CAPITULO XXXIV
Cultura del Canadá antes de pasar al dominio de Inglaterra y cultura de los Estados Unidos antes de su independencia.—La Universidad.—Madame de la Peltrie y madame Guyard: convento de las ursulinas.—Instituto de segunda enseñanza y escuelas.—M. Bourgeoys: congregación de Notre Dame.—Comunidades religiosas.—Seminario de Laval.—Libros de descubrimientos e historias.—Cantos populares.—Instrucción primaria.—Escuelas católicas y protestantes.—Relaciones entre las colonias de los Estados Unidos y la metrópoli.—Las primeras letras.—Colegio de Newton.—Primera prensa de imprimir.—Escuela e imprenta en Filadelfia.—Cultura en las Carolinas.—Universidad de Virginia.—Colegios.—Primera escuela de medicina.—La «Gaceta de Georgia.»—Progreso en todas las colonias.—Las bellas artes en el Canadá y en los Estados Unidos.—La industria en el Canadá y en los Estados Unidos.—Minas de «Nova Scotia.»—Riqueza forestal.—Prosperidad del comercio en los Estados Unidos.—Los americanos enfrente de los ingleses.
Cuando el Canadá pasó al poder de Inglaterra, ya habían adquirido allí grandes adelantos las ciencias, las letras y la instrucción pública. Era natural que así sucediese, dada la continua comunicación del Canadá con Francia. El 1635 se fundó en Quebec una especie de Universidad, anterior en un año a la de Harvard. Corría el 1639, y llegaron de Francia dos señoras de clase distinguida, con el objeto de dedicarse a la enseñanza y a obras de caridad. Llamábanse Madame de la Peltrie y Madame Guyard, más bien conocida la última con el nombre de Madre de la Encarnación. De ellas ha quedado un monumento digno de toda alabanza, como es el convento de las Ursulinas de Quebec, donde se han educado generaciones de niñas, en particular franco-canadienses. El 1640 se estableció un Instituto de segunda enseñanza y una escuela para los hijos de los hurones.
En 1641, M. de Maisonneuve condujo a Montreal hombres decididos y deseosos de fundar allí una colonia completamente cristiana. Apenas habían pasado doce años, cuando la hermana Margarita Bourgeoys estableció en Montreal la Congregación de Notre Dame, para la educación de niñas, que tuvo fama universal. Por entonces, Jerónimo de la Danversière, asentista de contribuciones en la ciudad y territorio de La Fleche (Anjou) y Juan Olier, clérigo de París, acordaron fundar en Montreal las comunidades religiosas siguientes: una de sacerdotes seculares, que se ocuparía en la dirección de los colonos y en la conversión de los indígenas; otra de monjas para cuidar los enfermos; y la tercera, para enseñar la doctrina cristiana a los niños de europeos e indios. Sobre todos los establecimientos de enseñanza, figura en primera línea el Seminario fundado en Quebec por el obispo Laval, y que siglo y medio después se transformó en la gran Universidad conocida hasta nuestros días con el nombre de Laval.
Los primeros libros escritos por exploradores y misioneros católicos tratan de descubrimientos, tradiciones e historia. Champlain, fundador de la ciudad de Quebec, escribió, entre otras obras, curiosa historia de su primer viaje. Lascarbot, que tanta y tan importante parte tuvo en la colonización de Acadia (Nueva Escocia), publicó una interesante y completa historia de Nueva Francia, y después una colección de poemas con el título de Les muses de la Nouvelle France. El jesuíta P. Charlevoix, entre famosa pléyade de escritores, ocupa el primer lugar por su Histoire et description générale de la Nouvelle France. De este período han quedado multitud de cantos populares de origen bretón o normando, los cuales, poco a poco, tomaron el carácter propio del país en que se hallaban trasplantados. Algunos de dichos cantos tienen no poca delicadeza y dulzura[817].
La instrucción pública se extendió por todo el país, lo mismo en las grandes que en las pequeñas poblaciones, lo mismo en las ciudades que en los campos. La instrucción primaria era y es obligatoria en todas las provincias canadienses, ya católicas, ya protestantes. El Consejo que preside la organización de las escuelas católicas se compone de los obispos de la provincia, vocales por derecho propio, y cierto número de seglares nombrados por el gobierno. Las escuelas de segunda enseñanza son en su mayor parte colegios y conventos, donde dan la instrucción casi siempre individuos del clero y hermanas de la caridad. La Universidad principal y más antigua del Canadá es católica, y su Facultad más concurrida es la de Teología. Los protestantes, a su vez, tienen el derecho de organizar sus escuelas confesionales. Dirige y paga esta enseñanza una comisión protestante nombrada por el gobierno; pero la minoría religiosa de cada municipio, si no se halla satisfecha de la administración escolar, tiene derecho a elegir síndicos especiales para la gestión de sus intereses. Las escuelas de segunda enseñanza y las Universidades protestantes están dirigidas por el gobierno. Los inspectores de las escuelas católicas son católicos, y los de las protestantes son protestantes. Aunque la subvención del gobierno es algo mayor para la enseñanza protestante que para la católica, la igualdad de derechos es la misma entre ambas confesiones, siendo también la misma entre las dos lenguas. A veces se originan serios conflictos, «clamando los unos contra el poco caso que hacen los maestros del idioma dominante en la provincia, y reivindicando los otros el derecho de dar la enseñanza como les conviene. La opinión que parece prevalecer poco a poco en el Ontario es dar un carácter puramente laico a las escuelas y hacer obligatorio el estudio de la lengua inglesa, conforme al precedente que suministra la provincia de Manitoba, donde sostenían igual lucha las escuelas protestantes inglesas y las escuelas católicas francesas»[818].
En suma, si la cultura en el Canadá es inferior a la de los Estados Unidos, quizá sea superior a la de las Repúblicas del Sur y del Centro de América. Allí viven en cordiales relaciones ingleses y franceses, protestantes y católicos. El catolicismo se halla muy extendido en la provincia de Quebec, especialmente en la capital citada y en Montreal. Considerablemente aumenta la cultura científica y literaria, siendo focos de luz las Universidades de Otawa y de Montreal.
Pasando a otro asunto, conviene no olvidar que conforme se iban extendiendo los ingleses por el territorio de lo que después se llamó República de los Estados Unidos, la civilización y la cultura adquirían mayor desarrollo. Las relaciones entre las colonias y la metrópoli fueron cada día mayores, progresando al mismo tiempo la instrucción pública, las ciencias y las letras. Muchos de los fundadores de Nueva Inglaterra eran hombres de bastante ilustración, adquirida en las Universidades de la Gran Bretaña y que deseaban extender en aquellas lejanas tierras. Ellos abrieron escuelas gratuítas o de primeras letras o de gramática.«Establecieron—escribe el historiador Spencer—una especie de colegio práctico en Newton, arrabal de Boston, que fué dotado por Mr. John Harvard, cuando ocurrió su fallecimiento en 1638, con su librería y la mitad de su hacienda, dándose a este colegio el nombre de su generoso bienhechor, y a la localidad que ocupaba, el de Cambridge, en conmemoración de la famosa Universidad de Inglaterra. Por concesiones y donaciones anuales de varios individuos, el nuevo colegio se vió habilitado para echar los cimientos de su futura preponderancia. En Cambridge fué donde, hacia el año 1640, se sentó la primera prensa para imprimir que se conoció en América[819].»
En los primeros años de la segunda mitad del siglo xvii la población de Maryland aumentó en riqueza, poderío y cultura.
El cuáquero Guillermo Penn fundó el Estado de Pensylvania. Llegó a América el año 1682, y el 1683 echó los cimientos de la ciudad del amor fraternal, Filadelfia, que, si por lo pronto se compuso de cuatro chozas, a los dos años contaba con 600 casas. Ninguna otra colonia se desarrolló tan rápida y vigorosamente. En el año 1687 comenzó a funcionar en Filadelfia una prensa de imprenta, y en 1689 una escuela pública.
En los últimos años del siglo xvii fueron notables los adelantos realizados por las Carolinas, lo mismo por su cultura que bajo el punto de vista material.
La capitalidad de Virginia pasó, en el año 1696, a Williamsburg, cuyo nombre tomó del rey Guillermo III de Orange. Tan poca importancia tuvo Williamsburg como Jamestown, la capital primera. Tampoco dió esplendor a la segunda capital el Colegio de Guillermo y María o Universidad, fundado a instancia del reverendo Santiago Blair, natural de Escocia, e inaugurado en el año 1700. En el Colegio se enseñaba la Filosofía, Teología, idiomas, artes, etc., y se componía de un director y seis profesores. De dicho Colegio o Universidad decía un estudiante treinta años después lo siguiente: «Aquí tenemos una Universidad sin claustro y sin estatutos, una Biblioteca sin libros y un rector sin sueldo.» No es de extrañar, pues, que los colonos ricos enviasen sus hijos al extranjero para hacer allí sus estudios; pero durante las guerras intercoloniales progresaron mucho las colonias, siendo extraordinario este progreso luego que se firmó la paz entre Francia e Inglaterra (noviembre de 1762).
Hace recordar Spencer en su Historia de los Estados Unidos que el colegio de Rhode-Island, conocido ahora con el nombre de Universidad de Brown, se estableció primero en Warren el año 1764, trasladándose a Providencia el 1770. Tanto el colegio de Rutger como el de Darmouth, creados, aquél el 1770, y el segundo el 1771, llegaron a organizar nueve colegios más, dirigidos tres por los episcopales, otros tres por los congregacionistas, y los restantes por los presbiterianos, holandeses reformados y baptistas[820].
La afición a las ciencias y a las letras creció rápidamente. Los colegios se llenaron de estudiantes. Luego, por las iniciativas de Morgan y Shippen, ambos naturales de Pensylvania, se estableció una escuela de Medicina, primera institución de esta clase en América. El doctor Francis en el aniversario que se verificó en febrero de 1856, dice que «Nueva York es la ciudad que primero organizó una facultad completa de Medicina durante nuestras relaciones coloniales con la Gran Bretaña. El colegio del Rey fué el primer instituto de América que en el año 1767 confirió el grado de doctor en Medicina[821].» De igual modo el estudio de las leyes adquirió verdadera y singular importancia.
En la colonia de Georgia se publicó, año 1763, el primer diario, que se intituló Gaceta de Georgia.
En suma, las trece colonias cultivaron con asiduidad y constancia todos los ramos del saber. New-Hampshire, Massachusetts-Bay, Rhode-Island, Connecticut, Delaware, Nueva-York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Carolina del Norte, Maryland, Virginia, Carolina del Sur y Georgia, unas más y otras menos, dieron paso de gigante en el camino del progreso, pudiendo decir en la Declaración de la Independencia las siguientes palabras: «Las colonias unidas son y tienen derecho a ser Estados libres e independientes, sin sujeción alguna a la Corona de la Gran Bretaña, debiendo, en su consecuencia, romperse los lazos políticos que con ella nos unían.»
Si las bellas artes apenas se cultivaron por los primeros habitantes del Canadá y de los Estados Unidos, tiempo adelante los franceses e ingleses algo hicieron en sus respectivos países; pero el americano, entregado antes como ahora a constantes preocupaciones de orden material y a una vida sumamente agitada, no tuvo el espíritu libre para dedicarse al cultivo de la belleza. En general, las bellas artes se comprendían poco en el Canadá y en los Estados Unidos, a causa también de que la educación primera no la preparaba ni dirigía hacia las delicadezas y refinamientos del arte. Fijábase en la prosperidad material, que había aumentado mucho, y no echaba de menos los placeres del alma. Las siguientes palabras de Spencer, historiador de los Estados Unidos, son bastante significativas. Dice: «Hasta las bellas artes tuvieron (segunda mitad del siglo xviii) sus partidarios: West y Copley, nacidos en el mismo año, comenzaron a despuntar como retratistas; pronto buscaron ambos en Londres más ancho campo a sus aspiraciones»[822].
Acerca de la industria del Canadá haremos notar que las pieles y la pesca constituyeron la riqueza del país. También citaremos los minerales, y las minas de oro de Nova Scotia se explotaron con grandes resultados. Del mismo modo afirmamos que tal vez no haya ningún país en América que tenga mayor riqueza forestal. La industria comercial estaba adelantada: exportaba ganado, muchas y excelentes maderas, lanas, minerales, etc., e importaba tejidos, frutas, vinos y toda clase de bebidas. Otras industrias se encontraban igualmente adelantadas.
Fijándonos en los Estados Unidos, trasladaremos a este lugar la autorizada opinión del general francés Montcalm y la del viajero sueco Pedro Kalm. Decía el primero en una de sus comunicaciones al gobierno de su nación: «Todas las colonias inglesas se hallan en estado floreciente; son populosas, ricas y tienen para satisfacer todas las necesidades de la vida. La Inglaterra ha estado muy torpe en permitir que se introduzcan las artes, la industria y el comercio en las colonias, porque así les ha permitido desembarazarse de las cadenas que las ligaban a la madre patria y hacerse independientes de ella. Tiempo hace que habrían sacudido también el yugo político y habrían cada una formado una pequeña república independiente, si el temor a los franceses no las hubiera detenido. Una vez amos en su país, preferirían sus compatriotas a los extraños; pero entretanto siguen el principio de obedecer lo menos posible. Aguarde usted a que hayan conquistado el Canadá y a que los canadienses y los colonos ingleses se hayan fundido en un sólo pueblo, y verá cómo los americanos dejan de obedecer en el momento en que crean que la Inglaterra daña sus intereses. Y si se sublevan, ¿qué podrán hacer?» El viajero sueco Kalm, que se hallaba en Nueva York doce años antes de la última guerra intercolonial, escribió lo que sigue en la interesante relación de su viaje: «Las colonias inglesas en esta parte del mundo se han aumentado tanto en población y riqueza, que quieren rivalizar con la Inglaterra europea; mas para sostener el poderío y el comercio de la metrópoli, ésta les ha prohibido establecer criaderos de oro y plata bajo la condición de remitir estos metales inmediatamente a Inglaterra. A excepción de algunas plazas señaladas, no pueden hacer comercio en ninguna otra parte con otros países fuera de Inglaterra, y a los extranjeros no les es permitido comerciar con estas colonias. Además de éstas, existen todavía muchas otras limitaciones y prohibiciones. Todo esto ha hecho que las colonias sientan cada vez menos afecto a su madre patria, y esta frialdad se aumenta con el establecimiento en ellas de muchos extranjeros, holandeses, alemanes y franceses, que ningún apego tienen a Inglaterra. A todo esto se agrega aquellas personas que descontentas siempre, desean a cada paso variación; la prosperidad y la mucha libertad producen la soberbia. No solamente hijos de América, sino emigrantes ingleses me han dicho sin rebozo que es muy fácil que las colonias inglesas de la América del Norte formen de aquí a treinta o cincuenta años un Estado completamente independiente de Inglaterra»[823]. Exactos son los relatos de Montcalm y de Kalm. Ni el Canadá, ni los Estados del Norte América han permanecido estacionarios. El ilustre historiador Hildreth denomina esta época la edad de oro de la Virginia, el Maryland y de las dos Carolinas, considerando la extraordinaria riqueza de los citados países[824]. Las dos Floridas por entonces se hallaban en la opulencia y tenían mucha industria. No era superior en muchas cosas la industria de la metrópoli a la de las colonias.
De aquellas dilatadas y lejanas tierras se había desterrado la ociosidad y la vagancia, manantiales de vicios y de crímenes, promoviéndose, en cambio, apoyo al trabajo y a la aplicación, fuentes de moralidad y de virtud. Allí no campeaban los charlatanes, los estafadores, los truhanes, ni vagos, escoria de la sociedad y mortificación de los hombres de bien. Muchas fueron las reformas dictadas en pró de la industria y de los oficios más necesitados de protección. En beneficio de las clases productoras se dieron disposiciones que supieron aprovechar aquellos hombres laboriosos. Si la estadística de población de un país no es signo demasiado falible de prosperidad o de decadencia, si no es un dato demasiado incierto del bueno o mal régimen político y económico de un pueblo, si hemos de seguir en este punto la doctrina de distinguidos economistas, no tenemos más remedio que confesar el excelente estado de las colonias, considerando el aumento que en poco tiempo alcanzó la población de los Estados Unidos antes de su independencia.
Entretanto que la Corona y el Parlamento se dormían en sus laureles, «las colonias aumentaban rápidamente en población, en riqueza y en preponderancia; y en vez de ser unas cuantas obscuras comarcas que se ocupaban sólo de sus asuntos particulares, contando apenas con elementos de existencia, íbase formando un pueblo cuya agricultura, comercio, carácter emprendedor y posición respecto a otros Estados, le hacía acreedor a desempeñar un puesto de importancia. La madre patria no se hallaba en estado de gobernar bien a las colonias, ni tuvo tampoco la mala voluntad de oprimirlas demasiado, limitándose únicamente a molestarlas sin impedir su progreso»[825].
Tanta fué la prosperidad a que llegaron las colonias; tanto fué el progreso de su industria y de sus artes que, confiadas en su poder, se atrevieron a arrostrar las iras de Inglaterra. Allí sólo había hombres agrícolas e industriales.
No vaya a creerse que todos los colonos querían la resistencia armada contra la metrópoli, pues había algunos indecisos y también realistas. La mayoría, sin embargo, deseaba romper las trabas que unían a los colonos con la Gran Bretaña, o, lo que es lo mismo, aspiraban a la independencia. Debióse principalmente la fuerza de la revolución a que los patriotas estaban preparados, como si hubiesen presentido que había de llegar el día de pelear con los ingleses. La razón, además, estaba de parte de los americanos, quienes llevaban en su bandera la libertad de su comercio y la oposición al poder arbitrario del Rey.
Al reunirse el Parlamento de Inglaterra en el año 1765, se sometió a su aprobación el famoso bill, por el cual se decretaba el impuesto del sello. Semejante contribución, como era de esperar, causó profundo malestar en las colonias; pero el bill se aprobó, sancionándose el 22 de marzo por la Corona. Franklin, que se hallaba en Londres, escribió a su amigo Thompson la misma noche en que fué aprobado, lo siguiente: «El sol de la libertad se ha puesto; los americanos tendrán que encender en adelante las lámparas de su industria y de su economía.» Poco después contestó Thompson: «Lo que nosotros encenderemos no serán lámparas, sino antorchas; estad tranquilo sobre este punto.» La guerra de la independencia iba a comenzar pronto.