernador, provisor y vicario general del obispado del Río de la Plata—en la cual afirmaban que perseguía al obispo, prelado, religiosos y seglares que le decían verdades y volvían por el aumento de la Real hacienda, que tenía destruída dicha Real hacienda, que tanto él como sus dos hijos se habían hecho ricos y poderosos, y que puso preso y quiso quitar la vida al capitán Juan de Vergara, regidor perpetuo[586].

Pasado algún tiempo, queriendo dicha autoridad dar muestras de consideración y cariño al señor obispo de Paraguay, quien por entonces visitaba a Buenos Aires, dispuso que a su costa se hiciesen fiestas de toros y juegos de cañas[587].

El gobernador Céspedes, al tener noticia de que los holandeses, enemigos de España, se habían apoderado de la ciudad y puerto de la bahía en la costa del Brasil, ordenó que se fortificase la ciudad y puerto de Buenos Aires[588]. Con razón, en carta que por entonces escribió al Rey, le hubo de decir que no le cogerían de improviso los 40 navíos holandeses que se disponían a subir tierra adentro por algunos ríos[589].

Fijóse Céspedes en atraerse con medios pacíficos a los uruguayos. Estableció comercio con ellos, mandó misiones franciscanas y jesuíticas y consiguió que los charrúas cediesen en su hostilidad a los españoles. Más feliz fué todavía con los chanás, pues abandonaron sus guaridas del río Negro, bajando a tierra firme, donde comenzaron la edificación del pueblo de Santo Domingo de Soriano (1624). Del Uruguay se sacó carbón y leña, y ganados (vacas y caballos). A la cría de ganados se dedicaron aquellas tierras, como si no fuesen también a propósito para la agricultura. Según Bauzá, los campos uruguayos «no merecieron del conquistador y del vecindario de Buenos Aires otro destino que el de ser dedicados a la cría de animales»[590]. Tuvo el sentimiento de que bajo su gobernación, los indios del Chaco, arrostrando el poder español, destruyeron completamente la Reducción de la Concepción del Bermejo.

Comenzó el gobierno de D. Pedro Esteban Dávila. Aunque fué nombrado el 11 de octubre de 1629, tardó más de dos años en tomar posesión[591]. Su primera idea, que fué salir al frente de algunas fuerzas para castigar a los indios del Chaco, más imprudentes cada día y más amenazadores, encontró oposición de parte del cabildo, el cual hizo presente al gobernador los perjuicios que podían seguirse «quedando esta ciudad y provincias sin cabeza ni quien gobierne las armas...»[592]. No sólo preocuparon al gobernador las rebeliones de los indios, sino los enemigos de España, ya apoderados de Pernambuco en la costa de Brasil[593]. Que D. Pedro Esteban Dávila no desistió de su viaje, era buena prueba la petición que el cabildo le hizo, de que suspendiese la marcha a las Reducciones del Uruguay, en razón del levantamiento de indios y de la amenaza de los holandeses que se hallaban en las costas brasileñas[594]. Volvió el cabildo a rogarle que no abandonase la ciudad[595]. Un año después, cuando el gobernador estaba decidido a salir de Buenos Aires «a la pacificación y allanamiento de los indios alçados y reedificación de la ciudad del río Bermejo...», insistió el cabildo para que suspendiese el viaje por la causa y razones ya dichas[596]. Marchó, sin embargo, volviendo pronto después de castigar a los indios.

Importa recordar que en el cabildo del 29 de noviembre de 1637 se presentó D. Mendo de la Cueva y Benavides con el nombramiento de gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata, nombramiento que tenía la fecha del 24 de diciembre de 1636. Apenas el gobernador La Cueva había tomado posesión del cargo, cuando ocurrió un suceso que tuvo grande resonancia en Buenos Aires y en general en toda América. Es el caso que Fray Cristóbal de Aresti, obispo de Buenos Aires, se atrevió, por motivos fútiles y sin importancia, excomulgar al gobernador (24 diciembre 1637). Si poco antes (15 abril 1636) el Rey encargó a D. Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, conde de Chinchón y virrey del Perú, tomase residencia a D. Pedro Esteban Dávila, gobernador que había sido de Buenos Aires[597], lo que preocupaba a todos era el asunto de la excomunión que en un momento de mal humor lanzara el obispo Aresti sobre el gobernador. El cabildo, en nombre de la ciudad, pidió al prelado que levantara la excomunión[598], insistiendo en su petición pocos días después[599]. No cedió el prelado, sino antes, por el contrario, se dispuso a marchar a la ciudad de la Plata, no queriendo oir las súplicas de los individuos del cabildo[600]. Así lo hizo. El cabildo se dirigió entonces al provisor del obispado con el mismo ruego[601]. A tal punto llegaron las cosas que vino a poner paz D. Juan de Palacios, visitador de la Real Audiencia de la Plata[602].

Exigía la importancia del asunto, que tanto el Rey como el virrey escribiesen al gobernador, el primero en carta fechada en Madrid a 14 de agosto de 1634, y el segundo en carta escrita en Lima el 1.º de septiembre de 1638. Dícese en ellas «que Su Majestad trata con Su Santidad de que se canonice el señor rrey D. Fernando, y que ay ya echas ynformasiones, y para conseguirle a sus espensas es menester muchos ducados, y su patrimonio está mui gastado y assi encarga a los cabildos seculares eclesiásticos y seglares hagan que sus súbditos acudan con lo que más pudieren para esta santa obra»[603]. Dispúsose el gobernador a emprender la marcha a Calchaqui para reducir a los indios rebeldes, y como siempre, el cabildo manifestó que no convenía saliese de la ciudad, atendiendo a que los holandeses andaban con deseos de venir a Buenos Aires[604].

Reunióse el cabildo (8 noviembre 1640) para dar lectura al nombramiento de gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata, hecho a favor de D. Francisco de Abendaño y Baldivia[605]. Juró y tomó posesión del cargo; pero en el cabildo del 13 de diciembre del citado año se presentó Cédula y provisión del Rey, fecha en Madrid el 13 de enero de 1640, haciendo merced a D. Ventura de Múxica del cargo y oficios de gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata[606]. Tiene cierta curiosidad la ordenanza por la cual se mandó a don Mendo de la Cueva se abstuviese de hablar mal de los vecinos con pena de 1.000 pesos para la Real cámara por mitad y gastos de las casas del cabildo[607]. A los seis meses siguientes, habiendo fallecido don Ventura de Múxica, el presidente de la Audiencia de las Charcas, nombró a don F. Andrés de Sandobal[608]. Al poco tiempo el marqués de Mancera, virrey del Perú, hizo el nombramiento de nuevo gobernador y capitán general en favor de don Jerónimo Luis de Cabrera[609]. Tratóse en el cabildo de 23 de julio de 1642, del remedio para combatir la peste de enfermedades contagiosas que causaban tantas muertes, acordándose hacer rogativas con su procesión nueve días seguidos[610]. Desde el año 1642 al 1645, pocos hechos importantes se sucedieron en Buenos Aires. Digno de alabanza fué el gobierno de Cabrera, mereciendo también iguales aplausos el almirante don Luis de Aresti, teniente general de gobernador y justicia mayor. Por entonces, la separación de Portugal de la Corona de España, trajo como consecuencia alguna intranquilidad en Buenos Aires.

Refieren los escritores coetáneos que Don Jacinto de Laris (1646-1652), visitó las Reducciones que los jesuítas habían fundado al Sur del Panamá y se acarreó muchos adversarios, porque intentó privar a los eclesiásticos del derecho de adquirir bienes raíces.

Añaden también que don Pedro Ruiz de Baigorri (1653-1660), tuvo que permitir el comercio con los holandeses, pues no podía recibir apoyo de España, que a la sazón estaba en guerra con la Gran Bretaña. Acerca de otro orden de cosas consta que Buenos Aires, a mediados del siglo XVII, tenía unas 400 casas y se hallaba defendida por un fortín con 150 soldados y 10 cañones de hierro.

De Don Alonso Mercado y Villacorta (1660-1663), sólo refieren las crónicas que hizo trasladar la ciudad de Santa Fe al sitio en que la fundó Garay.

Más importancia tiene don José Martínez Salazar. Bajo su gobierno se estableció la Audiencia en Buenos Aires, hizo un censo de la población, fundó la Reducción de los Quilmes, reforzó las milicias coloniales con indios de las misiones y defendió a Santa Fe de los indios del Chaco.

Como en tiempo de don José Garro (1678-1682), los portugueses, sin derecho alguno, fundasen la Colonia del Sacramento frente a Buenos Aires, mandó el gobernador contra ellos al Maestre de Campo don Antonio Vera Mújica, con 260 españoles y 3.000 indios procedentes de las Reducciones administradas por los jesuítas. La colonia fué tomada por asalto; pero al hacerse la paz entre las dos naciones, se devolvió a Portugal.

Si de D. José Herrera y Sotomayor, sucesor de Garro, poco dicen las crónicas, de D. Manuel del Prado y Maldonado, que comenzó su gobierno en 1700, se refiere que fortificó la ciudad temiendo el ataque de una armada dinamarquesa que recorría aquellos mares.

Ilustró su nombre D. Alonso Juan de Valdés Inclán, sitiando y apoderándose de la Colonia del Sacramento, con un ejército de indios guaraníes, devolviéndose también a Portugal después de la paz de Utrech (1713.)

El verdadero fundador de la nación uruguaya fué D. Bruno Mauricio de Zabala, gobernador del Río de la Plata, quien destruyó los establecimientos fundados en la banda oriental por el corsario Moreau y arrojó a los portugueses que se habían fortificado en la península de Montevideo[611]. Zabala levantó un fuerte en la citada península y dejó una guarnición. Felipe V, por cédula dada el 16 de Abril de 1725, decretó la colonización del Uruguay, y el año siguiente, a 20 de enero, comenzó la edificación de Montevideo. «Sin que su talla sea gigantesca, es D. Bruno Mauricio de Zabala de estatura elevada, cuerpo bien proporcionado, arrogante sin presunción y con una presencia magestuosa de príncipe. Sólo sí que le falta la mitad del brazo derecho, que perdiera en una de las muchas batallas en que se ha encontrado en Europa luchando contra los enemigos de su patria o de su Rey. Tal falta, sin embargo, no ocasiona deformidad en él, sino que más pronto y más fácilmente predispone a su favor, desde que es un testimonio auténtico de su valor. Y por no andar manco suple dicho defecto con otro medio brazo y mano de plata, que por lo regular lleva en cabestrillo»[612]. Dicen las crónicas que el primer habitante de Montevideo se llamó Jorge Brogués, que tenía allí una casa pequeña desde el año 1724, viniendo después familias de Canarias, de Buenos Aires y de otras partes. Promovido Zabala a la presidencia de Chile, tuvo, antes de ponerse en marcha para su nuevo destino, que sofocar una insurrección en el Paraguay. Después se embarcó para Buenos Aires (enero de 1736), y llegó cerca de Santa Fe, donde una enfermedad le condujo al sepulcro. Se sabe que fué enterrado a orillas del río Paraná, aunque se desconoce el lugar cierto. Falleció el 31 de enero de 1736, a los cincuenta y tres años de edad. «Fué el teniente general D. Bruno Mauricio de Zabala, fundador de Montevideo, pacificador del Paraguay, defensor de los territorios del Plata contra la agresión portuguesa, protector de los indígenas en cuanto a usar con ellos más del comedimiento que del rigor; prudente, justo y esforzado. Su sola personalidad conducida al escenario histórico basta para lavar muchas manchas de la dominación española»[613].

Vino a sucederle D. Miguel de Salcedo, mediano general y político. Aflojáronse en seguida todos los resortes de la administración. No reinaba la paz ni en el interior ni en el exterior. Los indígenas por un lado y los brasileños por otro tenían en continuo aprieto a la colonia. Montevideo tuvo que luchar con los minuanes, los cuales, si vencedores en un principio, se sometieron por último. Montevideo, y en general todo el Uruguay, se veían continuamente molestados por los brasileños, dueños de la colonia del Sacramento. Para acabar de una vez con semejante estado de cosas, las Cortes de Madrid y de Lisboa celebraron un tratado (13 enero 1750), en virtud del cual Portugal cedería a los españoles la colonia del Sacramento en cambio de siete Reducciones fundadas por los jesuítas en el alto Uruguay y de otras ventajas. Conviene advertir que separado Portugal de España, aquella nación se echó en brazos de Inglaterra. Esta última nación convenció a Portugal de que el cambio era conveniente para evitar cuestiones y disturbios, cuando en realidad era porque así podían ellos extender más fácilmente su comercio por aquellas regiones. Fernando VI consultó el asunto con el gobernador de Montevideo, quien informó a gusto del rey de Portugal y de su hermana la reina de España, según las instrucciones mandadas al efecto por el ministro Carvajal; pero el gobernador de Buenos Aires hizo ver que la permuta propuesta era sumamente perjudicial al decoro y a los intereses de España. Conformes con el gobernador de Buenos Aires, los jesuítas del Paraguay representaron al rey de España la inconveniencia de semejante trueque y cuya exposición entregó a Fernando VI el procurador general de la Compañía en Madrid. Surgieron luego no pocas dificultades. Cuando los comisionados se reunieron en el Brasil para hacer la demarcación de las posesiones que iban a cambiarse, los habitantes de las siete colonias españolas (los guaraníes) se negaron a estar bajo el dominio portugués y se reunieron en número de 15.000 en la colonia central de San Nicolás, obligando a los comisionados a retirarse. Creemos inexactas las siguientes palabras de D. Blas Garay: «Los jesuítas vieron en peligro sus intereses con este pacto, que desmembraba el territorio en que se habían formado un reino casi totalmente independiente, y excitaron a los guaraníes a resistirlo con las armas en la mano»[614]. Es cierto que no pocos partidarios de los jesuítas lamentaron la debilidad de sus compañeros, porque no se opusieron enérgicamente a los planes de las Cortes de España y Portugal. Sea de ello lo que quiera, concluyóse el tratado, si bien se suspendió al poco tiempo, a causa de la protesta formal y solemne del rey Carlos de Nápoles. Sucedió entonces que el marqués de la Ensenada, a cuyas espaldas se había hecho la permuta, acudió reservadamente a Carlos de Nápoles, presunto heredero de la corona de Castilla, dándole noticia de todo. En seguida el monarca napolitano dirigió a su hermano Fernando protesta formal y solemne contra el referido convenio, quedando en suspenso, no sin gran contrariedad del Rey, de la reina D.ª Bárbara[615], de los consejeros y del embajador de Inglaterra. Créese con fundamento que la enemiga de Fernando VI a Ensenada tuvo su origen en el hecho citado.

A Salcedo sucedió Ortíz de Rosas y últimamente D. José Andonaegui. Bajo el gobierno de Andonaegui el P. Quiroga exploró la costa patagónica y los PP. Cardiel y Falkner fundaron la Reducción del Pilar en la falda de la sierra del Vulcán. El marqués de la Ensenada—en oficio dado en Aranjuez el 8 de mayo de 1747—decía a Andonaegui: «En la expedición de los patagones se promete S. M. un feliz progreso, por cuanto el catholico zelo de los PP. Jesuítas, nada omitirá de cuanto considere a propósito para conseguirlo; y aprobando S. M. que V. S. les haya auxiliado y protegido, manda que V. S. lo continúe en la forma que le está prevenido, y por todos los demás medios que fuesen convenientes a conseguir los frutos de tan santo intento»[616].

De las Reducciones de los jesuítas daremos noticia en los capítulos siguientes y especialmente en el XXXIII. Aquí sólo diremos que los primeros jesuítas llegaron a Salta el 1586 y establecieron su principal Colegio en Córdoba, de donde salían misioneros para todo el territorio argentino. Los Padres Montoya y Cataldino marcharon al Paraguay, estableciéndose en la Asunción el 1610, y a los siete años de tentativas poco felices, fundaron sus primeras Reducciones.

Comenzó D. Pedro Ceballos señalando los límites de Buenos Aires con el Brasil. Roto el tratado de 1750 y habiéndose dado principio a las hostilidades con Portugal, el gobernador se apoderó de la Colonia del Sacramento, obligando al jefe de ella a rendirla con cerca de 2.500 soldados que la guarnecían y 118 cañones (29 octubre 1762). Acordóse la devolución en el tratado de París de 1763.

A causa de la importancia que habían adquirido las provincias del Río de la Plata, se pensó en la creación del virreinato de Buenos Aires. Ya, con fecha de 8 de octubre de 1773, pidió el Rey que se le informase sobre la utilidad de crear el virreinato del Río de la Plata y la Audiencia que debía complementarlo. El virrey del Perú (22 enero 1775) y el gobernador de Buenos Aires (26 julio 1776) dieron informes favorables. Cuando se trataban tales asuntos, rompieron los portugueses las hostilidades, decidiéndose entonces a aprestar fuerte expedición militar. En su virtud, con fecha 27 de julio de 1776 fué dirigido un oficio a D. Pedro Ceballos, en el que se le decía: «que por el Ministerio de la Guerra se le comunicaba que el Rey había confiado a su celo y experiencia el mando de esta expedición militar, para hacer la guerra a los portugueses y hostilizarlos en el Río de la Plata.» Añadía, también, «que S. M. le condecoraba además para esta empresa con el superior mando del Río de la Plata y de todos los territorios que comprende la Audiencia de Charcas y además los de las ciudades de Mendoza y San Juan del Pico, de la jurisdicción de Chile, concediéndole el carácter de virrey, gobernador, capitán general y superior presidente de la Real Audiencia, con todas las facultades y funciones que a este empleo corresponden, con 15.000 pesos de ayuda de costas por una vez y el sueldo de 40.000 pesos anuales desde el día en que se hiciese a la vela de Cádiz hasta su regreso»[617]. Se le reservaba, concluída la expedición, el cargo de gobernador de Madrid que a la sazón tenía.

Carlos III, por Real Cédula del 8 de agosto de 1776, creó el virreinato de Buenos Aires con dicha provincia, y además con las del Paraguay y Tucumán, la presidencia de Charcas, el territorio de Cuyo y la costa patagónica. El 13 de noviembre de 1776 zarpó de Cádiz la poderosa escuadra, compuesta de 6 navíos, 9 fragatas, 2 bombardas, 2 paquebotes, 1 bergantín y 96 barcos mercantes, y mandada por el general marqués de Casa Tilly. Esta escuadra conducía a Ceballos y a su ejército, el cual se componía de 4 brigadas de infantería: la primera, a las órdenes del brigadier marqués de Casa Cagigal; la segunda, a las del brigadier D. Juan Manuel de Cagigal; la tercera, a las del brigadier D. Domingo de Salazar, y la cuarta a las del coronel D. Guillermo Waughán. Entre los comandantes de batallón de la primera brigada estaba D. Antonio Olaguer Feliú, futuro gobernador de Montevideo. Todavía el 7 de febrero de 1777 se hallaba la expedición por la isla de Ascensión o Trinidad, teniendo la fortuna de encontrar tres barcos portugueses de comercio, a los cuales apresó, y por ellos supo la situación y las intenciones de la escuadra enemiga. Inmediatamente Ceballos dió sus órdenes, y el 18 de febrero encontró la escuadra portuguesa, que se componía de 4 navíos de línea, 4 fragatas regulares y 3 navíos mercantes; pero, aunque lo intentó Casa Tilly, no pudo darle alcance. Fondeó Ceballos el día 20 a la vista de la ensenada de Santa Catalina. El 22 se procedió al desembarque, que se verificó sin hostilidad, acampando el 23 en la playa de San Francisco de Paula; el 24 se trasladó al campo de Casas Viejas, cerca del castillo de Punta Grosa. Abandonado el castillo por el gobernador, cundió la desmoralización y Ceballos se apoderó el 25 de Santa Catalina, dejando como gobernador de la plaza al brigadier Waughán. Ceballos desembarcó el 20 de abril en Montevideo y comenzó a tomar providencias para apoderarse de la plaza Colonia. Desde Montevideo, en una lancha del comercio, fué conducido hasta la misma Colonia, desembarcando en un sitio denominado El Molino. Durante esta guerra de 1777, respondiendo a una necesidad estratégica, se fundó la villa del Rosario, conocida también con la denominación de la Colla. Ceballos se preparó a caer sobre Colonia, defendida por D. Francisco José de Rocha, que mandaba 1.000 soldados de infantería y 200 artilleros. Rocha pidió capitulación el 1.º de junio, rindiéndose la plaza el día 3 y siendo ocupada por los españoles el 4. Ceballos hizo su entrada triunfal el 5, asistiendo a un Te Deum. Se apoderó de cañones y de muchos pertrechos de guerra. Inmediatamente dispuso la demolición de la muralla y baluartes, y después de los edificios públicos y de las mejores casas de la población, ordenando en seguida que la abandonasen los habitantes en breve plazo. «Así se destruyó en pocos días—exclama Bauzá—la obra que la paciencia, laboriosidad y celo guerrero de los portugueses había construído en noventa años de afanes, dotando al Uruguay de una de las poblaciones más hermosas y ricas de la jurisdicción platense»[618]. Desde Colonia se dirigió, por la vía de Montevideo, a Maldonado, recibiendo allí el correo de España, con el nombramiento de capitán general, y con la noticia de que las Cortes de Madrid y Lisboa habían firmado la paz por el tratado de San Ildefonso (1.º octubre 1777), tan perjudicial a España. Nuestra diplomacia, torpe en esta ocasión, cedía a Portugal las provincias de Santa Catalina y Río Grande, considerándose como un gran triunfo haber podido conseguir que Portugal cediera a España las islas de Annobón y Fernando Poo. Terminada la guerra, importa decir que se fundaron Guadalupe, Pando y Santa Lucía, ensanchándose de un modo notable Montevideo. Una modesta capilla de paja, hecha por Santos, vecino de esta última ciudad (1755), dió origen a la población de Guadalupe; una explotación de corambre, establecida por Pando, vecino de Buenos Aires, dió nombre a un arroyo, en cuyos alrededores se levantó la ciudad de su nombre; una antigua ranchería, albergue después de familias que se disponían a pasar a Patagonia (1781) originó la población de Santa Lucía, también llamada de San Juan Bautista. Montevideo tuvo la fortuna de tener a D. Francisco Antonio Maciel, el padre de los pobres, que a su iniciativa se debieron los socorros que prodigaron las cofradías de San José y Caridad a los náufragos y desvalidos, y a él también se debió la fundación del hospital. Fué de lamentar la ligereza o imprudencia del gobernador Pino en el siguiente hecho. Según ley y costumbre, el 1.º de enero de 1782 se eligió el personal que debía componer el cabildo, resultando nombrados con los principales cargos don Juan Antonio de Haedo y D. Domingo Bauzá. Por motivos harto pueriles se rompieron las amistosas relaciones entre las autoridades populares y el gobernador. Como a la sazón se hallase de paso en Montevideo D. Juan José de Vertiz, nombrado recientemente virrey, resolvió el asunto mandando que compareciesen los alcaldes a su presencia. Después de groseros insultos, Vertiz les desterró, a Haedo a la isla de Gorriti en Maldonado y a Bauzá a la isla de Ratas en el puerto de Montevideo. En queja acudió, en nombre de Haedo y en el suyo, D. Domingo Bauzá, acordando el Consejo de Indias que ambos alcaldes fuesen reintegrados en sus honores e imponiendo una multa al gobernador. Apartando la vista de hechos tan pequeños e insignificantes, importa registrar las Fundaciones de San José y de las Minas, la primera en 1782 y la segunda en 1784, conocida a la sazón con el nombre de Lavalleja, y pobladas principalmente con familias asturianas y gallegas.

En negocios de política internacional, Carlos III reconoció la independencia de los Estados Unidos de América y firmó la paz con Inglaterra (3 septiembre 1783) y por ella se le devolvía Menorca, dándole posesión plena de las provincias de la Florida. Demarcóse nuevamente la frontera con el Brasil, cuya operación tuvo comienzo el 24 de febrero de 1784.

Procede también advertir que el Rey había creado en el virreinato dos autoridades superiores: una el virrey en lo gubernativo, político y militar; y otra, el intendente general de ejército y Real Hacienda. «He resuelto con muy fundados informes y maduro examen—decía el Monarca—establecer en el nuevo virreinato de Buenos Aires y distrito que le está asignado, intendentes de ejército y provincia para que, dotados de autoridad y sueldos competentes, gobiernen aquellos pueblos y habitantes en paz y justicia...» «A fin de que mi real voluntad tenga su pronto y debido efecto, mando se divida por ahora en ocho intendencias el distrito de aquel virreinato, y que en lo sucesivo se entienda por una sola provincia el territorio o demarcación de cada intendencia con el nombre de la ciudad o villa que hubiese de ser su capital...» Las citadas ordenanzas, firmadas por el Rey en San Lorenzo a 28 de enero de 1782, están refrendadas por don José de Gálvez[619]. Realizáronse otras reformas acerca del servicio de correos, de la industria de salazones, etc.

Sucedió a Ceballos Don Juan José Vertiz (1778-1784), el cual creó un hospital de mendigos, una casa de corrección para mujeres, casa de expósitos y un tribunal del protomedicato. Estableció el alumbrado público y ordenó un censo de la población, por el cual Buenos Aires tenía 24.754 habitantes. Construyó en diferentes localidades fortines para contener a los indios de las Pampas y mandó hacer exploraciones en el Chaco, en Patagonia y en río Negro hasta los Andes. En el año 1779, hizo conducir a las poblaciones de San Julián (Patagonia) 22 personas, 100 arados, algunos víveres, maderas, etc.[620]. Por último, ayudó al virrey del Perú en la guerra civil promovida por un sucesor de Tupac-Amaru. Fatigado con quince años de gobierno don Juan José Vertiz, hubo de solicitar su relevo, que le fué concedido en términos laudatorios[621]. Vertiz era natural de México y a su origen americano—según Vrien—«se debe sin duda el progreso que imprimió su gobierno a estas regiones»[622].

D. Nicolás del Campo, marqués de Loreto (1784-1792), fué hombre íntegro y severo. Serios disgustos ocasionados por cosas insignificantes tuvo con el obispo Azamor, y mayores fueron los que le proporcionó la quiebra del administrador de la Aduana de Buenos Aires, pues en ella estaban complicados otros altos funcionarios. Durante este virreinato, fray Antonio Lapa hizo dos viajes en los años 1776 y 1781 al Chaco, acerca de los cuales escribió unos Diarios que se publicaron—en el año 1902—en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, de Madrid. Después de tomar posesión del virreinato, se dirigió el 19 de marzo de 1784 a D. José de Gálvez, dándole cuenta de la tranquilidad que había en la villa de Oruro luego que fueron presos D. Juan de Dios Rodríguez, D. Jacinto Rodríguez de Herrera, D. Clemente Menacho, D. Diego Flores, D. Nicolás Iriarte y José Azurduy, autores de la sublevación del 1.º de febrero de 1781, habiendo fallecido D. Manuel Herrera y D. José Portilla[623].

Sucedió al marqués de Loreto en el cargo de virrey D. Nicolás de Arredondo (1792-1795). Hizo introducir muchos esclavos negros. Establecióse en el año 1794, por solicitud del cabildo, en Buenos Aires el Tribunal del Consulado, cuyo primer secretario fué Manuel Belgrano, tan célebre después en la guerra de la Independencia.

En el corto gobierno de D. Pedro Melo de Portugal (1795-1796) se armó una flotilla de cañoneros en Montevideo para rechazar los ataques de los súbditos de la Gran Bretaña, cuya nación se hallaba entonces en guerra con nuestra nación.

Ocupó interinamente el virreinato el gobernador de la plaza de Montevideo D. Antonio Olaguer Felíu (1797-1799), quien nada hizo digno de mención. Por el contrario, D. Gabriel Avilés y del Fierro, marqués de Avilés (1799-1801) en el año y medio que estuvo al frente del virreinato hubo de realizar, con aplausos generales, algunas mejoras de policía municipal, y encomendó a D. Félix de Azara la fundación de los pueblos de San Gabriel y San Félix, nombres que recordaban los del virrey y fundador.

Bajo el gobierno del virrey D. Joaquín del Pino y Rozas (1801-1804) los portugueses invadieron los pueblos de misiones al Oriente del Uruguay, quedando desde entonces en poder de aquéllos. Al mismo tiempo se hicieron los primeros ensayos periodísticos (El telégrafo mercantil, etc., y el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio). El médico catalán D. Antonio Fabre abrió una cátedra de Anatomía, que fué muy frecuentada por los jóvenes, y D. Cosme Argerich, médico catalán también, creó una escuela en la que se formaron jóvenes de mucha aplicación y talento.

Ocupó el virreinato D. Rafael de Sobremonte. Habremos de registrar un suceso triste. Bustamante, gobernador que había sido de Montevideo, se dió a la vela para España al frente de las fragatas Medea, Fama, Mercedes y Clara[624], conduciendo las dos primeras caudales de aquella ciudad por valor de 1.564.542 pesos, y las otras dinero y efectos de Lima.

A la sazón, Francisco Miranda, natural de Caracas, procuraba atraerse a varios políticos ingleses para que le ayudasen en sus planes revolucionarios contra España. Llegó, en efecto, a adquirir en Londres alguna influencia, y el mismo gobierno inglés daba oídos a sus proyectos, los cuales se referían a una expedición contra los establecimientos españoles de la América del Sur. Coincidía este proyecto con otro que tenía el Gabinete de Londres, y era dar un golpe de mano, sin previa declaración de guerra, a las flotas españolas que venían de América. Cuando navegaba el comodoro Moore por las alturas del Cabo de Santa María con cuatro fragatas, Bustamante se presentó con sus barcos. Era el 5 de octubre de 1804. Rompióse el fuego por ambas partes; pero, después de corto combate, voló la fragata Mercedes, salvándose 46 hombres de los 280 que tenía a su bordo. Rindiéronse en seguida los tres barcos, no sin perder cien individuos entre muertos y heridos. Los ingleses se hicieron dueños de la escuadra española y de sus caudales. Ocurrió desgracia tan grande a 25 leguas de Cádiz. Los barcos fueron conducidos a Plymouth. Tiempo adelante se consumó la completa destrucción de nuestra marina en aguas de Trafalgar (21 octubre 1805).

Desde entonces el gobierno de Madrid, abandonando toda vacilación, se alió con Napoleón Bonaparte. Aprovechándose Miranda del rompimiento de relaciones entre España e Inglaterra, se dirigió al ministro Pitt para interesarle en sus planes. No habiendo sido atendido, Miranda intentó ganarse a los Estados Unidos, donde adquirió algunos recursos. Pudo al fin hacer rumbo a las costas de Ocumare, y desbaratado, se vió en peligro de caer prisionero de los españoles. Por lo que respecta a Sir Home Popham, comodoro, diputado y confidente del jefe del Gabinete, se encargó del mando de una escuadra que debía conducir 5.000 hombres a las órdenes de Sir David Baird, con el objeto de emprender la conquista de la colonia del Cabo de Buena Esperanza (Africa del Sur), perteneciente a los holandeses. Popham y Baird partieron en el otoño de 1805, llegaron al Cabo en los comienzos de 1806 y se apoderaron fácilmente de la colonia. Después Popham, espíritu emprendedor y aventurero, comenzó a recordar los ofrecimientos de Miranda, decidiéndose a marchar a América y emprender la conquista de todo el Río de la Plata. Intentó—como era natural—atraerse a Baird; pero cedió al fin el jefe superior del Cabo, no sin manifestar que la colonia quedaría desamparada llevándose el comodoro las fuerzas que pretendía sacar y que necesitaba para sus empeños. En cambio, el brigadier Beresford, segundo jefe de la colonia, se prestó gustoso a seguir a Popham, pensando que la Gran Bretaña ganaría en aquella empresa lucro y gloria. Popham pudo conseguir que Baird pusiera a disposición de Beresford el regimiento 71 de higlanders, un destacamento de artilleros y algunos dragones desmontados, y él, con las fragatas Diadema, Raisonable y Diomedes, las corbetas Leda, Narcisus y Encounter y cinco transportes, se dió a la vela para Santa Elena a últimos de abril de 1806, en cuya isla recibió el socorro de 150 infantes y 100 artilleros con dos obuses. Las fuerzas de Beresford, unidas a las de Santa Elena, hacían 1.600 hombres de desembarco, a los cuales podían unirse, en caso de peligro, 800 de la escuadra. En los primeros días de mayo salió Popham de Santa Elena y se dirigió al Plata.

El virrey, marqués de Sobremonte, que estaba muy confiado en que las posesiones del Río de la Plata nada tenían que temer de los ingleses, cuando menos lo esperaba, se presentó Popham delante de Buenos Aires (25 junio 1806). Después de débil resistencia, el 27 entró el enemigo en Buenos Aires y tomó posesión de la fortaleza. Huyó cobardemente el virrey, teniendo la Audiencia y el cabildo que capitular. Buenos Aires prestó juramento de obediencia al rey de Inglaterra, y el cabildo quedó encargado del gobierno civil. Los planes de Miranda se habían cumplido.

No gozaban los ingleses de simpatía en Buenos Aires. Mirábanse con desconfianza conquistadores y conquistados. Entre los últimos se tramó vasta conjuración dirigida por D. Martín de Alzaga, rico español, D. Felipe Sentenach, ingeniero, y otros. Reuniéronse los conjurados en Perdriel, y allí fué a atacarles (1.º de agosto) Beresford, al frente de una columna de 450 hombres y seis piezas de artillería. Los conjurados sufrieron una derrota, sin embargo de que la caballería estaba mandada por el valeroso jefe Juan Martín de Puigrredón. Murieron tres soldados y cuatro heridos del ejército de Beresford. Cayeron en poder de los enemigos cinco prisioneros, la artillería y papeles importantes.

Montevideo se preparó a luchar con los ingleses. El gobernador Ruiz Huidobro, que era hombre de más valor que el marqués de Sobremonte, no sólo estaba dispuesto a defender a Montevideo, sino creíase con fuerzas para intentar la ofensiva. El pueblo le animaba para que emprendiese la reconquista. Empujado por la opinión reunió el cabildo el 5 de julio, y pocos días después una junta de guerra; ambas corporaciones se manifestaron decididas a la reconquista. El cabildo, invistiéndose de atribuciones que no le pertenecían, declaraba el 18 de julio lo siguiente: «Que en virtud de haberse retirado el virrey al interior del país, de hallarse suspenso el Tribunal de la Real Audiencia y juramentado el cabildo de Buenos Aires, era y debía respetarse en todas las circunstancias al gobernador D. Pascual Ruiz Huidobro como jefe supremo del continente, pudiendo obrar y proceder con la plenitud de esta autoridad, para salvar la ciudad amenazada y desalojar la capital del virreinato.» El virrey, marqués de Sobremonte, que desde Buenos Aires había tomado camino de Córdoba, apareció a la sazón con una circular a todas las provincias, pidiéndoles contingentes para el ejército que preparaba con destino a la reconquista de Buenos Aires y dándoles aviso de que se hallaba al frente de 1.500 hombres de milicias, esperando además otros 2.000. El gobernador de Montevideo recibió el citado documento junto con un oficio del 18 de julio, en que el virrey le ordenaba desprenderse de la tropa veterana y artillería de campaña, remitiéndosela inmediatamente. Ruiz Huidobro, cuya situación era sumamente delicada, contestó respecto a la circular que «había tenido por conveniente suspender su publicación, por hallarse autorizado por el cabildo de Montevideo para la reconquista»; y en cuanto a la tropa pedida «no podía enviársela, pues debía marchar en la expedición.» El virrey mostró una vez más su debilidad aprobando la expedición, añadiendo «que si en la demora no hubiese peligro, esperase Ruiz Huidobro los refuerzos que él debía llevarle; pero que si temiese perder la oportunidad del ataque y se conceptuase con bastante seguridad, procediese en consecuencia»[625]. El elemento militar y el marino, los ciudadanos ricos y pobres, todos ayudaron al gobernador de Montevideo en su obra patriótica. El comercio dió señaladas pruebas de una generosidad digna de alabanza. Entre los nombres de los donantes y prestamistas—prestamistas que dieron su dinero sin interés ni plazo para su reembolso—se hallaban D. Francisco Antonio Maciel, padre de los pobres, D. Manuel Diago, D. Faustino García y D. Miguel Antonio Vilardebó.

Por entonces llegó una carta de D. Santiago Liniers, capitán de navío y jefe que había sido de la ensenada de Barragán, ofreciéndose a reconquistar la capital, si le daban 500 hombres de tropas escogidas. La Junta de guerra oyó a Liniers, quien repitió lo que antes había dicho; pero aquélla continuó prestando todo su apoyo al gobernador de Montevideo. Nuevamente se reunió la Junta y esta vez con asistencia también de Liniers, tomándose el acuerdo de que éste, llevando como segundo al capitán de fragata D. Juan Gutiérrez de la Concha, se dirigiese a libertar a Buenos Aires, en tanto que Ruiz Huidobro permanecería en Montevideo para defender la ciudad. El 22 de julio de 1806 recibió Liniers la orden de marcha, y en ella se le decía lo siguiente: «Quedo muy satisfecho que los conocimientos militares de V. S., su celo por la religión, por el mejor servicio del Rey, y su amor a la patria, le proporcionarán la indecible satisfacción de libertar aquel pueblo de la opresión en que se encuentra afligido, y volverlo a la suave dominación de nuestro amado soberano, libertando por ese medio a todo el virreinato, expuesto a caer en igual desgracia, si subsistiendo el enemigo en la capital, recibe refuerzos como es de esperar.» El 23 desfilaron las tropas por el Portón de San Pedro (hoy calle de 25 de Mayo). A los cuatro días siguientes, aprovechando la obscuridad de la noche, salió la escuadrilla compuesta de cinco zumacas y 17 lanchas cañoneras, fondeando en Colonia el día 28. Entre tanto Liniers había llegado el 23 a Canalones, el 26 vadeó el Santa Lucía, el 27 llegó a Rosario y el 28 a Colonia, encontrándose con la flotilla que ya estaba allí. Al poco tiempo llegó a Colonia Puigrredón manifestando que no esperasen socorro alguno de Buenos Aires, a causa del desastre ya citado de Perdriel. Liniers respondió: «No importa; nosotros bastamos para vencer a los ingleses,» palabras que produjeron el mayor entusiasmo entre los circunstantes y que se repitieron después entre los soldados. El día 3 de agosto las tropas se embarcaron en la escuadrilla, el 4 fondeaba el convoy dentro del puerto de las Conchas, y poco después desembarcó la tropa y la artillería. Dirigióse Liniers al general inglés, y en el oficio se hallan las siguientes palabras: «La justa estimación debida al valor de V. E., la generosidad de la nación española y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V. E. este oficio, para que impuesto del peligro y sin recursos que se encuentra, me avise en el preciso término de quince minutos, si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de entregarse a la discreción de un enemigo generoso.» Beresford contestó: «que se defendería hasta el caso que lo indicase la prudencia»[626]. Comenzó Liniers el ataque ocupando la plaza del Retiro, no sin batir al mismo Beresford, quien perdió unos 30 hombres, entre ellos al capitán de su artillería. El día 11 Liniers, preocupado porque Popham se hallaba allí haciendo contínuas señales a la plaza, fingió un ataque a la escuadra enemiga. En seguida se decidió a atacar a Buenos Aires por tierra y por mar al mismo tiempo. El día 12, después de oir la opinión de Concha y de otros, Liniers se decidió a ordenar el avance inmediato de todo su ejército. Por todas partes se oían las palabras de ¡Avancen! ¡Avancen! y con entusiasmo loco se dirigían todos al sitio de mayor peligro. Las seis divisiones en que dividió el ejército, penetraron cada una de ellas por las calles de la Merced, Catedral (hoy San Martín), Torres, Cabildo, Santo Domingo y San Francisco, las cuales conducían a la Plaza Mayor. Llegaron a dicha plaza. Beresford, rodeado de los suyos, bajo el arco grande de la Recoba, dirigía las operaciones. Entonces D. Benito Chain, con las fuerzas de infantería que mandaba, se lanzó derecho al arco grande de la Recoba, mientras se retiraba el jefe inglés, que ya había perdido a su secretario Kennet, al teniente Michan y cinco oficiales gravemente heridos. Beresford entró en la fortaleza y considerándose vencido, mandó enarbolar la bandera de parlamento. Rindióse el general inglés a discreción, izándose en seguida la bandera de España en la fortaleza. Beresford se presentó a Liniers, quien, en vez de tomar la espada que le ofrecía el vencido, le abrió los brazos y le felicitó por su valerosa defensa. Veintidós días duró aquella gloriosa campaña militar: el 23 de julio de 1806 salieron las tropas españolas de Montevideo y el 12 de agosto rindieron sus armas los ingleses. Inmensa fué la alegría de Buenos Aires y muy especialmente la del cabildo. También se hallaba satisfecho Ruiz Huidobro; y el virrey Sobremonte, desde Acevedo, felicitaba al cabildo por la parte que la corporación popular tuvo en la reconquista.

Poco tiempo duró la cordialidad entre vencedores y vencidos. Liniers, con una ligereza censurable, después de la rendición, puso su firma en el texto inglés de una capitulación antidatada, por la cual concedía el libre regreso a Inglaterra de Beresford y sus tropas. Arrepentido Liniers, al suscribir la versión española del documento, puso las palabras en cuanto puedo, antes de su firma. Provocó el asunto contestaciones escritas entre Liniers y Beresford, decidiéndose al fin que pasase el asunto al gobernador de Montevideo. Liniers, por enfermedad cierta o fingida, dejó el mando a Gutiérrez de la Concha el 29 de agosto. Además de la apelación indicada, llegó otra a Ruiz Huidobro de parte de Popham, el cual se quejaba de la conducta de Concha, pues—según el comodoro—el sucesor de Liniers, no respetando los pactos, había intimado a los transportes ingleses fondeados en las valizas de Buenos Aires el inmediato abandono de ellas. Ruiz Huidobro se puso al lado de los suyos y no de la justicia.

Otro asunto vino a echar leña al fuego de las discordias. Ruiz Huidobro y el cabildo de Montevideo, reclamaron, con fecha 22 de agosto, las trofeos arrebatados a los ingleses en la jornada del 12; pero Liniers y el cabildo de Buenos Aires, apoyados por la Real Audiencia y por la opinión de varios jefes y vecinos, acordaron por toda respuesta guardar silencio. Declaró el cabildo «que era una temeridad pretender arrogarse la gloria de una acción que ni aun hubieran intentado los de Montevideo, a no contar con la gente y auxilios que estaban dispuestos en Buenos Aires.» Resolvió cuestión tan enojosa el rey de España, expidiendo una Cédula, declarando que «atentas las circunstancias concurrentes en el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, y la constancia y amor acreditados al Real servicio de la reconquista de Buenos Aires, venía en concederle título de Muy fiel y reconquistadora; facultad para que usase de la distinción de maceros; y que al escudo de sus armas pudiese añadir las banderas inglesas, que apresó en dicha reconquista, con una corona de olivo sobre el Cerro, atravesada con otra de las Reales armas, palma y espada»[627].

Vencido y prisionero el ejército de Beresford, no respetada la capitulación, como pregonaban en todos los tonos los vencidos, era natural que Inglaterra hiciese un esfuerzo, no sólo por su interés comercial, sino para restablecer el crédito de sus armas.

Antes de narrar la segunda guerra del Uruguay contra los ingleses, recordaremos que en Buenos Aires ocurrían sucesos importantes. Liniers era proclamado por las corporaciones civiles y por el pueblo jefe del ejército. Quiso oponerse el marqués de Sobremonte, cediendo al fin ante la voluntad general. No solamente aprobó el nombramiento militar de Liniers, sino delegó en la Audiencia el mando político. «De esta manera—escribe Bauzá—la ruina del régimen colonial, cuyas bases había socavado el cabildo de Montevideo con su declaración de 18 de julio, quedaba consumada de propio consentimiento, en la persona del que con razón apellidan sus compatriotas el último de los virreyes»[628].

Comprendiendo el marqués de Sobremonte que nada tenía que hacer en Buenos Aires, dispuso marchar a Montevideo, seguido de algunas fuerzas que le eran fieles. Llegó en los primeros días de octubre, cuando ya Ruiz Huidobro se había preparado convenientemente a la defensa. Grande contrariedad fué la presencia del virrey en aquellos momentos. Cuando hizo su primera salida por las calles, seguíanle grupos gritando ¡Abajo los traidores!, y cuando inspeccionó los trabajos de la ciudadela, los muchachos, en tono burlesco, exclamaban: ¡Avanza! ¡Avanza! Sordo a todos los clamores populares, anunció a Ruiz Huidobro que se encargaba de la defensa de la plaza. Huidobro, el cabildo y la población toda recibieron con gran disgusto la noticia; pero Popham amenazaba a la ciudad y era preciso ocuparse en asunto de transcendencia tanta. Comenzó el fuego el 28 de octubre entre los ingleses y las baterías de la ciudad, y, después de tres horas de combate, aquellos abandonaron el puerto y se dirigieron para Maldonado con el grueso de sus tropas y escuadra, dejando sólo algunos barcos que sostuvieran el bloqueo. El 29 llegó Popham a Maldonado, cuya escasa guarnición no pudo resistir el ataque de los enemigos, teniendo del mismo modo que capitular el día 30 la isla de Gorriti. Maldonado fué presa del más horroroso saqueo; no se respetaron las mujeres ni los lugares sagrados. Los archivos públicos fueron destrozados, destinándose buena cantidad de papel para hacer cartuchos. Hasta el hospital sufrió el saqueo. Nombrado gobernador el teniente coronel Vassal, del regimiento 38, renació la tranquilidad, que era el nuevo jefe hombre de tanto valor como prudencia. Conducta tan caballerosa se atrajo las simpatías de todos, siendo de sentir que en un cartel, pegado en los sitios públicos, afirmase que las creencias religiosas no serían nunca motivo de disidencias entre católicos y protestantes, puesto que en ambas religiones sólo existían diferencias de detalle. Los curas de Maldonado y de San Carlos arrancaron por su propia mano los carteles. El escándalo no pudo ser mayor, imponiéndose al cabo la prudencia.

El 5 de enero de 1807, Sir Samuel Auchmuty, con sus soldados, arribó a Maldonado, y a Popham sucedió el almirante Sterling. Los nuevos jefes señalaron a Montevideo como punto objetivo de sus primeras operaciones. Si el cabildo de dicha ciudad envió dos comisionados a Buenos Aires a pedir auxilios, aquéllos nada adelantaron. El 14 de enero de 1807 se presentó delante de Montevideo Sir Samuel Auchmuty con 5.700 soldados veteranos, y cuya armada se componía de más de cien velas, entre navíos, fragatas, transportes y buques menores. La guarnición y el vecindario se dispusieron valerosamente a la lucha. El 15 el general inglés intimó la rendición de la plaza, contestando Sobremonte que todos los vasallos del rey de España estaban decididos a defender a Montevideo hasta perder su último aliento. El 16 se movió Auchmuty con rumbo al Buceo, donde se hallaba Sobremonte, quien no pudo oponerse al desembarco. El 17 continuaron los ingleses su desembarco y el 18 el virrey ordenó que sus avanzadas rompieran ligero fuego. El 19 Auchmuty, marchando en columnas paralelas, avanzaba con todas sus fuerzas, retirándose Sobremonte, quien hubo de mandar aviso a Ruiz Huidobro de que su ejército se había desbandado a los primeros tiros. El ejército, el cabildo y el pueblo todo clamaban para que Ruiz Huidobro se pusiese al frente de la guarnición. En efecto, el día 20 rompía su marcha contra los ingleses una división de 2.362 hombres, a las órdenes del brigadier D. Bernardo Lecocq, y como segundo jefe iba el teniente coronel D. Francisco Javier de Viana, demostrando el aspecto de las tropas, según Ruiz Huidobro «un denuedo, una confianza, un valor, capaz de causar envidia y lisonjear el mejor éxito de la empresa.» Los ingleses lucharon con acierto y bravura, hallándose admirablemente dirigidos por Auchmuty. Ruiz Huidobro, que desempeñó su papel y nada más, insistió en pedir tropas y toda clase de auxilios al cabildo y a la Audiencia de Buenos Aires, consiguiendo que esta vez oyese el cabildo la voz de la razón, acordando aprestar un contingente de 2.000 hombres, que al mando de Liniers pasaran a Montevideo. La vanguardia de Liniers zarpó el 24 de Buenos Aires y estaba mandada por el brigadier Arce. En tanto que Arce penetraba en Montevideo, Liniers, a la cabeza de 3.000 hombres, había fondeado el 30 de enero en la playa de San Francisco, al Norte de Colonia, anunciando desde allí al cabildo que en el término de cuatro días se hallaría en Montevideo. El 1.º de febrero rompió la marcha Liniers; pero el 3 dieron el asalto los ingleses por el costado del portón de San Juan. Aunque resistieron valerosamente los españoles, Ruiz Huidobro tuvo que pedir parlamento, y a las ocho de la mañana se izó la bandera inglesa en el baluarte principal de la ciudad. Cuando estas noticias llegaron a oidos de Liniers, se retiró con sus tropas a Buenos Aires. Vencedores y vencidos tuvieron pérdidas sensibles. Durante tres días, los ingleses hacían prisioneros a todos los individuos que encontraban por las calles, fuese hombre o niño, conduciéndolos a bordo de sus barcos para después trasladarlos a Inglaterra. Si Liniers faltó a la capitulación que hizo con Beresford, justo era—cumpliéndose así la pena del Talión—que Auchmuty hiciera lo mismo con Ruiz Huidobro. Entre los prisioneros que debían ser conducidos a Inglaterra se hallaba el teniente Rondeau, que tiempo adelante ganó gloria inmortal en los campos de batalla. Auchmuty, norteamericano de origen, aunque enemigo de la causa de la independencia de su país, usó moderadamente de la victoria.

Por aquellos tiempos se publicó un periódico, el primero que viera la luz en el país, con el nombre de La Estrella del Sur, cuyo objeto principal era explicar la conveniencia de sacudir el yugo español. Comparaba la grandeza de Inglaterra con la decadencia de España y el sistema liberal de la administración inglesa en sus colonias con el sistema reaccionario de la española en las suyas. Demostraba cómo pueblos que profesaban distintas religiones, lengua y costumbres, vivían tranquilos y felices bajo la dominación de la Gran Bretaña, siendo de notar que aun los mismos ingleses estaban divididos en católicos y protestantes, lo cual no impedía que todos fuesen felices bajo las mismas leyes civiles. Llenóse el Uruguay de mercaderías inglesas y en la comparación entre aquéllas y las españolas, la ventaja era de las primeras. Además de la publicación periodística y del comercio, no olvidó Auchmuty la conquista, y con este objeto ocupó a Canalones, San José y Colonia.

Considerando el citado jefe que pronto iba a llegar el general Whitelocke, quien echaría mano de todas las fuerzas disponibles para apoderarse de Buenos Aires, organizó una milicia, la cual haría todos los servicios que antes las tropas regulares.

Sin embargo de la excelente política de Auchmuty, se sentían síntomas de resistencia en todo el país contra los ingleses, bien que los alentaba desde Buenos Aires el gobernador Liniers. Descubrióse la conspiración, en la que entraban muchos vecinos de Montevideo. Presos los reos y condenados a muerte, fueron perdonados generosamente por Auchmuty.

Vino de España con el cargo de comandante general D. Francisco Javier Elío, y aunque su primer pensamiento fué apoderarse de Colonia, su torpeza hizo que se malograse una empresa que se creía segura. Al mismo tiempo llegaba a Montevideo el general Whitelocke (10 mayo 1807) y el 11 se hizo reconocer jefe de todas las fuerzas británicas. El 28 de junio desembarcó Whitelocke en la ensenada de Barragán, distante de Buenos Aires más de 60 kilómetros. Pensaba el general inglés que el general Liniers sería como el pusilánime y necio Sobremonte. No era así, y la conquista realizada fácilmente por Beresford, era a la sazón sumamente difícil. El 2 de julio se dejó ver Whitelocke por las avanzadas de la ciudad de Buenos Aires, y el 3 intimó la rendición del enemigo. El 5 derrotaron completamente los nuestros a los ingleses y el 6 aceptó dicho general las proposiciones de paz dictadas por Liniers. Se embarcaron el 17 de julio las tropas inglesas. Según lo dispuesto en las proposiciones de paz, el 7 de septiembre, dos meses después de firmada la capitulación, habían de evacuar los ingleses todos los puntos que dominaban en el Uruguay y, por consiguiente, Montevideo. Para sustituir a Ruiz Huidobro, prisionero en Inglaterra, nombró Liniers gobernador interino a Elío.

Si a primera vista parece que España salió vencedora e Inglaterra derrotada, no fué así. Los ingleses arrojaron en ambas márgenes del Plata el espíritu de independencia, la libertad de comercio y la tolerancia religiosa. Enseñaron los ingleses una verdad de importancia inmensa, cual fué que los habitantes de aquellos países eran aptos, como los españoles, para todos los cargos públicos. La Corte confirmó el nombramiento de Elío como gobernador de Montevideo, y Liniers hubo de llegar por la defensa de Buenos Aires a la cima de la gloria. Sin embargo, el malestar era general. La semilla que los ingleses habían arrojado al suelo producirá sus frutos. La independencia de los países del Río de la Plata estaba próxima.

Acerca de la toma de Buenos Aires por los ingleses, trasladaremos aquí las palabras del eminente historiador Gervinus: «Popham se apoderó de la ciudad de Buenos Aires por sorpresa el 27 de julio de 1806. La indignación que desde luego provocó en el seno del Gabinete inglés este acto arbitrario de Popham, fué sofocada por el gozo que produjeron los informes entusiásticos del almirante, que extraviaron a todo el comercio, engañando también al gobierno, y arrastrándole a aceptar estas veleidades de conquista. Los miembros reflexivos del Gabinete se vieron muy embarazados al saber el éxito obtenido en el Río de la Plata»[629]. La empresa de Popham no pudo ser más torpe. Se atrajo el odio de España, no influyó para disminuir el poder de Napoleón y recargó con gastos enormes el presupuesto de Inglaterra. Como fin de la jornada, un aventurero arrojó con un puñado de gente a los ingleses conquistadores de Buenos Aires.

No debían andar bien las cosas políticas en Buenos Aires, cuando el obispo de la citada población hubo de escribir (29 mayo 1807) al príncipe de la Paz manifestándole la necesidad de un virrey con tropas veteranas para defenderse de una segunda invasión inglesa que amenazaba[630]. Luego, cambiaron de tal modo las cosas, que se acordó (7 julio 1807) un tratado definitivo entre el general en jefe de las tropas británicas y el general en jefe de las españolas[631]. El virrey interino Liniers escribió a Godoy, diciéndole que no aspiraba al mando del virreinato, deseando únicamente se le concediera el empleo de inspector general de los ramos de ingenieros, artillería, infantería, caballería y marina, en toda la América del Sur[632]. Aplausos mereció la política de Liniers en Buenos Aires al comienzo de su mando. Su gobernación fué justa y su fidelidad por Fernando VII parecía cierta, aunque algunos sospechaban de sus inclinaciones a Francia.

Acerca de la gobernación de Tucumán no debemos olvidar que fué creada por el conde de Nieva, virrey del Perú, y confirmada por Real cédula (1563) que la declaró independiente de Chile. Entre los gobernadores más notables citaremos a D. Juan Ramírez de Velasco (1586-1593), fundador de Jujuí de Rioja, en el país de los diaguitas, y de Madrid, en la confluencia de los ríos Salado y de las Piedras. Su sucesor D. Hernando de Zárate puso en defensa la ciudad de Buenos Aires—que a la sazón no formaba gobierno independiente—contra el pirata inglés Hawkins; también peleó con los indígenas. En los comienzos del siglo xvii D. Alonso de Ribera fundó un pueblo al que dió su nombre e hizo uno que llamó Talavera de Madrid, de los dos que se denominaban Madrid y Esteco. Floreció por entonces en Santiago del Estero su obispo Fray Fernando Trejo, fundador de un Seminario Conciliar en Córdoba. Durante los gobiernos de D. Nicolás de Arredondo (1789-1795), prosiguió los trabajos, encomendados a D. Félix de Azara, D. Diego de Alvear y otros hombres eminentes, para señalar los límites con las posesiones de Portugal, quedando sin realizar la demarcación entre los ríos Uruguay y Guazú por falta de conformidad.