La concordancia gramatical en el «Quijote»
Famosa fué entre griegos y romanos la divergencia de principios gramaticales que dividió á las escuelas de Alejandría y Pérgamo, y luego á los gramáticos romanos. La primera optaba por la analogía, la segunda por la anomalía. Después tomó otro giro la controversia, y los unos, continuadores de los analogistas, ponían por principio supremo las reglas; los otros, sucesores de los anomalistas, anteponían el uso, conforme al dicho de Horacio: penes quem est ius et norma loquendi. Estas dos tendencias han continuado en todo tiempo, aunque los rígidos legisladores hayan tenido que ceder generalmente, y más hoy día, cuando toda la ciencia del lenguaje se funda en el hecho averiguado é incontestable de que los idiomas son producto del pueblo, no sistema que haya salido del cerebro de un sabio, y que por consiguiente no hay leyes que valgan, si no son el resultado de los hechos reales. El habla hay que tomarla tal cual es, sin mixtificaciones de escuelas ni de teorías de los que las estudian para formular su gramática. ¿Hay que decir así, ó hay que decir asá? Todas las reglas huelgan, y la misma pregunta contiene resabios añejos. ¿Cómo se dice entre el pueblo? Tal es la verdadera pregunta, cuya respuesta le toca dar al pueblo, al uso. Y llamo pueblo á los que escriben y á los que no escriben, con tal de que los que escriben lo hagan conforme al uso de los que hablan. De aquí la autoridad de los más afamados escritores, cuyos escritos nos muestran el uso de un idioma en una época determinada. Su valor como autoridades en materia de lenguaje se funda en que todos convengan en aceptar su manera de escribir como castiza y conforme al ingenio del idioma. Si alguno, Cervantes es tenido con razón por maestro de lengua castellana.
Pero suele suceder que el reglamentarismo trasforma los fenómenos gramaticales en algunas cabezas por maneras tan suyas que, al darnos una Gramática como conjunto sistemático de dichos fenómenos reales, aparecen no pocas veces coloreados por ciertas teorías apriorísticas del gramático, de modo que en vez de ser una Gramática de tal idioma tenemos una Gramática del idioma fantaseado por Fulano de Tal. En semejantes casos urge contrastar las doctrinas en esa Gramática asentadas con los hechos verdaderos, y acudimos á los escritores de mayor autoridad, si el uso no nos despeja enteramente la incógnita.
La concordancia es uno de los asuntos que más se han resentido en las Gramáticas del subjetivismo teórico de sus autores. Se parte del principio general de que han de concordar las formas en la oración; y cuando no se halla en los hechos esa concordancia, no porque no exista, sino porque no aparece en la sobrehaz, se condenan temerariamente los hechos, sacrificándolos torpemente á la ignorancia revestida de sabia. Clemencin reprueba como viciosa esta concordancia de Cervantes: «Lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas».
Confirmaron debió decirse, puesto que el sujeto del verbo está en plural. La regla de concordancia reza que sujeto plural exige verbo plural.
Muy bien; pero ¿cuál es el sujeto de confirmó? Sin vacilar se dirá: un plural, es decir, Cardenio, don Fernando y sus camaradas. Pues permítame Clemencin que le diga de nones; el sujeto es singular, y usted no lo ve.
Viene Salvá, y efectivamente le corrige. Si el verbo precede á varios sujetos singulares ligados por la conjunción y, puede ponerse en plural ó concertar con el primero: «(Causaron ó) causó á todos admiración la hora, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba» (Cerv.) «Crecía el número de los enemigos y la fatiga de los españoles» (Solís). «Crecieron al mismo tiempo el cultivo, el ganado errante y la población rústica» (Jovellanos).
Salvá cayó en la cuenta de que nuestros autores no se atenían á la regla supuesta por Clemencin, y le dió mayores ensanches. Viene Bello, y dice: «Observando con atención el uso, se encontrará tal vez que estas dos autoridades son conciliables aplicadas á diferentes casos: que si se habla de cosas rige la regla de Salvá, y si de personas la de Clemencin: «Acaudillaba la conjuración Bruto y Casio», «Llegó el gobernador y el alcalde», son frases que incurrirían, cuando menos, en la nota de inelegantes y desaliñadas».
Todo esto por partir de una regla teórica y querer ajustar á ella los hechos, en vez de partir de los hechos, deduciendo de ellos la regla verdadera. ¿Qué es inelegancia y qué es desaliño? Negro se vería Bello para contestar á esta pregunta. El ideal de la elegancia y del aliño se pone en la regla teórica de la concordancia á lo Clemencin: no hay otra razón. Y ¿por qué ha de ser ese el ideal? El ideal del idioma, ¿lo hemos de forjar nosotros á fuerza de combinar reglas, escuadras y compases en nuestra fantasía, ó lo lleva consigo el mismo idioma?
Ni la regla de Clemencin, ni la de Salvá, ni la de Bello, se halla observada en nuestros clásicos. Cervantes pone el verbo en singular ó en plural, ya precedan, ya sigan varios nombres; véanse estos ejemplos: El buen passo, el regalo y el reposo, allá se inuento para los blandos cortesanos (I, 13, 41)[16]. El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en ellas la risa, y en el el enojo (I, 2, 5). Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no todas veces duerme (I, 15, 52). Esta marauillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro cauallero traîa... le truxo a la imaginacion una de las estrañas locuras que (I, 16, 58). Y ya se â que sabe el vizcocho, y el corbacho (I, 22, 92). A los que Dios y naturaleza hizo libres (I, 22, 92). El calor, y el dia que alli llegaron, era de los del mes de Agosto (I, 27, 121). La hora, el tiempo, la soledad, la voz, la destreza del que cantaua, causô admiracion, y contento en los dos oyentes (I, 27, 122). Orden, y mandato fue este, que me puso (I, 27, 125). No me dio lugar mi suspension y arrobamiento (I, 27, 127). Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos, que mis padres me dauan (I, 28, 134). Mas la honesta presencia de Camila, la grauedad de su rostro, la compostura de su persona, era tanta, que ponia freno a la lengua de Lotario (I, 38, 171). Es (Camila) archiuo donde assiste la honestidad y viue el comedimiento, y el recato, y todas las virtudes (I, 34, 172). Porque en el se desengaño el mundo, y todas las naciones, del error en que estauan (I, 39, 203). De lo qual quedô Camacho y sus valedores tan corridos (II, 21, 80). Con las quales quedo Camacho y los de su parcialidad pacificos y sossegados (II, 21, 81). Consolado pues y pacifico Camacho y los de su mesnada (ídem). La esplendida comida y fiestas de Camacho (ídem). Y el con otro auian entrado en el monasterio (I, 36, 193). Otro, y otro le sucede (I, 38, 200). Yo me auendre con quantas espias, y matadores, y encantadores vinieren (II, 47, 176). Y aunque la hambre, y desnudez pudiera fatigarnos a vezes (I, 40, 208). Auia el, y todos nosotros de tener libertad (I, 40, 210). Y que podria ser, que el poco animo que aquel tuuo en el tormento, la falta de dineros deste, el poco fauor del otro, y finalmente el torcido juyzio del juez, huuiesse sido causa de vuestra perdicion (I, 22, 92). Las donzellas, y la honestidad andauan... por donde quiera, sola y señera, sin temer que la agena desemboltura y lasciuo intento la menoscabassen (I, 11, 34).
Este último ejemplo, y los demás en que el adjetivo parece chocar, prueban manifiestamente que tales concordancias nacen de tener solamente presente el vocablo más cercano, prescindiendo de los demás. No pueden atribuirse á erratas de imprenta los casos en que se falta á las leyes de los dichos gramáticos, porque son innumerables. Hay que confesar que Cervantes, siguiendo en esto al habla vulgar, no tenía por descuido, sino por ley, el concordar el verbo y el adjetivo con el sustantivo más cercano, en singular, prescindiendo de que precedieran ó siguieran otros sustantivos. Así en: «de lo qual quedó Camacho y sus valedores tan corridos», el verbo va en singular y el adjetivo en plural; ejemplo bien instructivo y fehaciente.
Son descuidos de Cervantes, se dirá. Pero es que en todos los clásicos se halla lo mismo.
Nuestros clásicos eran muy descuidados.
Entonces ¿para qué sirve la autoridad de los clásicos? ¿Para aceptar lo que nos guste y desechar lo que nos disguste? En ese caso no son ellos los que forman autoridad, sino nosotros, nuestro gusto, nuestras reglas à priori. Será más correcto lo contrario á nuestros clásicos. Pero ¿á qué se da el nombre de corrección? ¿Á lo que pueden legislar algunos gramáticos atendiendo á una lógica que ellos à priori se han forjado? Lo correcto en el habla es lo que se usa por brotar del ingenio del idioma. ¿Y por qué hemos de creer que es lógico lo que à priori se fantasea, y hemos de tener por poco lógico lo que el habla da de sí? Tan lógico es que la mente atienda tan sólo al sustantivo más cercano, para concordar con él el verbo ó el adjetivo, como que atienda á la suma total de sustantivos de la oración. El verbo ó el adjetivo se refiere en el primer caso tan sólo al sustantivo inmediato, y se suple el verbo ó el adjetivo de los demás sustantivos; en el segundo caso todos los sustantivos forman un todo lógico plural, con el cual concuerda el verbo ó el adjetivo. Esto es lo que no han considerado los gramáticos aludidos. Los hechos son muy respetables, harto más respetables que todas nuestras filosofías, que si en ellos no se fundan, se reducen á burbujas fantasmagóricas, á entes de razón. Esos entes de razón los creen sus autores de carne y hueso, los niños los aprenden á conocer por sus nombres en los bancos de la escuela, se familiarizan con ellos y, llegados á mayores, les parece oir una necedad de chiflados si alguien les dice que no hay tal. Esa necedad es la que acabo yo de decir. Yo mismo, como todos los demás, he creído por largo tiempo en tales patrañas, condecoradas con el rimbombante calificativo de reglas gramaticales. Cercioréme al cabo de su falsedad, busqué el origen que les dió la existencia, y no lo hallé. ¿Quién ha inventado leyes de concordancia tan acatadas? Del castellano no han salido. ¿Vendrán acaso del francés? El francés dicen que es muy lógico y muy claro. De la lógica ya he hablado. Esa claridad del francés se me antoja á mí como la del agua; pero... mejor es el vino que el agua, como dice el dicho vulgar. La claridad, cuando proviene de pobreza de elementos y de rigidez de movimientos, no es cosa muy de alabar. Eso es como el hombre libre que envidia al encarcelado, porque todo lo tiene conforme á ordenanza, de antemano. Prefiero la libertad castellana, que es tan lógica como el libre pensamiento.
No faltará alguno que crea que esas reglas de concordancia no son exclusivas de nuestros gramáticos, sino naturales, necesarias en toda lengua culta, y aun quién sabe si se llegará á sospechar que existían en latín. No estará, pues, de más advertir que en latín no existen semejantes trabas. Dice Cicerón (Ad famil., 9, 18, 2): «Pompeius, Lentulus tuus, Scipio, Afranius foede perierunt»; pero también escribe (De offic., 1, 13, 81): «quom tempus necessitas que postulat». Terencio (Andr., 54): «aetas, metus, magister prohibebant»; pero también (Ad., 340): «tua fama et gnatae vita in dubium veniet». Lo mismo precediendo el predicado: «in omnibus rebus difficilis optima perfectio atque absolutio» (Cic., Brut., 36, 137); «dixit hoc apud vos Zossipus et Ismenias, homines nobilissimi» (Verr., 3, 42, 91).
Y no hay autor latino que no tenga idéntico criterio. César (De bello gal., 2, 19, 1): «ratio ordoque agminis aliter se habebat». Salustio (Cat., 52, 6): «libertas et anima nostra in dubio est». Livio (10, 20, 10): «caedes ac tumultus erat in castris». Tácito (Hist., 475): «urbem atque Italiam interno bello consumptam (esse)».
¿De dónde, pues, se ha sacado tan tradicional y consagrado principio de concordancia? No es fácil averiguar quién fuese el primero que dió en él, porque todos los gramáticos, salvas raras excepciones, parece que han llevado unas mismas antiparras. De dónde se haya sacado ya es más fácil decidirlo: del espíritu apocado y atado de los del oficio.
Vamos á poner ahora de manifiesto la necedad de esa estrecha regla, para hacer ver que no sólo el uso, sino también la lógica del castellano va contra ella. Porque cada lengua tiene su lógica, que es la del pensamiento del pueblo que la habla; si no, la Gramática de todas las lenguas sería idéntica. Hay una lógica universal del pensamiento humano; pero dentro de ella existen tantas lógicas particulares como lenguas, y dentro de cada lengua tantas como individuos. Mi lógica no es la de Clemencin, Salvá y Bello, por lo menos en el punto de que tratamos y en otros varios. No se trata aquí de examinar cuál es la mejor; veamos la lógica castellana respecto de la concordancia, que es lo que hace al caso.
En castellano, el verbo de la proposición principal, que tiene por sujetos subordinados dos ó más proposiciones, va necesariamente en singular: aora me falta rasgar las vestiduras, esparzir las armas y darme de calabaçadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que te han de admirar (I, 25, 111). Aquí hallamos la misma ley que acabamos de ver en los ejemplos de Cervantes, donde los gramáticos sólo hallan un descuido intolerable. Sujetos de falta son esos tres infinitivos, como lo son partida y locura del verbo va en este otro ejemplo: Y en verdad señor cauallero de la triste Figura, que si es que mi partida, y su locura de v. m., va de veras, que sera bien tornar a ensillar a Rozinante, para que supla la falta del ruzio (I, 25, 110). Puédese decir «faltan la escopeta y los perdigones», ó «falta la escopeta y los perdigones», por lo menos tal es la concordancia cervantina. Qué extraño se diga: «falta rasgar... esparcir... y dar». Y á la verdad, tan nombre es el infinitivo como otro cualquiera, sobre todo como el abstracto locura y el de acción partida, que equivale á partir.
Pero aun fuera de los infinitivos, la ley es general: lo más acertado será..., que cortes algunas retamas..., y las vayas poniendo de trecho en trecho (I, 25, 115). Ten memoria: y no se te passe della, como te recibe, si muda los colores el tiempo, que la estuuieres dando mi embaxada, si se desasossiega, y turba, oyendo mi nombre, si no cabe en la almohada... (II, 10, 32). El verbo singular con varias subordinadas que hacen de sujeto.
Sólo va el verbo en plural cuando los sujetos, por indicarse reciprocidad, deben separarse en la mente como distintos, ó cuando hay sustantivo predicativo plural: «Holgazanear y aprender son incompatibles», «Sentir y moverse son cualidades características del animal».
Otro caso. El verbo puede ir en singular ó en plural, cuando varios sujetos, ya le precedan, ya le sigan, van unidos con la conjunción ni; pero si con el primero va no, y con los demás ni, el verbo sigue al no, concertando con el primer sujeto, y subentendiéndose, al modo antes dicho, con los demás. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas... no le desengañauan (I, 16, 58). Hombre, ni gigante, ni cauallero de quantos v. m. dice, parece por todo esto, á lo menos yo no los veo (I, 18, 68). No te ygualo en ligereça el Hipogrifo de Astolfo, ni el nombrado Frontino (I, 25, 110).
El verbo puede ir en singular ó en plural cuando varios sujetos, ya le precedan, ya le sigan, van unidos con la conjunción ó: qual auia sido mejor cauallero, Palmerin de Ingalaterra ó Amadis de Gaula (I, 1, 2). Alguna fuente, o arroyo, que estas yeruas humedece (I, 20, 75). El tiempo ô la muerte ha de acabar el enojo de sus padres (I, 21, 88).
Está visto que en todos estos casos puede ir el verbo en singular, subentendiéndose con los demás sujetos. Tal es la razón de permitirse el singular en Cervantes, aun cuando los varios sujetos estén unidos con y ó no lleven conjunción alguna. Y esa razón general no es otra más que el concordar el verbo con un solo sujeto, el más próximo, supliéndose con los demás.
Preguntábamos al principio: ¿cuál es el sujeto en esos casos? Sólo el próximo al verbo; los demás lo son de los verbos que se omiten.
Y es que la elipsis juega un gran papel en el habla, y más en castellano. La ley de la economía rige en el habla lo mismo que en los demás fenómenos del universo.
Cualquier parte de la oración se omite una vez empleada con el primer sustantivo, ya precedan, ya sigan, los demás, á no ser que se pretenda hacer resaltar, que entonces se repite cuanto se quiera. Mudar esse seruicio y montazgo (I, 22, 94); en vez de: esos servicio y montazgo; ó de: ese servicio y ese montazgo. El llagado y falto de sueño (I, 26, 119); en vez de: el llagado y el falto de sueño, que precisamente indicaría ser dos distintos. Falto de todo buen sentido, y conocimiento (I, 27,123); en vez de: falto de todos buen sentido y conocimiento, ó de todo buen sentido y de todo conocimiento. Començô su lastimada historia, casi por las mismas palabras, y passos que (I, 27, 124); en vez de: con las mismas palabras y los mismos pasos, ó con los mismos palabras y pasos. No porque no tuuiese bien conocida la calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda (I, 27, 124); en vez de: conocidas, ó conocida la calidad, conocida la bondad, etc. Daua el harriero a Sancho, Sancho a la moça, la moça a el, el ventero a la moça (I, 16, 59); en vez de: daban el arriero á Sancho, Sancho á..., ó daba el arriero á Sancho, daba Sancho á, etc.
Pueden, sin embargo, ir en plural los mismos, los dichos, los referidos, etc., ante varios nombres propios ó apelativos de persona. «Los mismos Antonio Pérez y hermanos», «Las referidas madre é hija», «Los magnánimos Isabel y Fernando». Pero es porque en la mente se toman como un todo compuesto de varios, y por consiguiente, como un todo plural.
La tendencia entre literatos hoy día es á emplear en plural el verbo ó el adjetivo que se refiere á varios sujetos. Esta tendencia existía también en tiempo de Cervantes, ó mejor dicho, entonces había libertad en el empleo del singular ó del plural. La tendencia moderna se debe á los gramáticos que han enseñado esa regla del plural. Esa no es razón para tener lo contrario en Cervantes por descuido. Esos gramáticos han atado la construcción castellana. ¡Gran servicio, por cierto! Y esa atadura la tienen por más lógica, digo mal, por únicamente lógica. Lo será, como he dicho, en la lógica de tales gramáticos, no en la lógica castellana, que de suyo es libérrima, y nos la están trabando en muchas cosas que es una compasión. Pero campee la verdad, ante todo. Cervantes no puede ser tachado de descuidado por esa libertad, como ni por otras parecidas. Ni esa regla debe constar en las gramáticas como regla del castellano, sino como tendencia moderna, y como tendencia debida al artificio literario y nacida en la hueca mollera de dómines sandios y cortos de vista.
Eso de llamar descuidos á lo que no se ajusta con nuestras reglas, aun en el caso de que éstas fueran reflejo de la realidad de los hechos, indica, por lo menos, aviesa manera de concebir el lenguaje.
El lenguaje vive en continua evolución, y lo que hoy nos parece mal ó descuido, estaba bien en otra época. César fué un descuidado, un tío Calzorras, pues nunca usó medias á pesar de que Suetonio le tilde de extremadamente esmerado en su manera de vestir. Eso se dice, cuando se tacha de descuidado á Cervantes en cosas que eran del habla de su tiempo y que no lo son del habla actual. Porque, cuando se trata de puntos como el que acabo de exponer, lo que hay que decir es que nuestros mayores no iban á aprender el castellano á París para que les pusiesen trabas, tenidas por muy lógicas, en su hablar; y que nuestros gramáticos y escritores, desentendiéndose del habla del pueblo, que es el habla castellana, se han ido fuera de casa á traer modas que no ajustan á nuestro talle.
NOTAS:
[16] El primer número es del capítulo, el segundo del folio de las ediciones de Cuesta de 1608 y 1615.