III
Algunas horas más tarde se encontraba don Álvaro Garcés, conde de Carrión, en una suntuosa estancia de su palacio de Burgos, en compañía de un joven de hermosa presencia y lujosamente vestido.
Tenía este veintidós años, a lo sumo: su fisonomía era melancólica y apasionada; sus rasgados ojos, negros como sus cabellos, armonizaban con su tez muy morena; era de estatura elevada y de talle esbelto, y lleno de gentileza.
Su traje estaba ricamente bordado de oro; llevaba una espada cuyo puño resplandecía de pedrería, y su toca, que se veía sobre la mesa, estaba adornada de una hermosa pluma.
Ambos ocupaban dos sillones iguales, dorados y de alto respaldo: junto al joven se veía una mesa cubierta con un tapete bordado de oro, en la cual apoyaba su brazo izquierdo.
Iluminaba la estancia una lámpara de plata, pendiente de tres cadenas del mismo metal; ambos caballeros parecían absortos en una profunda meditación, porque guardaban silencio: las fisonomías de los dos retrataban un intenso pesar.
—¿Conque eres tú, Fernando, el rendido y desdeñado adorador de esa joven? —dijo don Álvaro, después de mirar por largo rato la inclinada frente de su hijo—. ¿Eres tú el que se finge llamarse don García y ser hijo de un hidalgo de Lerma?
—¡Oh, perdón, padre mío, perdón! —exclamó el joven cruzando sus manos con ademán de súplica—. ¡La amo tanto, y hace ya tanto tiempo! Cuando vine aquí hace un año, acompañando a don Enrique, entramos en su casa, para que el infante restañase la sangre que corría de sus heridas, recibidas en el último encuentro con las tropas de don Pedro; nada advirtió a Berenguela que era el hermano del rey, el hombre a quien ella vendaba la cabeza, ni pudo conocer la condición de las personas que la acompañaban; nos creyó soldados de los tercios de don Enrique y nada más; además, su anciana madre se hallaba ausente de su casa, y, viviendo sola con ella, nadie podía reconocernos.
Una triste sonrisa plegó por un momento los labios de don Álvaro, mas su hijo, sin apercibirse de ello, continuó:
—Desde aquel día, la imagen de Berenguela no se apartó un instante de mi pensamiento, y cuando, ya coronado rey don Enrique en esta ciudad, os decidisteis a fijaros en ella para descansar de las fatigas de la guerra, pedí su venia a S. A. para venir a pasar algún tiempo en vuestra compañía y restablecer mi salud, más quebrantada por el amor que me consumía que por la sangre perdida en los combates.
Detúvose aquí Fernando, porque era llegado el instante de revelar a su padre el ardid que había usado para encubrir su nombre y el sitio de su residencia; cubriose su frente de encendido rubor, y bajó los ojos enteramente falto de aliento.
Mas aunque su confusión fue harto visible a los perspicaces ojos del anciano, guardó este un severo silencio, dejándole apurar toda la amargura de su primera mentira.
—Cuando llegué a Burgos —continuó el joven tras de un largo y angustioso silencio—, mi principal cuidado, no bien os abracé, fue ir a ver a Berenguela. Díjele, ¡perdón, padre mío!, díjele que me llamaba don García, que era hijo de un hidalgo de Lerma, y que acababa de retirarme a descansar a mi casa durante las treguas que abría la guerra.
Berenguela me escuchó con su sonrisa de ángel; mas ni una chispa de la pasión que ardía en mi corazón vi reflejarse en sus ojos; dulce y tranquilamente me oyó, y cuando le rogué que diese alguna esperanza a mi amor, me contestó fijando en mi semblante su apacible mirada:
—Don García, amo a otro, y solo puedo ya corresponder a vuestro amor con el cariño de una hermana.
Una súbita expresión de alegría iluminó las abatidas facciones de don Álvaro, pero se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.
—Nada más he podido lograr —prosiguió Fernando con amarga tristeza—; hace algún tiempo que se abatió mucho más, y que su salud se alteró visiblemente; después, una dolorosa enajenación mental la preocupaba de continuo, y últimamente he creído columbrar que su razón está herida, y que la demencia clava sus garras de fuego en las sienes de Berenguela.
Un ahogado sollozo cortó al joven la palabra y ocultó el rostro entre sus manos. Don Álvaro pasó las suyas por su abatida frente, y alzó al cielo los ojos como demandándole valor.
—Olvida a esa joven, Fernando —dijo tras un largo silencio—; olvídala, porque jamás podrá ser tuya.
—¡Olvidarla! —gritó el joven saltando en su asiento, como si un dardo le hubiese herido—. ¡Olvidarla, padre! Arrancadme el corazón con vuestra propia mano, si queréis que yo olvide a Berenguela.
—¿Prefieres que vuelva a encerrarte en el castillo de Carmona, de donde te saqué para que pelearas en los tercios de don Enrique?
—Nunca os he pedido cuenta de la prisión en que he pasado la aurora de mi vida, padre mío: volvédmela a abrir; sepultad de nuevo en ella mi infeliz juventud, ¡y Dios os bendiga, si así me aceleráis la muerte!
—¡Conque tanto la amas! —exclamó con amargura don Álvaro—. ¿Conque ni mis ruegos podrán hacer que la olvides?
—Nada podrá hacer que yo deje de amarla, y de consagrarle mi vida.
—¡Matadme, pues, señor —gritó don Álvaro, arrojándose a los pies del joven, y descubriendo su noble pecho lleno de cicatrices—. Vos no sois mi hijo, como yo os hice creer; sois don Sancho, el anteúltimo hijo del rey Alonso onceno y de doña Leonor de Guzmán, y esa joven es la infanta doña Berenguela, postrer fruto de aquellos desgraciados amores! ¡Matadme, señor —repitió el anciano doblando hasta el suelo su calva frente—, porque solo hundiendo en mi pecho vuestra espada, conseguiréis acercaros a ella!
Calló don Álvaro, y un profundo silencio siguió a su terrible revelación: cuando se atrevió a levantar los ojos, vio a don Sancho, inmóvil delante de él, lívido, erizado el cabello y cubierta la frente de helado sudor. No de otro modo debió aparecerse a Hamlet la sombra de su padre en su palacio de Dinamarca.
Cuando las miradas de aquellos dos hombres se encontraron, los ojos del infante perdieron algo de su horrible fijeza; llevó al pecho ambas manos, y dejó escapar un gemido desgarrador.
—¿Quién es entonces... el otro amante de... mi... her... mana? —articuló con voz honda y lúgubre.
Estremeciose el anciano conde, que aún permanecía arrodillado; inclinó la cabeza, y contestó con voz temblorosa:
—¡Enrique II, rey de Castilla y de León!