ESCENA II.
DON BELTRÁN, EL LETRADO.
Beltrán.
Déme, señor licenciado,
los brazos.
Letrado.
Los pies os pido.
Beltrán.
Alce ya. ¿Cómo ha venido?
Letrado.
Bueno, contento y honrado
de mi señor don García,
a quien tanto amor cobré,
que no sé cómo podré
vivir sin su compañía.
Beltrán.
Dios le guarde, que en efecto
siempre el señor licenciado
claros indicios ha dado
de agradecido y discreto.
Tan precisa obligación
me huelgo que haya cumplido
García, y que haya acudido
a lo que es tanta razón.
Porque le aseguro yo
que es tal mi agradecimiento,
que como un corregimiento
mi intercesión le alcanzó
(según mi amor, desigual),
de la misma suerte hiciera
darle también, si pudiera,
plaza en el Consejo Real.
Letrado.
De vuestro valor lo fío.
Beltrán.
Sí, bien lo puedo creer;
mas yo me doy a entender
que si con el favor mío
en ese escalón primero
se ha podido poner ya,
sin mi ayuda subirá
con su virtud al postrero.
Letrado.
En cualquier tiempo y lugar
he de ser vuestro criado.
Beltrán.
Ya pues, señor licenciado,
que el timón ha de dejar
de la nave de García
y yo he de encargarme de él,
que hiciese por mí y por él
sola una cosa querría.
Letrado.
Ya, señor, alegre espero
lo que me queréis mandar.
Beltrán.
La palabra me ha de dar
de que lo ha de hacer, primero.
Letrado.
Por Dios juro de cumplir,
señor, vuestra voluntad.
Beltrán.
Que me diga una verdad
le quiero solo pedir.
Ya sabe que fué mi intento
que el camino que seguía
de las letras don García
fuese su acrecentamiento;
que para un hijo segundo
como él era, es cosa cierta
que es esa la mejor puerta
para las honras del mundo.
Pues como Dios se sirvió
de llevarse a don Gabriel,
mi hijo mayor, con que en él
mi mayorazgo quedó,
determiné que, dejada
esa profesión, viniese
a Madrid donde estuviese,
como es cosa acostumbrada
entre ilustres caballeros
en España; porque es bien
que las nobles casas den
a su rey sus herederos.
Pues como es ya don García
hombre que no ha de tener
maestro, y ha de correr
su gobierno a cuenta mía,
y mi paternal amor
con justa razón desea
que, ya que el mejor no sea,
no le noten por peor,
quiero, señor licenciado,
que me diga claramente,
sin lisonja, lo que siente
(supuesto que le ha criado)
de su modo y condición,
de su trato y ejercicio,
y a qué género de vicio
muestra más inclinación.
Si tiene alguna costumbre
que yo cuide de enmendar,
no piense que me ha de dar,
con decirlo, pesadumbre.
Que él tenga vicio es forzoso;
que me pese, claro está;
mas saberlo me será
útil, cuando no gustoso.
Antes en nada a fe mía,
hacerme puede mayor
placer, o mostrar mejor
lo bien que quiere a García,
que en darme este desengaño
cuando provechoso es,
si he de saberlo después
que haya sucedido un daño.
Letrado.
Tan estrecha prevención,
señor, no era menester
para reducirme a hacer
lo que tengo obligación;
pues es caso averiguado
que cuando entrega al señor
un caballo el picador,
que lo ha impuesto y enseñado,
si no le informa del modo
y los resabios que tiene,
un mal suceso previene
al caballo y dueño y todo.
Deciros verdad es bien;
que, demás del juramento,
daros una purga intento,
que os sepa mal y haga bien.
—De mi señor don García
todas las acciones tienen
cierto acento, en que convienen
con su alta genealogía.
Es magnánimo y valiente,
es sagaz y es ingenioso,
es liberal y piadoso,
si repentino, impaciente.
No trato de las pasiones
propias de la mocedad,
porque en esas con la edad
se mudan las condiciones.
Mas una falta no más
es la que le he conocido,
que por más que le he reñido,
no se ha enmendado jamás.
Beltrán.
¿Cosa que a su calidad
será dañosa en Madrid?
Letrado.
Puede ser.
Beltrán.
¿Cuál es? Decid.
Letrado.
No decir siempre verdad.
Beltrán.
¡Jesús! ¡qué cosa tan fea
en hombre de obligación!
Letrado.
Yo pienso que o condición
o mala costumbre sea,
con la mucha autoridad
que con él tenéis, señor,
junto con que ya es mayor
su cordura con la edad,
ese vicio perderá.
Beltrán.
Si la vara no ha podido,
en tiempo que tierna ha sido,
enderezarse, ¿qué hará
siendo ya tronco robusto?
Letrado.
En Salamanca, señor,
son mozos, gastan humor,
sigue cada cual su gusto,
hacen donaire del vicio,
gala de la travesura,
grandeza de la locura;
hace al fin la edad su oficio.
Mas en la corte mejor
su enmienda esperar podemos,
donde tan validas vemos
las escuelas del honor.
Beltrán.
Casi me mueve a reír
ver cuán ignorante está
de la corte. ¿Luego acá
no hay quien le enseñe a mentir?
En la corte, aunque haya sido
un extremo don García,
hay quien le dé cada día
mil mentiras de partido.
Y si aquí miente el que está
en un puesto levantado
en cosa en que al engañado
la hacienda u honor le va,
¿no es mayor inconveniente
quien por espejo está puesto
al reino? Dejemos esto;
que me voy a maldiciente.
Como el toro, a quien tiró
la vara una diestra mano,
arremete al más cercano
sin mirar a quien hirió;
así yo, con el dolor
que esta nueva me ha causado,
en quien primero he encontrado
ejecuté mi furor.
Créame, que si García
mi hacienda, de amores ciego,
disipara, o en el juego
consumiera noche y día,
si fuera de ánimo inquieto
y a pendencias inclinado,
si mal se hubiera casado,
si se muriera en efecto,
no lo llevara tan mal
como que su falta sea
mentir. ¡Qué cosa tan fea!
¡qué opuesta a mi natural!
Ahora bien: lo que he de hacer
es casarle brevemente,
antes que este inconveniente
conocido venga a ser.—
Yo quedo muy satisfecho
de su buen celo y cuidado,
y me confieso obligado
del bien que en esto me ha hecho.
¿Cuándo ha de partir?
Letrado.
Querría
luego.
Beltrán.
¿No descansará
algún tiempo, y gozará
de la corte?
Letrado.
Dicha mía
fuera quedarme con vos,
pero mi oficio me espera.
Beltrán.
Ya entiendo: volar quisiera,
porque va a mandar. Adios.
(Vase.)
Letrado.
Guárdeos Dios.—Dolor extraño
le dió al buen viejo la nueva
Al fin, el más sabio lleva
agriamente un desengaño.
(Vase.)
Las Platerías.