II

El cielo no ha querido que yo ame por destino, dice Cervantes (Quijote, II, 14), es decir por designio: destinar es fijar un objeto para algo. Es la idea de fijación, y así resbalar sin tino por una verdad (Quev., Polit. de Dios) es no quedarse fijo en ella, sino pasar y caer de ella, como no dar en el blanco de la razón (Rivad., Eucarist.) ¿Por qué, pues, destino y desatino valen lo opuesto lo uno de lo otro: decir y publicar desatinos (Illescas, Hist. Pontif., l. 6, c. 24, § 12)? Ambos llevan des, y puesto que en des-tino no indica negación de tino, ¿por qué la indica en des-a-tino? La a no es negativa; a-tinar es tener tino.

He aquí una extravagancia del lenguaje. Extravagancia que nos enseña el origen de destinar, destino. Siempre el des- en castellano fué negativo; pero en latín dis-, de donde des procede, sólo indicó pasar al través, de donde la acepción castellana de fuera de, no. Ese valor latino dió en el mismo latín la acepción derivada de entera y perfectamente, abarcando y recorriendo toda la cosa, lo mismo que en per-, y esta acepción es la del des- en destino, destinar, fijar enteramente. Luego estos vocablos tuvieron origen erudito, los forjaron los eruditos mirando al dis- latino; el pueblo era incapaz de atribuir á des- otro valor que el de negación. La extravagancia de destinar, destino, recae, por consiguiente, sobre los eruditos que componen vocablos castellanos, dando á uno de sus elementos en su forma castellana una acepción que en castellano no tiene. Así, á las veces, el saber lleva á hacer desatinos y á desatinar, fabricando el destino.

Pero el hombre no se desmiente á sí mismo. No hay mayor desatino ni mayor instabilidad en España que los destinos: se logran por toda suerte de medios injustos, desposeen de su derecho á otros que los merecían, paran en tristes é inesperadas cesantías y fomentan en los que los dan el caciquismo, la mayor de las injusticias sociales. El destino es, pues, un mal social, un mal del que lo da y del que lo recibe, es un verdadero desatino. El destino es obra de los poderosos, de los mismos que desatinaron al fraguar el vocablo; hicieron mal la palabra, y la cosa por ella significada es mala. Esta palabra encierra la historia de uno de nuestros males sociales, al decir de muchos, del peor de los males de nuestra sociedad, y probablemente tendrán razón, pues de los males sociales el peor y el padre de todos es la injusticia.

Las extravagancias del lenguaje encierran, por consiguiente, honda filosofía. Los mismos vocablos llevan en su raíz esas ideas. En La lengua de Cervantes, (II, vocablo atinar) pruebo que tin-o, a-tin-ar significó justo en su origen, y fijo, exacto: des-tino vale pues in-justo, pese á los inventores del término, que quisieron decir todo lo contrario al poner en des- el valor del dis- latino. La extravagancia no está en el lenguaje, sino en el hombre desatinado; antes el lenguaje sale por sí y le desmiente y publica sus depravados y torcidos desafueros: mentita est iniquitas sibi.

Uno de los infinitos vocablos que faltan en el Diccionario oficial es descantarrear, sin duda por ser de pura cepa castellana. Des-cant-ar es salirse de tono, del canto, que malamente los eruditos latinizaron en dis-cantar, con ese dis- latino, que nunca fué castellano vulgar. Pero des-cant-ar también hubo de decirse de cant-o por esquina y piedra, y como de guij-a se dijo guij-arro, de cant-o se dijo cant-arro y des-cant-arr-ear romper las esquinas, los cantos, las puntas: Se muerden los jabalíes y descantarrean en la comida, dicen los Diálogos de Montería (1.2), publicados por la Sociedad de Bibliófilos españoles, 1890, de un manuscrito del siglo XVI. Equivale aquí á morder, del quitar un pedazo, una punta ó esquina, como cant-ero es la esquina y pedazo más duro, con la corteza, del pan, equivaliendo, por consiguiente, á des-pedaz-ar. ¿Qué tiene que ver un canto ó piedra con morder? ¿Acaso se muerden los cantos ó los cantos muerden? Extravagancias del lenguaje. Pero el camino de la psíquica y del pensamiento humano es la metáfora. No anda, pues, descaminado el pensamiento que concibe el morder como un clavar el diente y sacar bocado (Aguado, Perf. rel., p. 2, t. 1, c. 2), ó como un dar una tenazada con las quijadas (Hernández, Eneid., l. 12), ó como darle buenos mordiscones (Espinel, Obreg., I, 3), ó dar su dentellada (Cácer., Salm. 21, fol. 42). Lo mordido y el bocado mordido es un pedazo, morder es des-pedazar; pero la piedra se concibió como un pedazo, un canto ó esquina, porque tiene esquinas y puntas, y canto valió pedazo y esquina, y descantarrear, morder ó despedazar.

Lo que en el lenguaje nos parecía extravagancia no era sino cosa muy encaminada, muy encarrilada, y nos descubre la ley fundamental del pensamiento, que es la metáfora.

¿Qué tienen que ver las nubes llamadas cirrus con el cerro ó parte superior de un caballo? Los cirrus son agua en estado aeriforme, el cerro ni es agua ni es aire. Pero no mira el pensamiento ni el lenguaje al ser, sino al aparecer y figurar de las cosas. El latino cirrus dió cerro por monte, que tampoco es aire ni agua, pero que presenta el apelotonamiento de los cirrus. Y aunque el cerro de un caballo y un monte sean cosas bien distintas, ambos se mont-an, se sube á entrambos, y mont-ura viene á significar animal que se monta. Mont-ero y caball-ero son cosas idénticas, el uno se remonta, se encima y sube por el monte, el otro sobre el caballo. Cim-arr-ones son en América las bestias mont-ar-ac-es, remontadas, que andan por las cimas y montes, y por lo llano en último término, extendiéndose así el vocablo de manera que cimarrón es bestia suelta del campo, de lo raso, cuando precisamente el campo raso, la sabana, la campiña es todo lo contrario del monte y la cima, como lo bajo lo es de lo alto, lo llano de lo en cuesta. Así la metáfora entrelaza toda especie de ideas, hasta hacer que un vocablo signifique lo contrario de lo que indica su etimología. Cervantes habla del ir caballero sobre una mula ó sobre un hermoso asno, y del tirar á caballero, ó digamos de lo alto que sobrepuja ó monta en un fuerte. Dijérase ir mulero ó asnero sobre la mula ó el asno; pero precisamente el mulero no suele ir montado, sino á pie llevando á la mula del señor que la monta.

¿Son extravagancias del lenguaje? No. Son filosofías, poesías é historias del habla. Allá dijo el otro que la poesía era más filosófica que la historia. El lenguaje es, pues, filosófico, ya que es poesía en sus metáforas, historia en las costumbres que encierra de los pueblos, y psicología en el retratar los trámites del pensamiento y el modo de concebir de la mente.

Torcían del verdadero camino, dice el P. Roa (Flos. S. S., 11 marzo). ¿Y si el verdadero camino era el torcido, y torcían tirando por el camino derecho? Pero ¿qué derecho, si el camino recto por donde torcían iba hacia la izquierda? Y ¿qué es eso de iba hacia la izquierda, si el que oye refiere todo á su propia persona, y lo que es izquierda para el que habla es derecha para el que oye? Y ¿qué digo camino recto, si recto significa lo dirigido, reg-ere, si el buen gobierno las más veces debe tomar en los asuntos las trasversales?

Pero y la trasversal ¿no puede ir en línea recta, aunque cruce el campo? Y el cruzar, ó hacer cruz en un campo ¿cómo significa atravesarlo, si la cruz comprende y encierra precisamente los cuatro puntos del horizonte, por manera que no puede servir de orientación, ya que coge todo el círculo? Y si me oriento hacia el occidente ¿no es un occidentarse, es decir no ir al oriente, no orientarse? Y el occidente, que se dijo del ponerse el sol, ¿no es una mentira poética, ya que el sol no se menea ni occidit, cae, ni se pone? Pues decidme qué es eso de ponerse, porque no hay cosa más vaga; ponerse es colocarse, es decir tomar un lugar, lo cual sólo significa mudar el espacio donde uno estaba. Y el mudar el espacio no deja de ser todo lo contrario de lo que queremos decir, pues el espacio no se muda, ni podemos mudarlo, sino que nosotros nos movemos de lugar, cambiándose por el consiguiente las relaciones espaciales respecto de nosotros. Y así sucesivamente, si siguiésemos con intención de corregir nuestras expresiones, iríamos dando trompicón tras trompicón y amontonando dislates sobre dislates.

Este amontonar dislates se llama razonar; razón es la facultad de ensartar dislates, el hombre razonador es el que los ensarta, el hombre razonable es el hombre de los dislates, y la cosa más razonable es el dislate mayor: dislate y razón son una misma cosa. Y realmente este disparatar al expresarnos por medio del habla era lo más razonable que pudiera darse, porque no es más que metaforear, poetizar, y todo hombre que habla es poeta, el habla, la más honda poesía. Tal vez por eso los poetas se dijeron locos, porque eran los que mejor hablaban, es decir, los que más galanamente disparataban. Toda metáfora no es más que un disparate sonoro, si suena; mental, si queda sin salir de la cabeza. Lo dice el mismo vocablo de metáfora, que significa traslación, ir de una á otra parte: y ¿qué es dis-paratar sino dispararse, no pararse, sino ir á otra parte? Ahora comprendo yo cómo el famoso escritor Unamuno, á quien muchos tienen por un solemnísimo disparatador, es un gran poeta, y el hombre más razonable del mundo. Los que charlamos menos es porque somos menos poetas, menos razonables, menos hombres. Pueden, pues, ponerse como miembros iguales de una ecuación los términos: disparate = poesía = razón = mentira, quedando despejada la última incógnita y X del problema humano en aquella fórmula del Sabio: Omnis homo mendax.

Siempre hablamos por metáforas, es decir, por términos impropios, y lo impropio es lo no propio, lo que no es, la mentira: hablamos por medio de mentiras, hablar es mentir, ni más ni menos. Aquel que más y mejor mienta, será el que más y mejor hable. El destino del hombre es el desatino, el desatinar sin tino: destino y desatino volvemos otra vez á hallarlos como vocablos equivalentes.

Hacer de alegre, estando reventando la tristeza, dijo Márquez (Esp. Jer., v. 3, cons. 3). La tristeza más bien aovilla, reconcentra y sume; la risa y alegría es la que ensancha y hace salir de sí, porque retoza la risa en el cuerpo (Correas, 1. R), y así es para quebrar el cuerpo de risa (ídem, 1. E), y como que quebrar díjose de crepare ó reventar, sale del pecho la alegría á la cara (León, Job. 8), enciéndese el rostro: Con la cara encendida en fuego de alegría (Guzm. de Alfar.), Se hinche de risa la boca (León, Job. 8), hace descubrir el chorro de la risa (Estebanillo, c. 3), y de aquí reventándome la risa en el cuerpo (ídem, c. 50), me reventaban los ojos de alegría (ídem, c. 7), y en fin Nos despedazábamos de risa todos (Quevedo, Tac., c. 6), ó nos desternillamos ó nos despepitamos de risa, hasta que Todos nos descalzamos de risa (J. Polo, p. 235), y Su alteza se moría de risa y sus criados de placer (Estebanillo , c. 8), pereciéndome de risa (Quevedo, Tac., c. 6), Hubiéronse de caer de risa los presentes (Diabl. coj., tr. 4 y 7). ¿Por qué, pues se dijo reventar de tristeza? Porque el español consideró al hombre entristecido como un saco lleno de tristeza, no distinguiéndolo de los sacos llenos de harina, que á lo mejor revientan. Otras veces vió en la tristeza como una nube que oscurece la vista del alma, y dijo: cubrírseme el corazón y los ojos de nieblas y sombras (Barbad., Alej. Camal.), se le cubrió el corazón (Cerv., Nov. 1), abrumado con (Cornejo, Crón., 3, 4, 6), cubriósele el corazón de un velo grande de tristeza (Arias, Aprov. espir., t. 5, p. 2, c. 10). Otras se le antojó un cuchillo: Era cuchillo que entrañablemente lastimaba su corazón (La Palma, Pasión, c. 8, 9). Otras cual viento abrasador que consume y agosta: La tristeza le seca los huesos (Arias, ibid.) Otras carga que hace caer: Venir cargado de luto (Chaide, Magd., p. 3, c. 25), ó algo que aprieta: Oprimido del dolor (Rivad., V. de Cr.), La congoja apretaba su corazón (ídem). Otras bebida amarga: gustar tragos de amargura (ídem). Por manera que á propósito de un triste pasan por la fantasía sacos de harina, velos, brumas, cuchillos, vientos, cargas, tragos, cordeles, todo ello en gentil danza macabra, que si no espeluzna, hace soltar el trapo.

Y este soltar el trapo ¿qué mayor incongruencia? Pues no, ¡que el creer á pie juntillas ó á puño cerrado! Pues todo eso es muy verdadero y filosófico, á la par que muy poético y mentiroso. Claro está que para reir á sus anchas no se ponen primero los marineros á soltar las velas, pero el que así se ríe es navío que corre á vela tendida por el mar de la felicidad y consigue llegar antes al puerto, que el triste ensimismado y cabizcaído que se arrincona en su casa. Ni los pies ni los puños son los que creen, pero el que cree no aparta un paso los pies de lo que le dicen y lo recibe sin mirarlo, pasándolo, como moneda, de puño á puño, y hasta á la faltriquera. Son verdades mentirosas y mentiras verdaderas.

Tan mentira es estar con el oído de un palmo (Correas, 1. C), como tener blandos los oídos (Torres, Filos. mor., l. 24, c. 12), cuando se trata del atender; pero el hecho de verdad es que lo alargamos un palmo haciendo del asno, para lo que nos valemos de la mano, y lo tenemos más blando que la cera, pues se nos imprime bien en él lo que oímos con atención.

En este caso no hay metáfora, la oreja queda alargada un palmo con la mano, el sonido hace mella física en el oído como en blanda cera el punzón, ó en la placa ó rodillo fonográfico la misma voz. Casi estoy por decir que no existe la metáfora en el pensamiento ni en el habla, y que no nos valemos de conceptos y expresiones impropias, sino que todo es real y físicamente como lo pensamos y lo decimos. Por lo menos tal debemos sentir los que creemos que todo en el mundo es materia que obra por contacto físico, ó espíritu que se sirve, al pensar y al hablar, de la materia como de instrumento indispensable.

No hay pensamiento sin entrechoque y trasformación química de la materia gris, y menos hay habla sin entrechoque y trasformación física, y aun química, de toda suerte de materias, desde el pulmón hasta la boca y el aire del ambiente, desde el oído que escucha hasta el cerebro que trasforma el movimiento sonoro en ideas.

Meter la pluma en lo religioso dijo por escribir de cosas religiosas Fr. Jerónimo en el Genio de la Historia (l. 2). Claro es que no se trata de meter una pluma de ganso en el pecho de los religiosos, como hacen ciertos anticlericales que no saben manejar más que la de otros mil que han repetido las mismas gansadas. Pero el bueno del fraile metía su pluma de ave en el tintero y la clavaba en el papel, la metía al escribir, y el tintero, el papel y lo escrito eran cosas religiosas, por simpleza que parezca decirlo, no sólo porque eran cosas del fraile, sino porque lo que escribía era asunto religioso. Y eso de asunto religioso no es cosa puramente moral y metafísica, es físicamente trasformación de masa gris en el cerebro, de sangre en la mano que lleva y mueve la pluma, y de otras muchas cosas.

Ni deja por eso de haber metáfora ó traslación mental de idea á idea. La mente no se cuida de que en la realidad sea un hecho físico; ella relaciona dos ideas y salta de la una á la otra, considera lo religioso como el tintero, y aplica el meter la pluma á lo primero como ve que sucede en lo segundo. De hecho en el cerebro cada una de esas ideas es una molécula ó montón de moléculas grises, que al relacionarse las ideas se entrechocan, se saludan dándose una cabezada y quién sabe si se mezclan engendrando otra molécula representante de la nueva idea relativa. Lo físico no impide á lo metafísico, antes éste siempre va acompañado de aquél. Pluma, meter, lo religioso se toman desde otro punto de vista, y estos cuadros así mirados resultan otros, con cariz distinto, resultan una pluma, un meter y un religioso metafóricos, que se han trasladado, que han pasado á ser otra cosa sin dejar de referirse á lo que antes eran. Metáfora es un referirse de lo nuevamente engendrado á lo que lo engendró, de una idea hija á una idea madre. La mente es gran engendradora de relaciones, pues á relaciones se reduce el pensar. Así el pensar es un relacionar, un metaforear; el pensamiento una relación, una metáfora. ¿Cómo podía ser otra cosa el habla sino una sarta de metáforas, como lo es el razonamiento? Si la metáfora es una mentira, lo es también el pensar. El hombre por ser pensador es el gran mentiroso. Otra vez el omnis homo mendax.

¿No existe, pues, la verdad? Allá dentro de los seres, en el númeno, habrá su verdad ontológica; en el fenómeno percibido y en las relaciones entre esos fenómenos, ó en el pensar, llamamos verdad el pensar todos más ó menos de una manera, aunque ese más ó menos sea muy elástico: de hecho ya se ve que es una mentira. Y no se me tache de idealista ni de tradicionalista. Tristes visiones mira, dice Quevedo en la Musa 7. ¿Por qué tristes? Porque á fulano le entristecen. Y ¿por qué no le entristecen á mengano? Porque los dos llevan al mirarlas distintos anteojos. Las visiones no son, pues, tristes, sino la percepción de ellas en el estado anímico de fulano: subjetivismo puro. Dijera mejor mira visiones y se entristece con ellas. El acto de mirar y el de entristecerse son las únicas verdades, y esas en fulano; que en mengano no hay de qué, ni menos en mí que las escribo y en los lectores que las leen, que nos quedamos tan frescos. ¿Qué es eso de la verdad en este caso concreto? Un modo de mirar las cosas; luego, una relación. Y el relacionar algo es, es una verdad ontológica, como las demás del númeno.

De hecho eso objetivo, la relación como algo objetivo, fuera de la operación psico-física, es menos que aire, es nada, es la visión y el sujeto que la mira, dos númenos: la relación sólo tiene la entidad lógica que le damos en nuestra mente objetivándola como si fuese algo físico proyectado en un telón de conferencias, es decir, en el telón fónico de las palabras, donde lo enseña el conferenciante que habla á los espectadores que le escuchan. ¿Qué es, pues, la verdad? Una cosa que no sabemos, pues á poco que queramos cogerla se nos desliza como anguila de entre las manos. Mientras no lleguemos al plano augoeide de los teósofos y permanezcamos columpiándonos bonitamente, es decir, haciendo la plancha en el plano austral, no haremos más que un papel ridículo. Los que se meten á filosofar pierden el equilibrio y se quiebran la cabeza, dando que reir á los que nos contentamos con tomar el aire dejándonos mecer acá y allá. Ese filosofar díjose ventilar una cuestión que no admite polilla ni paja. La verdad dijo el poeta que voló hacia las estrellas. Dejémosla, pues, estar, que es tan intangible é invisible como Dios, porque no es más que Él. Todo lo demás es mentira, mal que les pese á los panteístas. Omnis homo mendax por tercera vez.

Ya irá viendo el lector que no jugueteaba yo con la ironía en mi precedente artículo, al tener por necedades las expresiones de los clásicos.

Todos mentimos de lo lindo, aunque ellos hicieron raya y nos ganaron en este entretenimiento de muchachos. Porque muchachos somos de la cuna á la sepultura, y sólo deja de serlo un momento el que un momento tiene un destello de la luz de la verdad para ver que realmente lo es.

Derramar y disipar las santas reliquias dice Pedro de Rivadeneira (V. de San Ign., 1. 2, c. 18). No hay ramas ni disipación que valgan, fuera de la mollera que encerraba en lucia calva el bueno del Padre. ¿Qué ramas, vamos á ver, se figuró el bendito autor, formadas por las santas reliquias? Si hubiera pensado en ramas, le hubiera parecido tan fuera de propósito que si á mano viene hubiera acudido á otro verbo. ¿No pensó en ramas? No, es lo más probable. Pues entonces dijo lo que no quería, pues derramar, para mí al menos, su lector, cosa de ramas es; y decir lo que uno no quería es necedad de á libra y media. Además á mí me engañó, y fué, por lo mismo, un mentiroso. Mentiroso y necio es todo aquel que echa mano de los vocablos y se porta tan gentilmente como el P. Pedro. Lo malo es que ese lo somos todos al hablar, pues tomamos y damos las palabras como moneda corriente, sin mirarle la leyenda y menos pesar su plata y cobre, y menos fundirla para examinarla y cerciorarnos de que es buena y verdadera y tiene los quilates debidos conforme á la ley de aleación. ¡Aviados estábamos, si otra cosa hiciéramos! ¿No hacemos otro tanto con todas las demás cosas? ¿Apuramos en el laboratorio cuanto llevamos á la boca? ¿Deshacemos el billete de banco para asegurarnos de si es paja de las eras ó pedazo de la camisa del Preste Juan de las Indias lo que se metió en la tina de donde salió papel para billetes de banco? ¿Hacemos un estudio, acompañados de dos ó tres ingenieros de quienes podamos fiarnos, del piso de la calle por donde vamos á pasar? ¿Sabemos si esos ingenieros, hoy fieles, no fueron ayer unos tunos de siete suelas, y que pudiera haberles quedado algo de sus antiguas malas mañas y pudieran engañarnos en el examen de la susodicha calle? Eso no sería vivir. Convengamos, pues, en que vivir es ser mentiroso y andar todo el día entre mentiras: la vida y el hombre que la vive son mentira sobre mentira; la verdad no habita por acá. Por cuarta vez omnis homo mendax.

Cualquiera diría que esto es sermón de cuaresma, y no es más que pura filosofía, forrada de lingüística poética, es decir, mentira forrada de mentira. Pero, pues de ella no podemos prescindir, dispense el lector que le haya también yo engañado con este artículo, que es una mentira más, con tal de que conceda y vea que el lenguaje, el de nuestros clásicos á la cabeza, es una hermosa, filosófica y poética mentira y un vistosísimo tejido de solemnísimos disparates. Y si no lo cree así, comprueba con su incredulidad que, pues ó él ó yo nos engañamos y disparatamos, el mundo está lleno, á lo menos mediado, de engañadores y engañados, de disparates ó extravagancias. Omnis homo mendax, ó como cantó Hesíodo: idmen pseudea polla legein etymoisin homoia.