IV
Un ahogado grito del infante apagó el eco de estas últimas palabras. Don Álvaro seguía postrado delante del joven, que se dejó caer casi exánime en su asiento.
—Levántate —dijo al fin rompiendo el penoso silencio que hacía tiempo reinaba—; levántate, conde, y explícame el hondo misterio que ha envuelto hasta hoy mi nacimiento y el de esa infortunada.
La actitud y el acento de don Sancho, al pronunciar estas palabras, nada tenían de semejantes con los del joven Fernando, que pocos momentos antes era el hijo amante y sumiso de don Álvaro. Con la mano apoyada en la mejilla, y el codo en la mesa, se preparó a escuchar las palabras del anciano: un rayo de augusta majestad iluminó sus dulces ojos, irguió la frente, y la sangre de los reyes de Castilla se animó en sus venas, dando a toda su figura un carácter de imponente grandeza, que nunca había obtenido.
El conde, obedeciendo el mandato de don Sancho, se puso de pie y permaneció inmóvil y confundido.
—Habla —repitió el infante—: dime por qué he ignorado yo hasta este momento que era hijo de Alonso onceno, y por qué lo ignoraba también Berenguela.
—¡Ah, señor! —exclamó el anciano—. ¡Señor mío, perdón! Solo el expreso mandato de vuestro padre ha podido obligarme a guardar silencio; solo el juramento que le hice ha podido sellarme los labios.
—¿Mi padre te encargó que nos ocultases nuestro nacimiento?
—Sí, señor; cuando vuestra madre os dio a luz, ya vuestros hermanos y ella eran terriblemente perseguidos por el odio de la reina doña María, legítima esposa de vuestro padre. Ya no sabían los que os dieron el ser dónde ocultaros. En tal angustia, el rey acudió a mí pidiéndome, con el mayor encarecimiento, que os hiciese criar secretamente y pasar por hijo mío. «Leonor —me dijo— morirá si le matan sus hijos: yo salvaré a los otros; pero tú, Álvaro, tú, sálvame este.»
Bien sabía el rey que nada podía conmover mi corazón como estas palabras: «Salva este hijo a Leonor, porque si no, va a morir.» Para él no era un misterio la pasión que yo profesaba a vuestra madre, y que me mataba lentamente.
—¿Tú has amado a mi madre?
—La amé, señor, desde que mis ojos vieron la primera luz: deudo su padre del mío, y unidos por la más sincera y entrañable amistad, juntos nos criamos y crecimos; mi madre nos abrigó a un tiempo en su regazo, y la misma cuna nos meció; juntos corrimos por los floridos pensiles de Sevilla, y el primer latido de mi corazón fue de amor para aquella hermosa niña, que solo me profesaba el tranquilo cariño de una hermana.
»Quince años tenía Leonor cuando se casó con un poderoso hidalgo: desesperado yo, me vestí la coraza y marché a buscar la muerte en las batallas; pero la muerte huye siempre del que la busca, y yo no pude encontrarla.
»Algunos años después, llamó la atención de Alonso XI la fama de mis hechos de armas y me hizo capitán de su guardia. Juzgad cuál quedaría cuando hallándonos en Córdoba, corte a la sazón de los monarcas de Castilla, me mandó una noche acompañarle a una hora muy avanzada: envueltos en nuestros mantos, y caminando con gran sigilo, cruzamos muchas calles, deteniéndonos al fin en la puerta de una hermosa casa; abrió el rey con una llave que sacó de su limosnera, y penetramos en ella.
»Una dueña nos esperaba: después de atravesar varios aposentos ricamente adornados, nos encontramos en una estancia amueblada con regia suntuosidad. Recostada en un sitial, había una joven que, por lo esbelto de su figura y delicado de sus formas, no podía pasar de los dieciocho años; estaba vuelta de espaldas a la puerta, y tenía puesto un riquísimo brial de terciopelo azul, bordado de perlas, cuya larga cola se extendía como una alfombra en derredor de su sillón dorado; no tenía en la cabeza otro adorno que los largos rizos de sus cabellos castaños, que besaban lascivos el cuadrado escote de su traje: al ruido que hicimos al entrar, volvió la cabeza, y sus grandes ojos negri-azules brillaron de contento.
»—¡Don Alonso!... ¡Álvaro!... —exclamó corriendo hacia nosotros: pero estos dos gritos tuvieron en sus labios distinta entonación; el primero revelaba pasión inmensa; el segundo la alegre sorpresa de la hermana que ve a su hermano tras una larga ausencia.
»—¿Conoces al conde de Carrión, Leonor? —preguntó el rey admirado.
»—¡Que si le conozco, señor! —exclamó ella—. ¡Que si le conozco, cuando he nacido casi al mismo tiempo que él! ¡Que si le conozco, cuando he dormido en la misma cuna, he mirado el mismo cielo y he aspirado el perfume de las mismas flores! ¿No os he hablado muchas veces de un hermano a cuyo lado crecí, y a quien amaba en extremo? Pues bien, ¡aquí le tenéis!
»Contrajéronse algún tanto las espesas cejas del rey, al oír hablar a Leonor con tanta vehemencia, y mi frente se inundó de un helado sudor, al escuchar aquellos acentos. Don Alonso, celoso como lo son todos los seres que abrigan una gran pasión, hasta de las plácidas expansiones de la amistad, vio en el afecto que su amada me manifestaba la primera nube que empañaba el cielo azul y sereno de su recíproco amor: en cuanto a mí, la vista de aquella mujer tan tierna y constantemente amada, y los dulces recuerdos de lo pasado, que ella evocaba con acento conmovido, me hicieron casi sucumbir al exceso de mi emoción.
»Ella, empero, puso fin a una situación tan embarazosa tomando de la mano al rey y conduciéndole a un camarín que ocupaba el extremo de una estancia; abrió las cortinas y luego descubrió los preciosos tapices que ocultaban una lindísima cuna de estructura gótica, labrada de marfil y plata, y en cuyo centro descansaba un niño de pocos meses.
»Era don Enrique, conde de Trastamara, y hoy Enrique II rey de Castilla.
Un temblor convulsivo recorrió el cuerpo del infante al oír pronunciar el nombre de su hermano: la palidez que cubría sus hermosas facciones se hizo más intensa, y cerró los ojos como para sujetar dentro de su abrasada frente el delirante pensamiento.
Don Álvaro, a cuyos penetrantes ojos no pudo ocultarse la sorda tempestad que bramaba en el alma de aquel desventurado, continuó tras una breve pausa:
—Dos horas después de haber entrado, salimos de aquella casa que encerraba lo que más amaba yo en el mundo, y desde aquella fatal noche, ni una sola dejé de acompañar a vuestro padre a ver a Leonor, ni un solo día pasó sin que sintiese crecer en mi pecho la ardiente hoguera de mi funesto amor; supe, sin embargo, encerrarlo en lo más recóndito de mi corazón, porque quería al rey con toda mi alma y no me era posible causarle el más pequeño dolor, y porque anhelaba conservar el único bien que me hacía soportar la vida: el amargo placer de ver a Leonor todos los días, aunque fuese en los brazos de otro; de este modo me hice yo mártir de mi propio corazón, y ninguno de los que sacrificaron los inicuos emperadores de la antigua Roma sufrió tormentos comparables a los míos.
»Don Alonso, empero, leía en el fondo de mi alma; vuestro padre, señor, era un gran rey, y un hombre de corazón magnánimo y generoso: para todos recto y justiciero, su única falta fue el amor que me arrebató la felicidad de mi vida; para todos sensible, solo con mis dolores fue inexorable, no obstante que comprendía su amargura.
»Y por otra parte, ¿qué hubiera conseguido usando de generosidad conmigo, y abandonándome la mujer que tanto amaba él, y a la que yo adoraba con tanta locura? Leonor, ciegamente apasionada del rey, le idolatraba con la vehemencia del primer amor. Casada sin conocer a su esposo, ningún afecto le unía a él, y cuando enviudó, quedó en poder de un anciano tío suyo, que, al saber la pasión del rey por su sobrina, la persuadió para que correspondiese a ella. ¡Ay, solo podía, pues, resignarme a ver a Leonor en brazos del rey, para no verla morir de dolor en los míos!
»Algunos años pasaron así: hubo una época en que el rey, compadecido de la triste suerte de su esposa, le propuso que viviría a su lado, si consentía en que viviesen también vuestros hermanos bajo los muros del alcázar real; más doña María contestó siempre que renunciaba a la dicha de vivir con su esposo, si había de comprarla con el dolor de ver a los bastardos.
—¡Oh, qué injusta dureza! —exclamó don Sancho.
—La medida del sufrimiento de la reina se llenó por fin —continuó don Álvaro—. Ocho días después de daros a luz, tuvo que huir Leonor de su casa, disfrazada de hombre y acompañada del rey, para no caer en manos de los espías de doña María que constantemente la asediaban. Antes de marchar, vuestro padre os puso en mis brazos, me rogó que ocultase a todos, y aun a vos mismo, vuestro nacimiento, y me ordenó que me reuniese a él en un lugarcillo cerca de Gibraltar, a cuya villa, ocupada por los moros, iba a poner sitio; después marchó apresuradamente con Leonor, débil aún y quebrantada.
»Entonces, señor, os conduje a Sevilla, mi patria, y os confié a los cuidados de una hija de mi nodriza, casada con uno de mis escuderos hacía pocos meses, la cual me ofreció cuidaros con la mayor ternura; le dije que erais hijo mío, y fruto de unos infelices amores, y la buena Dulcelina me creyó con la inocencia propia de su carácter, jurándome que ocuparíais en su corazón el lugar del hijo que acababa de perder, y el del esposo que yo me llevaba a la guerra.
»Marché a Gibraltar tranquilo con respecto a vuestra suerte, y volví a ocupar mi sitio al lado del rey, como capitán de su guardia. Don Alonso puso cerco a Gibraltar, y se preparó bien para no abandonar la empresa hasta ganar la villa, a pesar de la terrible epidemia que se introdujo en sus reales. ¡Ay, qué mucho que su corazón no desmayase, si tenía consigo a la mujer que amaba y a sus hijos!
»Leonor no quiso separarse del rey durante las terribles pruebas a que se veía expuesto, y vivía con los bastardos en una tienda de campaña construida con toda comodidad, inmediata a la del rey: yo fui el encargado por S. A. de guardar aquellas prendas tan caras a su corazón; yo, a la cabeza de una numerosa guardia de castellanos, recibí la orden de no perder de vista un solo instante ni a la madre ni a los hijos.
»¡Cuántas veces me sorprendió la aurora arrodillado a los pies del lecho de vuestra madre! ¡Cuántas la despertaron de su apacible sueño el rumor de mis sollozos, o las exclamaciones que dejaba escapar en mi delirio! Entonces poníame en pie precipitadamente, tomaba la espada que había dejado caer, y volvía a ocupar mi sitio detrás de las cortinas de su lecho. Incorporábase ella, miraba a todas partes, y concluía por llamarme.
»—¿Qué me mandáis, señora? —decía yo acercándome después de haber tragado mi amargo llanto.
»—¡Señora!, ¿por qué me llamas así, Álvaro?
»—Perdonadme, Leonor... ¿qué queréis?
»—¿No has oído ruido?
»—Todo yace tranquilo.
»—Me ha despertado yo no sé qué extraño rumor.
»—Eso es que habéis soñado.
»—Tal vez... pero dime, ¿qué tienes? ¡Estás pálido!
»—Lo harán las luces...
»—¿Y el rey y mis hijos?
»—Duermen... procurad dormir también.
»Leonor corría las cortinas, y mi corazón, más henchido que antes de su fogosa y desesperada pasión, se refugiaba en lo más hondo de mi pecho, destrozado por un amor que lo aniquilaba hacía veinte años.
—¡Pobre mártir! —exclamó don Sancho, tendiendo al conde su mano. ¡Dios te premiará en el cielo!
El anciano miró al infante con profunda gratitud, y prosiguió así su lastimera historia:
—Diez meses sostuvo don Alonso el sitio de Gibraltar. Durante este tiempo, comenzaron a correr voces de que había en el campo espías de la reina y de don Pedro, cuyo único objeto era apoderarse de los bastardos y de su madre; estas nuevas afligieron en extremo el espíritu del rey, tanto más cuanto que Leonor estaba en vísperas de darle otro hijo, y no se atrevía a alejarla de su lado en semejante estado. Dobló la guardia de los infantes vuestros hermanos, y determinó no separarse un instante de vuestra madre hasta recibir en sus brazos al hijo que iba a nacer, y que pensaba entregarme para que lo pusiese en salvo como a vos.
»Llegó la hora del parto, y terminado que fue, el rey corrió los tapices de la tienda, tomó de mis manos la espada desnuda, con que hacía mi guardia, y me puso en los brazos a la infanta que acababa de nacer.
»—Sálvala, conde —me dijo—; sálvala como a su hermano: tal vez, de entre todos mis hijos, serán los únicos que conserven la vida los dos que confío a tu cuidado.
»Al acabar de pronunciar estas palabras, mandó S. A. acercar a uno de sus escuderos que tenía de la brida un alazán ensillado; me echó él mismo su manto sobre los hombros, y yo, después de requerir mi daga y de envainar mi espada, salté sobre él sin tener más tiempo que de besar la mano del rey, y partí llevando entre mis brazos a la infanta recién nacida.
»Bien pronto el ardiente galope de mi caballo me puso fuera del campamento: a la luz de la aurora, divisé un blanco pueblecillo, y me dirigí a él para buscar, no reposo, sino una nodriza que me acompañase; dejé el caballo en la posada, oculté a la infanta entre los pliegues del manto, y salí a dar la vuelta al lugar; al fin de él vi a una mujer joven que mecía a un niño como de un año, sentada al lado de otra anciana.
»—¿Queréis ganaros trescientos doblones cada año, buena mujer? —le dije.
»—¡Ah, señor caballero!, ¿qué decís? —exclamó atónita.
»—Que si queréis amamantar a esta niña, os daré esa suma.
»—Tengo un hijo, señor, y no puedo.
»—Pero no tienes pan que darle, Aldonza —dijo tristemente la anciana—, ni el pobre tiene padre que se lo busque: solo cuenta con el cariño de su abuela, que lo cuidará mucho si tú quieres ganar honradamente para todos.
»—¡Si vos lo cuidáis, madre!...
»—Sí, hija mía, no me separaré un instante de él.
»Un vagido de la pobre niña que yo tenía en los brazos acabó de decidir a la joven, que la tomó en los suyos.
»—Hacedme la merced, buena mujer —dije a la anciana—, de buscar una mula para vuestra hija; tiene que acompañarme a la ciudad de León.
»Obedeció aquella, y media hora después caminábamos a buen paso, llevando Aldonza entre sus brazos a la infanta.
»Al llegar a aquella ciudad, encomendé a la niña y la nodriza a los cuidados de mi anciana madre, la cual habitaba allí: encargué que hiciese bautizar a la infanta inmediatamente con el mayor secreto; dejé pagada por un año a Aldonza, y volví apresuradamente al campamento.
»Era el día 26 de marzo de 1350, y las once de la noche, cuando entré en él: la luna, que brillaba con todo su esplendor, iluminaba las relucientes armaduras de los soldados, e iba a quebrarse en sus yelmos de acero; muchas hogueras encendidas patentizaban que todo el ejército castellano estaba en vela, y lo confirmaba así yo no sé qué extraño rumor que se advertía en el campo.
»Con la seña Alonso y Castilla llegué hasta las tiendas reales, y penetré en la que habitaba vuestro padre... mas, ¡oh, gran Dios!, ¡cuán terrible cuadro se ofreció a mi vista!
»Tendido en su magnífico lecho de campaña estaba Alonso onceno, ya casi exánime: la terrible epidemia, que había diezmado al ejército castellano, era la que conducía al sepulcro al vencedor en la batalla del Salado. Arrodillados junto al lecho, se veían los infantes don Enrique, conde de Trastamara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago, casi niños ambos, que derramaban amargo llanto: rodeábanles muchos prelados y ricos-hombres de Castilla y de León, contándose entre estos últimos el infante don Fernando de Aragón, sobrino del monarca; don Juan Nuñez de Lara y don Juan Alonso de Alburquerque.
»Nada más suntuoso e imponente que el lecho mortuorio de Alonso onceno. Componíalo una tarima de campamento, cuya cabecera era de ricas maderas oscuras hábilmente combinadas, terminando en dos agujas angulares del más limado gusto gótico; en medio, y formando contraste con los ya referidos adornos, se destacaba, dibujando mil caprichosos pliegues, el célebre pendón de Santiago que dio a don Alonso la victoria en la batalla del Salado. El primer cuidado del expirante monarca, al caer en el lecho de la agonía, fue colocar sobre su cabeza aquella bandera, gloria y orgullo de Castilla; cerca del lecho, y al alcance de su brazo, se encontraban, en forma de trofeo, las armas que vistiera en el sitio de Gibraltar, ciudad que deseó arrancar del poder sarraceno, tanto por aumentar sus dominios y disminuir el de los moros, como porque su padre Fernando IV la conquistó años atrás valerosamente, aunque a costa de un soldado que valía por ciento y cuyo nombre era Guzmán el Bueno.[4]
[4] Bolangero.
»Detrás de los suntuosos tapices que formaban pabellón, y junto al lecho del rey, estaba Leonor de Guzmán, con el rostro oculto entre las manos y el pecho desgarrado por los sollozos, que procuraba en vano contener. Hermosa como nunca, parecía aún más embellecida por su intenso dolor.
»Ella fue la primera que se apercibió de mi llegada: apartó del rostro sus manos bañadas en llanto, y me las tendió como si solo de mí esperase algún consuelo.
»—Señor —dijo aproximándose conmigo al lecho del rey—, señor, ya está de vuelta el conde de Carrión.
»Abrió los ojos don Alonso, y me alargó una mano que yo besé de rodillas.
»—¿Y la infanta? —preguntó con voz sofocada.
»—Con mi madre, señor.
»—¿Me traes nuevas de don Sancho?
»—El infante está bueno y sigue al cuidado de Dulcelina.
»—¡Gracias, Álvaro! —murmuró don Alonso estrechando débilmente mis manos.
»Después guardó silencio; pero su ansiosa mirada me hizo conocer que deseaba hablarme algo más y que sufría por no poder hacerlo delante de tantos testigos.
»Entonces me volví al conde de Trastamara, que lloraba siempre arrodillado.
»—Haced despejar, señor —le dije—: el rey quiere hablarnos sin testigos.
»Levantó el niño su doliente rostro, e hizo a los cortesanos una señal llena de gracia y majestad. Instantáneamente se ensanchó el círculo de los nobles, que retrocedieron hasta llegar a los tapices que cerraban la tienda.
»—Leonor —dijo el rey tomando una de las manos de vuestra madre—, Leonor mía, tú sabes lo mucho que te he amado, y Dios es testigo de que muero amándote con la misma intensidad; sí, en este instante supremo en que estoy próximo a comparecer ante su divina presencia, no siento en mi corazón remordimiento alguno al hacerte esta confesión. Dios te formó para que te amase y, amándote, he cumplido su santa voluntad.
»Detúvose el rey, y sus cadavéricas facciones retrataron un profundo dolor.
»—No llores así, hijo mío —dijo aproximando a su pecho la negra y rizada cabeza del maestre de Santiago, que sollozaba cubriéndose el rostro con el manto—; no te desconsueles, Juana, añadió tendiendo los brazos a su hija la marquesa de Villena, niña rubia y angelical; y tú, Enrique, mi hermoso y adorado Enrique, consuélate por Dios. Os dejo una buena madre, y un amigo fiel, y desde el cielo velaré por vosotros: mi solo dolor, al morir, es el no poder dejaros a cada uno un dilatado reino... pero la corona que heredé de mi padre pertenece a mi heredero legítimo, el infante don Pedro...
»Un movimiento del conde de Trastamara cortó al rey su discurso: al oír las últimas palabras de su padre, la frente del infante se cubrió de palidez y brotaron relámpagos de sus rasgados ojos.
»—Mi corona es de mi hijo el infante don Pedro —repitió el rey que advirtió aquel movimiento, con voz lúgubre, pero con acento severo—: no lo olvidéis, hijos míos, para que merezcáis su amistad y protección... no lo olvides, Leonor, para que procures captarte su benevolencia... sois vasallos suyos... amadle y... respetadle como a vuestro rey...
»Calló don Alonso debilitado por la energía con que había hablado, y su cabeza cayó lívida y exánime sobre los ricos almohadones de brocado. Mas, incorporándose por un último y poderoso esfuerzo, y apoyándose en mis brazos, pudo bendecir a Leonor y a sus hijos y recomendármelos con una expresiva mirada.
»Luego alzó la cabeza, radiante de sublime majestad, brilló en sus ojos un rayo de luz, y dejó oír de nuevo su voz:
»—¡Ricos-hombres!... —gritó con acento sepulcral—; ¡prelados de mis reinos!... ¡Yo os... mando... que llevéis mi cetro y mi corona... al infante mi hijo!... ¡¡Larga vida... al rey don Pedro...!!
»En este último y supremo grito lanzó Alonso onceno su postrer suspiro.
»Al escucharle, cayó Leonor desmayada sobre el cadáver del rey; la marquesa de Villena y el maestre de Santiago rompieron en llanto amargo, y el conde de Trastamara puso mano a la espada, mirando con ojos secos y furiosos a los nobles que rodeaban el lecho de su padre; mas aquel iracundo movimiento fue dominado pronto por un intenso dolor: el infante lanzó un gemido penetrante y cayó con la cara contra el suelo; el golpe le abrió la frente, y anchas gotas de sangre salpicaron el blanco manto de maestre de su hermano.
»Era la primera sangre de la infinita que la temprana muerte del gran Alonso onceno hizo verter.
»Entre tanto, un heraldo abrió las cortinas de la tienda real.
»—¡El rey Alonso onceno ha muerto! —gritó—. ¡Castellanos! ¡Leoneses! ¡Larga vida al rey don Pedro!