CAPITULO XXVIII
Gobierno del Paraguay y del Uruguay.—Cédula de Felipe III.—Gobierno de Frías.—Gobernadores más importantes.—Reducciones de los jesuítas.—Depredaciones de los indios.—Decadencia del gobierno.—Reyes Balmaceda.—Revoluciones, guerra con los indios y expulsión de los jesuítas.—Fundación de poblaciones.—Gobierno del Uruguay.—Españoles y portugueses en el país.—Consecuencias de la permuta de la Colonia del Sacramento por otras colonias.—Viana, gobernador de Montevideo y oposición de los jesuítas.—Los indígenas.—Campaña de Ceballos, jefe del gobierno de la Plata, contra los portugueses: tratado de 1763.—Gobierno de la Rosa y expulsión de los jesuítas.—El gaucho.—Expedición de Sampayo.—El cabildo.—Gobiernos de Viana y del Pino, de Tejada y de Olaguer Feliú: reformas.—Bustamante y Ruiz Huidobro.—El cabildo.—Los charrúas.—Calamidades en el país.
Ya se dijo en su lugar respectivo que comprendiendo Felipe II que el gobierno del Paraguay era demasiado extenso para ser regido por un sólo jefe, mediante una Cédula del 16 de diciembre de 1617 creó dos gobiernos: el del Río de la Plata (Buenos Aires, Santa Fe, San Juan de Vera y Concepción del Bermejo), y el del Guairá o Paraguay (Asunción, Ciudad Real, Villa Rica y Jerez).
Continuó de gobernador en el Paraguay el ya citado Manuel Frías (1620-1626), quien empeñado en no vivir en compañía de su mujer doña Leonor Martel de Guzmán, hija de Ruiz Díaz de Melgarejo, se atrajo las censuras de Torres, obispo de la Asunción; pero la Audiencia de Charcas falló el pleito en favor del gobernador, que falleció en Salta cuando iba a ocupar de nuevo el mando. Sucedióle Diego de Rego (1626-1631), que nada hizo digno de contarse. Ejemplo de malos gobernantes fué Luis Céspedes García Xaria, acusado tal vez con motivo de andar en tratos con los indios brasileños (tupíes y mamelucos), para reducir a la esclavitud a guaraníes y venderlos en la provincia de Río Janeiro. La Audiencia de Charcas le puso preso (1631) y le condenó a pagar la multa de 12.000 pesos, quedando destituído. A Martín Ledesma Valderrama sucedió Pedro de Lugo y Navarro, que comenzó a gobernar el año 1636: en guerra con los mamelucos y tupíes, abandonó sus tropas, las cuales alcanzaron sin embargo una gran victoria. Llamado a España, murió en el viaje. Gregorio de Henestrosa, natural de Chile, que se encargó del gobierno el año 1641, y de quien se cuenta que se vió obligado a expulsar del Paraguay al obispo Fray Bernardino de Cárdenas, enemigo declarado de los jesuítas. Luego, el dicho prelado consiguió, no sólo volver a la Asunción, sino ser nombrado gobernador, haciendo entonces cerrar el Colegio de la Compañía y expulsar de la ciudad a los hijos de Loyola. Destituído el prelado por la Audiencia de Charcas y después de los breves gobiernos de Diego de Escobar Osorio y de Sebastián de León y Zárate, en cuyo tiempo volvieron los jesuítas, fué nombrado Andrés Garavito de León (1650), natural de Lima, sabio legista, que venció con auxilio de los guaraníes a los mamelucos y guaicurúes. Cristóbal de Garay y Saavedra (1653-1656), nieto del famoso Juan de Garay, fué nombrado gobernador.
En su lugar respectivo haremos detenida relación de las Reducciones de los jesuítas en el Perú, Buenos Aires, Uruguay, Brasil y en particular en el Paraguay. El gobernador Juan Blazquez Valverde (1656-1659), fué defensor de los hijos de Loyola. Respecto a las depredaciones de algunas tribus no tuvo energía para contenerlas. Por el contrario, Alonso Sarmiento de Sotomayor y Figueroa (1659-1663), puso una barrera a las invasiones de los indios enemigos. Como se levantasen las tribus del Norte del Paraguay, sufrieron severo castigo y los jefes fueron ajusticiados. También contuvo a los guaraníes y payaguáes, que continuaban sus depredaciones. Juan Diez de Andino (1663-1671), siguió la guerra con algunas tribus, y don Felipe Rego Corbalán no pudo contener las invasiones de los mamelucos ni las tropelías de los guaicurúes en Atirá. Gobernó el cabildo juntamente con el licenciado Diego Ibáñez de Faría (1676-1684), después Antonio de Vera Múgica y en seguida Alonso Fernández Marcial, no ocurriendo hechos dignos de especial mención. En tiempo de Francisco de Monforte (1691) se comenzó a construir la catedral de la Asunción, cuya obra se terminó a los tres años, esto es, el 1693. Tan odioso se hizo don Sebastián Felix de Mendiola (1691-1696), que los paraguayos le redujeron a prisión y le mandaron con grillos a Buenos Aires. Apenas hay noticias de Juan Rodríguez Cota (1696-1702), Antonio de Escobar y Gutiérrez (1702-1706), Baltasar García Ros (1706-1707) y Manuel de Robles Lorenzana (1707-1713); pero de Juan Gregorio Bazán de Pedraza (1713-1717), debemos decir que dió comienzo a dos poblaciones: una en el valle de Guarmipitán y otra en Curuguati; la primera para contener a los guaicurúes y la segunda a los mamelucos. A Antonio Victoria sucedió Diego de los Reyes Balmaceda (1721-1725). En la historia del Paraguay se señala por su importancia el gobierno de Balmaceda, pues aquel país fué teatro del primer acto de independencia. Acusado Balmaceda de varios delitos, la Audiencia de Charcas nombró juez pesquisidor a José de Antequera, natural de Lima. De las pesquisas hechas resultó culpable el gobernador, siendo nombrado el mismo Antequera por el virrey de Lima para reemplazarle; pero Diego de los Reyes, que contaba con el poderoso apoyo de los jesuítas, logró que el citado virrey le devolviese el gobierno. Ni Antequera ni el cabildo obedecieron la orden. Balmaceda se refugió en el territorio de Corrientes, donde gozaba de las simpatías de los indios de las misiones. Vióse obligado el virrey del Perú a enviar tropas contra Antequera, quien tuvo que huir. A Balmaceda sucedió en 1725 Martín de Barna. En su tiempo, Fernando Mompó, de acuerdo con Antequera, pretendió insurreccionar el país, intitulándose presidente de la provincia del Paraguay. Al gobierno de Ignacio de Soroeta (1730) sucedió la Junta gubernativa presidida por José Luis Barreiro, después Manuel de Garay, luego Antonio Ruiz de Orellano, en seguida Cristóbal Domínguez de Obelar, y últimamente Isidoro Mirones y Benavente. Nombrado por la corte de España Manuel Agustín de Ruiloba (1733), fué muerto en Guayaibití en un combate contra los comuneros. Juan Caballero de Añosco (1733) nada hizo de particular y le sucedió en el citado año el obispo Fray Juan de Arregui, quien pronto se arrepintió de haber aceptado y se retiró a Buenos Aires, dejando el gobierno a Cristóbal Domínguez de Obelar (segunda vez). Ante el desorden que reinaba en el Estado, Bruno Mauricio de Zabala, se encargó de restablecer la paz en el Paraguay y al frente de 6.000 indios atacó a los rebeldes y les venció, pasando por las armas a los jefes y entrando en la Asunción (junio de 1735). Así terminó la revolución de los comuneros. Martín José de Echaurri (1735-1741) restableció la tranquilidad en el país; Rafael de la Moneda (1741-1747) fundó al norte la villa de Emboscada con 6.000 negros y mulatos libres y sometió a los payaguaes obligándoles a establecerse cerca de la Asunción; Marcos José de Larrazabal (1747-1750) derrotó a los abipones; Jaime Sanjust (1750-1761) fomentó el cultivo del tabaco y José Martínez Fontes (1761-1762) hizo la paz con los abipones y con ellos fundó en el Chaco la Reducción del Timbó. A Fulgencio Yegros y Ledesma (1762-1766), le sucedió Carlos Morphi (1766-1772), bajo cuyo gobierno fueron expulsados los hijos de Loyola, pasando las misiones a cargo de los frailes dominicos, franciscanos y mercenarios. Desde entonces las misiones fueron decayendo, si bien por otro lado se aumentó la industria, pues bajo el gobierno de Morphi se fundaron los pueblos de Carimbatay, Ibicuí, Pirayú, Carayaó y Caacupé, aumentando también el número de habitantes de la capital.
Consignaremos de igual manera que durante el gobierno de Agustín Fernández de Pinedo (1772-1778) se fundaron otras poblaciones y se creó el virreinato de Río de la Plata, del cual fué el Paraguay una de sus intendencias. El primer gobernador de la intendencia se llamaba Pedro Melo de Portugal (1778-1785) y en su tiempo se echaron los cimientos de Humaitá, Curupaity, Arroyos y Esteros, Ibitimí y otros, con las importantes villas del Pilar, del Rosario y de San Pedro. Recordaremos que en 1783 se fundó el Colegio Real y Seminario de San Carlos, aumentando de un modo considerable la industria. Aumentó el ganado vacuno, lanar y caballar, se plantaron muchos árboles, se explotaron los prados, se cultivó el algodón y adquirió importancia la fabricación de la miel. Abriéronse caminos y los montes dieron maderas de construcción en abundancia.
Joaquín Alós y Brú (1785-1796) continuó el impulso dado por su antecesor a la colonia y se opuso al avance de los portugueses. Lázaro de Rivera y Espinosa de los Monteros (1796-1806) decretó un censo de población, resultando que en el primer año de su gobierno había en el país 97.480 habitantes. Declaróse (1803)—lo cual será siempre un timbre de gloria—la igualdad de derechos entre los indios y los criollos.
Durante el siglo xvi y parte del xvii los españoles apenas hicieron caso de los indígenas del Uruguay. En lucha los chanaes con los charrúas, aquéllos solicitaron la ayuda de D. Diego de Góngora, gobernador de Buenos Aires, quien se limitó a enviarles algunos misioneros (1622). Tres años después el gobernador D. Francisco de Céspedes mandó al Padre Bernardo de Guzmán y a otros dos franciscanos, para que fundasen varias Reducciones. Conocido entonces por los españoles de Buenos Aires la fértil tierra y el benigno clima del Uruguay, comenzaron a criar ganados, sacando también de allí maderas de construcción y para combustibles. Cada vez más encariñados los españoles con la Banda Oriental, cuando vieron a los portugueses avanzar hacia el Río de la Plata, se decidieron a ocuparla de una manera definitiva, pues hasta últimos del siglo xvii había sido habitada únicamente por indígenas. El Uruguay fué la manzana de la discordia arrojada a españoles y portugueses. D. Manuel Lobo, gobernador del Brasil, al frente de algunas tropas con su correspondiente artillería, se presentó (1679) en la costa Oriental, fundando una población, frente a la isla de San Gabriel, que llamó Colonia del Sacramento. Protestó de ello D. José Garro, gobernador de Buenos Aires, e intentó arreglar el asunto mediante negociaciones pacíficas; pero todo fué en vano y no hubo más remedio que echar mano a las armas. Mandó Garro a Vera Mújica, maestre de campo, con 300 españoles y 3.000 guaraníes, para que desalojara a los brasileños de la Colonia del Sacramento. Después de tenaz lucha fueron arrojados los brasileños, comenzando las reclamaciones diplomáticas entre las cortes de España y Portugal, cuyo resultado fué que Carlos II devolvió la Colonia, aunque en calidad de depósito. Muchos perjuicios causó a España la citada devolución, por cuanto dicha Colonia se constituyó en foco de contrabando. Pasado algún tiempo, Portugal se declaró en contra de Felipe V de Borbón, lo cual fué motivo para que el general García Ros marchase de Buenos Aires al frente de 13 compañías y 4.000 guaraníes para apoderarse de la codiciada posesión. El territorio que tanta sangre había costado conquistarle, se perdió a los diez años, pues fué devuelto a Portugal, según una cláusula del tratado de Utrech celebrado el 1715.
Ya sabemos que después de Zabala y de Salcedo, gobernadores de Buenos Aires, aumentó la importancia de la Colonia del Sacramento.
Aunque don José Joaquín de Viana recibió su título (22 diciembre 1749) creándole gobernador de Montevideo y coronel de los ejércitos reales, hasta el 14 de marzo de 1751 no tomó posesión de su destino. En seguida comenzó el sargento mayor D. Manuel Domínguez, al frente de 220 hombres, la campaña contra los charrúas, consiguiendo derrotarles completamente.
Pero lo más interesante por entonces y en cuyo asunto se hallaban fijas las miradas, era el tratado de límites concluído con los portugueses. Conviene recordar lo que se dijo en el [capítulo XXVII] acerca del cambio de las siete misiones españolas con la portuguesa Colonia del Sacramento. Para llevar a feliz término el dicho tratado de límites, llegó al puerto de Montevideo la comisión nombrada por el gobierno español (27 enero 1752), y de la cual formaba parte el marqués de Valdelirios. Tenía interés en resolver pronto y bien el asunto, porque él había nacido en Huamanga (Perú), era miembro del Consejo de Indias y gozaba fama de hábil y enérgico. Después de varias consultas y pareceres, habiendo leído la exposición del obispo de Tucumán, del gobernador del Paraguay Sant Just, del provincial de los jesuítas Padre Barreda y de los Padres Altamirano y Córdova, se decidió a hacer la nueva designación de límites, entregando las misiones a los portugueses y recibiendo en cambio la colonia. Pesaba en el ánimo del marqués de Valdelirios la opinión de D. José de Andonaegui, gobernador de Buenos Aires. Todos los jesuítas, como un solo hombre, combatieron las medidas tomadas por Valdelirios. Sin embargo, después de tres meses de conferencias se eligieron los sitios adonde habían de trasladarse las Reducciones. A la Reducción de San Luis se le señaló un sitio entre la laguna Iberá y el río Santa Lucía; a la de San Lorenzo una isla grande en el Paraná; a la de San Miguel terrenos al Sudeste sobre el río Negro; a la de San Juan un trozo de tierra insalubre que lindaba con el pantano de Neembucú; á la de San Angel terrenos al Norte de la Reducción de Corpus; a la de San Francisco de Borja terrenos sobre el Sur del Queguay en jurisdicción de los charrúas, y a la de San Nicolás tierras sobre una curva del Paraná entre Itapua y Trinidad. El Padre Altamirano recibió el encargo de dar prisa para que la traslación se verificase cuanto antes, entregando al mismo tiempo a los jesuítas, para obviar dificultades, la cantidad de 28.000 pesos[633]. Era evidente que los nuevos terrenos designados a los indígenas eran inferiores a los que habitaban primeramente, así que se quejaban con razón guaranís y jesuítas. Valdelirios, considerando ya terminado el objeto principal de su cometido, marchó a avistarse con el comisario portugués, que era Gomes Freire de Andrade, después conde de Bobadela. Se puso en marcha, camino de Maldonado, y en las inmediaciones del Cerro de Navarro se abrieron las conferencias, que terminaron con la mayor alegría. Hubo bailes y serenatas. Sin embargo, mientras se verificaba el arreglo de la demarcación y el Padre Altamirano intentaba convencer a los pueblos de la conveniencia de transmigrarse, se alzaron en rebelión las Reducciones de San Luis y de San Nicolás, siguiendo después las otras, excepción sólo de la de San Lorenzo, cuyos habitantes ocuparon la isla que se les dió sobre el Paraná, edificando una iglesia y otros edificios públicos.
Daba prisa Gomes Freire para que pronto se arreglase el asunto, instaba Valdelirios al Padre Altamirano, y el Padre Altamirano no dejaba en paz a los curas doctrineros; pero todo en vano. Tanta oposición encontró el citado Padre, y tantas calumnias se levantaron contra él, que perseguido y fugitivo marchó a Buenos Aires.
Decidido a todo Valdelirios pidió a la Iglesia que lanzase sus rayos sobre la cabeza de los contumaces, y así lo hizo el obispo de Buenos Aires, «privándose—escribe Bauzá—a sus moradores hasta de los sacramentos del bautismo y extremaunción, que es discutible si tenía facultad de negarles aquel prelado»[634]. Decían los españoles que el Rey tenía derecho a disponer de sus territorios, y los indígenas contestaban que era una iniquidad entregarles a los portugueses, hallándose decididos a no consentirlo. La impresión que causó en los portugueses la resistencia la expresó perfectamente el bardo de esta triste epopeya, cuando dijo:
«Quem podía esperar que uns indios rudes
sem disciplina, sem valor, sem armas,
se atravessassen no caminho aos nossos,
e que lhes disputassem o terreno!»[635].
En una conferencia celebrada en Buenos Aires, a la que asistieron Andonaegui, Valdelirios y demás comisarios con el Padre Altamirano, se acordó, a instancia del religioso, que se hiciera salir de los pueblos a los curas doctrineros, a los cuales, dado el cariño que les profesaban, seguirían los indígenas. No pudo realizarse el acuerdo anterior porque los indios no dejaron salir a los curas.
Acordóse apelar a las armas. No quedaba otro camino. Andonaegui reunió sus fuerzas, y con el auxilio de Gomes Freire se dispuso a combatir a los desobedientes indígenas. Pelearon en Daymán, perdiendo los indígenas 230 hombres y 72 prisioneros, hallándose entre los últimos el cacique Rafael, que—según Andonaegui—«era grandísimo pícaro y uno de los movedores de los pueblos.» Cartas de Valdelirios, tan poco prudentes como oficiosas, dirigidas a Andonaegui, obligaron a dicho general a emprender la retirada. También el general portugués Gomes Freire, después de combatir sin descanso un día y otro día, pidió un armisticio, que se firmó el 18 de Noviembre de 1754, y cuyas cláusulas fueron las siguientes: «1.ª Que ni una ni otra parte se harían daño hasta tanto que se diese la última y definitiva sentencia por los reyes de España y Portugal, acerca de las quejas dadas y perdón de los indios, o hasta tanto que el ejército español no volviese otra vez a campaña. 2.ª Que ambas partes se volverían a sus tierras, y que ni una ni otra nación pasaría el río Grande. 3.ª Que los indios serían cautivos si pasasen el río yendo a las tierras de los portugueses, y mútuamente los portugueses lo serían de los indios si ellos intentaren pasar á sus tierras»[636]. Valdelirios y los suyos lamentaban aquel pacto, al paso que los jesuítas, llenos de alegría, se creían invencibles. Enemigos y amigos del tratado fueron sorprendidos por la noticia de la muerte del ministro Carvajal, principal autor del presente estado de cosas. Si los primeros creían que Dios castigaba con la muerte al incrédulo Carvajal, los segundos presentían grandes calamidades por el triunfo de los hijos de Loyola. Andonaegui considerábase vencido, no por el poder de los indígenas, sino por los rigores de la estación y la escasez de víveres. Por su parte, Fernando VI hubo de declarar que creía a los jesuítas autores de la insurrección de los indígenas y llegó a despedir a su confesor, que era jesuíta.
Iba otra vez a comenzar la guerra, encargándose de dirigirla el gobernador de Buenos Aires, Andonaegui, llevando por segundo jefe a Viana, gobernador de Montevideo. Vino a entorpecer los comienzos de la guerra una cuestión enojosa entre Viana y el cabildo. Habiendo nombrado Viana como teniente general suyo a D. Pedro León de Romero y Soto, se opuso a ello el cabildo en tanto que el agraciado no prestase las fianzas correspondientes, ni presentara la aprobación de la Real Audiencia del distrito. Molestado Viana por la oposición, hubo de dirigirse al cabildo en forma destemplada e injusta en un oficio, llegando a reducir a prisión al alguacil mayor. Arregladas al fin las cosas, comenzó la campaña dirigida por Andonaegui, Viana y Gomes Freire. El 6 de febrero se presentaron los indios deseosos de reñir con sus enemigos. Atacóles Viana, logrando una victoria: entre los mulatos, estaba el cacique Sepee, general en jefe de los sublevados. A Sepee sucedió Nicolás Ñanguirú, hombre tan bueno como rudo. Los españoles, enemigos de los jesuítas, propalaron la especie calumniosa de que se intituló Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. Ni Rey, ni Emperador pretendió nunca ser el antiguo y rudo pastor; cuya única habilidad—según refieren los cronistas—fué tocar el violín. Atacaron españoles y portugueses a los indios (10 febrero 1756) que ocupaban la cima del cerro Kaibaté, armados de flechas y de hondas. Las pérdidas de los aliados fueron cuatro muertos y 40 heridos, incluyendo dentro de los últimos a Andonaegui entre los españoles y al coronel Osorio entre los portugueses. Los indígenas tuvieron 1.511 muertos y 154 prisioneros, perteneciendo casi todos a las Reducciones del Uruguay. Continuó su camino el ejército aliado, y cuéntase que al llegar Viana a San Miguel, de cuya población no tenía idea alguna, hubo de exclamar en voz alta: «¿Y éste es uno de los pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Loca debe estar la gente de Madrid para deshacerse de una población que no tiene rival en ninguna de las del Paraguay.» Se entregaron los indígenas de San Miguel, después los de San Juan, y en seguida los de San Lorenzo. Por cierto que Henis, uno de los Padres que fueron presos en la última población, hubo de decir a Viana: «Al Rey no le han costado nada estos pueblos; somos nosotros quienes los hemos conquistado con el Santo Cristo en la mano. S. M. no puede entregarlos a los portugueses, y si yo estuviera en la corte, le informaría de modo que tal entrega no había de verificarse»[637]. Si indígenas y jesuítas transigían con los españoles, odiaban a muerte a Gomes Freire y a los portugueses. Comenzó la marcha de los emigrantes. Dejaban hermosos pueblos por tierras insalubres y mortíferas. No hubo compasión para los pobres indios. Hallándose Viana en el paraje denominado el Salto, donde había de esperar a Valdelirios, echó los cimientos de una ciudad que tomó el nombre de dicho paraje (noviembre de 1756). Llegó a Buenos Aires don Pedro de Ceballos, que venía de España a sustituir a Andonaegui, e inmediatamente se dirigió a San Francisco de Borja, donde recibió a muchos caciques y pueblo; Valdelirios pasó a San Nicolás; Viana se puso al frente de su gobierno de Montevideo, y Andonaegui se preparó a marchar a España. Aunque ofrecía Gomes Freire que todo se hallaría arreglado en el siguiente año, el estado de las cortes de Portugal y España fué causa del aplazamiento de la cuestión de límites. En Portugal se hallaba arruinado el Tesoro público, contribuyendo a ello los gastos de la expedición de misiones, y también el terremoto que destruyó gran parte de Lisboa. En España todo se hallaba paralizado por la muerte de la reina Bárbara y la enfermedad de Fernando VI. En el año 1759 marchó Gomes Freire a Janeiro, dejando por apoderado suyo a don Custodio de Saá y Faría. Tiempo adelante y después de siete años de tratos, disgustos y guerras, los negociadores rompieron toda clase de compromisos, y las cosas volvieron a su primitivo estado.
Es cierto que los jesuítas se opusieron al tratado de Madrid; pero también es cierto que la entrega de las misiones uruguayas, si perjudicaba a los jesuítas, no perjudicaba menos a los indígenas y a la monarquía española. Así lo creía D. Carlos, rey de las Dos Sicilias, y luego rey de España con el nombre de Carlos III, debiéndose advertir que el citado monarca era enemigo de la Compañía de Jesús. Si provocaron los jesuítas el alzamiento de unas cuantas misiones, como afirman algunos, ¿por qué no las sublevaron todas, en cuyo caso hubieran puesto en un verdadero conflicto a España y Portugal juntos?
El marqués de Valdelirios, terminada la guerra, se dedicó a restañar las heridas del país. Levantó fortalezas para prevenir las invasiones de los indios bravos; fundó la ciudad de Maldonado; aumentó y embelleció a Montevideo. Al subir al trono Carlos III, uno de sus primeros hechos fué obtener de Portugal la anulación del tratado de Madrid, lo cual se consiguió mediante un convenio firmado en El Pardo (12 febrero 1761) entre los plenipotenciarios de ambas Coronas. Cuando los portugueses tuvieron noticia del ajuste, ni tardos ni perezosos, ocuparon terrenos en las fronteras del Uruguay, llevándose al interior del Brasil muchas familias indígenas pertenecientes a las Reducciones uruguayas, algo así como con visos de esclavitud. También Ceballos, correspondiendo a la actividad de los portugueses, se dirigió a Gomes Freire, pidiéndole, ya la devolución de los terrenos detentados, ya el libre regreso a sus hogares de las familias que se habían llevado. Sordo se hizo Gomes Freire lo mismo a la primera comunicación que a otras posteriores, llegando a tal punto su deseo de molestar a España que, entrado el año 1762 hizo levantar una fortaleza que denominó de Santa Teresa, en territorio de Maldonado, sin disputa alguna perteneciente a nuestra nación. La cuestión iba a decidirse por las armas y a la guerra se preparó Ceballos. Ya España, en virtud del Pacto de familia, había roto sus relaciones con Inglaterra y casi también con Portugal, dada la alianza y amistad entre estas últimas naciones. Ceballos recibió órdenes terminantes del gobierno español para que reivindicase los terrenos usurpados por el Brasil e inmediatamente hizo levantar una batería de 7 cañones enfrente de la enemiga ciudad de Colonia. A la carta que dirigió Fonseca, oficial que mandaba la guarnición de Colonia, a Ceballos preguntándole qué se proponía con los trabajos de fortificación que estaba haciendo, respondió el general español «que cada uno en su casa podía hacer lo que le pareciese.» Después de una segunda reconvención de Fonseca, que no obtuvo respuesta, comenzó el fuego en la noche del 5 de octubre y que siguió en los días sucesivos, hasta que el 2 de noviembre salían los portugueses con los honores de la guerra y entraba Ceballos en Colonia. En tanto que se obtenía victoria tan gloriosa, una división portuguesa de 500 hombres amenazaba desde el Chuy a Maldonado y una escuadra anglo-portuguesa, compuesta de 11 naves, bajo las órdenes de M. Macnamara, bombardeaba las costas del Río de la Plata y se presentaba de improviso frente a Colonia (6 enero 1763). Ceballos, enfermo como estaba, se lanzó a la pelea, y, entusiasmando a los soldados, logró que una bala de la plaza incendiase el navío Lord Clive, que montaba Macnamara, muriendo la mayor parte de la tripulación y el mismo almirante. Dícese que cuando Gomes Freire supo la muerte de Macnamara y que se había perdido en las Indias occidentales el navío que llevaba el nombre glorioso del gran conquistador inglés en las orientales, murió de pena. Por su parte Ceballos dirigió un oficio a Viana, que terminaba del siguiente modo: «Hemos palpado nuevamente la especial protección con que Dios milita por nosotros, y por lo mismo debemos dar a su Divina Majestad las gracias, a cuyo efecto dispondrá V. S. se cante el Te Deum en la iglesia matriz de esa plaza, con la solemnidad y concurrencia que en semejantes casos se acostumbra»[638]. Ceballos salió de Colonia el 19 de marzo (1763) al frente de 300 dragones, camino de Maldonado, cuyo trayecto de 80 leguas recorrió en diez días. Organizó las fuerzas y el 8 de abril salió de la plaza, y a los siete días de marcha, llegó al arroyo de Castillosgrandes, donde descansó un día, franqueando el penoso albardón de tres leguas, a cuyo extremo se halla el fuerte de Santa Teresa, guarnecido por 1.500 hombres y 13 cañones, al mando del coronel D. Luis Tomás Osorio. El 18 por la mañana comenzó el ataque y al llegar la noche desertaron del fuerte 1.200 portugueses, teniendo que rendirse Osorio el 19 con 25 oficiales y 280 dragones.
Ocupado Santa Teresa, dispuso el general que tres cuerpos de ejército persiguiesen a los fugitivos, los cuales se desbandaron en todas direcciones, cayendo muchos prisioneros y entregándose el fuerte de San Miguel y el pueblo de Río Grande. Recogiéronse cañones, morteros, bombas, balas y mucha cantidad de pólvora en Santa Teresa, San Miguel y Río Grande. Vino a añadir una página de buen político a su historia militar la fundación que con el nombre de San Carlos (en honor del Soberano reinante), hizo Ceballos en el sitio que llamaban Maldonado chico (1762). Cuando la fortuna no se separaba de Ceballos, vino a cortar la carrera de sus glorias el tratado de París (10 febrero 1763), en que Inglaterra, Francia y Hannover ponían fin a la guerra conocida con el nombre de los Siete años. Francia dió a España la Luisiana como indemnización de las Floridas, cedidas por nuestra nación a Inglaterra en cambio de Cuba y Filipinas. Los portugueses recobraban la Colonia, que se les entregó el 24 de diciembre del mismo año, quedando los españoles en posesión de Río Grande y de todos los fuertes conquistados, haciendo valer por ello el tratado de Tordesillas. Como dice muy bien Bauzá, mostraron habilidad los portugueses e ineptitud los españoles, cuando aquéllos, fuera como fuese la suerte de las armas, consiguieron conservar siempre la Colonia del Sacramento[639].
El coronel graduado, teniente coronel del regimiento de Galicia, don Agustín de la Rosa Queipo de Llano, llegó a Montevideo (abril de 1764) y tomó posesión del mando el 8 del mismo mes. Una de las primeras medidas fué contener las demasías de los fugados de los presidios del Brasil y de otros puntos de América. A los presidiarios se unían otras gentes maleantes, y todos formaban una especie de población militar con sus correspondientes jefes. Si tales gentes estaban acostumbradas al robo y saqueo, no esquivaban el encuentro de la tropa regular. Vino también a aumentar el malestar la imposición de tributos de que estaba dispensada la ciudad por el acta de su fundación. Negóse el Rey a lo solicitado por el cabildo, y desde entonces quedó vigente el impuesto del derecho de alcabala.
Mientras esto pasaba en el interior, nuevas complicaciones surgían por lo que a Uruguay respecta entre los gobiernos de Madrid y Lisboa. En el tratado que puso fin a la guerra, se dispuso que España devolviese a Colonia, reservándose Río Grande de San Pedro y las islas de Martín García y Dos Hermanas, que eran exclusivamente suyas. Sin embargo, el ministro portugués cerca del gobierno de Madrid, requirió (6 enero 1765), no sólo la entrega de Colonia, sino las que acabamos de citar como propiamente españolas, con otros territorios y puertos de que los portugueses habían sido desalojados durante la guerra. El marqués de Grimaldi, en nombre del gobierno, se negó a satisfacer las demandas de Portugal. Si la corte de Lisboa no hizo hincapié en sus pretensiones, el virrey del Brasil no tuvo reparo en engañar con buenas palabras a D. Francisco Bucarelli, sucesor de Ceballos en el gobierno del Río de la Plata. El 29 de mayo, el coronel José Marcelino de Figueredo, segundo de José Custodio de Saá y Faría, se presentó a la cabeza de 800 hombres embarcados en varios buques ante la villa de Río Grande de San Pedro para tomarla por sorpresa. Los nuestros rompieron el fuego sobre la flotilla, que tuvo que retirarse fuertemente castigada. El gabinete de Lisboa, solicitado por el de España, y tal vez a disgusto, no tuvo más remedio que condenar a sus oficiales de América. A pesar de ello, siguieron los portugueses dueños de los territorios y puntos que acababan de usurpar, porque otro asunto de más monta preocupaban a Carlos III y a su gobierno. El asunto a que nos referimos era la expulsión de los jesuítas de todos los dominios españoles. Ya habían sido expulsados de Portugal por el marqués de Pombal, ministro de José I, y de Francia por el duque de Choiseul, ministro de Luis XV. Los de España siguieron la misma suerte (abril de 1767) y los de Montevideo (julio de 1767); el número total de los expulsados en las provincias del Río de la Plata fué de 397 individuos, incluyendo a los misioneros de los moxos y chiquitos. Faltaríamos a la verdad si no dijésemos que los indígenas ganaron poco o nada al cambiar de gobierno y muchos de aquéllos pasaron, no queriendo sufrir la tiranía y codicia de las nuevas autoridades, a poblar las campiñas de Montevideo y Maldonado, hasta entonces casi yermas, y que pronto se convirtieron en terrenos agrícolas. En el correr de los tiempos uniéronse los indios civilizados de las Reducciones con los salvajes, y las mujeres de unos y de otros con los españoles y portugueses, importando poco que tanto los españoles como los portugueses procedieran de las cárceles de España y del Brasil.
De elementos tan diversos nació el gaucho. «El gaucho venía a ser—escribe Bauzá—el resultado de todas las fusiones, y como el primer eslabón de la nueva y definitiva raza que había de ocupar el suelo. Todo indica, desde el día de su presentación en la escena social, que por su carácter, costumbres y afecciones, se creía verdaderamente dueño de la tierra. Sin embargo, los primeros gauchos no eran todos uruguayos: se les llamaba indistintamente gauchos o guaderios, y muchos de entre ellos componían el número de los portugueses y españoles fugados de presidio, y refugiados en el Uruguay, merced a la tolerancia de los habitantes de los campos. El nombre de gaucho era sinónimo, en sus primeros tiempos, al de holgazán o malhechor; después se hizo extensivo a los que vagaban sin quehaceres fijos provistos de una mala guitarra, entonando coplas ajenas o propias, y a los que sobresalían en las pendencias y en la galantería rústica de los desiertos. Lo numeroso de las familias permitía que no todos los varones se dedicasen al trabajo, rudimentario de suyo en aquellos tiempos, y de ahí que estimulados por la facilidad de alimentación y la simpatía inspirada por las hazañas personales, muchos se sintiesen inclinados a la vida andariega, particularmente los que se creían de sobra en su casa»[640].
Cundía el malestar en Montevideo. El gobernador La Rosa carecía de dotes políticas. Más astutos los portugueses y el virrey Azambuya, al mismo tiempo que despojaban a España de sus territorios en el Río de la Plata, extendían su comercio por todas partes. Como si todo esto fuera poco, comenzaron a propagar el abandono de España por lo que a la religión respecta, afirmando que era un caso de conciencia no consentir que se perdiese la fe de los indios de las misiones. Llegaba a tal punto el descaro de nuestros vecinos que censuraban acremente al rey de España por haber expulsado a los jesuítas, cuando el gobierno de Portugal había sido el primero que dió la señal de la persecución de la Compañía.
Poniendo manos a la obra, cuando corría el año 1770 partió de San Pablo militar expedición bajo las órdenes del teniente coronel Alonso Botello de Sampayo, con ánimo de reducir nuevamente los indios a la fe católica. Aunque no se habían separado de dicha fe, Sampayo comenzó su cruzada destacando al capitán Silveyra Peixoto, quien penetró por la vía del Paraná a tomar posesión de las tierras de los infieles y proceder luego a su conversión. D. Francisco de Zavala, gobernador de las misiones, no pensaba lo mismo que Sampayo. Púsose sobre las armas, sorprendió a Silveyra y a los suyos, mandándoles presos a Buenos Aires como infractores de los pactos y perturbadores de la paz. Tomó entonces extraña determinación Sampayo, cual fué retirarse de aquellos lugares, no como soldado vencido, sino como misionero que se ve desdeñado por los mismos a quienes iba a hacer el bien. La ridícula expedición de Sampayo anunciaba para el porvenir grandes males entre españoles y portugueses. Así lo comprendió el prudente gobernador de Buenos Aires y así lo comprendió también el violento gobernador La Rosa.
Era La Rosa uno de esos hombres que si carecía de cualidades de gobernante, había sabido granjearse la estimación de poderosos personajes de la corte. En poco tiempo había llegado a obtener el empleo de brigadier. En cambio, el cabildo de Montevideo no le quería por su carácter arbitrario y por su codicia. Con la misma moneda pagaba La Rosa al cabildo. Con motivo de unas elecciones (1771) de nuevo cabildo, se rompió la aparente armonía entre ambas autoridades, llegando el gobernador a reducir a prisión lo mismo al alcalde de primero y segundo voto que al alguacil mayor. En queja se dirigió el cabildo al gobernador de Buenos Aires, D. Juan José de Vertiz, quien se puso en absoluto al lado de la autoridad popular, según lo indicaba el siguiente oficio: «Conviniendo al Real servicio el que el brigadier D. Agustín de La Rosa, gobernador de esa plaza, pase a esta ciudad, he ordenado ocupe interinamente este empleo el mariscal de campo D. José Joaquín de Viana, quien tiene acreditadas su conducta, integridad y demás circunstancias que le hacen recomendable»[641]. Continuó el cabildo el proceso contra La Rosa; pero, contra lo que se esperaba, se le castigó solamente con la pérdida del empleo de gobernador. Era creencia general que sus poderosos amigos en la corte habían influído para que el asunto se resolviese de aquel modo.
Mientras que La Rosa se marchaba á España, Viana, gobernador interino, procuraba adquirir recursos, ayudándole en su empresa el cabildo. Con fecha 16 de febrero de 1771 hizo el gobernador presente al cabildo la necesidad de socorrer al Rey con algunos recursos, dándose el caso de que, por indicación de Viana, nombrase la autoridad popular a D. José Mas y D. Bruno Muñoz para que fueran «de casa en casa y de tienda en tienda a recoger los donativos voluntarios.» También Viana y el cabildo estuvieron conformes en la necesidad de castigar los homicidios y robos, cada día más numerosos en la campiña. Otras reformas se llevaron a cabo por ambas autoridades con el beneplácito de Vertiz, gobernador de Buenos Aires. También por entonces familias indígenas echaron los cimientos de la actual ciudad de Pay-Sandú.
Por enfermedad de Viana se encargó del gobierno (10 febrero 1773) el teniente coronel D. Joaquín del Pino, ingeniero jefe de estas provincias. Inauguró del Pino su gobierno (1773) dando pruebas de energía, lo mismo en los asuntos interiores que en sus relaciones exteriores. Con la ayuda de Vertiz, gobernador de Buenos Aires, logró purgar de malhechores y de toda clase de enemigos al país. Vertiz y Pino, contando con el apoyo del gobierno de Madrid, pensaron fortificar a Montevideo y Maldonado. Ciertas disposiciones dadas por Pino fueron recibidas perfectamente por la opinión pública. Bien merecía que, por Real Cédula dada en El Pardo a 7 de mayo de 1776, se le nombrase gobernador propietario. Hacía poco más de un mes que los portugueses, valiéndose de engaños y malas artes, consiguieron conquistar por segunda vez Río Grande. Bajo el gobierno de Pino, Uruguay comenzó a tener vida más exuberante. Maldonado aumentó su vecindario en poco tiempo y fué declarada ciudad (1786). Se ampliaron los límites jurisdiccionales del gobierno de Montevideo, hasta entonces inseguros e inciertos. Por entonces llegó (1789) al puerto de Montevideo la expedición que mandaba el brigadier don Alejandro Malespina, acompañado de varios sabios, en las corbetas Descubierta y Atrevida. Tiempo adelante, Pino marchó a Buenos Aires, donde debía encargarse del virreinato.
El coronel D. Miguel de Tejada se encargó interinamente del gobierno de Montevideo, no ocurriendo nada que sea digno de contar.
El 2 de agosto de 1790 tomó posesión del gobierno el brigadier don Antonio Olaguer Felíu. Permitió el comercio de esclavos; dió más vida a Montevideo y a Soriano, pueblo éste el más antiguo del Uruguay; se fundó la ciudad de Mercedes, cuna de la independencia nacional, y adquirió importancia y esplendor Maldonado, cuyo puerto visitaron las primeras embarcaciones de la Compañía Marítima en 1790. Por asunto baladí se disgustó con el cabildo, pues con razón al gobernador se le conocía con el dictado de el Ceremonioso, si bien preciso es confesar que la desmoralización cundía en la corporación popular. Gobernador y cabildo no se entendían y la lucha entre ellos era cada vez más enconada. Ante el virrey de Buenos Aires D. Pedro Melo de Portugal, hombre prudente y amigo de la justicia, acudieron gobernador y cabildo. Melo, en oficio de 20 de abril de 1795, reprobó la conducta de Olaguer, aprobando por completo la conducta del cabildo.
El brigadier D. José de Bustamante y Guerra se encargó del gobierno de Montevideo el 11 de febrero de 1797. Como jefe de la marina—pues era brigadier de la Real Armada—conocía las ventajas que podían sacarse del puerto de Montevideo. Entre el cabildo de Montevideo y el consulado de Buenos Aires, se originó lucha tenaz acerca de asuntos comerciales. El consulado era contrario a la autorización Real de 1795, en la cual se ampliaban las facultades de comerciar a los pueblos del Río de la Plata, autorizándoles a exportar frutos y toda clase de producciones del país a las colonias extranjeras. El cabildo tomó la determinación de remitir al Rey una solicitud rebatiendo las ideas del citado consulado. Subleváronse por entonces los charrúas del Norte. Vivían la vida primitiva y se ignora la causa de su rebelión, que se verificó penetrando en poblaciones y vaquerías, cometiendo toda clase de atrocidades. Quisieron oponerse los guarinís; mas fueron derrotados con grandes pérdidas. Vióse obligado el teniente coronel D. Francisco Rodrigo, comandante de Japeyú, a salir a campaña, pudiendo, después de larga persecución, derrotarles completamente. Aprovecháronse los portugueses de los disturbios interiores para infringir el tratado de límites, asunto que preocupó por algún tiempo a las autoridades del Uruguay y al gobierno de Madrid. Mayor contrariedad vino en el último año del siglo xviii a perturbar el bienestar público. Es el caso que, una gran sequía paralizó la vida de la agricultura. Se perdieron completamente las cosechas, y á esto siguió mortal enfermedad de los ganados. El hambre se sintió en muchas poblaciones, y con ella vino la peste. Por el cabildo de Montevideo y por el pueblo todo se invocó el auxilio divino para que la lluvia fertilizase los campos y despejara de miasmas la atmósfera. Dios oyó a los que le pedían de corazón su amparo y copiosas lluvias pusieron fin a tantas calamidades. Comenzó el siglo xix y con él trascendentales sucesos. Ya sabemos que sobre la margen septentrional del Plata se levantaba Montevideo, al Este se hallaba con título de ciudad el caserío de Maldonado, y al Oeste varias ruinas daban idea exacta de la existencia de Colonia. Hacia el Norte, desde el Daymán hasta las misiones, sólo se hallaba el fuerte denominado el Salto. Eran aldeas ribereñas Paysandú, Mercedes y Soriano; y en el interior se encontraban Guadalupe, Santa Lucía, San José y Minas. En el resto del país se levantaban por algunos sitios fortines militares o santuarios. Calculábase la población fija en unos 40.000 habitantes, de los que 15.000 pertenecían a Montevideo. La cultura era escasa y casi nula, exceptuando la futura capital del Uruguay, donde las artes, en particular la música, tenía no pocos cultivadores en el bello sexo. El trato con las familias de los altos empleados que venían de España, introdujo cierto gusto en el vestir y cierto arreglo en las casas. Algunos padres ricos mandaban a sus hijos a los colegios superiores del virreinato y también a los centros de cultura de las ciudades españolas. Comprendiendo el gobierno de Madrid que Montevideo era la llave de la navegación del Plata, dispuso la creación de un faro, el primero que se estableció en el sitio denominado el Cerro. El gobernador Bustamante, aunque a veces no guardaba las consideraciones debidas al cabildo, procuraba el progreso de la ciudad, así que con el apoyo de la citada corporación hizo continuar la fábrica de la iglesia matriz, reedificó la casa del dicho cabildo, construyó puentes y alcantarillas y arregló los caminos públicos. Se dotó a la ciudad de buenas aguas, se hizo un lavadero público y se realizaron otras reformas de interés general. Bustamante presintió brillante porvenir, si desaparecía la indiferencia y el abandono, «del mayor y cuasi único puerto del Río de la Plata.» No sólo en la ciudad de Montevideo se notaba cierta prosperidad, sino en todo el país, pues entonces (1800) se echaron los cimientos de la villa de Rocha, futura capital del departamento de su nombre. En Mercedes y en Soriano se desvivían las autoridades para realizar mejoras. En tanto que del Pino, virrey de Buenos Aires, andaba en tratos o en guerra con los charrúas, con las misiones o con los portugueses, algunos vecinos de Montevideo, aconsejados por Bustamante, habían construído en 1802 el primer muelle. Aumentó el comercio de una manera considerable. Cuando la prosperidad parecía reinar en el Uruguay y muy especialmente en Montevideo, la población de color de la citada ciudad se propuso provocar un levantamiento (1803), que comenzó, ya huyendo bastantes esclavos de la ciudad y ya también asesinando algunos a sus amos. El cabildo decretó medidas enérgicas y castigó con rigor a los esclavos fugitivos que pudo coger prisioneros. Terminaremos el gobierno de Bustamante, recordando que en su tiempo andaba tan atrasada la medicina en el país, que los curanderos gozaban de general prestigio, lo mismo en los campos que en las ciudades. El Protomedicato de Buenos Aires tomó mano en el asunto, disponiendo que los curanderos sólo pudieran ejercer su industria en la campiña y eso bajo ciertas condiciones.
Sucedió a Bustamante en el gobierno de Montevideo D. Pascual Ruiz Huidobro, brigadier de la Real Armada, nombrado el 14 de julio de 1803; tomó posesión en los primeros días de 1804. Continuó la obra de su antecesor, construyendo edificios públicos, limpiando las calles de la ciudad y arreglando los caminos públicos. Comenzaron las obras de la nueva Casa Capitular y se consagró la iglesia matriz que acababa de edificarse, se hizo un lazareto y se levantó una alhóndiga. La desgracia de Bustamante en su lucha con la flota inglesa y la participación que el gobernador Ruiz Huidobro tuvo en la reconquista de la ciudad de Buenos Aires en el año 1806, son hechos que ya se trataron en el [capítulo XXVII] de este tomo.