CAPITULO VII
Que siendo Pitagoras lo que le acaesció.
Gallo.—Vengo á contar lo que siendo Pitágoras me acaesció y porque cumple que digamos la verdad, yo fue en suma un sofista y no nescio, muy poco ejercitado en las buenas disciplinas, e acordé de me ir en Egito por disputar con los filosofos en sus altas ciencias, con los cuales deprendí los libros de la diosa Ceres la qual fue inventadora de la astrología y primera dadora de leyes, y despues volvime en Italia, donde comenze á enseñar á los latinos aquello que deprendí de los griegos y de tal suerte doctriné que me adoraban por Dios.
Micillo.—Ya yo he oido eso y cómo de los italos fueste creido; mas dime agora la verdad; ¿qué fue la causa que te movió que constituyeses ley que no comiesen carne ni habas ningun hombre?
Gallo.—Aunque tengo vergüenza de lo decir, oirlo has, con tal condicion que lo calles; yo te hago saber que no fue causa alguna ni cosa notable ni de gran majestad; mas miré que si yo enseñaba cosas comunes y viejas al vulgo no serian de estimar; por tanto acordé de inventar cosa nueva y peregrina á los mortales porque más conmoviese á todos con la novedad de las cosas de admiracion; ansi yo procuré de inventar cosa que denotase algo, mas que fuese á todos incónita su interpretacion y en conjeturas hiciese andar á todos atónitos sin saber qué quería decir, como suele acaescer de los oráculos y profecías muy oscuras.
Micillo.—Dime agora, despues de que dejaste de ser Pitagoras, ¿en quién fuistes transformado y qué cuerpo tomaste?