EL RUISEÑOR
I
Yo aplaudo al ruiseñor cuando á la hora
en que despierta perezosa el Alba,
él vierte trinos, de alborozo llenos,
como la aurora lágrimas.
Yo aplaudo al ruiseñor al medio día
porque, de árbol en árbol cuando salta,
quema, creyente, en el altar de Febo
no incienso, alas...
Yo aplaudo al ruiseñor cuando á la Tarde
—su novia—ofrece quejumbrosa cántiga,
y le aplaudo también cuando á la Noche
entona una plegaria...
II
Mas si alevoso huésped, por codicia,
del recinto selvático le arranca
para dejarle prisionero alado
dentro la odiosa jaula;
El pobre ruiseñor cierra su pico,
enfermo pliega las oscuras alas,
y, romper no pudiendo sus cadenas,
muere de rabia...
Entonces ¡oh! no sólo del aplauso
agito yo las palmas,
sino que, noble, sin igual y altiva,
doy forma á esta pregunta temeraria:
¿Por qué los pueblos que aherreojó el tirano
también no aprenden á morir de rabia?
JOSÉ MERCADO
(Momo)
Nació en Caguas, el día 7 de Octubre del año 1863. Fué bautizado en aquella parroquia con el nombre de José Ramón, y era hijo natural de Ramona Mercado.
De su niñez se sabe solamente que fué poco tiempo á la escuela, y que á los doce años servía como dependiente y mandadero en una tienda de comestibles de don Eusebio Santa, en dicha población.
Con motivo de unas fiestas reales que allí se celebraron en aquel tiempo, se convocó á los trovadores populares para que acudiesen á improvisar décimas ante un jurado, ofreciendo un premio al vencedor. El niño Mercado pidió permiso al dueño de la tienda para acudir á la justa poética, llegó ante el jurado, cantó, y obtuvo el premio entre todos los trovadores del concurso.
Vivió después en el pueblo de Cayey, dedicado probablemente á ocupaciones análogas á las que solía desempeñar en Caguas, y cuando se hallaba ya en plena juventud, vino á San Juan.
Lo más interesante de la vida de Mercado desde esta fecha lo relató hace años en forma ligera el autor de las presentes líneas, en una especie de semblanza que sirve de prólogo á la colección de poesías de aquél, titulada Virutas, y dice así:
"En mi ya larga vida de tropezones literarios, no he tropezado hasta ahora con un autor más original que el de este libro.
Momo es la originalidad misma. No se parece á nadie física, moral ni literariamente. No se sabe dónde, cuándo ni cómo aprendió á escribir versos; tampoco se sabe cuándo, ni en donde los escribe, y á estas horas, en que Momo es ya una personalidad literaria hecha y derecha, todavía son muy contadas las personas que aquí tienen noticias de cómo, cuándo y de dónde vino Momo á esta ciudad. Yo mismo, que solía tener al dedillo, en tiempos atrás, los antecedentes de mis compañeros de letras, encuentro bien poca cosa que decir acerca del advenimiento, aprendizaje y formación de este poeta singular.
Allá por los años de 1891 se publicaba aquí un periódico, del cual eran redactores varios catedráticos del Instituto. Lo editaba el Sr. Anfosso, y lo empaquetaba y rotulaba para los suscriptores un jovencito pelirrojo, risueño, vivaracho, de fisonomía simpática é inteligente, y de mirada interrogativa y sagaz.
Adolecía por lo general el periódico aquel de cierto dogmatismo empalagoso, y el lenguaje de sus artículos era casi siempre almidonado y tieso, con más atavíos de retórica que ingenio y originalidad. Pero afortunadamente, los catedráticos se distraían con frecuencia, no volvían á la Redacción después de almuerzo, y á la hora de terminar el periódico no había originales suficientes. Corría entonces la noticia por el taller, se producía un sordo rumor de colmena mezclado con tal cual escape de risa, continuaba después el trabajo de los tipógrafos, y el periódico salía completo, á su hora y sin dificultad.
Luego se fué notando que las ediciones del periódico en que ocurría lo que acabo de relatar, eran las únicas en que había algo bueno y sabroso que leer.
Y... lo que pasa. La gente que leía y saboreaba aquellos versos epigramáticos y aquellas sabrosas noticias, quiso averiguar de quién eran. Nada se puso en claro por de pronto, y esto avivó más y más el deseo de la averiguación; pero de sospecha en sospecha, y de indicio en indicio, llegó, por fin, á saberse que el autor de los epigramas picantes y de las regocijadas gacetillas era... el mismísimo diablillo rojo que rotulaba las fajas para el correo en la oficina del periódico.
La curiosidad frívola frecuentó con cierta asiduidad, en aquellos meses, la Redacción y la Administración de La Balanza, que éste era el nombre del periódico indicado; pero sólo consiguió saber que el chico era de carne y hueso, que había venido de Cayey, que tenía buen humor, que fumaba puro y que sabía leer y escribir.
Más tarde, un repartidor de cédulas de vecindad llegó á saber que nuestro incógnito se llamaba José Mercado.
¡Mercado! Este apellido sonaba mal en aquella época, en que se había establecido ya la cotización de las conciencias políticas, y no se podía pronunciar en alta voz sin que alguno se diese por aludido.
El chico lo conoció bien pronto, á fuer de avisado y perspicaz, y empezó á desligarse del apellido, hasta que prescindió de él por completo.
—Este, más que apellido—dijo Mercado para sí—es un apóstrofe oblicuo, que diría el catedrático de Retórica... Sacrifiquémoslo, para evitar disgustos innecesarios.
Y tomó de ese apellido el principio y el fin, ó sea la primera y la última letra, y repitiéndolas en una sola palabra formó el seudónimo por el cual le conocemos desde entonces, y que es también el nombre del dios mitológico de la Risa.
No tardó mucho en hacerse popular el seudónimo, y desde ese mismo instante empezó Momo á padecer.
En cuanto se supo que hacía versos fáciles y graciosos no hubo en la ciudad sereno, cartero, alguacil, campanero, ó repartidor de periódicos que no le encargase versos, para pedir el aguinaldo.
Y tras de éstas, llegaron otras peticiones, atraídas por la eficacia de la propaganda.
—¿Quién te sacó esos versos tan bonitos?
—Momo.
—¿No te quitó nada por sacarlos?
—No.
—Pues me tiene que sacar otros á mí.
Y allá fué medio mundo, á sacarle á Momo los ojos, para que él le sacara versos.
Las compañías de zarzuelas le encargaban todas las seguidillas, peteneras y coplas alusivas y picantes de la temporada; no hubo ya pedidor de aguinaldo que no le pidiera versos graciosos, ni álbum que no llegara donde él en demanda de alguna chistosa redondilla.
También acudieron á Momo las cofradías en busca de poesías místicas. ¿Tenía gracia el nuevo poeta? ¿Eran leídos con avidez sus versos? ¿se reían las gentes con ellos, y por todas partes los repetían y los saboreaban con deleite? Pues que le saque unas décimas á las cinco llagas, que componga un villancico para los Santos Reyes, ó que haga un soneto acróstico para el Ángel Gabriel.
Complaciente y bondadoso como Dios lo hizo, apechugaba Momo con estos encargos, y sacaba versos de aquella enmarañada y varonil cabeza, como quien saca agua de un pozo manantial.
Y ahora pregunto:
¿Deben atribuirse á esta tremenda gimnasia, los evidentes progresos de Momo en el arte de la versificación?
Yo, por lo menos, me inclino á creer que esto ha debido contribuir en gran parte al desarrollo de sus excelentes disposiciones para el cultivo de la poesía lírica. Lo cierto del caso es que Momo versifica ahora con admirable facilidad, que maneja bien la rima y que su dicción iguala en espontaneidad y soltura á la del mejor de los poetas portorriqueños.
En los primeros años el instrumento poético de Momo fué consecuente con la significación mitológica de su seudónimo, y no sonaba en él más que la cuerda festiva; pero el pasar de los años, las amarguras de la experiencia y la penosa impresión que dejan siempre en las almas sensibles las desgracias de la patria, fueron poniendo en tensión otras cuerdas importantes, y ya le falta poco para poseer el registro completo. Sus composiciones tituladas La Lengua castellana, ¡Á la fiesta!, ¡Sálvanos, madre!, Lázaro, y Redención, demuestran hasta qué punto el diablillo juguetón y despreocupado de La Balanza ha podido elevarse en la escala del sentimiento patrio, de la elegía bien sentida y vibrante, y de un subjetivismo ingenuo y melancólico, que hace recordar en cierto modo la doliente y amable sinceridad de Alfredo de Musset.
En algunas de estas producciones aparece ya el poeta de alto sentido social, que se sale de sí mismo, que se olvida de su risa y de su humorismo propios, para sentir el dolor ambiente, la desgracia de los que le rodean; é inspirándose entonces en los diversos estados del alma popular, interpreta y expresa en sugestivas estrofas el pensamiento colectivo, las esperanzas, las tristezas ó los anhelos de las multitudes. Enmudece entonces en él la nota festiva y riente, y ora prorrumpe en gritos de protesta contra lo que considera indigno, ora nos canta, como Richepin, la canción melancólica de los desgraciados.
Posee, pues, en alto grado el don de la sensibilidad, sin el cual no hay poeta posible; pero pasada en él la impresión aguda que crea esos estados de ánimo capaces de producir el ardiente soplo de la inspiración lírica, su espíritu, naturalmente regocijado y apacible vuelve á producir notas alegres, como vuelve la palmera al movimiento dulce y juguetón de sus graciosos abanicos, después de haberlos agitado con violencia dolorosa á impulsos de una breve racha del vendaval.
¡Dios le conserve á Momo esa cualidad, tan en harmonía con la gracia de su ingenio y con la espontaneidad generosa de su carácter!
Lo árido de la profesión en que por necesidad se ejercita, su desdén por el convencionalismo literario (todavía mayor que el que le inspira el convencionalismo social) y su poca ó ninguna afición á las citas de las historia y del arte, han sido causa de que algunos de sus admiradores le supongan refractario al estudio, atribuyendo los méritos de sus producciones á milagros de la ciencia infusa y á la fuerza poderosa de la vocación.
Creo que se equivocan.
No hay progreso sin estudio, y son evidentes los progresos que se van operando en la labor poética de Momo. Lo probable es que tenga muy limitado el número de sus autores preferidos, y que áun de estos pocos no se esclavice á ninguno. Diríase que su Musa es huraña de puro independiente, y que su Pegaso no admite ancas; pero eso no es decir que el poeta de La Lengua Castellana desdeñe los buenos modelos, ni huya de las verdaderas fuentes de inspiración.
Además, Momo sabe leer y lee con frecuencia en el gran libro de la realidad viviente, y de él suele sacar sin esfuerzo los mejores asuntos para sus composiciones.
Si según vive en una ciudad relativamente populosa, en cuyas alegrías y tristezas toma nuestro poeta inspiración para sus cantares, le hubiera tocado en suerte vivir, con su cultura actual, en medio de la campiña portorriqueña, de esa maravillosa orgía de luz y de colores donde la vida brota, se renueva, se esparce y se desborda en profusión incomparable de formas, tonos, perfumes y sonidos, quizás no estuviéramos esperando todavía el cantor de tan soberanas bellezas, el poeta que nos hiciese comprender y sentir el tesoro de tan amorosa, dulce y delicada poesía.
La necesidad, la curiosidad, ó ambas fuerzas reunidas, le trajeron del campo á la población, y en vez de Orfeo ha resultado Momo.
¡Séalo en hora buena!
Son ya tantos en el mundo los que nos hacen gemir, que aquél que logre aportar al acerbo común un poco de dulzura alegre y comunicativa, será verdaderamente un bienhechor de la humanidad.
Ecce Momo."
Á fines de Septiembre del año 1905 se embarcó para la Habana, en donde hizo vida de bohemio amable, bien querido de los hombres de letras y bien recibido en las Redacciones de periódicos, pero constantemente desprovisto de dinero.
Visitó varias poblaciones importantes de Cuba, publicó allá varios trabajos en verso y en prosa, que no se han coleccionado, y falleció en la Capital de aquella república en Marzo de 1911.
No obstante su vida azarosa y descuidada, fué un poeta de gran espontaneidad, de noble pensamiento y de fácil vena cómica.
La siguiente composición es de las más celebradas que escribió: