DISCURSO DEL MINISTRO DE OBRAS PÚBLICAS
Dr. Manuel B. Gonnet.
Señor Presidente:
Señores Senadores:
Es por vez primera que asisto á las sesiones de vuestro período legislativo en este año.
He debatido con los señores representantes, en años anteriores, altas cuestiones de interés público, habiéndose mantenido siempre el debate á la altura que la dignidad de este cuerpo lo exigia y puedo declarar con la mas íntima satisfaccion que la Provincia de Buenos Aires, de la que ejerceis los poderes delegados, debe estar con vuestras decisiones, porque ellas revelan estudio, competencia, ilustracion y patriotismo.
El Gobernador somete ahora á vuestro elevado criterio uno de los puntos esenciales de su programa de principios, de ese programa que mereció y encarnó la voluntad y los deseos de la mayoría de la Provincia en los sufragios del 5 de Diciembre de 1887.
La cuestion que vamos á debatir, es una cuestion de importancia, de trascendencia política y social.
No se me oculta, señor Presidente, la idea fundamental que encierra el proyecto que estamos discutiendo. Afecta principios y doctrinas que en el órden de las instituciones han pasado ya á la categoría de axiomas elementales y de conclusion indiscutibles. Cimentadas esas doctrinas en los Estados Unidos, han tomado carta de ciudadanía entre nosotros por diversas decisiones del congreso argentino, a la par de las muy grandes y las muy nobles instituciones y principios políticos y sociales de la gran República del Norte.
Es, sobre todo, bajo el punto de vista doctrinario que quisiera ser comprendido por este ilustrado cuerpo, si me cupiera la dicha de que mis argumentos, despojados de los brillos oratorios que por desgracia no destellan en mi mente, pudiera, por lo ménos, ser intérprete de los grandes pensadores que han alcanzado para el mundo el ideal de la organización social, es decir, la libertad irradiando a todas las esferas y haciendo del gobierno el mas mínimo resorte del mecanismo social, sin influencias indebidas, separado de toda concurrencia y dejando al capital y a la iniciativa particular lo que les corresponde en la explotacion de las artes, de las industrias y del comercio.
Y digo sobre todo bajo el punto de vista doctrinario, porque el señor Senador Benitez, que es el único que hasta ahora ha combatido el proyecto del P. E., no ha tratado la cuestion bajo esta faz, usando de un ardid parlamentario que no ha de haber pasado desapercibido para los señores Senadores que han estudiado este punto.
El nos decia desde su alto asiento, ex-cátedra, el P. E. pide la enagenacion de los Ferro-carriles fundado en la mala administracion de esa empresa. Y sobre este tópico con frases de un efecto maravilloso, con imprecaciones, con imploraciones, que han de haber subido, estoy seguro, hasta las puertas del cielo, lo hemos oido en dos sesiones consecutivas despues de las cuales podemos decir, como los emigrados franceses en vísperas de la restauracion: «Nada hemos olvidado; nada hemos aprendido».
Esta circunstancia me obliga á distraer mas de lo que pensaba la atencion de la Cámara, pues prefiero creer que el P. E. no se ha explicado suficientemente en el mensaje, antes que decir que el señor Senador no lo ha comprendido.
Señor Presidente: toda sociedad, todo pueblo, toda nacion, constituye una comunidad de intereses ejercidos mas ó ménos libremente al amparo de un poder, de una entidad, de un mecanismo, llámese como se quiera, que desempeña las funciones de gobierno.
Este organismo social es mas perfecto siempre que, destinadas perfectamente las atribuciones del pueblo y del gobierno, aquél no intervenga en los poderes delegados ni éste no ejerza las funciones que á éste por su naturaleza correspondan el ciudadano ó al capital privado.
Si una sociedad pudiera armonizar tácitamente y sin discrepancias sus ideas, sus intereses, sus tendencias, no necesitaríamos gobierno. Si cada uno comprendiera cual es el límite de sus derechos y hasta donde alcanza el cumplimiento de su deber, sería inútil la accion de los tribunales; las leyes naturales sustituirían á las civiles y habríamos llegado al ideal, al desideratum de la perfeccion humana. Pero como esto es imposible, nuestro espíritu debe inclinarse á acercarse en lo posible á ello, así como, en lo moral, el hombre debe tender siempre á la perfeccion, aún en la seguridad de nunca alcanzarla.
Tal es la teoría spenceriana, que hace pesar sobre el pueblo el mínimum de gobierno, acordándole el máximum de libertad: libertad política, social, industrial y comercial.
De aquí pues, señor Presidente, que toda intervencion del Gobierno en los resortes que no le son indispensables para el ejercicio de los poderes delegados, es un atentado contra la perfeccion de las instituciones, contra la libertad individual.
Convertir el estado político en una entidad industrial, en concurrencia con el capital privado, es un absurdo que no resiste la más débil crítica.
Mantener como hasta ahora el Gobierno atado al régimen del mundo industrial, concurrencia, es ponerlo en pugna con los individuos, con el capital privado, haciendo odiosa hasta la misma institucion del gobierno.
Esta teoría, señor Presidente, la sostuvo tambien uno de los escritores mas distinguidos y modernos. Leon Say, que luchó en Francia palmo á palmo contra la intervencion del Gobierno en la explotacion de los ferro-carriles.
La explotacion de los ferro-carriles por el Estado dijo, en un célebre artículo publicado en 1881 á propósito de la expropiacion de las líneas en Orleans, es un absurdo, es una falta grave y mas que una falta es un crímen, porque en materia política las faltas se convierten en crímenes, es un atentado contra la fortuna pública.—Tales son las palabras de este sábio estadista.
En efecto, poner valores industriales, pues tales son los empréstitos que tienen un fin especulativo, hechos por el ferro-carril, al lado de los valores que forman el crédito de la nacion, es distraer, es desnaturalizar, es poner una rueda inútil en el mecanismo del presupuesto.
Muy contrariamente á lo que nos decia el señor Senador Benitez, he de apoyar mi tésis en la opinion de distinguidísimos autores modernos que han tratado esta materia.
A él no le convenia buscar este apoyo, porque la numerosa mayoría de los escritores que han tratado la cuestion relativa á la explotacion de los ferro-carriles por el Estado, condena ese principio temerario.
Pero en una cuestion de esta naturaleza aún cuando pueda herir alguna susceptibilidad, prefiero antes que presentarme solo en la arena del debate, como lo ha hecho el Senador Benitez, compartir la responsabilidad de la gloria de ese hecho con Herbert Spencer, con los Say, con Duverger, con el ilustre Hadley, con el eminente y distinguidísimo economista Leroy-Beaulieu, y con mil escritores que podría citar en este momento, que el señor Senador ha de tener en su biblioteca y que tambien ha de haber consultado. Estoy seguro de ello.
Yo no he de decir como el señor Senador, que nada tienen que hacer en este asunto las opiniones de las eminencias del siglo.
Sr. Presidente: el pensamiento no tiene mas pátria que el cerebro de los sábios y de los ilustres, sea cualquiera el clima ó el sol bajo el cual hayan nacido.
Para no fatigar demasiado la atencion de la Cámara con la lectura de las opiniones de los distinguidos economistas que tengo á la mano en el «Journal des Economistes», voy á leer simplemente la conclusión a que arribó Leroy-Beaulieu apropósito de esta cuestion, y de un estudio comparativo de los ferro-carriles en los Estados Unidos y Europa.
Traduzco del francés, y tal como lo dice Leroy-Beaulieu:
«En cuanto á los proyectos de explotacion de ferro-carriles por el Estado, son tales niñerías, que los que piensan de esta manera dan la prueba mas completa de su incapacidad financiera y administrativa.
«Hemos viajado en ferro-carriles en gran parte de la Europa, en Estados Unidos y en el Canadá y hemos podido constatar que es precisamente en los países donde el gobierno se ha ocupado ménos de ferro-carriles, donde se ha podido establecer mas ó ménos libremente, sin subvencion y sin un mínimum de reglamentacion, donde se han multiplicado mas rápidamente donde se viaja de la manera mas confortable y donde reina una tarifa mas baja».
Refiriéndose á los ferro-carriles franceses con relacion de los americanos dice:
«Su material es incómodo, transporta generalmente los viajeros de tercera clase en wagones que los americanos no quieren para sus bestias. En cuanto á los departamentos reservados, destinados á los privilegiados, quedan generalmente vacíos, mientras que la generalidad de los viajeros se colocan en los demás compartimentos.
«Hemos visto funcionar en los Estados Unidos la concurrencia en materia de ferro-carriles y á pesar de todo lo malo que hemos oido decir..... en Francia no nos han dado la prueba de la incapacidad financiera y administrativa de los americanos».
Y bien, señor Presidente, esta teoría aceptada por todos los estadistas modernos, ha sido seguida tambien en todas las naciones civilizadas del mundo, y voy á demostrarlo.
Los Estados Unidos, con mas de ciento sesenta mil millas de ferro-carril, es decir, una suma total que excede a todos los ferro-carriles de Europa, con los cuales podría ponérsele una cintura al mundo de ocho líneas paralelas, no tienen un solo kilómetro que pertenezca al Estado, y llega á tanto el respeto que se tiene por la libertad industrial, que los dos partidos que se disputan el predominio de la opinion, el partido republicano y el democrático, han llegado á ponerse de acuerdo respecto á esta cuestión. Como se vé, allí, es una cuestion de doctrina, es un principio respetado por todos los partidos y por el espíritu eminentemente liberal de la nacion.
El partido republicano, en los veinticinco años transcurridos hasta la presidencia de Cleveland, jamás consintió que se extendiera en el territorio americano una línea férrea del Estado, y Cleveland mismo declaró ante el Congreso, en 1888, que aunque tenia un superavit de ciento cuarenta millones en el presupuesto, no se atrevia á emprender obras como ferro-carriles y canales que fueran á hacer competencia ó concurrencia á intereses privados.
En una fecha mas reciente, Harrison, representante del partido republicano que acaba de subir al poder, ha declarado que ese superavit alcanza hoy á trescientos millones y hacen sin embargo la misma manifestacion:—que no se atreve á emprender la construccion de obras de ferro-carriles ó de canales, que puedan de alguna manera hacer competencia al capital privado.
La Inglaterra, la ilustre Inglaterra, separada del continente, conservando su poder marítimo, no necesita de los ferro-carriles como elementos de guerra, y ha rechazado, por una inmensa mayoría, una proposicion presentada á la Cámara de los comunes, tendente á expropiar las líneas férreas pertenecientes á particulares.
Pero lo mas noble de esta decision, es que esta campaña gloriosa se la disputan conservadores y liberales, los whigs y los torys, Gladstone y Salisbury, es decir, la vida y el pensamiento de la nacion inglesa.
Hay entre nosotros tambien un dato que ofrecer, dato que hace apenas media hora me acaba de comunicar un Diputado al Congreso de la Nacion y que voy á invocar, bajo la fé de su responsabilidad,—el Diputado Portela;—el Senado de la Nacion acaba de adoptar por unanimidad de votos, sin discrepancia, el informe presentado por el Dr. Zavalia referente á la cláusula que establece que á los 99 años pasará un ferro-carril á ser propiedad del Estado, conforme en el cual este orador decia: esa cláusula debe rechazarse porque ya es indiscutible en el mundo civilizado que el Estado no debe ser empresario de ferro-carriles.
Francia y España han seguido la misma teoría y solo en algunos estados europeos se acaparan las líneas férreas, sometiéndolas á la ley marcial, porque las necesitan como elementos de guerra para el transporte de sus divisiones en un momento dado. Es lo que sucede en Alemania, puesta bajo el pié de guerra. Los empleados de los ferro-carriles alemanes son jefes y oficiales del ejército que gozan del sueldo y de la categoría de tales jefes y oficiales.
¿Pero acaso nuestras instituciones son como las instituciones alemanas?
¿Acaso nuestra institucion requiere este aparato belicoso?
Segun las teorías alemanas, justo fuera, señor, que armáramos un ejército permanente y que distrajéramos todos nuestros recursos en el presupuesto de guerra.
Pero lo que en Alemania es aplicable por una situacion de actualidad política, anormal, entre nosotros es simplemente absurdo, como es absurdo en los Estados Unidos, en donde con una poblacion de mas de sesenta millones de habitantes no hay un solo kilómetro de vía férrea perteneciente al Estado,—y el ejército permanente apenas alcanza á 25,000 hombres.
Lo que en Alemania puede considerarse como política del canciller de hierro, que pretende encerrar el Estado en esa fórmula estrecha del predominio de sus emperadores en la Europa, entre nosotros es la libertad dentro de la democracia mas pura, abriéndoles horizontes á todos los que quieran contribuir de cualquier manera al desarrollo y engrandecimiento de la Provincia y de la Nacion.
Está, pues, el Senado, en presencia de dos doctrinas completamente opuestas, la una doctrina de absorcion, la otra doctrina de libertad, una que ha hecho gran camino en el mundo, otra que se ha reducido allí, á los límites de la Alemania.
La teoría alemana con sus tendencias absolutistas, pretende arrojar á los piés de la corona todo lo que importa la vida y el alma de la Nacion, fuerza, riqueza, poderío, industrias, todo, absolutamente todo está encarnado en la casa reinante, sin que se cite, sin que se mencione ni se tome en cuenta la libertad para nada.
Todo está militarizado; un soldado para cada ciudadano, una fortaleza para cada pueblo: las industrias oficializadas, un plan de estratégia y astúcia diplomática para el gabinete y otro plan de campaña para el dominio del continente.
La conquista es el fin—y los medios..... los medios allí se maquinan en el cerebro del canciller de hierro, que domina la Nacion alemana bajo la presion de sus dedos en el boton eléctrico del Ministerio del Estado.
Y en cuanto á la otra teoría, ha echado raíces profundas, ha desparramado los bienes á manos llenas: los Estados Unidos la consagraron, porque ellos fueron tambien los que consagraron la libertad moderna.
Allí el pueblo es todo: la riqueza es patrimonio á que pueden aspirar todos; la libertad es de todos y la gloria se comparte con igualdad.
En la República americana no se vé al gobernante, se vé al ciudadano: máximum de libertad, mínimum de gobierno. La fuerza es para defender las instituciones, para defender el equilibrio y la autonomía de América, de acuerdo á la teoría de Monroe, y la gloria americana es gloria universal porque se refiere á las creencias, á las artes, á las industrias y á la literatura.
En política se llama Washington, se llama Jefferson, Lincoln, etc., en la ciencia se llama Franklin ó Edison, y en la literatura Edgar Poe, Longfellow, Parker, Cooper y Emerson.
El trabajo libre, el capital libre, las industrias y el comercio libres, esto es lo que mantiene las instituciones y el poderío americano.
He aquí el secreto de lo que es la democracia triunfante, que con tanto caudal de datos nos ha explicado el eminente escritor inglés Carnegie.
¡A cuantas consideraciones no se presta esta teoría absorbente que se pretende establecer en la Provincia de Buenos Aires, para que el poder público sea el administrador de todas las actividades dejando á un lado la concurrencia del capital privado!
Y hoy es el Gobernador de la Provincia el que viene á deciros: «tengo en mis manos una rueda inútil en el mecanismo de la administracion pública. Este elemento de accion, puesto al servicio de propósitos bastardos, ha hecho peligrar muchas veces las libertades individuales.»
Es el gobernante honrado el que viene á declarar: «renuncio á esta suma de atribuciones y de poderes que se me dá y que en muchas ocasiones ha servido para sofocar las libres manifestaciones de la opinion pública.»
Eso lo conoceis vosotros, lo conoce el Gobernador de la Provincia, lo conoce todo el pueblo de Buenos Aires; no hay necesidad de repetirlo.
Los opositores al proyecto del P. E. apoyaron su opinion primeramente en la doctrina y en el ejemplo de las demás naciones civilizadas.
Se les demostró que la teoría y el ejemplo abonaban en favor de la enagenacion.
Francia, Inglaterra, Estados Unidos y España, han hecho jurisprudencia sobre la materia.
Parapetados despues dentro de la teoría absurda de la Alemania, no consideran que eso responde á planes militares, y que lo que es aplicable en Alemania, es perfectamente exótico en todos los países libres de América.
Estrechando mas todavia la demostracion, pretenden rechazar la doctrina y el ejemplo de las demás naciones y sostienen que la Provincia de Buenos Aires no es Estado!
Esa herejía constitucional y jurídica está consignada ahí, en una circular presentada á la Cámara y leida en la sesion pasada, por los que sostienen el tanto por ciento de la diferencia de tarifas en contra de una cuestion que es de doctrina, de administracion, de principios y de libertad.
Decir que la Provincia de Buenos Aires no es Estado, es ignorar los rudimentos del derecho.
Recorra, el que eso ha escrito, las páginas del Código Civil, y encontrará en muchísimas ocasiones la denominacion que dé tanto á la Nación como á las Provincias.
¿Qué es lo que tratamos de enagenar?
Son los ferro-carriles del Estado.—Y ¿á qué Estado se refiere, sinó á la Provincia de Buenos Aires?
No necesito argumentar mas sobre este punto.
Pero los que pretenden que doctrinariamente el Estado debe explotar los ferro-carriles, deben empezar por presentar un proyecto estableciendo que todas las líneas pertenezcan al Estado.
Deberían decir que la línea del Sud, la de la Ensenada, la del Norte y todas las que cruzan el territorio pertenecieran tambien al Estado, y fueran administradas por él.
¿Qué criterio habría en este Senado, en la Cámara de Diputados, en la Legislatura y el P. E. que han acordado, durante este año y el pasado, mas de seis mil kilómetros de línea férrea á empresas particulares: es decir, mas de tres veces la extension de las líneas que actualmente existen en explotacion incluyendo las líneas férreas del Estado?
Y siguiendo este órden de consideraciones, porque debemos llevar hasta el extremo las consecuencias del argumento: ¿porqué no se establece tambien que las municipalidades expropien los tramways, pues que son elementos de transporte y están en las mismas condiciones con relacion á las municipalidades que los ferro-carriles con relacion al Estado de Buenos Aires? y siguiendo siempre en ese mismo órden de ideas llegariamos hasta este absurdo: que el Estado está en mejores condiciones de poder ofrecer á todos los ciudadanos de la Provincia, por iguales partes, la ropa, el alimento, etc., es decir la competencia en todas las industrias, en todos los ramos del comercio.
Yo siento tener que decirlo, señor Presidente, pero no puedo eximirme de ello; los directorios de los Ferro-carriles han sido una rémora completa para el desarrollo y para el progreso del país.
Bastaba que una línea fuera pedida en concurrencia con el capital de la empresa, de la que ellos llamaban Ferro-carril del Estado, para que se opusieran tenazmente, llevando su oposicion á tal extremo, que el Gabinete tenia que rechazarla en muchos casos y hasta la Cámara tambien, por no hacer competencias, deteniéndose con ésto los progresos y el desarrollo de una zona enorme de la Provincia.
Felizmente reaccionará con la política liberal del señor Gobernador de la Provincia apoyado por el Senado y Cámara de Diputados que ha de dar fecundos resultados para la Provincia.
Nada seria si una ejemplar administracion en los Ferro-carriles del Estado pudiera cubrir todos los inconvenientes que presenta la explotacion oficial.
Pero, es bien sabido que entre nosotros como en Inglaterra, como en todas partes del mundo, la administracion industrial del Estado, es administracion mala, es administracion pésima, y para concretarme á lo que son los ferro-carriles, me basta deciros que desde hace treinta años no se ha levantado un plano siquiera entre nosotros que determine cuales son las propiedades del Ferro-carril, que el señor Director Arias, uno de los mas distinguidos colaboradores en la administracion de la Provincia, se ha empeñado sobre manera para obtener y terminar esta obra tan necesitada y que en dos años, no ha podido terminarla, porque no hay datos y porque no hay un rastro dejado por las administraciones anteriores.
Me bastaria deciros que no se conoce todavia cual es el capital móvil del Ferro-carril; me bastaria deciros que hay un número de empleados inútiles é inconvenientes y que esta falta no procede del Director, ni del directorio, sinó de todos nosotros, pues todos debemos asumir esa responsabilidad; ella viene desde el directorio, desde el P. E. y hasta desde las mismas Cámaras que han aumentado los sueldos en muchos casos.
Me bastaria decir al Senado que actualmente el Ferro-carril tiene un excedente enorme de material que está vendiéndolo y esto es debido á los directorios anteriores que lo han acumulado sin tener en cuenta cuales eran las necesidades del Ferro-carril.
Me bastaria decir al Senado que apesar de todo este excedente de material que tiene el Ferro-carril, recibo quejas á cada momento en el Ministerio, respecto al retardo no solo en la entrega de wagones sinó en la entrega de mercaderias, y muy apesar de lo que decia el señor Senador Benitez de que el pueblo paga y se calla: apesar de estos inconvenientes yo debo recordar al señor Senador Benitez que si bien él paga, no se calla nunca, porque él es el que mas se me ha quejado en materia de mala administracion de Ferro-carriles.
Me bastaria deciros que esta línea debe producir mas de un 30 por ciento sobre su capital medio explotado, en relacion al producido que dá el Ferro-carril del Sud, y en relacion á los transportes que tiene que hacer en la proporción de tres á uno, y solo produce el 3½ por ciento apesar de lo que decia el señor Benitez que producia el 7 y pico por ciento.
Y para esto me fundo en que el señor Senador Benitez ha tomado como base el balance de los Ferro-carriles del Estado; no tomando en cuenta que ese balance viene equivocado desde treinta años atrás.
Esos 27 millones se han de convertir dentro de poco en mas de 60 millones, porque el capital del Ferro-carril excede de esa suma.
Tengo entre mis datos que antes del año 82 los Ferro-carriles de la Provincia tenian un capital real de 11 millones, y desde entónces hasta la fecha, se han hecho tres empréstitos que ascienden á 25 millones oro, lo que hace un total de 36 millones: sé por último, que el capital real del Ferro-carril pasa de 43 millones seiscientos mil pesos, sin contar los dos millones que vale el terreno donde está establecida la estacion de La Plata y que está calculado en el balance en mil pesos, sin contar el costo de los terrenos de Tolosa y sin contar con mas de tres millones de nacionales, valor de las tierras que está ocupando el Ferro-carril de propiedad de particulares y que tarde ó temprano tendrá que pagar; es decir, mas de 50 millones de nacionales.
Me bastaria deciros que para que el Ferro-carril cese de llamarse la montaña rusa, como lo ha calificado la opinion pública, en su trayecto desde Buenos Aires á Merlo, será preciso expropiar una faja de tierra al lado de la línea en quintas valiosísimas, pues que en las líneas actuales no es posible mejorarla, desde que los trenes la recorren cada cuarto de hora y el levantamiento de un solo riel importaria un entorpecimiento.
Haciéndose esta obra que es necesaria, los intereses que produciria el Ferro-carril alcanzarian á 1% escaso.
Podria deciros tal vez, si me animara á decirlo.... pero no me animo é ello porque creo no debo decirlo en el H. Senado en sesion pública. Lo he manifestado todo en el seno de las Comisiones de Hacienda y Legislacion y estoy dispuesto á manifestarlo aquí si el Senado entra en sesion secreta; pero creo que la prudencia y el patriotismo me aconsejan callar todo lo que se refiere á la parte financiera de los Ferro-carriles del Estado.
El señor Senador Benitez, miembro informante de la minoría de las Comisiones, empezaba su discurso con una referencia histórica de los Ferro-carriles de la Provincia.
Acepto sus datos pues son rigurosamente exactos, pero para deducir conclusiones completamente distintas de aquellas á que arribaba el señor Senador Benitez.
El, nos decia, invocando la autorizada opinion del Dr. Basavilbaso, hace quince años, que lo que convenia no era la enagenacion de los Ferro-carriles, sinó una buena administracion.
Aquel directorio á que aludia de distinguidísimas personas representantes del saber, como representantes del comercio, representantes de la alta banca, no han de ser ni mas honorables, ni mas patriotas que muchos de los directorios que les han sucedido, y sin embargo, ni entónces, ni despues, ni en la época presente, hemos llegado á esa fórmula que con tanto entusiasmo, que con tanta decision proclamaba de tan buena fé el ilustrado Dr. Basavilbaso.
Y no hemos llegado ni llegaremos mientras subsista el pecado original, es decir, el Ferro-carril en manos de los poderes públicos.
Pero me equivoco, hemos adelantado desde quince años á esta parte.
El mismo señor Senador Benitez se encargaba de revelarnos un secreto que de hoy en mas pasará á la historia de los Ferro-carriles de la Provincia.
Un señor don Pio Aguirre, si mal no recuerdo, se ha tomado la molestia de hacer competencia al Ferro-carril con sus carretas, desde el Pergamino á San Nicolás, y lo ha conseguido con ventaja, segun el señor Senador Benitez.
No necesitaba yo mas argumento: ni el defensor mas obstinado del proyecto del P. E. podia ofrecer un dato tan abrumador, que hiere de muerte á los opositores y que demuestra toda la mala administracion del Ferro-carril del Oeste.
Mientras en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en España, en todas partes del mundo civilizado se busca con ahinco la manera de viajar con mayor rapidez, con mayor seguridad y con mayor comodidad, en globo, si fuera posible conseguir la direccion, aquí un señor Pio Aguirre se halla en camino de introducir las tortugas para hacer competencia á nuestras ricas máquinas Compound manejadas por las inespertas manos del Estado.
¡Qué cuadro de bellas perspectivas para la Provincia, de esperanzas que no estaban en mis datos ni en mis libros!
Esas carretas á que se refiere el señor Senador, bien pueden pasar á los escaparates del museo platense, tan rico en ejemplares de la época terciaria.
Pero yo le daré otros datos, y es que hace mas de once años, en 1877, otro señor, don Agustin Martinez, le hacia competencia á ese señor Aguirre: ese señor hacia competencia al Ferro-carril del Oeste, desde Buenos Aires á Mercedes.
Sr. Benitez—Si me permite.—No es don Pio Aguirre quien hace competencia al Ferro-carril, don Pio Aguirre, utiliza esa competencia que le hacen los cargadores en razon de estar momentáneamente mal administrado el Ferro-carril.
Sr. Ministro—No momentáneamente, no señor, porque acabo de decirle que hace once años, en 1877, habia otro señor que hacia lo mismo.
Sr. Benitez—Don Pio Aguirre no es empresario de transportes, con carretas; él solamente las utiliza.
Sr. Ministro—Perfectamente, cambio la forma de la frase; cambio el nombre del empresario y es lo mismo.
Terminado el informe que reasume toda su argumentacion, el Senador Benitez procede á una especie de diseccion anatómica del mensaje del P. E.
Tendió el cadáver en el anfiteatro. Abrió su cartera y hundió el escalpelo sin fijarse que el cadáver tenia aún vida suficiente para levantarse—y demostrar al habilísimo operador que habia errado el camino.
Tócame á mi el turno de empuñar el escalpelo aunque no con tanta habilidad como el señor Senador,—y si hago incisiones algo profundas es solo para demostrar que la enfermedad es crónica—y que al enfermo le esperan resultados funestos.
Nos decia el señor Senador que el Gobierno era propietario ó ejercia actos de propietario; fundado en las disposiciones del código civil y que todas las leyes de la Nacion y de la Provincia le amparaban en ese derecho.
Si efectivamente es cierto que el Gobierno hace actos de propietario al explotar los Ferro-carriles Provinciales, no es ménos cierto que ese derecho afecta los intereses generales y que está en pugna con los principios institucionales del Gobierno.
¿Qué es el derecho?
El derecho positivo, bien lo sabe el señor Benitez, es el que se deriva de la ley.
Pero es indiscutible que si la ley consagra la dictadura, la monarquia,—el dictador, el monarca, ejercerian el derecho, sin que de eso se diga que ese derecho está justificado ante los sanos principios que rigen la doctrina.
Lo que debatimos aquí no es un hecho; ya sabemos que el Ferro-carril pertenece al Estado.
Con eso el señor Senador no nos ha dicho una novedad.
Lo que debemos averiguar es si ese derecho es justo, si el Estado tiene derecho de intervenir en el campo de accion que corresponde á los particulares, si está en las conveniencias sociales que el Gobierno, apesar de todas las necesidades que vienen atrás: se mantenga ejerciendo la industria de empresario de transportes de toda la zona Oeste de la Provincia.
Creo señor, haberlo demostrado con las opiniones de todos los autores que he citado, con el ejemplo de todas las naciones del mundo que la han seguido.
Estas opiniones arraigadas en el P. E. que han dado motivo, de paso, á una crítica acerba de parte del señor Senador, las ha manifestado solo como demostracion de mayor estudio, porque pudiendo haber presentado este proyecto á la consideracion de la Legislatura el año pasado, ha preferido postergarlo á fin de que se haga la discusion ámplia en toda su extension.
De estas opiniones se deduce que hay rodajes inútiles en la administracion; y el señor Senador ha creido ver en estos rodajes inútiles, empleados, jefes de reparticion y hasta reparticiones obstruccionistas.
No es ese el pensamiento del P. E.
Pise mas alto el señor Senador.
Pise en el campo de la doctrina y verá que lo malo, que lo inútil, que lo inconveniente es el Ferro-carril en manos del Estado; el Ferro-carril que no avanza, que vá en contra de la doctrina y de los principios de libertad; porque es atentatorio á los derechos del ciudadano.
Sí señor Presidente, atentatorio, porque atenta contra la igualdad de los derechos de los ciudadanos, desde el momento que acuerda beneficios en las tarifas que no pueden compartir por igual todos los habitantes de la Provincia.
Y en esta balanza de la distribucion de los beneficios hace 30 años que el Estado hace pesar su poder y su influencia sobre la zona Oeste;—y hoy que el P. E. levanta la bandera simpática de la igualdad, que es la razon, la justicia de todas las democracias, se pretende impresionar á la Cámara so pretexto de un mal entendido patriotismo, de una preocupacion inconcebible!
Hace mucho tiempo que ha debido dictar la Legislatura la ley de uniformidad de tarifas para todos los ferro-carriles; y ese proyecto que está en la carpeta del Senado, si felizmente se convierte en ley, ha de terminar de una vez con todos los privilegios odiosos, con todos esos beneficios, en favor de algunos, en oposicion con la democracia que proclama la igualdad.
¿Qué derecho tienen los productores del Oeste sobre los del Sud para que el Estado les ofrezca disminucion de fletes y les ponga en mejores condiciones para competir en los mercados de consumo?
¿Y con qué derecho se acuerdan esos privilegios?
No se ha invocado razon alguna para esa excepcion.
El señor Senador Benitez hablaba tambien de la ley de centros agrícolas. Si el P. E. tiene alguna pasion, esa pasion es por el progreso, por el engrandecimiento, por el desarrollo de la Provincia de Buenos Aires.
De esa pasion ha nacido la ley de centros agrícolas, esa ley tan combatida al principio y que está dando y dará resultados tan fecundos, porque ha de contribuir á equilibrar en lo posible la importacion con la exportacion.
Y bien, el P. E. ha obtenido de todas las líneas férreas de empresas particulares que se han acogido á los beneficios de esa ley, la disminucion en los transportes de los productos que pertenecen á sus centros.
El señor Senador Benitez nos decia que esos beneficios habian sido acordados exclusivamente por los Ferro-carriles del Estado, y yo le digo que los Ferro-carriles del Estado han quedado atrás en relacion á los particulares, como voy á demostrarlo.
Casualmente ha caido en mis manos un aviso que voy á leer, que demuestra hasta donde puede ir la iniciativa privada en favor de los intereses generales.
«F. C. del Sud—Aviso: En vista de la concesion acordada á los agricultores á quienes alcanzan los beneficios de la ley de centros agrícolas, la empresa resuelve hacer la misma rebaja del 25% extensiva ó los cultivos agrícolas producidos en la zona servida por este Ferro-carril, por agricultores que no estén comprendidos en aquella ley».
Es decir, que mientras el Estado acuerda la rebaja de 25 por ciento para los centros agrícolas, las empresas particulares lo acuerdan para los centros agrícolas y para los que no son centros agrícolas tambien.
¿En qué queda entónces el argumento del señor Senador Benitez?
El señor Senador nos daba un consejo tambien, reprochando la actitud del P. E. que habia declarado en el mensaje que el Estado era mal administrador. Le agradezco, por mi parte el consejo; pero debo declarar que seguramente no lo he de aprovechar, porque tengo por costumbre, como la tiene el P. E., decir honradamente la verdad, y siempre la verdad en todas las ocasiones y circunstancias de la vida, sean cuales fueren los intereses que resulten heridos.
¡Cómo he de decir que el Estado es buen administrador!
Todos los señores Senadores conocen la obra de uno de los mas distinguidos escritores ingleses, Herbért Spencer: La Ciencia Social, que ha sido escrita expresamente para demostrar todos los inconvenientes que la administracion pública trae consigo y todas las ventajas que tiene la administracion cuando está entregada al interés privado.
Dice Herbért Spencer refiriéndose á los que pretenden que deben comprarse los ferro-carriles: «El Estado deberia comprar los ferro-carriles, dicen con toda seguridad las personas que leen todas las mañanas en su diario, que el caos reina en el almirantazgo y el desórden en nuestros arsenales, que nuestro ejército está mal organizado, que nuestros diplomáticos cometen inconveniencias comprometiendo la paz, ó que paralizamos la accion de la justicia por deficiencias de formas, por gastos y por dilaciones».
Y yo podria decir tambien: El Estado deberia comprar los ferro-carriles, dicen con toda seguridad las personas que ven todos los inconvenientes de los ferro-carriles, todos los inconvenientes que existen en nuestra marina y todos los inconvenientes que proclaman los diarios constantemente con relacion á las proveedurias y á todos los negocios en que interviene el Gobierno.
Este libro extensísimo, que me guardaré muy bien de leerlo á la Cámara, trae sin embargo datos que me es forzoso ponérselos á la vista.
Refiriéndose á los males que ha traido siempre el almirantazgo inglés y la intervencion del poder público en la administracion, despues de citar los casos de pérdida de muchos vapores del almirantazgo, por causas que jamás hubieran dado lugar á la destruccion de un solo buque de la marina mercante dice: «Se ha visto esto cuando el descubrimiento del estado de corrosion de las placas de Glatton ha venido á probar que el almirantazgo no habia adoptado para sus blindados el procedimiento de que los armadores se servian desde hace mucho tiempo con éxito.
«Se ha visto, despues de la pérdida de los marinos del «Ariadna», que ha venido á enseñar, por una parte, que una fragata de veintiseis cañones poseia ménos canoas de salvataje que las que el reglamento impone á las naves de cuatrocientas toneladas, destinadas á recibir pasajeros, y por otra parte, que al poner esas naves á la mar no tenian á bordo ni aparatos Kynaston ni el aparato Clifford, bien superiores y tantas veces puestos á prueba por la marina mercante.
«Se ha visto tambien por la no adopcion del regulador Silverg para las máquinas de buques á vapor. Hacia mucho tiempo que los buques que no pertenecian al Estado estaban provistos de ese regulador que previene los inconvenientes de las máquinas. La marina real acaba de emplearlo cuando ha visto que sus máquinas estaban destruidas. Esta incapacidad relativa de la administracion se hace mucho mas notable cuando se remonta muchos años atrás».
Herbért Spencer lo demuestra en muchos casos, y para no citarle á la Cámara mas que dos, voy á decirle cuales son:
«En 1593 se descubrió que el jugo de limon era conveniente para curar el escorbuto, es decir, esa enfermedad que tanto abunda entre los marinos. En ese año el señor Hawkins y varios otros curaron á las tripulaciones con el jugo de limon, y en todos los años subsiguientes el comodoro Lancaster y otras personas que aquí se citan, escribieron sobre este importante descubrimiento. El almirantazgo inglés jamás se habia preocupado de suministrar el jugo de limon para combatir esta enfermedad.
«En 1780 hubo dos mil cuatrocientos casos de escorbuto en la flota de la Mancha; en 1795 la epidemia fué tan violenta que comprometió la seguridad de la misma escuadra. Recien entónces el Gobierno inglés aplicó el jugo de limon al escorbuto en la escuadra, es decir, dos siglos despues, porque habiéndose inventado en 1593 recien se aplicó en 1795.
Esto mismo sucede con mil otros descubrimientos, como en el caso de la hipecacuana, descubierta en 1648, que recien hace dos ó tres años el Gobierno inglés ha mandado hacer cultivo de ella en la India.
Podria citar todos estos casos, porque este es un libro completo, que trata de la mala administracion del Gobierno. Y no solo sucede esto en Inglaterra, sinó en todas las partes del mundo sin excepcion.
Decir que el poder público es buen administrador es contrariar todos los hechos, todos los antecedentes históricos, toda la verdad y todos los ejemplos que vemos continuamente en todos los países del mundo. Esto puede servir para una moraleja, para un cuento de niños; pero lo que es á la razon severa del legislador no es posible traer este argumento sin demostrarlo plenamente con hechos y antecedentes.
Uno de los puntos, creo, en que mas se ha detenido el señor Senador Benitez, era el relativo á la Ley Orgánica de los Ferro-carriles del Estado. El nos decia que esa ley es mala, que es inconveniente.
Es muy fácil decirlo. Lo que es difícil y lo que no ha hecho el señor Senador es probarlo.
¿Dónde está su demostracion? Yo podría decirle lo que un geómetra célebre que asistia á la representacion de Phedra, esa obra del ingenio de Racine.
Mientras todos los concurrentes se lamentaban y lloraban en los pasages patéticos, él preguntaba:—Pero esto ¿qué demuestra? Esto no demuestra ninguna ecuacion; esto no demuestra ni siquiera que el cuadrado de la hipotenusa es igual á la suma del cuadrado de los catetos!
Y bien, yo podría decir despues del discurso del señor Senador:
—Muy poético! pero ¿qué es lo que ha demostrado?
Para demostrar la consistencia del argumento á que me referia hace un momento, me basta decir que el señor Senador era miembro de esta Cámara cuando se discutió la Ley Orgánica de los Ferro-carriles.
¿Por qué no sostuvo entónces estas ideas? ¿Por qué no las hizo triunfar en esta Cámara?
Yo lo creo muy capaz al señor Senador Benitez de hacer algo muy bueno, porque lo creo capaz de muchas cosas buenas. Pero lo que debo decir, lo que no debo ocultar es que es mucho mas difícil crear que criticar, y que para bien de la Provincia yo le cederia mi puesto pudiendo así hacer prácticas sus ideas y yo tomaria el puesto de censor, posicion mucho mas cómoda y en la que se conquista, parece, aplausos y simpatías de un eco unánime.
He leido, señor Presidente, y he releido todo el discurso del señor Senador, pronunciado en la última sesion, y debo declarar con toda franqueza, que apesar de toda la buena voluntad que he puesto para comprenderlo, he encontrado un vacío absoluto, algo de metafísico, mucho caudal de lectura que no hacia al caso; mucha retórica, sí mucha retórica: el ombú solitario, el triste gaucho con la guitarra al hombro, atravesando el desierto, y hasta el centauro aparece allí.
Apesar de esto no debo dejar pasar desapercibidas las frases que he deseado y deseo explicarme todavia porque no las comprendo.
Decia el señor Senador como epílogo de su discurso:
«No se puede pasar por todo y entrar en todas partes con el talisman de la época con el «ábrete sésamo» de nuestros dias; no se llega á todo al amparo único de las ideas que llevan como divisa los mercaderes, iniciativas particulares eficaces—habilidades de sindicatos—prevision de accionistas, etc. La Cámara de los pares de Buenos Aires no es una bolsa de comercio, no es una reunion de traficantes apurados á hacer oro de todo»
«El recinto de la Legislatura de Buenos Aires, tiene á su puerta «el ángel de la guarda de la pátria» dispuesto á sacrificar por la pátria toda idea tendente á sacrificar, por dinero, haciéndola materia de negocio, esa cosa sagrada que se llama los Ferro-carriles de Buenos Aires.... etc.»
Muy bien, señor Presidente; estas dos frases parecen á primera vista que encarnan un cargo directo al P. E. que ha presentado estas ideas á la consideracion de la Cámara; están en contradiccion con declaraciones hechas anteriormente por el señor Senador relativas á la intachable honradez, patriotismo reconocido del señor Gobernador de la Provincia.
No necesitaba el Gobernador este bautismo con que lo ha unjido el señor Senador.
Pero si esto importara un cargo, yo me encargaria de que no quedara en pié; porque representante del P. E. no puedo consentir al señor Senador ni á nadie que pretenda so pretexto de producir efecto en el auditorio, deprimir la alta autoridad del P. E.
Entónces he dicho, señor Presidente: ¿Qué significa esta frase: mercaderes apurados, Cámara de pares convertida en bolsa de comercio, etc? Y entónces veo que es una frase sin sentido que no tiene aplicacion alguna en este caso.
Se ha discutido en la Cámara de Diputados y vendrá pronto al Senado el asunto relativo á la conversion de la deuda, y entónces lo veremos al señor Senador Benitez en la oposicion cerrando su discurso con estas palabras:
«No se puede pasar por todo y entrar en todas partes con el talisman de la época, con el «ábrete sésamo» de nuestros dias, no se llega á todo al amparo único de las ideas que llevan como divisa los mercaderes: iniciativas particulares eficaces, habilidades de sindicatos, prevision de accionistas y compensaciones de dividendos, etc. La Cámara de los pares de Buenos Aires, no es una bolsa de comercio, no es una reunion de traficantes apurados, etc.,» porque tanta explicacion tiene esto ahora como despues.
Vendrán despues las leyes en que se pedirá autorizacion para vender la tierra pública, las tierras del puerto, para vender la escuela de Santa Catalina, la escuela de Artes y Oficios, para levantar los edificios suntuosos que se han de edificar en esta Capital; vendrá todo eso y las opiniones del señor Senador que declarará apesar de haber votado en oportunidad, porque debieran venderse los terrenos del Ferro-carril, que se vendieron al señor Bengolea por nueve mil pesos y que despues segun él mismo se revendieron en ciento cincuenta mil—porque el señor Senador parece que cree que el Estado no ha debido vender tierras desde Garay hasta la fecha, vendrá el señor Senador en medio de su oposicion y nos dirá: «no se puede pasar por todo y entrar en todas partes con el talisman de la época, con él «ábrete sésamo» de nuestros dias, no se llega á todo al amparo único de la idea que llevan como divisa los mercaderes; iniciativas particulares eficaces, habilidades de sindicatos, precision de accionistas, compensacion de dividendos, etcétera.
Yo bien sé, señor Presidente, que tengo que luchar con una preocupacion que ha invadido el espíritu de muchos, pero que vá cambiándose ante la demostracion incontestable: sin embargo, la preocupacion, es un arma terrible y muy difícil de vencer.
Y si en lugar de lanzarse en las suaves corrientes de la que hoy se dice que es la opinion pública, posicion sumamente cómoda para el que no tiene la responsabilidad directa y personal de la administracion, tiene el P. E. el coraje de detenerse y avanzar en contra de la corriente, para demostrar lo que él cree que es el bien de la Provincia, la verdad de las instituciones, no hace con esto ni ejercitará otra virtud que la entereza, el patriotismo en sus convicciones y la honradez de su procedimiento, siempre reconocida.
No quisiera, señor Presidente, extenderme mas; pero ántes de terminar séame permitido analizar lo que es la opinion pública tan mentada por todo el mundo y hasta por el mismo señor Senador Benitez, que nos decia que el pueblo hablaba por su boca, sin recordar que hay un artículo en la Constitucion que dice, que quien toma la representacion é invoca el derecho del pueblo, comete delito de sedicion.
Aquí no hay mas representante del pueblo que el Senado y la Cámara de Diputados.
¿Pero que es la opinion pública?
La opinion pública ¿es la opinión de mucha gente?
Y bien, la opinion pública está con el P. E., por que á recibido muchísimas manifestaciones de adhesion al pensamiento.
¿Es la opinion pública la Cámara de Senadores como debo suponerlo?
Pues bien, señor, la Cámara dará su fallo dentro de un momento.
¿Es la opinion pública los comicios del 5 de Diciembre de 1887?—Entónces el pueblo está con el Poder Ejecutivo.
¿Es la opinion pública la prensa? Aquí está la prensa señor Presidente, y no quiero combatir los argumentos del señor Senador sinó con argumentos del mismo señor Senador.
El señor Senador nos ha leido La Nacion y yo tambien tengo que leerle la opinion de la prensa, empezando por La Nacion misma.
Permítame la Cámara que distraiga tanto su atencion, pero necesito antes de terminar, agregar algunas consideraciones que no habia manifestado expresamente y que me las dá este diario, y que me han de servir de mucho para fundar el proyecto del P. E.
Largas consideraciones siguen á este respecto que podria leer á la Honorable Cámara; pero hay unos puntos que son muy esenciales y que me he olvidado en el discurso, y que deseo que consten porque son oposiciones mias tambien.
(El Sr. Gonnet leyó algunos párrafos de La Nacion del 26 de Enero de 1887 en que se manifiesta favorable á la venta de los Ferro-carriles).
«Anúnciase como cosa segura que el Gobernador electo de Buenos Aires Sr. Paz, se propone enagenar los Ferro-carriles de la Provincia, obedeciendo á ideas y principios fundamentales respecto al papel del Estado en el desenvolvimiento económico de las sociedades.
«El nuevo Gobernador tiene un propósito plausible, y si las condiciones en que despues se verifique la enagenacion son convenientes, habrá realizado una buena obra.
«La Provincia en el estado actual de desenvolvimiento á que ha llegado, no necesita de Ferro-carriles, construidos y explotados por su cuenta, sinó de los hechos y administrados por empresas particulares con sus propios capitales.
«La experiencia ha venido á demostrar de una manera indiscutible la verdad y á la vez la bondad de los principios que condenan el sistema que tiene por objeto la construccion y explotacion de los Ferro-carriles por el Estado.
«Así, el Gobierno de la Nacion ha procedido bien al vender el Andino, y el nuevo Gobernador piensa del mismo modo al proponerse enagenar los de la Provincia.
«La Bélgica tiene 2,500 kilómetros de ferro-carril del Estado; Alemania 17,000; Austria Hungría 2,300—En Inglaterra y Estados Unidos no hay un metro de vara férrea que pertenezca al Estado.
«Es que la administracion de los Ferro-carriles del Estado, permite ménos facilidades al público, ménos seguridad, ménos comodidad que la explotacion privada.
Hay por esto una razon verdaderamente fundamental.
«El interés individual dá eficaz y poderoso impulso á las empresas privadas y falta á las del Estado.
«La industria particular busca naturalmente todas las combinaciones que puedan facilitar los transportes y aumentar el tráfico mientras que el agente del Estado no tiene ningun interés en el desarrollo del tráfico.
«La experiencia, además, ha demostrado que la administracion es rutinera y que no siempre le muestra buena voluntad al público, cualidad esencial tratándose de un servicio tan variado y tan complejo.
«Las empresas del Estado no tienen interés en multiplicar sus relaciones con el público ni en resolver las dificultades que se presentan.
«Háse hecho con este motivo una observacion llena de justicia y de verdad,» diciéndose que las direcciones del Estado se esforzaban por limitar la explotacion para sustraerse así á los trabajos que ella demandaba.
Por otra parte, las empresas del Estado ofrecen al público ménos seguridad que las otras.
«Esto no sucede con los Ferro-carriles del Estado, pues los reclamos que se hacen son mal atendidos ó no escuchados, como estamos cansados de presenciar todos los dias.
«Háse dicho ya que la explotacion hecha por el Estado era mas costosa que la particular, y así es en efecto.
«Se contesta esto diciendo que no es necesario exijir de los ferro-carriles rentas, sinó servicios, y que constituyendo éstos sus funciones primordiales, su explotacion corresponderá al Estado y no á las empresas privadas, por mas cara que fuera aquella.
«La consideracion que se pretende hacer valer carece de fuerza. No es cuestion de renta ciertamente: pero la renta no riñe con el servicio. Los ferro-carriles particulares prestan tan buenos ó mejores servicios que los del Estado, y producen muy buena renta. Los Ferro-carriles del Estado sirven mal y no dán el interés comun del capital invertido, como lo demuestran los Ferro-carriles de la Provincia de Buenos Aires.
«La administracion es indolente, descuidada, desinteresada, ignorante de las grandes cuestiones técnicas, estrecha de vistas y de ideas, lo que no sucede cuando ella es hecha por empresas particulares.
«¿Qué ha sucedido en Bélgica, una de las naciones que han adoptado la construccion de Ferro-carriles por el Estado?
«Segun todos los Ministros que se han sucedido en el poder, la explotacion de esos Ferro-carriles ha sido una causa permanente de ¡embarazos financieros! y el mismo Rey en uno de sus discursos ha dicho que la intervencion del Estado la volvia onerosa y gravitaba con exceso sobre las finanzas públicas»
«En cuanto á Italia, bastará reproducir las palabras de uno de sus Ministros, consignadas en un documento oficial, referente á la explotacion de los Ferro-carriles por el Estado, para establecer que ella es bajo todo concepto inconveniente. Afírmase que «las dificultades comerciales, industriales, técnicas, financieras y políticas que ella entraña, hánse demostrado claramente en los pocos años transcurridos.»
«Bajo otro punto de vista, esa explotacion hace descender el nivel moral de los individuos é inaugura el régimen de los monopolios por el Estado, tanto mas peligrosos y funestos cuanto que se esconden tras el pretexto del bien público para extender su dominio y convertirse en instrumento de opresion y de explotacion vergonzosa.
«La administracion del Ferro-carril Andino era deficiente, hoy que pertenece á una empresa particular, mejora sensiblemente.
«La de los Ferro-carriles de la Provincia lo es mas todavia; de modo que su venta cortaria los escándalos denunciados, los negocios ilícitos, el mal servicio y hasta el incendio de estaciones valiosas.»
Espero, señor Presidente, que el señor Senador Benitez me conteste estos argumentos, que tambien los hago valer en mi discurso.
Pero la prensa no es La Nacion, solamente La Prensa misma ha publicado una série de artículos, La Prensa que tiene entereza, que tiene carácter, que defiende la doctrina bajo una forma sólida, bajo una argumentacion indiscutible, ha publicado una série de artículos que escuso leer á la Cámara porque supongo que ella ya los habrá leido.
Ahora si es la opinion pública la opinion del partido dominante en la Provincia, ahí está El Censor que representa la opinion del partido y que ha demostrado que la explotacion de los Ferro-carriles por el Estado es una iniquidad.
Los demás diarios, los demás periódicos de la Capital Federal independientes y de algún valer, no han manifestado opinion hasta este momento, esperando el debate de la Cámara para opinar en uno ú otro sentido.
¿Es la opinión pública la mayoria de los diarios de esta Capital?
Pues la mayoria de los diarios de esta Capital sostiene que el Estado no debe ser empresario de ferro-carriles.
¿Es la opinión pública los diarios de la campaña de Buenos Aires?
Ahí está El Oeste, que representa los intereses de esa zona de la Provincia, que sostiene con energía que el Estado no debe ser empresario; y si es en la zona Sud está La Patria de Dolores, que representa tambien los intereses de esa parte de la Provincia.
¿Qué es la opinion pública, entónces?
He analizado lo que es la opinion pública y creo haber demostrado que ella está con el P. E. y no con los que gritan en contra de la enagenacion de los Ferro-carriles.
Pero voy á terminar, señor Presidente, porque estoy algo fatigado.
El señor Senador Benitez, nos decia en dos ocasiones de su discurso, que la doctrina, la historia y hasta las consideraciones de órden político estaban con él, en contra de la enagenacion de los Ferro-carriles.
Permítame que le diga que sin haber citado opinion ninguna, ejemplo ninguno de la historia y habiendo citado yo la opinion de los distinguidos escritores que me acompañan en este debate, y el ejemplo de todas las naciones civilizadas del mundo, permítame que le diga, y no lo tome á mal: el señor Senador ha calumniado á la historia, ha falseado la verdad de la doctrina, y hasta las consideraciones del órden político no le han detenido en este errado camino.
Permítame tambien que le felicite á mi vez porque apesar de todo esto ha encontrado su senda cubierta de flores y el tiempo le ha sido insuficiente para contestar las felicitaciones que ha recibido de los suyos y de los desconocidos.
Despues de esto podria decir al señor Senador como Pirro, despues de la batalla de Asculum: «con otra victoria como esta, está perdido el señor Senador.»
Toca ahora al Honorable Senado con su razon justiciera, con su criterio sereno, decidir sobre este punto tan esencial, sobre este punto que, como he dicho al principio, forma la base inquebrantable del Gobernador de la Provincia, cuya representacion tengo en este momento.
He dicho.