I

Mucha filosofía dicen que atesoran las lenguas. No lo negaré; pero también hay que añadir que encierran no menos disparates y extravagancias. De éstas me toca hablar ahora, y para que no se crea que sólo se les escapan á la gente rústica é incivil, la tomaré con lo más granado de entre nuestros escritores clásicos. Digo que nuestros encomiados clásicos fueron los hombres de más disparatada sesera que Dios echó al mundo. El famosísimo Dr. Laguna dicen que tradujo elegantemente á Dioscórides. Mi buen amigo, el también Dr. Olmedilla, escribió un folleto sobre tan venerable varón y lo pone como uno de los primeros, si no el primero, de los médicos del siglo XVI. Y efectivamente lo fué del Emperador Carlos V y del Papa. Pero no le vale á Laguna el haber sido todo eso, ni el que lo celebrara Cervantes, ni el que escribiera su elegante traducción en la misma quinta Tusculana donde Cicerón había escrito sus filosofías. Cuájanse con frío los metales, dice Laguna (Diosc., 5, 44). ¿Qué mayor disparate que decir todo un Doctor en medicina, médico de Carlos V y del Papa, que los metales cuando están en fusión se tornan cuajada? Merced al cuajo se convierte en cuajada, se cuaja la leche. Echad un poco de cuajo, viene á decir el Doctor, en los metales fundidos, y hételos hechos cuajada. Pues permítame el Sr. Doctor, médico de Carlos V y del Papa, que le diga que eso es un solemnísimo disparate.

La frase debió de caer en gracia, pues otro disparatadísimo Doctor estampó en un libro devoto: Las perlas se cuajan con el rocío de la mañana. Y si esto parece declarada locura, que el rocío haga de cuajo y las perlas sean cuajada de leche ó de otra cosa, con razón se tiene por locos á los poetas, que repiten lo de que el rocío son perlas que brillan sobre la yerba, y que ésta amanece aljofarada, y locura de remate fué la del más loco de todos ellos, del celebrado Garcilaso, cuando ordenó á las ovejas que paciesen la yerba aljofarada. ¡Lindo rechinar de dientes se oiría en un rebaño de 200 cabezas, con el áspero masticar de esas perlillas que llaman aljófar! En la Histórica relación del reino de Chile amontonó juntos todos esos disparates el P. Alonso de Ovalle: Esta yerba se cubre el verano de unos granitos de sal, como perlas y aljófar, que cuaja sobre sus hojas. De luengas tierras luengas mentiras. Los chilenos nos podrán decir si es cierto que por allá se cubra alguna yerba de granitos de sal, y si esos granitos se hacen cuajada sobre sus hojas, y si esa cuajada son perlas y aljófar.

No conozco más que un escritor que se riese de tales bernardinas; los demás españoles las tuvieron por gallardas elegancias del buen decir. El gravísimo fraile jerónimo José de Sigüenza en obra tan seria y elocuente como la Vida de San Jerónimo, en folio por más señas y á dos columnas, nos habla (l. 1, disc. 4) de tomar puerto en la isla. Quiere decir que unos navegantes llegan á una isla, siéntanse sobre la verde alfombra, fronde super viridi, y con todo el sosiego del mundo, como quien se toma una jícara de chocolate, comienzan á embaularse el puerto que tienen delante con bajeles y todo y hasta con sus muelles y cargaderos, se lo sorben, se lo echan al coleto, se lo meten entre pecho y espalda. ¡Todo esto es ridículo! Pues este fraile tan descomunal en su manera de expresarse, se vuelve tan melindroso en el mismo discurso, que repite la misma idea llamando á eso tocar el puerto y la deseada ribera. Si no hace uno más que tocar el puerto y la ribera y no desembarca, no comprendo yo cómo pudo desearla tanto. Y ¿qué diremos del discreto P. Mariana, que tal vez por evitar tales dislates escribió todo lo contrario de lo que en la cabeza tenía y pensaba escribir? Dió fondo, dice, junto á Cádiz. Quiso decir que llegó á tierra sano y salvo, y se nos descuelga con que se fué á pique, pues la letra esto da á entender, á lo menos el fondo del mar no es la playa, á mi pobre entender. El cejijunto jesuíta tiene cosas muy buenas: en el libro 4.º, capítulo 4.º de su Historia de España dice: tenía sujeta toda la provincia. ¡Buenas cadenas ó sogas tuvieron que hacer los herreros y cordeleros de aquellos tiempos, no se les morirían los hijos de hambre! En otra parte (9, 36) añade: Al cabo de tres días de cerco alzaron mano de él. ¡Vamos, que ni los días tienen cabo, como las velas ó las costas, ni se estuvieron sin comer ni dormir tres días mortales puestas las manos sobre cosa alguna, y menos sobre un cerco, que no tiene donde se puedan poner! Todo eso son sandeces más que de marca. ¡Pues digo! del otro, que escribió: Cuando Dios alzare las manos de los buenos. ¡Largos brazos serían los de Dios, si desde lo alto del cielo tuviera puestas las manos sobre los hombros de los buenos! El descabellado Gonzalo de Correas habla en su Vocabulario (l. D) del dejar en jerga la cosa por abandonar ó dejar sin la debida perfección. Según eso los albañiles, cuando al propietario le faltan los cuartos para terminar una casa, la dejan en jerga, y en jerga dejo yo el almuerzo, cuando lo dejo por acudir á otra parte.

Buena jerga la del catedrático de griego de Salamanca. El cual en la letra U escribe: Un sudor se le iba y otro se le venía, como si el sudor tuviese pies y se fuese y viniese, y no saliese del cuero. En la letra A nos habla de armar caramillos, armar zancadillas y armar tranquillas, cuando es así que ningún soldado vi yo armado de tales pertrechos, y el caramillo sólo lo he visto en los labios para chiflar. Para decir que lo apetece todo nos espeta en la letra E el empreñarse del aire ó de lo primero que oye. Preñez del aire sólo la había yo oído en Plinio, que lo dice de las antiguas yeguas lusitanas, y aun tal vez el discreto naturalista puso yeguas por no dar matraca á los finchados hidalgos de Portugal. Preñez de lo que se oye es una preñez harto cuestionable; pero Correas sabía mucho, y su razón tendría cuando lo dijo. Que sabía mucho no hay que ponerlo en duda: en la letra T nos habla del tener asomos de una cosa, sin que intervenga ventana ni somo ó altura alguna; en la letra H nos repite lo del hacer sudar la gota gorda, que yo he oído cien veces por ahí, sin lograr jamás entender qué gota gorda será esa, y cuál será la gota flaca. También añade el hacer sudar como gato de algalia, gato que debe ser muy raro, pues, que yo sepa, los gatos no sudan. El lector supondrá que hablo en broma; puede tomarla por tal, si así se le antoja: yo digo la verdad como la siento.

Si nos entrásemos por los escritos de Quevedo, aunque es el único que tomó por bernardinas, como apunté, todos estos dislates, no nos daríamos manos á toma y deja, á esta quiero, esta no quiero, porque es el disparatador por excelencia. Por ejemplo, en la Musa 6, 1, dice: Si yo mi argumentillo mal no entablo. Buen medio para ponerlo ante la vista, entablarlo entre cuatro tablas. Tiene izquierdo discurso (Tir. la Piedr.), de modo que el habla se le iba por la zurda. Remojar la palabra (Mus. 5, j. 14), como un bizcocho en vino. Enjugar las lágrimas á las viudas, llevando, naturalmente, á prevención en el bolsillo tres docenas de moqueros, y no sé si bastarán para enjugárselas á la primera que topáremos. Ser ojo á los ciegos, metiéndose uno bien aovilladico en una de las cuencas de los ídem, por no decir otra cosa. Todo eso lo escribe al tratar de La Providencia (tr. 2), libro que dicen es muy serio; pero así son las seriedades de Quevedo, pues en las Musas (6, r. 9) dice: En cada bostezo gasta una cruz de dos palmos, quiere decir que al bostezar roe una cruz larga de dos palmos; y en Marco Bruto: Fanfarronea con la sangre civil entre amores faranduleros, quiere decir que en dando con un civil, le saca la sangre para darse pisto enseñándola por las calles; y aun por eso me explico que sean todos ellos como espátulas de flacos y arguellados. Nada bueno le puede entrar de los dientes adentro, dice en la Visita de los chistes; pero no le veo la punta, porque el chiste estaría en que no le entrase de los dientes afuera. Me ha llenado el ojo (Entremet.), dejándole ciego, será de suponer. Ya sabrá él buscarse quien le ayude á vaciarlo, pues en la Visita dice que tomó una purga confeccionada con hojas de Calepino. Sin duda eran entonces mejores los estudiantes que hoy, que el Calepino hoy más bien empacha que aligera. Repito que, fuera de toda guasa, esto y lo otro y lo que sigue, son chirigotas y es hablar en necio.

Dejando ya á Quevedo, leo en la Mosquea de Villaviciosa (2, 62): Al palacio se parte el pueblo junto, verso que no entiendo, pues ó sobra el se y quiere decir que todo el pueblo rompe el castillo y lo divide en dos partes, que ya es tarea para animalitos tamaños, ó el que se quiebra y parte en dos es el pueblo junto, lo cual también tiene su intríngulis, como lo tiene el partir la baraja, pues no forma un todo pegado, y el partirse los viajeros cuando sale el tren, pues ellos bien enteros se asoman por las ventanillas.

En él ponéis los ojos con agrado, escribe Villegas en el Soliloquio 8, capítulo 4, y no hay quien lleve su necedad hasta el punto de sacarse los ojos para ponerlos con agrado en parte alguna. Las flores á los ojos ofreciendo diversidad extraña de pintura, dice tontamente Garcilaso (Egl. 2), pues convierte en pintores á las flores. Cubrir mentiras con capa de retórica, añade Correas (Vocab., l. E): paño es ese de la retórica que no sé hayan sabido nunca cortar los sastres. La justicia tomó la mano de todo, dijo El Donado hablador (p. 2, c. 9), en lo cual mostró tener poco donaire, pues hasta los niños de la escuela saben que el todo tiene partes, pero no manos. Sintieron en lo vivo la nueva determinación, dijo Argensola (Anales, l. 1, c. 44): ¡no, que la iban á sentir en lo muerto! Y el bendito del P. Acosta en su Historia natural de las Indias, se nos viene con cien mil candideces, que quiso se las creyésemos por ser de cosas lejanas, que no íbamos nosotros á averiguar. En el libro 4, capítulo 10, nos quiere hacer creer que con maravilloso afecto se pega el azogue al oro y le busca, como si fuese su novia, y que el azogue se va al oro donde quiera que le huele, cual si fuese perro de la calle, y que á ningún otro metal abraza sino al oro, y que de esotros metales no hace caso el azogue, y que todo lo come y todo lo gasta: ¿acaso no teníamos azogue en España y no sabíamos á qué atenernos en todas esas patochadas, que le cuelga el buen Padre? Cuénteselo á su abuela, que no somos niños de la dotrina. Otro Padre, Fray Juan Márquez, en los Trenos de Jeremías (v. 2, con. 3, 4), nos habla de abrir las puertas al contento, y sobre esta mentira, pues el contento no tiene puertas ni ventanas, dice que rompieron el aire las voces, y las voces no rompen nada, ni menos se puede romper el aire, ó yo entiendo poco de física. Pero de física se sabía poco en aquellos tiempos, y así no extraño se lea en la Celestina (acto 12): desadormecieron mis pies y manos, y aun en pleno siglo XX, para que se vea la ignorancia española en achaque de ciencias biológicas, he oído ó creído oir decir que á fulano se le adormeció el pie. Falta nos hacía otro Feijóo, para enseñar á esos necios que los pies no duermen, ni despiertan, que esas son creencias vulgares de la ciencia antigua.

Pues no, que el P. Fray José Láinez, agustino, sabía de cosas, que es para alabar á Dios, dador de todo bien. En el Privado cristiano nos dice de los pensamientos vanos, que sin duda el buen señor tomaba por algo así como nueces vanas y hueras, que son hijos de pasos ociosos, frase que no tiene pierde, pues los pasos dicen todo lo contrario del estar ocioso y no pueden llamarse ociosos, sino á lo más andariegos, y los pasos no tienen hijos, como lo prueba el concluyente argumento de no tener padres, pues sabido es que hijos y padres, padres é hijos son cosas correlativas, que no se dan la una sin la otra, y tampoco los pensamientos pueden tener hijos, porque á admitirlo algún filósofo, ya hubieran tratado los teólogos de investigar un cuesito de mucha importancia, que no faltaría en la Suma de Santo Tomás con estos ó parecidos términos: Utrum filii cogitationum possint baptizari et quomodo. Y los tomistas se hubieran devanado los sesos inútilmente, porque el caso era de los peliagudos, y de los que sobrepujaban las entendederas del Doctor subtilissimus. Por todo lo cual la frase del susodicho fraile hay que darla por un completo disparate de tomo y lomo. Otro fraile, Fray Antonio Pérez, benedictino, dijo con no menor inexactitud, en sus Sermones dominicales (p. 170), que la salud que le dió tan á pie quedo, y no es menester saber quién ni á quién, pues basta saber que nadie puede dar cosa á pie corriendo sin detenerse por lo menos un segundo, y que de todas suertes lo del á pie quedo tratándose del dar es y será siempre una niñería, indigna de un grave benedictino.

¿Pues qué decir de estotras truculentas pamplinas, que leo en la página 6: Desconfiados los hombres, se atericiarán y se secarán, y quedarán como estatuas con el pellejo enjuto, y con sólo la armadura, de puro amedrentados y ajudiados de lo que en todo el mundo ha de suceder? Lo que no sucedió, por la inmensa misericordia de Dios y la excesiva paciencia de los oyentes, es que le echasen con cajas destempladas del púlpito abajo á predicador tan lenguaraz, que en la cátedra de la verdad osaba mentir por mitad de la barba. Si se secan y quedan con el pellejo enjuto, ¿cómo han de poder soportar el peso de la armadura?; y si se convierten en judías, ¿qué tienen que temer en el día del juicio, si el juicio ha de ser de los hombres, y no de las judías ni de las calabazas? Son sandeces del lenguaje, y de nuestros clásicos, los más sandios de los sandios.

Pero oigamos cómo Correas (Vocab., l. C) expresa el peligrar, porque no parece sino que estos señores clásicos españoles han perdido la chaveta con los volatines que hacen: estar colgado por un hilo es el primer ejercicio gimnástico, el segundo estar colgado de los cabellos, el tercero estar con el agua á la boca, suplicio de Tántalo, estar con el agua á la garganta, cosa buena en estío, estar con la soga á la garganta cosa de ahorcados, y con esto se acabó la función.

El sapientísimo Fray Luis de León nos da una muestra de su sabiduría en el libro de Job (16): recoge la ira en sí, como si fuese el ganado que se le desmana, y mejor fuera; poner leña á la cólera, que si antes era ganado, ahora es fuego; regaña los dientes, aguza los ojos, que por supuesto no tienen punta, aunque lo diga Su Reverencia; enclavar los ojos en él, y sostengo y resostengo que siguen sin punta ni cabeza; le pone fiera la cara, le saca el enojo afuera por los ojos. Todo eso dice ó quiere decir que significa enfadarse, cosa enteramente psico-física del ánimo, que no tiene que ver con clavos, puntas, dientes, leña, fieras, cara ni ojos, más que con las nubes de antaño. Se iría con el alma en los dientes, dice Quevedo (Cuent.), para lo mismo; y miren que tiene bemoles eso de atascarse y tenerse que sacar con palillo de entre los dientes el alma. Pero los españoles debemos de ser gente de malísimas pulgas y de un genio de todos los demonios, porque las expresiones para indicar el enfado no paran aquí, ni con mucho, y todas son á cual más descabelladas. Castro en su Reformación cristiana dice (tr. 4, c. 4): es más desabrida y amarga que la misma muerte, aunque nadie se ha comido á la muerte, ni por acá nos comemos á persona viva ni muerta para saber si es desabrida y amarga. Su malicia, añade, te hace gemir con la carga, no habiendo quien se eche á cuestas la malicia de nadie. La Palma en la Historia de la Pasión (c. 2): revolvió como víbora, con rostro fiero y voz desentonada dijo, mirando con los ojos turbados y encendidos: ya se ve que eso de enturbiarse y encenderse los ojos son mentiras elegantes. Fray Juan de los Ángeles en el Diálogo 4: tomó un poco de cólera diciendo eso, como tomaba él tal vez un polvo de rapé; se me enciende el corazón, sin quemarse; se me afloja el alma viendo, figúrense ustedes si es flojera. Solís en la Conquista de Méjico (l. 1, c. 8): Mezclóse el alborozo con el desabrimiento, como si el genio fuera algo de comer; estaba fuera de los términos razonables, y probablemente no se meneó de su lugar. Torres en la Filosofía moral de príncipes (l. 7, c. 9): abrasarse con el fuego de la ira, que ni es fuego ni abrasa; embriagarse con el enojo; la ira arrebata la razón y le despeña; abrir la puerta al cierzo de la ira; la ira le hace dar por las paredes como ciego; y en el libro 24, capítulo 7: le sacó de sus casillas, donde no sé quién le había metido; al más sosegado sacan de su paso. Estebanillo González en su Vida, dice por enfadarse: echando el bodegón por la ventana, que ya es echar, con mesas, vasijas, vino y borrachos y toda la jacarandana. Cervantes (Quijote, I, 14): le haré despertar la cólera, como si fuese cosa dormida y sosegada. En la Pícara Justina (f. 200): ni la ayudara aunque la viera echar los bofes, tal debía de soplar de puro enojo; comenzó á meter fagina y echar de bolina y decir fanfarrias (ídem, fol. 132), donde se mete á soldado, á marinero y andaluz. Correas (Vocab., l. Q): quísome comer los ojos, ¡ya es hambre!; agotar y apurar la paciencia (l. S), sacar de paciencia, de tino. En la Celestina: no me hinches las narices con esas memorias; en las narices mora, según esto, el enfado. Solórzano (Donaires del Parnaso): me deshago y me destrizo. Ovalle (Hist. chil., 3, 3): para echar de sí el miedo, comienzan á patear el suelo; se revisten todos de un gran furor. Quiñones (El murmurador): no hay cosa de que no se pudra; traigo la sangre requemada. Todo eso, si es enfadarse, es un enfadarse muy raro.

Fray Laurencio de Zamora, cisterciense, en su Monarquía mística de la Iglesia (l. 1, sím. 6) escribe: Comienza la tierra á vestirse de hermosura, por manera que antes estaba desnuda; ¡desvergonzada! Pero oigamos al Donado hablador (p. 2, c. 2 y 3), que llama al desnudarse quedar en carnes, en pelota. ¡Habráse visto! Pues ¿en qué iba á quedarse? ¿En huesos? Y lo de comparar un hombre desnudo á una pelota es chistoso. Apeó la dificultad y dió alcance á la dificultad, dice Correas (Vocab., l. A), que significan entender, como si eso se hiciese con los pies. Fonseca convierte en árboles las banderas, y se queda tan satisfecho: enarbólanse banderas (Vida de Cristo, p. 1, c. 31). Aguado convierte una azotaina en jubón: Se le ajusta al enemigo un jubón de azotes (El perfecto religioso, p. 1, tít. 7, c. 6). Don Oton Edilo Nato de Betissana en el Epítome de Guichiardino (p. 45) llega al descaro de convertir al Papa en lo que oiréis: Remover el embarazo del Pontífice, y eso que dicen que es elegante y castizo escritor. Nuestros castizos y elegantes escritores hicieron, pues, mangas y capirotes del castellano. ¿Á quién, sino á Quevedo, en el Cuento de cuentos, se le ocurre decir que andaba ya de capa caída? Pero lo que no puede creerse, aunque lo diga de Dios el Obispo de Astorga, D. Antonio de Cáceres, en su Paráfrasis de los Salmos (salmo 17, fol. 31), es que apretó y estrujó los cielos para que diesen jugo, y que con cielos y todo se bajó á nosotros, como si Dios fuese uno de esos que pisan las uvas y luego un jayán de cordel que se viene con los cielos á cuestas. Este Obispo tenía rarezas muy suyas; dice que hace Dios chispear el cielo (fol. 30), como si ardiese, y que por un oído les entra y por otro les sale, como si la cabeza estuviera horadada, y dice en nombre de Dios de los malos tales necedades como estas: se atan las manos con su ingratitud, han querido apurarme, hacerme dar la cuerda. Según Fray Pedro de Vega, en el salmo 1.º, hay quien ve la muerte al ojo, y añade que qué alborotada saldría aquella alma de las carnes. Realmente estas son chocheces, como lo que escribe Sigüenza en la Vida de San Jerónimo (l. 6): que el alma rompió las cuerdas y desasida voló como paloma cándida á las moradas eternas; y ahora me explico yo por qué algunos dicen que la religión católica es religión de un estado muy niño de cultura, cuya época ya pasó. La culpa la tienen estos reverendos frailes que florearon tanto en sus expresiones, como si hablasen á niños, siendo así que la Humanidad ha dejado ya, como se dice, de ser niña, y ha llegado á su madurez, que sólo se paga de verdades y pensamientos, no de imágenes y símbolos. Dice Luis Muñoz en la Vida del P. Granada (l. 2, c. 15) que se venía acercando á paso largo la muerte. La muerte no viene á paso largo ni á paso corto; no es más que el echarse á perder la máquina del organismo humano.

Y en esto hasta los que no eran frailes desbarraron, pues Torres de Villarroel, el famoso confeccionador de almanaques, catedrático de Salamanca, en un soneto á Mejía dice que Un mulo allí levanta sus resuellos. ¡Qué ha de levantar, hombre! Lope en su Filomena (f. 72) ya había dicho que se lleva de un aliento tres pliegos de un romance; pero Lope, aunque clérigo, era poeta; lo mismo que Alonso de Fuentes, que hizo de filósofo en la Suma de filosofía natural, cuando escribió: Los que tienen calenturas alientan muy recio, como si el aliento fuese delgado ó recio como una tela ó una tabla. Poetas y filósofos han pertenecido siempre al gremio de los orates. León, que era fraile, filósofo y poeta, pudo decir (Faces) que es gracioso en los ojos de Dios, atribuyendo á Dios ojos, lo cual es muy poético, filosófico y frailuno; pero no deja de ser una mentira, y en ello convendrán los mayores entusiastas de Fray Luis, y aun toda la Orden de San Agustín. Pero que todo un Príncipe de Esquilache estampara en sus obras: Del alma humilde dilaté los senos, es cosa que no se puede tolerar, pues sabido es que no tiene tales senos dilatables ni por dilatar el alma. El mercenario Fray Hernando de Santiago en su Cuaresma (serm. 5) dijo de la rosa que queda lacia, mustia y melancólica, como quien está de mal humor, cosa que á las rosas no se puede atribuir; y el agustino Pedro de Valderrama en su Teatro de las religiones (serm. 1) dijo que un rayo de sol quema y abrasa las flores, que aunque el sol queme y abrase, no sé yo quién habrá visto flores ardiendo por causa del sol; pero al cabo fueron frailes. Mas que Ibarra en la Guerra del Palatinado (l. 4) escribiese seguir la derrota del pueblo, sabiendo que en las cosas de la guerra una derrota es... pues una derrota, téngolo por descuido incalificable.

Melo, de quien se dice que es gravísimo historiador, me parece algo fanfarrón y muito portugués cuando lanza estas exageraciones (Guerr. de Catal., l. 4): Todo el suelo era sangre, todo el aire era clamores, no se oían sino quejas, voces y llantos, todos mataban, todos se compadecían, y todo eso es filfa retórica y mentira calificada. ¿Cabe mayor desenfado, mayor ceguedad y mayor tontada que esta frase de Anastasio Pantaleón de Rivera: La vez que me kirieleisan, responsan y parcemican (P. 2, rom. 21)? Sí, lo de Jacinto Polo (Obr., p. 224): me llevaron en diablandas, en un diablamen nos pusimos allá. Hay quien tiene estas majaderías por expresiones galanas y hasta divinas, Pero

¿No fuera harto más claro y más divino
llamar á cada cosa por su nombre
y decir al pan, pan, y al vino, vino?

Góngora (Rom. burl., 4) nos viene con que Le bebían las palabras, Rebolledo (Ocios, egl. 3) con que Las miré tanto que ni pestañeaba el pensamiento, Estebanillo (c. 10) con que Me dejó hecho estatua de Baco en el jardín de Flora, Santa Teresa (Vida, c. 18) con que Es mi intención engolosinar las almas, Nieremberg (Obras y días, c. 42) con Comprar voluntades, feriar corazones, Lope (Filomena, 158) con que Es vanidad ingerta en bobería, Correas (Vocab., l. C) con caerse la baba á uno.

Y para decir sencillamente callar ¡qué de circunloquios hueros, qué de tonterías babilónicas, qué de pamplinas pamplináceas nos regalaron nuestros palabreros clásicos! Cuando lo más á propósito para expresar el callar parece debía ser hablar lo menos posible. Burguillos (Gatom., s. 1) dice sellar los labios, cual si fuera carta la boca. Tejada (L. pro., 1, 37), no contento con esto añade: Lleva cada uno en la boca para sellar el silencio una piedra; y luego nos reiremos del helénico tener un buey sobre la lengua. Santo silencio profeso, dice Quevedo en la Musa 5, á pesar de ser tan hablador que no acaba de charlar para indicar el silencio. Así en La Providencia (tr. 3): no permitir voz alguna á su inocencia, enmudecer los acentos de la fragilidad humana, no gastar palabras, servir de aplauso á la calamidad callando, asistir á uno con el silencio; en el Cuento de cuentos: El padre no hacía sino chitón, como entendía el busilis, ni chistó ni mistó. Él no dijo esta boca es mía, y tieso que tieso; en los Riesgos del matrimonio: La lengua y las palabras se me hielan. Cervantes entre otros mil despropósitos dice: Punto en boca y atended (Novel. 8), morderse la lengua (Quij., II, 23), casi no he hablado palabra hasta ahora (ídem, c. 1), él se diera tres puntos en la boca y aun se mordiera tres veces la lengua (ídem, I, c. 30), díjole al oído que no descosiera los labios (ídem, II, 69), no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo (II, 12), nos hemos de coser la boca (I, 25), depositar una cosa en lo más escondido del silencio (El am. liber.). Si tal despotricaron los maestros, ¿qué harían los discípulos? Aguado dijo: Sepulte su boca (Per. rel., 2, 10, 10), tener enfrenada la lengua (ídem, 3, 6, 2), guardar cerrados los labios, poner guarda á la boca, poner freno á la boca, poner sello á los labios (ídem, c. 4); Quiñones (Las Civilid.): Sin chistar, sin paular y sin maular. Correas llega hasta la ridiculez: dice que callar puede expresarse por coser la boca y coser la boca á dos cabos (Vocab., l. C), como si uno no bastara; y: No dijo ni oste ni moste, No hubo ni chuz ni muz, No dijo ni uste ni muste, No despegó la boca, No desplegó la boca, No dijo esta boca es mía (l. N); y: Tener la barba queda, Tener la boca llena de agua (l. T). ¡Habráse visto palabrería, y charlatanería, y parlanchinería! Pusiera á los labios el candado y á las puertas el cerrojo, dice hasta el grave de Esquilache (Rim., r. 230). Zamora (Monar., 3, 3) dijo: Vivir á la sorda. Calderón: Suspender la voz, Ten el acento, etc. Estebanillo (c. 7): Dime un centenar de tapabocas, Poniéndome la planta de las manos en los labios. En la Pícara Justina (l. 2, p. 2, c. 2): Tenía caídas las golillas de pura vergüenza, Tragaba saliva á duras penas; Nieremberg (Obr. y días, c. 20): echar grillos á la lengua. En fin, que fuera el cuento de nunca acabar, si sobre el callar hubiéramos de decir cuantos dislates vinieron al magín á nuestros parleros clásicos.

Acabemos, pues, aquí esto de las extravagancias del lenguaje entre ellos, y dejemos para otro día otras de no menor calibre del lenguaje en general.

El lector ha leído este artículo, y se figura que todo él es una pura guasa y aún me tildará de poco avisado en haber sostenido tan á la larga el tono irónico. Pues, desengáñese. Si cree que es ironía, y que de hecho el lenguaje no está lleno de barbaridades, se engaña de medio á medio, y yo he logrado cogerle como á un chino. Yo lo habré hecho muy mal; pero mi intención era expresar lo que siento, que nuestros clásicos dijeron mil necedades, que hicieron con el lenguaje cien mil barrabasadas. Que en este hecho se encierra un problema, no lo negaré, y precisamente lo he querido exponer para discurrir acerca de él y ver de soltarlo, si fuere posible, en otro artículo.