II

Un año después de estos sucesos, hallábanse dos personas en la mísera estancia en que tuvo lugar la despedida de Berenguela y Florestán. Era la una un caballero como de cincuenta años de edad, de frente calva, ojos grandes y brillantes, y fisonomía pálida; denotaban bondad sus abultados labios, y su sonrisa era a la par noble e inteligente; vestía un riquísimo traje de terciopelo negro, bordado de oro, y pendía de su cuello una gruesa cadena del mismo metal. Aún conservaba puesta su toca, adornada de una larga pluma blanca.

La otra era una anciana de vulgar e impasible fisonomía: su humilde traje, no menos que su postura respetuosa, decían bien claro que era muy inferior en condición a su compañero.

—¿Conque decís, señora Urraca, que tanto ama a la niña don García? —preguntó el caballero a la anciana, que permanecía en pie delante de él.

—Tanto, señor, que desde que empezó a requerirla de amores ese otro hombre, a quien Dios confunda, y ella, prendada de él, declaró a don García que solo le amaba como una hermana, se le ve decaer de día en día.

—Y Berenguela, ¿qué dice, al verlo?

—Nada: desde que partió su amante vive abismada en tan profundo dolor, que nada advierte de lo que pasa en torno suyo; solo algunas veces, al ver a don García, que la contempla con aire abatido, le toma la mano, se sonríe tristemente, y dice con monótono acento: «¡Consolaos, don García! Dios se apiadará de nosotros.»

—¿Y sabéis, señora Urraca, qué es ese don García?

—No sé más que lo que él me ha dicho: que es hijo de un hidalgo del vecino pueblo de Lerma, y que ha peleado en los tercios de don Enrique; ha un año entró en esta casa, cuando las tropas del maldito rey, que Dios castigue, asolaban el país, para curar una herida de un compañero suyo; vio a Berenguela, y ya no quiso abandonarla, pues aunque reside en Lerma, viene aquí con frecuencia para verla.

—¿Y del otro amante sabéis?...

—De ese sí que no sé una palabra.

—¡Dos amantes incógnitos! —murmuró el caballero en voz baja; pero, añadió alzándola—: ¿cómo no habéis tratado de apurar quiénes son esos hombres que aman a vuestra hija?

—¡Mi hija! —repitió la señora Urraca—. ¿Acaso lo es? ¿No sabéis tan bien como yo que hace dieciséis años encontré a una niña, que apenas contaba dos, a la puerta de mi casa en la ciudad de León, donde yo habitaba entonces? ¿No os he dicho ya que hallé atado a su cuello con un cordoncito de seda negro, un pergamino rollado, en que me daban instrucciones, y a su lado un bolsillo lleno de oro?

—Sí, me habéis hablado de ese pergamino... Y a propósito, ¿tenéis a bien enseñármelo ahora?

Levantose la anciana y fue a sacar de un armario, incrustado en la pared, un pequeño pergamino enrollado que presentó al caballero.

—Tomad —dijo—. Es el mismo que Berenguela llevaba al cuello.

Desdoblolo él, y se puso a leer: poco a poco su fisonomía se fue animando; y un hondo pliegue se formó entre sus cejas pobladas y negras aún como el ébano; después, sin saber quizás lo que hacía, volvió a leer en voz alta casi todo el contenido del pergamino, en tanto que la señora Urraca le escuchaba con la mayor atención.

«Esta niña —decía el escrito— es hija de padres nobles y poderosos; cuidadla, buena mujer, y el cielo os recompensará en este mundo y en el otro.

»No le digáis jamás que no es hija vuestra, y el día en que un caballero se presente a reclamarla con un pergamino igual a este, entregadla sin demora.»

Al acabar la lectura, plegó el anciano el pergamino con aire triste y meditabundo.

—¿Cuánto os daban cada año por cuidar de esa desdichada niña? —preguntó tras un breve silencio.

—Trescientos doblones, es decir, una suma igual a la que encontré en el bolsillo.

El caballero devolvió el pergamino a la anciana, e iba a hablar cuando esta, que estaba en pie junto a la ventana, hizo un brusco movimiento.

—¡Ya viene! —dijo señalando con la punta de su descarnado dedo a la calle—. ¡Miradla, señor, qué abatida está!

—¿Qué es eso que lleva en la frente? —preguntó el anciano indicando la magnífica diadema de perlas que ceñía los negros cabellos de Berenguela.

—Eso es un dije que le regaló su amante al partir, y que ella no ha querido quitarse ni un instante.

—¡Ah!... —murmuró el caballero, que miraba a la joven con desencajados ojos.

Largo tiempo la siguió con su sombría mirada: cuando Berenguela entró en la casa, quedó inmóvil, como esperando verla aparecer.

Entró, por fin, en la habitación, y sin mirar a las personas que estaban en ella, fue lentamente a sentarse en un banco de madera; después cruzó las manos y dobló tristemente la cabeza, en tanto que el caballero seguía contemplándola absorto.

Excusa tenía su distracción. Berenguela presentaba la imagen fiel del ángel de los sepulcros: sus grandes ojos inclinados, su pálida frente, sus largos cabellos negros, brillantes como el plumaje que viste las alas del cuervo, y sus blancas manos cruzadas, le daban un aspecto sublime y desgarrador.

Largo rato permaneció inmóvil y muda; luego levantó los ojos, pasó por la frente su abrasada mano, y articuló débilmente estas palabras:

—¿Ha venido, madre mía?

—¿Quién? —preguntó la señora Urraca.

—Él... Florestán.

La anciana se encogió de hombros con aire estúpido, sin comprender siquiera aquel inmenso dolor.

—¿Habéis dicho que no, madre mía? ¿No es verdad? —tornó a preguntar la desdichada.

—No he visto más que al señor caballero.

Berenguela levantó la cabeza; miró con afán al anciano y se aproximó a él lentamente: cuando llegó enfrente de él, puso las manos en sus hombros y clavó sus grandes ojos en su semblante.

—No... no eres tú el que yo espero —dijo con el tono de voz lento y triste que le era habitual—; no eres tú... pero ¿le has visto?, ¿sabes dónde está?

De súbito brilló en sus ojos un rayo de alegría, batió las palmas gozosa, y sus facciones se animaron con una radiosa expresión de ventura.

—¡Ah! gritó; ya sé a qué vienes... sí... sí... ya lo sé... a buscarme de parte de Florestán; porque él me lo dijo... «Te juro que si no vuelvo, te enviaré a buscar...» Eso... eso me dijo... ¡Oh, con cuánta alegría veo ahora que me cumple su promesa!

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió apresuradamente a un pequeño cuarto que le servía de dormitorio, y salió envuelta en un amplio manto negro.

—¡Vamos, vamos por Dios! —exclamó con ansia indescriptible—. ¡Llévame pronto con él, que me estará esperando con impaciencia!

—No seas loca, muchacha —dijo la señora Urraca ásperamente—. A donde tú vas es a acostarte, porque hoy te devora la calentura, y no pienses mañana, ni nunca ya más, en salir al campo; los ardores del sol te trastornan el cerebro.

—¡Iba a esperarle..., madre! —dijo la pobre joven con desgarradora tristeza, pero con dulcísima voz, en tanto que la despiadada vieja le desprendía bruscamente los pliegues del manto.

Luego cruzó las manos, mirando dolorosamente al anciano, y se dejó caer en el banco murmurando al verle salir:

—¡Se va sin mí!

La señora Urraca le acompañó, y Berenguela, doblando la frente, quedó inmóvil y abismada de dolor.