IX.
En aquel momento, por el ajimez que habia dejado abierto el príncipe, penetraron tres horribles y enormes murciélagos, que revolotearon al rededor de Betsabé.
El príncipe estaba atónito: Betsabé tendió su mano hácia los murciélagos y dijo:
—¡Hermana mia, Djeidah, ven!
Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de Betsabé y batió impaciente sus alas.
—¿De dónde vienes? le preguntó la jóven.
—Del castillo de Comares, contestó el murciélago en un acento lleno de suave languidez.
—¿Qué has encontrado en él?
—Mi prometido.
—¿Te conoce?
—Me ha visto en sueños.
—Me idolatra.
—Por el poder del anillo del gran Salomon, que pongo sobre tu cabeza, vuelve á tu sér, hermana mia.
Al decir esto, Betsabé puso sobre la alfombra al murciélago que se trasformó en una nube blanquísima; la nube se elevó hasta cierta altura, tomó formas y se convirtió en una mujer hechicera.
La admiracion del príncipe tocaba á su colmo: Djeidah hubiera podido pasar por la doncella más hermosa del mundo, si no hubiera existido Betsabé; sus cabellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su espalda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes ojos azules tenian una expresion de languidez irresistible. Cubríala una túnica blanquísima y entre sus anchos pliegues se marcaban sus formas redondas y voluptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el divan y Betsabé llamó á otro de los murciélagos.
—¡Hermana mia Zahra, ven!
El segundo murciélago se posó como el primero en la mano de Betsabé.
—¿Dónde has estado? le preguntó esta.
—En la fortaleza de Guadix, contestó con voz sonora el murciélago.
—¿Qué has hecho allí?
—Guardar el sueño á mi prometido.
—¿Te conoce?
—Sí.
—Me adora.
—Por el anillo del poderoso Salomon, vuelve á ser lo que eras, hermana mia, murmuró Betsabé poniendo sobre el divan al negro murciélago.
Un instante despues una jóven y apuesta doncella fijaba una profunda mirada en el príncipe Juzef: á pesar de ser muy hermosa, la expresion de sus ojos pardos y centelleantes era sombría y fija; su hermoso entrecejo se fruncia de una manera terrible, y sus labios purpúreos estaban orlados de una sonrisa cruel; pero esta expresion desfavorable duró sólo un momento: su frente apareció tersa, sus ojos retrataron la paz más profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa candorosa; apartó con sus manos, que parecian hechas de alabastro, los negros y larguísimos rizos que cubrian en parte su semblante teñido de un leve matiz moreno, y se sentó en el divan junto á Djeidah, cubriendo sus piés con la falda de su ancha túnica de escarlata.
Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el tercer murciélago.
—¡Hermana mia Obeidah, dijo Betsabé tendiendo de nuevo su mano, ven!
El murciélago se posó en ella.
—Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz dulcísima.
—¿Qué has hecho allí?
—Velar á mi prometido.
—¿Te ha visto?
—En sueños.
—¿Te ama?
—Está loco por mí.
—En nombre del alto y poderoso Salomon, torna á ser hermosa, hermana mia.
Una tercera y linda jóven apareció á la voz de Betsabé.
Una túnica dorada pretendia en vano ocultar lo aéreo de su esbelto talle; la mirada de sus hermosísimos ojos celestes era tan indiferente que hubiera ofendido al amor; su cabellera, bermeja como el oro, embellecia una frente en que era difícil encontrar las huellas del más ligero pesar. Obeidah ocupó un lugar en el divan entre Djeidah y Zahra.
Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro que sujetaba su pié.
—Rómpase el signo de mi esclavitud, exclamó.
La cadena se rompió en mil pedazos.
—¡Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el sitio en que el príncipe contemplaba inmóvil de asombro tanta maravilla; ¡ya soy reina! hermanas mias, levantaos.
—Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su linda boca en un largo bostezo.
—Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Zahra, ¿has olvidado tus noches de dolor, que así reposas cuando hemos menester todo nuestro esfuerzo para la última prueba?
—Sí; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á Djeidah y Obeidah; esforcémonos, hermanas mias, para que nuestra hermana Betsabé logre los amores de su bellísimo príncipe; ayudémosla para que despues nos trate como esclavas.
Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió á Obeidah.
—Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada indiferente en su hermana.
—¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Betsabé; y en verdad que he hecho mal en acordarme de vosotras, para arrancaros de vuestra cautividad; tu pereza, Djeidah, te hace merecedora á que te dejen dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rincon de unas ruinas; tú, Zahra, envidiosa y cruel, no debias volver á ver el sol; y tu glotonería, Obeidah, sólo debia ser satisfecha con los insectos que encontrases en tu vuelo nocturno.
Los tres bellos semblantes de las tres damas apostrofadas, se animaron con una expresion de cólera, y se lanzaron á Betsabé.
—¿Por qué me llamas perezosa, gritó Djeidah, cuando tus locuras de amor nos han reducido á este estado?
—¿Y á mí envidiosa, añadió Zahra, cuando harias pedazos á la mujer á quien amase tu hermoso Juzef?
—¿Y á mí glotona, prosiguió Obeidah, cuando tu sed de amor devorará á tu lindo príncipe?
Betsabé habia retrocedido ante el furor de sus hermanas, pero sin miedo, como el luchador que se retira á la vista de su adversario para buscar el punto de ataque.
—¿Sabeis, les dijo despues de un momento de observacion, mostrándolas el anillo cabalístico, que por el poder de este talisman, como os he sacado de vuestros hediondos nidos puedo volveros á ellos?
Las tres rebeldes beldades palidecieron, y miraron á su hermana con ansiedad.
—No lo haré, continuó Betsabé, porque no soy rencorosa. Pero es necesario que nos unamos para inclinar nuestro doble destino á la buena parte, y que procuremos huir de la mala. ¿Qué quereis mejor, las tinieblas de la torre de los Siete Suelos ó los alcázares de nuestro padre?
—Los alcázares de nuestro padre, contestaron en coro y de la manera más humilde que supieron las tres rebeldes.
—Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando veníais á visitarme cerniéndoos sobre vuestras alas de crespon, erais más razonables y más humildes; me deciais con el acento de la desesperacion: «Hermana Betsabé, arráncanos de nuestro estado, y te obedecerémos; vuélvenos á nuestro sér, y serémos tus esclavas.» Pues bien, el destino ha puesto en mis manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas.
Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solemne de sus palabras.
—¿Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las tres mujeres en el colmo de la humildad.
—Abajo hay tres osos salvajes que es necesario domesticar. ¿Decís que os aman los walíes?
—Sí, dijeron las tres.
—Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fingidlo.
—Abu-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeidah haciendo un mohin de disgusto, y si me abandonas á él sin poder, me tratará como á sus etíopes, y me venderá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro.
—Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y me mirará como una esclava.
—Abul-Hassan, murmuró Obeidah, es iracundo y celoso, y me azotará como á sus perros.
—¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, ¿quién os ha hecho pensar, descontentadizas hermanas, que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo yo subir al cielo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué rebelaros contra vuestro destino? ¿No ha dispuesto él que guardaseis el sueño de esos tres hombres y les presentaseis visiones tentadoras, como ha dispuesto que yo ame al hijo de un rey?
—Pues bien, observó Zahra, matemos á esos tres hombres.
—Guardaos bien de hacerlo, dijo Betsabé; sin ellos, ¿quién haria perecer al hombre destinado á edificar la torre de los Siete Suelos?
El príncipe que presenciaba absorto esta terrible conversacion, se estremeció de piés á cabeza, y creyó llegada su hora cuando Zahra contestó:
—¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no es hijo de ese hombre, y no puede llegar cuando quiera hasta lo más reservado de su haren? ¿Acaso no hay tósigos y puñales?
—El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesinado á su padre, y para fijar nuestro porvenir es necesario que yo sea sultana. Meditadlo bien; un año vuela con la velocidad del huracan, y si ese año pasa sin que haya muerto Al-Hhamar... ¡ay de nosotras!
Las tres jóvenes miraron irresolutas á Betsabé; esta estaba á punto, irritada por su obstinacion, de volverlas á trasformar por castigo en murciélagos.
—¿Os resolveis? gritó: sí ó no.
—Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres.
Entonces Betsabé se volvió al príncipe.
—Amado mio, dijo, vas á ver lo que ningun mortal puede contar; ¿quieres que traiga aquí los arcángeles del sétimo cielo? ¿Por qué la luz de mis ojos está tan triste?
Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó entre las suyas.
Betsabé describió un círculo en el suelo con el anillo, murmuró algunas palabras misteriosas, y añadió con voz potente:
—¡Espíritus que escuchais mis conjuros, esclavos de mi poder, salid á luz!