Estudio del castellano
Tan seguro andaba yo de que en España no había quien se diese á la ciencia Lingüística moderna, que ni por pensamiento me había ocurrido jamás enterarme de los libros que aquí se publicaban, hasta que por acaso venían á caer en mis manos. Bien chasqueado quedé el otro día y bien pagué la pena de mi presunción. Tres tomos nada menos de color de rosa se me vinieron á los ojos; no acababa de abrirlos ni de dar crédito á lo que leía: ¡Primera Gramática española razonada! ¡Al fin y al cabo! Mi extrañeza y asombro subió de punto al ver que era Segunda edición, corregida y aumentada. Décima tirada. Me engullí las primeras hojas; pero presto me quedé más que helado. Del estilo no hablemos, desleído, sin color; pero ¡la doctrina! ¡Por los clavos de Cristo y qué novedades! La primera cita es de Roque Barcia. ¿Á ver la última? De Roque Barcia. Abro por donde cae el primer tomo: Roque Barcia. El segundo, el tercero: Barcia... Barcia... Roque Barcia. ¡Y yo, desdichado yo!, ¡que tenía á Barcia por un triste saqueador del Diccionario de la Academia, que ni ha saludado las obras más elementales de Fonética, ni supo en su vida que hubiese en el mundo estudios románicos! ¿Á dónde irá á parar este señor Misántropo, como se firma el autor de los tres tomos de color de rosa, guiado por tan amaestrado lazarillo? Á la torre de Babel, donde dice que «principia la Historia de las lenguas... Desde el año 2244 antes de Jesucristo (ni uno más ni uno menos) principia este gran estudio, no cabiendo la menor duda que la lengua primitiva fué dada por Dios al hombre»[2]. Luego vienen autoridades y notas de Cantú y más Cantú, de Rousseau, ¡hasta del P. Isla! Y todos entre Roques y Barcias, que es un pisto, verdaderamente manchego.
«Lo que podemos afirmar ahora, sin temor de errar, es que el lenguaje no le hemos recibido tal y conforme hoy le poseemos»[3]. ¡Valor necesitaba para afirmar, sin temor de errar, que Adán no habló el castellano del siglo XIX! Pero mayor se necesita para añadir: «Todas las lenguas son analíticas, porque preciso es descomponer el pensamiento para enunciarlo, además que la palabra es un instrumento de análisis, no un principio; es la expresión un medio para la consecución de nuestro fin, y por esta razón las primitivas lenguas son sintéticas, porque dejan en el pensamiento muchos puntos que analizar»[4]. ¿Quieren más?
«En el Asia había siete lenguas, entre éstas estaba el sánscrito propio de los indos, llena de dialectos, todos derivados de este idioma... De los muchos dialectos que de él se derivan hay dos principales, que son el hammiar ó de Oriente..., y el de Occidente, que fué el de la Meca, ó sea el coreisch, idioma en que Albu-Bekr escribió el Korán». Todas estas noticias las sabe el Misántropo de muy buena tinta, como que las ha leído (sin estar escritas, que es lo notable) en Cantú.
Otras más estupendas. Dice que como «el idioma originario de los españoles no era grato al oído, ni se prestaba fácilmente á la pronunciación, adoptaron (los españoles) el del Ejército romano»[5]. ¡Por manera que no se prestaba á la pronunciación la lengua que únicamente habían sabido pronunciar hasta entonces!
Bastan estas citas para entrever los insondables repliegues de la sabiduría de este eruditísimo autor. Y para no despedirnos de él dejándolo á solas, justo será le acompañe su mejor amigo ó inspirador el Sr. Barcia, cuyo solo nombre elogio complido es asaz: «La celebérrima obra del Sr. Barcia, dice al hacer el recuento de los que han escrito de nuestra lengua, obra nueva en su género, nueva en su doctrina, nueva en su forma, nueva en su estudio, nueva en su formación y hasta nueva en sus conclusiones; pudiéndose afirmar sin temor de errar que es un justo tributo á la Literatura Española y engrandecimiento de nuestras Letras el Primer Diccionario de la Lengua Española etimológico, distintivo que honrará siempre á su autor, que por satisfecho puede darse, viendo que su trabajo, tan magnífico, tan excelente, ha cubierto el inmenso vacío que verdaderamente quedaba en el vasto campo literario»[6].
Conste, pues, que en España se leen las obras de Lingüística, aunque sean tan rematadamente lastimosas como la misantrópica que ha tenido la honra y gloria de llegar á la segunda edición, décima tirada; que si no se leen mejores, es porque no las hay.
No, no las hay, duelo da decirlo; somos los españoles unos grandísimos perezosos. Los estudios románicos están á la hora que corre en su mayor esplendor fuera de España, hasta los americanos han sido arrastrados en ese movimiento general. Pero en la Península no se sabe siquiera si han venido al mundo. Lo saben muy contados, pero cogidos entre la masa glacial de los que les rodean, no hacen esfuerzo alguno para desasirse y quédanse entre ellos formando el témpano nacional. No hay, aun entre la gente instruída y que lee libros ó revistas, quien apechugue con un artículo del Zeitschrift für Romanische Philologie.
Dicen algunos que se les cae la revista de las manos al pensar que de nada les ha de servir todo aquello, ya que no han de ponerse á escribir, so pena de gastarse los cuartos en imprimir lo que nadie ha de leer, que sus mejores deseos se estrellan en el menosprecio y las aviesas aficiones de nuestro público que no gusta se le hable de tales cosas. Y sin embargo ahí está la 2.ª edición, décima tirada, cobrando el barato. Si en vez de esas insulseces, se diera al público una buena Gramática histórica del castellano, razonada si es preciso, la cultura lingüística iría filtrándose en todas las capas sociales.
He oído por ahí que el ilustradísimo don Eduardo Benot, uno de los pocos que han tenido el atrevimiento de dar á luz un libro de estas cosas, tiene de la Academia el cargo de hacer una Gramática castellana. Mucha filosofía del lenguaje tiene en su cabeza el Sr. Benot para no salir con la empresa, si, como supongo, está además al tanto del romanismo moderno y ha revuelto muy bien revueltos y estudiados nuestros clásicos. Allá veo venir con la visera muy calada, acicateando los ijares de su tordillo, al no menos insigne D. Francisco Navarro Ledesma. Bienvenido sea. Si no hiciera más que desbaratar vejeces lingüísticas allanando el terreno, no hiciera poco.
El Sr. Alemany acaba de publicar un compendio muy á propósito para que el público se vaya enterando en la faena que ha de verificarse acá abajo en el coso. Pues digo, y lo que promete aquel otro de vistoso y variado plumaje sobre chispeante casco, cuyo corcel caracolea que no se da manos el caballero á sujetar tan fogoso bruto: por las señas es D. Edmundo González Blanco, autor de un artículo acerca del lenguaje en la «España Moderna», que parece va á ser el primero de una gran obra de Lingüística general.
Pero hay otro lidiador que aguarda para entrar en la liza la última hora, á quien puede temer el mundo entero. No hablo del señor Múgica, que ha tiempo anda acicalando sus armas allá por la sabia Alemania, aunque bien pudiera ser que se nos presentara el día menos pensado. Hablo del originalísimo fundador de la ciencia cocotológica. Bohordos parecerán sus pajaritas, pero tras ellas vendrán las huestes revolucionarias de una juventud modernista, que acata sus órdenes y espera una señal de sus negras y brillantes pupilas. Tiene hechos, al decir de algunos, hondos estudios sobre la evolución del castellano, y me sospecho que su libro el día que aparezca, si es que amanece ese bienhadado día, ha de estallar como una bomba.
¿Y qué hacen otros dos caballeros, por apellido Robles los dos, que no vienen, de Santiago el uno, á continuar sus trabajos fonéticos, el otro de Ávila, á mostrarnos los que tiene preparados acerca de la prosodia castellana? Y no quiero citar arabizantes y otros filólogos de más recóndita erudición. Yo tengo mis esperanzas de que los estudios lingüísticos han de acabar por levantarse en nuestra patria de la postración en que han caído hace más de tres siglos.
Lo que más se echa de menos en los autores que escriben por acá acerca del castellano, es esa gimnasia bien enderezada y duradera en la Fonética, tal como la enseñó Bopp y la han ejercitado los lingüistas alemanes en las lenguas indo-europeas. El análisis concienzudo del griego y del latín, amén de algunas correrías por las lenguas ario-iranias y aun por las germánicas, aunque sin hacer en ellas tanto asiento como pretendía Ayuso, es el fundamento de la educación lingüística. Sin él se podrá florear y parlar más ó menos elegantemente á lo Max Müller, bien que sin ahondar como él, ó endilgar algún artículo de revista; pero no hay poder dar un paso en la etimología ni en la gramática. No son estos asuntos de pura erudición, cuyos datos quepa tomarlos confiadamente de mano ajena. Siempre me pareció la Lingüística muy semejante á las Matemáticas en esto del rudo y largo aprendizaje que entrambas requieren. Lo bueno es que en España no se ahonda en el latín ni en el griego, por lo menos de esa manera maciza y sosegada, especie de gimnasia intelectual que se hace descomponiendo vocablos en sus temas, raíces y sufijos, cotejándolos con los de otras lenguas emparentadas y con los antiguos de la misma lengua, entresacando las leyes que rigen las mudanzas y la evolución fonética, y todo lo demás que abarca la verdadera lingüística hoy en uso. Aquí hemos de sonrojarnos confesando llanamente que nada de eso se nos alcanza, y mucho será que no lo tengan algunos que pasan por lingüistas como cosa baladí y de menos valer.
En lo que toca al estudio del castellano, el aprendizaje y preparación para entrar en él con buen pie, abraza todavía algo más.
No basta el estudio del latín, como lo entienden los romanistas, que se ciñen á él y cercenan lo que el primer maestro Dietz y el sentido común piden no se cercene. El caudal de las lenguas románicas, mayormente del castellano, se deriva de otras varias fuentes, que han de tenerse bien conocidas. Acaece no saber los romanistas nada ó poca cosa de las lenguas germánicas, es muy corriente no entender jota de árabe, y menos del habla prerrománica de España, del eúskera ó vascuence.
En cambio los arabizantes no poseen bastantes conocimientos en lo que atañe al indo-europeismo y al romanismo. Desvíanse así á la una ó la otra banda, y no hay quien pueda mirar á entrambas y juzgar por sí del conjunto.
Del eúskera no hay para qué traerlo á colación. Cuando no se halla etimología llana ó forzada en las demás lenguas, aunque sea en la de los zulúes ó patagones, se coge á Larramandi, y se sale del atolladero sin poder aquilatar lo que él diga, porque el eúskera es lengua endiablada, cerril y que no merece la pena de acordarse de ella. El elemento latino es del mayor momento para el castellano. Pero para un romanista es tan claro como el agua en nuestro romance. Ábrase, si no, el Diccionario y hágase la prueba de analizar cualquier término derivado del latín. Convengo en que tropiezos los habrá; pero lo ordinario es que la comparación fluya limpia y segura, que los cambios fónicos se expliquen con toda facilidad. ¿En qué consiste, pues, que los autores hallen tan espinoso el camino que parece de suyo tan llano? En que creen ser latino lo que no lo es, en que no se tienen bien en cuenta las demás fuentes del castellano, como vamos á verlo en seguida. Y no se atemorice alguno con que le vaya yo á salir ahora con el indispensable conocimiento del árabe, de las lenguas germánicas y célticas, del persa, del sanskrit, hasta del frigio y del gálata: ya que á todas ellas acude el Diccionario de la Academia para desembrollar las etimologías. El sanskrit no explica ninguna palabra castellana, si no son de esas contadísimas que han pasado antes por toda Europa; el sanskrit aclarará los radicales greco-latinos, no las palabras castellanas. En cuanto al griego no sé cuantos vocablos nos habrá dado directamente sin pasar por el latín, á no ser del tecnicismo moderno: creo que ni uno solo; para las verdaderas dificultades etimológicas del castellano, el griego no da ninguna luz.
El elemento arábigo no toca á la Gramática, fuera del sabido fenómeno de la prefijación del artículo al-, a- en vocablos conocidos. El caudal léxico que el castellano tomó del árabe ha ido disminuyendo pasmosamente hasta quedar reducido á contados términos pertenecientes á la industria y agricultura. Los trabajos de Simonet y de Eguilaz y Yangüas nada dejan que desear: hay que desechar en ellos algunas etimologías, que no son arábigas ni orientales, pero no que añadirles, tal vez ni una sola. Es, pues, un trabajo de selección, que requiere el conocimiento de las lenguas semíticas, pero no exige profundos estudios especiales. El sello de raza se echa de ver, por lo demás, al momento. Sólo sí se necesita conocer bien los sonidos arábigos y sus correspondientes al pasar al castellano las palabras orientales. Los trabajos de los citados autores, los de Baist, los de los textos aljamiados y la obra de P. de Alcalá son guías seguros que no dejan lugar á duda.
La dificultad empieza en una multitud de vocablos, comunes á la mayor parte de los romances, inexplicables por el latín, y en otra todavía mayor, si cabe, exclusivos del castellano.
Y aquí se nos vienen con sus credenciales más ó menos valederas las lenguas germánicas con el derecho de conquista, y las célticas con el de posesión del territorio románico en España y Francia. La cuestión está en la autenticidad de esas credenciales en cada caso particular. Las lenguas germánicas nos son más conocidas, por lo menos en cuanto á lo que pueden interesarnos para el caso de que se trata; las célticas están rodeadas de nebulosidades, bajo las cuales corren á guarecerse ciertos etimólogos en los trances apurados, que son tratándose de nuestra lengua, en la cuarta parte, por lo menos, de nuestro vocabulario: ¡ahí es nada!
No sólo conocemos la evolución de las germánicas casi tan bien como la del griego y latín, sino que los términos góticos quedan limitados á muy corto número, pertenecientes á la guerra. La mayor parte de los derivados germánicos vinieron, ó del godo medio latinizado, ó por Francia del bajo alemán.
En francés son abundantísimos, y repito que del bajo alemán, sobre todo del antiguo frisón, y algunos del sajón antiguo. Hay que estudiarlos, pues, en el francés, antes de darles aquí carta de naturaleza germánica, y más todavía hay que estudiarlos en los patois de allende el Pirineo. ¿Llegarán á 500 las raíces germánicas del castellano? Mucho lo dudo. Quedan todavía casi la mitad de las raíces castellanas por aclarar. Esta sola enunciación escandalizará á los romanistas. Apelo á los hechos. Abran el Diccionario por la ch, por la j, por la z y aun por la b y la g: tropezarán en cada 20 vocablos de las primeras y en uno sin otro de las segundas de estas letras: quiero decir que para un término claramente latino en las letras ch, j, z, hallarán 20, por no decir 40, que no sabrán explicar si no es á fuerza de contorsiones, y por uno latino en la b ó en la g, hallarán tal vez otro que no lo parece tanto.
Y aquí es donde yo quisiera ver á los más aguerridos romanistas valerse de las leyes fonéticas, tal como se aplican en la escuela de Bopp, Curtius, Schleicher y Brugmann. Dejarían pronto el latín á un lado, confesando paladinamente que el latín de nada sirve en tales casos. No falta quien en ello convenga, prefiriendo la ignorancia al error. Pero algunos están por el latín á todo trance. ¿En virtud de qué leyes fonéticas se sacan empatar de impedire, baile de baiulus, cecina de kigen, chicha de scissa, chichón de cicer, chinche de cimex, china de stein, chillar de ululare, zarpar de harpadzo, chivo de capreolus, chorro de sorctus? Ni por el sonido ni por la idea tienen atadero. De iocus se han sacado nada menos que chiste, chueca, chusco, chacota, jugar... ¡qué se yo cuántas palabras más!
«Chalán: del arábigo challab», que no suena así en árabe, sino djalãb. «Chapaleteo: de kolaptein, golpear de plano». ¡Cambiando ko en cha, lap en pal! «Chaparra: del vascongado chabarra, derivado de abarra, encina, roble»; sólo que abarra no significa ni tiene que ver con eso, ni la Fonética puede aquí nada con todos sus bisturís y algunos más. «Churre de escurrir, churro de spurius, chirumen de saturamen...»
Paréceme que todo esto es maravilloso en grado superlativo; pero por el descaro en reirse del público. Eso no lo escribe el de Coria, aunque se lo paguen, y eso lo ha escrito no la Academia, porque es imposible que hombres tan eminentes jugueteen tan puerilmente; eso lo ha escrito alguno que quería pasar por filólogo y lingüista. Tener la frescura de derivar cha-morrar por esquilar de caput mutilum, ya es tener frescura, é ignorancia del castellano, donde morra vale cabeza, y el prefijo cha-, za-, sa-cortar ó un pedazo en sa-humar ahumar un poco, za-herir herir un poco, cha-purrear estropear el habla (apurra desmenuzar en eúskera), cha-podar podar un poco, etc., etc.
Ya he dicho que la etimología castellana necesita algo más que el latín. El celta y el germánico, el teutón, el gálata y el frigio son burladeros y nada más.
Otro burladero es la onomatopeya. ¿Podrán decirme ustedes qué onomatopeya ó remedo natural hay del objeto en cháchara? ¿A ver? Imitemos la «abundancia de palabras inútiles», por ejemplo, la abundancia del «voz imitativa», que pega á multitud de vocablos el etimólogo del Diccionario oficial. ¿Qué voz imitativa hay en chacón, en chapurrar, en chasquido, en chicharrón, en chirlar, en chirriar, en chisguete? ¿Qué significará chisguete? ¿No les suena á ustedes á... chisguete? «¡Es voz imitativa!» Yo al menos no sé de qué. ¿Y chuchear, churrupear, zambomba, zangarrear, zaparrazo...?
Verdaderamente, eso no es serio: es lo menos que se puede decir.
¿Hay más fuentes de donde pueda derivarse el castellano? El vascuence. ¡Ya pareció el fantasma! El vascuence, ó mejor dicho el eúskera, es el fantasma, el coco de los etimologistas. «Más difícil es todavía, dice Meyer Lübke[7], determinar lo que el vocabulario español debe á los antiguos iberos, á causa de que el vascuence actual, lo mismo que el antiguo ibero, nos son todavía mucho menos conocidos que el celta». Pues señor, les diría una vieja vascongada que yo conozco, pues apréndalo usted. Mejor sería, digo yo por mi parte, que aprendiera primero el castellano el que pretende enseñarlo. Las obras francesas que tratan de nuestra lengua, no sé por qué ó por qué no, estropean nuestros vocablos con la mayor desfachatez del mundo. ¿Pueden achacarse á erratas de imprenta los innumerables deslices que se notan en tan sabia Gramática? Es imposible que lo sean: no los hay, cuando se trata de otras lenguas. El castellano es la cenicienta de la Lingüística. Pero, en fin, si no conocen el vascuence es porque no se toman la molestia de aprenderlo. Y á fe que merecía bien la pena. El castellano y el francés han vivido largos siglos junto al vascuence: ¿hay quien crea que no se les ha pegado nada? Sería un caso excepcional en la vida de las lenguas: no hay una que no deba algo á sus vecinas.
¡Ah!, ¡pero el vascuence! ¡He ahí el fantasma!
No sé si llegarán á una docena los términos castellanos que la Academia deriva del eúskera; Unamuno y Múgica dicen que sólo derivan cuatro, y aún se los regatea el segundo de estos autores. El cual añade: «Y vamos ahora á dar un mal rato á los vascófilos españoles, que se empeñan en hacer derivar el castellano del vascuence de esta manera: augurio de agur, báculo de maquila, chapeo de chapela, chiquito de chiquera, chorizo de charri, mutilar de mutil, relincho de irrintzi, vía de videa, etc.» Y en una nota de la Gramática del antiguo castellano pone estas palabras de Unamuno: «El vascuence es inferior al castellano en todos conceptos; es más pobre, más obscuro, más embarazoso».
Para desagraviar á la Lingüística básteme apuntar que el Sr. Múgica no conoce el eúskera, que si lo conociera, no se riyera de que á mutilar lo deriven de mutil, de donde deriva manifiestamente, ni diría lo de chiquito de chiquera. La Academia trae un cicus latino como etimología de chico, que tal vez agrade más al Sr. Múgica[8]. Chiquito y chico no sé qué vascófilo ande trayéndolos de ninguna parte, puesto que si sabe vascuence, sabe que ni chiquera es término vascongado, ni chiquito necesita tomar la boína por el sombrero para serlo. Si en esa etimología alude, según creo, á Larramendi, el Sr. Múgica, cegado por la inquina anti-vascófila, no supo leer á Larramendi: «Chico, -ca, es voz vascongada, chiquia, chiquerra, tipia, mendrea. Lat. parvus, exiguus». Tal es el texto, en el cual no se lee chiquera, ni se trae á chico de chiquerra, como no se trae de mendrea, ni de parvus.
El vascófilo que derive augurio de agur ó chapeo de chapela no merecía ser citado para nada. ¿Son parecidas todas las etimologías que aducen los vascófilos? Hinque, pues, el diente el Sr. Múgica en las que yo haya de traer, que no serán cuatro, sino cuatrocientas y bastantes más. La etimología castellana está envuelta en nieblas impenetrables. No hay lengua en Europa que tenga tales misterios á estas fechas. ¡El fantasma, señores, el fantasma! No parece sino que los más avisados lingüistas, arredrados ante tamaña esfinge, se quedan á competente distancia.
No sé á qué otro motivo atribuir el que el insigne Díez, tratando de la etimología de los romances, pase de largo y se deje en el tintero casi la mitad de las raíces castellanas, sin mentarlas siquiera, como parece lo pedía la empresa acabada con tan feliz suceso, por lo menos para confesar que eran inexplicables. Cuando trae etimologías vascongadas se ciñe á copiar á Larramendi: y así salen ellas.
Pero esta cuestión del iberismo y del influjo del eúskera en el castellano tiene más hondas raíces y he de tratarla despacio, porque la creo de gran momento para el conocimiento de nuestra lengua y de nuestra etimología.
NOTAS:
[2] Tomo I, pág. III.
[3] Tomo I, pág. V.
[4] Tomo I, pág. IX.
[5] Pág. XIII.
[6] Pág. XIX.
[7] Grammaire des Lang. Romanes, tomo I, pág. 47.
[8] Para que haya donde escoger nos ofrece chiqui y exiguus en la última edición, y en el Suplemento añade cicum.