ESCENA IX.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA.

Beltrán.

¿Qué os parece?

García.

Que animal

no ví mejor en mi vida.

Beltrán.

¡Linda bestia!

García.

Corregida,

de espíritu racional,

¡Qué contento y bizarría!

Beltrán.

Vuestro hermano don Gabriel,

que perdone Dios, en él

todo su gusto tenía.

García.

Ya que convida, señor,

de Atocha la soledad,

declara tu voluntad.

Beltrán.

Mi pena diréis mejor.

¿Sois caballero, García?

García.

Téngome por hijo vuestro.

Beltrán.

¿Y basta ser hijo mío

para ser vos caballero?

García.

Yo pienso, señor, que sí.

Beltrán.

¡Qué engañado pensamiento!

Sólo consiste en obrar

como caballero, el serlo.

¿Quién dió principio a las casas

nobles? Los ilustres hechos

de sus primeros autores,

sin mirar sus nacimientos,

hazañas de hombres humildes

honraron sus herederos.

Luego en obrar mal o bien

está el ser malo o ser bueno.

¿Es así?

García.

Que las hazañas

den nobleza, no lo niego;

mas no neguéis que sin ellas

también la da el nacimiento.

Beltrán.

Pues si honor puede ganar

quien nació sin él, ¿no es cierto

que por el contrario puede,

quien con él nació, perdello?

García.

Es verdad.

Beltrán.

Luego si vos

obráis afrentosos hechos,

aunque séais hijo mío,

dejáis de ser caballero;

luego si vuestras costumbres

os infaman en el pueblo,

no importan paternas armas,

no sirven altos abuelos.

¿Qué cosa es que la fama

diga a mis oídos mesmos

que a Salamanca admiraron

vuestras mentiras y enredos?

¡Qué caballero, y qué nada!

Si afrenta al noble y plebeyo

sólo el decirle que miente,

decid, ¿qué será el hacerlo,

si vivo sin honra yo,

según los humanos fueros,

mientras de aquel que me dijo

que mentía no me vengo?

¿Tan larga tenéis la espada,

tan duro tenéis el pecho,

que pensáis poder vengaros,

diciéndolo todo el pueblo?

¿Posible es que tenga un hombre

tan humildes pensamientos,

que viva sujeto al vicio

mas sin gusto y sin provecho?

El deleite natural

tiene a los lascivos presos:

obliga a los codiciosos

el poder que da el dinero;

el gusto de los manjares

al glotón; el pasatiempo

y el cebo de la ganancia

a los que cursan el juego;

su venganza al homicida,

al robador su remedio;

la fama y la presunción

al que es por la espada inquieto:

todos los vicios, al fin,

o dan gusto o dan provecho;

mas de mentir, ¿qué se saca

sino infamia y menosprecio?

García.

Quien dice que miento yo

ha mentido.

Beltrán.

También eso

es mentir; que aun desmentir

no sabeis, sino mintiendo.

García.

Pues si dais en no creerme.

Beltrán.

¿No seré necio si creo

que vos decís verdad solo,

y miente el lugar entero?

Lo que importa es desmentir

esta fama con los hechos,

pensar que este es otro mundo,

hablar poco y verdadero.

Mirad que estáis a la vista

de un rey tan santo y perfeto,

que vuestros yerros no pueden

hallar disculpa en sus yerros;

que tratáis aquí con grandes,

títulos y caballeros,

que si os saben la flaqueza

os perderán el respeto;

que tenéis barba en el rostro,

que al lado ceñís acero,

que nacístes noble al fin,

y que yo soy padre vuestro:

y no he de deciros más;

que esta sofrenada espero

que baste para quien tiene

calidad y entendimiento.

Y agora, porque entendáis

que en vuestro bien me desvelo,

sabed que os tengo, García,

tratado un gran casamiento.

García.

(Aparte.)

¡Ay mi Lucrecia!

Beltrán.

Jamás

pusieron, hijo, los cielos

tantas, tan divinas partes

en un humano sujeto

como en Jacinta, la hija

de don Fernando Pacheco,

de quien mi vejez pretende

tener regalados nietos.

García.

(Aparte.)

¡Ay Lucrecia! Si es posible

tú sola has de ser mi dueño.

Beltrán.

¿Qué es esto? ¿No respondéis?

García.

(Aparte.)

Tuyo he de ser, vive el cielo.

Beltrán.

¿Qué os entristecéis? Hablad;

no me tengáis más suspenso.

García.

Entristézcome, porque es

imposible obedeceros.

Beltrán.

¿Por qué?

García.

Porque soy casado.

Beltrán.

¡Casado! ¡Cielos! ¿Qué es esto?

¿Cómo sin saberlo yo?

García.

Fué fuerza, y está secreto.

Beltrán.

¡Hay padre más desdichado!

García.

No os aflijáis; que en sabiendo

la causa, señor, tendréis

por venturoso el efeto.

Beltrán.

Acabad, pues; que mi vida

pende sólo de un cabello.

García.

(Aparte. Agora os he menester,

sutilezas de mi ingenio.)

En Salamanca, señor,

hay un caballero noble

de quien es la alcuña Herrera

y don Pedro el propio nombre.

A este dió el cielo otro cielo

por hija, pues con dos soles

sus dos purpúreas mejillas

hace claros horizontes.

Abrevio, por ir al caso,

con decir que cuantas dotes

pudo dar naturaleza

en tierna edad, la componen.

Mas la enemiga fortuna

observante en su desórden,

a sus méritos opuesta,

de sus bienes la hizo pobre;

que demás de que su casa

no es tan rica como noble,

al mayorazgo nacieron

antes que ella dos varones.

A esta, pues, saliendo al río

la ví una tarde en su coche,

que juzgara el de Faeton

si fuese Erídano el Tormes.

No sé quién los atributos

del fuego en Cupido pone,

que yo de un súbito hielo

me sentí ocupar entonces.

¿Qué tienen que ver del fuego

las inquietudes y ardores,

con quedar absorta un alma,

con quedar un cuerpo inmóvil?

Caso fué verla forzoso;

viéndola, cegar de amores;

pues abrasado seguirla,

júzguelo un pecho de bronce.

Pasé su calle de día,

rondé su calle de noche,

con terceros y papeles

le encarecí mis pasiones,

hasta que al fin condolida

o enamorada, responde,

porque también tiene amor

jurisdicción en los dioses.

Fuí acrecentando finezas

y ella aumentando favores,

hasta ponerme en el cielo

de su aposento una noche.

Y cuando solicitaban

el fin de mi pena enorme,

conquistando honestidades,

mis ardientes pretensiones,

siento que su padre viene

a su aposento: llamóle,

porque jamás tal hacía,

mi fortuna aquella noche.

Ella turbada, animosa

(mujer al fin) a empellones

mi casi difunto cuerpo

detrás de su lecho esconde.

Llegó don Pedro, y su hija

fingiendo gusto, abrazóle

por negarle el rostro, en tanto

que cobraba sus colores.

Asentáronse los dos,

y él con prudentes razones

le propuso un casamiento

con uno de los Monroyes.

Ella, honesta como cauta,

de tal suerte le responde,

que ni a su padre resista,

ni a mí, que la escucho, enoje.

Despidiéronse con esto;

y cuando ya casi pone

en el umbral de la puerta

el viejo los pies, entonces...

¡Mal haya, amén, el primero

que fué inventor de relojes!

Uno que llevaba yo,

a dar comenzó las doce.

Oyólo don Pedro, y vuelto

hácia su hija: «¿de dónde

vino ese reloj?» le dijo.

Ella respondió: «envióle

para que se le aderecen,

mi primo, don Diego Ponce,

por no haber en su lugar

relojero ni relojes.»

«Dádmele, dijo su padre,

porque yo ese cargo tome.»

Pues entonces, doña Sancha,

que este es de la dama el nombre,

a quitármele del pecho

cauta y prevenida corre,

antes que llegar él mismo

a su padre se le antoje.

Quitémele yo, y al darle,

quiso la suerte que toquen

a una pistola que tengo

en la mano, los cordones.

Cayó el gatillo, dió fuego,

al tronido desmayose

doña Sancha. Alborotado

el viejo empezó a dar voces.

Yo, viendo el cielo en el suelo,

y eclipsados sus dos soles,

juzgué sin duda por muerta

la vida de mis acciones,

pensando que cometieron

sacrilegio tan enorme

del plomo de mi pistola

los breves volantes orbes.

Con esto, pues, despechado,

saqué rabioso el estoque:

fueran pocos para mí

en tal ocasión mil hombres.

A impedirme la salida

como dos bravos leones,

con sus armas sus hermanos

y sus criados se oponen;

mas, aunque fácil, por todos

mi espada y mi furia rompen,

no hay fuerza humana que impida

fatales disposiciones;

pues al salir por la puerta,

como iba arrimado, asióme

la alcayata de la aldaba

por los tiros del estoque.

Aquí para desasirme,

fué fuerza que atrás me torne,

y entretanto mis contrarios

muros de espadas me oponen.

En esto cobró su acuerdo

Sancha; y para que se estorbe

el triste fin que prometen

estos sucesos atroces,

la puerta cerró animosa

del aposento, y dejóme

a mí con ella encerrado,

y fuera a mis agresores.

Arrimamos a la puerta

baúles, arcas y cofres;

que al fin son de ardientes iras

remedio las dilaciones.

Quisimos hacernos fuertes;

mas mis contrarios feroces

ya la pared me derriban,

y ya la puerta me rompen.

Yo, viendo que aunque dilate,

no es posible que revoque

la sentencia de enemigos

tan agraviados y nobles;

viendo a mi lado la hermosa

de mis desdichas consorte,

y que hurtaba a sus mejillas

el temor sus arreboles;

viendo cuán sin culpa suya

conmigo fortuna corre,

pues con industria deshace

cuanto los hados disponen;

por dar premio a sus lealtades,

por dar fin a sus temores,

por dar remedio a mi muerte

y dar muerte a mis pasiones,

hube de darme a partido,

y pedirles que conformen

con la unión de nuestras sangres

tan sangrientas disensiones.

Ellos, que ven el peligro

y mi calidad conocen,

lo acetan, después de estar

un rato entre sí discordes.

Partió a dar cuenta al Obispo

su padre, y volvió con órden

de que el desposorio pueda

hacer cualquier sacerdote.

Hízose, y en dulce paz

la mortal guerra trocóse,

dándote la mejor nuera

que nació del sur al norte.

Mas tú en que no lo sepas

quedamos todos conformes,

por no ser con gusto tuyo

y por ser mi esposa pobre;

pero ya que fué forzoso

saberlo, mira si escoges

por mejor tenerme muerto,

que vivo y con mujer noble.

Beltrán.

Las circunstancias del caso

son tales, que se conoce

que la fuerza de la suerte

te destinó esa consorte:

y así no te culpo en más

que en callármelo.

García.

Temores

de darte pesar, señor,

me obligaron.

Beltrán.

Si es tan noble,

¿qué importa que pobre sea?

¡Cuánto es peor que lo ignore,

para que habiendo empeñado

mi palabra, agora torne

con eso a doña Jacinta!

¡Mira en qué lance me pones!

Toma el caballo, y temprano

por mi vida, te recoge,

porque despacio tratemos

de tus cosas esta noche.

García.

Iré a obedecerte, al punto

que toquen las oraciones.

(Vase don Beltrán.)