Ortología castellana

Por no corresponder con una crítica tal vez algo dura, aunque no nada apasionada, sino sincera, á la atención que tuvo el autor del libro de que voy á hablar regalándome un ejemplar, no quise publicarla cuando la escribí hace unos meses. Algunos amigos han creído que sería de algún provecho para la prosodia y versificación, mayormente después que han publicado sus reparos D. Julio Calcaño, el P. Aicardo y el P. Juan Mir y contestádoles su autor en «El Siglo Futuro». Allá va, pues, tal como la escribí á raíz de la publicación del libro.

Con el título de Ortología clásica de la lengua castellana acaba de publicarse un libro de 380 páginas, precedido de una carta de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Su autor, D. Felipe Robles Dégano, es buen amigo mío, Presbítero, que ha enseñado Gramática, de ingenio sutil, trabajador incansable, muy dado á los estudios escolásticos de filosofía y teología, y castellano de la provincia de Ávila. Todo esto había que decirlo para formarse idea de una obra que merece estudiarse y criticarse. No por ser amigo mío trato de darle bombo, ni dejaré de juzgarle con toda libertad. Como Presbítero y muy escolástico, tiene un estilo que más es de otros tiempos que del nuestro, el silogístico en toda su desnudez, con sus teorías de la materia y forma, del supuesto, etc., etc., que aduce á veces á modo de comparación para aclarar algunas ideas, que son más claras que esas vetustas y abstrusas teorías, por lo menos para los que no tenemos la sutileza de ingenio de mi buen amigo. No obstante esto, su dicción es clarísima, sin pretensiones y al alcance de todos.

Fuera de España, cuando un autor ha trabajado acerca de un punto cualquiera de una ciencia con particular estudio, y ha dado en algo nuevo, digno de que se publique, escribe un artículo ó una monografía, que, por lo mismo, las hay interesantísimas y á veces son fruto de la labor de varios años. Por acá en España es achaque bastante general no contentarse con eso, sino rellenar un libro tratando de toda la ciencia, con lo cual se consigue formar un tomo, en el que fuera de la novedad descubierta por el autor, todo lo demás se reduce á repetir mejor ó peor lo que contienen ya otros libros. Algo de esto le ha pasado al Sr. Robles. Si en vez de escribir una Ortología completa, hubiera redactado una monografía sobre el diptongo y la diéresis en nuestros poetas de la época clásica, es decir, si se hubiera ceñido al libro cuarto de su obra, hubiera hecho una obrita, en la cual nada habría que criticar, y sólo sí, muchísimo que alabar. La Ortología de Robles es un pajar, en el que ha enterrado una perla. Hablemos antes del pajar, para que el lector no pierda tiempo ni se impaciente al tener que hojear 211 páginas, ó sean los tres primeros libros, sin hallar nada que merezca la aprobación que le da el Sr. Menéndez y Pelayo. Por ella y por lo que yo conocía al autor comencé á leer la obra muy en su favor. La desilusión fué horrible. Ya iba á soltar el libro de las manos, cuando di en la perla, que es el libro cuarto.

La Ortología trata de la pronunciación. La divide el autor en Ortología fonética (l. 1.º), rítmica (l. 2.º), prosódica (l. 3.º), silábica (l. 4.º), retórica ó periódica (complemento). Los tres primeros libros no están al nivel de los conocimientos actuales. El autor parece desconocer las hondas cuestiones, tan traídas y llevadas, acerca de cada letra, su ortografía y su sonido en las épocas pasadas. Define la sílaba: «el sonido ó conjunto de sonidos que se emiten á la vez en cada articulación de la voz» (p. 33). En cada articulación de la voz sólo puede emitirse un sonido; no varios, lo cual es indispensable para que haya sílaba. Inventa un nuevo término, el de azeuxis, para indicar «la contigüidad de dos vocales que naturalmente no se unen para formar una sílaba»: esto se ha llamado siempre diéresis. El término adiptongo del Sr. Benot lo critica el autor en razón de que no se trata, de no dos sonidos, que es lo que el término significa. Pero el término diptongo etimológicamente sólo vale dos sonidos; y una vez convenidos en la acepción, no etimológica, sino usual, de diptongo, la unión de vocales que no lo forman puede muy bien llamarse a-diptongo. Hay otras muchas definiciones que nada tienen de nuevo, y algunas que no hacen al caso para la Ortología. Menos nuevo tienen las observaciones sobre la pronunciación y la ortografía de cada sonido y letra. El criterio es aquí el vulgar de la Academia, ó más vulgar todavía. Alaba el que se ponga la p antes de t y c, como en Septiembre; llama viciosa la omisión de la d en colorao; de la diferencia entre ç y z sólo dice que «antiguamente usaban también una c con una coma ó virgulilla», sin añadir qué sonido tenían estas dos letras; dice que es defecto decir leción, etc., como todo el mundo dice y como dijeron los clásicos de cuya Ortología trata; afirma que la pronunciación de la j la hemos tomado de los árabes; asevera que ch y ye «se pronuncian con la misma articulación», y que la articulación de la ñ «tiene grande semejanza con la y»; corrige lo que enseña la Academia acerca de la antigua aspiración de la h, diciendo que «desde muy antiguo comenzó en España á suprimirse la aspiración», cuando precisamente existió desde el origen del castellano hasta mediado el siglo XVI; dice que es vicio el suprimir la n en ins, ons, uns, como la suprimen todos los castellanos y la suprimían los clásicos. Como se ve, esta Ortología ni es la de la época clásica ni la de la Castilla actual: es la Ortología de algunos eruditos latinizantes, que pronuncian el latín, no como lo pronunciaban los romanos, sino como suena articulando todas las letras, tal como están escritas, y trayendo al castellano esa artificial pronunciación. En el libro segundo sólo se mientan las ideas más comunes sobre el consonante y asonante, y el acento en los versos. En el libro tercero trata del acento; pero mezcla muchas cosas de pura Morfología, sobre todo un completo tratado del Verbo, que dice tenía escrito hacía algunos años, todo ello conforme á las ideas vulgares de las Gramáticas más adocenadas. Como buen castellano, aboga por los pronombres la, las, dativos femeninos; no ve con buenos ojos el lo masculino, y prefiere los para los dos casos dativo y acusativo. Más castellano todavía se muestra al defender que los posesivos mi, tu, su con nombre se acentúen; cuando precisamente por ser enclíticos atómos se abreviaron, y á nadie le gustaría que confundiendo el posesivo con la expresión apositiva le dijeran: cuando tú caballo, en vez de cuando tu caballo. Ni este abuso de Castilla ni otras cosas, que el autor pretende probar con los versos, quedan con ellos probadas, pues suenan tan bien y mejor sin acentuar las enclíticas.

Tocante á etimologías, el autor pertenece á la antigua escuela. Prosa dice que viene de porro versa ó proversa, litera de linere litum, palabra no de parabola, sino de hablar, añadiendo al tema fal el sufijo abra (abrum en latín), pabilo de pábulo, con lo cual canoniza el que se pronuncie pábilo, como jamás sonó hasta que los doctos le dieran esta falsa etimología, por lo cual autoriza la Academia las dos maneras de decir pábilo y pabilo.

Acerca de la acentuación que los clásicos dieron á ciertos términos, desconocidos de pueblo y no castellanos de buena cepa, es curiosa la estadística que trae el autor; pero no forma autoridad para el día de hoy, pues han ido cambiando á veces su acentuación por ir entrando en la turquesa prosódica propia del castellano, conservando otras la acentuación etimológica, ó siendo dudosas por el conflicto entre ambos principios. Ambrosía se dice hoy, por el ambrósia de entonces, que seguía al latín; Anacréon no lo diría hoy nadie, como lo decían nuestros clásicos siguiendo al griego; Anibál, Asdrubál, Amilcár, Tubál, decían ellos siguiendo la tendencia castellana á tener por agudos los terminados en consonante en vocablos cuya acentuación originaria no era manifiesta; areopágo petréa, por ser graves los terminados en vocal; á cércen decían conforme á la etimología, hoy á cercén según la tendencia castellana; océano y oceáno luchando los dos criterios; pénsil, réptil antiguamente conforme á la etimología, como débil, fácil, hoy pensíl, reptíl conforme á la tendencia castellana.

Pero supongamos que toda esta paja sólo sirve para resguardar la alhaja del libro cuarto, y vengamos ya á ella. El fruto de nueve años de estudio del autor ha sido poder deducir de los versos de los autores clásicos ocho reglas, que rigen la diptongación de su métrica.

La regla fundamental es: «Toda combinación de vocales átonas es siempre diptongo». Su razón de ser está en la tendencia del castellano á formar diptongo siempre que puede. Los antiguos versificadores hacían poco caso del habla genuinamente castellana: la poesía era una obra erudita que podía no tener en cuenta la pronunciación vulgar, y así las diéresis se menudeaban; el caso era que constara el verso, estirando ó aflojando la pronunciación para que el verso tuviera su longitud necesaria. El movimiento clásico, iniciado por Lope, arraigaba en lo más vulgar y nacional, y la regla dicha se observó hasta Pitillas, Villaroel y N. Moratín. Decíase óidóres, réiréis, óiré, réiterár, críádór, húirán, etc.

Regla 2.ª. «Toda combinación de fuerte tónica con débil átona es siempre diptongo»: ái, éi, ói; áu, éu, óu. La razón es la misma tendencia dicha, siendo todos diptongos castellano-vulgares, menos el último.

Regla 3.ª. «Toda combinación de vocal tónica con fuerte átona es azeuxis», es decir, diéresis, no diptongo. En efecto, es principio del castellano el que para que haya diptongo ha de llevar el acento la vocal más fuerte, ó sea gruesa, a, o, e, respecto de u, i, que son las débiles ó delgadas. No pueden, pues, formar diptongo:

, , ; ía, íe, ío;
, , ; úa, úe, úo,

que son las combinaciones del castellano vulgar; en el erudito siguen la misma tendencia las combinaciones áa, áe, áo; , , ; éa, ée, éo; , , ; óa, óe, óo; , , . Estas combinaciones desaparecieron en castellano vulgar, como explico en la Lengua de Cervantes (Fonética), donde están expuestos los principios de la diptongación castellana.

Regla 4.ª. «Toda combinación tónica de dos vocales débiles es azeuxis», es decir, no diptongo: úi, íu; , , , . En castellano vulgar sólo forman diptongo las gruesas con las débiles, es decir, a, o, e con u, i, y u, i entre sí, por ser u gruesa respecto de i. Vulgarmente , forman diptongo: fuí, viúda, y así suenan por regla general en los clásicos por confesión del mismo Robles, contra su regla. En otros términos no vulgares, y en los grupos , , sólo eruditos, los poetas hicieron lo que se les antojó. La inducción no puede hacerse por lo raro de estos términos; de fortuito no hay, dice, ejemplo; de gratuito dos, uno con esdrújulo, otro con sinéresis. Diptongos son Ruy, muy, triunfo, viuda, monsiur, agüita, buitre, cuido, cuita, Luis, Monjuí, fuí, que son los vocablos vulgares y conocidos, no menos que juicio, ruido, ruin, ruina.

La regla 4.ª, no creo, por consiguiente, que deba admitirse.

Regla 5.ª. «Toda vocal débil forma azeuxis con la vocal tónica siguiente, cuando cada una pertenece á distinto elemento componente». Pero el pueblo en España diptonga siempre estas combinaciones: cariharto, diez y ocho; los ejemplos aducidos sólo prueban que los poetas hacían también mangas y capirotes de la pronunciación vulgar.

Regla 6.ª. «, son siempre azeuxis, si no van detrás de consonante gutural». Esta regla va también contra la tendencia castellana vulgar, que diptonga siempre estas combinaciones, hasta el punto de haber perdido la u los vocablos latinos que pasaron al castellano vulgar. La estadística que trae el autor no decide nada más, sino que nuestros poetas emplearon preferentemente la diéresis en suave, suntuoso, virtuoso, etcétera, por seguir la tendencia latina, creyendo así pronunciar fino, como algunos pedantes hoy día.

Regla 7.ª. «, derivadas de ía, ío, ó adyacentes á la primera consonante (ó combinación primera de consonantes) del vocablo, son también azeuxis». De esta regla digo lo mismo que de la anterior.

Regla 8.ª. «, , fuera de los casos dichos, y las combinaciones , no derivadas de azeuxis, son generalmente diptongos». Es conforme á la tendencia castellana de que las débiles con gruesas acentuadas formen diptongo.


Los principios de la combinación castellana del habla vulgar, tales como se desprenden del estudio fonético (La Lengua de Cervantes), se reducen á estos:

1.º. Toda agrupación de vocales, sin acento, forma diptongo. Tal es la 1.ª regla del autor, seguida también por los poetas, aunque con excepciones.

2.º. Toda agrupación de vocales, forma diptongo, si el acento va sobre la gruesa; y no lo forma, si va sobre la débil.

Tal es la razón de la 2.ª y 3.ª reglas, con excepciones entre los poetas.

3.º. Los grupos , forman diptongo vulgarmente; en los poetas hay variedad.

4.º. Los grupos , , ; , , son diptongos vulgarmente, como que entran en el principio 2.º. Los poetas tendieron algo á la diéresis del latín literario en ciertos casos.

5.º. En castellano vulgar las combinaciones de vocales son las gruesas a, o, e con las débiles u, i, ó estas dos entre sí, considerándose u como gruesa, i como débil; cuando por u, i había o, e, se convirtieron en u, i. Los poetas admiten vocablos con cualesquiera combinaciones de vocales, porque son vocablos extranjeros que emplean sin pasarlos por la hilera fonética del castellano.

¿Qué deducir, pues, del estudio del Sr. Robles? Que el método es excelente, puesto que ha formado una trabajosísima estadística con los datos de la Biblioteca de Rivadeneira, la cual, sea dicho de paso, no siempre es exacta en sus textos. Que de esta labor ha sacado las tendencias de nuestros poetas clásicos, en parte conformes al ingenio del castellano, en parte conforme al ingenio del latín literario y contra el castellano.

Pero hoy día la tendencia es á seguir el ingenio del castellano, expuesto en los principios precedentes, y á considerar como licencias poéticas los casos en que se va contra él. Lo cual es muy de alabar, no cabe duda. No son, pues, nuestros clásicos los que tuvieron en esta parte más cuenta con la sonoridad de nuestro idioma, como declara el autor, ni han de ser en ello imitados: la sonoridad del castellano pende precisamente de sus propios principios fonéticos, no de los del latín, que en este punto son menos perfectos y naturales, como puede verse por lo expuesto en La Lengua de Cervantes.

Al fin y al cabo, pedantismo fué anticastellano en nuestros poetas el sacar de quicio el silabismo castellano, por acercarlo al latino. Sólo pueden alabar el hecho los que piensan que la perfección de nuestro romance está en llevarlo por esa orientación, en latinizarlo. Para los lingüistas, que saben apreciar los idiomas como organismos que se desenvuelven conforme á principios propios, todo eso no es más que pedantería, artificio, hibridez, confusión y degeneración.