CANTO NONO
En la ciudad se estaban muy de asiento
los dos sin disponer de la hacienda,
que los moros con maña y falso intento
hacen que nadie compre ni les venda:
quieren con engañoso fingimiento
los nuestros detener con esta prenda
hasta que fuese tiempo que viniesen
las naos de Meca, que éstas deshiciesen.
En el seno Eritreo, do fundada
fué Arsinoe del egipcio Ptolomeo,
del nombre de su hermana así llamada,
trocada en Suez, perdido ya su arreo,
cerca del puerto está Meca, nombrada
por una falsa fama y devaneo
que afirma haber en ella la profana
corriente religiosa mahometana.
Gidá se llama el puerto donde el trato
de todo el mar Bermejo florecía,
de que lleva provecho grande y grato
el soldán que esta tierra poseía:
de aquí dos malabares, por contrato
del infiel, la bella compañía
de naos por el mar Índico y extraño
por droga al puerto viene cada un año.
Aquestas naos los moros esperaban,
que, como grandes eran y famosas,
a las que su comercio salteaban
desharían con llamas polvorosas:
tanto en este socorro confiaban
que del Luso no quieren ya más cosas,
sino que tanto tiempo allí tardase
que la flota de Meca la saltease.
Mas el gobernador de cielo y gentes,
que para lo que está determinado
siempre provee de medios convenientes
por donde tenga efecto lo asentado,
influyó aquí piadosos accidentes
de afición en Monzaide, que guardado
estaba para dar al Gama aviso
y merecer con esto el Paraíso.
De éste los moros nunca se guardaban
por ser moro como ellos, antes era
participante en cuanto maquinaban:
la traición descubrió nefanda y fiera:
muchas veces las naos que al mar estaban
visita, y con piedad bien considera
el daño y sinrazón que se le ordena
por la maldita gente sarracena.
Al Gama informa de las naos y armadas
que de Meca aquí vienen cada un año,
que ahora son por todos deseadas
para ser instrumento de este daño:
de armas y gentes vienen pertrechadas
allanando en el mar cualquiera extraño,
y que puede ser de ellas oprimido,
según estaba mal apercibido.
El Gama, que también consideraba
el tiempo que al partir le incita y llama
y que del rey despacho no esperaba
mejor, porque a los moros cree y aun ama,
los factores venir luego mandaba,
sin que de su venida vuele fama,
porque ella la tornada no la impida,
la cual quiere que hagan escondida.
Pero no tardó mucho que volando
un rumor comenzó luego a sonarse
que fueron los factores presos, cuando
se supo en la ciudad querer tornarse:
la fama a las orejas penetrando
del capitán, buscó cómo vengarse,
y presa hace en unos que vinieron
a vender pedrería que trujeron.
Eran estos tratantes los mayores
de Calicut, por ricos conocidos:
su falta la sintieron los mejores
y el estar en la flota detenidos:
en las naos ya están trabajadores
volviendo el cabrestante, repartidos
al trabajo: unos tiran de la amarra,
quiebran con duro pecho otros la barra.
Cuélganse otros del mástil y desatan,
la vela que con grita se soltaba,
cuando con mayor grita al rey relatan
cómo ya nuestra armada se aprestaba:
las mujeres e hijos que se matan
de aquellos que van presos, donde estaba
el Samorín, se quejan ser perdidos
los padres de unos, de otras los maridos.
Envió los factores Lusitanos
con toda su hacienda libremente,
a pesar de los perros mahometanos,
porque el capitán suelte aquella gente.
De los presos lavaba el rey sus manos
con excusas de un hecho así indecente:
con verlos se holgaron, y tornando
los negros, van al viento velas dando.
Vase la costa abajo, porque entiende
que en vano con un rey tal trabajaba
establecer el feudo que pretende
por firmar los comercios que trataba;
mas como ya la tierra, que se extiende
al Aurora, sabida la dejaba,
a su patria se vuelve dulce y cara,
señal llevando de la que hallara.
Malabares algunos que tomados
fueron de los que el rey había enviado,
con los factores nuestros libertados;
y la pimienta y clavo que ha comprado;
de especie varios géneros juntados,
la seca flor de banda, y nuez que ha hallado
en Maluco famoso, y la canela,
con que así de Ceilán la fama vuela.
Esto todo alcanzó por diligencia
del Monzaide fiel que lo procura,
el cual por la divina Providencia
a Cristo se volvió de su locura;
africano feliz, que la clemencia
divina lo sacó de niebla obscura
y lejos de su patria halló manera
con que a la patria suba verdadera.
De la costa apartándose, se acuesta
al peligroso mar vuelta la proa,
do de Buena Esperanza estaba puesta
la meta, más temida que Lioa:
llevan alegres nuevas y respuesta
de la parte oriental para Lisboa,
emprendiendo otra vez los duros miedos
del mar incierto, tímidos y ledos.
El llegar a su patria dulce y cara,
a sus caros penates y parientes,
el contar la derrota larga y rara,
los varios cielos, climas, tierras, gentes,
el alcanzar el premio que ganara
por tan graves trabajos y accidentes,
es a cualquiera un gusto tal, que el pecho
y corazón para él es vaso estrecho.
Pero la diosa Cipria, que abogada
ha sido de los Lusos largos años,
del padre eterno, y por buen genio dada,
para les evitar males extraños,
la gloria por trabajos alcanzada,
la recompensa de los graves daños
les andaba ordenando, y pretendía
darles en tristes mares alegría.
Después de haber un poco revolvido
consigo, el largo mar que navegaron,
las graves penas que por el nacido
en tierra de Anfión se les causaron,
ya traía de atrás en el sentido
para premio de cuanto mal pasaron,
buscar algún deleite, algún descanso
en el reino del mar líquido y manso.
Algún reposo, en fin, con que pudiese
refocilar la gente tan cansada
de la navegación, como interese
de la vida en el mar triste pasada.
Parécele ser justo que se diese
cuenta a su hijo, cuya flecha airada
a los dioses abaja al vil terreno,
los hombres sube al cielo más sereno.
Aquesto imaginado, determina
sosiego darles en la grande anchura
con alguna fingida isla divina
matizada de flores y frescura,
cual las tiene en el reino que confina
con el que al hombre fué de poca tura,
fuera de las que tiene soberanas
adentro de las puertas herculanas.
Quiere que las acuáticas doncellas
allí esperen los ínclitos varones,
las hermosas que dan gloria con vellas
y con la gloria dan pena y pasiones;
con danzas y con fiestas, porque en ellas
influirá secretas aficiones,
porque con más presteza sean cazados
los pechos del amor siempre llagados.
De aquesta maña usó para que fuese
el que parió de Anquises recibido
en tierra, que do un cuero se extendiese
labró la enamorada y triste Dido.
El hijo va a buscar que esto supiese,
que su poder está puesto en Cupido,
que como le ayudó en aquella liga,
quiere que en ésta ahora ayude y siga.
Las aves junta al carro que en la vida
las exequias de muerte están cantando,
y aquellas en que fué ya convertida
Peristea, las flores apañando.
En cerco de la diosa, ya partida,
se van lascivos besos todas dando:
ella por donde pasa, el aire, el viento,
sereno hace con su movimiento.
A los Idalios montes se desciende
do su flechero hijo acaso andaba
ayuntando otros muchos, que pretende
expedición hacer soberbia y brava
contra el caduco mundo, porque enmiende
errores en que ha mucho que se estaba,
amando cosas que le fueron dadas,
no para ser amadas, más usadas.
Ve Acteón en caza tan austero,
ciego de una alegría bruta, insana,
que por seguir un feo animal fiero
huye la gente y bella forma humana,
y por darle un castigo cruel, severo,
la belleza le muestra de Diana,
y guárdese no sea consumido
de los perros y galgos que ha querido.
Del mundo ve los grandes y señores
que nadie en el bien público imagina,
ni tienen a otra cosa alguna amores
si no es a sí o a quien Filaucia inclina:
ve que los que frecuentan como oidores
las salas, por la buena y fiel doctrina
vencen adulación, que mal consiente
limpiarse el nuevo trigo floreciente.
Los que deben tener a la pobreza
amor, y al pueblo caridad ferviente,
aman sólo los mandos y riqueza,
fingiendo la justicia exteriormente:
de fea tiranía y aspereza
hacen derecho, y lo que más se siente,
las leyes en favor del rey se hacen,
las en favor del pueblo se deshacen.
Ve al fin que ninguno ama lo que debe,
sino aquello que mal su mal desea:
no quiere diferir al que se atreve
el castigo que duro y justo sea:
sus ministros ajunta, porque lleve
el ejército igual a la pelea
que tendrá con la mal regida gente
que no fuere al amor justo obediente.
Muchos de estos chiquillos voladores
están en varias obras trabajando:
unos afilan hierros pasadores,
otros los palotillos ahusando;
en su labor están cantando amores,
varios casos en verso tierno y blando,
melodía suave y concertada,
alegre letra, angélica sonada.
En las eternas fraguas do forjaban
puntas a las saetas penetrantes,
por leña corazones se quemaban,
entrañas vivas, telas palpitantes:
las aguas do los hierros se templaban
lágrimas son de míseros amantes;
la viva llama, el resplandor esquivo,
es el deseo que mata y queda vivo.
Ensayándose algunos allí andaban
en pechos duros de la gente ruda;
suspiros por el aire resonaban
de los que ya hirió la punta aguda:
hermosas ninfas son las que curaban
las llagas recibidas, cuya ayuda
no sólo vida da a los mal heridos,
mas pone en vida los aun no nacidos.
Hermosas son algunas, otras buenas,
según la cualidad de aquellas llagas,
que el veneno esparcido por las venas
no sanara triaca aunque más hagas:
unos quedan atados en cadenas
por palabras sutiles de las magas:
esto acontece cuando las saetas
aciertan a llevar hierbas secretas.
De estos tiros así desordenados,
que estos mal diestros mozos van tirando,
nacen amores mil desconcertados
en el herido pueblo miserando;
y en los héroes también de altos estados
ejemplos se verán de amor nefando,
cual de las mozas Biblis, Cinerea,
del mancebo de Asiria y de Judea.
Mil generosos vemos por pastoras
rendir las señorías a mercedes,
y por bajos lacayos las señoras
presas las vieron ya vulcanias redes:
unos esperan las nocturnas horas,
otros suben tejados y paredes;
mas yo creo que de este amor indino
ha más culpa la madre que el menino.
Llegada al prado donde el hijo pruebe,
paran cisnes el carro mansamente;
mas Venus, que las rosas vence y nieve,
del carro en tierra salta diligente:
el flechero, que al cielo alto se atreve,
a recibirla sale al continente:
salen los cupidillos servidores
a recibir la diosa que es de amores.
Ella, porque no gaste el tiempo en vano,
teniendo el hijo en brazos confiada,
le dice: «Amado hijo en cuya mano
mi potestad y fuerza está fundada,
en quien se ve el esfuerzo soberano
que las tifeas armas tiene en nada,
de necesidad grave compelida,
vengo para de ti ser socorrida.
»Bien ves las Lusitánicas fatigas,
que ya de muy atrás yo favorezco,
porque sé de las parcas mis amigas
que me han de venerar como merezco;
y porque con mayor amor me sigas,
mis romanos imitan, y me ofrezco
a les dar el ayuda que yo pueda,
clavando a la Fortuna el eje y rueda.
»Y porque, con insidias del odioso
Baco, en la India fueron molestados,
y en peligros del golfo proceloso
pudieron ser más muertos que cansados,
en el mar que les fué tan temeroso
quiero que sean ahora acariciados,
gozando del trabajo aquella gloria
que eterniza en los hombres la memoria.
»Y para esto querría que, heridas
las hijas de Nereo, en el profundo
fuesen de amor de aquéstos encendidas
que a descubrir vinieron nuevo mundo:
en un jardín florido conducidas,
yo las pondré con rostro muy jocundo,
que tendré dentro el mar aparejado,
del don de Flora y Céfiro adornado.
»Allí con mil refrescos y manjares,
con vinos odoríferos y rosas,
en labrados palacios singulares,
hermosas camas y ellas más hermosas,
en fin, con mil deleites no vulgares
los esperen las ninfas amorosas,
de amor heridas, dentro de esta casa,
sin ponerles al ver ni al gozar tasa.
»Quiero que haya en el reino neptunino,
do yo nací, progenie fuerte y bella,
y tome ejemplo el mundo aquí malino
que libertad no habrá do amor se sella;
que no valdrá ni el muro adamantino,
ni triste hipocresía podrá tenella,
que mal habrá en la tierra quien se guarde,
pues el fuego de amor en el mar arde.»
Propuso Venus, cuando el hijo inico,
para le obedecer, se apercibía:
manda traer su arco ebúrneo, rico,
con que tiene más cierta puntería:
alegre Venus, al hijo impudico
dentro del mismo carro lo subía,
y da rienda a las aves que con canto
la muerte de Faetón lloraron tanto.
Mas dice Amor que le era necesaria
una famosa y célebre tercera,
que puesto que mil veces le es contraria,
otras muchas le ha sido compañera:
la diosa Gigantea, temeraria,
jactante, mentirosa, verdadera,
que con cien ojos ve, burla y se entona,
y lo que ve con bocas mil pregona.
Vanla a buscar, y envíanla delante,
que celebre con voz sonora y clara
los hechos de la gente navegante
más que nunca de alguna celebrara:
resonando la fama tan pujante,
por las hondas cavernas penetrara
y hace ser de todos muy creída
venir credulidad con ella unida.
El rumor y loor alto excelente
el pecho de los dioses, que indignados
fueran por Baco contra aquesta gente,
los muda y hace ser aficionados:
el bando mujeril, que prestamente
cualesquiera propósitos tomados
muda, juzga por malo y por bajeza
desear mal a tanta fortaleza.
Despide en esto Amor crudas saetas
unas tras otras; gime el mar con tiros:
derechas por las ondas inquïetas
algunas van, mas otras con mil giros:
dan en las ninfas, que de las secretas
entrañas despedían mil suspiros:
cualquiera cae sin ver el bulto que ama,
que tanto como el ver puede la fama.
Los cuernos junta de la ebúrnea luna
con fuerza, el mozo indómito, excesiva:
quiere a Tetis herir más que a ninguna,
porque más que ninguna le era esquiva:
no le queda en la aljaba saeta alguna,
ni en los ecuóreos campos ninfa viva,
y si con las heridas van viviendo,
será para sentir que están muriendo.
Dad lugar, altas y espumosas ondas,
que Venus les trae ya la medicina:
muestra las blancas velas y redondas
que por el agua vienen neptunina,
para que amor recíproco respondas
a la llama amorosa femenina,
pues que aquí la pudica, casta, honesta,
a las obras de amor estará expuesta.
De Nereidas el corro se apareja:
presuroso y gallardo caminaba,
con bailes a la usanza antigua y vieja,
a la isla do Venus las guiaba:
allí la diosa a todas aconseja
lo que mil veces hizo cuando amaba:
ellas, que van de amor ciego heridas,
están con su consejo apercibidas.
Cortando viene el mar la compañía
del Luso para el cielo y patria amada,
con falta de alimentos y agua fría
para navegación tan prolongada,
cuando junta la flota conocía
tierra, de la isla fresca enamorada,
al tiempo que la madre deleitosa
de Memnonio parece más hermosa.
De lejos ven la isla fresca y bella,
que Venus por las ondas les llevaba,
como el viento la vela, si da en ella,
a do la armada estar se divisaba;
que porque no pasasen sin que en ella
tomasen puerto, como deseaba,
donde las naos navegan la movía
la Acidalia, que más que esto podía.
Luego la hizo inmoble, como vido
ser vista del piloto y demandada,
cual Delos se quedó habiendo parido
Latona y Febo y la que a caza es dada.
Al punto para allá fué el mar rompido
donde la costa hace una ancha entrada:
el arena tan blanca que recrea
y de conchas la pinta Citerea.
Tres montecillos frescos se mostraban
con altura soberbia y muy graciosa,
que del florido esmalte se adornaban
haciendo estar la isla deleitosa:
de la cumbre las fuentes abajaban
claras, que la verdura hacen viciosa:
entre las blancas guijas se reía
con dulce son el agua que corría.
A un valle ameno que los montes hiende
vienen las claras aguas a juntarse,
donde una mesa hacen que se extiende
tan bella, cuanto puede imaginarse:
el frutal sobre el agua se desciende
como quien pronto está para afeitarse,
viéndose en el cristal resplandeciente
que en sí lo está pintando propiamente.
Mil árboles al cielo están subiendo
con frutos odoríferos y bellos:
el naranjo en su pomo refiriendo
la color que trae Dafne en los cabellos:
de la cidra los frutos van cayendo,
los ramos con el peso caen tras ellos;
los hermosos limones olor dando,
van los pechos virgíneos imitando.
La silvestre arboleda, que en cuarteles
los montes con sus ramas ha partido,
álamos son de Alcides, y laureles
por quien de Febo el pecho fué herido;
mirtos de Citerea, y los donceles
pinos, de quien Cibeles se ha servido:
allí apunta el derecho cipariso
la parte do está puesto el paraíso.
Los dones de Pomona allí Natura
produce diferentes en sabores,
sin serles necesaria la cultura,
pues sin ella se dan mucho mejores;
la color de cereza roja y pura,
y las moras que el nombre traen de amores;
el fruto que de Persia vino bueno
y mejor se tornó en terruño ajeno.
La granada descubre la rosada
color, con que tu precio, rubí, pierdes:
en los ramos del olmo está abrazada
la vid con sus racimos rubios verdes;
y si quieres vivir, pera, cortada
del árbol, vivirás como te acuerdes
de entregarte a los daños que con picos
en ti pueden hacer los pajaricos.
Pues la tapicería bella y fina
con que se cubre el rústico terreno
la de Aquemenia hace menos dina
y el valle, que es sombrío, más ameno;
la cabeza la flor cifisia inclina
sobre el estanque lúcido y sereno:
florece el hijo y nieto de Ciniras
por quien, oh pafia diosa, aun hoy suspiras.
No hubiera quien juzgara en esta hora,
viendo en el cielo y suelo unas colores,
si las flores la daban a la Aurora
o la Aurora la daba a aquestas flores:
pintando estaba allí Céfiro y Flora
con tinta las violetas de amadores,
el lirio rojo con la rosa bella,
cual se ve en las mejillas de doncella.
La azucena, de aljófar rociada,
y hierbabuena está en lugar distinto;
la flor que fué del claro Febo amada,
con sus letras se ve el triste jacinto,
con Pomona la Cloris igualada
quiere ser con las flores que aquí pinto:
si en el aire cantando aves volaban,
animales el suelo pavoneaban.
Gerard, dibujóReschomme, sc.
De esta arte, en fin, conformes las hermosas
ninfas con sus amados navegantes,
se coronan de flores deleitosas,
de laurel, oro y piedras abundantes;
Cerca del agua el blanco cisne canta,
el ruiseñor del árbol le responde;
Anteón de sus cuernos no se espanta,
y aunque se ve en el agua, no se esconde:
aquí la echada liebre se levanta,
la gama quiere huir y no halla dónde;
aquí en el pico trae al caro nido
el pájaro el sustento que ha cogido.
En tal frescura aquí desembarcaban
con gusto los segundos Argonautas,
donde por la floresta se dejaban
andar las bellas diosas como incautas;
algunas, dulces cítaras tocaban;
algunas, arpas; otras, dulces flautas;
otras, con arcos de oro se fingían
seguir la caza, y caza no seguían.
Así lo aconsejó la maestra experta,
que en el campo anduviesen derramadas,
que aunque la presa fuese vista incierta,
primero se hiciesen deseadas:
algunas, que en la forma descubierta
del bello cuerpo estaban confiadas,
puesta la artificiosa hermosura,
desnudas se metían en la agua pura.
Mas los fuertes mancebos que en la playa
ponen los pies, de tierra codiciosos,
que no hay ninguno entre ellos que no vaya,
cual todos, por hallar caza orgullosos,
no piensan que en su lazo o redes caya
caza en aquellos montes deleitosos,
tan suave, doméstica y benina
cual herida la tiene ya Ericina.
Unos, que en espingardas y ballestas
para herir los ciervos se fiaban,
por los sombríos bosques y florestas
determinadamente se arrojaban;
mas otros a las sombras, que de siestas
defienden la frescura, paseaban
cerca del agua que suave y queda
hace son con el son de la arboleda.
A divisar comienzan de repente
entre los verdes ramos las colores,
colores que la vista juzga y siente
no ser de rojas rosas ni de flores;
mas de lana y de seda diferente,
que incita más y más a los amores,
de que se visten las humanas rosas,
haciéndose por arte más hermosas.
Da Veloso espantado un grande grito:
«Señores, caza extraña, dijo, es ésta:
si aquí dura el gentil y antiguo rito,
a diosas es sagrada esta floresta:
más se descubre aquí que el apetito
humano deseó, y se manifiesta
que son grandes las cosas y excelentes
que el mundo encubre a gentes imprudentes.
»Sigamos estas diosas, y veamos
si fantásticas son o verdaderas.»
Esto dicho, veloces más que gamos
se dieron a correr por las riberas:
huyen las ninfas por entre los ramos,
muy más industrïosas que ligeras;
poco a poco riendo, y gritos dando,
se dejan de los galgos ir cazando.
Los hilos de oro de una el viento lleva;
de otra, al correr, las faldas delicadas:
enciéndese el deseo que se ceba
en las carnes que allí le son mostradas:
una de industria cae, y de que se atreva,
con muestras más donosas que indignadas,
riñe al enamorado que, herido
de amor, sobre ella cae mal advertido.
Otros por otra parte van topando
las diosas que desnudas se lavaban,
y de verlos venir están gritando,
como que asalto tal no lo esperaban:
algunas de ellas, menos estimando
la vergüenza que fuerza, se arrojaban
desnudas al huir, al ojo dando
lo que a las tristes manos van negando.
Otra, como acudiendo más de priesa
a no perder su honra en esta danza,
esconde en la agua el cuerpo; otra se apriesa
y por su ropa afuera se abalanza;
tal de los mozos hay que, por la priesa,
vestido se echa al agua, la tardanza
del desnudar temiendo, no se tarde
matar en agua el fuego que en él arde.
Cual perro de agua, en agua acostumbrado,
a tomar la ave o garza allí herida,
viendo ya el arcabuz enderezado
a la pata o garcilla conocida,
antes del tiro salta en ella airado
y trae de la que fué triste homicida,
nadando va y latiendo así el mancebo
por la que nunca fué hermana de Febo.
Leonardo, mancebo bien dispuesto,
mañoso caballero, enamorado
contra quien el Amor no perdió resto,
pues siempre fué de damas mal pagado,
el cual tiene por firme presupuesto
ser con amores mal afortunado,
pero nunca ha perdido la esperanza
de poder en su hado haber mudanza:
Quiso aquí su ventura que corría
tras Efire, un ejemplo de belleza,
la cual más que las otras dar quería
caro lo que le dió naturaleza;
cansado de correr: «¡Ay me!, decía,
indigna hermosura de aspereza,
espera a quien te da del vivir palma:
lleva el cuerpo, pues llevas, ninfa, el alma.
»Todas de correr cansan, ninfa pura,
y cansadas se dan a su enemigo:
tú duras en huirme en la espesura.
¿Quién te dijo ser yo el que aquí te sigo?
Si te lo ha dicho ya aquella ventura
que en toda parte siempre anda conmigo,
no la creas, que yo, si la creía,
mil veces cada punto me mentía.
»No canses, que me cansas; y si quieres
huirme porque no pueda tocarte,
es mi ventura tal que, aunque me esperes,
ella hará que no pueda alcanzarte:
espera; quiero ver, si tú quisieres,
qué sutil modo busca de escaparte,
y notarás al fin de este suceso
tra la spica e la man qual muro è messo.
»¡Oh!, no me huyas, no: así nunca el breve
tiempo huya de ti y tu hermosura,
pues que con refrenar el paso leve
vencerás mi desdicha y fuerza dura.
¿Qué emperador, qué ejército se atreve
a quebrantar la furia de ventura
que en cuanto deseé, me va siguiendo?
Lo que tú sola puedes no huyendo.
»¿Ayuda das a la desdicha mía?
Flaqueza es dar ayuda al más potente.
¿El corazón me llevas que tenía
libre? Suéltalo, irás más diligente:
no te cargue aquesa alma y su agonía,
que en esos hilos de oro reluciente
llevas atada, si después de presa
no mudó su ventura y menos pesa.
»Con solo aquesta fe te voy siguiendo,
que o tú no sufrirás el peso de ella,
o tu rostro que el alma va sufriendo
le mudará su dura y triste estrella.
Y si se ha de mudar, ¿qué vas huyendo?
Que amor te herirá, bella doncella,
y tú me esperarás si amor te hiere,
y si me esperas, no hay más que yo espere.»
Ya no huye la bella ninfa, tanto
por darse cara al Luso que seguía,
como por ir oyendo el dulce canto,
las lástimas de amor que le decía;
y volviéndole el rostro blando y santo,
todo bañado en risa y alegría,
caerse deja a los pies del vencedor,
que se deshace en frenesí de amor.
¡Qué hambriento besar en la floresta!
¡Qué regalado lloro que sonaba!
¡Qué suaves halagos! ¡Qué ira honesta
que en alegres risadas se trocaba!
Lo que más se pasó mañana y siesta,
que Venus con placeres inflamaba,
mejor será probarlo que juzgarlo,
mas júzguelo el que no puede probarlo.
De esta arte, en fin, conformes las hermosas
ninfas con sus amados navegantes,
se coronan de flores deleitosas,
de laurel, oro y piedras abundantes;
las blancas manos daban como esposas;
con palabras al hecho estipulantes,
aprométense eterna compañía,
en vida y muerte, de honra y alegría.
Entre ellas la mayor, a quien se humilla
todo el coro de ninfas, y obedece,
hija de Celo y Vesta, que, en su silla
puesta, las demás todas obscurece,
hinchiendo tierra y mar de maravilla,
al Gama, que la quiere y la merece,
recibe allí con pompa soberana,
mostrándose señora más que humana.
Después de haberle dicho quién ella era,
por alto exordio de alta gracia ornado,
haciéndole entender cómo viniera
por influjo y suasión del firme hado,
para le descubrir toda la esfera
de tierra inmensa y mar no navegado,
los secretos, por alta profecía,
que sola su nación saber debía:
Llévalo de amor preso, y por la mano,
a la cumbre de un monte alto y divino,
donde está un edificio soberano
de cristal claro, de oro puro y fino.
El día pasó aquí, alegre y ufano,
en dulces juegos y en placer contino:
en los palacios goza sus amores;
los demás por las sombras y entre flores.
De esta suerte la bella compañía
el día casi todo está pasando
en un nuevo placer, nueva alegría
los trabajos prolijos compensando,
que de sus hechos grandes y osadía,
fuerte y famosa al mundo, está aguardando
el premio allá en el fin bien merecido
con fama grande, nombre esclarecido.
Las ninfas de la mar, bellas, graciosas,
Tetis, la isla Angélica pintada,
no es otra cosa que las deleitosas
honras con que la vida es sublimada:
aquellas preeminencias glorïosas,
los triunfos y la frente coronada
de laurel, palma, gloria, nombre y fama,
son los deleites que esta isla derrama.
Las inmortalidades que fingía
la antigua edad que el pecho ilustre ama,
allá en el alto cielo, a quien subía
sobre las alas puesto de la fama,
por obras valerosas que hacía,
por el trabajo inmenso que se llama
camino de virtud alto y fragoso,
mas al fin dulce, alegre y deleitoso:
No eran sino premio, que reparte
por hechos inmortales soberanos
el mundo, con los que el esfuerzo y arte
divinos los hicieron, siendo humanos:
que Júpiter, Mercurio, Febo y Marte,
Eneas y Quirino, dos tebanos,
Ceres, Palas y Juno, con Diana,
todos fueron de flaca carne humana.
Mas la fama, trompeta de obras tales,
les dió en el mundo nombres tan extraños
de dioses, semidioses inmortales,
indígetes, heroicos, y de maños:
por eso los que a ser muy principales
aspiráis, si queréis veros tamaños,
despertad ya del sueño de ocio ignavo,
que el ánimo de libre hace esclavo.
Poned en la codicia un freno duro
y en la triste ambición que indignamente
tomáis mil veces, con el torpe obscuro
vicio de tiranía infame, urgente;
porque esas vanas honras, y oro puro,
verdadero valor no da a la gente:
mejor es merecerlas sin tenerlas,
que poseerlas y no merecerlas.
Dando al pueblo en la paz leyes constantes
que a los pobres protejan y a los buenos,
o tomando las armas rutilantes
contra los enemigos sarracenos,
haréis los reinos grandes y pujantes,
poseeréis todos más, ninguno menos:
gozaréis las riquezas merecidas,
y las honras que ilustran a las vidas.
Haced vuestro rey claro, que amáis tanto,
ahora con consejos bien pensados,
con la espada en la mano, al brazo el manto,
respondiendo al valor de los pasados;
por lo imposible no toméis quebranto
(siempre podrá el que quiere), y celebrados
seréis con los héroes esclarecidos
en esta isla de Venus recibidos.