ESCENA IX.
D. CARLOS, CALAMOCHA, RITA.
D. Car.
¡Quitármela! (Paseándose con inquietud.) No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero!... Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.
Calam.
(Sale Calamocha por la puerta del foro.) Pues señor, tenemos un medio cabrito asado, y... A lo menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, sin anapelos, ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no hay mas que pedir. Pan de Meco, vino de la Tercia... Con que si hemos de cenar y dormir, me parece que seria bueno...
D. Car.
Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
Calam.
Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
(Sale Rita por la puerta del foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta.)
Rita.
¿Quién quiere sopas?
D. Car.
Buen provecho.
Calam.
Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito, levante el dedo.
Rita.
La real moza se ha comido ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(Éntrase en el cuarto de Doña Irene.)
Calam.
Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.
D. Car.
¿Con que vamos?
Calam.
¡Ay! ¡ay! ¡ay! (Calamocha se encamina á la puerta del foro y vuelve: se acerca á D. Cárlos, y hablan con reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simon.) ¡Eh! chit, digo...
D. Car.
¿Qué?
Calam.
¿No ve usted lo que viene por allí?
D. Car.
¿Es Simon?
Calam.
Él mismo... ¿Pero, quién diablos le?...
D. Car.
¿Y qué haremos?
Calam.
¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia para que?...
D. Car.
Sí, miente lo que quieras... ¿A qué habrá venido este hombre?