ESCENA II.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.
(Don Beltrán saca una carta abierta y se la da a don García.)
Beltrán.
¿Habéis escrito, García?
García.
Esta noche escribiré.
Beltrán.
Pues abierta os la daré,
porque leyendo la mía,
conforme a mi parecer
a vuestro suegro escribáis;
que determino que vais
vos en persona a traer
vuestra esposa, que es razón;
porque pudiendo traella
vos mismo, enviar por ella
fuera poca estimación.
García.
Es verdad; mas sin efeto
será agora mi jornada.
Beltrán.
¿Por qué?
García.
Porque está preñada;
y hasta que un dichoso nieto
te dé, no es bien arriesgar
su persona en el camino.
Beltrán.
¡Jesús! Fuera desatino,
estando así, caminar.
Mas dime, ¿cómo hasta aquí
no me lo has dicho, García?
García.
Porque yo no lo sabía;
y en la que ayer recebí
de doña Sancha, me dice
que es cierto el preñado ya.
Beltrán.
Si un nieto varón me da,
hará mi vejez felice.
Muestra, que añadir es bien
(Tómale la carta que le había dado)
cuánto con esto me alegro.
Mas dí, ¿cuál es de tu suegro
el propio nombre?
García.
¿De quién?
Beltrán.
De tu suegro.
García.
(Aparte.)(Aquí me pierdo.)
Don Diego.
Beltrán.
O yo me he engañado,
u otras veces le has nombrado
don Pedro.
García.
También me acuerdo
deso mismo; pero son
suyos, señor, ambos nombres.
Beltrán.
¡Diego y Pedro!
García.
No te asombres:
que por una condición
don Diego se ha de llamar
de su casa el sucesor.
Llamábase mi señor
don Pedro antes de heredar,
y como se puso luego
don Diego, porque heredó,
después acá se llamó
ya don Pedro, ya don Diego.
Beltrán.
No es nueva esa condición
en muchas casas de España.
A escribirle voy.
(Vase.)