ESCENA III.

DON GARCÍA, de galán; TRISTÁN.

García.

¿Díceme bien este traje?

Tristán.

Divinamente, señor.

¡Bien hubiese el inventor

deste holandesco follaje!

Con un cuello acanalado,

¿qué fealdad no se enmendó?

Yo sé una dama a quien dió

cierto amigo gran cuidado

mientras con cuello le vía,

y una vez que llegó a verle

sin él, la obligó a perderle

cuanta afición le tenía.

Porque ciertos costurones

en la garganta cetrina

publicaban la ruina

de pasados lamparones.

Las narices le crecieron,

mostró un gran palmo de oreja,

y las quijadas, de vieja,

en lo enjuto parecieron.

Al fin, el galán quedó

tan otro del que solía,

que no le conocería

la madre que le parió.

García.

Por esa y otras razones

me holgara de que saliera

premática que impidiera

esos vanos cangilones.

Que demás desos engaños,

con su holanda el extranjero

saca de España el dinero

para nuestros propios daños.

Una valoncilla angosta,

usándose le estuviera

bien al rostro, y se anduviera

más a gusto a menos costa.

Y no que con tal cuidado

sirve un galán a su cuello,

que por no descomponello,

se obliga a andar empalado.

Tristán.

Yo sé quien tuvo ocasión

de gozar su amada bella,

y no osó llegarse a ella

por no ajar un cangilón.

Y esto me tiene confuso:

todos dicen que se holgaran

de que valonas se usaran,

y nadie comienza el uso.

García.

De gobernar nos dejemos

El mundo. ¿Qué hay de mujeres?

Tristán.

El mundo dejas, ¡y quieres

que la carne gobernemos!

¿Es más fácil?

García.

Más gustoso.

Tristán.

¿Eres tierno?

García.

Mozo soy.

Tristán.

Pues en lugar entras hoy

donde amor no vive ocioso.

Resplandecen damas bellas

en el cortesano suelo

de la suerte que en el cielo

brillan lucientes estrellas.

En el vicio y la virtud

y el estado hay diferencia,

como es varia su influencia,

resplandor y magnitud.

Las señoras, no es mi intento

que en este número estén;

que son ángeles a quien

no se atreve el pensamiento.

Sólo te diré de aquellas

que son, con almas livianas,

siendo divinas, humanas,

corruptibles, siendo estrellas.

Bellas casadas verás

conversables y discretas,

que las llamo yo planetas

porque resplandecen más.

Estas, con la conjunción

de maridos placenteros,

influyen en extranjeros

dadivosa condición.

Otras hay cuyos maridos

a comisiones se van,

o que en las Indias están

o en Italia entretenidos.

No todas dicen verdad

en esto; que mil taimadas

suelen fingirse casadas

por vivir con libertad.

Verás de cautas pasantes

hermosas recientes hijas;

estas son estrellas fijas,

y sus madres son errantes.

Hay una gran multitud

de señoras del tusón,

que entre cortesanas, son

de la mayor magnitud.

Síguense tras las tusonas,

otras que serlo desean;

y aunque tan buenas no sean,

son mejores que busconas.

Estas son unas estrellas

que dan menor claridad;

mas en la necesidad

te habrás de alumbrar con ellas.

La buscona no la cuento

por estrella, que es cometa,

pues ni su luz es perfeta

ni conocido su asiento.

Por las mañanas se ofrece

amenazando al dinero,

y en cumpliéndose el agüero,

al punto desaparece.

Niñas salen, que procuran

gozar todas ocasiones:

estas son exhalaciones

que mientras se queman, duran.

Pero que adviertas es bien,

si en estas estrellas locas,

que son estables muy pocas,

por más que un Perú les den.

No ignores, pues yo no ignoro,

que un signo el de Virgo es,

y los de cuernos son tres,

Aries, Capricornio y Toro;

y así, sin fiar en ellas

lleva un presupuesto sólo,

y es que el dinero es el polo

de todas estas estrellas.

García.

¿Eres astrólogo?

Tristán.

el tiempo que pretendía

en palacio, astrología.

García.

¿Luego has pretendido?

Tristán.

Fuí

pretendiente, por mi mal.

García.

¿Cómo en servir has parado?

Tristán.

Señor, porque me han faltado

la fortuna y el caudal;

aunque quien te sirve, en vano

por mejor suerte suspira.

García.

Deja lisonjas, y mira

el marfil de aquella mano,

el divino resplandor

de aquellos ojos, que juntas

despiden entre las puntas

flechas de muerte y de amor.

Tristán.

¿Dices de aquella señora

que va en el coche?

García.

¿Pues cuál

merece alabanza igual?

Tristán.

¡Qué bien encajaba agora

eso de coche del sol,

con todos sus adherentes

de rayos de fuego ardientes

y deslumbrante arrebol!

García.

La primer dama que ví

en la corte, me agradó.

Tristán.

¿La primera en tierra?

García.

No,

la primera en cielo sí;

que es divina esta mujer.

Tristán.

Por puntos las toparás

tan bellas, que no podrás

ser firme en tu parecer.

Yo nunca he tenido aquí

constante amor ni deseo;

que siempre por la que veo

me olvido de la que ví.

García.

¿Dónde ha de haber resplandores

que borren los destos ojos?

Tristán.

Míraslos ya con antojos,

que hacen las cosas mayores.

García.

¿Conoces, Tristán?...

Tristán.

No humanes

lo que por divino adoras:

porque tan altas señoras

no tocan a los Tristanes.

García.

Pues yo al fin, quien fuere sea,

la quiero, y he de servilla,

tú puedes, Tristán, seguilla.

Tristán.

Detente; que ella se apea

en la tienda.

García.

Llegar quiero.

¿Úsase en la corte?

Tristán.

Sí,

con la regla que te dí,

de que es el polo el dinero.

García.

Oro traigo.

Tristán.

¡Cierra España!

que a César llevas contigo.—

Mas mira si en lo que digo

mi pensamiento se engaña.

Advierte, señor, si aquella

que tras ella sale agora,

pueda ser sol de su aurora,

ser aurora de su estrella.

García.

Hermosa es también.

Tristán.

Pues mira

si la criada es peor.

García.

El coche es arco de amor,

y son flechas cuantas tira.

—Yo llego.

Tristán.

A lo dicho advierte.

García.

¿Y es?

Tristán.

Que a la mujer rogando,

y con el dinero dando.

García.

¡Consista en eso mi suerte!

Tristán.

Pues yo, mientras hablas, quiero

que me haga relación

el cochero, de quién son.

García.

¿Diralo?

Tristán.

Sí, que es cochero.