I
Acababa de ser jurado rey Enrique II, después de haber clavado su daga en el pecho de su hermano don Pedro en los campos de Montiel.
La antiquísima ciudad de Burgos parecía rejuvenecida con las fiestas reales: era el día postrero que pasaba el rey bajo sus muros, pues marchaba a Sevilla, con el objeto de convocar cortes.
El monarca había oído misa aquella mañana en la suntuosa catedral, y los buenos castellanos habían acudido en tropel de los pueblos inmediatos para verle por la última vez.
Pero Enrique no salía: sin duda que el intenso frío de aquella tarde de invierno no le dejaba gana de acceder a los deseos de su pueblo. Las puertas del alcázar, guardadas por los soldados del rey, eran inaccesibles a todos, y los curiosos tenían que contentarse con ver pasear a los pajes y escuderos en el ancho patio, y con oír resonar sus espuelas en el enlosado pavimento.
Sin embargo, todos los contemplaban, a falta de otra cosa mejor, y aquellas buenas gentes admiraban las bordadas ropillas y las gorras adornadas de plumas de los unos, y las brillantes armaduras de los otros.
Mas, a pesar de la avidez con que la muchedumbre miraba el patio del alcázar, nadie vio cruzar a un hombre envuelto en un ancho manto, y cuya cabeza estaba cubierta por una holgada toca de terciopelo; bien es verdad que lo atravesó con tanta rapidez que se asemejaba mejor a una sombra que a un ser viviente.
Aquel hombre abrió una puertecilla situada cerca de la escalera principal y salió a la calle, encontrándose en la cuesta de Santa María, que empezó a subir precipitadamente, cubriéndose el rostro con el embozo cuanto le fue posible.
Nevaba a la sazón furiosamente: bien pronto el manto del caballero —pues sin duda lo era a juzgar por su apostura— se vio enteramente calado, sin que por esta circunstancia se detuviera ni retrocediese en su camino.
Llegó por fin a la calle de Fernán-González, una de las más solitarias de la antigua ciudad; aún hoy existe el arco que la terminaba en aquella época, y aún lleva hoy también el nombre del valeroso conde castellano.
El hombre del manto se paró delante de una casita de pobre apariencia, y llamó suavemente: pocos momentos después se oyeron pasos, abriose la puerta, y una joven, vestida de negro, se arrojó en los brazos del desconocido.
—¡Gracias a Dios que te veo, Florestán! —exclamó con voz dulce y vibrante de ternura—. ¿Cómo has tardado tanto hoy? —continuó sin deshacer el amante lazo que formaban sus brazos al derredor del cuello del caballero—: mi madre quería llevarme a la plaza para ver a S. A. por la última vez, mas yo he preferido quedarme, porque el corazón me decía que vendrías... pero, ¡Dios mío!, ¡vienes calado! Vamos, vamos arriba.
Y la joven separó sus brazos del cuello de su amante, y le tomó la mano haciéndole subir en pos de ella.
Al llegar a la puerta de la habitación, Florestán deshizo el embozo de su manto, le arrojó sobre una silla y se sentó con aire meditabundo y melancólico; la hermosa niña permaneció en pie a su lado contemplándole con amor.
Aquel aposento manifestaba suma pobreza: algunos viejos sitiales de anticuada forma, una mesa dorada, enmohecida por el tiempo, y algunos deteriorados cuadros con estampas de la Virgen componían todo su ajuar; una estrecha ventana apenas dejaba pasar la luz por sus vidrios de colores, y la nieve, que seguía cayendo a grandes copos, había extendido un velo en la atmósfera que hacía más densa la oscuridad de aquella habitación; pero, si mísero y triste era su aspecto, nada había comparable a la belleza de las dos personas que a la sazón la ocupaban.
Tendría la joven de dieciocho a veinte años; su tez, de una pureza deslumbradora, era blanca y mate como el nácar; dos gruesas trenzas de cabellos negros nacían en sus cándidas sienes y bajaban hasta su rodilla; la hermosura de sus negros ojos era admirable, y el delicioso carmín de su pequeña boca la hacía asemejarse a una flor de húmedo y brillante coral; tenía pobladas y sedosas cejas negras, riquísimas y rizadas pestañas, y nariz pequeña y delicada; era pálida, y en su blanca tez parecían aún más deslumbradores los reflejos de azabache de su sedosa cabellera.
Vestía de negro, y su traje humilde era el de las jóvenes villanas de Castilla: una ancha basquiña de lana negra dejaba ver sus piececitos, calzados con zapatos de cordobán negro, semicubiertos con un ancho lazo de cinta, y un corpiño de terciopelo negro también, con largas haldillas, marcaba maravillosamente su esbelto y flexible talle; desde el escote del corpiño salía una camiseta de batista, plegada, que terminaba en un estrecho cuellecito bordado de lana negra, lo mismo que las blancas mangas que salían de sus angostas hombreras y que no llegaban a ocultar la hermosura de sus brazos.
Llevaba en el cuello una cruz de oro pequeña, pendiente de una estrecha cinta de terciopelo.
Aquella joven tenía cierta apariencia de dulzura y debilidad que encantaba: eran tristes sus hermosos ojos, triste también la expresión de su pequeña boca, cuya sonrisa debía ser bien melancólica.
Su compañero aparentaba unos treinta y cuatro años: su talla, aunque mediana, era gallarda y bien proporcionada; sus ojos pardos, grandes y rasgados retrataban la altivez y la pasión; bajaban sus cabellos castaños en luengos rizos hasta tocar sus hombros, y sus largos bigotes se ensortijaban en sus mejillas.
Tenía la boca de corte gracioso, pero severa y desdeñosa; su ancha y elevada frente pintaba bien la arrogancia de su carácter y una natural costumbre de mandar.
Vestía una modesta ropilla gris, y una toca sin pluma, que dejó con el manto antes de sentarse.
—¿Qué tienes, Florestán...? —preguntó la joven apoyándose cariñosamente en su hombro—. ¿Por qué estás tan triste hoy?
—Porque me veo obligado a separarme de ti, Berenguela —contestó él con voz alterada y atrayendo hacia sí a la joven, al mismo tiempo que ella juntaba las manos con expresión de profundo terror.
—¡Separarte de... mí! —repitió como asombrada—... ¿Qué es lo que has dicho, Florestán?
—La verdad: no he tenido hasta hoy valor bastante para declarártelo, pero ya es forzoso, porque... debo partir mañana.
—¡¡Mañana...!!
—Este grito se escapó de los labios de la doncella, a la vez que caía en un sitial, pálida y desfallecida.
—¡Berenguela, Berenguela mía! ¡Ten piedad de mí! —exclamó el caballero cogiendo las manos de la infeliz joven—. ¡Tu dolor me mata! ¡Ah! ¿Por qué no me es dado morir contigo?
Florestán inclinó la frente apoyándola en la blanca diestra de la joven; su respiración anhelante hacía levantar su pecho, y parecía quebrantado por un profundo dolor.
—Óyeme —dijo al cabo de algunos instantes—, óyeme, Berenguela: mi honor, mi deber, mi conciencia me mandan salir mañana de Burgos con la comitiva de S. A. Tú sabes que soy noble, y ya te he dicho muchas veces que jamás he faltado a ninguno de los deberes que mi condición me impone. Pero lo que no te he dicho nunca es que la voz del amor que te tengo es más fuerte en mí que la de todas esas consideraciones: habla, pues, Berenguela mía. ¿Quieres que nunca me separe de tu lado? ¿Quieres que me quede? Habla, y yo te obedeceré ciegamente.
—¡Tu honor... tu conciencia... tu deber! —repitió la joven con voz lenta y triste—. Parte, Florestán... —prosiguió haciendo un sublime esfuerzo—, parte...
Y luego, arrojándose en los brazos del caballero, que la contemplaba con amargo abatimiento, añadió:
—¡Pero no me olvides jamás!
Durante algunos instantes, latieron juntos aquellos dos corazones; la joven fue la primera que levantó la frente, en la cual se veía pintada una adorable resignación: más fuerte que su amante, quería alentar a este en la dolorosa lucha que sostenía.
Entonces sacó Florestán de su limosnera una preciosa cajita de marfil, y la abrió tomando de ella una estrecha diadema de perlas de incalculable valor por su tamaño y su pureza, que se cerraba en medio por un joyel de riquísimos diamantes.
—Guarda, amor mío, este recuerdo de nuestro cariño —dijo a Berenguela, colocando la diadema en su hermosa frente—: mi madre la llevaba cuando murió cobardemente asesinada, y su mano moribunda la puso en la mía como un postrer don del amor que me profesaba. Es la prenda más cara que puedo darte: ¿me prometes llevarla siempre, Berenguela?
—¡Siempre! Te lo juro.
—Adiós, pues: si alguna vez necesitas del rey de Castilla, preséntate a las puertas de su alcázar con esa joya, y conseguirás llegar hasta él; pero tú solamente, ¿lo oyes?
La desdichada no dio muestras de oír estas palabras.
Había vuelto a echar sus brazos al cuello de Florestán, y parecía absorber en sus ojos la luz melancólica de la mirada de su amante.
—¿Volverás, Florestán? —preguntó en baja y trémula voz.
—¡No lo sé! —contestó él desviando sus ojos del semblante de la pobre niña—; ¡no lo sé, Berenguela! Pero te juro que, si no vuelvo, te enviaré a buscar para que vengas a mi lado.
Al pronunciar estas palabras, recogió el manto y la toca, y se lanzó a la calle arrancándose de los brazos de la joven, que cayó desvanecida en su asiento.