CAPITULO XXXV

Cultura de las colonias españolas antes de la independencia: México: imprenta; acuñación de la moneda.—Siglo xvii: Sor Juana de la Cruz.—Poetas y prosistas del siglo xviii.—Perú: Garcilaso de la Vega, "Comentarios Reales."—Lima en el siglo xvi: La Universidad de San Marcos.—Valle y Caviedes.—Siglo xviii: Olavide; su vida y sus obras.—Peralta, Alonso de la Cueva y Llano Zapata.—El periodismo.—Cuba y Puerto Rico.—Guatemala: Matanza, Osena, Paz Salgado y Bergaño.—La instrucción publica.—La Universidad.—La «Gaceta.»—El Coliseo.—El Consulado.—La Sociedad Económica.—La imprenta.—Costa-Rica.—El Ecuador, Venezuela, Bolivia, Buenos Aires, Chile, Paraguay y Uruguay.—Las bellas artes: Catedral de México.—El escultor Robles.—El P. Carlos.—Chill y otros.—El pintor Cifuentes y otros.—Las bellas artes en Lima y en la América Central.—El pintor Santiago en El Ecuador.—El escultor Lagarda.—Las bellas artes en Nueva Granada.—La industria en México, Perú y Bolivia, Santo Domingo, Cuba, América Central, Chile, Nueva Granada, Ecuador, Venezuela, Buenos Aires, Paraguay, Uruguay y Brasil.

La vida intelectual de los pueblos hispano-americanos durante la época colonial permanece casi olvidada, no sólo por los hijos del país, sino también por los mismos españoles. Comenzaremos estudio tan interesante por la cultura literaria en México, no sin hacer antes notar que con la ayuda del obispo Zumárraga logró el virrey Mendoza traer la imprenta el 1536, publicándose en el mismo año la Escuela Mística, de San Juan Clímaco, traducción que hizo el Padre dominico Juan de la Magdalena. Registraremos también el hecho de que por entonces comenzó la acuñación de la moneda. De la literatura mejicana en el siglo xvii, colocaremos en primer término a la monja y poetisa Sor Juana Inés de la Cruz. Nació en San Miguel de Nepantla, alquería a doce leguas de México, y fué bautizada en la cercana villa de Ameca-Ameca[826]. Su padre se llamaba Manuel de Asbaje y su madre Isabel Ramírez de Cantillana. Tan bella de rostro como de espíritu, se hizo simpática a todos en la corte del virrey marqués de Mancera, pues fué dama de la virreina doña Leonor de Carreto. Por los consejos del Padre jesuíta Antonio Núñez se encerró en un convento de la orden de San Jerónimo y profesó el 24 de febrero de 1669. Falleció el 17 de abril del año 1695. Mujer de una cultura extraordinaria, vivió en la atmósfera de literatura gongorina y pedante, librándose, no del mal gusto de la época, pero sí de exageraciones ridículas y antiestéticas. En tiempos mejores y con otra educación, Sor Juana Inés de la Cruz ocuparía señalado lugar entre las mejores poetisas.

El siglo de oro de la cultura científica y literaria en México fué el xviii. En la citada centuria se creó la Universidad y otros establecimientos de enseñanza, la imprenta adquirió gran desarrollo y las ciencias y las letras se cultivaron por esclarecidos ingenios en la capital y en las ciudades más importantes de la colonia. Fama tuvo de literato don Diego José de Abad, jesuíta y excelente latinista. En la poesía épica se distinguió D. Francisco Ruiz de León, autor de los poemas La Tebaida Indiana y La Hernandiada, sobresaliendo en el género lírico los Padres don José Manuel Sartorio y Fray Manuel de Navarrete. Nacieron por aquella época en la Nueva España dos historiadores dignos de fama: los jesuítas veracruzanos don Francisco Javier Clavigero, autor de la Historia Antigua de México y de la Historia de la Baja California, y don Francisco Javier de Alegre, que escribió la Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España.

Antes de estudiar la historia literaria del Perú, publicaremos la siguiente Real Cédula. Por ella veremos el mucho cuidado que tenían nuestros monarcas de que no sufriese detrimento alguno la religión católica.

Libros: «Informado el Príncipe, que de llevar al Perú los favulosos, como los de Amadís y otros, se seguía, que los indios que sabían leer se daban á ellos, olvidando los de buena y sana doctrina, y persuadidos de que las Historias vanas habían sido compuestas vanamente, y pasado como tales lo serian también las de Sagrada Escritura y Santos Doctores, teniéndolos por de una misma authoridad; mandó S. M. al virrey no consintiesse su venta, ni que los españoles los tuviessen en sus casas, ni los leyesen los indios.» Ced. de sep. de 1513. Vid. Tom. 9 de ellas, fol. 286, b, n.º 481[827].

El primero de los escritores peruanos fué Garcilaso de la Vega. Era hijo natural del capitán Garcilaso de la Vega y de la ñusta Doña Isabel Chimpu Ocllo, sobrina de Huayna Cápac y nieta de Túpac Yupanqui. Nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539 y vivió en una época de guerras civiles. Conoció a Gonzalo Pizarro, a Francisco Carvajal, al presidente La Gasca, a Francisco Hernández Girón y a otros. «Residiendo—dice—mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atahualpa escaparon; en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus reyes, de la magestad dellos, de la grandeza de su imperio, de sus conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y en favor de sus vasallos ordenaban. En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiesen acaecido que no la trujesen a cuenta. De las grandezas y prosperidades pasadas, venían a las cosas presentes: lloraban sus reyes muertos, enajenado su imperio y acabada su república. Estas y otras semejantes pláticas tenían los incas y pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido, siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: trocósenos el reinar en vasallaje. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oir, como huelgan los tales de oir fábulas»[828].

Manifiesta Garcilaso en su historia profundo amor a los incas y en general a toda la raza india. No es extraño que el historiador se convierta en defensor, y en defensor apasionado.

Habiendo fallecido su padre de muerte natural, Garcilaso se trasladó a España en el año 1560. Entró en el ejército y sirvió a las órdenes de Don Juan de Austria y de Don Alfonso Fernández de Córdova, marqués de Pliego, obteniendo el grado de capitán, inmérito de sueldo. Dice que «escapó de la guerra tan desvalijado y adeudado, que no le fué posible volver a la corte, sino acogerse a los rincones de la soledad y pobreza.» Solicitó del Rey la recompensa debida por los servicios de su padre y la restitución patrimonial de los bienes de su madre, no obteniendo ni la una ni la otra, a causa del mal recuerdo que se conservaba del conquistador Garcilaso, el cual siguió las banderas rebeldes de Gonzalo Pizarro. Se estableció en la ciudad de Córdoba, se ordenó de clérigo y escribió algunas obras, siendo la principal la que lleva el título de Comentarios Reales. Murió en Córdoba el 22 de Abril de 1616.

Si acabamos de indicar que Garcilaso es más bien panegirista que historiador, añadiendo ahora que le consideramos bastante parcial y algo inexacto; sin embargo, no creemos justas las siguientes palabras de Menéndez Pelayo: «Los Comentarios Reales no son texto histórico; son una novela utópica, como la de Tomás Moro, como la Ciudad del Sol, de Campanella, como la Océana, de Harrington; el sueño de un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro gobernado por una especie de teocracia filosófica»[829]. No estamos conformes—repetimos—con el juicio de Menéndez Pelayo; pero aceptamos sin reparo alguno el de Pi y Margall. «En esta historia de los incas—escribe—sigo principalmente a Garcilaso de la Vega. Se disminuye hoy la autoridad que se le concedió en otros días; pero injustamente. No dispuso de mayores medios para descubrir la verdad ninguno de sus contemporáneos; tampoco ninguno de los que después escribieron. ¿Se han descubierto, acaso, nuevas fuentes para esta historia? Garcilaso era Inca y había recogido de labios de sus mismos padres la tradición quichua, conocía la lengua del país y había tenido ocasión de consultar a los quipucamayos; nadie pudo recoger mejor lo poco o mucho que de los incas se supiese. Es de temer que le hiciesen parcial el espíritu de nación y el de familia; pero la parcialidad suele estar más en la apreciación que en la averiguación de los hechos»[830].

Es cierto que desconoce la existencia de una civilización anterior a la de los incas, civilización preincásica que tuvo mucha importancia; no hace mención de los vestigios más antiguos de civilización que se han encontrado en los valles de la costa, desde Nazca hasta Trujillo; opina erradamente que en los primeros reinados de los incas no hubo revueltas ni revoluciones; no era Pachacámac la divinidad suprema, sino Viracocha, ni la religión era deísta, sino fetichista[831]; ni tampoco era cierto que bajo los incas no se celebrasen sacrificios humanos, pues se halla probado que inmolaban hombres a los dioses. Nada más tenemos que decir de la primera parte de los Comentarios Reales.

La segunda parte, que trata de la conquista del Perú y de las guerras entre los conquistadores, no tiene tanto valor histórico como la primera. Si en ella repite y á veces aclara y amplía las narraciones de Gómera y Zárate, nunca llega á las ricas y hermosas crónicas de Cieza.

El apogeo de Lima fué el siglo xvii. Bajo la dinastía austriaca y de Felipe V, Lima, con sus numerosos frailes, blancos y pardos, calzados y sin calzar, con sus famosos virreyes rodeados de pretendientes, y con sus letrados y retóricos, manifestaba no poco brillo y esplendidez. Al lado de los conventos (agustinos, franciscanos, dominicos y mercenarios) y colegio de jesuítas, se hallaba el palacio del virrey, la Audiencia, el Cabildo y la Real y Pontificia Universidad de San Marcos. Nació la Universidad al amparo del convento de Santo Domingo y, cuando aquélla hubo de secularizarse veinte años después, conservó su carácter eminentemente religioso y aun teológico. «Pero a la vez que institución eminentemente religiosa, baluarte de la Teología, palestra del Escolasticismo, foco de los estudios de Derecho canónico y Derecho romano en toda la América del Sur, la Universidad, por la frecuencia de sus certámenes poéticos, recibimientos y fiestas, venía a ser como la Academia literaria oficial de la corte de los virreyes»[832]. Catedráticos no pocos y doctores numerosos se dedicaban con más pedantería que ciencia y con más retórica que elocuencia, a conquistar la benevolencia del virrey, de los oidores, de los altos empleados y hasta de los particulares distinguidos. Por eso los recibimientos tan fastuosos a virreyes, a oidores y a prelados. Los homenajes rendidos al representante del Rey, cuando, después de algún tiempo de la toma de posesión, visitaba la Universidad, excedían a toda ponderación. Bastará decir que el ilustre don Pedro de Peralta Barnuevo, varón justamente alabado por sus muchas y excelentes obras, escribió lo siguiente: «Es el príncipe una deidad visible, con quien no tiene otro oficio la lengua sino el del himno o el del ruego»[833].

Registraremos los nombres de algunos vates peruanos. A fines del siglo xvii se distinguió el poeta festivo Juan del Valle y Caviedes, por apodo «El poeta de la ribera», que escribió dos libros titulados: Diente del Parnaso y Poesías varias. Murió el 1692, antes de cumplir los cuarenta años. El romance a la bella Anarda comienza así:

Purgando estaba sus culpas

Anarda en el hospital;

que estos pecados en vida

y en muerte se han de purgar...

Caviedes conocía perfectamente a Quevedo, según puede verse en muchas de sus composiciones. Trasladaremos aquí unos cuantos versos de la composición que dirigió a Machuca, por su nombramiento de médico de la Inquisición:

Ya los Autos de la fe,

se han acabado sin duda,

porque de la Inquisición,

médico han hecho a Machuca.

Relajados en estatua

saldrán judíos y brujas,

no en persona, que estarán

ya relajados con purgas.

Tan hechiceras como antes

serán las tristes lechuzas,

porque en manos del Doctor

han de volar con unturas...

En el palacio del marqués de Castell-dos-Ríus, virrey del Perú, se reunían allá por los años de 1709 y 1710 los principales ingenios del país, entre otros, el presbítero Miguel Sáenz Cascante, el marqués de Brenes, Pedro José Bermúdez de la Torre, Juan Manuel de Rojas y Solórzano, Jerónimo de Monforte, el marqués del Villar del Tajo y el conde de la Granja. Las poesías que han llegado a nosotros, tanto del virrey como de sus cariñosos amigos, son conceptuosas y de mal gusto. El siguiente soneto es del conde de la Granja:

A la muerte del marqués de Castell-dos-Ríus,
virrey del Perú:

Canto, bien que no sé si canto o lloro,

aun en sombras, la muerte esclarecida

de un héroe que dió vida con su vida

a ciencias y artes, y al castalio coro.

Varón de un siglo en que volvió el de oro

pues gobernó con rienda tan medida,

que en la razón a la justicia unida

cifró del mando el principal decoro.

Discreto fué sin presunción de sabio;

supo hermanar con su saber su suerte,

supo lo que en mortal junto no cupo.

Igualó al de Demóstenes su labio;

¿qué no supo él?... Él supo hasta en la muerte

lo más que hay que saber, pues morir supo.

Natural de Lima, donde nació el año 1725, es Pablo de Olavide, doctor en Cánones de la Universidad de San Marcos, oidor de aquella Real Audiencia y auditor general de Guerra del virreinato del Perú. Intervino en las obras de reparación que tuvieron lugar con motivo del terremoto de 1746, y por sus manos pasaron grandes cantidades; pero como algunos dudasen de su integridad, se le mandó venir a Madrid a rendir cuentas. Casó en España con una viuda rica, y desde entonces sus casas de Madrid y de Leganés fueron el centro del buen gusto y de la sociedad más distinguida. Hacía Olavide frecuentes viajes a París y se aficionó a las doctrinas de los enciclopedistas. Protegióle mucho el conde de Aranda y por su influencia fué nombrado director del Hospicio de San Fernando. Alternaba sus obligaciones del destino con el cultivo de las bellas letras, a las cuales era inclinado, llegando a traducir algunas tragedias y comedias francesas.

Asistente de Sevilla e Intendente de los cuatro reinos de Andalucía, cargos que ya tenía en 1767, realizó la reforma de aquella Universidad, no sin respirar odio a los estudios teológicos y filosóficos «cuestiones frívolas e inútiles, pues o son superiores a los ingenios de los hombres, o incapaces de traer utilidad, aun cuando fuese posible demostrarlas...» Protegió las letras y más la Economía Política, y tuvo la dicha de guiar los primeros pasos de Jovellanos. De la tertulia de Olavide salió, entre otras obras, la comedia que el inmortal asturiano intituló El delincuente honrado.

Para remediar la despoblación de España y abrir al cultivo tierras eriales y baldías, presentó un proyecto el arbitrista prusiano D. Juan Gaspar Thurriegel, comprometiéndose a traer, en ocho meses, 6.000 alemanes y flamencos católicos, «y la concesión—escribe Menéndez Pelayo—se firmó el 2 de abril de 1767, el mismo día que la pragmática de expulsión de los jesuítas»[834].

Olavide fué nombrado Superintendente de la colonia, y en poco tiempo fundó hasta trece poblaciones, algunas de las cuales subsisten para eterna gloria de su nombre. Entre los mismos colonos comenzaron las murmuraciones contra Olavide, llegando el suizo D. José Antonio Yauch a quejarse en un Memorial (14 marzo 1769) de la falta de pasto espiritual que se notaba en las colonias, a la vez que de malversaciones y también de malos tratamientos a los nuevos pobladores. El obispo de Jaén confirmó algunas de dichas acusaciones y los visitadores (Valiente, Vall y marqués de la Corona) tampoco defendieron a Olavide. Cuando los ánimos se hallaban predispuestos contra el colonizador, vinieron frailes capuchinos de Suiza, trayendo como superior a Fr. Romualdo de Friburgo, quien hizo causa común con los enemigos del citado Olavide. Si él se quejaba de que los capuchinos le alborotaban la colonia, ellos repetían en todos los tonos de que el colonizador con su irreligión pervertía a los colonos. Fr. Romualdo, ya decidido a todo, delató (septiembre de 1775) a Olavide por hereje, ateo y materialista, o a lo menos naturalista y negador de lo sobrenatural, de la revelación, de la Providencia y de los milagros, de la eficacia de la oración y buenas obras; asíduo lector de Voltaire y de Rousseau, con quienes tenía constante correspondencia; poseedor de imágenes y figuras desnudas; no observante de los ayunos; profanador de los días festivos, y, por último, hombre de malas costumbres. Añadía que era defensor del movimiento de la tierra y que censuraba el toque de campanas en días de nublado.

El Santo Oficio, aprovechándose de la caída y ausencia de Aranda, solicitó licencia del Rey para procesar a Olavide. Vióse en un apuro el colonizador y en carta que escribió a Roda pidiéndole consejo, no tiene inconveniente en declararse católico, por cuya religión «derramaría la última gota de mi sangre...» La carta tiene fecha del 7 de febrero de 1776. Aunque Roda que era tan poco religioso como Olavide, le recomendó al inquisidor general, a la sazón D. Felipe Beltrán, antiguo obispo de Salamanca, fué condenado el famoso colonizador, cuyo autillo se celebró el 24 de noviembre de 1778. Se le declaró hereje y en su virtud se le desterraba a cuarenta leguas de la corte y sitios reales, no pudiendo volver a América, ni a las colonias de Sierra Morena, ni a Sevilla; se le recluía en un convento por ocho años para que aprendiera la doctrina cristiana y ayunase todos los viernes, se le degradaba y exoneraba de todos sus cargos; y se le confiscaban sus bienes e inhabilitaban sus descendientes hasta la quinta generación[835].

Encerrado en el monasterio de Sahagún, si abatido en un principio, recobró pronto el ánimo ante sentencia tan absurda y bárbara. Dedicóse a cultivar la poesía, afición de sus primeros años, escribiendo entonces sentidos versos, los cuales vienen a ser una paráfrasis del Miserere, que luego incluyó en su traducción de los Salmos de David.

Decía así:

Señor, misericordia; a tus pies llega

el mayor pecador, mas ya contrito,

que a tu infinita paternal clemencia

pide humilde perdón de sus delitos.

A mis oídos les darás entonces

con tu perdón consuelo y regocijo,

y mis huesos exánimes y yertos

serán ya de tu cuerpo miembros vivos.

Porque si tú quisieras otra ofrenda,

ninguna te negara el amor mío;

pero no quieres tú más holocausto

que un puro amor y un ánimo sumiso.

Señor, pues amas y deseas tanto

a tu siervo salvar, dispón benigno

que en la inmortal Jerusalén del alma

se labre de tu amor el edificio.

Logró fugarse a Francia, donde vivió con el supuesto título de Conde del Pilo. Recibiéronle con palmas los enciclopedistas, especialmente Diderot y Marmontel. Habiendo pedido Floridablanca la extradición de Olavide en 1781, marchó a Ginebra, volviendo a Francia, y decretándole la Convención cívica corona y el título de ciudadano adoptivo de la República. Durante el gobierno del Terror fué preso, y habiéndose arrepentido de sus ideas, escribió El Evangelio en triunfo o Historia de un Filósofo desengañado, libro mediano o de mérito escaso. ¿Fué la retractación sincera de un incrédulo? Desde su publicación en Valencia (1798) se provocó en todas partes reacción favorable a Olavide, y en aquel mismo año se le abrieron las puertas de la patria, confiriéndole Carlos IV una pensión anual de 90.000 reales. Murió en Baeza el año 1804. Además de El Evangelio en triunfo, publicó una versión de los Salmos, todos los cánticos desde los dos de Moisés al de Simeón y varios himnos de la iglesia. Cantó en medianos versos El fin del hombre, La inmortalidad del alma, La Providencia, La Penitencia y otros asuntos, coleccionados luego con el título de Poemas Christianos.

No negaremos que en la citada Universidad de Lima, si dominaba la ciencia de relumbrón y erudición hueca e indigesta, había algunos ingenios, sobresaliendo entre todos el doctor D. Pedro de Peralta, profesor de Prima de Matemáticas desde el 1709. Nació Peralta en Lima (26 noviembre 1663), en cuya Universidad estudió, ejerciendo luego la abogacía ante la Real Audiencia; falleció el 30 de abril de 1743. Conocía siete idiomas: griego, latín, inglés, italiano, francés, portugués y quechua. Escribió muchos versos, siendo sus maestros favoritos Góngora y Quevedo.

Pero sus obras más notables son la Historia de España vindicada (1730) y el poema épico Lima Fundada (1732). Por lo que respecta a la Historia de España vindicada «libro—según Menéndez Pelayo—de más aparato que substancia y del cual puede prescindir sin gran trabajo el estudioso investigador de las cosas de la España Antigua»[836], hemos de disentir del ilustre crítico. Hállase muy bien hecha la descripción de España y sus productos (Lib. I, capítulos I, II y III); sostuvo que la primitiva lengua general de la península fué el vascongado o éuskaro (Lib. I, capítulos VI y IX)[837]; determinó con fijeza los límites de la Cantabria (comarca de Santander); refutó admirablemente las falsificaciones y mentiras de los falsos cronicones; defendió la venida a España de Santiago y la traslación del cuerpo del Santo desde Jerusalém a Galicia (Lib. III, capítulos I, II, III, IV y VIII); trató perfectamente la época romana y no tan bien la visigoda (Lib. V). No negaremos que es crédulo algunas veces y acerca de su estilo puede ser calificado de afectado y conceptista.

Nació el licenciado Alonso de la Cueva en la ciudad de Lima el 4 de julio de 1684 y murió el año 1754. Estudió en el Colegio de San Martín y fué licenciado en Derecho. Ordenóse de clérigo en Panamá el año 1709, mereciendo ser nombrado después provisor y vicario de aquel obispado. Escribió Apuntes para la historia eclesiástica del Perú (Lima, 1873) en seis tomos, y algunos otros trabajos. Poco antes de morir entró en la Compañía de Jesús.

Don José Eusebio de Llano Zapata nació en Lima, allá por los años de 1721 o de 1722; estudió latinidad y los principios de las ciencias sagradas y profanas en los estudios particulares de los jesuítas de Lima. Conocía perfectamente varios idiomas extranjeros y era enemigo decidido de la enseñanza oficial, especialmente de la escolástica. Dedicóse, siendo todavía muy joven, a la enseñanza particular, dando lecciones de Latinidad, Retórica y Griego. Fué el primero que en el Perú enseñó públicamente la lengua griega. Publicó muchos libros de diferentes materias, retirándose á Cádiz (España), donde fijó su residencia.

Antes de terminar los breves apuntes referentes al Perú, recordaremos que, bajo la dirección de D. Jaime Bausate, comenzó á publicarse, en 1.º de octubre de 1790, el Diario erudito y comercial de Lima, periódico que sólo vivió dos años y en el cual vieron la luz importantes artículos de fondo y curiosas noticias. Con más elementos se verificó la publicación del Mercurio Peruano el 1.º de enero de 1791, bajo los auspicios de la Sociedad de Amigos del País. El director, D. Jacinto Calero y Moreyra, hizo un periódico que consiguió muchas suscripciones y fué muy estimado por todas las clases de la sociedad. Leyóse mucho en toda América y también en Europa. El virrey Gil de Taboada recomendaba á un sucesor la lectura de los once tomos que en 1796 formaban ya la colección del Mercurio Peruano, pues le decía: «Leerá V. E. con gusto y utilidad del Gobierno de su alto mando, por los conocimientos que contienen, capítulos y estados relativos al comercio recíproco interior y exterior del Perú. Muchas reflexiones y cálculos sobre minas, valles, descripciones sobre sus montañas y varios partidos de la parte conquistada, su navegación, su geografía, su agricultura, su historia civil y eclesiástica, y quanto contiene de notable este país fecundo y poco conocido, sin olvidar el actual estado triste de esta capital y medios que se proponen para fomentarla, dando destino a la gente vaga que la ocupa por necesidad y por faltarle materia a su útil entretenimiento.» Sin embargo, el periódico murió antes de terminar Gil de Taboada el período de su mando, lo cual indica que la sociedad peruana de aquellos tiempos no debía de ser muy dada a la lectura.

Si antes del año 1793, el doctor don Cosme Bueno, catedrático de Matemáticas, dió a luz una Guía, de poca extensión y con pocas noticias, el virrey, deseoso de proteger el comercio, encargó al genio fecundo y laborioso del doctor don Hipólito Unanue, la redacción de otra Guía más extensa y con mayor número de datos. Contenía la mencionada Guía ordenado catálogo de todas las ciudades, villas y aldeas del Perú, las diferentes castas y número de sus moradores, los productos del reino animal, vegetal y mineral, el comercio del virreinato con los demás Estados de América y con el antiguo mundo. Enumeraba los tribunales de justicia y de la Real Hacienda, daba cuenta de los presupuestos de ingresos y gastos del país, del estado de las fuerzas militares terrestres y marítimas, de las Universidades y colegios, etc. En los años sucesivos encargó el virrey la publicación de dicha Guía á la Casa de Huérfanos.

También en el mismo año de 1793, se publicó el primer número de la Gaceta de Lima, cuya publicación tuvo por principal objeto que los peruanos tuviesen conocimiento de los horrores de la revolución francesa.

Para terminar, diremos que se estableció la Academia Náutica en Lima, se subvencionó la publicación de la Flora Americana, se dieron disposiciones encaminadas a la higiene y seguridad públicas, como también a la reforma de las costumbres, no olvidando la erección de obras de pública utilidad; todo lo cual enumera con gran entusiasmo el cabildo municipal de Lima, en un informe fechado el 2 de enero de 1796. Muchas fueron—y por cierto con beneficiosos resultados—las expediciones que por entonces se hicieron y a las cuales dió protección y aliento el virrey Gil de Taboada.

También citaremos el periódico intitulado Diario Erudito, Económico y Comercial de Lima.

Padre Varela.

Habremos de recordar, por lo que a la cultura de Cuba respecta, que la instrucción pública realizó grandes progresos desde los últimos años de la centuria xvi. Francisco Paradas dejó un legado (1571) para el sostenimiento de clases de latinidad en Bayamo; Juan F. Carballo fundó la Escuela de Belén, la cual durante muchos años fué la única enseñanza primaria en la Habana; el obispo Juan de las Cabezas creó el Seminario en Santiago de Cuba (1607); el obispo Evelino de Compostela estableció el colegio eclesiástico en la Habana (1689), y además el colegio de niños y el asilo de niñas de San Francisco de Sales; el filántropo Conyedo se consagró a la enseñanza en Villaclara (1712) y fundó una escuela en San Juan de los Remedios. A petición del ayuntamiento de la Habana (1688) se creó la Universidad (1728), encargándose de la enseñanza los frailes dominicos. Siete años antes el mismo Felipe V, había concedido la fundación de un colegio a la Compañía de Jesús[838].

En los últimos años del siglo xviii y en la primera mitad del xix, las letras y las ciencias dieron un paso de gigante en la isla de Cuba. Nació entonces la Academia Cubana de Literatura y adquirió fama universal el periódico intitulado Revista Bimestre Cubana; en él escribieron Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Domingo del Monte y otros. El eminente filósofo D. Félix Varela enviaba sus escritos desde el destierro. De él dijo D. José de la Luz y Caballero lo que copiamos á continuación: «Mientras se piense en Cuba, se pensará con respeto y veneración en el primero que nos enseñó á pensar.» Saco, ilustre catedrático de Filosofía en el colegio seminario de San Carlos, sucesor de su sabio maestro Padre Varela, recibió la orden del Capitán general Tacón de salir de la Habana (1834), «porque la juventud seguía con mucho calor sus ideas.» D. José de la Luz y Caballero, sucesor de Varela y de Saco en la cátedra de Filosofía de San Carlos, merece también señalado lugar entre los pensadores cubanos. Murió el 22 de junio de 1862, rodeado de sus discípulos y admiradores, en su colegio de El Salvador. El capitán general Serrano, deseando halagar á los cubanos, presidió el entierro.

No careció de importancia el progreso moral y material de la isla de Puerto Rico en la centuria xviii, progreso moral y material que aumentó considerablemente en el siglo xix. Buena prueba de ello es el aumento de población: en 1775 se contaban 79.000 habitantes, y en 1887, 806.708.

No poca fama tuvieron algunos poetas en Guatemala. El primero de ellos es Juan de Mestanza. Miguel de Cervantes dice de él en su Viaje al Parnaso:

Llegó Juan de Mestanza cifra y suma

de tanta condición doctrina y gala,

que no hay muerte ni edad que la consuma.

Apolo lo arrancó de Guatemala

y le trajo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

De Baltasar de Orena, que vivió en Guatemala por el año de 1591, dijo Cervantes en su Galatea lo siguiente:

Toda la suavidad que en dulce

vena se puede ver, veréis en uno sólo,

que al son sabroso de su musa enfrena

la furia al mar, el curso al dios Eolo:

El nombre de éste es Baltasar de Orena,

cuya fama al uno y otro polo

corre ligera, y del oriente á ocaso,

por honra verdadera del Parnaso.

Letrado en la Audiencia de Guatemala fué D. Antonio Paz y Salgado, y de él es el soneto que copiamos:

Mas quisiera que un toro me embistiera,

que una mula cerril me derribara,

que un trueno me aturdiera y me espantara

y que una calentura me venciera.

De cornadas ningún caso hiciera,

ni caída, ni patada me matara,

relámpago ni rayo me asombrara,

ni aun con la fiebre ardiente me muriera;

Nada fuera capaz de que á mi brío

se opusiera; ni aun el mal postrero

de la muerte temiera en desafío;

Impávido estuviera, y siempre entero

el valor se portara como el mío,

y sólo me asustara un majadero.

Del inspirado vate D. Simón Bergaño y Villegas es la fábula intitulada El poeta y el loro.

Así comienza:

«Un indio obsequioso

que me visitaba,

me trajo un lorito

por cosa muy rara.»

Termina de este modo:

«¡Y cuántos doctores

también con sus fajas,

lo son de memoria

Con motivo de haber apresado los ingleses cuatro navíos españoles, pues estaban en guerra ambas naciones, publicó el 23 de septiembre de 1805 una oda, de la cual copiamos la siguiente estrofa:

Y tú, español valiente,

hijo de Palas y de Marte fiero,

lleva, lleva el terror, lleva el espanto

al solio del inglés. El refulgente

y el cortador acero

vibre al momento sobre su cabeza.

Tiemble al mirarte; tiemble: oprima en tanto

su orgullosa cerviz tu ilustre planta;

y pase con fiereza

tu acero vengador por su garganta.

En el año 1678 se fundó en la ciudad de Guatemala una Universidad y por Real Cédula de 6 de junio de 1680 se dispuso que se escribiesen los estatutos: en la Universidad se enseñaban especialmente las ciencias teológicas y la literatura. Un hecho que no pasó inadvertido se señaló en noviembre de 1729, y fué el comienzo de la publicación de la Gazeta de Goatemala, órgano oficial del gobierno. Veía mensualmente la luz pública.

En honor de Cortés y Larraz debemos registrar la siguiente noticia: desde su obispado de Tortosa, al cual fué promovido después de renunciar la silla arzobispal de Guatemala, no olvidaba su antigua diócesis, pues a ella destinó más de sesenta mil pesos, con el objeto de que se fundase un colegio para la instrucción de la juventud.

Dedicóse el arzobispo D. Cayetano Francos y Monroy (n. en Villavicencio de los Caballeros del Reino de León) a la fábrica de la nueva ciudad. El 7 de octubre de 1779 hizo su entrada pública en Guatemala, mereciendo por sus virtudes, por su generosidad y por su amor a los pobres agradecimiento eterno de Guatemala. Entre sus fundaciones citaremos las dos escuelas para niños pobres de San José de Calasanz y de San Casiano, que dotó con 40.000 pesos.

En el año 1793 se fundó un Coliseo; en el de 1794 tuvo comienzo un Consulado y en 1795 una Sociedad Económica que abrió el 1797 una Escuela de Dibujo, y en el año siguiente de 1798 otra de Matemáticas. Del mismo modo se estableció una imprenta; en ella hubo de publicarse un periódico para propagar los conocimientos útiles, siendo tiempo adelante prohibidas las reuniones en dicha sociedad y la publicación del periódico.

De Costa Rica no debemos pasar en silencio el nombre de D. José María Zamora y Coronado (n. en Cartago el año 1785), famoso jurisconsulto y hombre de conocimientos generales. En todos los ramos del saber se distinguieron ilustres literatos y hombres de ciencia, lo mismo en Costa Rica que en los demás Estados de la América Central.

La vida en el Ecuador desde los primeros días del gobierno de los españoles hasta su independencia, fué casi siempre pacífica y progresiva. En 1589 se abrió el primer curso de filosofía. La enseñanza para los hijos de españoles se introdujo en el Ecuador por la Compañía de Jesús. En el siglo xvi se fundaron el colegio de Quito, el Seminario de San Luis y la Universidad de San Fulgencio. Ya entrado el siglo xvii, los hijos de Loyola establecieron la Universidad definitiva de San Gregorio Magno con los títulos de Real y Pontificia. Figura como el primer poeta del Ecuador el español Lorenzo de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús. En 1550 era regidor del cabildo de Quito y vivió en la colonia más de treinta y cuatro años. Escribió Vida y virtudes de Doña Juana de Fuentes, natural de Trujillo en el Perú (su mujer), y algunas devotas poesías. Por el año 1630 floreció en Quito la poetisa Jerónima de Velasco, mujer de Luis Ladrón de Guevara, y de ella dice Lope de Vega:

¡Dichoso quien hurtó tan linda joya

sin el peligro de perderse Troya!

Pero diósela el cielo, aunque recelo

que puede la virtud robar el cielo.

En el Ramillete de varias flores poéticas recogidas y cultivadas en los primeros abriles de sus años, publicado en Madrid el 1675, por el ecuatoriano Jacinto de Evia, se hallan las poesías de dicho Evia, de la poetisa Jerónima y del jesuíta Antonio Bastidas, maestro de Retórica en Guayaquil. Completan el Ramillete, entre otros trabajos en prosa, la novela El sueño de Celio. Poetas, gramáticos cultivadores de la lengua quichua, filósofos escolásticos, historiadores, naturalistas, etcétera, adquirieron fama en los siglos xvi, xvii y xviii. A la cabeza de todos los escritores se halla el obispo Gaspar de Villarroel, autor del Gobierno Eclesiástico, que publicó en 1656, no inferior a la Política Indiana de Solórzano. El Padre jesuíta Ramón Viesca fué inspirado poeta y el Padre Juan de Velasco mostró en su Historia del reino de Quito sobresalientes cualidades, entre otras, laboriosidad y veracidad. Expulsada la Compañía del Ecuador, decayó la cultura literaria. Decaida se hallaba cuando visitaron el país los sabios franceses Godin, Bouguer, La Condamine y Jussieu, como también los españoles Jorge Juan, Antonio de Ulloa y Mutis. Más adelantada estaba en los comienzos del siglo xix, cuando llegaron a Quito los insignes Humboldt y Boupland. Mostró vastos conocimientos y no poca afición a las nuevas y revolucionarias ideas, allá por el año 1779, el doctor Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, autor del famoso libro Nuevo Luciano ó Despertador de ingenios. Fundó el periódico Primicias de la cultura de Quito. Estuvo en la cárcel y tomó parte en el movimiento revolucionario de 1809. José Mejía, representante de Quito y José Joaquín de Olmedo, representante de Guayaquil, en las Cortes de Cádiz, deben figurar entre los primeros; Mejía fué orador muy elocuente, y Olmedo, del cual nos ocuparemos en el último tomo de esta obra, no es inferior al gran Quintana. Justo y merecido renombre adquirieron Pedro Vicente Maldonado (n. en Riobamba el 1709), el presbítero Juan de Velasco (n. en Riobamba el 1727) y el conde de Casa Gijón. El primero es autor del famoso Mapa del reino de Quito y ayudó en sus trabajos a los académicos franceses y españoles encargados de medir el arco del meridiano. El segundo escribió una obra en tres tomos, Historia Natural, Historia Antigua e Historia Moderna. El tercero se dedicó a estudios de agricultura y con este objeto vino a Europa, recorriendo España, Francia y Suiza y volviendo al Ecuador para implantar allí radicales reformas. Escribió unas Memorias, en las que se hallan conocimientos agrícolas muy útiles. Veamos lo que dice Luis Cordero, literato y ex-presidente de la República: «Aunque el sol de la libertad brillase sobre la cumbre del Pichincha, reflejando en la limpia espada del que luego había de ser gran mariscal de Ayacucho, ha tenido ya la antigua presidencia de Quito (hoy República del Ecuador) no pocos hombres ilustres, formados en los célebres Colegios y Universidades de la afamada capital. Teólogos y canonistas, como Villarroel y Peñafiel; historiadores, como Velasco; geógrafos, como Maldonado y Alcedo; oradores parlamentarios, como Mejía; publicistas, como Espejo; poetas, en fin, como Viescas y Orosco; suficiente lustre le daban para no ser relegada al último lugar entre las colonias españolas de América, y tener, por el contrario, cierto derecho de primacía para lanzar el grito de emancipación en agosto de 1809»[839].

Escasa—y en ello convienen todos los cronistas—era la instrucción pública, lo mismo la elemental que la superior, en Venezuela. No negaremos, sin embargo, que en algunas poblaciones se notaban verdaderos deseos de saber. Ya en los últimos años de la centuria décimosexta hubo de crearse una escuela primaria, un preceptorado de Gramática Castellana y un Seminario. La Universidad se creó el 22 de diciembre de 1721, y se instaló el 12 de agosto de 1725. La Real y Pontificia Universidad de Caracas fué el foco de las ideas más absolutas y reaccionarias, aun entrado ya el siglo xix. No huelga decir que poco antes de comenzar la revolución por la independencia, la Gaceta de Caracas publicó un trabajo del catedrático D. Juan Nepomuceno Quintana, aprobado por unanimidad en claustro pleno, en el que se lee, entre otras cosas peregrinas, lo que a continuación copiamos: «La autoridad de los Reyes es derivada del cielo: las personas de los Reyes, aun siendo tiranos, son inviolables, y aunque su voluntad no ha de confundirse siempre con la del mismo Dios, debe siempre respetárseles y obedecérseles: la Inquisición es un tribunal legítimo y necesario: no queda otro recurso contra la corrupción general, que la intolerancia político-religiosa.» El vejamen ó discurso festivo y satírico pronunciado por el doctor más moderno de la Facultad en el acto de conceder el grado a un doctorando, animaba un poco aquellas aulas, más propias de viejo convento que de moderna Universidad. Trasladaremos aquí el comienzo y el fin del vejamen que el 8 de diciembre de 1801 pronunció el Doctor D. José Antonio Montenegro en el acto de recibir el grado de Doctor D. Salvador Delgado:

No sé si es caballo ó mulo

si es una yegua ó potranca,

á quien á echar va la zanca

hoy mi numen cachirulo;

pero yo no me atribulo,

ni me da ningún cuidado

el corcovo, que ensebado

traigo un ramoso ramal

y haré ver a este animal

que aquí se jila Delgado.

Pero, musa, para el trote

en que Pegaso te trae,

mira que si nó, se cae

de la silla el monigote.

Conque adiós, señor padrote,

quien lo dijo ya se fué,

y pues bajar no podré

sin la venia de esta audiencia,

alma parens, tu licencia

pido para echarme á pie[840].

La poesía halló culto en casa de los hermanos Luis y Francisco Javier de Ustáriz, distinguiéndose, entre otros, Andrés Bello, poeta virgiliano y autor de Silvas Americanas[841], y Vicente Salias, que escribió el poema La Medicomaquia. No pasaremos en silencio el nombre de la poetisa María Josefa Paz del Castillo (en el claustro, Sor María Josefa de los Angeles), que solía imitar en sus poesías a Santa Teresa de Jesús, como lo indica el siguiente ejemplo:

Es mi gloria mi esperanza,

es mi vida mi tormento,

pues muero de lo que vivo

y vivo de lo que espero.

Desde que en el año de 1623 se fundó la Universidad de San Francisco Javier en Chuquisaca, gozó fama la citada ciudad de centro de cultura, hasta el punto que mereció el título de Atenas americana. El Padre Antonio de Calancha fué uno de los cronistas más notables de su siglo (1584-1654), mereciendo también especial mención el padre Jerónimo de Acebedo y D. Gaspar Escalona y Agüero.

Dignos de renombre son en la historia de Bolivia Fray Bernardino de Cárdenas, obispo de Santa Cruz y La Paz; el canónigo Alonso Cervera y Zárate, y Fray Miguel de Aguirre, muy estimado en la corte de Felipe IV y en Roma. Si de bolivianos ilustres se trata, no debemos omitir el nombre de Rodrigo de Orozco, marqués de Mortara, que mandó el ejército español en el Rosellón combatiendo con los franceses y fué virrey en las guerras de Cataluña. Otros hombres notables han tenido por cuna a Bolivia[842].

En Buenos Aires—según la excelente obra de D. Félix de Azara, terminada en el año 1806—las únicas poblaciones que podían llamarse propiamente españolas eran Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Santa Fe, Corrientes y Asunción del Paraguay[843]. Las demás podían llamarse caseríos, a los cuales servía de lazo de unión la iglesia parroquial. La enseñanza en Buenos Aires y en la Asunción se reducía, en los comienzos del siglo xix, a la Gramática Latina, a la Teología y a los Cánones; también a las escuelas de Náutica y Dibujo establecidas por el Consulado. En Córdoba se estudiaba la Teología, y el colegio de Montserrat era centro importante de enseñanza. La Universidad de Charcas (1623) era la principal del virreinato, pues en ella estaba establecida la enseñanza jurídica y literaria, y de ella salieron muchos hombres que se distinguieron durante la guerra de la Independencia[844].

Pasamos a tratar de la cultura en Chile. Datan de los últimos años del siglo xvi los primeros establecimientos de instrucción primaria. Fueron fundados por los frailes y las monjas en sus respectivos conventos. Comenzaron en la misma época los Seminarios conciliares, creados por los obispos respectivos, uno en Imperial y otro en Santiago. El primero de los poetas nacidos en Chile (nació en Angol y se educó en Lima) se llamaba Pedro de Oña, autor del poema épico Arauco domado. Como antes D. Alonso de Ercilla había escrito La Araucana, en cuyo poema no figura con el relieve que debiera el gobernador D. García Hurtado de Mendoza, cuando tiempo adelante ocupó el virreinato del Perú personaje tan ilustre, estimuló a algunos escritores, entre ellos a Oña, para que escribiesen los sucesos realizados en Chile, de cuya conquista él se creía valeroso capitán. El autor de Arauco domado sólo se propuso ensalzar las hazañas de D. García, a quien consideró como un semidios. Los dos colegios que adquirieron títulos de Universidades Pontificias porque, según especial concesión del Pontífice, podían conferir grado de doctores en teología, tuvieron relativa fama durante el siglo xvii. Uno de los colegios estaba dirigido por los dominicos, y el otro, el más notable, por los jesuítas. En el siglo xviii Felipe V creó (1738) la Universidad que en honor del monarca se llamó de San Felipe. Inauguróse solemnemente en 1756, siendo su primer Rector don Tomás de Azúa Iturgoyen. Las clases no comenzaron hasta 1758, dos años después de su inauguración y veinte de su fundación. Más que los Seminarios conciliares, más que las Universidades pontificias y más que la Universidad de San Felipe, lo que hacía falta eran escuelas de primera enseñanza, donde las clases pobres pudieran educarse. La enseñanza elemental era tan rutinaria y deficiente, que Carlos III, en 11 de julio de 1771, dictó un reglamento en el cual decía: «Y para que se consiga el fin propuesto, á lo que contribuye mucho la elección de los libros en que los niños empiezan á leer, que habiendo sido hasta aquí de fábulas frías, historias mal formadas ó devociones indiscretas, sin lenguaje puro ni máximas sólidas, con las que se deprava el gusto de los niños y se acostumbran á locuciones impropias, á credulidades nocivas y á muchos vicios transcendentales á toda la vida...» Se enseñaba el latín de una manera rutinaria y los autores clásicos estaban proscritos de las aulas, adoptándose en ellas como modelos, libros religiosos, que, si en el fondo eran verdaderos, el latín de ellos más tenía de bárbaro que de otra cosa. Mejor se hallaba la enseñanza en los conventos de monjas. Allí se instruía a las niñas y se les daba lecciones de labores domésticas. Las bibliotecas tenían libros de teología, moral y jurisprudencia; muy pocos o ninguno de historia, de matemáticas y de ciencias físicas, químicas y naturales. Libros extranjeros no podían importarse, pues así se hallaba dispuesto por el suspicaz gobierno. Chile, por su situación, se encontraba en condiciones más desfavorables que otras colonias de América. Merced al ilustre chileno D. Manuel de Salas (nació en Santiago el año 1757) se creó la Academia de San Luis, equivalente a las Escuelas de Comercio de hoy, que empezó a funcionar en los últimos años del siglo xviii. En la Academia se enseñaban la Aritmética, la Geometría y el Dibujo. El historiador chileno Barros Arana, que se ha dedicado a reunir datos acerca de la cultura científica, literaria y artística del país en el siglo xviii, cita algunos nombres dignos de todo encomio. Entre otros, menciona el del maestre de campo D. Pedro Córdoba de Figueroa, autor de una Historia de Chile, en la que se hallan documentos de algún valor, encontrados en el archivo municipal de Santiago.

Bien será citar al P. Miguel de Olivares, autor de una Breve noticia de la provincia de la Compañía de Jesús de Chile. Brilló en la misma época el jesuíta D. Juan Ignacio Molina, quien expulsado del país en 1767, se refugió en Italia, muriendo en la ciudad de Bolonia a los 89 años. La ciudad de Santiago de Chile le erigió por suscripción popular una estatua[845]. D. Vicente Carvallo, ilustrado militar, escribió Descripción histórico-geográfica del reino de Chile, y el P. jesuíta Andrés Febrés, hijo de Manresa (Cataluña), dió a luz el año 1765 en Lima, un Arte de la lengua general del reino de Chile. Apenas registramos obras de amena literatura y esto es natural, si nos fijamos en el nivel intelectual de los moradores de la colonia. No sólo la supersticiosa ignorancia caracterizaba a los criollos, sino algo también a los españoles. Terminaremos la lista de los escritores de Chile con el nombre de Fray Sebastián Díaz, hijo del país y reputado como sabio por sus contemporáneos. Pertenecía a la orden dominicana y fué profesor en la Universidad de San Felipe. Intituló su obra principal Noticia general de las cosas del mundo y se imprimió en Lima. En ella trata, principalmente, de los ángeles y de su naturaleza, afirmando que el número de aquéllos es el de 6.666. Ocúpase en seguida de los duendes, de las distintas clases de milagros, de las estrellas, del aire y de los tres cielos que los supone poblados de espíritus invisibles.

Atrasada estuvo por algún tiempo la cultura en el Paraguay. Los progresos que se hicieron, no muchos por cierto, se debieron principalmente á la Compañía de Jesús. A los hijos de Loyola deben los paraguayos no poco reconocimiento.

Todavía más atrasado que el Paraguay ha estado por mucho tiempo el Uruguay, no comenzando su progreso hasta bien entrado el siglo xix. Por lo demás, sólo en Montevideo hubo de notarse cierta cultura.

Como resumen de todo lo expuesto diremos que algunos virreyes hicieron abrir escuelas y pusieron gran cuidado de que en ellas recibiesen enseñanza los indígenas. También los religiosos establecieron muchas escuelas en los conventos. Del mismo modo no pocos municipios fundaron escuelas. Conviene advertir que los americanos se contentaban con aprender a leer y a escribir; muy pocos estudiaban la carrera del sacerdocio o la abogacía; sólo en los últimos años del dominio español se enseñó la medicina en algunas capitales de las colonias. Los Seminarios que establecieron los prelados y los colegios fundados por los gobiernos o por las Sociedades Económicas de Amigos del País, tenían escasa importancia. De la enseñanza de las Universidades dicen los cronistas que eran estudios rutinarios de lengua latina, noticias de filosofía aristotélica, sin plan ni método, nociones desordenadas é incompletas de Derecho Romano y Canónico, pedantes disquisiciones de Teología moral y dogmática: a esto y nada más que a esto estaba reducida la ciencia. Tampoco tuvieron positivo valor las enseñanzas de Física, Química, Mecánica, Matemáticas, etc., que en los últimos tiempos del dominio español se establecieron en algunas poblaciones americanas. De algo sirvió el Observatorio Astronómico fundado en Santa Fe de Bogotá y el Jardín Botánico establecido en México. En general, bien puede afirmarse que en México, Lima y Santa Fe, las ciencias se cultivaron por algunos laboriosos maestros.

La literatura colonial estaba reducida a los sermones que se predicaban en el púlpito, a los romances destinados a celebrar los milagros de algún santo y a las composiciones poéticas que los doctores de las Universidades dedicaban a los virreyes o capitanes generales. Algunas veces también se ocupaban en describir un auto de fe o una corrida de toros. «Entre otras obras—escribe Barros Arana—escritas en América son notables tres, más que por su mérito literario, por el trabajo de paciencia que su composición había impuesto a sus autores. Un religioso mejicano llamado fray Juan Valencia, compuso en el siglo xvii, trescientos cincuenta dísticos en honor de Santa Teresa, que pueden leerse del mismo modo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Un jesuíta peruano, el Padre Rodrigo de Valdés, compuso un poema en el siglo xvii, que contiene dos mil doscientos ochenta y ocho octosílabos que pueden leerse en latín o en castellano, según se quiera, porque en ambos idiomas el sentido es uno mismo. Un escritor mejicano, Francisco Javier Alegre, tradujo en exámetros latinos la Iliada de Homero»[846].

Los conquistadores españoles importaron a las Indias, con su lengua, con sus ciencias, con sus leyes y con sus hábitos y costumbres, las bellas artes de la metrópoli. Allá fueron arquitectos, escultores, pintores y músicos; allá se hicieron algunas obras artísticas. La arquitectura de las colonias hispano-americanas señala verdadera decadencia del arte, aunque no faltan algunos buenos monumentos, en su mayor parte correspondientes al estilo neoclásico, como puede servir de ejemplo la catedral de México, cuya primera piedra puso, en el año 1573, el arzobispo Moya y Contreras. La catedral anterior era pequeña para las necesidades del culto, y por ello el citado prelado tuvo empeño en la fábrica de templo más suntuoso. En el siglo xvii se extendió la escuela de Churriguera, a la que pertenecen muchas iglesias de las ciudades americanas.

Acerca de la escultura, si las primeras estatuas de vírgenes y santos fueron llevadas de España, luego florecieron artistas en las mismas Indias. Diego de Robles, natural de Quito, mostró su inspiración artística en un San Juan Bautista que hizo para la iglesia de San Francisco de aquella ciudad, y el Padre Carlos, religioso de la Compañía, hizo, imitando el estilo de Miguel Angel, la Negación de San Pedro y la Oración del Huerto. Hasta los mestizos e indios se distinguieron en el arte escultórico: las obras de Manuel Chill[847] se admiran todavía en la catedral de Quito, y el limeño Baltasar Gavilán adquirió fama con la estatua ecuestre de Felipe V. Juan Tomás, indio del Cuzco, hizo varias imágenes, y entre ellas fué muy estimada una Virgen de la Almudena. Dos escultores del pueblo de Juli, cerca del lago Titicaca, indígenas, y llamados Juan Huaicán y Marcos Rengifo, construyeron hermoso altar en la iglesia de Moquegua.

La pintura tuvo como primer maestro a Rodrigo de Cifuentes, que acompañó a Hernán Cortés y llegó a México el año 1523, dejando, como muestra de su inspiración, los retratos del conquistador mejicano y de D.ª Marina, algunos cuadros para los franciscanos de Tehuantepec, y se dice que es obra suya uno muy estimado por los inteligentes y que representa el Bautismo de Maxiscatzin. Son discípulos notables de Cifuentes: Andrés de Concha, citado por Bernardo de Balbuena en la Grandeza Mejicana, y Baltasar de Echave, el Viejo; también sobresalieron en el arte pictórico los indios Marcos de Aquino, el Crespillo y otros.

Al Perú, después de la conquista, acudieron muchos artistas italianos y españoles, atraídos por la esplendidez que desplegaban obispos y religiosos en la construcción de sus iglesias, contándose entre aquéllos Angélico Medoro, Mateo Pérez de Alesio, Leonardo Jaramillo y Andrés Ruiz de Sarabia. Medoro se estableció en Quito, donde contrajo matrimonio con D.ª Luisa Pimentel y fué el primero que trasladó al lienzo la imagen de Santa Rosa de Lima, y de Alesio, dice Palomino en su Museo Pictórico, que se distinguía como dibujante y tallador, añadiendo que, después de ejercer su profesión en Sevilla y en otras poblaciones de Andalucía, se trasladó a Lima, en cuya catedral dejó varias pinturas. Fray Francisco Bejarano—según escribe el padre Calancha en su Corónica moralizada de la provincia del Perú, del Orden de San Agustín—hizo para la iglesia de su convento de Lima doce grandes cuadros sobre la vida de la Virgen; fué el primer grabador que hubo en aquella ciudad. Del hermano Hernando de la Cruz, notable pintor y maestro de muchos jóvenes, se cuenta que en el siglo se llamaba D. Fernando de Ribera, ingresando en la Compañía, arrepentido por haber dado muerte en desafío a un amigo suyo; falleció en el año 1647.

Haremos expresa mención de la Academia de Nobles Artes de México. No puede negarse que contribuyó a perfeccionar el gusto estético en todo el país. Muestra de ello son los muchos edificios que se han erigido en la capital, en Guanajato, en Querétaro y en otras partes, revelándose en todos perfección y belleza. Citaremos la hermosa estatua ecuestre de Carlos IV, que llegó a fundir el escultor mejicano Tolsa; y no escatimaremos alabanzas a los muchos jóvenes que estudiaban en dicha Academia el dibujo de paisaje y de figura. Centenares de jóvenes se reunían allí; unos dibujaban modelos de yeso o del natural; otros copiaban diseños de muebles. Llama la atención el barón de Humboldt en su Ensayo Político, libro II, acerca del siguiente hecho: «En esta reunión—cosa muy notable por cierto en un país donde tan arraigadas están las preocupaciones de la nobleza contra las castas—se hallan confundidas las clases y las razas; allí se ve al indio y al mestizo sentados junto al blanco, y al hijo del pobre alternando con los vástagos de la más encopetada aristocracia. Consuela en verdad el observar que, en todas las zonas, el cultivo de las ciencias y las artes establece una cierta igualdad entre los hombres, haciéndoles olvidar, siquiera por algún tiempo, esas miserables pasiones que tantas trabas ponen a la felicidad social.»

Consideremos las bellas artes en la América Central. Lo mismo en Guatemala que en los demás pueblos de la América Central, hallamos construcciones notables. A D. Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala[848], se debe la construcción de la catedral de Guatemala la antigua, el Palacio episcopal, la casa de los oidores, el Hospital de Caballeros y otros establecimientos. Murió varón tan bueno el 18 de abril de 1563. Fué protector incansable de la instrucción pública. Procede recordar que el general Vázquez Prego se dirigió a Omoa (1753), y dió comienzo a la fábrica del fuerte de San Fernando. Aunque apenas comenzada la obra murió el general, su nombre vivirá siempre unido al del castillo que se eleva arrogante en el litoral del Norte de Honduras. Del mismo modo algunas iglesias no dejaron de llamar la atención. Cultivóse también la escultura, pintura y música, si bien con poco gusto y casi sin arte. A últimos del siglo xviii, y por lo que a Guatemala se refiere, en 1797 se verificó la apertura de la Escuela de Dibujo, y desde entonces adelantaron las bellas artes, aunque no tanto como era de esperar.

En los demás Estados de las Indias se manifestaron también las bellas artes, en particular en obras religiosas. Hubo, si no pocos, regulares artistas; buenos, en número escaso, y sobresalientes ó geniales, ninguno. La música fué cultivada en algunos Estados, pudiéndose citar algunos artistas de bastante inspiración.

En el Ecuador florecieron artistas de no escaso mérito. Samaniego, natural de Quito, fué admirado por la entonación de su colorido y por la frescura de sus toques. También se distinguió como miniaturista. Tal vez a la cabeza de todos los pintores que hubo en la América española, se halle Miguel de Santiago. Las obras del reputado artista fueron admiradas en Roma, quedando algunas muy notables en los claustros bajos del convento de San Agustín de Quito. La fama de su escuela, «ha sido sostenida, escribe el historiador Ceballos, por los Gorivar (sobrino del maestro), Morales, Velas y Oviedos. Sucedió tras éstos una época de gongorismo artístico, introducido por los muy hábiles, pero de extraviado gusto, Albán y Astudillo; mas en breve volvió á imperar aquella a esfuerzos del célebre Rodríguez, que la restauró, y de cuyos trabajos, unidos a los de Samaniego, puede formarse concepto por los lienzos que decoran las paredes de la catedral. Los llamados el Pincelillo, el Apeles y el Morlaco la sostuvieron con la misma nombradía que Rodríguez.» El pintor Santiago no deja de tener algunos rasgos de semejanza con Murillo, por lo correcto de su dibujo, buen colorido y expresión admirable. Isabel de Santiago, hija del inspirado artista, manejó el pincel con suma habilidad.

Entre los estatuarios, se encuentran en primera línea, Bernardo Lagarda y Jacinto López, en particular el primero, tal vez no inferior a los mejores de Europa.

Hábil maquinista de relojes fué Custodio Padilla, según puede verse por algunos de aquéllos que se admiran en Ibarra, su ciudad natal. Zangurima[849], hijo de Cuenca, figura entre los mejores artistas, y dejó ilustre prole que honró a su patria.

Apenas se cultivaba el arte de la música en Venezuela y menos el de la pintura.

En Nueva Granada se distinguieron, entre otros, Antonio Acero de la Cruz (mediados del siglo xvii) y Gregorio Vázquez Ceballos, que nació en Santa Fe el 9 de mayo de 1638 y falleció en 1711. Fué discípulo del artista sevillano Baltasar Figueroa, en cuyo taller estuvo mucho tiempo. Cuéntase que encargado Figueroa de pintar un cuadro de San Roque para la iglesia de Santa Bárbara, halló no pocas dificultades al hacer los ojos del santo. Disgustado por su torpeza en aquella ocasión, dejó los pinceles y se marchó a dar un paseo. Vázquez entonces se atrevió a poner mano a la obra, que hizo pronto y con toda perfección. Cuando Figueroa regresó a su taller, lejos de aplaudir al aventajado discípulo le dijo lo siguiente: «Puesto que tanto sabéis, no os hacen falta mis lecciones. Idos a otra parte a poner tienda.» Encontró apoyo en un comerciante español, quien le facilitó todos los elementos necesarios para la continuación de sus trabajos. Pintor de una fecundidad admirable, hasta el punto que dicen de él que había pintado más cuadros que días había vivido, con la particularidad que muchos de ellos eran de grandes dimensiones. No hay iglesia en el país, rica o pobre, que no tenga algún cuadro del famoso artista. Logró reputación general en el desnudo y en la pintura de ángeles. Encantan sus grupos de ángeles y todas sus obras religiosas respiran puro misticismo. El barón de Humboldt y otros críticos reconocen el mérito extraordinario de aquel artista que no salió de las Indias. Medoro y Carmargo trataron de imitar al insigne maestro.

La industria en los diferentes Estados de la América española, no constituía verdadera fuente de riqueza. La poca afición de los colonizadores al trabajo manual, la facilidad de encomendar las citadas labores a los indios y a los negros, y la importancia que tuvieron en aquellos paises la minería, la ganadería y la agricultura, contribuyeron al atraso de las industrias manufactureras.

Prejuicios grandes ocasionó el sistema general de monopolio que caracterizó la política comercial de España con sus posesiones coloniales. Sólo los españoles podían ejercer el comercio con las colonias del Nuevo Mundo, y aun aquéllos tenían que sujetarse a ciertas trabas. Tan absurdo llegó a ser el sistema monopolizador, que se prohibió el comercio directo entre España y Filipinas, entre Filipinas y las regiones americanas, con excepción de México, entre América y Canarias, entre México y Perú, entre Buenos Aires y la metrópoli, (pues la región del Plata se hallaba supeditada al Perú y el comercio de la primera lo hacía la flota del segundo), y en general, entre las diferentes colonias del Nuevo Mundo. En el año 1505, se permitió a los extranjeros residentes en España, comerciar con las Indias, aunque con ciertas condiciones, como se dijo en el [capítulo XXXII] de este tomo. De igual manera que Sevilla y Cádiz fueron los únicos puertos habilitados en la metrópoli (aparte los de Canarias, a los que se autorizó en 1508, para comerciar con el Nuevo Mundo), en las Indias fueron: Veracruz, en la costa mejicana, y después Jalapa; Acapulco en la costa del Pacífico, y Panamá, a donde se llevaban los tesoros del Perú para reembarcarlos luego en Porto Bello y conducirlos a España.

En la primera mitad del siglo xvi, el virrey Mendoza tuvo cuidado de fomentar la cría del ganado caballar y la cría del gusano de seda. El ilustre cronista Bernal Díaz del Castillo, en su Conquista de Nueva España, se expresa de este modo: «Y pasemos adelante y digamos cómo todos los más indios naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros, y tienen sus tiendas de los oficios y obreros, y ganan de comer a ello, y los plateros de oro y plata así de martillo como de vaciadero, son muy extremados oficiales y así mismo lapidarios y pintores, y los entalladores hacen tan primas obras con sus sutiles alegres, especialmente entallan esmeriles y dentro de ellos pigmados todos los Pasos de la Santa Pasión de nuestro Redentor Jesucristo, que si no los hubiere visto no pudiere creer que los indios lo hacían. Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componen libros de canto llano, y hay oficiales de tejer seda, raso y tafetán, aunque sean veinticuatrenos, hasta fresas y sañal y mantas y fraesadas; y son cardadores y perailes y tejedores, según y de la manera que se hace en Sevilla y en Cuenca, y otros sombrereros y jaboneros... Algunos de ellos son cirujanos y herbolarios... y han plantado sus tierras y heredades de todos los árboles y frutos que hemos traido de España.»

Algunas poblaciones de México se distinguieron por sus industrias. Los tejidos de la Puebla se exportaban a varias partes, hasta el punto que disminuyó la importación de los fabricados en España. En la citada población se fabricaba perfectamente, entre otras cosas, el vidrio.

Por lo que a la agricultura respecta, trasladaremos aquí lo que dice el P. Acosta en su Historia natural y moral de las Indias: «Mejor han sido pagadas las Indias en lo que toca a plantas que en otras mercaderías, porque las que han venido a España son pocas y danse mal; las que han pasado de España son muchas y danse bien... En conclusión, cuasi cuanto bueno hay que se produce en España, hay allá y en partes aventajado y en otra no tal: trigo, cebada, hortaliza, verdura y legumbres de todas suertes, como son lechugas, berzas, rábanos, cebollas, perejil, nabos, zanahorias, berenjenas, escarolas, acelgas, espinacas, garbanzos, habas, lentejas... porque han sido cuidadosos los que han ido, en llevar semillas de todo y a todo ha respondido bien la tierra... La granjería del vino no es pequeña; pero no sale de su provincia.» Añade luego que la industria de la seda, que no existía en tiempo de los indios, a la sazón tiene importancia. De España se llevaron moreras a México, donde se cultivaron perfectamente. También en México, en el Perú y en otras partes fué una riqueza la caña de azúcar. De igual modo el olivo se cultivó con esmero en los citados virreinatos.

El fraile Tomás Gage, viajero del siglo xvii, habla del estado floreciente de las poblaciones que vió en México, y de hacendados que vivían exclusivamente de sus haciendas y cuya riqueza llegaba a 20.000, 30.000 y aun 40.000 ducados. En los comienzos del siglo xviii la agricultura, la minería y el comercio sufrieron verdadero retroceso; la primera por los malos años, las dos últimas por los ataques de los piratas. Tanto las citadas industrias como la ganadería se resintieron cada vez más a causa de las muchas contribuciones y gabelas. No se olvide, por último, para explicar la decadencia de la agricultura, que las mejores haciendas estaban en manos de las comunidades religiosas. Sin embargo, no carecía de alguna importancia el algodón, el maíz, el maguey y otros artículos.

La cochinilla, insecto que se cría en México y en toda la América central, en las hojas de algunas plantas, se cultivó para el tinte de las telas.

Por lo que toca a la minería, desde que en 1546 se comenzaron a explotar las ricas minas de Zacatecas, no se ha interrumpido dicha industria.

El comercio en México mejoró poco. Algunas industrias estaban muy adelantadas. Cultivaban el maguey, el maíz, los plátanos, el algodón, varias plantas medicinales y el cacao, tejían admirablemente el algodón y le teñían con vistosos colores. Regaban por medio de canales y tenían hermosos jardines. «Sus trabajos de joyería—dice Barros Arana—aventajaban en mucho las obras de los joyeros españoles del tiempo de la conquista»[850]. Recogían el oro de los ríos; la plata, el cobre y el plomo lo extraían de las entrañas de la tierra. Se hacía el comercio, ya mediante cambios, ya considerando como moneda tubos de plumas de ave llenos de polvo de oro, saquillos de cacao que contenían cierto número de granos y pedazos de estaño en forma de T. En los mercados había hileras de plateros y de pintores, tiendas de telas y de toda clase de vasijas de barro. Un tribunal de comercio decidía las diferencias de los comerciantes.

En suma, la industria tuvo sus períodos de adelanto y de decadencia. La agrícola fué en algunas partes bastante estimada, la comercial estaba reducida a estrechos límites y la fabril se desconocía completamente. Haremos notar, por último, que todo el dinero era poco para satisfacer las exigencias del poder real, y de aquí provenían impuestos y gabelas que arruinaban las industrias y el comercio. El ilustre Humboldt en su Ensayo político sobre la Nueva España, dice lo siguiente: «Estudiando la historia de la conquista, admírase la extraordinaria actividad con que extendieron los españoles del siglo xvi el cultivo de los vegetales europeos en la loma de las cordilleras de uno a otro extremo del continente. Los eclesiásticos, y en particular los frailes misioneros, han contribuído a estos rápidos progresos de la industria. Las huertas de los conventos y de los curas han sido otros tantos criaderos de donde han salido los vegetales útiles modernamente connaturalizados. Los mismos conquistadores, a los cuales no debemos considerar sin excepción como guerreros bárbaros, en su vejez se dedicaban a la vida campestre. Aquellos hombres sencillos, rodeados de indios cuya lengua no poseían, cultivaban con preferencia, como para consolarse de su soledad, las plantas que les recordaban el suelo de Extremadura y de ambas Castillas. La época en que por primera vez maduraba una fruta de Europa, señalábase como una fiesta de familia. No hay medio de leer sin conmoverse lo que dice el inca Garcilaso a propósito del modo de vivir de aquellos primeros colonos. Con una sencillez enternecedora refiere que su padre, el valeroso Andrés de la Vega, reunió un día a todos sus antiguos camaradas para partir con ellos tres espárragos. Eran los primeros que se habían criado en la meseta de Cuzco»[851].

Sabemos por lo que a la industria del Perú se refiere, que tenían fama los tejidos y ciertos objetos de alfarería y determinados cultivos (maguey, etc.). No ignoramos que los indios del Perú eran diestros cazadores y pescadores. Aunque la industria en el Perú, como en todas las colonias españolas, estaba gravada con onerosos impuestos, careciendo de toda protección de parte de la metrópoli, no dejó de tener importancia en algunas poblaciones. Citaremos entre otras a Quito, donde se establecieron varios telares y cuyos tejidos eran muy estimados, no sólo en las Indias sino también en la metrópoli. Cobos, historiador del siglo xvii, dice que en el territorio peruano «hay grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de 15.000 a 20.000 arrobas de mosto, y del vino que se coge en el corregimiento de Ica, que es en la diócesis de Lima, salen cada año cargados dello más de cien navíos para otras provincias, así del reino como fuera de él.» En el Perú se extendió especialmente el cultivo del olivo y fué la región donde primero se comenzó a extraer el aceite. Cogíanse en algunos olivares del valle de Lima, ya entrado el siglo xvii, de 2.000 a 3.000 arrobas.

En Bolivia, cuya agricultura marchaba por el mismo camino que la del Perú, se descubrió casualmente, año 1545, el rico mineral de plata del Potosí. La industria agrícola, ganadera y minera, fué desarrollándose poco a poco.

La industria se hallaba adelantada en la Isla Española o Santo Domingo. Era natural que así fuese, dadas las relaciones con que la mencionada isla estuvo siempre con la metrópoli. En ella comenzaron los ingenios de azúcar, extendiéndose en seguida por Cuba y también por todo el continente. «De la isla de Santo Domingo—dice el P. Acosta—se trajeron en la flota que vino, 898 cajas y cajones de azúcar, que siendo de las que yo vi cargar en Puerto Rico, serán a mi parecer de ocho arrobas.» Para aumentar esta producción, publicóse Real provisión (13 enero 1529), concediendo a los ingenios el privilegio de no ser embargados por deudas.

La industria agrícola se hallaba más atrasada en Cuba que en Santo Domingo. Si el cultivo del tabaco proporcionaba cada vez más utilidades a los labradores, dando origen a poblaciones como Santiago de las Vegas y Santa María del Rosario (1733); si comenzaba a cultivarse la caña de azúcar y si la ganadería era muy importante, no puede negarse que el progreso agrícola no estaba en relación con la bondad del terruño ni con el clima de Cuba. Tampoco tenía importancia el comercio cubano, pues consistía en exportar cueros, tabaco y los demás productos del país. Contribuía a ello seguramente la poca población que había en la isla. Recordaremos que Felipe V, desde Madrid (16 julio 1712) se dirigía al concejo de la Villa de Sancti Spíritus diciéndole que el obispo Fr. Jerónimo de Valdés, le había representado la falta de población de la dicha isla y la conveniencia de poblar más el centro de ella, como también las ventajas de trasladar la iglesia de la ciudad de Cuba a Sancti Spíritus, centro de la isla, etc.[852].

La industria en la América Central antes de la conquista estaba adelantada. En Guatemala se hallaba casi en el mismo estado que en México y en Perú. Del mismo modo los indios de San Salvador mostraron su inteligencia en diferentes ramos de la industria. En Honduras, Nicaragua y Costa Rica los agricultores no desconocieron el cultivo de algunas y determinadas plantas. Mediante canales, como en los citados imperios, daban a sus tierras gran fertilidad. De la misma manera no desconocieron las riquezas del reino mineral. Recogían el oro en las arenas de los ríos y buscaban otros metales en las entrañas de la tierra. Ejercieron el comercio y en las principales ciudades había ferias con bastante frecuencia. Alfareros y tejedores diestros los hubo en Guatemala y en los demás pueblos.

En Guatemala, país lleno de montañas que se ensanchan hacia la cumbre con muchos ríos y lagos, con volcanes (Cerro Quemado, volcán de Fuego y montaña de Agua) se encontraban los cultivos de los países templados y cálidos. Allí se producía el maíz, los plátanos, los cereales, el algodón y las legumbres. La cochinilla fué uno de los principales productos; pero tiempo adelante se reemplazará, cuando se descubrieron los colores de la hulla, con el café, cacao y añil. Las maderas finas fueron siempre artículo muy productivo. Durante la dominación española, el cacao del occidente de Guatemala se reservaba para la corte de Madrid. Es de advertir que cuando se proclamó Guatemala independiente, eran casi nulos sus productos para la exportación.

Honduras es comarca muy montañosa, con ríos caudalosos, clima variado y abundantes aguas. El terreno es sumamente fértil y produce en los llanos tabaco, cacao, café, caña, añil, etc., y en los montes, donde abunda el pino, la vainilla, copaiba, ipecacuana, etc. Sin embargo, no es país agrícola: sus producciones se consumen allí mismo. El tabaco de Copán y de Santa Rosa es muy estimado desde hace tiempo. La madera de caoba tuvo siempre fama. En el subsuelo se encuentran minas de hierro, oro, plata, cobre, etc.

Nicaragua está atravesada por una doble cordillera, cuyas cimas tienen gran altura. Desde dicha altura se escalonan mesetas cada vez mayores hasta llegar a una llanura baja. Entre las dos cadenas existe larga depresión, donde se hallan los lagos de Managua y Nicaragua. Abundan los volcanes y entre los ríos el principal es el de San Juan. El clima es cálido y el suelo muy productivo. Dase en el terreno el plátano, caña de azúcar, café, cacao y añil; algodón, vainilla y caucho; trigo y maíz, maderas preciosas.

Salvador es sólo una zona estrecha, de forma cuadrilátera, que sigue la costa del Pacífico. «Pocas regiones—dice Reclus—hay en el mundo que puedan compararse al Salvador por la riqueza de la vegetación espontánea y lo productivo de los cultivos»[853]. Cerca de la capital se encuentra el volcán de su nombre. Sus productos son los mismos que los de la flora guatemalteca. El famoso bálsamo del Salvador se llamó en otro tiempo del Perú, porque en la época del régimen colonial se transportaba primeramente al Callao para mandarlo desde allí a España. Es rico el Salvador en plantas medicinales y en gomas.

Costa Rica, la comarca más meridional de la América Central, es país montuoso, atravesado por central cordillera, en la que estriban por cada lado altos montes. Se hallan muchos volcanes y en las serranías nacen varios ríos. El subsuelo es rico en oro, plata, cobre, plomo, mercurio, azufre y antracita; el suelo produce alguna cantidad de excelente café y plátanos. También produce caña de azúcar, tabaco, anís y zarzaparrilla, maíz, trigo, cebada, arroz y patatas. En madera se encuentran la caoba, haya, granadillo, roble negro y otras. Sin embargo, el país es pobre, y no sabemos porqué recibió la denominación de Costa Rica. En los comienzos del siglo xix, la industria agrícola tuvo mucha importancia merced a las medidas que tomó el gobernador de la provincia D. Tomás de Acosta, sumamente popular y extraordinariamente querido por sus sentimientos y bondades, por el interés que mostró en el fomento de la agricultura, por la fábrica de obras públicas y por la construcción de caminos, puentes y acequias. Falleció en abril de 1821, y todavía recuerdan con cariño su nombre los costarriqueños, y los historiadores del país piden que se levante un monumento que recuerde sus preclaras virtudes. Si antes adelantaron poco las industrias se debió a la codicia de los extranjeros, pues no debe olvidarse que los ingleses de Jamaica hacían frecuentes incursiones por las costas del Norte, en las cuales desembarcaban, ora con la máscara de amigos, ora como piratas, ayudados a veces por los indios mosquitos, para saquear las granjas de los españoles y para devastar las aldeas de los indígenas.

Si en Chile, a la llegada de los españoles, cosechaban los aborígenes las papas, el maíz y el poroto, luego cultivaron el trigo y la vid. La ganadería, desde los comienzos de la colonia, adquirió bastante desarrollo: los cerdos, los ganados cabrío y lanar, los caballos y las gallinas, abundaban mucho. La minería se redujo a los lavaderos de Marga-Marga y de Quailacoya. La única industria fabril que se derivó de los productos agrícolas fué la harina, para cuyo objeto se establecieron poco a poco molinos. Las industrias manuales aumentaron pronto, especialmente los hornos de cocer pan, las fábricas de tejas e hilanderías. Del mismo modo se extendieron por todo el país los oficios manuales de carpinteros, herreros, zapateros, sastres y plateros. El comercio, sujeto—como ya se dijo en este mismo capítulo—a muchas trabas, adelantó muy poco. Tiempo adelante, esto es, en los últimos años del siglo xvi, se estimó más la industria, en particular la agrícola y minera. El cáñamo se cultivó con esmero, e igualmente los árboles frutales y las hortalizas. Las aves de corral merecieron especial cuidado. Las industrias de tejidos y curtidos existían en las ciudades y pueblos. Nada adelantó el movimiento mercantil, pues apenas merece citarse el comercio de importación y exportación. La vida social estaba reducida a estrechos límites, no había teatros ni circos, las corridas de toros se verificaban de tarde en tarde, y las riñas de gallos eran casi siempre privadas. Sólo cuando un Rey subía al trono o nacía un príncipe o contraía matrimonio un miembro de la familia real, entonces se celebraban corridas de toros, juegos de caña y sortija, funciones de iglesia y otras. La destrucción de la ciudad de Santiago por el terremoto de 1647, la larga guerra de Arauco y la inmoralidad administrativa contribuyeron a que el país no saliese antes de su atonía.

Desde 1700 se manifestó el adelanto en todos los ramos de la industria. La agricultura y ganadería adquirieron aumentos de consideración. Si el oro y la plata daban rendimientos escasos, en cambio la extracción del cobre constituyó excelente negocio. Se multiplicaron las herrerías e hilanderías, como también las carpinterías, joyerías, etcétera. Tomó mayor vuelo el comercio y se abrieron muchos caminos. Acerca del carácter de la vida, lo mismo familiar que pública, desarrolló extremada afición al lujo. Bien es verdad que contrastaba con la devoción religiosa de las mujeres y de los hombres, con los ejercicios espirituales, procesiones y misas. Introdújose la costumbre de colocar imágenes o bustos de santos encima de las puertas de las casas. Religiosas y religiosos pasaban casi todo el día en las iglesias. Abrieron nuevos conventos de monjas y de frailes. No importaba nada de esto para que la inmoralidad fuera en aumento, para que el vicio fuera mayor y para que se celebrasen frecuentemente alegres fiestas. Aumentaron los jugadores y borrachos; fueron frecuentes, lo mismo en hombres que en mujeres, los asesinatos por medio del puñal o el veneno.

Si en el último tercio del siglo xviii adquirió la industria en Chile desarrollo considerable, aumentó en el xix la producción de la agricultura, siendo sus principales productos el trigo, cebada, maíz, frejol, lenteja, papa y arbeja, los árboles frutales, el olivo y la vid, el cáñamo, etc. La ganadería bastaba para el consumo ordinario y permitía, además, la exportación. La pesquería, la explotación de maderas y la minería fueron en aumento. Adquirió desarrollo la industria fabril y manufacturera.

De la Capitanía general de Chile pasamos al virreinato de Nueva Granada o Colombia. Estimóse en Colombia la minería. De la agricultura se hará notar que el arroz introducido en Nueva Granada desde el año 1512, se propagó bastante, dándose con mucha abundancia en los terrenos bajos y húmedos. Allí se cosechaban los cereales, fríjoles, habas y uvas; allí crecían varias clases de frutales.

Del Ecuador recordaremos que en Quito comenzó la industria fabril, estableciéndose pequeñas fábricas de tejidos. En el mencionado Quito, el P. José Rixi, natural de Gante, sembró el primer trigo europeo cerca del convento de San Francisco. Cuéntase que los frailes recordaron por mucho tiempo el hecho, y aun en los comienzos del siglo xix enseñaban con cierto orgullo la maceta, en la cual fueron llevadas desde España las semillas.

Los valerosos conquistadores de Venezuela y sus descendientes, ya terminadas las guerras, sólo se cuidaban de que los indios y negros esclavos trabajasen en las minas, en la agricultura y en la pesquería de perlas. Las industrias estaban limitadas a los tejidos de lana del Tocuyo, a los cordobanes de Carora, a las hamacas de Margarita y a la alfarería indígena. Acerca de las artes e industria se hallan noticias muy curiosas en la «Breve descripción y relación cierta de la muy leal ciudad de Nuestra Señora de la Concepción de Tocuyo de la provincia de Venezuela, etc.» Escribióla D. Juan de Salas, Subinspector de milicias y juez visitador de dicha ciudad el 30 de julio de 1766, para entregarla al Sr. D. José Solano, Gobernador y Capitán general de esta provincial[854]. Los caminos eran muy malos. Las comunicaciones se reducían a algunos barcos procedentes de la Isla Española y de tarde en tarde llegaba alguno de la metrópoli. Lo mismo en Venezuela que en los demás países de las Indias los impuestos eran enormes, siendo los principales los quintos reales, la alcabala, el almojarifazgo y la media annata. Consistía el primero en cobrar el quinto para el Rey del metal que se sacase de las minas y de las perlas que se sacasen de las pescaderías; el segundo era en un derecho de 2 por 100 en dinero de todo lo que se compraba y vendía; el tercero estaba reducido a un impuesto de entrada y salida sobre las mercaderías, así de España como de las Indias, y el cuarto consistía en la mitad de la renta del primer año de todos los oficios y cargos no eclesiásticos.

Antes de referir los hechos de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, daremos noticia de los asientos o contratos que celebró España, los cuales tienen carácter general. Dos asientos se celebraron en aquellos tiempos para el comercio de esclavos africanos: el primero, con la Compañía Real de la Guinea Francesa, durante la guerra de sucesión española (1701-1712), y el segundo, con la Compañía Inglesa del Mar del Sur, por treinta años, que comenzaron a contarse en el mismo que se firmó la paz de Utrech (1713) y terminó el 1743[855]. En virtud de los mencionados asientos, se concedió a la Compañía Francesa el derecho de introducir en las colonias españolas americanas 48.000 esclavos en once años, y a la Compañía Inglesa 144.000 en treinta años, debiendo pagar al rey de España 33-1/3 pesos por cada esclavo. Con la Compañía Inglesa se hubo de rescindir el contrato, a causa de la nueva guerra entre ambas naciones, teniendo España que indemnizar a la citada Compañía con 100.000 libras esterlinas[856].

No huelga decir en este lugar que durante todo el siglo xvi, la provincia de Venezuela no produjo ganancia alguna en su comercio. Ocupados los venezolanos en descubrir minas, apenas hacían caso de la agricultura. Tiempo adelante, cuando los holandeses se apoderaron de la isla de Curaçao (1634), donde establecieron considerable depósito de mercancías, se atrajeron las miradas de sus vecinos los venezolanos, los cuales pensaron entonces dedicarse muy especialmente al cultivo del cacao, que, con los cueros, hicieron objeto principal de su comercio. Los holandeses, pues, entregaban sus mercancías en cambio del cacao y de los cueros de los venezolanos.

Quiso entonces el comercio español competir con el de Holanda; pero no fué posible, «pues el sistema de la España para con sus colonias era tan extraño, que ninguna expedición mercantil podía hacerse a la América sin licencia del Rey, la que no se franqueaba sin trabajo ni sin gastos, y sólo con la condición de pagar derechos muy crecidos y de hacer de Sevilla el puerto de la salida y del retorno. Unas mercancías, ya caras por la mano de obra española, o por los beneficios de una segunda mano, si eran extranjeras, recargadas por otra parte con condiciones tan onerosas, no podían prometer utilidades sino a la locura y a la ignorancia, en un país donde los mismos efectos llegaban por medio del comercio holandés sin derechos, sin trabas, y directamente de las manufacturas europeas»[857]. Desde el citado año de 1634 fué poco activo el comercio de España con su colonia, y mayor, por el contrario, el de Holanda con aquellas posesiones americanas. En los primeros años del siglo xviii las producciones de cacao en la provincia de Venezuela, eran, por término medio, de 65.000 fanegas cada año, exportándose únicamente, en el mismo tiempo, unas 31.400 para España y para otras posesiones de nuestra nación. Entonces, con objeto de cortar de raíz el comercio con los holandeses, el gobierno español persiguió el contrabando y arruinó a muchas familias; pero nada pudo conseguir, y casi puede afirmarse que el mal fué en aumento.

Las cosas iban á variar por completo, pues la Corona celebró un contrato (25 septiembre 1728) con la Compañía Guipuzcoana de Caracas, la cual había formado tiempo atrás una escuadra mercante y de corso, bajo la advocación de San Ignacio de Loyola. La Compañía se comprometió a reprimir a su costa el contrabando que los extranjeros hacían con las provincias de Caracas, con tal de que se les permitiese abastecerlas y extraer sus frutos a la metrópoli. No puede negarse que las condiciones fueron beneficiosas a la Compañía, si bien se la obligó a que abasteciera, no sólo la provincia de Venezuela, sino también Cumaná, la Margarita y la Trinidad. Por Real decreto dado en el Palacio del Buen Retiro (20 junio 1738), se ve el gran interés de Felipe V por la Compañía; y esto no es de extrañar, porque «El y la Reina tienen en ella 200 acciones», consignando después que desea facilitar a la Compañía todo el fomento y alivios de que necesite para continuar la conservación de su comercio y asegurar el aumento de él, etcétera.[858] Tuvo su residencia en San Sebastián (Guipúzcoa), hasta que el marqués de la Ensenada comunicó a los Directores de la Compañía, que desde el 24 de mayo de 1750, la residencia de la dirección estaría en Madrid[859]. Con fecha 13 de junio de 1750, el marqués de Matallana dirigió un informe al marqués de la Ensenada acerca de la rebelión ocurrida en Caracas con motivo o con pretexto de los abusos de la Compañía de Guipúzcoa, siendo de opinión que se empleasen medios suaves[860]. No solamente Caracas, sino toda la provincia de Venezuela se hallaba por entonces en constante inquietud y recelosa, contribuyendo al malestar la conducta de la Compañía, no sin que hagamos observar respecto a otro orden de cosas los beneficios que hizo al país. «Mientras duró la Compañía—escribe el Sr. de Pons—la provincia de Venezuela vió salir de la nada los pueblos de Parraguire, Guatire, Calabozo, San Juan Bautista del Pao, Montalbán, Ospero, la sábana de Ocumare, todos los sitios desde Macarao hasta el río de Tuy, Volcano, San Pedro, las Lagunetas, las Mostazas y el Frayle»[861]. Añade más adelante que en el año 1763, se embarcaron de cacao.

Fanegas.
Para España50.319
Para Veracruz16.864
Para Canarias11.160
Para Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba2.316
El consumo total fué de30.000
Total 110.659[862]

La Compañía influyó para que prosperase el cultivo del cacao, algodón y de otros géneros, como también la industria de los cueros; pero el comercio que de aquellos géneros hicieron los habitantes de Venezuela con los contrabandistas holandeses, lo hacían a la sazón con los factores guipuzcoanos. La Compañía hizo construir en los puertos soberbios edificios, ya para alojar a sus factores, ya para colocar sus almacenes. Del mismo modo ella hizo los muelles de la Goayna y Puerto Cabello.

Contribuyó no poco, en los últimos años del reinado de Carlos III, a la decadencia de la Compañía Guipuzcoana de Caracas y del comercio en general, la guerra entre Inglaterra y España, guerra que fué consecuencia del Pacto de Familia. Al salir del puerto de Goayna nuestros barcos—como sucedió en el año 1780—eran apresados por los corsarios ingleses[863]. Por último, la Corona comenzó a cercenar el monopolio de que gozaba la Compañía, hasta el punto que quedó, en 1781, equiparada á las compañías particulares, y cuatro años después, esto es, en 1785, se refundió en la Compañía Real de Filipinas ([Apéndice P]).

Desde últimos del siglo xviii aumentaron los cultivos en el país. Todos tienen noticia que en Venezuela, la provincia más poblada era la de Caracas, y de ella la parte más cultivada los valles de Aragua, que tienen unas 30 leguas cuadradas de superficie. Sus producciones principales eran el cacao, café y añil de Caracas, el tabaco de Barinas, los cueros y tasajos de los Llanos y las perlas de la isla Margarita. El algodón, planta indígena, se cultivaba en los citados valles de Aragua, en Maracaibo y en el golfo de Cariaco. La caña de azúcar, cuyo principal cultivo estaba en el mismo valle de Aragua y en el de Tuy, no logró mucha importancia. Por último, para el consumo de sus habitantes había, además, el plátano, el maíz, la yuca, el olivo, la viña, las hortalizas y los cereales; la miel era sumamente rica y las plantas medicinales abundaban mucho.

Por lo que al reino animal respecta, gozaba fama de excelente el ganado lanar y cabrío, siendo también bueno el vacuno, mular y caballar. No debemos olvidar que si los gobernadores de Venezuela, sucesores de Urpín, nada hicieron de particular durante dos tercios del siglo xvii y el primero del xviii, desde 1732 a 1763 fomentaron la cría de ganados y la agricultura D. Carlos y D. Vicente de Sucre, D. Gregorio Espinosa de los Monteros, D. Diego Tabares Ahumada, D. Mateo Gual y Pueyo, D. Nicolás de Castro y D. José Diguja.

En las regiones del Plata, la principal riqueza del país consistió en la cría de ganados, y en las llanuras no colonizadas del Centro y del Oeste, abundaban de un modo extraordinario la ganadería salvaje, que era cazada por el argentino. Por cierto que entre ganaderos y labradores las quejas fueron frecuentes. El procurador del Cabildo de Buenos Aires pidió, en el año 1677, «que pe ponga remedio en el exceso de que en muchas chácaras... hay muchos ganados que hacen daño a las sementeras y que por esta causa muchos pobres no quieren sembrar.» Posteriormente, y a medida que avanzaba la colonización, la abundancia de tierras cultivables desvaneció el malestar entre labradores y ganaderos. No había fábricas. Los oficios se encontraban en lamentable estado, ejerciéndolos los indios, negros y alguno que otro español, porque no podía dedicarse á más elevadas tareas.

«Nuestra juventud debe ser educada en la vida industrial, y para ello ser instruida en las artes y ciencias auxiliares de la industria.


La industria es el único medio de encaminar la juventud al orden. Cuando Inglaterra ha visto arder la Europa en la guerra civil, no ha entregado su juventud al misticismo para salvarse; ha levantado un templo á la industria y le ha rendido un culto que ha obligado á los demagogos á avergonzarse de su locura.

La industria es el calmante por excelencia. Ella conduce por el bienestar y por la riqueza al orden, por el orden á la libertad; ejemplos de ello la Inglaterra y los Estados Unidos. La instrucción en América debe encaminar sus propósitos á la industria.

La industria es el gran medio de moralización.


La Inglaterra y los Estados Unidos han llegado á la moralidad religiosa por la industria; y la España no ha podido llegar á la industria y á la libertad por la simple devoción. La España no ha pecado nunca por impía; pero no le ha bastado eso para escapar de la pobreza, de la corrupción y del despotismo»[864].

Durante el esplendor de las misiones en el Paraguay se desarrolló grandemente la industria. El historiador Robertson, aunque protestante y enemigo de los españoles, dice lo siguiente: «Hallaron á los habitantes de estas tierras casi en el mismo estado en que se hallan los hombres cuando empiezan á reunirse en sociedad: carecían de todo oficio; procurábanse una precaria subsistencia con el producto de su caza ó pesca, y apenas conocían los primeros rudimentos de subordinación y de política. Los jesuítas tomaron á su cargo la instrucción y civilización de aquellos salvajes. Les enseñaron á cultivar la tierra, á criar animales domésticos y á construir edificios. Les hicieron reunirse en aldeas, instruyéronlos en las artes y fabricación, hiciéronles probar los atractivos del trato y las ventajas que proporcionan la seguridad y el buen orden. Estos pueblos se convirtieron de esta suerte en vasallos de sus bienhechores, quienes les gobernaron con el amor y cuidado que un padre á sus hijos. Respetados, amados y casi idolatrados, unos cuantos jesuítas imperaban sobre millares de indios»[865].

Consistía la riqueza del Brasil en esmeraldas halladas en el río Doce y entre los peñascos de la Serra do Mar, en minas de oro y de diamantes, en el palo brasil, en el cultivo de la caña de azúcar, etc.

En suma: por el estudio que acabamos de hacer respecto á la cultura literaria, artística é industrial de nuestras colonias, bien puede afirmarse que la dominación española no era tan egoísta y tiránica como han dicho y repiten todavía no pocos escritores. Más pudo y debió hacerse; pero no es exacto que la metrópoli sólo pensaba en el oro y la plata que, abundantes, sacaba de las minas.