ESCENA VI.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

García.

(A Tristán.)

Síguelas.

Tristán.

Si te fatigas,

señor, por saber la casa

de la que en amor te abrasa,

ya la sé.

García.

Pues no la sigas;

que suele ser enfadosa

la diligencia importuna.

Tristán.

“Doña Lucrecia de Luna

se llama la más hermosa,

que es mi dueño; y la otra dama

que acompañándola viene,

sé dónde la casa tiene,

más no sé cómo se llama.”

Esto respondió el cochero.

García.

Si es Lucrecia la más bella,

no hay más que saber, pues ella

es la que habló, y la que quiero,

que como el autor del día

las estrellas deja atrás,

de esa suerte a las demás

la que me cegó, vencía.

Tristán.

Pues a mí la que cazó

me pareció más hermosa.

García.

¡Qué buen gusto!

Tristán.

Es cierta cosa

que no tengo voto yo;

mas soy tan aficionado

a cualquier mujer que calla,

que bastó para juzgalla

más hermosa, haber callado.

Mas dado, señor, que estés,

errado tú, presto espero,

preguntándole al cochero

la casa, saber quién es.

García.

Y Lucrecia ¿dónde tiene

la suya?

Tristán.

Que a la Victoria

dijo, si tengo memoria.

García.

Siempre ese nombre conviene

a la esfera venturosa,

que da eclíptica a tal Luna.