Los orígenes de la lengua castellana según un libro reciente

La Gramática y Vocabulario de las obras de Gonzalo de Berceo, obra premiada en público certamen por la Real Academia Española, acaba de salir publicada á sus expensas. Su autor, D. Rufino Lanchetas, no ha menester nuevos elogios. Bien conocido como uno de los buenos filólogos españoles, y como el que mejor ha comprendido la fonética del verbo castellano, en esta monumental obra de 1.042 páginas ha vertido todos sus conocimientos y erudición lingüística acerca de las evoluciones de nuestra lengua.

No conociéndose los códices manuscritos que tuvieron á la vista el P. Sarmiento y D. Tomás Sánchez, y no habiéndose hecho la edición crítica de las obras del poeta riojano, trabajo indispensable que debiera haber precedido al de su estudio lingüístico, ha debido acogerse á las tres conocidas colecciones de los Sres. D. Tomás Sánchez, don Eugenio de Ochoa y D. Florencio Janer y á otras obras particulares por otros publicadas, llenando en cuanto ha podido esta falta de texto crítico y depurado con los conocimientos teológicos y bíblicos necesarios para interpretar á un poeta erudito-religioso, que en medio de las guerras y glorias nacionales de su época no salió de su rincón de la Rioja, tratando con los monjes como uno de ellos, aunque sólo fuera sacerdote seglar, y ocupado solamente en cantar el sentimiento religioso por sus dos caras, positiva ó del bien, y negativa ó del mal, de la gracia y del pecado, del cielo y del infierno. Pero, en lo literario, nos ha dado á conocer á Berceo D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el tomo II su Antología de poetas líricos castellanos tan cumplidamente, que en pocas páginas al poeta castellano más antiguo que conocemos nos lo ha hecho ya familiar y agradable por la suavidad y delicada unción mística, por el realismo de la narración, por el candor del estilo, no exento de cierta socarronería é inocente malicia, y por la armonía con que supo combinar y disponer las palabras de su lengua, como dijo Puymaigre.

Lanchetas se ha ceñido á la parte lingüística. Para mí, lo más original, fuera de las doctrinas que ya conocíamos por su tratado del Verbo castellano, es el Apéndice que versa sobre la versificación de Berceo. Parece que para los postres ha querido reservarnos el mejor plato. El asunto es difícil y cuya solución nunca podrá pasar las lindes de cierta probabilidad; pero creo que el autor, enterado, como pocos en España, en los secretos de la Métrica antigua, y encariñado con esta cuestión, la ha aclarado cual ninguno. No hay que pensar en el pentámetro al querer buscar el origen del alejandrino. De ritmo dactílico, por su naturaleza y origen, puesto que derivó del epos ó exámetro, este metro exigía necesariamente la base de la versificación antigua, la cantidad prosódica. No sé cómo Sánchez, Amador de los Ríos y Revilla pensaron y se detuvieron en él. El dímetro yámbico cataléctico, compuesto de dos dipodias yámbicas, la segunda incompleta, con los golpes fuertes propios de los yambos en la segunda parte de cada uno de los pies, y precediendo el golpe más fuerte al que lo es menos, fué muy usado en los himnos eclesiásticos, por ser de los que mejor se acomodaban al principio de la nueva versificación, basada solamente en el acento espiratorio. Reunidos de dos en dos estos dímetros yámbicos, que rimaban por pares como el romance, es decir, que eran versos heptasílabos de rima consonante alternada en los pares, resultó la serie de alejandrinos. Desdoblando un cuarteto alejandrino, resulta, por el contrario, una octavilla de rima consonante en los pares:

Dabán olór sabéio
Las flóres bién oliéntes.
Refréscabán en ómne
Las cáras é las miéntes.
Manában cáda cánto
Fuentés clarás caliéntes,
En véranó bien frías,
En yviernó caliéntes, (Milagros, 3).

Compárese ahora con el Θέλω λέγειν 'Aτρείδας | Θέλω δε Κἁδμον ᾅδειν en dímetro yámbico cataléctico de la conocida anacreóntica, y con el himno ante Somnum de nuestro Prudencio:

Adés Patér supréme
Quem némo vídit únquam,
Patrísque sérmo Chríste,
Et Spíritús benígne.

Los hemistiquios esdrújulos alejandrinos corresponden naturalmente al dímetro yámbico acataléctico completo: «El fruto de los árboles» (Mil., 15), y «A sólis órtu cárdine» (Himno de la Virgen). El paralelismo no puede estar más claro. Lanchetas ha desenvuelto, pues, y redondeado la doctrina ya emitida por Bello y Benot, y la ha declarado con todo el aparato de la técnica métrica de Christ (Metrik d. Griech. und Römer).

Este autor emplea el término griego θέσις en el sentido etimológico en que lo emplearon los griegos, en el de golpe fuerte, que correspondía al bajar de la batuta ó dar un golpe con el pie en el suelo, conforme al tecnicismo de la música y de la orquéstrica, de donde tomaron sus términos los poetas. Lanchetas llama á ese golpe fuerte arsis, siguiendo á Bentley y Hermann, que lo tomaron de los gramáticos latinos posteriores (S. Isidoro, Orig., I, 16), los cuales confundieron los dos vocablos arsis y thesis, dándoles opuesta significación á la que entre los griegos habían tenido. Es lo único que tengo que advertir, además de los dos deslices siguientes que noto en este apéndice. En el final del verso, dice en la página 1.027, está la norma de nuestra versificación, «así como el de la metrificación clásica estaba en el comienzo de ellos» (de los versos). Y en el final, que es el que daba precisamente el tono. En la página 1.038 dice que el pentámetro «pasó de Grecia á Roma, donde se le usó también con el exámetro, pero destinado casi exclusivamente á los asuntos de carácter triste. De aquí el llamarlo también pentámetro elegíaco». Este nombre viene de elegos, que era el propio del dístico, compuesto de exámetro y pentámetro, fuera del cual nunca se empleó. Por lo demás, el elegos se usó en todo linaje de poesías, que nada tenían de tristes, tanto en Grecia como en Roma.

Del Vocabulario, lo que podemos decir es, que para los estudios lingüísticos del castellano nos hacía muchísima falta; bastantes etimologías habría que corregir; pero, por no entrar ahora en menudencias, lo dejaré para hacerlo en otra ocasión. Tampoco me detendré en particularidades tocantes al estudio gramatical del autor. Sólo sí me parece debo hacer notar algunos conceptos poco apurados vertidos en la Fonología, por ser de consecuencia y tocar al método.

El que mira una lengua extraña al través de un Diccionario y de una Gramática, natural es que se forme un concepto inexacto de esa lengua. El tal Diccionario es para él un almacén donde se guardan los términos; y la Gramática, un inventario donde, por orden de clases, se describen las particularidades de los mismos términos; esa lengua es una colección de objetos, determinados en número, hechos y acabados, que no admiten retoque. Semejante concepto del lenguaje es, sencillamente, una niñería. Un idioma no es más que un conjunto de temas y de sufijos; pero la infinidad de combinaciones de estos elementos no está ya hecha de una vez. El pueblo que lo habla lleva en su cabeza tantos conceptos generales como son esos temas, y tantas clases de relaciones como son esos sufijos; pero de la combinación de esos conceptos entre sí, y de esas relaciones entre sí, y de esos conceptos con esas relaciones surge un mundo ideal sin riberas, al cual responde otro mundo fónico tan sin cabo de vocablos que, al brotar cada nuevo concepto, lo viste de una forma sonora, resultando una nueva palabra, una nueva frase. Es, pues, el idioma, no un almacén de cosas contadas é inventariadas, sino una herramienta que puede fabricar, ó un campo que puede dar de sí cuanto necesite la mente. Es tan imposible que en un Diccionario puedan inventariarse todas las palabras, como que puedan almacenarse en un lugar, por grande que se le suponga, los géneros que pueden salir de una fábrica bien organizada. Además, renovándose las ideas de la sociedad continuamente, á la continua se renuevan las calidades de esos géneros.

Por eso, ó yo no entiendo este párrafo de Lanchetas, ó la idea que él tiene del lenguaje no es la que acabo de exponer. «Berceo floreció, dice, en un tiempo en que la lengua castellana no tenía para las transformaciones más freno que el de la comprensión de los que con él hablaban la misma lengua»; de donde infiere un dualismo lingüístico en el poeta riojano. Ese único freno de la comprensión, si freno ha de llamarse, lo ha habido siempre en el habla, sin que empezca para que los idiomas sean algo uno y bien trabado, sin esa dualidad lingüística, un verdadero sistema fónico.

Yo veo en esas palabras el efecto de otra ilusión óptica del que mira el castellano antiguo como algo ya muerto, y lo coteja con el actual. Parécele que aquellos sufijos y aquellas formas, que hoy no tienen ya vida, eran como dañinos chupones en el tronco, que una Academia hubiera podido y debido podar. Los fenómenos lingüísticos del castellano de entonces, por no parecerse á los del actual, se le antojan como sin norma ni principios, cual excrescencias irregulares. Es otra ilusión: ésos son géneros que producía en aquel momento histórico la misma fábrica que hoy produce los que nos parecen más regularizados. No es mucho extrañemos los trajes y modas pasadas; pero lo mismo extrañarán mañana los de hoy nuestros nietos. Ni en Berceo ni en el habla vulgar de su tiempo se dió tal dualismo lingüístico; el que sí se dió y se da hoy es el apuntado después por el Sr. Lanchetas, y que el mismo Berceo da bien á entender: el del habla erudita, tomada del latín, que contrasta con el habla vulgar. Pero aquella habla vulgar, como la de hoy, créame Lanchetas que era muy regular, y tan sistemática en sus principios como cualquier otro idioma. Los dialectos literarios y eruditos, que en parte arraigan en el habla vulgar y en parte se les estira hacia otra lengua, como el castellano escrito hacia el latín, ésos son los que llevan en su seno la dualidad lingüística, la disparidad de tendencias, la hibridez de sistemas.

No hay que darle vueltas: el hombre es una gran cosa, sus obras son una grandísima cosa, pero la naturaleza es algo más grandísima cosa. Todo lo artificial es un juguete que remeda toscamente, y hasta de una manera visible, como un muñeco, á la naturaleza; y el habla natural es el habla del pueblo, y los muñecos que la remedan, todos esos pegotes de la erudición.

Es que se considera el idioma cual si fuera un artificio tan hechizo como la Literatura, distando de ella cien leguas. La Literatura, hablo de la erudita, como la Pintura y todas las demás artes, son, al fin y al cabo, muñecos, bebés, carrillos, toros, caballos de cartón, de madera, de cualquier otra cosa, menos de carne y hueso. Á la verdad que son juguetes de personas de edad, con los que muy honestamente podemos entretenernos. Pero no por eso hemos de parear, y aun preferir, los cartones pintados, los ojos de vidrio y aun el serrín embutido en el bebé, á un angelito que sola la naturaleza supo fraguar en el seno de una inconsciente é ignorante mujer. Sólo que, como cada cual alaba sus agujetas, desde que hay hombres, con todas sus necedades metidas en el cuerpo, se han forjado la candorosa opinión de que los muñecos que él se fabrica para su honesto solaz ó para sus apremiantes menesteres son más hermosos y acabados que los de la madre naturaleza. Por eso llama artes, cultura, civilización, progreso, á esos juguetes y á su manufactura, dejando para los salvajes primitivos el cielo estrellado y los prados vestidos de verdura. El niño se regocija y embebece con un caballo de cartón y se estremece ante un caballo que, sin darle cuerda, puede y sabe relinchar; la niña besuquea un burujo de trapos pintados y riñe con su hermanito chiquito. El habla vulgar es la expresión natural en la que vierte un pueblo sus ideas; el habla erudita, en cuanto de esa habla vulgar se aparta, son trapos y cintajos con los que, por un pudor mal entendido, queremos encubrir la belleza natural de las formas. Otrosí: el cake-walk parece tan saleroso y bonito danzado por estirados ingleses, como el latín que han traído los eruditos, pronunciado por un manchego. Pero quede aquí esta digresión.

Es un crasísimo error el creer que las lenguas tienen un período de formación en el que domina la anarquía; otro de perfección, y otro de caduca vejez. En cualquier momento histórico que se le considere, un idioma es un sistema único y, por consiguiente, acabado en su género; un instrumento de expresión no sistematizado, sino en plena anarquía, no ha existido jamás, porque no serviría para el caso, y porque el idioma no es una mesa que los bárbaros del Norte puedan desvencijar de un par de hachazos y dejarla coja; sino un instrumento de expresión que va evolucionando en mejor ó peor dirección, pero que está sistematizado y organizado en todas sus piezas, en cualquier momento histórico que se considere. Mirándolo en aquel momento hacia atrás, parece que aún se hallaba informe y sin acabar, y para cada época el idioma en las épocas precedentes se halla en vías de formación. De ahí todos esos epítetos que se derrochan contra las antiguas maneras de ser del idioma: Cicerón llamaba informe, bronco y rudo al latín de Enio; León lo repetía respecto del castellano del siglo XIV; Salvá respecto del del siglo XVI y XVII, y en el siglo XXI lo repetirán de nuestro castellano de hoy. Son ilusiones. Claro es que cada estado del idioma es preparación para los que le han de seguir, y en este supuesto puede decirse que se halla en un estado informe; pero tan acabado está en una época como en otra. Algo de esto parece tenía en la cabeza Lanchetas, cuando en la página 34, al describir la historia del castellano, llama á sus tres períodos Morfológico, en el cual se forma; de Perfeccionamiento fonético, y de Fijación. Lo más chusco en esta clasificación falsa, si las ideas anteriores no lo son, está en ese último término de Fijación. Ni el castellano ni ningún otro idioma llega á fijarse jamás; el día que se plante, es porque hay que cantarle sin remedio el gori, gori.

Otra ilusión todavía más generalizada, á pesar de ser más tonta. Por no haberse escrito en castellano hasta la época en que aparece el Poema del Cid, hay quien tiene la candidez de creer que el castellano no había nacido hasta entonces, y todo lo más se le concede un siglo atrás para que pudiera formarse. Y en esa candidez han caído nada menos que nuestros mayores eruditos; no hay para qué citar nombres. Como si la Literatura naciera con el idioma, ó no hubiera más idioma que el escrito. «Al primero (período), aunque no tiene comienzo bien definido, puede señalarse para su desarrollo la invasión de los bárbaros del Norte, y con especialidad el siglo VIII, que coincide con la venida de los árabes á España y la gran decadencia en la antigua cultura, y su término puede fijarse provisionalmente en el Poema del Cid». ¿No hay alguna punta de esa candidez en fijar estos dos mojones?

Para cuando vinieron los bárbaros, el castellano era ya tan buen mozo, que no le tocaron los nuevos huéspedes ni un pelo de la barba. De haberse formado el castellano por efecto de aquel choque, hubiera tomado no pocos elementos germánicos, y no ha tomado ni uno morfológico, y sólo cuatro términos, tan cuatro y contados, que tiene más del inglés que no del godo cogidos entonces. Menos me explico el segundo mojón, si no es por confundir el habla con la escritura. El tercero nos lo planta el año 1492, fecha en que se publicó la Gramática de Nebrija. Pero una golondrina, digo una Gramática, aunque sea la del más alto y esclarecido lingüista que ha producido España, como para mí lo es Nebrija, no hace verano. Precisamente el fonetismo castellano había de dar un vuelco tremendo desde Nebrija hasta principios del siglo XVII. El mojón había que ponerlo donde el vuelco se dió; y como las lenguas tardan años y años en dar un cuarto de vuelta para ese vuelco, el mayor que ha dado el fonetismo castellano durante toda su vida, necesitó nuestra lengua un siglo, años más, años menos: el mojón es todo el siglo XVI, pero no la época de Nebrija, en la que siguió el fonetismo antiguo.

«En el período morfológico, es decir, desde el siglo VIII, continúa diciendo Lanchetas, se consuma todo lo más esencial de nuestras flexiones; en él se transforma la declinación sintética y pospositiva en perifrástica y prepositiva». Con perdón de mi buen amigo, esa trasformación hacía tiempo se había ya verificado, como que se ve la enfermedad (y no ya los síntomas, que están en el antiquísimo uso de las preposiciones) desde que se conocen documentos del latín vulgar, y en la época del Imperio ya éste había sustituído los casos por preposiciones. «Se pierde la pasiva sintética y se uniforma, haciéndose toda ella perifrástica; desaparecen los deponentes, se pierden ciertos tiempos de la conjugación activa, y se crean dos nuevos futuros». Todo eso se ve ya iniciado hasta en los autores clásicos, y ya existía en el latín hablado de la época imperial, á pesar de la reacción que el lenguaje literario y oficial ejerció por entonces sobre el vulgar latino, del cual nacieron los romances. El día en que se disolvió el Imperio quedaba ya deshecho el latín, y de muy atrás habían comenzado á evolucionar las románicas, sobre todo el castellano, que fué de las primeras y que con el sardo conserva huellas del latín vulgar republicano, anterior á la formación de las otras románicas. El castellano puede asegurarse que nació y pudo bautizársele con su nombre de pila desde el primer momento en que el habla de los conquistadores pasó á labios de españoles de pura raza. Cuanto á la pérdida de la cantidad y al cambio del acento musical en respiratorio, es un fenómeno de la época imperial, y en España yo tengo para mí que jamás los españoles distinguieron las largas de las breves ni salmodiaron el latín. Los cambios de ŏ breve acentuada en uo, ue, y de ĕ breve acentuada en ie, son tan antiguos como nuestro romance, pues sería casualidad se hubieran formado tales diptongos en las vocales o, e, que habían sido breves en otro tiempo y que ya no se oían como tales.

Los fenómenos de asimilación y disimilación en vocales y consonantes fueron, realmente, efecto posterior de la eufonía castellana; pero las trasformaciones fónicas esenciales son tan antiguas como el castellano, el cual nació bastante antes de los siglos VIII y VII.

«El tercer período, dice, viene á ser como una especie de estacionamiento fonético y formal». ¿Es decir, que desde la Gramática de Nebrija ya no ha habido evolución fonética? Pues desde entonces hasta los comienzos del siglo XVII es cuando la hubo más pujante y extraordinaria que nunca, ya que varios sonidos, que Nebrija describe en su Ortografía, se perdieron, naciendo otros que él no conoció. Me refiero á los sonidos antiguos ç, z, x, g=i, y á los modernos z, j. Hoy no tenemos el fonetismo de principios del siglo XVI; de modo que no es exacto el que «los elementos que en el período anterior no terminaron su evolución fonética, por regla general quedaron fijos y estacionados, y hoy se hallan regularmente con poca diferencia de lo que eran cuando penetraron en el siglo XVI». Precisamente los cuatro fonemas indicados comenzaron entonces á perderse, originando otros dos nuevos, y h, f, ó ff, que hasta entonces sonaban como una aspiración que nada tenía de dental ni de labial, se cambiaron de suerte que h ya nada sonó, y f, ff sonó como labio-dental por influjo erudito del Renacimiento. No era nada lo del ojo y... los traía en la mano.

Al hablar de la analogía, vuelve el autor á su idea sobre el origen del castellano: «sin la barbarie de la Edad Media, las lenguas románicas son inconcebibles». Trae como ejemplo de la analogía la formación del pretérito en i conforme al tipo de partivi, partí, y cree encontrar en los documentos latinos de los siglos XI y XII esa trasformación: cadierit, por ceciderit; poterit, por potuerit; morierit, por mortuus fuerit; perdissent, por perdidissent; sequire, por sequi, etc. «Todo lo cual prueba que en las diferentes regiones de España, como si obedeciesen á una consigna, todos iban uniformando los perfectos y otras formas del verbo». Pero ese ¿era el castellano que se iba formando y uniformando? De aquella época tenemos nada menos que las Partidas y Berceo y el Cid, donde el castellano es castellano; eso es mal latín. La única consigna á que obedecían en toda España era la de no saber bien latín; y como lo que sabían era el castellano, escribían el latín castellanizándolo. El sequire estaba calcado en seguir; sequire no era del castellano; cadierit, poterit, morierit, ni las demás en erit, fueron jamás formas románicas, sino del latín clásico, que es lo que pretendían escribir los que tal escribieron; sino que no lo sabían bien. No es que iban todos á una unificando los perfectos castellanos; sino que, no sabiendo latín, al escribirlo les reteñía dentro de los cascos su román paladino, y les salía un latín romanceado.

En la Fonología es sensible que el señor Lanchetas, dejada la doctrina corriente del timbre en las vocales latino-vulgares, continuación de la cantidad clásica, quiera explicar el vocalismo castellano por el acento, y acento latino. No encuentro pruebas suficientes para apoyar este nuevo método. «La o tónica latina, por regla general, se ha conservado», dice en la ley 2.ª, y en la 3.ª: «la o tónica latina se transforma en ue en gran multitud de palabras». Como se ve, ambas reglas pugnan entre sí. «Puente, ruego, tienen ue, por ser tónica latina la o de pontem, rogo». Pues tan tónica latina era en pontarrón y rogar, y no se ha diptongado. Es que aquí no se trata de la tónica latina, sino de la tónica castellana, y la ley debe formularse así: «Toda ŏ abierta del latín vulgar, ó breve del literario, cuando en castellano lleva acento, se abre en ue; y no se abre, cuando no lleva acento». La pugna entre las dos leyes de Lanchetas queda disuelta con esta ley: «Toda ŏ cerrada del latín vulgar, ó larga del literario, cuando en castellano lleva acento, permanece como o». Como se ve, todo pende del acento castellano (que de ordinario conviene con el latino) y de la cantidad latina de la vocal en el literario, ó del timbre correspondiente en el vulgar. El acento latino no es la madre del cordero; es una tatarabuela, en cuanto que originó el acento castellano, y éste es uno de los factores que producen ese cambio fónico.

Apártase luego Lanchetas de Meyer y Cornu en creer que uo no fué el paso de o á ue. El problema no es tan evidente como el anterior, pero no veo fuerza alguna en los argumentos de Lanchetas, los cuales prescinden, y aun se oponen, á la evolución de e en ie. Ahora bien: o en ue, y e en ie, son dos fenómenos paralelos que hay que explicar á la vez. Así como e se abre en ie con la i próxima en la serie natural u o a e i, así o en ue no debió abrirse sino por intermedio del uo con la u próxima. Y de hecho uo existe en la mayor parte de las románicas: en italiano nuovo-nuevo, duolo-duelo; en francés, antes del siglo XI, buona, duol (Sta. Eulalia y S. Léger), y después de principios del siglo XI ue, avuec, duel (S. Alexis); en León y Asturias, uortu-huerto, tuorto-tuerto. En cambio, ¿en qué se funda el que o se hiciera oe de repente, tomando una e que no tiene razón de ser, y luego ue? Ese boeno que habrá oído, es el bueno descuidado; moete es el mocete, empleado juntamente con moete en Navarra. Hay más; el paso de o á uo y de e á ie es el único explicable fisiológicamente. ¿Por qué fĭde da fe y pĕde da pié? Por la acentuación intensiva la duración de la vocal es doble, y la e abierta latina de pĕde da pèède; pero, obrando la refracción de vocales, la primera parte de esa vocal tiene un timbre cerrado; la segunda, que es la más intensa, un timbre abierto, resultando piède. Al revés, en fe, de fĭde, con el acento suena fééde, cuya é es cerrada, pasándose del timbre más abierto al más cerrado, y resulta fe con e cerrada. Lo mismo de bóno, bòòno, por refracción buono; mientras que bŭcca da bóóca, bóca. La acentuación alarga la vocal; y si ésta es abierta, su articulación comienza cerrada para abrirse en la segunda parte de la duración, que es la más intensa; si es cerrada, comienza abierta para cerrarse en la segunda parte. De esta manera, las dos leyes opuestas de la o y las otras dos de la e, «la é tónica latina se conserva con mucha frecuencia», y «la é tónica latina se transforma en ie en muchísimas palabras», quedan reducidas á una: «Las o, e breves, al llevar el acento castellano, se abren en ue, ie, y no cambian cuando desaparece el acento; y las o, e largas subsisten».

Pero estos y otros pequeños lunares, efecto de no haber modificado algunas ideas desde que publicó su obra acerca del verbo castellano, en nada amenguan el mérito principal del concienzudo trabajo del Sr. Lanchetas. Él solo sabrá apreciar debidamente el tiempo y las molestias que le habrá costado entresacar, interpretar y ordenar cerca de 4.000 palabras, estudiando las 100.000, poco más ó menos, de que constan las obras de Berceo. Los que nos dedicamos al estudio del castellano, no sólo tendremos que agradecerle los inmensos servicios que prestó á la Lingüística española con su estudio acerca del verbo, por el cual con toda justicia merece ser llamado el iniciador y maestro del romanismo en nuestra patria, sino que nos veremos con mucho gusto precisados á tenerle siempre en la memoria al acudir á ésta su nueva obra en busca de los imprescindibles datos que habremos de necesitar del más antiguo poeta español que conocemos.