CAPITULO VIII
Como siendo Pitágoras fue transformado en Dionisio rey de Sicilia y lo que por mal gobernar se sucede.
Gallo.—Despues sucedi en el cuerpo de Dionisio rey de Secilia.
Micillo.—¿Fueste tú aquel que tuvo por nombre Dionisio el tirano?
Gallo.—No ese, mas su hijo el mayor.
Micillo.—Pues di la verdad, que tambien fueste algo cruel y aun si digo mas no mintiré; tú ¿no mataste á tus hermanos y parientes poco á poco porque temías que te habian de privar del reino? bien sé que sino te llamaron el tirano fué porque en el nombre difirieses de tu padre; basta que te llamaron siracusano por las crueldades que heciste en los siracusanos; dime la verdad, que ya no tienes que perder.
Gallo.—No te negaré algo de lo que pasó desde mi niñez, porque veas el mal reinar á qué estado me vino á traer. Yo fue el mayor entre los hijos de mi padre y como el reinado se adquirió por tirania no sucedimos los hijos herederos, sino trabajabamos ganar la gente del pueblo que nos habia de favorescer, y ansi yo procuré quanto á lo primero haber á pesar de mis hermanos los tesoros de mi padre, con los cuales como liberal distribuí por los soldados y gente de armas, que habia mucho tiempo que mi padre los tenia por pagar, y despues por atraer el pueblo á mi favor solté tres mil varones que mi padre tenia en la carcer muy miserablemente atados porque no le querian acudir con sus rentas y haciendas para aumentar sus tesoros y solteles el tributo por tres años á ellos y á todo el pueblo. Mas despues que fue elegido de los ciudadanos y comarcanos, ¡oh Micillo! vergüenza tengo de te lo decir.
Micillo.—Dimelo, no tengas vergüenza de lo contar á un tan amigo y compañero tuyo como yo.
Gallo.—Comence luego de siguir la tirania y porque tenia sospecha de mis hermanos yo los degolle y despues los quemé á ellos y á mis parientes y aquellos mayores de la ciudad, que fueron mas de mill, y despues dobléles el tributo fingiendo guerras con las cercanas provincias y grandes prestamos; mi intencion era aumentar tesoros para defender mi misera vida; deleitabame mucho en cortar cabezas de los mayores y en robar haciendas de los menores; hacia traer ante mí aquellas riquezas; deleitabame en verlas; en fin, todo este mi deleite se me convertio en gran trabajo y pesar, porque como el pueblo se agraviase con estas sinrazones, conspiraron contra mi y por defenderme retrajeme á la fortaleza con algunos que me quisieron seguir. Ya estando allí cercado, yo aun quisiese usar de crueldad porque inviandome embajadores de paz los prendí y los maté y plugo á Dios que por mi maldad fue echado por fuerza de allí y fueme acoger con los lucrenses, que era una ciudad sujeta á Siracusa, y ellos me rescibieron muy bien como no sabian que yo iba huyendo; yo como hombre habituado á las pasadas costumbres comence á robar entrellos (sic) lucrenses las haciendas de los ricos, tomando las mujeres hermosas á sus maridos y sacando las encerradas doncellas que estaban consagradas á los templos, y robaba los templos de todos los aparejos de oro y plata que habia para los sacreficios, y con estas obras vinieronse los lucrenses á enojar de mi; ¡oh omnipotente Dios! y qué trabajo tenía en conservarme en la vida; ¡cuán temeroso estaba de morir! ni osaba beber en vaso, ni aun comer ni dormir, porque en lo uno y en lo otro temia que me habian de matar; ¿qué más quieres, sino que te doy mi fe que con un carbon ardiendo me cortaba la barba por no me fiar de la mano y navaja del barbero, y trabajé por enseñar el oficio de barbero, á unas dos hijas que yo tenia, porque me quemaba con el carbon que no lo podia ya sufrir? Despues que por seis años pasé estos trabajos, no me pudiendo sufrir los lucrenses echaronme por fuerza de la tierra, y sintiendo en paz á Siracusa volvime para ella, y como de ahi algunos dias yo volviese á ser peor me venieron á echar de la tierra jion (sic) e yo desventurado, corrido y afrentado, sin poderle resistir me fue[292] en Corintio destruido por me guarescer; aqui vine á vevir en mucha miseria demandando á mis amigos y enemigos por limosna el mantinimiento e no lo querian dar, á que vine á vevir en mucha miseria y tanta necesidad que no tenia una capa con que me defender del frio; en fin, yo me vi aqui en extrema miseria, tanto que me vine á enseñar mochachos á leer y escrebir porque de aquel salario me pudiese mantener.
Micillo.—Mas antes yo he oido decir que lo hacias por ejercitar tu crueldad castigando los mochachos con continas disciplinas, y eras tan extremadamente cruel que dicen de ti que en Siracusa una bieja de muy grandisima edad rogaba á los dioses continuamente por ti que te dejasen vivir por muchos años, y preguntando porqué lo hacia, pues toda la cibdad blasfemaba de ti, respondio que habia visto en su vida larga muchos señores tiranos en aquella ciudad y que de contino sucedia otro tirano peor y que rogaba á los dioses que tú vivieses mucho, porque si acaso habia de suceder otro tan malo y más peor, que á todos mandaria quemar juntamente con Siracusa.
Gallo.—¡Oh Micillo! todo me lo has de decir, que no callarás algo; bien has visto el trabajo que tienen los hombres en el mundo en el reinar y regir mal las provincias tiranizando los subditos; mira el pago que los dioses me dieron por mi mal vivir; y si piensas que más descanso y contento tiene un buen rey que con tranquilidad y quietud gobierna su reino, engañaste de verdad, porque visto he que viven sin algun deleite ni placer; piensa desde los primeros justos gobernadores de Atenas é de toda Asia, Europa, Africa y hallarás que no hay mayor dolor en la vida de los hombres quel regir y gobernar. Si no, preguntalo á Asalon (Solon) el cual decía que tanto cuanto más trabajaba por ser buen gobernador de su republica tanto y más trabajo y mal añadia; pero si consideras tú cuán gran carga echa acuestas el que de republica tiene cuidado y aquel que bien ha de regir las cosas, piensa que no tiene de pensar en otra cosa en todos los dias de su vida, sin nunca tener lugar para pensar un momento en su propio y privado bien, con cuánta solicitud procura que se guarden y esten en su vigor y fuerza las leyes quel fundó y no firmó; con cuánto cuidado trabaja que los oficiales de su republica sean justos, no robadores, no coecheros ni sosacadores de las haciendas de los míseros de ciudadanos y qué continua congoja tiene, considerando que'stá puesto sobre el pueblo por propio ojo de todos con el cual todos se han de gobernar, como piloto de un gran navio en cuyo descuido está la perdicion de toda la mercaderia y junto en el flete del navio va, y tienen gran cuidado en ver que si en el menor pecado ó vicio incurre, á todo el pueblo lleva de si; de otra parte le combate su mucha libertad y su mando y señorio para usar del deleite de la lujuria, del robar para adquirir tesoros, vendiendo synos (sic) preturas y gobiernos para personas tiranas que le destruyan los vasallos é suditos, lo cual huye el buen principe posponiendo cualquiera interese; ¿pues qué soberano trabajo es sufrir los adúlteros y lisonjeros que por servirles le cantan moviendo al buen rey con loores que claramente ves que en si mismo no los hay; pues, ¿qué afrenta rescibe cuando le canta en sus versos: hice escaramuzas notables, si nunca entró en batalla ni pelea, y cuando le procura importunar trayendo á la memoria la genología de sus antecesores, de cuya gloria, él como buen rey no se quiere preciar, sino de su propia virtud? Alleganse á esto los odios, las invidias, las murmuraciones de los menores, de las guerras, disenciones y desasosiegos de sus reinos, que todo ha de caer sobre él y sobre su buena solicitud; pues allende desto qué trabajos se ofrecen en las encomiendas de las capitanias y de los oficios del campo, de oir las quejas de los miseros labradores que los soldados les destruyen sus mieses y viñas y les roban su ganado, que no basta mantenerlos de balde, mas que les toman por fuerza las mujeres y hijas y sin les poder defender de todo esto. ¿Di, Micillo, el buen rey que sintirá, con que sosiego podrá dormir, con qué sabor comer é que felicidad ó deleite piensas que puede tener? Pues ¿qué te contaré de los caballeros y escuderos y continos que comunican en casa del rey y llevan salarios en el palacio real, á los cuales como en el mundo no sea cosa más baja ni más enojosa ni desabrida ni más trabajosa ni aun más vil quel estado del siervo, ellos se precian de serlo, con decir que tratan y conversan con el rey y que le veen comer y hablar y por esto se tienen por los primeros; en todos los negocios y horas con una sola cosa son contentos, sin tener invidia de alguno, y tratando ellos la seda y el brocado y las piedras preciosas menos pueden y curan de todos los buenos estados del vevir y de la virtud que engrandece los nobres y este dejan por otros, diciendo que les sea cosa muy contraria el saber; en esto solo se tienen por bienaventurados en poder llamar amo al rey, en saber saludar á todos conforme al palacio y que tienen noticia de los títulos y señores que andan en la Corte y saben á cuál han de llamar ilustre, á cuál manifico, á cuál serenisimo señor; precianse de saber bien lisonjear, porque esta es la ciencia en que más se ha de mostrar el hombre del palacio. Pues si miras toda la manera de su vivir en qué gastan el tiempo de su vida, ¡oh qué confusion y qué trabajo y qué laberintio de eterno dolor! oyémelo y cree que lo dirá hombre expirimentado y que todo ha pasado por mi sudor hasta el medio día porque se fueron acostar cuando queria amanescer; luego mandan que esté aparejado un asalariado sacerdote que muy apriesa sacrefique a Dios junto á su cama á la hora de medio día y despues comenzanse á vestir con mucho espacio con todas las pesadumbres y polidezas del mundo y a la hora de las vísperas van á ver si quiere comer el Rey; ¡oh qué hacen en palacio! dispónense á servir á la mesa; á la hora que ni entra en sabor ni en sazon se van ellos á comer frio y mal guisado y luego á jugar con las rameras ó acompañar al Rey doquiera que fuere; venida la hora de la cena tornan al mismo trabajo y despues que á ellos les dan de cenar, á la media noche vuelven al juego y si juega el Rey ó Principe ó otro cualquiera que sea su señor, estan alli en pie hasta que harto su apetito de jugar se quieren ir á dormir cuando quiere amanescer. Pues las camas y posadas de la gente de palacio, ¿quién te las pintará? cada dia la suya y tres ó cuatro echados en una, unos sobre arcas é otros sobre cofres tumbados. En cuanto se debe estimar; ¡oh vida de más que desesperados! ¡oh Purgatorio de perpetuo dolor! Pues entre estos anda un género de hombres malaventurados que no los puedo callar; su nombre es truanes chucarreros, los cuales se precian deste nombre y se llaman ansi y pienso que en los decir su trabajo no merezco culpa si a[ca]so no me erré. Estos para ser estimados y ganar el comer se han de hacer bobos ó infames para sofrir cualquier afrenta que les quisieren hacer; precianse de sucios borrachos y glotones; entre sus gracias y donaires es descobrir sus partes vergonzosas y deshonestas á quien las quiere ver; sin ninguna vergüenza ni temor nombran muchas cosas sucias las cuales mueven al hombre á se recoger en si; sirven de alcahuetes para pervertir á las muy vergonzosas señoras y doncellas y casadas y aun muchas veces se desmandan á tentar las monjas consagradas á Dios. Su principal oficio es lisonjear al que tiene presente porque le dé y decir mal de la gente publicando que nunca le dio; y en fin de todos dicen mal porque otra vez tienen aquel ausente. Esta es su vida, este es su oficio, su trato y conversacion y para esto, son hábiles y no para mas; de tal suerte que si les vedase algun principe esta su manera de vivir por les rescatar sus ánimas, no sabrian de qué vivir ni en qué entender, porque quedarian bobos, necios, ociosos, holgazanes, inutiles para cualquier uso y razon, inorantes de algun oficio en que se podiesen aprovechar, en este género de vanidad, trabajando hechos pedazos por los palacios tras los unos y los otros confusos sin se conoscer y al fin todos mueren muertes viles é infames; que estos mismos que les hicieron mercedes los hacen matar porque en su malaventurado decir no les trató bien. Dejémoslos, pues pienso nuestra reprension poco les aprovechará; solo una cosa ¡oh Micillo! podemos de aqui concluir; que en la vida y ejercicio destos necios bobos malaventurados no hay cosa que tenga sabor de felicidad, mas gran trabajo y peligro y desventura para si.
Micillo.—¡Oh! Euforbio, ¡oh! Pitágoras, ¡oh! Dionisio, que no sé como te nombre, qué admirables cosas que me has contado en el trabajo de mandar reinos y provincias, á tanto que me has hecho conceder que no hay estado mas quieto quel mio, pues en los reyes y los que comunican en el palacio real donde paresce estar la bienaventuranza está tanto trabajo y desasosiego de cuerpo y de ánima que casi no parezcan vivir. Dime agora porque me place mucho saber mas; despues que fueste Dionisio ¿qué veniste á ser?
NOTAS:
[292] En este diálogo está usado fue innumerables veces en el sentido de fui.