CAPITULO XXIX

El Brasil durante el reinado de Juan III.—Los Corsarios.—Las capitanías.—El general Thomé de Souza.—Los franceses en el Brasil.—El gobernador Duarte de Costa.—Men de Sá en guerra con los franceses y con los indígenas.—División del Brasil en dos gobiernos.—El gobernador general Telles Barreto.—El gobernador Souza y los corsarios.—Otros gobernadores.—Lucha entre portugueses y franceses.—Los jesuítas.—Los holandeses.—Compañía de las Indias Orientales.—Guerras.—Portugal se separa de España.—Política de los jesuítas.—Los holandeses arrojados del Brasil.—La República de Palmares.—El Brasil bajo el dominio de Portugal.

Durante el reinado de Juan III (1521-1557) fué nombrado capitán mayor del Brasil el famoso Cristóbal Jaques, quien arribó á la bahía de Todos los Santos, así llamada por el día en que fué descubierta. En la bahía encontró fondeados unos buques franceses, y sin averiguar el porqué estaban allí, cayó sobre ellos y los echó a pique, sin que lograra salvarse ninguno de los tripulantes. Así lo relatan algunos cronistas. No sirvió de escarmiento un hecho tan cruel. Los corsarios no abandonaban aquellas costas, donde encontraban siempre indígenas para engañar o europeos para robar. Por esto Juan III dividió el Brasil en capitanías, con el objeto de que no quedase sin defensa parte alguna de la costa. El primero que fué favorecido con una capitanía fué el historiador Juan de Barros, a quien se dió la de Maranhâo. Hubo, además, otras ocho capitanías, y los nombres de ellas y los de sus capitanes ponemos a continuación.

La de Pernambuco se dió a Coelho d'Alburquerque.

La de los Ilheos, a Jorge de Figueiredo Correa.

La de Porto Seguro, a Pedro de Campos Tourinho.

La de Espíritu Santo, a Vasco Fernández Coutinho.

La de Santo Thomé—en la que se incluía a Río de Janeiro—, a Pedro de Goes da Silva.

La de San Vicente, a Martín Alfonso de Souza.

La de Santo Amaro, a Pero López de Souza, hermano del anterior.

La de San Salvador de Bahía se reservó la Corona, y posteriormente la cedió a Francisco Pereira Coutinho.

Los citados capitanes mayores o capitanes generales tenían poderes soberanos, menos el de acuñar moneda. El derecho de acuñar moneda pertenecía a la Corona, la cual también percibía la vintena, o sea el 5 por 100 sobre el palo brasil, y el quinto sobre los metales y piedras preciosas. Cada capitán mayor tomaba posesión, o consideraba haberla tomado, de cierto número de leguas de costa, avanzando luego tierra adentro lo que podía. Aunque los impuestos que se establecieron fueron muy moderados y las industrias todas gozaron de absoluta libertad, la colonización, que pudiéramos llamar feudal—pues señores feudales eran los capitanes mayores—, vino en decadencia, ya por la oposición de los indígenas, ya por los ataques de los piratas europeos, contribuyendo a ello también el clima caluroso, lo extenso del territorio y la mucha frondosidad de la vegetación.

La Corona se encargó entonces de la colonización y el rey Juan III nombró en 1538 gobernador general a Thomé de Souza, que se instaló en Bahía[642]. «Prohibió que sin licencia especial comunicaran entre sí los colonos de las diversas capitanías; que nadie desembarcara y comerciara donde no hubiera aduana; reglamentó el cultivo y fabricación del azúcar; expidió licencias para la construcción de buques, y dió vigoroso impulso a la colonización de Bahía[643]. Tan duros son siempre los cimientos de una nación, tan inconmovibles y persistentes, que todavía se traslucen en la reciente República brasileña estos rasgos primitivos de su fábrica. Aún hoy, las tendencias federales reflejan aquella primera separación en capitanías casi aisladas unas de otras»[644].

Consideremos la primera invasión de que fué objeto el Brasil por los europeos. La riqueza del Brasil, su privilegiada situación y lo dilatado de sus costas, influyeron para que los franceses mantuvieran cordiales relaciones y comerciasen con los indios. El indígena odiaba al portugués y amaba al francés, porque el primero le reducía a la servidumbre haciéndole trabajar en las plantaciones, y el segundo comerciaba con él, comprándole palo brasil y vendiéndole objetos necesarios o curiosos. Durante el reinado de Enrique II de Francia (1547-1559) el almirante Coligny intentó fundar en el Brasil una colonia que sirviera de refugio a los hugonotes franceses, encargando de la empresa a Durand de Villegagnon, caballero de Malta y hombre de experiencia. Establecióse en una de las islas de la bahía de Río Janeiro, desde cuyo punto escribió a Coligny, pidiéndole refuerzos de hombres y municiones. Fortificóse en la isla y se atrajo a los indígenas con cariño, mientras que trataba a los suyos con extremada severidad. «Los indígenas le aman—escribía Men de Sá al gobierno de Lisboa—y los franceses le temen.» Ya porque Villegagnon abjuró el calvinismo y se hizo católico, ya porque los refuerzos que llegaron (marzo de 1557) le parecieron insuficientes, o ya también por otras causas, el representante de Coligny se embarcó para Francia. Era un peligro—como se creía en Portugal—el establecimiento de los franceses en la colonia del Brasil.

El segundo gobernador del Brasil fué Duarte de Costa (1553-1557), en cuya época estallaron conflictos entre el poder civil y el eclesiástico. Los franceses—aunque Nicolás Durán de Villegagnon abandonó el Brasil—continuaron en la bahía de Río Janeiro. Por entonces una misión asentó sus reales en las cercanías del Tieté, origen luego de la actual ciudad de San Pablo. Men de Sá (1558-1572) hizo que terminasen las desavenencias entre el poder civil y el religioso, y se dedicó a pelear contra los franceses, a quienes venció completamente (1567), no sin mostrar un rigor rayano a la crueldad. Todos los castigos eran justos—según Men de Sá—para acabar con aquellos herejes invasores. Por su parte los franceses hubieron de resistirse con bravura. Un centenar de ellos, con grandes trabajos y no pocos peligros, consiguió mediante sus canoas ganar la costa, volviendo poco tiempo después con sus amigos los tupinambás, los tamoyos y otros; reedificaron la fortaleza y con nuevos auxilios que recibieron de Francia levantaron otras en la costa. Men de Sá escribió a Lisboa diciendo: «Si Villegagnon vuelve con los refuerzos anunciados, serán los franceses más temibles que nunca. Que se me envíen nuevas tropas para la total expulsión de los enemigos.» Por un período crítico iba a pasar la colonia portuguesa. Los aimorés, tribu de tapuyas, invadieron las capitanías de los Ilheos y Porto Seguro, llevándolo todo a sangre y destruyéndolo completamente. También los tamoyos, no menos feroces, alentados por los franceses, se hicieron dueños del terreno entre Río de Janeiro y San Vicente. Mandó Men de Sá a su hijo con algunas tropas, las cuales fueron derrotadas por los tamoyos y el joven jefe de ellas muerto. Al lado de los portugueses se pusieron los Padres Nóbrega y Anchieta, y por la mediación de dichos misioneros se hizo la paz. A poco llegó con algunas tropas Eustaquio de Sá, sobrino del gobernador, quien se dió buena maña para arrasar todas las fortalezas de los franceses. Men de Sá, protector decidido de los misioneros, les ayudó con todas sus fuerzas para que se atrajesen a los indígenas al seno del cristianismo.

A la muerte de Men de Sá, la metrópoli dividió el Brasil en dos gobiernos: el de Bahía y el de Río Janeiro. El primero, o el del Norte, fué confiado a Luis de Brito y Almeida; el segundo, o el del Sur, se encargó a Antonio Salema. En el año 1577 se confió el mando general á Luis de Brito, quien renunció luego en Lorenzo da Veiga. Grandes disgustos ocasionó al gobernador da Veiga el contrabando de palo tintoreo que los franceses hacían en el Norte. A su muerte fué confiado interinamente el gobierno al obispo de Bahía, al oidor general Cosme Rangel y al consejo municipal.

En 1583 llegó el gobernador general, llamado Manuel Telles Barreto, el cual incorporó a la colonia algunos territorios (1586) y consiguió que los benedictinos, carmelitas y capuchinos fundasen conventos en diferentes lugares. Otra junta que se encargó del poder a la muerte de Telles, realizó hechos importantes, pues pacificó la región de Sergipe é hizo de ella nueva capitanía, fundó a Cochoeina y construyó algunos fuertes.

El gobernador Francisco de Souza tuvo la fortuna de conquistar Río Grande del Norte y fundó a Natal, si bien no pudo impedir que el pirata inglés Cavendish saqueara a Santos y otros puertos, como tampoco que los corsarios Venner y Lancáster penetrasen en Pernambuco y robasen considerable botín.

Nada de particular hicieron los gobernadores Diego Botelho (1602-1607) y Diego Meneses Sigueira (1607-1608).

Vencidos los franceses en el mediodía, se dedicaron a piratear en el Norte. Por todas partes se encontraban los portugueses con sus mortales enemigos. Un tal Devaux fundó una colonia en la isla de Maranhâo, situada al Sur del Amazonas, declarándose de ella protectora María de Médicis, encargada de la regencia durante la menor edad de Luis XIII (1610-1643)[645]. Los tupinambás se pusieron al lado de los franceses, repitiéndose el suceso de Río de Janeiro. Por fin los portugueses consiguieron la expulsión de sus enemigos (1614), y el gobernador portugués, que logró triunfos tan señalados, se llamaba Gaspar de Souza.

Entretanto, el otro gobernador—pues ya se ha dicho que el Brasil estaba dividido en dos gobiernos—, llamado Francisco Caldera Castello-Branco, fundó el fuerte de Preseque, origen de la villa de Belem (Pará).

Consideremos la estancia de las Comunidades religiosas en el Brasil, y en particular la Compañía de Jesús. Con Thomé de Souza llegaron los hijos de San Ignacio de Loyola al Brasil. Ellos, algo apartados del pensamiento y conducta del fundador, tomaron a su cargo la educación de Portugal y luego la de los indígenas del Brasil. Ancho campo se les presentaba a los jesuítas, pues la colonia había prosperado mucho en poco tiempo. Por el año 1550 la caña de azúcar cubría el suelo de las provincias de la costa, se levantaron fábricas y se dió mucha importancia al comercio con la metrópoli. Los colonos, necesitando hombres para cultivar sus ingenios, iban en busca de los indios a las selvas del interior, donde los cazaban; pero ellos, acostumbrados a la vida salvaje, no se avenían al trabajo agrícola. Si el portugués reducía a dura esclavitud al indio, éste, en cambio, cuando se le presentaba ocasión, cogía al portugués, lo mataba y se lo comía. Los tupis o guaranís, raza belicosa y fuerte, que había vencido y arrojado de la comarca a los tapuyas, se preparó, a la llegada de Souza, a luchar contra los colonos. En efecto, Souza llegó al Brasil y el levantamiento de los indios fué general. Los Padres jesuítas Nóbrega y Azpilcueta, el primero de nación portuguesa y el segundo español, dieron comienzo en las cercanías de Bahía a aldear indígenas, esto es, a reducir a los indios para que viviesen en poblaciones. Los hijos de San Ignacio siguieron en el Brasil la misma conducta que en el Perú, en la Argentina, en el Paraguay y en el Uruguay. Los citados Padres fundaron en Bahía dos Seminarios, el Padre Leonardo Nunes marchó a Espíritu Santo, el Padre Alonso Braz fué a San Vicente y otros misioneros se encaminaron a diferentes puntos, predicando siempre el Evangelio y atrayendo a los salvajes a la vida de la civilización. A veces eran caritativos y a veces enérgicos. «No sólo con blandura—decía uno de los Padres—sino también por la fuerza se somete al indio.» El Padre Nóbrega convenció a los tupinambás de que sólo debían tener una mujer; mas nada pudo contra la antropofagia. El Padre Anchieta fué el más querido de todos los misioneros. La conducta observada por los Padres hizo sospechar, lo mismo a los escritores brasileños que a los portugueses, que la Compañía intentaba formar una sociedad conforme a las doctrinas y planes jesuíticos. Tal vez no anduviesen muy descaminados, según lo que casi por entonces hacían los jesuítas en el Paraguay; pero el plan, si lo hubo, fracasó.

Los portugueses (paulistas) y los mestizos (mamelucos) declararon en las provincias meridionales guerra a muerte a la Compañía; en la parte septentrional, donde había menos ingenios y, por consiguiente, menos esclavos, las razas se fundieron mejor y la enemiga a los jesuítas no comenzó sino bastante tiempo después.

Recordaremos que desde el año 1580 en que, reinando Felipe II, la espada del duque de Alba conquistó a Portugal, los Países Bajos fijaron sus ojos en el Brasil, donde podían causar grandes perjuicios a España[646]. A semejanza de la Compañía inglesa, reglamentada por la reina Isabel el 31 de diciembre de 1600, los Estados generales de Holanda, en 20 de marzo de 1602, dieron la autorización para negociar únicamente por el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes, é invitaron a los comerciantes, que hacían dicho tráfico, a incorporarse a la nueva Compañía. El capital primitivo fué de 18 millones de florines. La compañía nombraba los empleados de sus colonias, declaraba la guerra y hacía paces y alianzas, construía fortalezas y factorías, tenía ejércitos y armadas, etc. La Compañía holandesa se propuso monopolizar el comercio de los productos de la India Oriental, en particular el de la especiería (cinamomo, jengibre, pimienta, nuez moscada, mostaza, y sobre todo, el clavo). El comercio, monopolizado por los portugueses durante un siglo, pasó a los holandeses. La Compañía, usando toda clase de armas, arrebató a los españoles y por consiguiente a los portugueses y brasileños—pues Portugal formaba a la sazón parte de la monarquía española—el comercio de Europa. En 1602, hallándose en la rada de Java una flota portuguesa, fué echada a pique por los holandeses. Heemskerk, después de invernar en la Nueva Zembla, capturó—en el citado año—a los portugueses una escuadra mercante, repartiendo entre sus compañeros el botín de 1.000.000 de florines. En el año 1605, llevaban grandes ventajas los holandeses sobre portugueses y españoles, llamando la atención muy especialmente la victoria conseguida por Heemskerk en la bahía de Gibraltar (1607). Heemskerk al frente de 26 buques destruyó la flota española, compuesta de 21 y dirigida por don Juan Alvarez Dávila. Pasados algunos años, decidióse la Compañía a conquistar el Brasil, y al efecto, el 4 de mayo de 1624 poderosa escuadra con más de 3.500 hombres y 500 cañones se apoderó de Bahía casi sin resistencia, siendo saqueada la ciudad. Mandaba la escuadra Jacobo Willekens. Prisionero de los holandeses el gobernador español, los brasileños, fieles en esta ocasión a la metrópoli, nombraron en reemplazo de aquél al obispo don Marcos Teixeira, quien, sin embargo de su avanzada edad y de su carácter sacerdotal, hizo guerra tenaz a los enemigos encerrados en la ciudad. Sucedió al prelado en el gobierno del país Matías de Alburquerque. Una escuadra, mandada de España por el conde duque de Olivares y bajo las órdenes de don Fadrique de Toledo, llegó a Bahía el 29 de marzo de 1625. Los holandeses, después de algunos combates, se rindieron el 30 de abril. La Compañía de Indias, cada vez más deseosa de explotar su comercio, realizó nueva invasión. El almirante Loncz, con una flota compuesta de 38 buques con 3.400 marineros y 3.500 soldados, se presentó delante de Olinda, villa situada a seis kilómetros de Pernambuco. Olinda cayó en poder de los enemigos (16 de febrero) y a los pocos días Pernambuco. Ciudad tan importante no pudo ser recobrada por Matías de Alburquerque, sin embargo de los auxilios que le prestaron, por un lado la escuadra del almirante Oquendo, y por otro el negro Díaz, el indio Camarâo y el brasileño de raza portuguesa Vidal de Negreiros. Convencido Alburquerque de no poder reconquistar a Pernambuco, se mantuvo a la defensiva, dándose por contento con tener a los holandeses encerrados en la ciudad. Tal vez hubiera sido fatal el resultado para los enemigos, si no hubiesen encontrado un poderoso auxiliar en el negro Calabar, hombre valeroso, astuto y enemigo mortal de los portugueses. Era conocedor del país y de la guerra que convenía hacer. Con su ayuda extendieron su dominio los holandeses desde Río Grande do Norte hasta Porto Calvo, reduciendo a Alburquerque a penosa defensiva. La retirada de Alburquerque desde su campamento de Bom Jesús, que hubo de abandonar después de la pérdida del fuerte del cabo de San Agustin, fué desastrosa, sin embargo de la ayuda que le prestó Camarâo. Perseguido incesantemente por Calabar, sufrió pérdidas considerables, llegando en su orgullo a querer coger prisioneros a sus enemigos; pero el sorprendido fué él, que mereció la pena de horca, después de rapidísimo proceso. De este modo terminó la campaña de los años 1634 a 1636. España pudo al fin mandar algunas tropas bajo el mando de don Felipe de Rojas, duque de Lerma, militar pretencioso y desconocedor de aquella clase de guerra. Empeñóse en dar una batalla formal contra los holandeses en contra de la opinión de Alburquerque, Camarâo y Días, cuyo resultado fué quedar derrotado y muerto en Porto Calvo; Camarâo pudo salvar con sus indios los restos del ejército. El gobierno español, que iba de torpeza en torpeza, llamó al veterano Matías de Alburquerque a España, recompensando sus servicios encerrándole en un castillo, del cual salió para tomar parte en la guerra de Portugal y vencer al marqués de Torrecusa cerca de Montijo (junio de 1644).

Con el nombramiento de gobernador de Pernambuco salió de Holanda para el Brasil Juan Mauricio, conde de Nassau Siegen, de la casa de Orange, valeroso y excelente general, hábil político y honrado administrador. Retiráronse los generales portugueses—pues Portugal se hallaba en guerra con España—hacia el sur de San Francisco, dejándole en completa posesión de las provincias de Río Grande do Norte, Parahyba, Pernambuco y Alagoas. Hubiera deseado Mauricio organizar el país; pero Holanda quería dinero y le mandó que se apoderara de Bahía y la saquease. Obedeció el ilustre general y marchó con poderosa armada a la conquista de la capital del Brasil, saliéndole mal la empresa, pues los portugueses se defendieron con bravura y a la Compañía de las Indias Occidentales costó 3.000 hombres. Mauricio pudo después desplegar sus talentos políticos y administrativos: dió al culto católico las mayores libertades, empleó en cargos importantes a muchos portugueses, favoreció el cultivo de los ingenios, la explotación del palo brasil, etc. Todo esto importaba poco a la Compañía holandesa, que sólo pensaba en el saqueo de ricas ciudades para que los dividendos fuesen mayores.

Portugal y por consiguiente el Brasil iban a separarse de España. Tenemos que confesar con sentimiento que los jesuítas, si antes, lo mismo en el nuevo que en el viejo mundo, habían sido amigos de España, a la sazón, allá en las Indias y aquí en Europa manifestaban censurable desvío a nuestra política. Ellos, olvidándose de la protección que siempre les dispensamos, se pusieron algunas veces al lado de Francia y en contra de España, y constantemente trabajaron para que Portugal consiguiera su independencia. Pusiéronse al lado de aquella revolución que comenzó el 1.º de diciembre de 1640 y que colocó en el trono lusitano al duque de Braganza con el nombre de Juan IV. Pagóles Juan IV (1640-1656) y Alfonso VI (1656-1683) concediendo toda clase de privilegios a los del Brasil, si bien el último monarca y en sus últimos años se mostró con ellos bastante receloso. Antes haremos notar que el P. Antonio Vieira, defensor decidido de la dinastía de Braganza, con el objeto de salvar a los indígenas de la tiranía de los colonos, fundó la Junta de Protección, organizó el sistema de los aldeamientos y trazó el modo de colonizar tierras regadas por el Amazonas. No recibieron bien tales reformas la gente del Sur, ya enemiga de las misiones, pues se halla probado que en el año 1679, de 100.000 conversos que los misioneros tenían aldeados, apenas les quedaban 12.000. Cuando los religiosos perdieron las esperanzas en el Sur, pusieron sus ojos en el Norte, donde, si en un principio tuvieron ventajas, pronto se sublevaron contra ellos los colonos, obligándoles a embarcarse para Europa. Volvieron posteriormente; pero ya sólo desempeñaron papel secundario en la vida del Brasil. Después de los reinados de Pedro I (1683-1706) y de Juan V (1706-1750) vino el de José I (1750-1777) en cuyo tiempo el marqués de Pombal acabó (1757) con las últimas esperanzas de la Compañía, arrojándola de aquella tierra que los misioneros contribuyeron a conservar para Portugal. «Dábanla—dice el Sr. Reparaz—por sus grandes servicios parecida recompensa a la que ella diera a España por los aún mayores que a ésta debía.»[647] «La Compañía holandesa—escribe el Sr. Oliveira Martins—era un Estado constituído piráticamente. Sean cuales fueren los errores y los vicios del Imperio portugués—digámoslo en honor nuestro—más vale la nobleza, aunque bárbara, de los conquistadores del Oriente, que la mezquina codicia de los mercaderes de Holanda. Acúsennos de haber establecido en América un feudalismo; declárense los vicios de nuestra administración colonial; el hecho es que creó naciones, que hizo germinar y nacer las simientes de nuevas patrias ultramarinas, mientras que las Compañías holandesas jamás crearon cosa alguna, a no ser un hábil sistema de robar el trabajo indígena, después de terminado el período de productivas piraterías. Saquear y atesorar: tal fué el fin de esos institutos, nacidos exclusivamente del espíritu mercantil; y si lo estrecho de la ambición facilitaba la empresa y aumentaba la ganancia, el hecho es que, careciendo de todo pensamiento religioso, político o civilizador, esas empresas nada suponen en la historia de las manifestaciones nobles del genio humano y en la historia de la civilización.»

Registraremos en la historia del Brasil el hecho siguiente. Allá por el año 1650, unos 40 negros procedentes de Guinea, después de robar a sus amos algunas armas, huyeron a las selvas, estableciéndose en el sitio que años antes ocupara cierto quilombo (aldea de libertos), destruído por los holandeses. De todas partes acudieron esclavos y también hombres libres que huían de la tiranía de los blancos[648]. Cuando fueron muchos, se internaron más en el país y fundaron a Palmares. Poco después se dirigieron a las haciendas más próximas y robaron negras, mulatas y blancas. Si en un principio vivieron del merodeo, pronto se dedicaron a la agricultura y al comercio con los plantadores vecinos. Tenían sus leyes y, según el historiador Rocha Pitta, formaron «una República rústica muito bem ordenada á seu modo.» El gobierno era electivo, y el jefe, llamado Zombe, conservaba el poder durante su vida; a su muerte debía elegirse el sucesor entre los más bravos. Unos magistrados entendían en las cosas de la guerra y otros en los asuntos de la paz. La ley castigaba con pena de muerte el homicidio, el adulterio y el robo. El negro que se presentaba en Palmares después de haber conquistado su libertad, quedaba libre; el que siendo esclavo era hecho prisionero en los ingenios, continuaba en la esclavitud. El que habiendo conseguido la libertad en Palmares volvía a casa de sus antiguos amos, sufría la última pena; el que, esclavo en Palmares huía, era castigado con menos severidad. La República de los negros contaba, á los cincuenta años de fundarse, con varias poblaciones importantes. La capital se hallaba defendida por grandes troncos de árboles, y se entraba en ella por tres puertas. Calculábase en 20.000 el número de sus habitantes, y en 10.000 el de los combatientes de todos los quilombos.

Caetano de Mello, gobernador de Pernambuco, dispuso en el año 1696 la destrucción de Palmares. Las primeras tropas que mandó fueron derrotadas, decidiéndose entonces a que un ejército de 7.000 hombres, mandados por Bernardo Vieira, y con fuerte artillería, se apoderase de la población. Las murallas de madera fueron batidas y rotas por los cañones; abiertas tres brechas, por ellas se arrojaron otras tantas columnas. Los héroes de Palmares defendieron el terreno palmo a palmo. Cuando el Zombe vió la causa perdida, seguido de los principales jefes, se arrojó desde lo alto de un peñón que había dentro del recinto y cayó hecho pedazos a los pies del vencedor. Los vencidos fueron exterminados, las casas destruídas y los plantíos arrasados. Así acabó Palmares, permaneciendo desde entonces sometidos los esclavos.

Pasando a otro orden de cosas, conviene no olvidar que en tiempo de Pedro I de Portugal se descubrieron nuevas minas en el Brasil, que, con sus productos, además de remediarse aquella corte en sus necesidades interiores, pudo tomar parte en la desastrosa guerra de sucesión española. Ayudó a Inglaterra, de cuya nación fué una factoría. Juan V, el Fidelísimo, amigo en demasía del fausto, contribuyó con sus enormes gastos a empobrecer el reino, que marchaba poco a poco a su decadencia. Gastó el Rey muchos millones en la fundación de Academias, en el suntuoso convento de Mafra, en la concesión del título de Patriarca para el arzobispo de Lisboa, etc. En su época, el Brasil mandó a Portugal los siguientes tesoros: 130 millones de cruzados en monedas de plata, 100.000 monedas de oro, 315 marcos de plata por acuñar, 24.500 marcos de oro, 700 arrobas de oro en polvo y 392 octavos de diamantes, que valían 40 millones de cruzados. Además, el quinto real sobre las minas y el monopolio del palo brasil. Durante el reinado de José I (1750-1777) el marqués de Pombal expulsó a los jesuítas, y con doña María I (1777-1816) vino la reacción contra el gran ministro. Cuando los franceses y españoles se hicieron dueños de Portugal, la corte huyó, quedando aquella nación como colonia y el Brasil ascendió a metrópoli. Juan VI (1816-1826), estableció su corte en el Brasil; pero cuando quiso regresar a lo que llamaba o seu canapé da Europa, el Brasil no quiso volver a ser colonia y proclamó emperador a D. Pedro de Braganza, hijo del citado Juan VI[649].