Idolillos de gramáticos

Es todavía muy corriente entre personas no iniciadas en la Lingüística moderna el creer que la gente del pueblo habla mal el castellano, que corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. Si esto es verdad, el castellano debe de ser una jerga horrible, puesto que antes de nacer la Literatura y de que ésta influyese en el habla vulgar estuvo nuestra lengua á merced del pueblo. Pueblo eran hasta los más linajudos señores de horca y cuchillo, que encerrados entre sus almenas en invierno y lanza en ristre, cabalgando por las tierras del señor vecino, en verano, estaban tan ayunos de lo negro, que apenas si sabían firmar, si no era con dos palotes en forma de cruz. Y pueblo fueron también los primeros españoles, que pronunciando malamente el latín, digo, pronunciándolo á la española, dieron origen á nuestro romance.

En su nacimiento y evolución durante muchos siglos, el castellano estuvo á merced de ese pueblo que habla mal, corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. ¿Acaso desde que nació la Literatura, el romance vulgar se ha pulido y perfeccionado? ¿Lo ha sacado la Literatura de manos de villanos quitándole esa corrupción con que nació y se crió y esa pronunciación aviesa de los que lo engendraron y criaron? Á mí, por lo menos, se me cae de las manos la Historia de la conquista de Méjico que escribió con mano muy enguantada el atildadísimo Solís, á pesar de lo que el asunto me halaga; y me voy en busca de escritores que tiran á copiar el habla vulgar, del autor de la Celestina y del Quijote, de nuestros primeros dramaturgos Juan del Encina, Lope de Rueda y Lucas Fernández. Juan de Mena, que salido del polvo, fué persona de cuenta en la corte, si se hubiera ceñido al habla que aprendió en Córdoba á las faldas de su madre, hubiera sido algo más ameno y castizo de lo que fué en su Laberinto y en su Coronación.

Eso de subverter muros, de Pierio subsidio, de ignoto, de vecina planura, de medios especulares, de magnos clarores, de templo immoto, de gran pudicicia ó inimicicia, de docta ductriz, de carbasos, de nueva pruina, de morir sepelidos, de rostro jocundo, etc., etc., sería todo lo jocundo que se quiera para los que creían que fuera del latín no existían más que lenguas bárbaras, las cuales era preciso pulir y ataviar con tales joyas; pero á los ojos de un español todas esas joyas no podían dar gran brillo ni tales terminachos sonar más que cual bronca y desapacible jerga ignota, poco ductriz de movimientos y de clarores poéticos.

Pero le dió por saquear el vocabulario latino españolizándolo como pudo. ¡Gran letrado! Sólo que como pronunciaba mejor que el pueblo, no supo dar á esos infinitos términos latinos, que incrustó en su lenguaje literario, el corte y la pronunciación genuinamente castellanos. ¿Por qué? Porque lo genuinamente castellano es lo vulgar, la pronunciación castellana es la del pueblo, que fraguó nuestro romance. Juan de Mena pronunciaba, pues, y escribía, no mejor que el pueblo, sino horriblemente mal los términos latinos que nos regaló. Y claro está: cuando el pueblo al terciar con la gente culta se ve precisado á emplear algunos de esos términos, que le han querido regalar los eruditos, los estropea y corrompe. Pero los corrompe, como se corrompe el mosto en el lagar, para trasformarlos en términos castellanos, para darles el corte y la pronunciación que pide el fonetismo del castellano. Y eso sin reflexión ni principios; sólo por lo que se ha llamado genio particular del idioma, por ese carácter fonético propio de cada raza, que lo poseen las gentes que hablan cada idioma, las gentes del pueblo tan bien y mejor que las personas ilustradas. El labriego de tierra de Campos no se ha metido nunca á distinguir una letra de otra en su habla, no sabe si pronuncia m ó n al decir á su mujer que se va al campo, ni siquiera ha analizado campo en la raíz camp y en el sufijo o. Pero el que tenga buen oído, notará que ese labriego no dice campo, sino canpo.

Así lo pronunciaron nuestros padres, puesto que canpo escribieron hasta que se le ocurrió á algún erudito que en latín era campus, y que, por lo mismo, había que decirse y escribirse campo. Si se lo hubiera advertido á nuestro labriego, le hubiera tal vez respondido: «¿Y qué tengo yo que ver, ni qué tiene usted que ver con ese latín y con esos romanos de que usted me habla? ¿Son acaso los maistros que vienen de los Madriles? Porque entonces, bien podrá ser que tengan razón».

Hasta ahí llega la docilidad de nuestro pueblo, que da la razón á cuantos llegan de los Madriles ó ven que manejan la pluma ó que saben por lo menos leer. El sacristán, á quien acudían en tiempo de Sancho Panza para que les redactasen una carta, era un sabio profundo. ¿No lo había de ser, si sabía de letra? Y lo cierto es que los que tienen razón son ese nuestro labriego y los demás plebeyos, que os escucharán con la boca un palmo, y con movimientos afirmativos de cabeza, siempre que les habléis en nombre de los sabios, aunque esos sabios sean de los que saben muy á ciencia cierta que campo debe pronunciarse y escribirse con m y no con n. ¡Herejía ortográfica! Y dígame usted, por vida de los romanos, que bien podridos y repodridos estén en tierra, ya que no en gloria: ¿Usted pronuncia realmente campo con m? Repare un momento y pronúncielo usted con m, á buen seguro que se echa usted á reir. Como que tendrá usted que cortar el vocablo y decir cam po. Lo cual si es muy castellano, venga el labriego y lo diga, ó vengan los romanos, que son los que para usted tienen más voto en la materia.

Recuerdo que un tío, que tenía alguna confianza conmigo, en cierta ocasión, habiéndome oído pronunciar esta misma frase, se me quedó mirando sin pestañear, y luego murmuró entre dientes: ¡materia! ¡materia! Él no entendía por materia más de lo que sale de un dedo enconado ó de otra apostema por el estilo. Y eso porque los médicos han llevado el vocablo hasta las alcobas de los últimos barrios; que antes, digo, cuando los primeros españoles oyeron á los romanos el término materia aplicado á los materiales de construcción, les sonó á madera, y tal lo pronunciaron. Así corrompieron los españoles el latín, formando el castellano, y, según he dicho al principio, madera será vocablo mal pronunciado. Lo es ciertamente: latinamente, no castellanamente hablando. Los médicos, como gente sabiada, no han querido corromper tan feamente la materia latina al cogerla del Diccionario latino para expresar el pus, ni los literatos para expresar el asunto de una obra literaria. Pero el caso es que madera, si no es tan latino como materia, es en cambio más castellano. Toda t latina entre dos vocales sonó en España como d: lado de latus, pedir de petere, amado de amatus, verdad de veritatem, miedo de metus.

Tal es el ingenio fonético de nuestro romance. Los médicos y literatos tienen más ojo al ingenio latino: he ahí por qué después nos dicen que el pueblo corrompe los vocablos. Los corrompe, claro está, para mudarlos de latinos, como ellos se los traen, en castellanos. Pronuncia, no de cualquier manera, sino á la castellana; mientras que ellos quieren pronunciar á la romana. Pronunciar á la castellana llaman ellos corromper, echar á perder el habla. Tienen grandísima razón: es corromper, echar á perder el habla latina; pero ellos corrompen y echan á perder el habla castellana, pretendiendo que hablemos medio en latín y con pronunciación latina. Total, que el pueblo pronuncia mal para los que tienen por ideal el latín. Es chistosísimo: el ideal del idioma castellano debe ser el latín. ¿Y por qué no ha de ser el ideal del latín, que ellos nos traen, nuestro castellano? ¿Los muertos han de vencer y señorear á los vivos? ¿En la ley general de la lucha por la existencia sólo el lenguaje ha de andar patas arriba, quedando vencidos los sobrevivientes y vencedores los que sucumbieron? Eso es querer resucitar á los difuntos y matar á los vivos.

No parece, pues, tan cierto que el pueblo corrompa los vocablos y pronuncie de cualquier manera. Los que corrompen la pronunciación castellana y pronuncian de cualquier manera el castellano son los que, por pruritos de erudición, pero pruritos morbosos que exigirían una nueva soba ó un francesísimo masaje, pretenden que dejando el ingenio propio del fonetismo idiomático del habla de los españoles, resucitemos el ingenio fonético del latín, que murió hace ya una buena porción de días. La cultura literaria debe servir para elaborar rotundos períodos, si á alguno le gustan, ó abrillantar con vistosos epítetos y cortar y recortar de mil maneras la frase, y sobre todo para crear obras artísticas encarnando ideas peregrinas en el material lingüístico que el lenguaje ya hecho le ofrece. Pretender dar nuevo natural y otro colorido fónico á ese lenguaje, es mucha altanería y mayor insensatez. El pueblo, que labra y remuda el habla, hace uso instintivamente de una sabiduría tan honda, que desconcierta á cuantos se paran un momento á estudiar lo que un idioma cualquiera significa. Pero me llevaría demasiado lejos este nuevo punto de vista, y lo dejaré para otro día.


Al decir en mi anterior artículo que el lenguaje formado por el pueblo encierra profunda filosofía, no me refería á esa filosofía vulgar de dichos y refranes, que de ordinario más tienen de gramática parda que de filosofía moral ó metafísica, y que se deben al fin y al cabo á la reflexión, á algún individuo particular que tuvo una buena salida ó que supo cifrar en breve fórmula una verdad de experiencia, que ya estaba en el ánimo de todos.

Donde se descubre esa profunda filosofía es en el mismo lenguaje que inconscientemente elabora el pueblo, concurriendo todos á la vez, sin creer nadie que concurra en particular. Nosotros mismos, que al parecer conservamos el idioma castellano como nos lo entregaron nuestros padres, lo estamos sin saber trasformando, y no lo entregaremos á nuestros sucesores tal como lo recibimos. Compárese el habla del siglo XVI con la actual, prescindiendo de los escritos, pues la letra puede ser la misma cambiando la pronunciación: las diferencias saltan á los ojos. Hemos reducido al actual sonido j los dos sonidos franceses de j en jamais y de ch en chat, que ellos tenían y que hemos perdido, y á la actual z los dos sonidos, que ellos pintaban por ç y z, y que se distinguían entre sí y ninguno se pronunciaba mordiéndose la lengua. ¿Vamos á ser nosotros los primeros que podamos oponernos á la corriente que va trasformando incesante, aunque inconscientemente, el habla?

Ni cien Academias, ni todos los literatos juntos, podrían lograr que los españoles digan obscuro con b, Septiembre con p. Los mismos literatos y Académicos, cuando hablan como españoles, dicen oscuro, Setiembre, y los que mejor pronuncian dicen escuro.—¡Eso es del pueblo bajo!—Y... de Granada, León y Cervantes. Y no es que en esto haya evolucionado el castellano. En esto habrá evolucionado la reacción erudita, como en decir afuera por el ajuera vulgar, ó el ahuera del siglo XVI, que sonaba casi lo mismo; en decir fué por el jué vulgar ó hué antiguo; en decir fuerza por el juerza de la gente del campo y de nuestros literatos de antaño; en decir indigno por endino é indino, como los tíos de hoy y Calderón y Cervantes. Pero el habla castellana en nada de eso ha evolucionado, porque sería esa la evolución del cangrejo, sería volver al latín, cosa en que los españoles no tienen gran comezón por seguir á los eruditos.

Hay ciertos principios fonéticos que rigen la idiosincrasia de cada idioma, y que arraigan en lo más hondo de la fisiología y de la psicología de la raza, contra los cuales las Academias nada pueden, si no es mostrar á veces un tremendo desconocimiento de las leyes y principios del lenguaje. De esos principios arrancan las leyes fonéticas que se observan dentro de cada idioma con una filosofía y regularidad que pasman. Contra esas leyes pretende levantarse el dómine, henchido de toda la arrogancia que le presta el nombre romano. El lenguaje no es la manifestación del pensamiento y de la razón individuales, ni aun de la prepujante arrogancia del dómine que se nos viene encima con todo el peso del Imperio cesáreo; es la manifestación de la razón y del pensamiento de una raza, de la raza española, que no es lo mismo que la raza latina. No es el lenguaje la voz de un individuo, aunque ese individuo se llame Cervantes ó Calderón, es la voz de la sociedad entera, mejor dicho, es la voz de raza.

El idioma es la propia é inmediata creación de un pueblo. Es el mundo ideal, en el cual viven las inteligencias de todos sus individuos, y cuya atmósfera común lleva á todos los pensamientos de todos, armonizando en íntima unidad el pensar y el sentir de los particulares, y haciendo latir de la misma vida espiritual todas las inteligencias. En sí mismo, el lenguaje es algo impalpable, que no vive en uno ó en otro individuo, sino en el conjunto de todas las inteligencias, en la fusión íntima del pensamiento, del espíritu de un pueblo con el material fónico de su idioma. El mayor talento queda aniquilado, cual gota echada en el océano, ante la potencia intelectual de toda la raza, acumulada en su idioma. Las tendencias fonéticas, que hacen evolucionar la pronunciación, siguen los mismos pasos, obedecen á los mismos principios, son tan producto de raza como el habla en su elemento ideal.

No pronuncian, pues, á capricho y de cualquier manera los tíos que hacen reir al erudito inconsiderado. No hay fenómeno en la naturaleza que no tenga su razón de ser; el acaso es la receta con que se consuelan el ignorante ó el perezoso. Esa pronunciación del rústico, que al gramático se le antoja corrompida, no es sino muy regular, harto más regular que la que él quiere enseñarle, aprendida del latín: obedece á leyes fonéticas tan ciertas y regulares como el movimiento de los astros, puesto que son producto, no del capricho individual, sino del carácter y de las tendencias fisiológico-psíquicas de toda la raza durante centenares de generaciones. ¡Cuán ridículo no aparece el gramático que, pagado de su latín, mejor ó peor aprendido, pretende dar una lección de pronunciación al pueblo! ¿Qué vale ese átomo de reflexión gramatical ante los principios de raza que le hacen pronunciar al rústico de una manera instintiva é inconsciente?

Se ha disputado y sigue disputando entre los partidarios de la Lingüística novísima y los de la antigua escuela de Bopp y Schleicher, sobre si las leyes fonéticas son leyes sin excepción. No basta para llevar la negativa el considerar la variedad fonética que distingue á los dialectos, la cual llega á veces hasta diferenciar el habla de dos poblaciones vecinas. Eso no arguye más que una cosa, que los factores han sido distintos en naturaleza ó en intensidad, y que á veces nos es difícil averiguar esos factores y la potencia con que concurrieron al efecto total.

Esa debatida cuestión de la universalidad de las leyes fonéticas tiene una solución clarísima, que sólo puede descontentar á los que se empeñan en buscar tres pies al gato. Por cuanto acabo de decir, el fonetismo de un idioma ha sido producto inconsciente de toda la raza. No se convirtió el latín materia en madera porque así se le ocurrió pronunciarlo á Juan ó á Pedro, como se le ocurre pronunciar un vocablo latino á un erudito, cuando lo trae por primera vez al léxico castellano. Si así fuera, á Antonio y á Esteban se les hubiera ocurrido pronunciar ese término materia de otra manera, lo cual no sucedió. La prueba es manifiesta: en castellano toda t intervocal se ha hecho d: luego no hubo tales ocurrencias individuales para que resultase madera y resultase mudo de mutus, y boda de vota, etc., etc. El individuo es impotente; los cambios fónicos resultan de toda la masa de la nación, provienen de causas comunes y generales, que arraigan en la fisiología y psicología, no del individuo, sino del pueblo, puesto en tales circunstancias y con su carácter y civilización propias. Pero, así como en un fenómeno físico entran á veces como factores muchas leyes físicas, hasta el punto de no poderse deslindar el influjo de cada una de ellas en la resultante total, y de que mucho menos se pueda prever un efecto determinado puestas varias causas, por ignorarse las que pueden intervenir en esta colisión y lucha de leyes y fuerzas, así es difícil llegar á conocer todas las leyes que intervienen en la producción de un fenómeno fonético, y mucho más el poder predecir de antemano la resultante de varias leyes fonéticas.

Las leyes obran sin excepción cuanto pueden. Si después su acción queda neutralizada por otras más ó menos opuestas, ¿llamaremos excepción á la resultante que no se atiene enteramente á las leyes que creíamos nosotros que únicamente intervenían? Llámense, si se quiere, excepciones: en este supuesto, la naturaleza es un caos, un montón de excepciones, no es un cosmos, un mundo ordenado. Pase ese término, como hijo de nuestra ignorancia; pero en la pura y cabal inteligencia del universo, ese término carece de sentido.

El rústico que dice madera hace uso de harto más profunda filosofía, bien que inconsciente, que el necio gramático que pronuncia materia. El gramático está solo con su capricho, con el capricho de pronunciar el castellano á la latina, que es capricho tan respetable, ciertamente, como el de aquellos ostrogodos que les daba por servirse de cráneos de difuntos para beber en sus festines. Ese gramático será un gran latino, pero también es un gran ostrogodo. En cambio el rústico se apoya sobre el inquebrantable cimiento de las leyes de la naturaleza, y tiene tras sí la masa imponente de toda la raza.

El infeliz se ve un día precisado á llamar al médico para que vea á su hijo que se le muere: señor Dotor, le dice. Y al grave Doctor con c se le escapa una doctorísima sonrisa. Durante diez y nueve siglos han evitado pronunciar todos los españoles el grupo ct, hasta lo evitaron los mismos eruditos del Renacimiento. No sé desde cuándo las personas cultas han dado en pronunciarlo diciendo Doctor en vez de Dotor. ¿Quién es el necio? En su primera evolución castellana ct dió ch, pecho de pectus, lecho de lectus, hecho de factus, lechuga de lactuca. Cuando después los eruditos trajeron nuevos términos latinos con ct, al llegar al pueblo, y aun entre los mismos eruditos, dejóse siempre la c y sonaban Dotor, dotrina y dotrino, afeto, bendito, maldito, y no bendicto, maldicto. Hoy día es tal la fuerza de la cultura, que aprovechándose de ella, los nuevos eruditos han conseguido que Doctor, doctrina, afecto, etc., lleguen á pronunciarse así á la latina, contra el ingenio del castellano, en la clase elevada y en la clase media; sólo quedan doto y afeto, ó afeuto (ó lo que ustedes quieran, con tal de no decir afecto) para el ínfimo pueblo, cuando se ve necesitado á emplear estos terminajos, que á nada les suenan, y sólo sí les descerrajan los oídos.

La costumbre es una segunda naturaleza; no me extrañará, pues, que aquí el gramático erudito vuelva á su tema: Eso, por más que digan, es corromper los vocablos. Corromper es un término muy vago, propio de épocas ignorantes en cosas de química: hoy se prefieren los términos mudarse ó evolucionar, ú otros más conformes á los nuevos conocimientos. Repito que eso es corromper los vocablos latinos, pero que también el mosto tiene que corromperse, si hemos de seguir saboreando el vino en nuestras mesas. Convendría que esos tales gramáticos, sin tener en cuenta la evolución que ha sufrido el vestido, se echaran la túnica y la toga, en vez de las prendas que acostumbren llevar, y se marcharan muy satisfechos en pernetas á la Puerta del Sol. Otras consecuencias, no ya vestuarias, sino puramente gramaticales, las dejo para otro día.


El pueblo no pronuncia bien.—Aunque someramente, he procurado hacer ver en mis anteriores artículos que los que no pronuncian bien son los eruditos, cuando por mirar al latín se apartan de la pronunciación del pueblo. Las consecuencias de tal manera de pensar son tan graves, que no un artículo, sino un libro, estaría bien empleado en declararlas. Para mí nunca ha tenido sentido el símbolo ó cifra, empresa ó mote de la Real Academia Española. No digo que no lo tenga: los claros varones que en las primeras juntas del año 1713 resolvieron que el escudo y sello de la Academia, que con tanto acierto, y tan patriótico interés acababan de fundar, había de tener por cifra Limpia, fija y da esplendor, hubieron de saber muy bien lo que se hacían. Veamos si llegamos nosotros también á saberlo. Toda cifra pide se des-cifre. El crisol puesto al fuego alude, dice la primera edición del Diccionario (p. XIII) «á que en el metal se representan las voces, y en el fuego el trabajo de la Academia, que reduciéndolas al crisol de su examen, las limpia, purifica y da esplendor, quedando sólo la operación de fijar, que únicamente se consigue apartando de las llamas el crisol y las voces del examen». El crisol es, pues, el examen académico. Pero para que el crisol sea bueno, por lo menos es menester que sea de barro muy refractario: lo cual en nuestro caso entiendo que debe ser la fijeza y estabilidad de principios á que atenerse para juzgar y examinar los vocablos. Sin principios fijos el juicio no puede ser certero: quiébrase el crisol, y la materia fundida se derrama sin limpiarse el buen metal ni separarse de su escoria. Pues bien: la pronunciación vulgar va por un lado, la erudita por otro. El pueblo conserva sus vocablos pronunciándolos como los pronunciaron los antiguos españoles ó con las modificaciones debidas á la evolución lenta y natural; los eruditos de un golpe, sin encomendarse á Dios ni al diablo, sino todo lo demás al Dius Fidius de los Quirites, quitan ó ponen letras, admitiendo nuevos fonemas que riñen batalla campal en labios del desdichado labriego que se ve precisado á emplearlos. Luego, no hay principios, á no ser que se tengan por tales los del fonetismo latino, que caen tan bien al castellano como el traje romano al que dijimos se fuera á tomar el fresco un rato por la Puerta del Sol. No les bastará, pues, la mejor intención del mundo á los Sres. Académicos para que á lo mejor de la función no se les quiebre el cacharro entre las manos. Por sabios, discretos y bien intencionados que sean (¿y quién pondrá peros á los mejores hablistas castellanos?), tienen que volverse á sus casas sin haber limpiado dos adarmes de idioma castellano. ¿Qué digo? Sin haber logrado llegar á la indispensable fusión: porque faltó cacharro. Aquí sí que viene de perillas aquello de que No se quiebra por delgado, sino por gordo y mal hilado, que reza su Diccionario. Lo primero es lo primero, es decir, los principios, que lleven en una ú otra dirección el juicio de los examinadores.

Abro la última edición, en la página 370 leo: «Dotor, m. ant. Doctor. Dotrina, f. ant. Doctrina. Dotrinar, a. ant. Doctrinar». En la primera edición aquellos insignes Académicos pusieron dotor, dotrina, y no como anticuados, pues así lo pronunciaban ellos y el pueblo y así lo habían pronunciado y escrito los clásicos. Cierro para hacerme cruces con calma y espacio, y ¡para mi santiguada! me digo y pregunto: dotrino no lo hallo, y á buen seguro lo habrán dicho bastantes veces todos los Sres. Académicos; y al volver de la primera esquina oirán, aunque no sea á Luis Taboada: chica, voy en casa del Dotor. ¿Por qué se han dejado dotrino en el tintero y han anticuado los Académicos esos nombres que se oyen á cada paso? ¿Por creer que así limpiaban el castellano, convirtiéndolo en latín? No, porque se les quebró el cacharro, y esos nombres, que sin duda les había tocado estar en él, se derramaron por las calles.

En la misma página: «Doy (Contracc. de de hoy), adv. t. ant. De hoy, desde hoy». No es antiguo. En el habla vulgar se evitan este y otros hiatus. Sólo que los antiguos escribían como hablaban, que es lo que dicen se debe hacer, nada menos que Valdés y Nebrija y... todos los Académicos; y hoy queremos inventar una nueva lengua cuando escribimos, lengua que bien pudiéramos llamar culta-latiniparla, ya que no podamos llamarla española, por el hecho de apartarnos en ella del habla de los españoles.

No exagero: en toda la página siguiente (371) no hay más que una palabra de uso vulgar, dragón. Lo cual no quiere decir que se hayan de borrar las demás del Diccionario. El habla, como todos los organismos, necesita alimentarse durante su vida, el neologismo y el arcaísmo son condiciones indispensables de su existencia, son los materiales de su asimilación y desasimilación. Pero si el vegetal se mantiene de principios minerales y el animal de vegetales, el lenguaje tiene su mantenimiento apropiado, cada cual el suyo. Los términos antes de asimilárselos cada idioma los digiere dándoles el colorido fonético que le es propio. Doctor, doctrina son indigestos; dotor, dotrina dijeron y escribieron todos nuestros autores que tenían uso de razón y dice todo español que no ha sido tocado de esta enfermedad ya endémica. Claro está que doctor y doctrina diré y escribiré yo, como todo el que hoy escribe y habla cultamente. Pero convengamos en que los que trajeron esta epidemia, hoy convertida en endemia, hicieron mucho daño, puesto que dividieron en dos el idioma antes único, lo partieron por el eje. Los sabios Académicos ¿qué habrán de decidir entre tan encontrados principios? Atenerse á lo que yo, á lo culto y poner un anticuado á lo que no lo es. Esto significa más de lo que parece: es matar oficialmente, no sólo cuatro palabras, dotrino, que se omite, y dotor, dotrina, dotrinar, que se jubilan, sino el fonetismo castellano que es evitar ct. Y como el que á hierro mata á hierro muere, al portarse así con indefensos individuos, aunque sean golfos sin hogar lujoso y culto, se dan muerte á sí mismos: desechan ese principio fonético que les serviría para limpiar, fijar y dar esplendor, y se hallan metidos de cabeza en medio de un Babel: nosotros diremos doctor, el pueblo dirá dotor, pese á quien pese, y pueblo y nosotros diremos dotrino. Eso no es fijar, sino poner en danza unas y otras variantes; no es limpiar, sino revolver el cotarro; no es dar esplendor, sino oscuridad y vaguedad al idioma.

La primera edición del Diccionario dice que uno de los capítulos de su plan era «desterrar las voces nuevas, inventadas sin prudente elección, y restituir las antiguas, con su propiedad, hermosura y sonido mejor que las subrayadas: como por inspeccionar, averiguar». Nuevo es inspeccionar, como todos los que comienzan por la preposición in, que en castellano se hizo en, an, añadir de inaddere, entender de intendere, antruejo de introitus, amparar por imparar. Ese amontonamiento de consonantes en inspeccionar, tan parecido al de doctor, pugna con la sonoridad propia y natural que distingue al castellano entre todas las lenguas de Europa. Y esa sonoridad no es hija de la reacción latina, sino del fonetismo vulgar. Entre esas dos tendencias ¿á cuál nos atendremos? Á la más bárbara. Hoy todo el mundo progresa, que es una barbaridad.

La Academia Española no pudo mostrarse más modesta, discreta y avisada en esta solemne declaración. «El poner estas autoridades (en el Diccionario) pareció necesario, porque deseando limpiar, purificar y fijar la lengua, es obligación precisa que la Academia califique la voz...: pues con este método muestra la moderación con que procede, y desvanece las inventadas objeciones de querer constituirse maestra de la lengua...: que la Academia no es maestra, ni maestros los Académicos, sino jueces...; sólo da censura á las que por anticuadas, nuevas, supérfluas, ó bárbaras la necesitan». ¿Dotor es palabra anticuada? Ya hemos visto que no. ¿Doctor es nueva? Por lo menos para el pueblo, penes quem..., y para nuestros clásicos, que decían dotor. ¿Es doctor supérflua? Supongo que sí, habiendo dotor. ¿Es bárbara? Sí, aunque sea muy romana, y por el mismo caso de serlo. Bárbaro no es lo no latino, sino lo no idiomático en cada lengua. Barbarismo sería decir en castellano collocare por colgar, como decir en latín colgar por collocare. No hay, pues, reglas fijas. Repito que el cacharro se quiebra, y los Académicos no pueden limpiar ni fijar nada, mientras no desechemos esas prevenciones añejas, y estudiando bien el ingenio del castellano tengamos principios ciertos á que bandearnos.

¿Qué ingenio es ese del castellano? Si aquellos primeros Académicos, á pesar de su autorizado saber y juicioso aviso, declaran que no son maestros, menos lo soy yo. Ni es fácil, por lo demás, declararlo en unos artículos. Con todo, algo pudiera apuntar escudriñando y poniendo en claro esa misma pronunciación vulgar tan menospreciada. Si la sangre popular dicen los sociólogos que es la que renueva y vigoriza siempre la masa gastada de las clases altas, los lingüistas por su parte afirman que el habla popular ha de llevar siempre nueva vida, nuevos bríos, al lenguaje erudito y literario, so pena de quedar éste convertido en una lengua muerta entre los papeles de los literatos. Tal sucedió al griego y al latín clásicos desde el momento que dejaron de arraigar en los dialectos vulgares, y tal sucedería á nuestra lengua, si fuera creciendo esa divergencia entre el lenguaje escrito y el habla del pueblo español.