ESCENA IV.

JACINTA, LUCRECIA e ISABEL con mantos; cae JACINTA, y llega DON GARCÍA y dale la mano.

Jacinta.

¡Válame Dios!

García.

Esta mano

os servid de que os levante,

si merezco ser Atlante

de un cielo tan soberano.

Jacinta.

Atlante debeis de ser,

pues le llegais a tocar.

García.

Una cosa es alcanzar

y otra cosa es merecer.

¿Qué vitoria es la beldad

alcanzar, por quien me abraso,

si es favor que debo al caso,

y no a vuestra voluntad?

Con mi propia mano así

el cielo; mas ¿qué importó,

si ha sido porque él cayó,

y no porque yo subí?

Jacinta.

¿Para qué fin se procura

merecer?

García.

Para alcanzar.

Jacinta.

Llegar al fin sin pasar

por los medios, ¿no es ventura?

García.

Sí.

Jacinta.

Pues ¿cómo estáis quejoso

del bien que os ha sucedido,

si el no haberlo merecido

os hace más venturoso?

García.

Porque como las acciones

del agravio y el favor

reciben todo el valor

sólo de las intenciones,

por la mano que os toqué

no estoy yo favorecido,

si haberlo vos consentido

con esa intención no fué.

Y así sentirme dejad

que cuando tal dicha gano,

venga sin alma la mano

y el favor sin voluntad.

Jacinta.

Si la vuestra no sabía,

de que agora me informais,

injustamente culpais

los defectos de la mía.