ESCENA VII.

DON JUAN y DON FÉLIX.—Dichos.

Juan.

(A don Félix.)

¿Música y cena? ¡Ah fortuna!

García.

¿No es este don Juan de Sosa?

Tristán.

El mismo.

Juan.

¿Quién puede ser

el amante venturoso

que me tiene tan celoso?

Félix.

Que lo vendreis a saber

a pocos lances confío.

Juan.

¡Que otro amante le haya dado

a quien mía se ha nombrado,

música y cena en el río!

García.

¡Don Juan de Sosa!

Juan.

¿Quién es?

García.

¿Ya olvidais a don García?

Juan.

Veros en Madrid lo hacía,

y el nuevo traje.

García.

Después

que en Salamanca me vistes,

muy otro debe de estar.

Juan.

Más galán sois de seglar

que de estudiante lo fuistes.

¿Venís a Madrid de asiento?

García.

Sí.

Juan.

Bien venido seáis.

García.

Vos, don Félix, ¿cómo estáis?

Félix.

De veros, por Dios, contento.

Vengáis bueno enhorabuena.

García.

Para serviros. ¿Qué hacéis?

¿De qué habláis? ¿En qué entendéis?

Juan.

De cierta música y cena

que en el río dió un galán

esta noche a una señora,

era la plática agora.

García.

¿Música y cena, don Juan?

¿Y anoche?

Juan.

Sí.

García.

¿Mucha cosa?

¿Grande fiesta?

Juan.

Así es la fama.

García.

¿Y muy hermosa la dama?

Juan.

Dícenme que es muy hermosa.

García.

¡Bien!

Juan.

¿Qué misterios hacéis?

García.

De que alabéis por tan buena

esa dama y esa cena,

si no es que alabando estéis

mi fiesta y mi dama así.

Juan.

¿Pues tuvistes también boda

anoche en el río?

García.

Toda,

en eso la consumí.

Tristán.

(Aparte.)

¿Qué fiesta o qué dama es esta,

si a la corte llegó ayer?

Juan.

¿Ya tenéis a quien hacer,

tan recien venido, fiesta?

Presto el amor dió con vos.

García.

No ha tan poco que he llegado,

que un mes no haya descansado.

Tristán.

(Aparte.)

Ayer llegó, voto a Dios.

Él lleva alguna intención.

Juan.

No lo he sabido a fe mía;

que al punto acudido habría

a cumplir mi obligación.

García.

He estado hasta aquí secreto.

Juan.

Esa la causa habrá sido

de no haberlo yo sabido.

Pero ¿la fiesta, en efeto,

fué famosa?

García.

Por ventura

no la vió mejor el río.

Juan.

(Aparte.)

Ya de celos desvarío.

¿Quién duda que la espesura

del Sotillo el sitio os dió?

García.

Tales señas me vais dando,

Don Juan, que voy sospechando

que la sabeis como yo.

Juan.

No estoy del todo ignorante,

aunque todo no lo sé.

Dijéronme no sé qué

confusamente, bastante

a tenerme deseoso

de escucharos la verdad:

forzosa curiosidad

en un cortesano ocioso...

(Aparte.)

(O en un amante con celos.)

Félix.

(A Don Juan aparte.)

Advertid cuán sin pensar

os han venido a mostrar

vuestro contrario los cielos.

García.

Pues a la fiesta atended;

contaréla, ya que veo

que os fatiga ese deseo.

Juan.

Haréisnos mucha merced.

García.

Entre las opacas sombras

y opacidades espesas

que el Soto formaba de olmos,

y la noche de tinieblas,

se ocultaba una cuadrada,

limpia y olorosa mesa,

a lo italiano curiosa,

a lo español opulenta.

En mil figuras prensados

manteles y servilletas

sólo envidiaban las almas

a las aves y a las fieras.

Cuatro aparadores, puestos

en cuadra correspondencia,

la plata blanca y dorada,

vidrios y barros ostentan.

Quedó con ramas un olmo

en todo el Sotillo apenas;

que dellas se edificaron

en varias partes seis tiendas.

Cuatro coros diferentes

ocultan las cuatro dellas,

otra principios y postres,

y las viandas la sexta.

Llegó en su coche mi dueño,

dando envidia a las estrellas,

a los aires suavidad,

y alegría a la ribera.

Apenas el pie que adoro

hizo esmeraldas la yerba,

hizo cristal la corriente,

las arenas hizo perlas,

cuando en copia disparados

cohetes, bombas y ruedas,

toda la región del fuego

bajó en un punto a la tierra.

Aun no las sulfúreas luces

se acabaron, cuando empiezan

las de veinte y cuatro antorchas

a obscurecer las estrellas.

Empezó primero el coro

de chirimías, tras ellas

el de las vihuelas de arco

sonó en la segunda tienda,

salieron con suavidad

las flautas de la tercera,

y en la cuarta cuatro voces

con guitarras y arpas suenan.

Entretanto se sirvieron

treinta y dos platos de cena,

sin los principios y postres,

que casi otros tantos eran.

Las frutas y las bebidas

en fuentes y tazas, hechas

del cristal que da el invierno

y el artificio conserva,

de tanta nieve se cubren,

que Manzanares sospecha,

cuando por el Soto pasa,

que camina por la Sierra.

El olfato no está ocioso

cuando el gusto se recrea;

que de espíritus suaves

de pomos y cazoletas,

y destilados sudores

de aromas, flores y yerbas,

en el Soto de Madrid

se vió la región sabea.

En un hombre de diamantes,

delicadas de oro flechas,

que mostrasen a mi dueño

su crueldad y mi firmeza,

al sauce, al junco y al mimbre

quitaron su preminencia;

que han de ser oro las pajas

cuando los dientes son perlas.

En esto juntos en folla

los cuatro coros comienzan

desde conformes distancias

a suspender las esferas;

tanto que invidioso Apolo

apresuró su carrera

porque el principio del día

pusiese fin a la fiesta.

Juan.

Por Dios, que la habeis pintado

de colores tan perfetas,

que no trocara el oírla

por haberme hallado en ella.

Tristán.

(Aparte.)

¡Válgate el diablo por hombre!

¡Que tan de repente pueda

pintar un convite tal,

que a la verdad misma venza!

Juan.

(Aparte a don Félix.)

¡Rabio de celos!

Félix.

No os dieron

del convite tales señas.

Juan.

¿Qué importa, si en la sustancia,

el tiempo y lugar concuerdan?

García.

¿Qué decís?

Juan.

Que fué el festín

más célebre que pudiera

hacer Alejandro Magno.

García.

¡Oh! son niñerías estas,

ordenadas de repente.

Dadme vos que yo tuviera

para prevenirme, un día;

que a las romanas y griegas

fiestas que al mundo admiraron,

nueva admiración pusiera.

(Mira adentro.)

Félix.

(A don Juan aparte.)

Jacinta es la del estribo

En el coche de Lucrecia.

Juan.

(A don Félix aparte.)

Los ojos a don García

se le van, por Dios, tras ella.

Félix.

Inquieto está y divertido.

Juan.

Ciertas son ya mis sospechas.

Juan y García.

Adios.

Félix.

Entrambos a un punto

fuistes a una cosa mesma.

(Vanse don Juan y don Félix.)